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En
un estudio sobre la plástica figurada de la Antigüedad y
comienzos del Medievo, se comprueba la reiteración de elementos
arquitectónicos (nichos, veneras, arcos de diversa conformación),
que en una primera lectura pueden parecer estructuras ornamentales o
marcos de ambientación para una escena determinada. Sin embargo,
estos elementos no son puras convenciones representativas. La búsqueda
de sus orígenes nos remite a arquitecturas reales creadas con
una intencionalidad significativa que pone de manifiesto la existencia
de un lenguaje. Lenguaje que debió establecerse remotamente y
que tiene una permanencia a lo largo del tiempo en diversos períodos
culturales, fenómeno que, como trataremos de probar, tiene su
explicación en el hecho de que estos signos aluden a conceptos
esenciales y universales que han podido encontrar una aplicación
válida en expresiones de distintas culturas e ideologías. El
cristianismo, al establecer la tipología de su edificio de culto,
proyectó un espacio funcional adecuado a las necesidades del
culto y la imposición de los principios de la liturgia. Pero
más allá del aspecto estrictamente funcional, el proyecto
de la basílica tuvo que concebirse como casa de la divinidad
y espacio en el que se manifestase la jerarquía de la Iglesia.
Desde el momento en que la jerarquía eclesiástica se hizo
potente y se erigió en un poder paralelo, asumió los símbolos
jerárquicos del imperio romano, del mismo modo que el ceremonial
litúrgico .tuvo fundamentos en el ritual del culto imperial (2).
Por otra parte, la idea simbólica del edificio de culto como
imagen de divinidad y réplica del universo, refleja una serie
de concepciones cósmicas ancestrales, también difundidas
por Roma, que tuvieron su reelaboración en el oriente cristiano,
concretamente en Siria (3). En relación a estos dos presupuestos,
el lenguaje que elige el cristianismo no es innovador, es sólo
una asimilación de términos
El ábside fue forma de gran difusión en
la arquitectura romana, utilizada con una intencionalidad diversa, pero
nunca desprovista de significado en cualquiera de sus niveles. Aparte
de su valor puramente arquitectónico con propósitos estrictamente
compositivos y estéticos, en una arquitectura experimentadora
como la romana, el ábside fue la forma elegida en la arquitectura
de más alta significación, el templo y el palacio, como
espacio receptor de la divinidad o del emperador entronizado, de modo
que llegó a adquirir en estos niveles connotaciones religiosas
y de poder, constituyéndose en todo un símbolo. La validez de este símbolo se comprueba en la
repetición de esquemas en otros niveles de la jerarquía
administrativa o religiosa, que incluso trasciende a la esfera privada,
siempre denotando una idea de superioridad fundamentada en la autoridad
o el concepto de lo sagrado. El ábside, o una representación
del mismo, constituye habitualmente el lugar del magistrado en la basílica,
el padre de familia en su propia vivienda, o conforma el espacio de
los lararios privados. Esta tradición justifica la elección
de este elemento para dar forma al espacio más significativo
de la arquitectura religiosa cristiana (4). Curiosamente, en el siglo
IV, cuando la sacralización del emperador y los símbolos
del ceremonial que le rodeaban habían adquirido una fuerza que
había llevado a establecer un lenguaje preciso y cargado de significación,
la basílica cristiana inicial asume directamente este lenguaje,
de modo que el ábside fue en primera instancia el lugar en el
que se entronizó el obispo, investido con prerrogativas propias
del emperador. Así, en la basílica de San Juan de Letrán,
el ábside es el lugar de la cátedra episcopal, mientras
que el altar se dispone fuera de este espacio. Independientemente del significado que el ábside
ha tenido en las etapas culturales referidas, hay que considerar también
la naturaleza simbólica de su esquema esencial. Formalmente el
ábside se compone sobre la base de una delineación curva
que se expresa en todas las dimensiones: planta, alzado y cubierta.
