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Dentro de los estudios sobre iconología hay aspectos que no han merecido demasiada atención por parte de los especialistas y que, sin embargo, presentan a nuestro juicio un interés indudable. Entre ellos puede considerarse el de las causas y circunstancias que influyen en la generación de motivos iconográficos y en su posterior difusión y desarrollo, y a él nos vamos a referir a continuación. Empecemos por decir que las razones de tal abandono pueden ser varias, entre las cuales siempre habrá que considerar la actitud personal de los investigadores, que obviamente aplican sus esfuerzos a los asuntos en que más interés hallan y los dirigen en la dirección y sentido que creen más fructíferos y atractivos. Pero seguramente hay causas menos subjetivas entre las que nos atrevemos a citar dos como más relevantes. Por una parte, las dificultades que entrañan este tipo de investigaciones en las que además de requerir la utilización de una enorme cantidad de material que asegure que los resultados obtenidos de su estudio son indudablemente significativos, sería necesario emplear un método de tratamiento de los datos capaz de estructurarlos de manera que fuera posible extraer luego conclusiones válidas y generales. Pero tal método no existe y creemos que no es de fácil elaboración. Y el segundo motivo, quizá aun más poderoso que el anterior, que resta atractivos a este tipo de estudios, es que se tiene la sensación de conocer cuáles son esas causas que influyen en la generación de los motivos iconográficos, quizá por la proximidad con la que actúan sobre su desarrollo y difusión, éstas sí mejor conocidas gracias a los numerosos trabajos existentes referidos más o menos directamente a ese aspecto y que, aunque no pretendan la deducción de las leyes que las rigen, nos permiten apreciar el fenómeno con suficiente claridad. Naturalmente no parece lógico emplear tiempo
y derrochar esfuerzos para llegar a conclusiones ya conocidas de antemano,
fatigándose en una labor tan inútil como la que, según
el P. Feijóo, suponía el estudio de La Arte Magna
de Raimundo Lulio, que, en opinión del benedictino, "con
todo su epíteto de magna, no viene a ser más que
una especie nueva de lógica, que después de bien sabida
toda, deja al que tomó el trabajo de aprenderla tan ignorante
como antes estaba..." (1). La realidad en nuestro caso es muy distinta
y algunas puntualizaciones nos lo harán ver enseguida. En la difusión y desarrollo de los elementos
iconográficos conocemos bien las causas que en ellos influyen,
aunque éstas sean muy diversas y a veces los efectos no guarden
con aquéllas una proporción previsible. Entre estas causas
podemos citar como principales: la influencia directa de algún
alto personaje (papa, rey, obispo, etc.); la propaganda de los miembros
de la Orden a que pertenezca el santo; la expansión o predominio
de una región, gremio, institución, etc., que tenga al
santo por patrón; el florecimiento económico de un monasterio;
difusión del culto, sea cual sea la causa que la origine; la
popularidad que alcanzara el santo al extenderse el conocimiento de
su leyenda; la categoría del santo, etc. Pero observemos que todo lo dicho no afecta más
que a la difusión de los motivos iconográficos, pero
no a las causas que determinan la generación de los mismos
y la mayor o menor abundancia de éstos, que, en principio, pensaríamos
en buscarlas en el poder sugerente que la vida del santo y los milagros
por él realizados tuvieran sobre el artista que lo representara
o, si se prefiere, sobre el pueblo que lo veneraba. El estudio de la
iconografía de dos santos castellanos que vivieron en épocas
no muy diferentes -y en cualquier caso en el mismo "período
histórico"- y en la misma región, puede resultar
esclarecedor en el tema que nos ocupa, por lo que vamos a empezar por
esbozar brevemente las vidas de ambos, como base para posteriores comentarios. Santo Domingo de Guzmán. El fundador de
los Hermanos Predicadores nació en Caleruega (Burgos) hacia 1170.
