CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 3. 1989
 

 

LA IDEA DE LA FAMA EN LOS SEPULCROS DE LA ESCUELA DE SEBASTIÁN DE TOLEDO

Carlos Miranda García

El hombre que realiza determinadas hazañas es merecedor de elogio y de perdurar en la memoria de las gentes como un ser excepcional. Este hecho da un matiz especial a la literatura y al arte, que se convierten en propaganda de un determinado estamento, orden o linaje. No obstante, la filosofía y la religión revelan lo contingente de las obras humanas y dan una nueva orientación al modus vivendi del hombre: éste tiende a ejecutar sus obras bien por estar fuertemente identificado o comprometido con su sociedad, bien en función de una idea trascendente en que espera el premio eterno a sus hazañas. Ambas posturas van a determinar concepciones de vida muy distintas. Tradicionalmente, se ha pensado que en la Edad Media la orientación ultraterrena, en líneas generales, anula la idea' de la Fama; no obstante, esta aseveración no es del todo exacta, como pretendemos demostrar a través de las representaciones funerarias de una época tan crítica como el siglo XV, en que se reúnen las ideas más puramente medievales a la vez que conviven con un prehumanismo de corte clásico. El hecho de que sea un escultor y un taller determinado, como el del maestro Sebastián de Toledo, viene dado en función de que en él se resume este conflicto, válido para toda su época y para una zona tan pujante en el orden sociopolítico como es la Castilla de fines del XV.

Negación de la idea de Fama: Los elementos que suelen aparecer con la figura del yacente pueden significar un rechazo a la gloria mundana; fundamentalmente, son tres:
1. El heno: Es frecuente ver en ocasiones, bajo la cabeza del yacente o junto a él un haz de heno. El elemento iconográfico tiene como fuente dos pasajes que lo erigen como símbolo del bien terreno fugaz y de la fragilidad de las honras humanas: Así, se lee en Isaías (40,8): "Toda carne es heno, y toda gloria como las flores del campo", y en el Salmo (102,15-16): "Los días del hombre son como la hierba; como flor del campo así florece. Pero sopla sobre ella el viento, y ya no es más, ni sabe siquiera dónde estuvo."
2. El libro: Numerosas figuras aparecen leyendo un libro, sosteniéndolo sobre su pecho o bajo el almohadón que soporta la cabeza. El libro tiene un carácter de meditación sobre determinados hechos o aseveraciones y, por tanto, de aprendizaje. El libro es fuente de sabiduría y de prudencia. Tal como aparece en los contratos de las obras, se trata de un libro de rezos o de horas, que aconseja, para bien morir, el desapego de las honras terrenas.
3. Las inscripciones: El sentido de negación de la Fama puede venir dado por una frase bíblica (sepultura de San Miguel de Brihuega) o por la aparición sólo del nombre del difunto, su cargo principal y año del óbito. Puede aparecer una breve relación de las obras de caridad efectuadas a su muerte y la dotación de dinero para la iglesia o capilla (acto de por sí piadoso). La idea es clara: en el último momento, el personaje se despoja de una parte considerable de sus bienes en favor de los necesitados, se trata de un acto penitencial en función de alcanzar la gloria divina; además, la actitud del personaje, sobre todo si su rango es elevado, puede servir de estímulo y de ejemplo a seguir.

Afirmación de la Fama: Varios son los rasgos ilustradores de esta idea:
1. Por la ubicación del sepulcro: Conocemos la función de la iglesia o catedral como cementerio; en líneas generales, el hecho de ser enterrado dentro del recinto sagrado viene a ser como una garantía de la futura salvación que espera alcanzar el difunto. Como es lógico, dependiendo del estatus económico del adquisidor, el terreno estará situado en un lugar más o menos importante (en relación con la orientación simbólica del templo, el precio del suelo varía considerablemente: cuanto más a Oriente se vaya a situar el enterramiento, el valor será mayor; lo mismo ocurrirá cuanto más cercano esté del lado de la Epístola) y tendrá unas dimensiones más o menos grandes. Este factor económico va a determinar, en cierto modo, el concepto de Fama: no es lo mismo una capilla funeraria donde están enterrados los miembros de una estirpe, con todo el aparato simbólico?ornamental que la simple lápida expuesta al paso de las gentes y a su desgaste. En la capilla en la que se desea perpetuar la Fama del linaje, habrá un gran despliegue propagandístico a base de una serie de elementos simbólico?ornamentales (escudos, pajes, salvajes); la nobleza de nuevo cuño admitirá estos elementos y encargará por su parte una edificación que presente las novedades constructivas más significativas de su tiempo. Todo ello va encaminado a dejar patente la potencia económica de la nueva casa, la antigüedad del linaje o ambas cosas.
