ORÍGENES Y FUENTES DE LA ICONOGRAFÍA DEL
TETRAMORFOS EN LA PINTURA ROMÁNICA CASTELLANO-LEONESA
Esperanza
Manso Martín y María Ascensión Sánchez-Rubio Sacristán
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El
Tetramorfos, iconográficamente, es un tema muy repetido. Basado
en el texto del Apocalipsis de San Juan (1). La visión de estos
cuatro seres tiene sus antecedentes en el Antiguo Testamento, concretamente
en las visiones de Ezequiel (2) y de Daniel (3).
Las representaciones de estos seres no presentan ninguna novedad, tienen
sus orígenes en el arte del Asia Occidental, e incluso muchos
autores no vacilan en identificar a los cortejos de animales que aparecen
en las grutas prehistóricas como un origen de los animales bíblicos.
El Tetramorfos responde al principio de "Cuaternidad" unido
a la idea de un orden en el espacio; así, en el Tetramorfos cristiano
vemos una perfecta correspondencia entre los símbolos de los
Evangelistas.
La representación cosmológica del mundo la encontramos
en la cultura megalítica, donde es conocida la lucha sostenida
por las deidades para mantener el orden creado y evitar el caos, para
ello colocaron al león en la montaña celeste y pusieron
cuatro arqueros en los puntos cardinales, para defender el orden cósmico.
Los cuatro arqueros se han identificado con los cuatro elementos.
También lo hallamos en un texto chino denominado Ta-Tai-Li,
el filósofo Tsên-Tse, distingue ya cuatro animales al servicio
del santo: "Dos de estos animales con cabeza y plumas proceden
del elemento Yin (femenino-pasivo) y llevan piel, coraza o escamas.
Los animales reflejan claramente los cuatro elementos: pelo-fuego, escamas-agua,
piel-tierra y alas-aire."
Se puede establecer una correspondencia entre las imágenes anteriormente
citadas del león y del santo, con la figura de Cristo dentro
de la iconografía cristiana. En ellos se ha identificado el centro
que ocupan estas figuras con la quintaesencia o forma espiritual. A
su vez, los arqueros y los cuatro animales de la simbología china
serían los antecedentes de los cuatro seres del Tetramorfos.
Esta idea la podemos poner en relación con el grupo cuadriforme
de animales del arte sumerio que se compone de león, águila
y pavo real sobre el dorso de un buey. De igual manera encontramos en
el Libro de los Muertos, del mundo egipcio un grupo de tres seres
con cabezas de animales y otro con cabeza humana, orejuda, que se asemeja
a algunas pinturas románicas. Esto está en relación
con la visión de Ezequiel, en la que se enumera al león,
al águila, al toro y al hombre, e incluso nos hace pensar que
el profeta conociese la tradición oriental y en particular las
representaciones egipcias de dicho texto.
Los
káribu asirios, dispuestos en las entradas de los palacios, poseían
cabeza de hombre, cuerpo de león, patas de toro y alas de águila
(4) y los animales persas son los que dan a Ezequiel la idea de los
cuatro animales.
En el arte sumerio nos encontramos numerosas representaciones en cilindros
sellos y plaquetas de toros androcéfalos y toro más humanoide
que reflejan la leyenda milenaria de Gilgamesh y su amigo Enkidú,
animal salvaje que vivía con los toros.
Gilgamesh era hijo de la diosa Vache y de un sacerdote que se unió
a ella (5). Es un hombre-toro, prototipo del minotauro, aparece siempre
con barba y abundante cabellera, tiene por compañero Enkidú,
animal salvaje, representado con cuernos en la cabeza para caracterizarle
como un personaje semidivino.
Ambos se representan en los cilindros sellos derribando fieras y cazando
animales salvajes. El gusto por este tema se extiende desde la poesía
épica babilónica hasta la época asiria. Va a ser
un personaje internacional e incluso es adoptado como héroe nacional
durante dos mil años. Este personaje monopoliza casi de una manera
exclusiva el arte babilónico.
Tal vez su éxito estriba en que Gilgamesh fue un primer conquistador
semítico que se aventuraba sólo hasta el confín
del mundo y que trataba de igual manera a los dioses. Convirtiéndose
en un Hércules, cuyo fin consistía en descuartizar toros
y leones. A veces esta figura se abraza con Enkidú, su amigo,
de cuerpo de toro y cabeza humana, más fuerte que Gilgamesh,
pero aún sujeto a la muerte (6). Como ejemplo, en el Arpa de
Ur y en varios cilindros mesopotámicos de la época neosumeria
(7).