Inició sus estudios en Gumiel, fue enviado después al
Estudio General de Palencia y a los 24 años se hizo cargo de
una canongía que le ofreció el obispo de Osma. Más
tarde fue nombrado Superior del Cabildo regular de su Catedral. Salió de España en 1205 en la embajada
que Alfonso VIII de Castilla mandó para concertar el matrimonio
de su hijo Fernando con una princesa de Las Marcas, y durante este viaje
tomó contacto con la herejía albigense. Regresó
a España y volvió a salir hacia Roma para solicitar permiso
del papa para evangelizar a los cumanos (2), pero fue enviado al sur
de Francia, donde los albigenses constituían un peligro para
la unidad de la Iglesia. Santo Domingo no quiso participar en empresas
bélicas y concentró su actividad en la predicación. Posteriormente solicitó y obtuvo permiso para
fundar una nueva orden religiosa, a cuya organización dedicó
sus mejores esfuerzos a partir de entonces. Murió en Bolonia
el 6 de agosto de 1221 y una decena de años después de
su muerte ya era venerado en esa ciudad y en Toulouse, aun antes de
su canonización, que tuvo lugar en 1234. Su culto fue extendiéndose por diversos países
aunque no alcanzó la popularidad que otros santos de esta misma
época, quizá por ser escasos sus patronazgos, lo que no
fue óbice para que sus representaciones se multiplicasen pronto,
gracias a la labor de sus discípulos. Sus atributos son numerosos y entre ellos se cuentan:
Libro de la Regla en las manos; báculo o cruz de doble travesaño
como fundador; vara de lises o azucenas; cruz florenzada, emblema de
la Orden; rosario; estrella; perro con antorcha en la boca. Los dos últimos atributos son los más
personales y aparecen desde los primeros momentos. Tienen su origen
en hechos milagrosos narrados por sus biógrafos (3) y se interpretan
como una alusión a la misión a la que estaba destinado.
La estrella se refiere a la visión que tuvo su madre, que contempló
cómo una estrella aparecía sobre la frente del niño
y su luz alumbraba la tierra, lo que presagiaba que Domingo llegaría
a ser luz para sus habitantes. Significado semejante tiene el perro,
cuyo origen está en otra visión de su madre antes de su
nacimiento, en la que le parecía llevar en su seno un cachorro
con un haz de llamas en la boca con las que, al salir de sus entrañas,
encendía todo el mundo. San Vítores (4). Nació en la aldea
burgalesa de Cerezo, en fecha incierta que hay que situar hacia el siglo
X. Fue ordenado sacerdote y como tal ejerció en su pueblo natal.
Después se retiró a las montañas de Oña
para hacer vida de penitencia y oración. Allí vivió
algún tiempo hasta que se le apareció un ángel
para comunicarle que la villa de Cerezo se hallaba cercada desde hacía
siete años por los musulmanes y que debía ir allí
para ayudar a los cristianos. Acudió el santo y, viendo a los
habitantes en el límite de la resistencia, les ordenó
que tomaran una vaca, le dieran de comer del trigo que aún les
quedaba hasta que el animal se saciara, y la dejaran luego salir de
la aldea hacia el campamento enemigo. Cuando los moros vieron que la
vaca tenía el estómago lleno de grano, pensaron que el
cerco había sido inútil y levantaron el sitio. San Vítores salió de Cerezó y comenzó
a predicar el cristianismo entre los infieles, consiguiendo la conversión
de muchos de ellos y de cristianos que habían apostatado. Entonces
el rey moro ordenó que lo llevaran a su presencia y, cuando el
santo penetró en su tienda, quedó curado de la lepra que
padecía. No se impresionó el moro por el milagro y pretendió