Además, la capilla aparece como terreno, de hecho, de dominio absoluto de su poseedor: se trata de un lugar acotado, cerrado al público por altas rejas y, frecuentemente, con cortinajes que impiden su visión. Este terreno del espacio sagrado se convierte en elitista: sólo pueden acceder a él los miembros de la familia que está ahí enterrada. Esto implica una separación de los distintos linajes, en pugna por ser los primeros en los más altos cargos y empresas, lo que nos da idea de un individualismo familiar, reflejo de un ambiente social impermeable (formado por una aristocracia autosuficiente, dueña de la mayor parte de las tierras), frente al corporativismo burgués de la Corona de Aragón. Esta aristocracia se vincula a un orden determinado: el de la caballería, el más idóneo, como se refleja en la literatura, a llevarse todas las alabanzas debido a la defensa del territorio, con lo que implica de trabajo por el bien común, la labor más importante, en función de salvaguardar ideas, religiosidad, economía y sistema político propios. A su vez, en el plano moral, esta orden es la que detenta, al menos en teoría, una formación ética más completa: la sociedad ve en el caballero el compendio de todas las virtudes que ha de poseer el cristiano en su vida activa. El caballero, pues, es consciente de su posición y trata de afirmarla.
2. Por la ejecución de la obra: Depende, igualmente, del caudal económico del comitente. La tipología más frecuente del enterramiento portador de la gloria terrena es el túmulo exento o adosado al muro bajo arcada; esto permite al escultor, en primer lugar, realizar con holgura una representación más o menos aproximada del difunto, con todos los atributos indicadores de su estado; luego, un desahogo en el desarrollo figurado de lo que podríamos llamar el discurso panegírico del difunto (con la personificación de las virtudes; en este sentido, consideramos fundamental la influencia de la oratoria en su vertiente de discurso fúnebre). Así pues, el buen hacer del escultor (la familia pondrá sumo cuidado en la elección del artista, no tanto por el orgullo de proteger a un maestro como porque resalte con sumo cuidado y destreza la idea de glorificación del difunto dispuesta en el contrato) da lugar a una exaltación del personaje más clara y convincente.
3. La indumentaria: De por sí ya es signo identificador del estado al que pertenece el difunto y de su función en la sociedad: el traje está destinado a definir y a exaltar al individuo que se hace perpetuar con él; es decir, con su rasgo más característico, con su adhesión a su estamento: el noble que se hace enterrar con traje militar proclama su pertenencia a la orden de caballería, es un elemento definidor y, por tanto, su orgullo. En principio, las cualidades que, en abstracto, tiene la caballería pasan a formar parte del individuo; y a su vez, es éste quien, con su buena acción, continúa perpetuando el buen nombre de la orden: hay una correspondencia biunívoca de cualidades. En relación con la orden de los defensores, la virtud principal por la que es reconocido el caballero es la Fortaleza, esto se ve claramente en la indumentaria y en la apoyatura literaria y filosófica: partiendo del análisis iconográfico, a la virtud de Fortaleza, desde antiguo y por una ley analógica, de metonimia, se la representa vestida, tradicionalmente, con el equipamiento militar: un ejemplo significativo, dentro de la época que estamos tratando, es la personificación de Fortaleza de la Puerta de los Leones de Toledo. Así, la indumentaria del guerrero es la que da el atributo iconográfico a la personificación, y ésta, a su vez, la que indica el principal rasgo de carácter del que pertenece a la orden de los defensores. Hemos dicho que la caballería reúne una serie de virtudes que ha de poseer el individuo para detentar su puesto en esta orden, que van determinadas por la comparación que hace San Pablo (Éf. 6,10-17) del cristiano con un soldado en lucha contra el pecado (trasunto del caballero guerreando contra su adversario) y del significado místico de las armas: la coraza es la Justicia; el calzado, el anuncio del Evangelio; el escudo, la Fe; el yelmo, la salud; la espada, la palabra de Dios. Alain de Lille, Juan Ruiz y Ramón Lull continúan la tradición. Esta unión y armonía de las virtudes que ha de tener el caballero se concreta, según Erasmo (Elogio... LV), en el simbolismo del collar de anillos enlazados que suele aparecer en algunas representaciones (Rodrigo de Campuzano, Íñigo López de Mendoza). La capa con el emblema de la orden es, igualmente, un elemento diferenciador del caballero y, por tanto, de sus virtudes.