Dentro del arte egipcio hallamos representaciones de personajes mitad
hombre y animal, como los hijos de Horus (8), que aparecían en
los vasos funerarios, cuyo cuerpo estaba formado por el vaso y las cabezas
de animales: león, halcón, perro y toro. Como los encontrados
en el templo-palacio de Ramsés III, en Medinet Abú y en
las tumbas de Deir el-medineh (9).
Al
igual que en Mesopotamia y en Egipto, también la tradición
judía nos ofrece cuatro animales relacionados con el símbolo
real: buey (rey de los ganados), león (rey de las selvas y de
las fieras), águila (rey de las aves) y el hombre (rey de la
Creación).
La iconografía del Tetramorfos en el arte cristiano está
claramente inspirada en la fuente literaria de los textos bíblicos.
En los que, como anteriormente hemos citado, se relata la aparición
en torno a Cristo de cuatro seres relacionados con el hombre, el toro,
el león y el águila; que sostienen y mueven el trono de
dios, su número guarda relación con las cuatro partes
del Universo y sus ojos indican la parte que tienen en el gobierno del
mismo o de la Iglesia, esparcida por todo él, son los cuatro
reyes del mundo animal.
Estos animales en su representación artística obedecen
a una ordenación espacial dada por el profeta Ezequiel (10),
que es la siguiente: En los dos espacios superiores, a la derecha el
hombre y a la izquierda el águila; en los inferiores, a la derecha
el león y a la izquierda el toro.
Esta ordenación está en relación a los principios
del simbolismo espacial, en que lo superior aparece siempre como sublimación
de lo inferior y lo que se halla a la derecha como una expresión
de lo consciente, mientras lo que se encuentra a la izquierda concierne
a lo inconsciente; así, tenemos al hombre alado como una sublimación
del león y al águila como una sublimación del toro.
Siguiendo las doctrinas esotéricas, estos seres significan lo
siguiente: águila: aire, inteligencia, acción; león:
fuego, fuerza, movimiento; toro: tierra, trabajo, resistencia, sacrificio.
En
los cuatro animales ven los Padres de la Iglesia a los cuatro Evangelistas.
A San Mateo se le atribuye el hombre, porque su Evangelio comienza por
la geneología de Jesucristo. El cristiano debe elevarse, ser
un hombre porque el hombre es el único animal racional, sólo
él se guía por las voces de la razón, por eso merece
ser llamado hombre.
San Lucas está identificado con el toro o buey porque su Evangelio
comienza con el sacrificio ofrecido por Zacarías; el cristiano
debe imitar al buey, pues renunciando a los placeres se inmola a sí
mismo.
San Marcos está relacionado con el león, ya que desde
las primeras líneas de su Evangelio, nos habla " de la voz
que clama en el desierto"; el cristiano debe ser un león
porque el león es un animal valeroso y es como el justo que ha
renunciado a todo y no teme nada en este mundo: "El justo estará
cerrado y sin temor como un león" (11).
A San Juan se le identifica con el águila porque el principio
de su texto nos coloca frente a la divinidad del Verbo. El cristiano
debe ser un águila, pues el águila vuela en las alturas
y mira al sol sin bajar las pupilas (12), al igual que el cristiano
debe mirar de cara a las cosas eternas.
Para
San Jerónimo (13), estos mismos animales se relacionan con los
cuatro momentos más importantes de la vida de Jesucristo, que
corresponden con los cuatro grandes misterios.
El hombre, símbolo de la Encarnación de Jesucristo que
nos hace saber que Jesús se hizo hombre.
El buey o toro, víctima de la Antigua Ley, hace relación
a la Pasión, pues el Redentor sacrificó su vida por la
humanidad.
El león, símbolo de la Resurrección, esto nos remite
a los bestiarios, según los cuales: "Cuando duerme, sus
ojos velan y permanecen abiertos" (14); para el Leccionario
del Arsenal, el león simboliza claramente la figura de Jesucristo
en la tumba: "El Redentor parece dormido en la muerte, como quiere
la humanidad, pero en virtud de divinidad permanece inmortal y vigila"
(15).