que San Vítores se hiciera musulmán y, al negarse éste,
ordenó que le clavasen en una cruz. Al principio los verdugos
no lograban su propósito porque los clavos se doblaban sin penetrar
en la carne, pero al fin lo consiguieron y la sangre que manó
de las heridas hizo brotar un moral. Y como desde la cruz seguía
predicando y convirtiendo infieles, el rey moro ordenó que le
decapitaran. Cuando la sentencia se hubo cumplido, San Vítores
tomó la cabeza en sus manos y se dirigió con ella hacia
el lugar en que deseaba ser enterrado mientras realizaba algunos milagros
por el camino que recorría. San Vítores tiene un único atributo, el
de la cabeza en las manos, y ni siquiera éste es exclusivo ya
que lo comparte con otros varios santos entre los que pueden citarse
a San Dionisio el Areopagita, filósofo ateniense que,
convertido por San Pablo, marchó a Pare ; a predicar y allí
murió martirizado y decapitado, tras lo cual tomó en sus
manos la cabeza y marchó con ella hasta el lugar que eligió
para ser enterrado (5). San Dionisio, obispo de París de vivió
en el siglo III (6); San Lamberto, mártir zaragozano del siglo
IV (7); y San Fermín, natural de Pamplona, comparten también
el mencionado atributo, lo que a veces hace problemática la identificación
de estos santos. La difusión de la iconografía de uno y
otro santo es, en ambos casos, la que cabía esperar de acuerdo
con los factores influyentes a los que nos referimos en líneas
anteriores, y así, mientras encontramos ejemplos de representaciones
de Santo Domingo muy tempranas y abundantes (8), y en ellas aparecen
los elementos iconográficos arriba mencionados, las de San Vítores
se limitan a su región de origen y son muy tardías (9). Observemos ahora lo que ocurre con el número
y variedad de los motivos iconográficos. La vida de San Vítores se nos presenta sin duda
alguna con un poder sugerente para la creación de dichos motivos
muchísimo mayor que la de Santo Domingo. Pasajes como los de
la vaca con el estómago lleno de trigo, clavos doblados, ciudad
sitiada, predicación, moros, moral que brota en el lugar en el
que cae la sangre del santo, etc., parecen que están pidiendo
una representación gráfica y nos parecen capaces de despertar
la creatividad del artista imaginativamente peor dotado. Y ocurre además
que todos o los más de estos motivos serían elementos
discriminantes, es decir, que, por ser exclusivos, identificarían
enseguida al santo; e inmediatamente significativos, esto es, que no
necesitarían un conocimiento previo del pasaje de la vida a que
hacen referencia para ser interpretados con exactitud. Pero a pesar
de ello, ninguno quedó plasmado en las representaciones del santo,
que sólo recogen el motivo de la cabeza en las manos. Antes de pasar a extraer las conclusiones que de lo
hasta ahora expuesto pueden deducirse, no queremos pasar por alto un
detalle que podría poner en cuestión dichas conclusiones.
Como ha quedado dicho (10), la biografía de San Vítores,
que es el documento de que nos hemos servido para establecer los pasajes
de su leyenda, resaltando especialmente aquellos susceptibles de generar
una rica iconografía, data de la segunda mitad del siglo XV,
contemporánea de las representaciones a que nos estamos refiriendo.
Podría aducirse que mal podrían los artistas haber creado
entonces unos motivos iconográficos basados en hechos para ellos
desconocidos, puesto que se habrían gestado en la imaginación
de Cerezo y no estarían basados en antiguas tradiciones locales.
