CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 3. 1989
 

 

ORÍGENES Y FUENTES DE LA ICONOGRAFÍA DEL TETRAMORFOS EN LA PINTURA ROMÁNICA CASTELLANO-LEONESA

Esperanza Manso Martín y María Ascensión Sánchez-Rubio Sacristán

El Tetramorfos, iconográficamente, es un tema muy repetido. Basado en el texto del Apocalipsis de San Juan (1). La visión de estos cuatro seres tiene sus antecedentes en el Antiguo Testamento, concretamente en las visiones de Ezequiel (2) y de Daniel (3).
Las representaciones de estos seres no presentan ninguna novedad, tienen sus orígenes en el arte del Asia Occidental, e incluso muchos autores no vacilan en identificar a los cortejos de animales que aparecen en las grutas prehistóricas como un origen de los animales bíblicos.
El Tetramorfos responde al principio de "Cuaternidad" unido a la idea de un orden en el espacio; así, en el Tetramorfos cristiano vemos una perfecta correspondencia entre los símbolos de los Evangelistas.

La representación cosmológica del mundo la encontramos en la cultura megalítica, donde es conocida la lucha sostenida por las deidades para mantener el orden creado y evitar el caos, para ello colocaron al león en la montaña celeste y pusieron cuatro arqueros en los puntos cardinales, para defender el orden cósmico. Los cuatro arqueros se han identificado con los cuatro elementos.
También lo hallamos en un texto chino denominado Ta-Tai-Li, el filósofo Tsên-Tse, distingue ya cuatro animales al servicio del santo: "Dos de estos animales con cabeza y plumas proceden del elemento Yin (femenino-pasivo) y llevan piel, coraza o escamas. Los animales reflejan claramente los cuatro elementos: pelo-fuego, escamas-agua, piel-tierra y alas-aire."
Se puede establecer una correspondencia entre las imágenes anteriormente citadas del león y del santo, con la figura de Cristo dentro de la iconografía cristiana. En ellos se ha identificado el centro que ocupan estas figuras con la quintaesencia o forma espiritual. A su vez, los arqueros y los cuatro animales de la simbología china serían los antecedentes de los cuatro seres del Tetramorfos.
Esta idea la podemos poner en relación con el grupo cuadriforme de animales del arte sumerio que se compone de león, águila y pavo real sobre el dorso de un buey. De igual manera encontramos en el Libro de los Muertos, del mundo egipcio un grupo de tres seres con cabezas de animales y otro con cabeza humana, orejuda, que se asemeja a algunas pinturas románicas. Esto está en relación con la visión de Ezequiel, en la que se enumera al león, al águila, al toro y al hombre, e incluso nos hace pensar que el profeta conociese la tradición oriental y en particular las representaciones egipcias de dicho texto.

Los káribu asirios, dispuestos en las entradas de los palacios, poseían cabeza de hombre, cuerpo de león, patas de toro y alas de águila (4) y los animales persas son los que dan a Ezequiel la idea de los cuatro animales.
En el arte sumerio nos encontramos numerosas representaciones en cilindros sellos y plaquetas de toros androcéfalos y toro más humanoide que reflejan la leyenda milenaria de Gilgamesh y su amigo Enkidú, animal salvaje que vivía con los toros.
Gilgamesh era hijo de la diosa Vache y de un sacerdote que se unió a ella (5). Es un hombre-toro, prototipo del minotauro, aparece siempre con barba y abundante cabellera, tiene por compañero Enkidú, animal salvaje, representado con cuernos en la cabeza para caracterizarle como un personaje semidivino.
Ambos se representan en los cilindros sellos derribando fieras y cazando animales salvajes. El gusto por este tema se extiende desde la poesía épica babilónica hasta la época asiria. Va a ser un personaje internacional e incluso es adoptado como héroe nacional durante dos mil años. Este personaje monopoliza casi de una manera exclusiva el arte babilónico.
Tal vez su éxito estriba en que Gilgamesh fue un primer conquistador semítico que se aventuraba sólo hasta el confín del mundo y que trataba de igual manera a los dioses. Convirtiéndose en un Hércules, cuyo fin consistía en descuartizar toros y leones. A veces esta figura se abraza con Enkidú, su amigo, de cuerpo de toro y cabeza humana, más fuerte que Gilgamesh, pero aún sujeto a la muerte (6). Como ejemplo, en el Arpa de Ur y en varios cilindros mesopotámicos de la época neosumeria (7).
Dentro del arte egipcio hallamos representaciones de personajes mitad hombre y animal, como los hijos de Horus (8), que aparecían en los vasos funerarios, cuyo cuerpo estaba formado por el vaso y las cabezas de animales: león, halcón, perro y toro. Como los encontrados en el templo-palacio de Ramsés III, en Medinet Abú y en las tumbas de Deir el-medineh (9).

