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En los últimos días de 1700, Hyacinthe Rigaud pinta en París el primer retrato final oficial de un adolescente que, sin haber cumplido aún diecisiete años, se encuentra a punto de abandonar su pais natal para ponerse al frente de sus nuevos estados. El sobrio traje negro, la espada y la pose majestuosa no logran disimular la impresión de extrema juventud que emana del retratado. Y es precisamente esta juventud y esta agradable apariencia física de Felipe V la que va a producir el mayor impacto sobre sus súbitos. El Marqués de San Felipe, historiador y cronista de aquel reinado, cuenta que, nada más cruzar los Pirineos, cuando el joven rey se muestra por primera vez a los españoles, "la aclamación y el aplauso fue imponderable; llenoles la vista y el corazón un Príncipe mozo, acostumbrados a ver un Rey siempre enfermo, macilento y melancólico"(1). La Belleza era, dentro de unas concepciones de raíz neoplatónica que no habían terminado de desaparecer aún a principios del siglo XVIII, un rasgo propio distintivo del rey, porque en sí misma constituía un símbolo externo de su superioridad física y moral. La belleza exterior se concebía como una manifestación visible del Bien (2), de tal forma que el hombre físicamente bello resultaba también necesariamente puro y perfecto en su ser moral, y viceversa. Y como tal, la mera oposición entre la apariencia del feo y enfermizo Carlos II y la del rey adolescente que es Felipe V, resultaba suficientemente elocuente y pasó a formar parte activa de la propaganda borbónica y de la campaña de descrédito dirigida contra la antigua dinastía. Y es que Felipe V, con su juventud, su relativa apostura y las energías demostradas a lo largo de la Guerra de Sucesión que le valieron el sobrenombre de El Animoso, ofrecía a sus vasallos una nueva imagen de lo que debía ser el rey. Pero este sentimiento no radicaba tanto en un cambio del concepto de la monarquía como en lo lejos que se encontraba Carlos II de alcanzarlo. Y la gran popularidad de que gozó el nuevo rey se debió en gran parte a que su persona se ajustaba muy exactamente a los patrones establecidos por sus súbditos a finales del siglo anterior, durante los últimos años del rey hechizado. Pero muchos de los españoles de 1700 ven en el joven rey mucho más que eso. Ante todo ven en él la anhelada posibilidad de regeneración que necesita el país. Justo en el umbral del nuevo siglo, Don Pedro Portocarrero y Guzmán -uno de los partidarios más decididos y activos de la causa borbónica-, al hacer el análisis de la situación histórica española(3), establece un paralelismo entre el caos dejado por Carlos II a su muerte y el que Enrique IV había dejado como herencia tras la suya, y espera encontrar en el joven rey francés un nuevo Fernando el Católico que devuelva el orden a sus estados. Cuatro años más tarde, en 1704, la Princesa de los Ursinos encarga a Henry de Favanne una alegoría de España ofreciendo la corona a Felipe, Duque de Anjou. En ella, el joven rey, presentado ?por Francia, recibe la corona de manos de España bajo la atenta mirada del Genio de aquellos reinos y en presencia del Cardenal Protocarrero. Mientras tanto, en el fondo del cuadro, Hércules, blandiendo su maza, aleja los monstruos que ensombrecen el horizonte de su gobierno. Desde siempre, Hércules ha sido uno de los personajes más utilizados por la iconografía oficial. Bajo su imagen se alegoriza el origen mítico de la monarquía, fortaleza del estado y de su rey, y, también, la figura moral del soberano, pues a través de su comparación con el héroe de Tebas se quiere caracterizar la felicidad de una nación que, balo el gobierno de un príncipe virtuoso y prudente, triunfa de los obstáculos ?los monstruos- que aparecen en su camino(4). Irala, sobre un dibujo de José Benito Churriguera(5), representa una vez más este tema. En primer plano, Hércules, con la maza en alto y el caduceo en la mano, pisotea los monstruos de los vicios y las bajas pasiones. Y al fondo, en un segundo plano, camina desnudo seguido por tres animales -un león, un ciervo y un jabalí-, que encarnan su fortaleza de ánimo y su vigor físico. La clava simboliza el sometimiento de las pasiones bajo el imperio de la razón; y sus nudos, las dificultades que acechan en la búsqueda de la virtud. El caduceo significa la justicia guarnecida por la prudencia. Y, aunque el caduceo parece un atributo más propio de Mercurio que de Hércules, Cartari, al subrayar la sabiduría del primero, atestigua la identidad entre ambos dioses, concediéndose expresamente el caduceo como atributo del segundo en las Anotaciones que se incluyen al final del libro(6). Por otra parte, el caduceo, entendido como símbolo de concordia, paz y bienestar, resulta adecuado para encarnar la idea de Hércules como personaje benéfico que lleva la felicidad a los mortales, puebla territorios, funda ciudades y enseña a los hombres las artes e industrias. Y una asociación semejante resulta enormemente significativa de las esperanzas que los españoles del nuevo siglo tenían puestas en la persona de Felipe V, cuyo reinado estaba llamado