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Las acróteras con que los etruscos adornaban la cima de sus templos solían reflejar cabezas de gorgonas y silenos, verdaderas máscaras a las que se atribuía carácter apotropaico (1). Tales motivos fueron empleados también por el mundo romano, donde no resultaban infrecuentes las máscaras vinculadas a roleos vegetales; por ejemplo, la que en un espléndido mosaico de Antioquía preside una ilusoria arquitectura, bajo la cual Dionisos y Heracles compiten bebiendo (lám. 1), (c. 250-300 d.C.) (2) . Dichas máscaras sobrevivieron hasta la Alta Edad Media (3). En una tabla de marfil del antipendio de la catedral de Magdeburgo (segunda mitad del siglo X), decorada con un relieve de la Visitación de María, el marco arquitectónico que cobija la escena parece vomitado por la máscara que ocupa en el ápice la posición de la acrótera (4). Los dos vástagos vegetales que incurvándose generan el ataurique de la orla de cada uno de los brazos de la cruz procesional de marfil de San Millán de la Cogolla (La Rioja) (de fines del siglo x), nacen de la boca de una máscara (fig. 1) (5). En los templos románicos no es difícil
toparse con la máscara de cuya boca brotan hojas. Dos buenas
muestras de ello las ofrecen: un doble capitel de la galería
porticada de Canales de la Sierra (La Rioja) (fig.
2), fechable en la segunda mitad del siglo XII (6), y la arquivolta
interior de la portada meridional del transepto de la iglesia de Santa
María de Azoque, de Benavente (Zamora) (fig.
3), obra del siglo XIII (7). El arte románico asimiló símbolos
no cristianos, pero dotándolos de un significado cristiano, de
una intencionalidad religiosa-moral cristiana. La Madre Tierra, cuna y tumba del hombre en casi todas
las antropogonías antiguas (8) , solía representarse como
una máscara de cuya boca brotaba el tallo vital, tallo que después
retornaba a ella. La máscara telúrica es uno de esos elementos
no cristianos que aflora en la simbología románica (9). En el románico es fácil hallar el símbolo
paleocristiano de los dos árboles del Paraíso: uno, el
"árbol bueno" según el Liber floridus
de Saint-Omer (anterior a 1120), que proporcionaba la vida; y otro,
el "árbol malo", que daba la muerte. El hombre había
de elegir entre los dos, los cuales, en ocasiones, arrancaban de la
misma raíz. Es probable que este último tema iconográfico
esté íntimamente vinculado con el que nos preocupa, es
decir, con el de la máscara que arroja dos haces de caulículos
por su boca. En San Pedro de Northampton hay un capitel cuyo tema, un
hombre que, vomitado por la máscara telúrica, coge dos
árboles, uno en cada mano, para optar por uno de ellos (fig.
4), lleva a Champeaux y Sterckx a sospechar que se trata de una
simple variante de la máscara que arroja caulículos (10). Tal interpretación parece adecuada al contexto
en que se desenvuelven los dos ejemplares hispanos citados. La máscara
zamorana se halla en correspondencia con una Eva que, tentada por la
serpiente bajo el árbol, ocupa el salmer contrapuesto. La caída
de la primera mujer puso al Hombre ante la alternativa de tener que
elegir: o seguía una conducta moral sana, simbolizada por los
tallos que brotan del lado derecho de la boca de la máscara,
o se dejaba arrastrar por el pecado, representado por los del lado opuesto.
Si se decidía por la primera vía habría de luchar
contra las fuerzas del mal, lucha a la que alude la parte derecha del
capitel riojano y el ábaco del mismo. Por debajo de la máscara,
situada en lo más alto de este geminado capitel, una amplia hoja
paralelinervia abarca el lado izquierdo del mismo, mientras que el derecho
está ocupado por una escena en la que un hombre es atacado por
un monstruo, un animal híbrido con cuerpo de hombre, cabeza de
elefante y extremidades inferiores de león. La lucha con el monstruo
significa el combate del hombre para liberarse de las fuerzas regresivas
del inconsciente (11). En el ábaco animales fieros atacan a animales
tímidos, animales telúricos agreden a animales celestes.
Esta lucha entre animales, de ascendencia mesopotámica, simboliza
en el plano moral la lucha entre las obras buenas y las malas (12). Cabe suponer que durante el tiempo transcurrido entre
la realización de la máscara de la iglesia de Santa María
de Azoque, ya comentada, y la de la carátula que decora un capitel
del claustro de Santes Creus (Tarragona) (fig.