El príncipe de la Iglesia, el obispo, puede aparecer, dentro de esta idea de la Fama, revestido de sus atributos distintivos que nos hablan de su estamento y de las obligaciones que tiene dentro de él. En este caso, la honra viene dada por la confianza que la Iglesia deposita en las virtudes del personaje para desempeñar su cargo: sus méritos en este estamento le hacen ser apto para alcanzar esta elevada dignidad que lo distingue de los demás eclesiásticos; así, es lógico que su santidad ande de boca en boca (véase la hagiografía al respecto) y que los atributos que ostenta sean significadores de las cualidades que le hicieron destacarse por encima de los demás: las vestiduras blancas de lino son la vida honesta y sin tacha; la mitra, el conocimiento perfecto de los dos Testamentos; los guantes, que sus manos han de estar protegidas contra todo contagio de las cosas humanas e inmaculadas para la administración de los sacramentos; el báculo, el inmenso cuidado que ha de tener con su grey; el pectoral, la victoria contra las pasiones (Elogio... LIV); el zafiro, la pureza.
La mujer casada tiene una serie de virtudes por las que destaca, no tanto en la vida activa (salvo si es reina gobernante), como fiel, leal y honesta con su marido; mantenedora de los bienes y de la hacienda de aquél, en su ausencia, o si es viuda del prestigio económico?social de la familia; o preocupada por la administración y gobierno de la casa. Estas cualidades se dejan ver en el recato de sus ropas: tocas, vestiduras gruesas y abundantes que caen rectas, sin apenas dejar ver sus formas. Su piedad se manifiesta porque, en ocasiones, suele llevar en sus manos un pater. La mujer que porta estos atributos es modelo de buena esposa; si su rango es elevado, se erige en patrón a seguir por las demás que tienen su mismo estado. A su vez, la Fama del hombre puede verse reforzada por el comportamiento virtuoso de su cónyuge y, en consecuencia, la de toda la familia: la mujer es consciente de su papel, de sus obligaciones, de saber llevar el buen hombre de su linaje a través de su conducta. La literatura de la época toma buena cuenta de ello, desde el Libro de las claras e virtuosas mugeres de Álvaro de Luna (modelos de conducta ejemplar que han de tomar las mujeres como guía) hasta las veinte razones sobre las virtudes de las mujeres que da Diego de San Pedro en su Cárcel de Amor (las cualidades de ellas mueven a virtud a los hombres). Si estableciéramos una comparación con la sociedad, la mujer representaría el orden contemplativo, frente al activo y exterior del marido.