a terminar con la decadencia a que la Casa de Austria había llevado a nuestro país. La Victoria tocando sus trompetas y los templos de la Fama y de la Paz, hacia los que se dirige con paso seguro el Hércules de Irala, son el resultado de la acción regeneradora del rey Borbón. El Hércules hispano arroja, mano militari, los monstruos que amenazan con la ruina total de la monarquía. Y de la misma forma que nuestro Hércules, Felipe V, desde el preciso momento de su subida al trono, se ve obligado a defender, con las armas en la mano, su derecho a la corona, pero también las esperanzas de regeneración que proyectaban en él sus partidarios e, incluso, la propia Fe. Don Pedro Portocarrero, en su Teatro Monarchico de España, publicado justo en 1700, hace un completo inventario de los males que achacan al reinado de Carlos II: la ociosidad, el lujo importado del extranjero, la compraventa de los cargos políticos, la mala administración..., pero tras ellas señala la existencia de una serie de causas principales que las han producido, sobre las que tiene que dirigirse la acción reformadora del rey. Entre ellas se encuentran la injusticia, la ambición, la lujuria y, finalmente, como la piedra angular del edificio del mal gobierno, la irreligiosidad, que él identifica con la herejía y que considera como el peor y más grave pecado político, causa de la caída de los mayores imperios. Y es que este paralelismo que se establece entre decadencia religiosa y decadencia política se va a proyectar de forma inmediata sobre la Guerra de Sucesión: un conflicto dinástico en su origen, que fue convertido rápidamente por la, propaganda borbónica en una cruzada religiosa, marcando de forma inmediata e importante la comprensión del conflicto por parte de sus propios contemporáneos. La causa de Felipe V, cuyos retratos se exponían junto a la custodia en los altares de las iglesias y se vendían como imágenes milagrosas(7), se defendía desde los púlpitos en forma tan ardiente que en ocasiones los elogios al soberano rozaban la herejía (8). Y un escritor como Antonio Cabrera de Córdoba, en sus Glorias de el Señor Don Felipe V, Rey de las Españas y Emperador del Nuevo Mundo(9), dedica más de la mitad del libro al capítulo en que se "trata presagiosamente de las consecuencias fatales, que se han de seguir a nuestra Monarquía de España, a la santa iglesia y Fe Catholica, si con la violencia fuera de las armas, entra el Archiduque en España, y auxiliado por los Hereges quita el Throno al Señor don Felipe V y se introduce en la posesión del Solio". Se ponía de relieve así que la conciencia española del cambio de siglo estaba especialmente sensibilizada para valorar un enfrentamiento de tipo religioso. Por otra parte, las profanaciones y los desmanes provocados en el Puerto de Santa María y Barcelona por las tropas del Archiduque, formadas en su mayor parte por protestantes y luteranos, contribuyeron de manera decisiva a esta polarización religiosa de la contienda. Una renovación de tipo religioso tenía que acompañar necesariamente a la regeneración política, y del resultado de la contienda entre Felipe V y el Archiduque Carlos se van a derivar la felicidad o la infelicidad política de la nación española, abriéndose o cerrándose de forma definitiva la puerta de los vicios del mal gobierno. La propaganda borbónica recoge y fija en unos claros esquemas iconográficos estas dos formas de presentación opuestas de los bandos contendientes en la lucha. Bandos que se articulan conforme a coordenadas muy simples: el bien y el mal, la religión y la herejía, la razón y la irracionalidad, términos que se confunden y se sienten intercambiables entre sí. Representaciones éstas de las que es un ejemplo muy significativo el cuadro de Felipe de Silva. En él, Felipe V, acompañado por su heredero y por la Fe, da muerte ritual a un dragón que pisotea copones volcados, hostias derramadas, crucifijos y misales, y al que están empezando a devorar las llamas(10). Y las coplas populares nos ofrecen una visión similar de la maldad del Archiduque, enfrentada de forma maniquea a la bondad y virtud cristiana de Felipe V: "Por Christu, que si mea folla /ali presente se achura, /vendo tal desatenzaon /vos deira dos mil folladas. /Naon zumbo; pero vos xuro /que vostras maos courtara /porque chegais a os copoes /de as hostias consagradas. /O Sehor Felipe Quinto que es Marte, e ainda en España /... /Este es muyto garrido /este es fermoso, y espanta /ser tan piadoso /... /De Dios a mao direita /a o Quinto Philippo exalta /para que la fee le deba /estar firme por sua espada" (11) Ideas semejantes de luchas del bien contra el mal las volvemos a encontrar con frecuencia. Aparecen continuamente, por ejemplo, en las fuentes de los jardines de La Granja, cuyo programa decorativo traza un cuadro coherente de las virtudes morales de Felipe V(12). Así, nos encontramos en varios lugares de aquel conjunto a Apolo vencedor de la serpiente Pitón y, en la fuente de Andrómeda, a Perseo matando al dragón, asociándose en ambos casos el valor con la victoria sobre vicios y pasiones y con la prudencia, que deben acompañar siempre el valor del