LA IDEA DE LA FAMA EN LOS SEPULCROS DE LA
ESCUELA DE SEBASTIÁN DE TOLEDO
Carlos
Miranda García
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El
hombre que realiza determinadas hazañas es merecedor de elogio
y de perdurar en la memoria de las gentes como un ser excepcional. Este
hecho da un matiz especial a la literatura y al arte, que se convierten
en propaganda de un determinado estamento, orden o linaje. No obstante,
la filosofía y la religión revelan lo contingente de las
obras humanas y dan una nueva orientación al modus vivendi del
hombre: éste tiende a ejecutar sus obras bien por estar fuertemente
identificado o comprometido con su sociedad, bien en función
de una idea trascendente en que espera el premio eterno a sus hazañas.
Ambas posturas van a determinar concepciones de vida muy distintas.
Tradicionalmente, se ha pensado que en la Edad Media la orientación
ultraterrena, en líneas generales, anula la idea' de la Fama;
no obstante, esta aseveración no es del todo exacta, como pretendemos
demostrar a través de las representaciones funerarias de una
época tan crítica como el siglo XV, en que se reúnen
las ideas más puramente medievales a la vez que conviven con
un prehumanismo de corte clásico. El hecho de que sea un escultor
y un taller determinado, como el del maestro Sebastián de Toledo,
viene dado en función de que en él se resume este conflicto,
válido para toda su época y para una zona tan pujante
en el orden sociopolítico como es la Castilla de fines del XV.
Negación de la idea de Fama: Los elementos que
suelen aparecer con la figura del yacente pueden significar un rechazo
a la gloria mundana; fundamentalmente, son tres:
1. El heno: Es frecuente ver en ocasiones, bajo la cabeza del yacente
o junto a él un haz de heno. El elemento iconográfico
tiene como fuente dos pasajes que lo erigen como símbolo del
bien terreno fugaz y de la fragilidad de las honras humanas: Así,
se lee en Isaías (40,8): "Toda carne es heno, y toda gloria
como las flores del campo", y en el Salmo (102,15-16): "Los
días del hombre son como la hierba; como flor del campo así
florece. Pero sopla sobre ella el viento, y ya no es más, ni
sabe siquiera dónde estuvo."
2. El libro: Numerosas figuras aparecen leyendo un libro, sosteniéndolo
sobre su pecho o bajo el almohadón que soporta la cabeza. El
libro tiene un carácter de meditación sobre determinados
hechos o aseveraciones y, por tanto, de aprendizaje. El libro es fuente
de sabiduría y de prudencia. Tal como aparece en los contratos
de las obras, se trata de un libro de rezos o de horas, que aconseja,
para bien morir, el desapego de las honras terrenas.
3. Las inscripciones: El sentido de negación de la Fama puede
venir dado por una frase bíblica (sepultura de San Miguel de
Brihuega) o por la aparición sólo del nombre del difunto,
su cargo principal y año del óbito. Puede aparecer una
breve relación de las obras de caridad efectuadas a su muerte
y la dotación de dinero para la iglesia o capilla (acto de por
sí piadoso). La idea es clara: en el último momento, el
personaje se despoja de una parte considerable de sus bienes en favor
de los necesitados, se trata de un acto penitencial en función
de alcanzar la gloria divina; además, la actitud del personaje,
sobre todo si su rango es elevado, puede servir de estímulo y
de ejemplo a seguir.
Afirmación de la Fama: Varios son los rasgos
ilustradores de esta idea:
1. Por la ubicación del sepulcro: Conocemos la función
de la iglesia o catedral como cementerio; en líneas generales,
el hecho de ser enterrado dentro del recinto sagrado viene a ser como
una garantía de la futura salvación que espera alcanzar
el difunto. Como es lógico, dependiendo del estatus económico
del adquisidor, el terreno estará situado en un lugar más
o menos importante (en relación con la orientación simbólica
del templo, el precio del suelo varía considerablemente: cuanto
más a Oriente se vaya a situar el enterramiento, el valor será
mayor; lo mismo ocurrirá cuanto más cercano esté
del lado de la Epístola) y tendrá unas dimensiones más
o menos grandes. Este factor económico va a determinar, en cierto
modo, el concepto de Fama: no es lo mismo una capilla funeraria donde
están enterrados los miembros de una estirpe, con todo el aparato
simbólico?ornamental que la simple lápida expuesta al
paso de las gentes y a su desgaste. En la capilla en la que se desea
perpetuar la Fama del linaje, habrá un gran despliegue propagandístico
a base de una serie de elementos simbólico?ornamentales (escudos,
pajes, salvajes); la nobleza de nuevo cuño admitirá estos
elementos y encargará por su parte una edificación que
presente las novedades constructivas más significativas de su
tiempo. Todo ello va encaminado a dejar patente la potencia económica
de la nueva casa, la antigüedad del linaje o ambas cosas.