5), tallado por el maestro inglés Raynardus dez Fonoyll entre
1332 y 1336, el significado de dicho símbolo poco habría
cambiado, aunque Uranga e Íñiguez lo interpreten, en relación
con este último capitel, como el "hombre de la primavera"
o "greenman" y busquen su origen en el gótico inglés
(13). Lo mismo puede pensarse respecto de un capitel del claustro
de Santa María la Real de Nieva (Segovia) (14), decorado con
el mismo motivo (lám. 2),
"claustro que, a pesar de ser del siglo XV, ofrece escenas de estéticas
anteriores, especialmente de apariencia románica" (15). Aunque con el paso del tiempo y de un modo paulatino
la máscara de cuya boca brotan hojas debió de ir perdiendo
su significado didáctico medieval, todavía en el Cinquecento
se imaginaban poblaciones monstruosas, de hombres silvestres
entre otras (16). La convicción humanista que planteaba la necesidad
de una vuelta a la antigüedad afectó a todos los campos
de la cultura del Renacimiento. Por eso, los motivos que nutrieron,
en sus inicios, los repertorios grutescos concordaban con estas exigencias.
Después, no obstante, se incorporaron nuevos temas a dicho corpus,
temas que guardaban gran semejanza con el bestiario medieval, temas
que contribuyeron notablemente a enriquecerlo (17). Uno de estos temas
fue la máscara de cuya boca brotaban dos haces de caulículos. De los roleos vegetales vomitados por dicha máscara
surgen dos cabezas de carneros. El carnero, animal empleado habitualmente
en los sacrificios (19), simbolizaba al Verbo según San Ambrosio.
Cuando en el mundo románico se representaban dos carneros afrontados
expresaban fuerza y estímulo (20). Es muy posible que aquí
máscara y carneros conserven su significado medieval. Cristo,
simbolizado por un carnero, estimula a los hombres a seguir el camino
de la Virtud (21) y les proporciona la fuerza necesaria para rechazar
el del Vicio (22). Por el lugar donde fue situada la citada máscara,
a la entrada de una capilla, parece improcedente interpretarla como
premonitora de catástrofes, según versión de Luciana
Müller (23). No deja de ser curioso apreciar cómo en una época
en que se sentía tan acendrado fervor por todo lo antiguo, subyaciesen
motivos medievales en los grutescos, aunque, como en este caso, tuviesen
origen clásico. Es obvio que los mismos no siempre se usaron
con un fin didáctico-moral. Al menos, eso cabe pensar cuando,
en las viñetas con que se decoraban algunos libros del siglo
XVI, se encuentran máscaras que arrojan hojas por su boca (24). No hay duda de que el legado simbólico de la
Edad Media hubo de sufrir una importante transformación al ser
interpretado por la mentalidad renacentista (25). La máscara de cuya boca brotan hojas trascendió
al período barroco, siendo usada con harta frecuencia como ornamento
heráldico y más exactamente como un soporte colocado bajo
el escudo. Un buen ejemplo, entre los infinitos existentes, lo hallamos
en el escudo que preside el caserón del siglo XVII ubicado en
los números 16 y 18 de la calle Mayor de la villa de Laguardia
(Álava) (fig. 7) (26). Para esas fechas la máscara que vomita hojas se había convertido en un motivo puramente ornamental, motivo que no perdió vigencia con el paso de los años como lo demuestra el hecho de su frecuente aparición en la arquitectura revival de fines del siglo XIX y comienzos del XX. A título de ejemplos citaré los mascarones de yeso que coronan los balcones del último piso de la casa situada en el número 1 del Muro de Cervantes de Logroño, realizada por el arquitecto logroñés Luis Barrón en el año 1891 (27) (lám. 3) y los grutescos de algunos de los azulejos que decoran el edificio central de la Exposición Hispano-Americana de Sevilla (lám. 4), edificio que conforma la plaza de España, el cual fue proyectado por Aníbal González en 1911 (28).