héroe. Un tema este de la prudencia y de la victoria del varón virtuoso sobre el mal entendido como monstruosidad que encontramos continuamente en el entorno de Felipe V. Así, por ejemplo, las decoraciones pictóricas y escultóricas de la Granja nos suministran continuamente temas y personajes en los que estas ideas son evidentes: Belerofonte y la Quimera, la cuida de Faetón, el combate entre Hércules y Anteo, Hércules niño matando las serpientes en su cuna, la apoteosis de Hércules... Perseo matando al dragón figuraba también en los arcos con que Madrid había solemnizado la entrada del rey. Y el libro impreso con tal motivo, explicaba que "es el dragón el pérfido moro, que procurando cobrar feudo, tiene oprimida la belleza de la mejor Andrómeda de Africa; y siendo aquel Perseo Gentil (o Fabuloso) espera deste verdadero Perseo su libertad" (13). Su asocia, pues, la monstruosidad física del dragón con la monstruosidad espiritual de la infidelidad y la herejía. Y en tanto que ambos se encuentran en contra de la verdadera religión, mahometanos y protestantes se presentan idénticos, como las dos caras de una misma moneda; y la gesta de la Reconquista se puede poner en paralelo con esta nueva cruzada en que se había convertido la Guerra de Sucesión. En los jardines de La Granja, haciéndose una referencia, más concreta que la de los grupos de Apolo y Perseo, al gran acontecimiento del reinado, la Fama dirige al cielo sus trompetas mientras Pegaso despega de una montaña cubierta con los despojos de moros e infieles sometidos. Y en el obelisco erigido en Almansa para conmemorar la victoria del Duque de Berwick se hace referencia explícita a la obtenida en aquel mismo lugar, en 1255, por Jaime I el Conquistador sobre los infieles(14). Cobra, así, una nueva actualidad y aplicación para conmemorar la victoria del primer Borbón la imagen de Santiago Matamoros, tal y como aparece representado en la portada de las ya mencionadas Glorias del Señor don Felipe Quinto, de Antonio Cabrera de Córdoba. Pero la Guerra de Sucesión no produjo únicamente imágenes simbólicas y alegorías de corte moral como las que acabamos de ver. Los años iniciales del siglo conocieron un nuevo florecimiento de la iconografía militar, entre otras cosas, porque la propia situación de la guerra produjo una gran abundancia de imágenes bélicas en las que, siguiendo una tradición fuertemente arraigada en el siglo anterior (pensemos en los cuadros de batallas del Salón de Reino o los que Van der Meulen pinta para Luis XIV), se narran los principales episodios de la contienda. En las imágenes vemos el ataque de la flota inglesa al puerto de Vigo en 1702, la batalla de Turín, el sitio de Tortona y dós episodios distintos de la brillante campaña de Orán, encargados a Sani y Procaccini para adorno de unas estancias del palacio de la Granja. Pero estos asedios y acciones militares se difunden también ?y, lógicamente, en un número mucho mayor? a través de grabados que, sueltos o en libros, ponen al alcance de todos los bolsillos las distintas peripecias de la guerra, para saciar una curiosidad generalizada. Grabados que, en ocasiones, como los del asedio de Barcelona, se hacían sobre dibujos de pintores como Rigaud. Se multiplican también las imágenes de los principales protagonistas de la contienda: el duque de Orleans, el príncipe Eugenio de Saboya, el conde de Gages..., y entre ellos, como no, el propio Rey, al que se representa frecuentemente al frente de sus tropas: Ranc y Van Loo le retratan a la cabeza de su ejército guiado por la Victoria, y en el grabado de Edelinck Egues vuelve a aparecer en idéntica actitud, acompañado por la Fama, la Justicia y la Abundancia. En forma similar graba Irala el retrato del Príncipe de Asturias. El retrato de tres cuartos que hace Ranc a Felipe V sigue de cerca los modelos de Rigaud para los de Luis XIV por su inclusión del personaje al aire libre, con unas referencias paisajistas ?que, entre los pintores de cámara españoles solo Meléndez sabrá captar? de connotaciones muy diferentes a las que había introducido Velázquez en sus retratos. Y sigue también a Rigaud por su nuevo tono militarista, ausente en los retratos de los últimos reyes de la Casa de Austria, y que se va a imponer, casi como una constante, en los de los Borbones, que gustan de verse representados con coraza y bastón de mando, incluso cuando se dedican a las tareas más pacíficas, como puede serló, por ejemplo, la de la fundación de una Academia de Bellas Artes. En este gusto influyó, probablemente, la temprana formación en las colecciones reales del palacio de una amplia galería de retratos de los príncipes de la Casa Real francesa, vestidos con sus armaduras militares, como testimoniando su apoyo incondicional a la causa del Duque de Anjou. y sus derechos al trono de. España. Frente a esta manifestación ostentosa de poderío bélico, los antiguos retratos de la dinastía anterior ofrecen un aspecto muy distinto. Los retratos ecuestres que adornaban cl Salón de Reinos eran un himno triunfal a la potencia militar española; recordemos, sin ir más lejos la impresión que sobre Palomino produce el del