Hay una peculiaridad del león que es imagen de la resurrección
de Cristo, y que cuenta el bestiario: "Cuando la leona da a luz
a sus cachorros, los alumbra muertos y los cuida durante tres días
hasta que al tercero llega el padre, exhala su aliento sobre la faz
del cachorro y lo resucita. Así, el Omnipotente Padre Universal,
al tercer día, resucitó de entre los muertos al Primogénito
de toda criatura" (16).
El águila se relaciona con la Ascensión de Cristo; Jesús
se elevó al cielo como el águila se remonta hasta las
nubes: "La Ascensión está expresada en el vuelo del
ave que se dirige al sol sin pestañear, tal como Jesucristo resucitado"
(17).
En resumen, siguiendo lo anteriormente mencionado, se puede afirmar
que Jesús fue hombre al nacer, buey al morir, león al
resucitar y águila al ascender al cielo.
En
el siglo XI, Raoul Glaber (18) establece otra correspondencia de los
Evangelistas con las virtudes cardinales, con los elementos de los sentidos
del hombre, con los ríos del Paraíso y con las épocas
bíblicas de la historia del mundo.
A Juan, que habla de la palabra, le hace corresponder con el éter,
porque la vista y el oído que sirven a la inteligencia y a la
razón remontándose al éter superior que es el más
sutil de los elementos. Así, establece una correspondencia con
el Fisón, río del Paraíso cuyo nombre significa
"abertura de la boca", de la misma manera establece una relación
entre el primer período de la Biblia y la primera virtud cardinal
"desde el origen del mundo a la venganza del Diluvio la prudencia
fue reino.".
El Evangelio de San Marcos da una imagen de la templanza y el agua que
hace ver la penitencia purificadora que fluye del Bautismo de Juan.
Se relaciona con el sentido del gusto por el agua, la templanza y con
el río Geón.
El Evangelio de San Mateo se identifica con la tierra y la justicia,
muestra de una manera más clara que los anteriores la sustancia
de la carne de Cristo hecho hombre, se corresponde con el río
Eufrates, cuyo nombre quiere decir "abundancia", designa la
justicia que sosiega y reconforta al espíritu que lo desea ardientemente.
Y por último, en el Evangelio de San Lucas, hay una similitud
con el aire, con la virtud de la fortaleza y con el sentido del olfato,
así se identifica con el río Tigris, último río
del Paraíso, que era habitado en sus riberas por los asirios
que son los diligentes, a su vez corresponde con Moisés y los
profetas, que siguen las prescripciones de la Ley de Dios y que están
consagrados con la virtud de la fortaleza.
En
la pintura románica castellano-leonesa (19), los cuatro seres
(ángel, águila, león y toro) van a ser tomados
como símbolos de los Evangelistas.
Anteriormente nos habíamos encontrado con las representaciones
de estos animales, desligados de todo significado cristiano. Ahora nos
hallamos acompañando y enmarcando la figura de Cristo en Majestad,
creando una tipología que va a extenderse desde el siglo IV hasta
casi el Renacimiento.
En las pinturas de la iglesia de Santa Cruz de Maderuelo y en el panteón
de San Isidoro de León, se muestra a los vivientes con cuerpo
humano y cabeza de animal. Estas representaciones se remontan a la iconografía
egipcia, como vimos anteriormente y son muy frecuentes en los beatos.
En San Isidoro, los cuatro seres determinan dos ejes diagonales: Juan-
Lucas, Mateo-Marcos, y en el centro Cristo en Majestad. Los cuatro muestran
los libros, porque los Evangelistas son los inspiradores y escritores
de los Evangelios, y, por tanto, son figuras incluidas en el Nuevo Testamente,
de ahí los libros. Hay veces que llevan la filacteria como en
las pinturas de San Justo de Segovia, lo que nos está haciendo
pensar que estén recogiendo la tradición oral del Antiguo
Testamento. Y explayan las alas, como veíamos en las representaciones
de las águilas de los estandartes romanos, en el arte oriental
-particularmente en los tejidos sasánidas-, en representaciones
del arte islámico y en las fibulas visigodas, este tipo concretamente
del águila se va a conservar en la heráldica.