Además, la capilla aparece como terreno, de hecho, de dominio
absoluto de su poseedor: se trata de un lugar acotado, cerrado al público
por altas rejas y, frecuentemente, con cortinajes que impiden su visión.
Este terreno del espacio sagrado se convierte en elitista: sólo
pueden acceder a él los miembros de la familia que está
ahí enterrada. Esto implica una separación de los distintos
linajes, en pugna por ser los primeros en los más altos cargos
y empresas, lo que nos da idea de un individualismo familiar, reflejo
de un ambiente social impermeable (formado por una aristocracia autosuficiente,
dueña de la mayor parte de las tierras), frente al corporativismo
burgués de la Corona de Aragón. Esta aristocracia se vincula
a un orden determinado: el de la caballería, el más idóneo,
como se refleja en la literatura, a llevarse todas las alabanzas debido
a la defensa del territorio, con lo que implica de trabajo por el bien
común, la labor más importante, en función de salvaguardar
ideas, religiosidad, economía y sistema político propios.
A su vez, en el plano moral, esta orden es la que detenta, al menos
en teoría, una formación ética más completa:
la sociedad ve en el caballero el compendio de todas las virtudes que
ha de poseer el cristiano en su vida activa. El caballero, pues, es
consciente de su posición y trata de afirmarla.
2. Por la ejecución de la obra: Depende, igualmente, del caudal
económico del comitente. La tipología más frecuente
del enterramiento portador de la gloria terrena es el túmulo
exento o adosado al muro bajo arcada; esto permite al escultor, en primer
lugar, realizar con holgura una representación más o menos
aproximada del difunto, con todos los atributos indicadores de su estado;
luego, un desahogo en el desarrollo figurado de lo que podríamos
llamar el discurso panegírico del difunto (con la personificación
de las virtudes; en este sentido, consideramos fundamental la influencia
de la oratoria en su vertiente de discurso fúnebre). Así
pues, el buen hacer del escultor (la familia pondrá sumo cuidado
en la elección del artista, no tanto por el orgullo de proteger
a un maestro como porque resalte con sumo cuidado y destreza la idea
de glorificación del difunto dispuesta en el contrato) da lugar
a una exaltación del personaje más clara y convincente.
3. La indumentaria: De por sí ya es signo identificador del estado
al que pertenece el difunto y de su función en la sociedad: el
traje está destinado a definir y a exaltar al individuo que se
hace perpetuar con él; es decir, con su rasgo más característico,
con su adhesión a su estamento: el noble que se hace enterrar
con traje militar proclama su pertenencia a la orden de caballería,
es un elemento definidor y, por tanto, su orgullo. En principio, las
cualidades que, en abstracto, tiene la caballería pasan a formar
parte del individuo; y a su vez, es éste quien, con su buena
acción, continúa perpetuando el buen nombre de la orden:
hay una correspondencia biunívoca de cualidades. En relación
con la orden de los defensores, la virtud principal por la que es reconocido
el caballero es la Fortaleza, esto se ve claramente en la indumentaria
y en la apoyatura literaria y filosófica: partiendo del análisis
iconográfico, a la virtud de Fortaleza, desde antiguo y por una
ley analógica, de metonimia, se la representa vestida, tradicionalmente,
con el equipamiento militar: un ejemplo significativo, dentro de la
época que estamos tratando, es la personificación de Fortaleza
de la Puerta de los Leones de Toledo. Así, la indumentaria del
guerrero es la que da el atributo iconográfico a la personificación,
y ésta, a su vez, la que indica el principal rasgo de carácter
del que pertenece a la orden de los defensores. Hemos dicho que la caballería
reúne una serie de virtudes que ha de poseer el individuo para
detentar su puesto en esta orden, que van determinadas por la comparación
que hace San Pablo (Éf. 6,10-17) del cristiano con un soldado
en lucha contra el pecado (trasunto del caballero guerreando contra
su adversario) y del significado místico de las armas: la coraza
es la Justicia; el calzado, el anuncio del Evangelio; el escudo, la
Fe; el yelmo, la salud; la espada, la palabra de Dios. Alain de Lille,
Juan Ruiz y Ramón Lull continúan la tradición.