4. Objetos simbólico?ornamentales: El primero de ellos, debido a su importancia, es el escudo de armas, que no suele faltar en ninguna sepultura, ya sea tumular o simplemente lapidaria. El escudo es un emblema distintivo y permanente del linaje. En el Espejo de verdadera nobleza (h. 1.441), Mossen Diego de Valera dice que "las armas fueron falladas para ser por ellas los onbres conoscidos, así como los nonbres o apellidos"; este emblema es permanente y hereditario. Aunque su origen se sitúa dentro del estamento militar, pronto llegó a calar en todos los estamentos, como declara el mismo Diego de Valera sólo puede aparecer un escudo "o por herencia de los antecesores, o dadas por el príncipe, o ganadas en batalla, o tomadas por si mesmos"; no obstante, la nobleza exhibirá sus armas con más ostentación y prodigalidad que los demás estamentos. El escudo ha de cumplir una serie de condiciones: que respete las normas admitidas en la heráldica en cuanto a su confección, y que nadie en el reino lleve un escudo que posea otra persona de distinto linaje, por cuanto comporta una afrenta a la familia que hizo llevar con honra su nombre.
El escudo cumple la función de ser símbolo de todo lo que representa la familia, tanto si ha sido ganado con mérito (con más razón) como si ha sido inventado. La familia se identifica con él y llega a ser, de hecho, un bien patrimonial. El escudo bien da lustre a su poseedor que se siente orgulloso por haber tenido en su familia uno o varios miembros destacados y famosos, la obligación, pues, de quien lo ostenta es seguir engrandeciendo el buen nombre de su linaje; bien es un personaje que ha alcanzado un puesto señero en la sociedad el que da lugar o acrecienta el renombre de la familia; el escudo es, pues, un memorial de una casa que ha realizado determinadas hazañas (guerreras, diplomáticas, religiosas). Por todo lo dicho, el escudo representa esta responsabilidad y orgullo de casta en la escultura tumular. Se trata de una herencia de prestigio y de buen nombre que se deja a los sucesores, que tienen la obligación de mantenerla o acrecentarla. Toda la literatura medieval nos habla del empeño con que los héroes tratan de defender sus armas y el honor del linaje, tanto el de sus antepasados como el de sus hijos: es la preocupación por lo que dirán de su acción, si supo cumplir con la buena fama y honra heredadas de sus antepasados y qué patrimonio de nombradía deja a sus herederos para ser honrados y respetados, a través de las hazañas del progenitor, por las gentes.
Otro de los elementos que redundan en la Fama del difunto es la aparición de las personificaciones de virtudes en la urna: es un elemento significativo no sólo de la valía ética del difunto, sino también de la escala de valores morales de su época y del estamento al que pertenece (ya que la disposición y número de las virtudes puede variar). El difunto aparece como un héroe por haber actuado conforme a una estricta norma moral y por haber destacado en todas las virtudes frente a los demás Ya no es sólo la fama a través de un determinado estatus socioeconómico, que podría pasar como mera convención en personajes con una posición análoga, sino que se pormenoriza su perfecto comportamiento moral: cómo él, frente a los demás, es merecedor de la alabanza de las gentes por su ejemplar vida ética y cómo sólo él estuvo adornado de todas las virtudes.
Sobre las figuras de pajes (que acompañan al difunto o portan su escudo) y doncellas, así como la del salvaje (perfectamente estudiado ya por el señor Azcárate), no insistiremos más que para señalar que el primer grupo, además del citado significado de fidelidad que posee, sustituyendo a los animales simbólicos tradicionales, revela la potencia económica del personaje, a la vez que es un elemento esclarecedor del anhelo de Fama que tuvo en vida, ya que en las ropas de éstos puede aparecer bordado el lema del escudo familiar. Por su parte, el significado del salvaje es la defensa, a cualquier precio, del escudo de armas.
En determinados sepulcros, puede aparecer, en sus cuatro esquinas, figuras arrodilladas que vienen a reforzar la Fama del difunto: pueden ser comendadores de una orden determinada (don Álvaro de Luna), y, por tanto, representativos del estamento que ocupó el difunto, acompañado, en su muerte, por miembros de su misma orden que testimonian y reverencian su buen obrar: se trata de subalternos al que admiran y han de imitar para mayor gloria de la orden. En el caso de aparecer con frailes arrodillados, generalmente mendicantes (doña Juana Pimentel), se trata del reconocimiento del estamento religioso a los méritos piadosos del muerto y a los favores concedidos a una determinada orden religiosa, cosa frecuente entre la aristocracia castellana. En determinados casos, como el apuntado, se recalca aún más el sentido de esposa piadosa, modelo a seguir en su buen obrar por las demás.