Marcos y Lucas giran las cabezas mientras que Juan y Mateo dirigen su
mirada hacia el rostro de Cristo.
En la iglesia de Santa Cruz de Maderuelo se sigue un programa iconográfico,
resumible en una transcripción de la Jerusalén Celestial
(20). El Tetramorfos se muestra en los derrames de la bóveda,
formando parte de un cortejo de jerarquías angélicas como
intercesores y testigos glorificando a Dios. En el lado del Evangelio,
el símbolo de Juan y el de Lucas; en el lado de la Epístola,
Mateo y Marcos.
También las figuras antropomórficas de los Evangelistas
aparecen en los ejemplos toledados de la iglesia del Cristo de la Luz
y de San Román; en la primera sólo se conserva el águila
de San Juan, la figura alada y arrodillada porta una filacteria, aludiendo
a las profecías apocalípticas.
En la iglesia de San Román, los Evangelistas alineados bajo arcadas
escriben su texto sagrado sentados ante un atril, siendo inspirados
por la paloma del Espíritu Santo. Esta escena recoge la tradición
de la miniatura y de los marfiles carolingios, en la pintura románica
española apenas la encontramos sólo en el frontal catalán
de Orellá (21) sin el carácter antropozoomórfico.
En la iglesia de San Justo de Segovia, los símbolos del águila,
toro y león siguen el esquema de Ezequiel, los animales nimbados
con las cabezas vueltas en contraposición al cuerpo, mirando
hacia el Cristo, esta postura viene de influencia del arte de los pueblos
partos, cuyos guerreros tenían la costumbre de cabalgar mirando
hacia atrás cuando iban a disparar las flechas. También
de clara influencia oriental, es colocar la cola del animal entre las
patas, como es el caso del león.
En las pinturas de la iglesia de San Clemente de Segovia se sigue el
mismo esquema anterior. Esquema cambiado en la iglesia de San Martín
de Valdilecha (Madrid) (22), donde en la parte inferior izquierda quedan
restos del león de San Marcos y a la derecha el toro de San Lucas.
Ambos portan el libro en sus patas delanteras.
Y para concluir, en la ermita de San Pelayo de Perazancas (Palencia)
sólo se conserva parte del símbolo de San Marcos (23).
BIBLIOGRAFÍA
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NOTAS
(1) "Delante del trono había como un mar de vidrio semejante
al cristal, y en medio del trono y en rededor de él, cuatro vivientes
llenos de ojos por delante y por detrás. El primer viviente era
semejante a un león, el segundo viviente semejante a un toro,
el tercero tenía semblante como de hombre, y el cuarto era semejante
a un águila voladora.
Los cuatro vivientes tenían cada uno de ellos seis alas y todos
en torno y dentro estaban llenos de ojos, y no se daban reposo día
y noche, diciendo: "Santo, santo, santo es el Señor Dios
Todopoderoso, el que era, el que es y el que viene"." Ap.
4,6-8.
(2) "Miraba yo y veía un viento huracanado de la parte
norte, una gran nube con resplandores en torno, un fuego que despedía
relámpagos y en su centro, como el fulgor del electro en el centro
del fuego; aparecía en el medio la figura de cuatro seres, cuyo
aspecto era el siguiente: presentaban forma Humana pero cada uno tenía
cuatro caras y cuatro alas. Sus piernas eran rectas y sus pies semejantes
a las plantas de un buey, relucientes como bronce bruñido. Debajo
de las alas, en los cuatro lados, salían manos humanas, tenían
los cuatro el mismo aspecto y también las alas de iguales dimensiones.
Sus alas estaban juntas unas con otras; al andar no se volvían
de espaldas sino que cada uno caminaba de frente. En cuanto su semblante,
presentaban cara humana, pero los cuatro tenían cara de león
a la derecha, cara de toro a la izquierda y los cuatro también
cara de águila; así, estaban sus alas desplegadas hacia
lo alto, cada uno tenía dos alas que se tocaban mutuamente y
otras dos que le cubrían el cuerpo. Cada cual marchaba de frente.
iban donde el espíritu los impulsaba, sin volverse de espaldas
en su marcha.
En medio de estos cuatro seres se veían como brazos incandescentes
a modo de antorchas que se agitaban de acá para allá entre
ellos; resplandecía el fuego y del fuego se desprendían
fulgores. Los seres iban y venían lo mismo que el relámpago."