Al igual que en Mesopotamia y en Egipto, también la tradición judía nos ofrece cuatro animales relacionados con el símbolo real: buey (rey de los ganados), león (rey de las selvas y de las fieras), águila (rey de las aves) y el hombre (rey de la Creación).
La iconografía del Tetramorfos en el arte cristiano está claramente inspirada en la fuente literaria de los textos bíblicos. En los que, como anteriormente hemos citado, se relata la aparición en torno a Cristo de cuatro seres relacionados con el hombre, el toro, el león y el águila; que sostienen y mueven el trono de dios, su número guarda relación con las cuatro partes del Universo y sus ojos indican la parte que tienen en el gobierno del mismo o de la Iglesia, esparcida por todo él, son los cuatro reyes del mundo animal.
Estos animales en su representación artística obedecen a una ordenación espacial dada por el profeta Ezequiel (10), que es la siguiente: En los dos espacios superiores, a la derecha el hombre y a la izquierda el águila; en los inferiores, a la derecha el león y a la izquierda el toro.
Esta ordenación está en relación a los principios del simbolismo espacial, en que lo superior aparece siempre como sublimación de lo inferior y lo que se halla a la derecha como una expresión de lo consciente, mientras lo que se encuentra a la izquierda concierne a lo inconsciente; así, tenemos al hombre alado como una sublimación del león y al águila como una sublimación del toro. Siguiendo las doctrinas esotéricas, estos seres significan lo siguiente: águila: aire, inteligencia, acción; león: fuego, fuerza, movimiento; toro: tierra, trabajo, resistencia, sacrificio.

En los cuatro animales ven los Padres de la Iglesia a los cuatro Evangelistas. A San Mateo se le atribuye el hombre, porque su Evangelio comienza por la geneología de Jesucristo. El cristiano debe elevarse, ser un hombre porque el hombre es el único animal racional, sólo él se guía por las voces de la razón, por eso merece ser llamado hombre.
San Lucas está identificado con el toro o buey porque su Evangelio comienza con el sacrificio ofrecido por Zacarías; el cristiano debe imitar al buey, pues renunciando a los placeres se inmola a sí mismo.
San Marcos está relacionado con el león, ya que desde las primeras líneas de su Evangelio, nos habla " de la voz que clama en el desierto"; el cristiano debe ser un león porque el león es un animal valeroso y es como el justo que ha renunciado a todo y no teme nada en este mundo: "El justo estará cerrado y sin temor como un león" (11).
A San Juan se le identifica con el águila porque el principio de su texto nos coloca frente a la divinidad del Verbo. El cristiano debe ser un águila, pues el águila vuela en las alturas y mira al sol sin bajar las pupilas (12), al igual que el cristiano debe mirar de cara a las cosas eternas.