Jovencísimo Baltasar Carlos, que "aunque de pocos años, armado, y a caballo, con el bastón de generalísimo en la mano, en una jaca; la cual corriendo con gran ímpetu, y veloz movimiento, parece que con impaciente orgullo, respirando fuego, solicita ansiosa la batalla, prevista ya en su dueño la victoria"(15). Julián Gallego(16) y Luis Díez del Corral(17) han demostrado la existencia de un simbolismo profundo pero, al mismo tiempo, enormemente sutil en los retratos velázqueños que no necesita ir acompañado de figuras alegóricas evidentes y accesorias como el que podrán en circulación los Borbones(18). Por otra parte, la aparición de Felipe V y del Archiduque Carlos al frente de sus tropas durante la Guerra de Sucesión(19) vivificaron en España, entrado ya el siglo XVIII, el mito del Héroe, que había vuelto a tomar fuerza ya a finales del siglo XVII, por contraste con el débil y enfermizo rey español, en un momento en que ya estaba empezando a ser contestado en el resto de Europa(20). Y, es que en España, al menos durante los primeros años de Felipe V, un amplio sector de la opinión pública española acogió favorablemente la actitud belicista del Rey, pues esta parte de la sociedad tendía a identificar la decadencia de la monarquía hispana bajo los últimos reyes de la Casa de Austria con su decadencia militar. Muy significativo de ello es el dicho que corrió por entonces: "Se ha cambiado la espada por la pluma... y así vamos"(21). Por ello los elogios militares de Felipe V eran moneda corriente desde el primer momento de su reinado en libros publicados, incluso, antes de que la circunstancia de la Guerra les diera una justificación de actualidad inmediata, así la imagen que del rey nos ofrece Puga en su Crisol de la española lealtad es fundamentalmente militar, sin hacer mención alguna al desarrollo de las artes, el comercio o la industria, ni al establecimiento de una paz duradera, aunque si haya numerosas referencias a su piedad y a la defensa de la religión. El tono de la obra se desarrolla en términos semejantes a éstos: "Así es la robustez, y la valentía de nuestro Rey... tan propia de verdadero soldado como le contempla Marte, parecer primero nacido entre el polvo, y rigores de la campaña, que en las delicias de los Reales Palacios, cuya plausible naturaleza, valor y espíritu, le ilustran como a otro Alexandro, a que le consideren los orbes ser siempre vencedor, nunca vencido"(22). Uno de los cuadros más completos que de Felipe V tenían sus contemporáneos nos lo ofrece el Padre Sarmiento en el programa que para una serie de tapices, cuyo destino era el Palacio Real, presenta en 1750(23). En estos tapices, que nunca llegarían a tejerse, se iban a representar las cincuenta y una acciones más señaladas de su reinado. Y resulta enormemente significativo que casi la mitad de ellas ?exactamente veintiuna? tengan como motivo principal algún episodio relevante de sus numerosas campañas. No menos significativos son los temas de los otros tapices propuestos por Sarmiento: el nacimiento de Felipe V y de sus dos hi,~ os reyes; su muerte; su llegada a España y su coronación; su renuncia al trono y su regreso a él... mientras que sólo se dedica uno a los "objetos literarios instituidos por Felipe V" -la Biblioteca real, la Real Academia de la Lengua, la de San Fernando, la de la Historia, la Sociedad de Sevilla, la Academia de Guardiamarinas y el Seminario-. La conclusión que se desprende de aquí sobre cual era la imagen que de Felipe V tenían los españoles brota por sí misma y no deja género alguno de dudas; el rey se presenta ante todo como militar y como guerrero. Pero aún dentro de ella, ofrece una imagen muy concreta: la de que el rey en la guerra es el primer soldado y el modelo de su ejército, con quien se muestra totalmente solidario, tanto a la hora de demostrar su valor como a la de sufrir privaciones. Así el padre Sarmiento nos presenta a Felipe V frente al castillo de Montjuich "a tiro de fusil", durmiendo sobre el heno y envuelto en un capote cuando la batalla de Luzzara, comiendo sobre un tambor en el sitio de Alcora, durmiendo en un coche descubierto, rodeado de muertos y heridos, tras la batalla de Villaviciosa... Sucesos verídicos todos ellos, relatados minuciosamente por sus historiadores (24) y que componían una imagen que caló muy hondo entre los españoles de principios de siglo, porque, después del enfermizo Carlos II, era esa y no otra la que esperaban de su soberano. Esa imagen cumplió un papel muy importante de cara a la popularidad del nuevo rey, siendo el tema central de muchos de los papeles que corrieron impresos durante la campaña(25). Y, alejándonos en el tiempo, se convirtió en la base sobre la que se construiría en el siglo siguiente una imagen romántica del Rey, peleando bravamente a la cabeza de sus hombres. La Universidad de Cervera propuso también un panorama de la historia del difunto rey en los adornos del túmulo que le dedica en sus exequias. Los acontecimientos seleccionados coinciden básicamente con los propuestos por Sarmiento en sus tapices para el Palacio Real. Y la visión que de él ofrecen es igualmente militarista. "Ostendit