Ez. 1,4-14.
"Todo su cuerpo, su espalda, sus manos y sus alas, así como
las ruedas estaban cuajadas de ojos todo alrededor, y cada uno de los
cuatro tenía su propia rueda; y estuche que a las ruedas se les
daba el nombre de "Torbellino" cada uno tenía cuatro
caras. La primera era de querubín, la segunda de hombre, la tercera
de león y la cuarta de águila." Ez. 10,12-14.
(3) "El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, Daniel,
mientras se encontraba en el lecho, tuvo un sueño y pasaron por
su espíritu unas visiones. En seguida puso por escrito el sueño.
Comienzo de la narración. Daniel tomó la palabra y dijo:
"Veía yo en visiones durante la noche que los cuatro vientos
del cielo agitaban el mar grande. Y que cuatro bestias enormes, diversas
una de otra, salían del mar. La primera era como un león,
con alas de águila. Yo estaba mirando y vi que le arrancaron
las alas, la levantaron de la tierra y la incorporaron como un hombre,
y le dieron un corazón humano.
Después de ésta apareció otra bestia, la segunda,
semejante a un oso; iba levantada de un lado y tenía tres costillas
en las fauces entre sus dientes, y se le decía: `¡Ea, devora
mucha carne!' Después -yo seguía contemplando- vi otra
bestia, como un leopardo con cuatro alas de ave en su dorso; tenía
también cuatro cabezas, y le fue dado el poder. A continuación,
y siempre en mi visión nocturna, vi una cuarta bestia terrible,
espantosa, extraordinariamente fuerte. Tenía enormes dientes
de hierro, comía y trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con
sus patas, era diferente de todas las otras bestias que la habían
precedido y tenía diez cuernos"." Dn. 7,1-7.
(4) J. Sureda, La pintura románica en España,
Madrid, 1985, p. 141.
(5) J. P. Clebert, Bestiaire Fabuleux, París, 1971, pp.
403-404.
(6) J. Pijoán, Arte del Asia Occidental. Summa Artis,
V. II, Madrid, 1963, pp. 157-158.
(7) El Arpa de Ur pertenece a la primera mitad del III milenio, donde
aparecen Gilgamesh desnudo sujetando a dos toros con cabeza humana.
En los cilindros sellos mesopotámicos nos ofrece la lucha de
Gilgamesh contra el toro y la lucha de Enkidú contra un animal
alado.
(8) Horus es hijo de Osiris, y su vengador; se le representa con cuerpo
humano y cabeza de halcón. Es la encarnación del Bajo
Egipto o Delta, en contraposición de Seth, que aparece con cabeza
monstruosa mezcla de puerco y asno. Es el asesino de su hermano Osiris
y representa al Alto Egipto.
(9) C. Aldred, El imperio de los conquistadores, París,
1979, lám. 250.
(10) Ez.1,10.
(11) O. Beigbeder, Lexique des Symboles, Ginebra, 1969, p. 134.
(12) N. Guglielmi, el Fisiólogo. Bestiario medieval,
Buenos Aires, 1971, pp. 87-88.
(13) E. Mále, L'árt religieux du XIII siécle
en France, París, 1910, vol. 1, p. 52.
(14) N. Guglielmi, op. cit., p. 39.
(15) Leccionario del Arsenal. Lección II, cit. por E.
Mále, op. cit., p. 52.
(16) N. Guglielmi, op. cit., p. 40.
(17) Ibid., p. 87.
(18) O. Beigbeder, op. cit., p. 135.
(19) Pintura mural de San Isidoro de León, Santa Cruz de Maderuelo
(Segovia), San Martín de Valdilecha (Madrid), San Pelayo de Perazancas
(Palencia), San Justo y San Clemente (Segovia), San Román y Cristo
de la Luz (Toledo).
(20) J. Sureda, op. cit., p. 95.
(21) J. Sureda, La pintura románica en Cataluña,
Madrid, 1981, p. 63.
(22) I. Bango et al., Estudio histórico de la iglesia de
San Martín de Valdilecha (Madrid), Madrid, 1981, pp. 19-23.
(23) W. W. S. Cook y J. Gudiol, "Pintura e imaginería románicas",
Ars Hispaniae, vol. VI, Madrid, 1980, p. 114.