Esta unión y armonía de las virtudes que ha de tener el
caballero se concreta, según Erasmo (Elogio... LV), en el simbolismo
del collar de anillos enlazados que suele aparecer en algunas representaciones
(Rodrigo de Campuzano, Íñigo López de Mendoza).
La capa con el emblema de la orden es, igualmente, un elemento diferenciador
del caballero y, por tanto, de sus virtudes.
El príncipe de la Iglesia, el obispo, puede aparecer, dentro
de esta idea de la Fama, revestido de sus atributos distintivos que
nos hablan de su estamento y de las obligaciones que tiene dentro de
él. En este caso, la honra viene dada por la confianza que la
Iglesia deposita en las virtudes del personaje para desempeñar
su cargo: sus méritos en este estamento le hacen ser apto para
alcanzar esta elevada dignidad que lo distingue de los demás
eclesiásticos; así, es lógico que su santidad ande
de boca en boca (véase la hagiografía al respecto) y que
los atributos que ostenta sean significadores de las cualidades que
le hicieron destacarse por encima de los demás: las vestiduras
blancas de lino son la vida honesta y sin tacha; la mitra, el conocimiento
perfecto de los dos Testamentos; los guantes, que sus manos han de estar
protegidas contra todo contagio de las cosas humanas e inmaculadas para
la administración de los sacramentos; el báculo, el inmenso
cuidado que ha de tener con su grey; el pectoral, la victoria contra
las pasiones (Elogio... LIV); el zafiro, la pureza.
La mujer casada tiene una serie de virtudes por las que destaca, no
tanto en la vida activa (salvo si es reina gobernante), como fiel, leal
y honesta con su marido; mantenedora de los bienes y de la hacienda
de aquél, en su ausencia, o si es viuda del prestigio económico?social
de la familia; o preocupada por la administración y gobierno
de la casa. Estas cualidades se dejan ver en el recato de sus ropas:
tocas, vestiduras gruesas y abundantes que caen rectas, sin apenas dejar
ver sus formas. Su piedad se manifiesta porque, en ocasiones, suele
llevar en sus manos un pater. La mujer que porta estos atributos es
modelo de buena esposa; si su rango es elevado, se erige en patrón
a seguir por las demás que tienen su mismo estado. A su vez,
la Fama del hombre puede verse reforzada por el comportamiento virtuoso
de su cónyuge y, en consecuencia, la de toda la familia: la mujer
es consciente de su papel, de sus obligaciones, de saber llevar el buen
hombre de su linaje a través de su conducta. La literatura de
la época toma buena cuenta de ello, desde el Libro de las
claras e virtuosas mugeres de Álvaro de Luna (modelos de
conducta ejemplar que han de tomar las mujeres como guía) hasta
las veinte razones sobre las virtudes de las mujeres que da Diego de
San Pedro en su Cárcel de Amor (las cualidades de ellas
mueven a virtud a los hombres). Si estableciéramos una comparación
con la sociedad, la mujer representaría el orden contemplativo,
frente al activo y exterior del marido.
4. Objetos simbólico?ornamentales: El primero de ellos, debido
a su importancia, es el escudo de armas, que no suele faltar en ninguna
sepultura, ya sea tumular o simplemente lapidaria. El escudo es un emblema
distintivo y permanente del linaje. En el Espejo de verdadera nobleza
(h. 1.441), Mossen Diego de Valera dice que "las armas fueron falladas
para ser por ellas los onbres conoscidos, así como los nonbres
o apellidos"; este emblema es permanente y hereditario. Aunque
su origen se sitúa dentro del estamento militar, pronto llegó
a calar en todos los estamentos, como declara el mismo Diego de Valera
sólo puede aparecer un escudo "o por herencia de los antecesores,
o dadas por el príncipe, o ganadas en batalla, o tomadas por
si mesmos"; no obstante, la nobleza exhibirá sus armas con
más ostentación y prodigalidad que los demás estamentos.