a puero virtutem bellican" es el motivo central del segundo de los elogios, y en él se vuelve a insistir en el carácter mítico del niño-guerrero, triunfador de sus enemigos. Y este valor militar constituye la única referencia que se hace a las prendas morales del difunto rey en un programa bastante amplio, dedicado a conmemorar su historia y en el que, de manera coherente y significativa, ocupan un lugar importante -el mayor por su número- los temas bélicos: la victoria de Luzara, la invasión de España, las batallas de Almansa, Villaviciosa y Brihuega, las campañas de Cerdeña y Sicilia... Y otro tanto sucede en el panegírico fúnebre que le dedica la ciudad de Alcalá de Henares, donde el predicador afirma taxativamente que "no hay arbitrio ni más honroso ni más seguro para hacer feliz, y respetable en el Mundo una Monarquía, que ver puesto en el campo al rey mismo que manda con su espada"(27). Y las mismas ideas podemos encontrar tras las decoraciones fúnebres celebradas en la iglesia de los españoles en Roma(28). Esta visión militarista bajo la que se contempla a Felipe V en 1746 seguía siendo la misma con la que se aclamó en su primera entrada oficial en Madrid(29). El reinado de Felipe V fue una época durante la cual España se encontró comprometida casi continuamente en empresas militares. Primero fue la Guerra de Sucesión y luego las campañas africanas e italianas a las que condujeron la política revisionista del rey y el deseo de su segunda mujer de ver sentados a sus hijos en tronos. Y si, como señalábamos al principio, esta política belicista tuvo una buena acogida en un amplio sector de la sociedad española, cuando el rey Felipe muere el país desea fervientemente la liquidación de las guerras europeas y la instauración de una paz definitiva, proyectándose sobre el reinado de su hijo la esperanza de ver cumplidos tales anhelos(30). Y es que la idea del pacifismo como una de las más importante virtudes políticas del Príncipe se había extendido de forma irrefrenable por toda la Europa del siglo XVIII(31), no siendo España una excepción al respecto. En nuestra patria, Feijoo critica, por sustancialmente injustas, las políticas de agresión y la guerra de conquista. En una de sus obras, La ambición en el solio(32), cuyo título es ya de por sí suficientemente expresivo, hace una condena muy dura del rey conquistador. Tal tipo de rey resulta perjudicial para sus vecinos; para su nación, a la que arruina, incluso cuando sus empresas son victoriosas; para sus vasallos, pues la pasión de dominar y conquistar se hará extensiva a ellos y el reino degenerará en tiranía; y, también para sí mismos. Por tanto, analizando los efectos que tales hombres producen en las naciones, Feijoo los incluye sin ningún empacho ni distinción entre los malhechores de peor especia. En sus páginas Julio César y Alejandro Magno -el gran prototipo heroico, cuya historia llegó a encargar incluso Felipe V para las decoraciones del palacio de La Granja, quedaban rebajados de la categoría del héroe a la del simple pirata. Pero no porque sus cualidades, entre las que se incluyen el valor y la pericia militar, fueran intrínsecamente malas, sino porque no estaban orientadas a un fin justo. Y, por una vez, estas esperanzas pacifistas, que se proyectan mesianicamente sobre el nuevo rey Fernando, no serán defraudadas. El hijo de Felipe V, después de dar un término honroso a las guerras en que se encontraba embarcada España, se dispuso a encarnar en su persona el nuevo ideal de príncipe pacífico, haciendo posible que en sus funerales se oyera un panegírico como el que sigue, testimonio fehaciente del cambio de mentalidad que, a todos los niveles, se había efectuado en nuestra patria: "Si la funesta pasión de conquistar hubiera dominado a nuestro amado Rey, y Augusto protector Fernando; fueran sin duda, más ruidosos los elogios, que se tributarían a su muerte. Los ayes, los lamentos y imprecaciones de los oprimidos, y agraviados, y las rabiosas iras, y quexas implacables de los que fueron víctimas infelices de su ferocidad, hicieran eco a1 espantoso golpe que diera al caer este Coloso de la Humana Grandeza, y estremeciéndose ,e tierra, penetrara el estruendo hasta el oscuro seno, donde los arrogantes Príncipes y soberbios conquistadores yacen en profundo silencio. Despertará sus muertos el abysmo... y levantándose los Reyes de las Gentes, salieran de su tenebrosa mansión a recibir a este fiero exterminador de las Naciones, diciéndole con amarga ironía: ¿Y tu también, como nosotros, fuiste herido por la Parca? El que transtornaba los Imperios, el que assolaba las ciudades, el que puso como un desierto el Mundo, desciende ya al sepulcro, rendida su soberbia, a ser eterno pasto de gusanos? Tales elogios recibiera nuestro conquistador entre los muertos, mientras que dexando en la Tierra, por fruto de sus turbulentas empresas, el más odioso y aborrecible nombre, ara perpetua execración de quantos se miraron expuestos a los furores sus armas, le apellidarán Héroe aquellos solos, que tuvieran la dicha de conocerle únicamente por la fama(33). La condena dura y violenta que del príncipe