Y cabe en este esquema una asociación reiterativa al valor simbólico
de carácter cósmico que ya desde antiguo tuvieron las
formas curvas aplicadas a la cubierta, esencialmente la cúpula,
y correlativamente las formas parciales de la semicúpula o el
arco (5). LA VENERA La concha, que constituyó un elemento ligado
al ritual del culto ya desde la Prehistoria, adquiere un valor en la
cultura griega como símbolo sagrado de Venus. En el ábside de la arquitectura romana, la concha
aparece algunas veces ligada a la cubierta. En principio, es apreciable
su valor ornamental, pero habría que considerar también
el sentido original de esta asociación ábside-venera. La disposición de la concha bajo una cubierta,
se conoce desde el helenismo a través de representaciones en
espejos etruscos del siglo in, que comprenden un baldaquino con varios
personajes, coronado por una estructura en forma de concha (6). El baldaquino
fue otra de las arquitecturas simbólicas en la antigüedad,
que queda documentada en el mundo persa, y por derivación en
el helenismo, con un valor de tipo cósmico que implicó
a la imagen de sus monarcas (7). Se registra incluso la denominación
de oúpavíakoç, que alude, en efecto, a una de estas
estructuras (8). Luego, esta composición pervive hasta la representación
medieval (9), conformando un espacio capaz de imprimir un sentido sagrado
a los personajes que alberga. En la búsqueda sobre el sentido de la asociación de la concha al ábside, considerando a la venera esencialmente como símbolo sagrado de Venus, la concepción de Afrodita como Oúpavía y' Aùtepía, como diosa celeste y astral, sugiere que la concha tuviera connotaciones cósmicas que redundarían en el significado de la semicúpula del ábside cuando ambos elementos se fundieran. En este sentido, es significativa también la denominación latina del ábside como conca (10), derivada del término griego kóyxn.
Son escasas las arquitecturas clásicas o cristianas
que pueden testimoniar esta conjunción de ábsides y veneras
(11). Sin embargo, en la plástica se recogen numerosas representaciones
de nichos con una bovedilla avenerada o, más frecuentemente,
arcos con una venera, como una derivación plana, en las que es
previsible que la aparición de este elemento no sea consecuencia
exclusiva del gusto ornamental, sino una trasposición fiel de
un modelo arquitectónico. Debió quedar así establecido el nicho
o arco con venera como un símbolo cuyo valor se transmite al
primer arte cristiano y medieval con pleno sentido. Cristo, la Virgen,
los santos y apóstoles, o lo altos símbolos del cristianismo,
aparecen bajo nichos con veneras, en una tradición que tiene
abundantes manifestaciones en la plástica del siglo VI a lo largo
del Mediterráneo, siendo significativas las creaciones ravenaicas,
y paralelamente las visigodas, en las que se puede intuir un punto de
partida en Bizancio (12). La venera independiente puede considerarse como una
expresión parcial de los nichos o arcos avenerados (13), y como
tal, gozó de sus mismos contenidos. Se encuentra así en
algunos monumentos funerarios romanos, cuando no convertida en clípeo,
en las típicas imagines clipeatae. Pero, sobre todo, su
transformación en nimbo que expresa sacralización o santidad
(14) (fig. 3), o utilización
como elemento de fondo al que se superpone la cabeza de Cristo o algún
santo (15), indican el valor que alcanza la venera como signo sagrado. La validez del nicho como elemento simbólico se hace patente en la elección que del mismo han hecho las diversas arquitecturas religiosas para significar su espacio más sagrado. El lugar de la Torah de la Sinagoga judía, que es un nicho con venera en la Sinagoga de Dura Europos, o el mirhab de la mezquita, que de manera significativa se reduce a un nicho tallado en la mezquita de Bagdad, o comprende en el centro una representación reiterativa del nicho en la mezquita de Kairuán (fig. 8), expresan sintéticamente un contenido como lo tuvo el ábside en la basílica cristiana.
LA VENERA Y EL ARCO DE HERRADURA El arco de herradura, con una manifestación en
el tiempo desde Roma al Islam, tiene en la etapa visigoda una representación
amplia, a propósito para ser analizada. Sobre la interpretación previamente expuesta
del valor simbólico de la venera, es dado interpretar que el
arco de herradura, al menos en el campo de la plástica, tuviera
una justificación ideológica, independientemente de condicionamientos
funcionales o de elección de diseño que pudieron subyacer
en el campo de la arquitectura (16) . En el mismo sentido de la hipótesis de la generación del arco de herradura a partir de la venera, recogemos la sugerente idea de Torres Balbás, de considerar a la venera también como principio del arco lobulado (17).