Creemos, sin embargo, que tal suposición no resiste un sereno
análisis, pues aunque es cierto que la narración de Gutiérrez
de Cerezo rezuma tintes legendarios, no parece posible que escribiera
una biografía del santo, destinada a sus devotos que vivían
en la región que el habitó, en la que señalarían
los lugares y accidentes geográficos ligados a los diversos hechos
que en ella se contaban, y llenara dicha biografía de patrañas
para ellos desconocidas y desligadas de sus tradiciones locales. Pudo,
eso sí, poner algo de su cosecha, ampliando algún detalle
o inventando alguna circunstancia, pero lo fundamental de la historia
tenía que ser reconocido como auténtico por los fieles
de la región en que San Vítores había vivido y
era venerado como santo local. Dicho esto podemos concluir que las representaciones
de los santos a los que nos venimos refiriendo -y que constituyen un
ejemplo que nos parece paradigmático- nos muestran de forma clara
que la variedad de motivos iconográficos no depende de la
capacidad teórica de generación que de los mismos ofrezca
la vida del santo. Acontecimientos muy vistosos que presentan excelentes
posibilidades de representación y de comprensión inmediata,
tampoco parecen ser, al menos de forma permanente y segura, una causa
suficiente para garantizar una rica iconografía. Sería interesantísimo, en relación
con lo que acabamos de decir, profundizar en el fenómeno del
simbolismo, pues son numerosos los casos en que puede apreciarse el
intenso efecto que producen signos que no son bien comprendidos por
quienes los contemplan, seguramente porque, al resultar imprecisos,
actúan sobre elementos profundos de la conciencia y desarrollan
un enorme poder de imaginación, pero es ésta una cuestión
en que no podemos detenernos. Volvamos a las conclusiones. Parece que es más
bien el esfuerzo que se realiza en promover la difusión del
culto y el deseo de extender la devoción de un santo en amplias
áreas y en dominios humanos cada vez más extensos
lo que despierta la fuerza generatriz de creación de motivos
iconográficos para los que cualquier leyenda, por poco sugestiva
que sea, ofrece suficientes posibilidades, mientras que, por manifiestas
que éstas sean, resultan estériles si el espacio, físico
y espiritual, en el que el santo es venerado es limitado y árido.
(1) Feijóo, Cartas eruditas y curiosas (Carta XXII, Sobre la Arte de Raymundo Lulio), B.A.E., núm. LVI, Madrid, 1952. (2) Los cumanos, pertenecientes a la tribu turca de los Qipcaq, desempeñaron un importante papel en la historia de Bizancio, Bulgaria y Hungría. No fueron evangelizados hasta 1238, y sólo aquellos que no se sometieron a los mongoles. Cfr. Encyclopédie de l'Islam, 2.1 ed., Leiden, 1960... (en curso de publicación), s.v. Kipcak (art. de G. Hazai). (3) Los primeros, en cuyas obras se basan todos los posteriores, son Jordán de Sajonia, Pedro Ferrando y Constantino de Orvieto. Las tres biografías pueden verse en M. Gelabert y J. M. Milagro, Santo Domingo de Guzmán visto por sus contemporáneos, 2ª. ed., Madrid, 1966. (4) Los datos que damos a continuación los hemos tomado de A. Gutiérrez de Cerezo, Vida de San Vítores, ed. de Luciano Huidobro Serna, Burgos, 1947. Este Andrés Gutiérrez de Cerezo parece que fue un abad del monasterio de Oña que vivió a mediados del siglo XV. Escribió una biografía de San Vítores por encargo del obispo Acuña de Burgos que luego fue impresa en 1547 formando parte del Flos Sanctorum de Carrasco. (5) S. de la Vorágine, La Leyenda Dorada, Madrid, 1982, p. 662. (6) J. Ferrando Roig, Iconografía de los santos, Barcelona, 1950, p. 89. (7) Año Cristiano, t. II, 2.a ed., Madrid, 1966 (art. de Lamberto de Echevarría), pp. 631-635. (8) Las representaciones más antiguas y ricas aparecen en Italia (Duccio de Bouninsegna, Traini, Guido de Siena, Fra Angélico, etc.). En España son algo más tardías pero no menos importantes. Baste citar el retablo de Santa Clara de Lluis de Borrassá (Museo de Vich); el retablo del convento de Santo Domingo en Valencia, de Pedro Nicolau; el tríptico del Maestro de Ávila (Museo de Vitoria); el retablo de la iglesia de San Nicolás de Espinosa de los Monteros (Burgos); el tríptico del Zarzoso (Salamanca), hoy en la col. Várez (San Sebastián), etc. (9) Las más antiguas que hemos encontrado son la del tríptico de la Colegiata de Covarrubias (Burgos) y la del retablo de la iglesia de San Nicolás de Espinosa de los Monteros (Burgos), ambas del siglo XV. (10) Cfr., supra, nota 4. ILUSTRACIONES
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