Para San Jerónimo (13), estos mismos animales se relacionan con los cuatro momentos más importantes de la vida de Jesucristo, que corresponden con los cuatro grandes misterios.
El hombre, símbolo de la Encarnación de Jesucristo que nos hace saber que Jesús se hizo hombre.
El buey o toro, víctima de la Antigua Ley, hace relación a la Pasión, pues el Redentor sacrificó su vida por la humanidad.
El león, símbolo de la Resurrección, esto nos remite a los bestiarios, según los cuales: "Cuando duerme, sus ojos velan y permanecen abiertos" (14); para el Leccionario del Arsenal, el león simboliza claramente la figura de Jesucristo en la tumba: "El Redentor parece dormido en la muerte, como quiere la humanidad, pero en virtud de divinidad permanece inmortal y vigila" (15).
Hay una peculiaridad del león que es imagen de la resurrección de Cristo, y que cuenta el bestiario: "Cuando la leona da a luz a sus cachorros, los alumbra muertos y los cuida durante tres días hasta que al tercero llega el padre, exhala su aliento sobre la faz del cachorro y lo resucita. Así, el Omnipotente Padre Universal, al tercer día, resucitó de entre los muertos al Primogénito de toda criatura" (16).
El águila se relaciona con la Ascensión de Cristo; Jesús se elevó al cielo como el águila se remonta hasta las nubes: "La Ascensión está expresada en el vuelo del ave que se dirige al sol sin pestañear, tal como Jesucristo resucitado" (17).
En resumen, siguiendo lo anteriormente mencionado, se puede afirmar que Jesús fue hombre al nacer, buey al morir, león al resucitar y águila al ascender al cielo.

En el siglo XI, Raoul Glaber (18) establece otra correspondencia de los Evangelistas con las virtudes cardinales, con los elementos de los sentidos del hombre, con los ríos del Paraíso y con las épocas bíblicas de la historia del mundo.
A Juan, que habla de la palabra, le hace corresponder con el éter, porque la vista y el oído que sirven a la inteligencia y a la razón remontándose al éter superior que es el más sutil de los elementos. Así, establece una correspondencia con el Fisón, río del Paraíso cuyo nombre significa "abertura de la boca", de la misma manera establece una relación entre el primer período de la Biblia y la primera virtud cardinal "desde el origen del mundo a la venganza del Diluvio la prudencia fue reino.".
El Evangelio de San Marcos da una imagen de la templanza y el agua que hace ver la penitencia purificadora que fluye del Bautismo de Juan. Se relaciona con el sentido del gusto por el agua, la templanza y con el río Geón.
El Evangelio de San Mateo se identifica con la tierra y la justicia, muestra de una manera más clara que los anteriores la sustancia de la carne de Cristo hecho hombre, se corresponde con el río Eufrates, cuyo nombre quiere decir "abundancia", designa la justicia que sosiega y reconforta al espíritu que lo desea ardientemente.
Y por último, en el Evangelio de San Lucas, hay una similitud con el aire, con la virtud de la fortaleza y con el sentido del olfato, así se identifica con el río Tigris, último río del Paraíso, que era habitado en sus riberas por los asirios que son los diligentes, a su vez corresponde con Moisés y los profetas, que siguen las prescripciones de la Ley de Dios y que están consagrados con la virtud de la fortaleza.