5. Las inscripciones: A través de los textos que suelen acompañar al nombre y a la fecha de defunción del personaje, puede aparecer, muy claramente, una breve apología del difunto: el esquema varía según el estamento al que haya pertenecido; el prototipo para el estado nobiliario sería el formado por una alabanza del personaje bajo los términos de honrado, virtuoso o ilustre; una relación de los cargos, al menos los más señalados, que ostentó en vida; por último, puede aparecer el linaje con una mención de los antepasados principales (don Rodrigo de Campuzano); dentro de este estamento, y en el orden de casadas, el esquema es muy similar. Este modelo puede variar, con algún añadido o con la ausencia de alguna de sus partes; pero el sentido apologético ha de aparecer siempre claro.
En el estamento religioso, suele aparecer los cargos y donaciones a fin de resaltar el carácter piadoso del personaje.

A continuación, a través de un análisis global de los sepulcros, trataremos de definir la idea de Fama en la Castilla del último cuarto del siglo XV. En principio, hay que señalar que todos los elementos iconográficos ya mencionados suelen aparecer, en mayor o menor medida, en las representaciones, de acuerdo con la intención más o menos glorificadora que se ha de dar al personaje según consta en el contrato. Así, se establece una diferenciación, a grandes rasgos, que nos dará dos tipologías de sepulcros en relación con la adhesión o repudio de la Fama:

1. Sepulturas de afirmación de la Fama: En este apartado podemos establecer dos grupos atendiendo al estamento y orden a los que pertenecían los personajes en vida:
a) Estamento nobiliar: Es norma general que el difunto aparezca ostentando su armadura y los elementos definidores de la orden militar a la que pertence (don Rodrigo Campuzano -más resaltados-, don Álvaro de Luna), así como los escudos familiares, pajes y una larga inscripción en que se detalla el alto cargo ocupado (don Álvaro) y los antepasados ilustres (don Rodrigo); no obstante, la idea de gloria terrena aparece reforzada en el sepulcro del condestable de Castilla con la introducción de las Virtudes Cardinales en la urna, ordenadas de tal forma que dan idea de las cualidades que debía tener un buen caballero y gobernante: primero, ser justo para el buen gobierno y unión del reino; actuar con valor en la guerra en función de su deber hacia el rey y de la defensa de cualquier intromisión peligrosa en su patria (quien la defiende salvaguarda su religión, sistema político, economía e ideología autóctonos); ser templado en sus actos y no dejarse llevar por una sensualidad exacerbada para poder ser vigoroso ante el dolor; tener un perfecto conocimiento del presente, a través de los hecho pasados, y una previsión para el futuro, es decir, ser sabio a la hora del mando. Este refuerzo se incrementa con la aparición de los cuatro comendadores que, como formando parte del cortejo fúnebre, reconocen y honran a su maestre: así pues, estamos ante el sepulcro del héroe medieval, frente al de Rodrigo Campuzano que es sólo la glorificación del "honrrado y uirtuoso cauallero" y de su linaje. La idea de vanitas ocupa los lugares menos destacados, casi escondidos, a través de un libro de rezos que lleva el paje (don Álvaro) o de los tres bajo el almohadón que sostiene la cabeza (don Rodrigo).
b) Estamento religioso: Cada personaje aparece con las vestiduras propias de su dignidad, arzobispo (don Alonso Carrillo de Acuña) o canónigo (don Fernando de Coca), así como con los escudos y pajes (muy numerosos en este último). No obstante, la gloria terrena se hace superior en el sepulcro del arzobispo de Toledo con la inclusión de las cuatro Virtudes Cardinales,
que nos hablan más del comportamiento externo del personaje que de sus cualidades religiosas (lo más normal a su orden sería la introducción de las siete virtudes, como en la tabla de Santo Domingo de Silos de Bermejo, o la aparición sólo de las tres Teologales, más referidas a la valía puramente religiosa que a la ética), en cierto modo, el sepulcro de don Alonso Carrillo de Acuña se seculariza; a su vez, no hay constancia de ningún elemento de antivanitas, frente al de don Fernando de Coca, reducido únicamente a la exigua inscripción.