El escudo ha de cumplir una serie de condiciones: que respete las normas
admitidas en la heráldica en cuanto a su confección, y
que nadie en el reino lleve un escudo que posea otra persona de distinto
linaje, por cuanto comporta una afrenta a la familia que hizo llevar
con honra su nombre.
El escudo cumple la función de ser símbolo de todo lo
que representa la familia, tanto si ha sido ganado con mérito
(con más razón) como si ha sido inventado. La familia
se identifica con él y llega a ser, de hecho, un bien patrimonial.
El escudo bien da lustre a su poseedor que se siente orgulloso por haber
tenido en su familia uno o varios miembros destacados y famosos, la
obligación, pues, de quien lo ostenta es seguir engrandeciendo
el buen nombre de su linaje; bien es un personaje que ha alcanzado un
puesto señero en la sociedad el que da lugar o acrecienta el
renombre de la familia; el escudo es, pues, un memorial de una casa
que ha realizado determinadas hazañas (guerreras, diplomáticas,
religiosas). Por todo lo dicho, el escudo representa esta responsabilidad
y orgullo de casta en la escultura tumular. Se trata de una herencia
de prestigio y de buen nombre que se deja a los sucesores, que tienen
la obligación de mantenerla o acrecentarla. Toda la literatura
medieval nos habla del empeño con que los héroes tratan
de defender sus armas y el honor del linaje, tanto el de sus antepasados
como el de sus hijos: es la preocupación por lo que dirán
de su acción, si supo cumplir con la buena fama y honra heredadas
de sus antepasados y qué patrimonio de nombradía deja
a sus herederos para ser honrados y respetados, a través de las
hazañas del progenitor, por las gentes.
Otro de los elementos que redundan en la Fama del difunto es la aparición
de las personificaciones de virtudes en la urna: es un elemento significativo
no sólo de la valía ética del difunto, sino también
de la escala de valores morales de su época y del estamento al
que pertenece (ya que la disposición y número de las virtudes
puede variar). El difunto aparece como un héroe por haber actuado
conforme a una estricta norma moral y por haber destacado en todas las
virtudes frente a los demás Ya no es sólo la fama a través
de un determinado estatus socioeconómico, que podría pasar
como mera convención en personajes con una posición análoga,
sino que se pormenoriza su perfecto comportamiento moral: cómo
él, frente a los demás, es merecedor de la alabanza de
las gentes por su ejemplar vida ética y cómo sólo
él estuvo adornado de todas las virtudes.
Sobre las figuras de pajes (que acompañan al difunto o portan
su escudo) y doncellas, así como la del salvaje (perfectamente
estudiado ya por el señor Azcárate), no insistiremos más
que para señalar que el primer grupo, además del citado
significado de fidelidad que posee, sustituyendo a los animales simbólicos
tradicionales, revela la potencia económica del personaje, a
la vez que es un elemento esclarecedor del anhelo de Fama que tuvo en
vida, ya que en las ropas de éstos puede aparecer bordado el
lema del escudo familiar. Por su parte, el significado del salvaje es
la defensa, a cualquier precio, del escudo de armas.
En determinados sepulcros, puede aparecer, en sus cuatro esquinas, figuras
arrodilladas que vienen a reforzar la Fama del difunto: pueden ser comendadores
de una orden determinada (don Álvaro de Luna), y, por tanto,
representativos del estamento que ocupó el difunto, acompañado,
en su muerte, por miembros de su misma orden que testimonian y reverencian
su buen obrar: se trata de subalternos al que admiran y han de imitar
para mayor gloria de la orden. En el caso de aparecer con frailes arrodillados,
generalmente mendicantes (doña Juana Pimentel), se trata del
reconocimiento del estamento religioso a los méritos piadosos
del muerto y a los favores concedidos a una determinada orden religiosa,
cosa frecuente entre la aristocracia castellana. En determinados casos,
como el apuntado, se recalca aún más el sentido de esposa
piadosa, modelo a seguir en su buen obrar por las demás.