¿Existió una relación efectiva
entre el arco de herradura plástico y el constructivo? Un estudio
sobre la problemática del ábside en la arquitectura romana
y visigoda podría responder a esta cuestión. En algunas villae hispanorromanas, la estructura
absidiada, que sería una trasposición periférica
de la arquitectura romana, y quizá conservadora de su significación,
aparece asociada a la venera que a veces se representa en el mosaico
(18). Algunos de estos ábsides tienen la forma en herradura que
después asume la arquitectura cristiana peninsular, de modo que
cabe considerarlos entre otras referencias, como probable punto de partida
en su formación. Pero más adelante, en el s. VII, la cabecera
de la basílica se conforma rectilínea externa e internamente,
de modo que llega a perder su esencial conformación absidial.
Sin embargo, este espacio se cubre con bóveda, como distinción
jerárquica respecto al resto de la basílica, y el abovedamiento
toma forma de herradura, como una proyección del arco toral hasta
el muro de remate, que podría aludir simbólicamente a
la venera que acompañó al ábside. Además, los nichos o placas-nicho, frecuentes entre los restos descontextualizados de la escultura visigoda, que aparecen rematados con una venera, y que se interpretan con un valor significativo, así como otras piezas "veneradas, debieron situarse en el fondo de estas cabeceras (19). Así pueden probarlo la placa que se encuentra en San Pedro de la Nave, o la ventana avenerada de Vera Cruz de Marmelar (fig. 7). ¿No expresaron también estos elementos el abovedamiento, y recordaron la simbólica constitución curvilínea del ábside en arquitecturas que habían llegado a prescindir de estos principios esenciales?
También en las basílicas visigodas es
llamativa la formación que adquiere el arco toral. Sus impostas
se prolongan dando continuidad a la rosca del arco, de modo que se conforma
un signo de vieja tradición: el arco entre dos epistilios o dintel
arcuado (20). El dintel arcuado fue un símbolo distintivo,
asociado a las puertas de las ciudades en el oriente asirio-babilónico,
donde tuvo un sentido religioso (21) y luego tuvo un resurgimiento en
la arquitectura romana, particularmente en Siria y el ámbito
oriental del Imperio. El dintel arcuado frecuentemente aparece bajo un frontón,
en una nueva fórmula de uso amplio, cuya aplicación a
la fachada de algunos templos, al palacio de Diocleciano en Spalato,
o a la representación de Teodosio (fig.
4), remiten a una consideración más allá de
lo puramente ornamental. Puede relacionarse esta fórmula con el término
fastigium, recogido en las fuentes textuales desde César,
para designar un elemento cuya presencia implicaba una idea de superioridad,
relacionada con el ámbito divino. Así, su uso fue restringido
en principio para el emperador, y reservadamente podía aplicarse
al templo o a monumentos funerarios (22). Símbolo de la transmisión de la jerarquía
del poder a la iglesia cristiana fue el fastigium de plata que
Constantino regaló a la basílica de San Juan de Letrán,
y se dispuso delante del ábside. Teasdale lo reconstruye como
una mampara sostenida por columnas, que en el centro adoptó la
forma de un dintel arcuado bajo un frontón (23). Luego, esta
misma fórmula se repite en el arco toral de alguna basílica
de Rávena y Tripolitania (24). El dintel arcuado está claramente documentado
para los siglos VI y VII, a través de un conjunto homogéneo
de platos litúrgicos de Siria y Chipre, en los que se representan
diversas escenas bíblicas (figs. 5
y 6). Además, aparte
del dintel arcuado, conformado habitualmente en herradura, en otras
escenas similares aparecen también como elementos equivalentes
la venera asociada al arco de herradura, quizá figurando una
estructura cupular (25), y otra conformación cupular, interpretada
como un baldaquino celeste (26).