NOTAS (1) Antonio Frova, El arte etrusco, México, 1962, U.T.E.H.A., pp. 42-43. (2) Hoy en el Museo de Arte de la Universidad de Princeton; reproducido en la lámina 8 del libro El arte romano, escrito por varios autores bajo la dirección de Martin Henig, Barcelona, 1985, Ediciones Destino. (3) "Carcopino indique que jusqu'au V° siécle, deux siécles aprés l'expansion chrétienne, ce mas que a gardé pour les soldats valeur apotropaîque" (Olivier Beigbeder, Lexique des symboles, Yonne, 1969, Ed. Zodiaque, Introductions a la nuit des temps, núm. 5, p. 310). (4) Este marfil, de la escuela de Milán, se encuentra hoy en el Bayer Nationalmuseum de Munich; reproducido en la lámina 146 de la obra El prerrománico de Harold Busch y Bernd Lohse, Madrid, 1968, Ed. Castilla. (5) De esta cruz mozárabe sólo se conservan tres brazos: uno de ellos en el Museo Arqueológico Nacional (puede verse reproducido en la figura 56 del libro Castilla la Vieja y León, t. I, Barcelona, 1975, Ed. Noguer. Don José Manuel Pita Andrade es el autor del capítulo dedicado al Arte de la Edad Media) y los dos restantes en el Museo del Louvre (don Manuel Gómez-Moreno los reprodujo en la lámina CXXXIII de su obra Iglesias mozárabes, Granada, 1975, Patronato de la Alhambra). (6) M.ª de los Ángeles de las Heras y Núñez, "La ermita de San Cristóbal de Canales de la Sierra", Berceo, núms. 106-107, Logroño, 1984, pp. 47-61. (7) Guadalupe Ramos de Castro, El arte románico en la provincia de Zamora, Zamora, 1977, Diputación Provincial de Zamora, p. 254, lám. 297. (8) Otto Seemann, Mitología clásica ilustrada, Barcelona, 1958, Ed. Vergara, p. 193. (9) Manuel Guerra, Simbología románica, Madrid, 1978, Fundación Universitaria Española, p. 150. (10) Gérard de Champeaux y Sébastien Sterckx, Introducción a los símbolos, Madrid, 1984, Ed. encuentro, pp. 374-387. (11) Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, 1981, Ed. Labor, pp. 306-307. (12) Manuel Guerra, ob. cit., p. 249. (13) José Esteban Uranga Galdiano y Francisco Íñiguez Almech, Arte medieval navarro, vol. IV, Arte gótico, Pamplona, 1973, Ed. Aranzadi, pp. 226-227. (14) En 1393 ó 1394 tuvo lugar la invención de la imagen
de la Virgen de Nieva, también llamada de la Soterraña.
En 1399 don Enrique III y su esposa doña Catalina de Lancaster
donaron el templo de Santa María de Nieva a la Orden de Santo
Domingo, reservando para la corona el patronazgo del mismo (Diego de
Colmenares, Historia de la insigne ciudad de Segovia y compendio
de las historias de Castilla, t. I, Segovia, 1982, Academia de Historia
y Arte de San Quirce, pp. 544 y 549). (15) Marciano Sánchez, Vida popular en Castilla y León a través del arte (Edad Media), Valladolid, 1982, Ed. Ámbito, p. 80. (16) Luciana Müller Profumo, El ornamento ¡cónico y la arquitectura (1400-1600), Madrid, 1985, Ed. Cátedra, p. 181. En la nota 1 cita cómo Aldrovandi, a pesar de su actitud precientífica y empírica, todavía imaginaba poblaciones monstruosas premonitorias de catástrofes. Tal creencia se debía a la aparición de un cometa en el año 1524, cometa al que se responsabilizaba de toda suerte de desastres. (17) Margarita Fernández Gómez, Los grutescos en la arquitectura española del protorrenacimiento, Valencia, 1987, Ed. Generalitat Valenciana, p. 33. (18) Capilla dotada por Alonso de San Pedro y Catalina de Soria en 1530 (José G. Moya Valgañón y otros, Inventario artístico de Logroño y su provincia, t. II (Cenicero- Montalbo en Cameros), Madrid, 1976, M.E.C., p. 299). (19) F. S. Meyer, Manual de ornamentación, Barcelona, 1971, Ed. Gustavo Gili, p. 96. (20) José Luis Morales y Marín, Diccionario de iconología y simbología, Madrid, 1984, Ed. Taurus, p. 87. (21) En el folio 76r de De fructibus carnis et spiritus, manuscrito del siglo XII conservado en la Stadtbibliothek de Salzburgo, el árbol de las Virtudes arranca de la Humildad; reproducido en la fig. 141 de la obra Imágenes simbólicas de E. H. Gombrich, Madrid, 1983, Ed. Alianza. (22) En el folio 75v del manuscrito citado en la nota anterior el árbol de los Vicios arranca del Orgullo. (23) Ob. cit. (24) Por ejemplo, la que, realizada por Juan de Yciar, de Zaragoza, reproduce F. S. Meyer en el núm. 2 de la lám. 393 de su obra Manual de ornamentación, ya citada. (25) Santiago Sebastián, Arte y humanismo, Madrid, 1978, Ed. Cátedra, p. 205. (26) Clara Isabel Ajamil, Andrés Bezares, Cruz Briones, Armando Llanos y Antonio Mijangos, Laguardia, guía para una visita, Vitoria, 1985, Diputación Foral de Álava, p. 63. (27) Archivo del Ayuntamiento de Logroño, leg. 120-33. (28) Pedro Navascués, Del neoclasicismo al modernismo, vol. V de Historia del Arte Hispánico de Alhambra, Madrid, 1979, p. 120.
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