5. Las inscripciones: A través de los textos que suelen acompañar
al nombre y a la fecha de defunción del personaje, puede aparecer,
muy claramente, una breve apología del difunto: el esquema varía
según el estamento al que haya pertenecido; el prototipo para
el estado nobiliario sería el formado por una alabanza del personaje
bajo los términos de honrado, virtuoso o ilustre; una relación
de los cargos, al menos los más señalados, que ostentó
en vida; por último, puede aparecer el linaje con una mención
de los antepasados principales (don Rodrigo de Campuzano); dentro de
este estamento, y en el orden de casadas, el esquema es muy similar.
Este modelo puede variar, con algún añadido o con la ausencia
de alguna de sus partes; pero el sentido apologético ha de aparecer
siempre claro.
En el estamento religioso, suele aparecer los cargos y donaciones a
fin de resaltar el carácter piadoso del personaje.
A continuación, a través de un análisis
global de los sepulcros, trataremos de definir la idea de Fama en la
Castilla del último cuarto del siglo XV. En principio, hay que
señalar que todos los elementos iconográficos ya mencionados
suelen aparecer, en mayor o menor medida, en las representaciones, de
acuerdo con la intención más o menos glorificadora que
se ha de dar al personaje según consta en el contrato. Así,
se establece una diferenciación, a grandes rasgos, que nos dará
dos tipologías de sepulcros en relación con la adhesión
o repudio de la Fama:
1. Sepulturas de afirmación de la Fama: En este
apartado podemos establecer dos grupos atendiendo al estamento y orden
a los que pertenecían los personajes en vida:
a) Estamento nobiliar: Es norma general que el difunto aparezca
ostentando su armadura y los elementos definidores de la orden militar
a la que pertence (don Rodrigo Campuzano -más resaltados-, don
Álvaro de Luna), así como los escudos familiares, pajes
y una larga inscripción en que se detalla el alto cargo ocupado
(don Álvaro) y los antepasados ilustres (don Rodrigo); no obstante,
la idea de gloria terrena aparece reforzada en el sepulcro del condestable
de Castilla con la introducción de las Virtudes Cardinales en
la urna, ordenadas de tal forma que dan idea de las cualidades que debía
tener un buen caballero y gobernante: primero, ser justo para el buen
gobierno y unión del reino; actuar con valor en la guerra en
función de su deber hacia el rey y de la defensa de cualquier
intromisión peligrosa en su patria (quien la defiende salvaguarda
su religión, sistema político, economía e ideología
autóctonos); ser templado en sus actos y no dejarse llevar por
una sensualidad exacerbada para poder ser vigoroso ante el dolor; tener
un perfecto conocimiento del presente, a través de los hecho
pasados, y una previsión para el futuro, es decir, ser sabio
a la hora del mando. Este refuerzo se incrementa con la aparición
de los cuatro comendadores que, como formando parte del cortejo fúnebre,
reconocen y honran a su maestre: así pues, estamos ante el sepulcro
del héroe medieval, frente al de Rodrigo Campuzano que es sólo
la glorificación del "honrrado y uirtuoso cauallero"
y de su linaje. La idea de vanitas ocupa los lugares menos destacados,
casi escondidos, a través de un libro de rezos que lleva el paje
(don Álvaro) o de los tres bajo el almohadón que sostiene
la cabeza (don Rodrigo).
b) Estamento religioso: Cada personaje aparece con las vestiduras
propias de su dignidad, arzobispo (don Alonso Carrillo de Acuña)
o canónigo (don Fernando de Coca), así como con los escudos
y pajes (muy numerosos en este último). No obstante, la gloria
terrena se hace superior en el sepulcro del arzobispo de Toledo con
la inclusión de las cuatro Virtudes Cardinales,
que nos hablan más del comportamiento externo del personaje que
de sus cualidades religiosas (lo más normal a su orden sería
la introducción de las siete virtudes, como en la tabla de Santo
Domingo de Silos de Bermejo, o la aparición sólo de las
tres Teologales, más referidas a la valía puramente religiosa
que a la ética), en cierto modo, el sepulcro de don Alonso Carrillo
de Acuña se seculariza; a su vez, no hay constancia de ningún
elemento de antivanitas, frente al de don Fernando de Coca, reducido
únicamente a la exigua inscripción.