conquistador, cuyo único móvil es la ambición, que se hace en nuestros escritores a partir de Feijoo, enlaza con una de las pretensiones más queridas del siglo: la del príncipe filósofo, que viene a sustituir a la del príncipe cristiano, que había predominado en la literatura política desde Rivadeneira hasta Saavedra Fajardo, pero cuyas ramificaciones se habían extendido hasta el siglo XVIII bien entrado(34). Así José Cadalso hace una explícita condena de la guerra como contraria al progreso de la nación, lo que le sirve al mismo tiempo para exaltar a la dinastía reinante y su política paternalista por contraste con la dinastía anterior(35). Un elogio éste que, sin embargo, no podría hacerse extensivo al primer Borbón, cuya imagen, como acabamos de ver, distaba mucho de ajustarse a los parámetros con que se empiezan a medir las virtudes regias. Había que recomponer, pues, aquella imagen para hacerla entrar dentro de esa nueva escala de valores. Y ésta es una tarea a la que se van a dedicar con ahínco historiadores, panegiristas y autores de programas decorativos. Para Cadalso la política agresiva de Felipe V había sido el mal necesario para poder asentar las bases de la paz y del progreso llevado a cabo por sus dos hijos y sucesores. Otros, como el Padre Sarmiento -con una falta de verdad y de rigor histórico especialmente sorprendente en su persona- adelantan el término de las guerras en que se vio envuelta España al año 1713, olvidando que, aunque entonces ya estaba firmada la Paz de Utrech, la guerra se prolongó por un espacio de casi dos años, y olvidando, claro está, las guerras que sostuvo más tarde fuera del territorio nacional. Guerras a las que, por otra parte, alude en sus distintos sistemas de adornos. La única justificación de su aserto viene dada por el intento de dar la máxima coherencia posible a su programa para la serie de tapices del Palacio Real. Esta se abría con el de su nacimiento, al que haría pendant el del nacimiento de su hijo, ocurrido precisamente el año de 1713. Y, a partir de este dato, Sarmiento monta un complicado sistema de referencias para convertir tal fecha ?la del nacimiento de un rey pacífico por excelencia? en la del comienzo de una nueva edad de oro. Y es por ello, por lo que con ocasión de haberse firmado aquel año la Paz de Utrech y haberse producido tal nacimiento, falsea el dato histórico y hace comenzar entonces un "supuesto" reinado pacífico de Felipe V. Las referencias se amplían al señalar como es ese número, escrito en caracteres romanos (MDCCXIII), el que se obtiene sumando las letras numerables de una famosa frase de Virgilio, tomada también con carácter profético, "noVa Progenies CaeLo DeMIttitVr aLto"(36). Además, añade Sarmiento, el año 713 de la fundación de Roma fue el del nacimiento de Octavio Augusto, bajo cuyo gobierno se cerraron, por primera y única vez, las puertas del templo de Jano y nació Cristo. Por ello, también las cifras que componen la fecha de 713 se corresponden con las letras numerables de "gLorIa In eXceLsIs Deo". Así pues, está, sin duda alguna, dentro del ánimo del benedictino la justificación de la política belicosa de Felipe V bajo la imagen de que con él, en algún momento, se pudo inaugurar un reinado pacífico". También el Padre Sarmiento hace numerosas referencias a Felipe V y sus acciones en los diferentes escritos que dejó sobre los sistemas de adornos ara la decoración escultórica del Nuevo Palacio Real de Madrid. Y en ellas ate siempre la contraposición de su reinado, sacudido por numerosas guerras, con el de su hijo, desarrollado en medio de la paz más absoluta. En este sentido, las contraposiciones iconográficas más notables son las que plantea en las dos escaleras principales y en el patio del Palacio. Las escaleras se encuentran dedicadas una a Felipe V y otra a Fernando VI. Y mientras que Fernando VI se encuentra rodeado por las figuras de Cenes, Apolo, Mercurio y Minerva -los dioses industriosos y benéficos-, Felipe V lo está por Jupiter, Juno, Bellona y Marte -dioses cuyo carácter no es precisamente pacífico-. Y, mientras que entre las principales acciones que tuvieron lugar en cada uno de los reinados, se recuerda el Ajuste de Paces entre los hechos más notables de tiempo de Fernando VI, son las batallas de Villaviciosa, Almansa y Orán con las que se caracteriza el reinado de su padre. Para el adorno del patio, el Padre Sarmiento después de descartar los asuntos de tema mitológico por juzgarlos impropios de la. morada de un soberano católico y buscar en la Historia Sagrada su fuente de inspiración, encuentra la referencia oportuna en el "hecho circunstanciado de la Fábrica del templo de Salomón que intentó su padre el rey David, y que por haberse muerto, fabricó su hijo(37). Pues en los dos edificios coincidía la misma circunstancia de que, empezados a edificar por reyes belicosos, debieron ser terminados por sus hijos, reyes pacíficos, Salomón y Fernando, cuyos nombres reduce a un mismo sentido y significado -Pacífico/pacificante- gracias a un curioso proceso etimológico (38). Así pues, nos encontramos con que a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII la imagen ideal según la cual el pueblo español concebía a su rey ha experimentado un cambio radical. El pacifismo, la prudencia y la benignidad del príncipe son las llaves que, ahora, van a abrir para él las puertas del templo. de la Fama, y para sus reinos una nueva mítica edad de oro. Por ello, si en el momento del cambio dinástico, el advenimiento de Felipe V ?y de los valores que en su persona se encarnaban? habían suscitado unas enormes, y unánimes, esperanzas, a su muerte su sucesor es saludado con un clamor igualmente unánime: "Que hoy España, en dominios portentosa /no necesita reinos, sino reyes"(39). NOTAS (1) San Felipe, Marqués de: Comentarios de la Cuerna de España e Historia de su Rey, Felipe V, el Animoso, Madrid, 1957. (2) Es muy significativo al efecto esta práctica legal, recogida por Carducho en sus Diálogos de la Pintura, (Madrid, 1977, pág. 183): "pues en Derecho en un delito que se imputa a dos, supone más culpa en el de rostro y talle feo que en el que lo tiene más hermoso y perfecto". (3) Theatro Monarchico de España, Madrid, 1700. (4) Ripa, C.: Della novísima iconología, Padua, 1624, paga. 255 y 721-722. (5) Bonet, A.: Vida y obras de fray Matías de Irala Madrid, 1979 y "Un emblema inédito de José Benito de Churriguera", en Ars Auro Prior, Varsovia, 1981. (6) Cartari, V.: Imagini degli dei degl'antichi, Venecia, 1647. (7) "... y por fin en el colegio de Atocha estos retratos, y el del Duque de Vandoma, se venden en aleluyas, aviendo llegado el error a tanto, que en las enfermedades de muerte se aplican estas aleluyas como reliquias", cit. por Seco,C., en San Felipe, M: op. cit., pag. XI. (8) Ibidem, pag. XI. (9) Granada, 1708. (10) Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana, (Madrid, 1611), dice en la voz hidra que "por esta serpeinte hidra entiendo yo la heregía, y los heregés por los bivoreznos; deven ser consumidos con fuego antes que destruyan la tierra. Que si en Alemania huviera la diligencia y zelo en la religión que hay en España, no se entendiera la hidra luterana con el orage de sus biboreznos; porque ya que presumiera de enclocarse con el fuego que les pegara la Santa Inquisición les salieran güeros los huevos". (11) O esta otra coplilla: "¿Qué es? quien solo le ha jurado /Revelado. /¿Que? Quien la Corona le da /Maldá. /¿Quien siente que a España dexe? /Herege. /No puede aver quien se quexe, /al ver alejar de Sí, /aquien solo aplaude (sí) /Revelado, Maldá, Herege. /¿Quién la Fee dexa ensalzada? /Su Armada. /¿Ay quien su defensa aplique? /Phelipe. /¿Ya la heregía se ayunta? /Junta. /Teniendo una, y otra punta /de tanto Marte valiente, /pues que para hacerle frente /su armada Phelipe junta". Citadas ambas por Egido, T.: Opinión pública y oposición al poder en la España del siglo XVIII, Valladolid, 1971. (12) MoOrán, J.M.: "El rapto de Psique. Felipe Ven los jardines de La Granja", en Fragmentos, Madrid, 1985, n 6. (13) Relación de la... entrada de... Felipe Ven Madrid Madrid, 1700. (14) Pradas Navarro, J.: Descripción y antigüedad de Almansa y plan de la batalla dada en este a 25 de abril de 1707. (15) Palomino, A.: Museo Pictórico y Escala óptica, Madrid, 1947, pag. 907. (16) Visión y símbolos en la pintura española del siglo de oro, Madrid, 1985. (17) Velázquez , la monarquía e Italia, Madrid, 1979. Hablando del retrato de Fraga, Díez del Corral señala como "la rica empuñadura de la espada se presenta como una especie cuajada de flor argéntea junto a la manga izquierda del mismo color, la vaina disimulada también bajo el capote... Es un utensilio inaprensible, como si el artista hubiera tenido reparo en mostrar al Rey armado. Sólo la bengala, abstractamente dibujada, recuerda al espectador el mando que corresponde a Su Majestad" (Pág. 85). (18) Morán, J.M.: "El retrato cortesano y la tradición española en el reinado de Felipe V", Coya no 159, 1980, pags. 152-162. (19) San Felipe, M. de: op. cit., p. 42. (20) Veanse por ejemplo los alegatos pacifistas de Fenelón en sus Aventures de Télémaque, escritas para la instrucción de Felipe V y sus hermanos. (21) Hablando de Felipe IV, León Arropal escribe en sus Cartas político económicas al conde de Lerena (Madrid, 1968, pág. 114) que "le faltaban muchas prendas para merecer el nombre de Grande, que siendo rey le dio la adulación. La sed de gloria y el espíritu bélico el celo de la propia autoridad y una moderada avaricia que, si no puede ser virtud cristiana, puede a lo menos ser virtud política en los reyes, le eran desconocidos enteramente. La música, la poesía, la pintura eran sus delicias ordinarias, y mientras que la monarquía ardía en guerras y turbación, se podría bien decir del palacio de Felipe lo que de otro semejante dijo el satírico Roca: Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, canta chi sale; La, Sol, Mi, Re, Do, canta chi scende". (23) Granada, 1709, pág. 143. (24) Distribución de la más famosas acciones del Rey Padre para que puedan ser representadas en tapices, 1750. (25) Vease por ejemplo el Marqués de San Felipe: op. cit., p. 42 y 69. (26) "El tercero, que padeció la inclemencia que el invierno ofrece entre granizo, escarcha, yelo, nieve