En la pintura románica castellano-leonesa (19), los cuatro seres (ángel, águila, león y toro) van a ser tomados como símbolos de los Evangelistas.
Anteriormente nos habíamos encontrado con las representaciones de estos animales, desligados de todo significado cristiano. Ahora nos hallamos acompañando y enmarcando la figura de Cristo en Majestad, creando una tipología que va a extenderse desde el siglo IV hasta casi el Renacimiento.
En las pinturas de la iglesia de Santa Cruz de Maderuelo y en el panteón de San Isidoro de León, se muestra a los vivientes con cuerpo humano y cabeza de animal. Estas representaciones se remontan a la iconografía egipcia, como vimos anteriormente y son muy frecuentes en los beatos.
En San Isidoro, los cuatro seres determinan dos ejes diagonales: Juan- Lucas, Mateo-Marcos, y en el centro Cristo en Majestad. Los cuatro muestran los libros, porque los Evangelistas son los inspiradores y escritores de los Evangelios, y, por tanto, son figuras incluidas en el Nuevo Testamente, de ahí los libros. Hay veces que llevan la filacteria como en las pinturas de San Justo de Segovia, lo que nos está haciendo pensar que estén recogiendo la tradición oral del Antiguo Testamento. Y explayan las alas, como veíamos en las representaciones de las águilas de los estandartes romanos, en el arte oriental -particularmente en los tejidos sasánidas-, en representaciones del arte islámico y en las fibulas visigodas, este tipo concretamente del águila se va a conservar en la heráldica.
Marcos y Lucas giran las cabezas mientras que Juan y Mateo dirigen su mirada hacia el rostro de Cristo.
En la iglesia de Santa Cruz de Maderuelo se sigue un programa iconográfico, resumible en una transcripción de la Jerusalén Celestial (20). El Tetramorfos se muestra en los derrames de la bóveda, formando parte de un cortejo de jerarquías angélicas como intercesores y testigos glorificando a Dios. En el lado del Evangelio, el símbolo de Juan y el de Lucas; en el lado de la Epístola, Mateo y Marcos.
También las figuras antropomórficas de los Evangelistas aparecen en los ejemplos toledados de la iglesia del Cristo de la Luz y de San Román; en la primera sólo se conserva el águila de San Juan, la figura alada y arrodillada porta una filacteria, aludiendo a las profecías apocalípticas.
En la iglesia de San Román, los Evangelistas alineados bajo arcadas escriben su texto sagrado sentados ante un atril, siendo inspirados por la paloma del Espíritu Santo. Esta escena recoge la tradición de la miniatura y de los marfiles carolingios, en la pintura románica española apenas la encontramos sólo en el frontal catalán de Orellá (21) sin el carácter antropozoomórfico.
En la iglesia de San Justo de Segovia, los símbolos del águila, toro y león siguen el esquema de Ezequiel, los animales nimbados con las cabezas vueltas en contraposición al cuerpo, mirando hacia el Cristo, esta postura viene de influencia del arte de los pueblos partos, cuyos guerreros tenían la costumbre de cabalgar mirando hacia atrás cuando iban a disparar las flechas. También de clara influencia oriental, es colocar la cola del animal entre las patas, como es el caso del león.
En las pinturas de la iglesia de San Clemente de Segovia se sigue el mismo esquema anterior. Esquema cambiado en la iglesia de San Martín de Valdilecha (Madrid) (22), donde en la parte inferior izquierda quedan restos del león de San Marcos y a la derecha el toro de San Lucas. Ambos portan el libro en sus patas delanteras.
Y para concluir, en la ermita de San Pelayo de Perazancas (Palencia) sólo se conserva parte del símbolo de San Marcos (23).

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

(1) "Delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal, y en medio del trono y en rededor de él, cuatro vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. El primer viviente era semejante a un león, el segundo viviente semejante a un toro, el tercero tenía semblante como de hombre, y el cuarto era semejante a un águila voladora.
Los cuatro vivientes tenían cada uno de ellos seis alas y todos en torno y dentro estaban llenos de ojos, y no se daban reposo día y noche, diciendo: "Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que viene"." Ap. 4,6-8.

(2) "Miraba yo y veía un viento huracanado de la parte norte, una gran nube con resplandores en torno, un fuego que despedía relámpagos y en su centro, como el fulgor del electro en el centro del fuego; aparecía en el medio la figura de cuatro seres, cuyo aspecto era el siguiente: presentaban forma Humana pero cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas. Sus piernas eran rectas y sus pies semejantes a las plantas de un buey, relucientes como bronce bruñido. Debajo de las alas, en los cuatro lados, salían manos humanas, tenían los cuatro el mismo aspecto y también las alas de iguales dimensiones. Sus alas estaban juntas unas con otras; al andar no se volvían de espaldas sino que cada uno caminaba de frente. En cuanto su semblante, presentaban cara humana, pero los cuatro tenían cara de león a la derecha, cara de toro a la izquierda y los cuatro también cara de águila; así, estaban sus alas desplegadas hacia lo alto, cada uno tenía dos alas que se tocaban mutuamente y otras dos que le cubrían el cuerpo. Cada cual marchaba de frente. iban donde el espíritu los impulsaba, sin volverse de espaldas en su marcha.
En medio de estos cuatro seres se veían como brazos incandescentes a modo de antorchas que se agitaban de acá para allá entre ellos; resplandecía el fuego y del fuego se desprendían fulgores. Los seres iban y venían lo mismo que el relámpago." Ez. 1,4-14.
"Todo su cuerpo, su espalda, sus manos y sus alas, así como las ruedas estaban cuajadas de ojos todo alrededor, y cada uno de los cuatro tenía su propia rueda; y estuche que a las ruedas se les daba el nombre de "Torbellino" cada uno tenía cuatro caras. La primera era de querubín, la segunda de hombre, la tercera de león y la cuarta de águila." Ez. 10,12-14.