NOTAS (1) Este trabajo es un avance del artículo que se publicará en la revista Anas I, 1988, del Museo de Mérida. (2) L. Brehier y F. Batiffol, Les survivances du culte imperial romain, París, 1920, p. 66. (3) El Panegírico sobre las construcciones de las iglesias dirigido a Paulino obispo de los tirios, de la Historia eclesiástica, de Eusebio de Cesárea: Eusebius, Ecclesiastical History, II, X, IV, 2-72, Loeb. el sugita, poema siríaco dedicado a la Cat. de Edessa, del siglo VII; Dupont Somer, "Une hymne syriaque sur la Cat. d'Edesse", Cahiers Arch., II, 1947; A. GRabar, " Le temoignage d'une hymne syriaque sur l'arquitecture de la catedral d'Edesse au VI, siécle et sur la symbolique de l'edifice Chrétien", ¡bid., o los escritos de la Areopagítica en el siglo vi o la Mystagogia de San Máximo el Confesor. (4) Ch. Delvoye, "Études d'architecture paléochretienne", Byzantion, 32, 1962, p. 292. (5) R. Guenon, Symboles fundamentaux de la science sacrée, París, 1962, p. 211. (6) M. Bratschkova, "Die Muschel in der antike Kunst", Bulletin de l'Institut d'Archeologie Bulgare, t. XII, 1938, figs. 9, 10 y 11. (7) E. B. Smith, The Dome. A study in the History of ideas, New Jersey, 1950, pp. 81-82. (8) M. Bratschkova, op. cit., pp. 25-27. (9) Ejemplos recogidos en Bratschkova. (10) Delvoye, op. cit., p. 292. (11) El pequeño ábside de Santa Catalina en Monte Sinaí: Th. Matews, "Prívate liturgy in byzantine architecture", Cahiers archeologiques, XXX, 1982, p. 11; o Resafa: Th. Ulbert, Resafa II, Die Basilika des Heiligen Kreuzes in Resafa-Sergiopolis, Mainz, 1986, figs. 19 y 20. Algunas bóvedas de la época de Justiniano producen este mismo efecto, R. Kautheimer, Arquitectura paleocristiana y bizantina, p. 320, de la misma manera que la cubierta externa de las cúpulas bizantinas, sugiere la forma en concha. (12) M. Cruz Villalón, Mérida visigoda. La escultura arquitectónica y litúrgica, Badajoz, 1985, pp. 205 y ss. (13) M. Cruz, op. cit., pp. 206-207. (14) Bratschkova, op. cit., p. 63 y lám. 47, y más tarde en la plástica visigoda; H. Schlunk y Th. Hauschild, die Denkmüler der frühchristliche und westgotischen Zeit, Mainz, 1978, lám. 137a. (15) En la cátedra de Maximiano, o en los sarcófagos de la basílica de San Francisco de Rávena, G. Valenti y M. Bucci, Corupus della scultura paleocristiana bizantina ed altomedioevale di Ravenna, Roma, 1968, láms. 8 y 9. (16) L. Caballero, "La forma en herradura hasta el siglo VIII", A.E.Arq., 50-51, 1977-1978; R. Corzo, "Génesis y función del arco de herradura", Al-Andalus, LXIII, 1978. (17) L. Torres Balbás, "Nichos y arcos lobulados", Al-Andalus, XXI, 1956. (18) J. M: Blázquez, Corpus de Mosaicos de España, V, Madrid, 1982, núm. 12, fig. 12; Corpus de Mosaicos de España, III, Madrid, 1982, núm. 55, fig. 21; Corpus de Mosaicos de España, VI, Madrid, 1983, en Quintanilla. En Bencáliz (Cáceres), un mosaico representa una venera y ocupa la totalidad del espacio absidial: E. Cerrillo, "Excavaciones en la villa romana de Santiago de Bencáliz. Un asentamiento rural en la Vía de la Plata", N.A.H., 13, 1982, lám. IV, 7. (19) E. Cerrillo, "Iconografía del relieve de Montánchez: acerca de un posible programa decorativo en las iglesias del siglo VII", Estudios dedicados a Carlos Callejo, Cáceres, 1979; M. Cruz, Mérida visigoda, op. cit., pp. 208 y ss. (20) En San Pedro de Balsemáo, Santa Comba de Bande, San Pedro de la Nave, Ventas Blancas (Logroño) y, menos claramente, en Quintanilla de las Viñas. (21) D. F. Brown "The arcuated lintel and its symbolic interpretation in Late Antique Art", American Journal of Archaeology, XLVI, 1942. (22) M. Teasdale, " The Lateran fastigium. A gift of Constantine the Great", Rivista di Archeologia Cristiana, anno XLVI, 112, 1970. (23) Teasdale, op. cit. (24) Ch. Delvoye, op. cit., p. 513. (25) E. B. Smith, op. cit., pp. 36, 37. (26) E. B. Smith, loc. cit.
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