y demás trabajos, atravesando montañas, sierras, valles y demás asperezas, y agrios caminos... El quarto, que inmediatamente descendió a los infiernos de Cataluña, y Italia, que además del fuego de sus bolcanes, estava encendido el de la rebelión de Nápoles, y Cataluña, y dexó sossegados aquellos pueblos, y sacó de pena y dolor a los leales vasallos, que esperaban su dichoso advenimiento. El quinto, que pocos días después salió de el campo de Luzara, a donde se vio arriesgado, y podemos deztr entre los muertos..." La junta que se ha celebrado por los leales vasallos de su Magestad el Señor Phelipe Quinto, motivada de su buen celo, promulga catorce artículos a lo humano, s. 1, s.a. (27) Declamación Panegírico funebre... que hizo Alcalá... en las solemnes exequias... de don Felipe Quinto, Alcalá, 1746. (28) El monumento funerario tenía un cuerpo principal en el que, tras la alegoría de las partes del mundo, habla cuatro paneles en los que se representaba al rey a caballo en el sitio de Almansa, la batalla naval contra los ingleses cerca de Tolón, la entrada de Nápoles y la toma de Orán. A cada uno acompañaban los correspondientes versos latinos, que, respectivamente decían: "Fugis Fugastique hostibus apud Almansa/ Regno iure parto/ Virtute constituto", "Pacatis hispanis/ Profiigatis mari Britannis/ Aucto commercio", "Victorüs Italia peragrata/ Napolis Siciliaque receptis/ Ampliato Imprio" y "Domitis Afric./ Expugnatis Orano septauque/ Religionis propagata", que constituyen prácticamente todo un programa basado sobre "virtute constituto", "Aucto commercio", "Ampliato imperio" y "Religione propagata". (29) En las decoraciones de los arcos de la carrera se le proponían los ejemplos de Fernando el Católico y Carlos V, dos reyes belicosos por excelencia, y de sus dos antecesores santos, San Fernando y san Luis, a los que se representa, significativamente en el curso de sus más importantes acciones bélicas, la conquista de Sevilla y la de Jerusalén. (30) "La imagen misma de nuestro amado monarca Fernando el Sexto... es digno de notarse, que, en calculos astrológicos, el sexto planeta es Mercurio, Dios de la Elocuencia y Arbitrio de la Paz. Los Mathemáticos dicen que es Astro que se sigila del que se junta; pues note vuestra discrección que junto a mercurio está Venus, constelación benéfica. Pues si en la brillante Eclyptica de España tenemos al Planeta Sexto por Astro dominante, junto a la estrella benéfica... alégrate España". (31) Entre las obras de este momento en que se hace una defensa más ardiente de los males de la guerra y de los beneficios de la paz se encuentra, sin duda, el Telémaco, de Fenelón, escrito para la educación de nuestro rey y sus hermanos. (32) Obras completas, Madrid, 1961, pág. 331. (33) Relación de las magníficas exequias que celebró por el Rey N.S. Don Fernando VI.. la Santa Real Hermandad del Refugio y Piedad de esta corte los días 3 y 4 de enero de 1760, Madrid, 1760. (34) Todavía quedan unas claras reminiscencias de este príncipe cristiano en la Sinapia, Madrid, 1976, pág. 134. (35) Cartas Marruecas, Madrid, 1970, pags. 29-30. (36) Cadalso critica violentamente esta costumbre, citando además este mismo texto. Ibídem, pág. 135. (37) "No se deben escudriñar los altos juicios de Dios y por qué no quiso que David fabricase el Templo y el Palacio, habiendo sido tan fervorosos sus deseos para empezar y acabar tan magnífica obra, habiendo preparado ya tantos materiales y sumas de dinero... La causa al que el mismo Dios significó a David, y consta de la misma Escritura, es que.., habiendo sido David un Rey, aunque santo muy perseguido con guerras y como a éstas es consiguiente la inevitable efusión de sangre no era tan proporcionado para el asumpto un Rey animoso y guerrero, como su hijo Salomón, rey Pacífico, por FELIPE V Y LA GUERRA 199 nombre y por antonomasia... Pareceme que el hecho histórico sagrado no necesita de interprete para comprender... que el difunto Rey padre, el señor Don Felipe V, ... haya sido otro rey David, perseguido por inevitables guerras no pudiese acabar el Palacio y capilla, aunque tuvo muy fervorosos deseos, es notorio. Que su hijo, Nuestro señor, el Señor Rey Don Fernando el sexto... sea otro Salomón pacífico, y sin los defectos que mancillaron el honor de aquel otro hijo de David, es ya experiencia de que todos somos testigos..." Sarmiento, M.: Sistema de adornos de escultura interiores y escultores para el Nuevo Real Palacio de Madrid, publicado por Sánchez Cantón, F.J.: Opúsculos gallegos, Compostela, 1956, pags. 203-204. (38) "La voz Fernando es pura, purísima gótica, su primitiva ortografía debe ser de este modo: Fredosnando o Fredeshand... se compone en su original de la voz gótica Frede que significa Paz y Senand... que significa reconciliar ...(así pues) este nombre de Fernando significa Pacis?reconciliator, Pacífico ?pacificante, y por consiguiente, lo mismo que el nombre hebreo de Salomón", Ibidem. ILUSTRACIONES: Lámina LXXXI - Lámina LXXXII - Lámina LXXXIII - Lámina LXXXIV -Lámina LXXXV - Lámina LXXXVI - Lámina LXXXVII - Lámina LXXXVIII
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