(3) "El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, Daniel, mientras se encontraba en el lecho, tuvo un sueño y pasaron por su espíritu unas visiones. En seguida puso por escrito el sueño. Comienzo de la narración. Daniel tomó la palabra y dijo: "Veía yo en visiones durante la noche que los cuatro vientos del cielo agitaban el mar grande. Y que cuatro bestias enormes, diversas una de otra, salían del mar. La primera era como un león, con alas de águila. Yo estaba mirando y vi que le arrancaron las alas, la levantaron de la tierra y la incorporaron como un hombre, y le dieron un corazón humano.
Después de ésta apareció otra bestia, la segunda, semejante a un oso; iba levantada de un lado y tenía tres costillas en las fauces entre sus dientes, y se le decía: `¡Ea, devora mucha carne!' Después -yo seguía contemplando- vi otra bestia, como un leopardo con cuatro alas de ave en su dorso; tenía también cuatro cabezas, y le fue dado el poder. A continuación, y siempre en mi visión nocturna, vi una cuarta bestia terrible, espantosa, extraordinariamente fuerte. Tenía enormes dientes de hierro, comía y trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas, era diferente de todas las otras bestias que la habían precedido y tenía diez cuernos"." Dn. 7,1-7.

(4) J. Sureda, La pintura románica en España, Madrid, 1985, p. 141.

(5) J. P. Clebert, Bestiaire Fabuleux, París, 1971, pp. 403-404.

(6) J. Pijoán, Arte del Asia Occidental. Summa Artis, V. II, Madrid, 1963, pp. 157-158.

(7) El Arpa de Ur pertenece a la primera mitad del III milenio, donde aparecen Gilgamesh desnudo sujetando a dos toros con cabeza humana.
En los cilindros sellos mesopotámicos nos ofrece la lucha de Gilgamesh contra el toro y la lucha de Enkidú contra un animal alado.

(8) Horus es hijo de Osiris, y su vengador; se le representa con cuerpo humano y cabeza de halcón. Es la encarnación del Bajo Egipto o Delta, en contraposición de Seth, que aparece con cabeza monstruosa mezcla de puerco y asno. Es el asesino de su hermano Osiris y representa al Alto Egipto.

(9) C. Aldred, El imperio de los conquistadores, París, 1979, lám. 250.

(10) Ez.1,10.

(11) O. Beigbeder, Lexique des Symboles, Ginebra, 1969, p. 134.

(12) N. Guglielmi, el Fisiólogo. Bestiario medieval, Buenos Aires, 1971, pp. 87-88.

(13) E. Mále, L'árt religieux du XIII siécle en France, París, 1910, vol. 1, p. 52.

(14) N. Guglielmi, op. cit., p. 39.

(15) Leccionario del Arsenal. Lección II, cit. por E. Mále, op. cit., p. 52.

(16) N. Guglielmi, op. cit., p. 40.

(17) Ibid., p. 87.

(18) O. Beigbeder, op. cit., p. 135.

(19) Pintura mural de San Isidoro de León, Santa Cruz de Maderuelo (Segovia), San Martín de Valdilecha (Madrid), San Pelayo de Perazancas (Palencia), San Justo y San Clemente (Segovia), San Román y Cristo de la Luz (Toledo).

(20) J. Sureda, op. cit., p. 95.

(21) J. Sureda, La pintura románica en Cataluña, Madrid, 1981, p. 63.

(22) I. Bango et al., Estudio histórico de la iglesia de San Martín de Valdilecha (Madrid), Madrid, 1981, pp. 19-23.

(23) W. W. S. Cook y J. Gudiol, "Pintura e imaginería románicas", Ars Hispaniae, vol. VI, Madrid, 1980, p. 114.