Así, podemos señalar una actitud caballeresca y cortesana,
muy en relación con la literatura del mismo género de
la época (Juan de Mena, crónicas), con su inherente imperativo
del honor, actitud que expande su ansia de gloria y confirma su proyección
en el futuro.
2. Sepulturas de negación de la Fama: Aparece, como norma, uno
de los dos elementos de vanitas ya tratados, bien el haz de heno (Gómez
Carrillo de Albornoz), bien el libro de rezos que lee el difunto (condes
de Tendilla) o que descansa sobre su pecho (doña Juana Pimentel).
No obstante, no desparecen los trajes definidores del estamento y la
orden a la que pertenecieron en vida, ni los escudos, ni el paje; incluso,
como en el sepulcro de la esposa de Álvaro de Luna aparecen,
como integrantes de las exequias de la difunta, cuatro frailes que la
honran y dan testimonio de su piedad mostrada hacia la orden, apareciendo
como el mencionado modelo de mujer casada, atenta a sus deberes domésticos
y piadosos. Hay que hacer constar también que en los sepulcros
de las casadas, al ser su posición social más secundaria
y no tan relevante como la del marido, su fama, por tanto, no ha de
ser tan sonora como la de éste; así, es lógico
que en sus sepulcros no se dé tanta importancia a su Fama terrena,
ya que el esposo es el responsable directo de acrecentar la gloria del
linaje, y que aparezca reduplicada la idea de vanitas a través
del libro piadoso propio y del de su doncella.
El aspecto más radical en esta negación de la Fama lo
constituye el sepulcro de Martín Vázquez de Arce, en el
que aparecen fuertemente destacados los dos elementos consititutivos
de este rechazo. La idea de gloria terrena sólo aparece señalada
por la indumentaria de su orden. Todos estos elementos vienen a ser
una representación plástica de la idea que nos aportan
las dos inscripciones, en las que se narra sucintamente la heroica muerte
del Doncel en lucha contra "los moros enemigos de Nuestra Santa
Fe Católica"; así, el personaje aparece a los ojos
de su época como el "reconquistador devoto que la sociedad
castellana estaba hecha a venerar"; es lógico, pues, que
sea digno de exaltársele, como declara Jorge Manrique: "e
pues de vida e salud/fezistes tan poca cuenta/ por la fama/ ... / ...
otra vida más larga/ de la fama gloriosa/ acá dexays,...".
Pero esto no debe llevarnos a engaño, al igual que en el sepulcro
(heno, libro), el poeta manifiesta lo relativo de la perduración
de la Fama (los famosos ubi sunt?), vista sólo como un
atributo, posiblemente exclusivo, del perfecto caballero, pero, como
tal aspecto humano, contingente: "esta vida d'onor/tampoco non
es eternal/ nj verdadera"; frente a la gloria eterna que supone
la Salvación: "El biuir qu'es perdurable/... gánanlo.../los
caualleros famosos/con trabajos e afflictiones/contra moros." Así,
al igual que en Jorque Manrique, el sepulcro se encuentra inmerso en
la más pura ortodoxia medieval respecto a la idea de la Fama.
Respecto a los demás sepulcros, la idea es, en líneas
generales, la misma dentro de esta vía ascética: la Fama
terrena no es incompatible con la gloria celestial, aunque ésta
es infinitamente superior y debe tomarse como el punto de mira de todo
cristiano.
Por último, diremos que, a grandes rasgos, los
sepulcros castellanos del último cuarto del siglo XV ocupan un
lugar intermedio entre determinadas tumbas francesas (Guillermo de Harcigny,
el cardenal Lagrange; en las que aparece una complacencia por mostrar
los horrores de la descomposición y lo frágil y transitorio
de la existencia terrena) y la sepultura y el monumento público
italianos (encargados de exaltar la uvirtú" del personaje,
situándolo en el centro de la Historia y capacitado para afrontar
lo imprevisible de los acontecimientos).