Así, podemos señalar una actitud caballeresca y cortesana, muy en relación con la literatura del mismo género de la época (Juan de Mena, crónicas), con su inherente imperativo del honor, actitud que expande su ansia de gloria y confirma su proyección en el futuro.
2. Sepulturas de negación de la Fama: Aparece, como norma, uno de los dos elementos de vanitas ya tratados, bien el haz de heno (Gómez Carrillo de Albornoz), bien el libro de rezos que lee el difunto (condes de Tendilla) o que descansa sobre su pecho (doña Juana Pimentel). No obstante, no desparecen los trajes definidores del estamento y la orden a la que pertenecieron en vida, ni los escudos, ni el paje; incluso, como en el sepulcro de la esposa de Álvaro de Luna aparecen, como integrantes de las exequias de la difunta, cuatro frailes que la honran y dan testimonio de su piedad mostrada hacia la orden, apareciendo como el mencionado modelo de mujer casada, atenta a sus deberes domésticos y piadosos. Hay que hacer constar también que en los sepulcros de las casadas, al ser su posición social más secundaria y no tan relevante como la del marido, su fama, por tanto, no ha de ser tan sonora como la de éste; así, es lógico que en sus sepulcros no se dé tanta importancia a su Fama terrena, ya que el esposo es el responsable directo de acrecentar la gloria del linaje, y que aparezca reduplicada la idea de vanitas a través del libro piadoso propio y del de su doncella.
El aspecto más radical en esta negación de la Fama lo constituye el sepulcro de Martín Vázquez de Arce, en el que aparecen fuertemente destacados los dos elementos consititutivos de este rechazo. La idea de gloria terrena sólo aparece señalada por la indumentaria de su orden. Todos estos elementos vienen a ser una representación plástica de la idea que nos aportan las dos inscripciones, en las que se narra sucintamente la heroica muerte del Doncel en lucha contra "los moros enemigos de Nuestra Santa Fe Católica"; así, el personaje aparece a los ojos de su época como el "reconquistador devoto que la sociedad castellana estaba hecha a venerar"; es lógico, pues, que sea digno de exaltársele, como declara Jorge Manrique: "e pues de vida e salud/fezistes tan poca cuenta/ por la fama/ ... / ... otra vida más larga/ de la fama gloriosa/ acá dexays,...". Pero esto no debe llevarnos a engaño, al igual que en el sepulcro (heno, libro), el poeta manifiesta lo relativo de la perduración de la Fama (los famosos ubi sunt?), vista sólo como un atributo, posiblemente exclusivo, del perfecto caballero, pero, como tal aspecto humano, contingente: "esta vida d'onor/tampoco non es eternal/ nj verdadera"; frente a la gloria eterna que supone la Salvación: "El biuir qu'es perdurable/... gánanlo.../los caualleros famosos/con trabajos e afflictiones/contra moros." Así, al igual que en Jorque Manrique, el sepulcro se encuentra inmerso en la más pura ortodoxia medieval respecto a la idea de la Fama.
Respecto a los demás sepulcros, la idea es, en líneas generales, la misma dentro de esta vía ascética: la Fama terrena no es incompatible con la gloria celestial, aunque ésta es infinitamente superior y debe tomarse como el punto de mira de todo cristiano.

Por último, diremos que, a grandes rasgos, los sepulcros castellanos del último cuarto del siglo XV ocupan un lugar intermedio entre determinadas tumbas francesas (Guillermo de Harcigny, el cardenal Lagrange; en las que aparece una complacencia por mostrar los horrores de la descomposición y lo frágil y transitorio de la existencia terrena) y la sepultura y el monumento público italianos (encargados de exaltar la uvirtú" del personaje, situándolo en el centro de la Historia y capacitado para afrontar lo imprevisible de los acontecimientos).