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Es fácil apreciar las dificultades
que, a la hora de motivar a los alumnos, presenta la enseñanza
de la Historia del Arte Medieval. La experiencia docente nos hace observar
que, por lo general, el alumno tiene serias dificultades para apasionarse
por el arte del medievo, tanto en su bachillerato como en sus estudios
universitarios. Las causas de este hecho constatado
son múltiples, pero nos limitaremos a analizar brevemente dos
de ellas: En primer lugar, sea por una causa o
por otra, y de una manera tradicional, al iniciar los estudios de Historia
del Arte se hace hincapié en las Artes del Próximo Oriente
y las Clásicas, por tradición docente (y (le manuales)
en ambos casos y por identificación con nuestra cultura e idiosincrasia
en las segundas. Y es bastante fácil que, año tras año,
se vayan repitiendo los conocimientos. Todos los docentes somos conscientes
de la brevedad de los cursos académicos y esto, unido a lo anteriormente
expuesto, determina que a las Artes Medievales se llegue ya con el programa
muy apretado y con falta de tiempo. Esto hace que, por lo general, los
alumnos se enfrenten a los orígenes del medievo con prisa y con
un latente deseo de terminar pronto ese tema para conseguir (¡vana
ilusión!) dar, al menos, un vistazo a todo el programa. En segundo lugar, se detecta un cierto
desprecio secular hacia determinado arte, el Primitivo Cristiano, por
considerarlo desprovisto de "belleza". De lo anteriormente expuesto se deduce
que una gran parte de los alumnos españoles se enfrentan al Arte
Medieval sin apasionamiento y, por ello, nuestra propuesta en esta breve
comunicación va encaminada a buscar un sistema que motive a los
alumnos hacia los estudios de la Historia del Arte de dicho período,
empleando para ello los recursos que pone a nuestro alcance la Iconografía. ¿Cómo podríamos
dirigir a los alumnos hacia las artes figurativas del comienzo del arte
cristiano? Sin duda podemos hacer un estudio formalista o analizar estéticamente
las representaciones. Pero después de haber estudiado la Villa
de los Misterios o el Ara Pacis, por poner sólo dos
ejemplos, es dificil resistir las comparaciones. Si seguimos esa metodología
corremos el riesgo de tender a pasar por alto la pintura de las catacumbas
y a hablar de ella de refilón, como manifestación de un
arte pobre, para llegar enseguida a la basílica y a las grandes
obras del Románico y el Gótico. Ciertamente la Orante o los Tres
Hebreos en el horno de la catacumba de Priscilla son difícilmente
comparables, bajo la óptica de las :ideas estéticas de
la mayoría, con las pinturas del segundo estilo pompeyano o las
cerámicas griegas. Nuestra propuesta didáctica es
comenzar desde el tiempo actual, desde el siglo XX, contemplando diversas
imágenes cada vez más lejanas en el tiempo, hasta llegar
al primitivo Arte Cristiano al que veríamos como el creador de
todo un sistema cultural en el que aún estamos inmersos. Es entonces, en el límite entre
la Edad Antigua y la Media cuando se inicia un nuevo período
de la historia que, con apenas variaciones, llegará a nuestros
días. Es entonces cuando se sientan las bases de la iconografía
cristiana y es entonces cuando comienzan, vacilantes al principio, a
surgir los modelos, los tipos que, a lo largo de la Historia del Arte
Cristiano que equivale a decir Arte Occidental, se han repetido hasta
la saciedad. Nuestro proyecto es dar al Arte Paleocristiano
esa dimensión y comenzar viendo este arte, no en su aspecto formalista
o plástico, sino en su desarrollo posterior, en la repercusión
que tuvo y tiene. Si conseguimos que los alumnos vean
en el mundo actual algo que se creó en el pasado, desearán
estudiar ese pasado y la motivación, en este caso, será
obvia. El sistema que proponemos se basa, lógicamente,
en la utilización de las imágenes (diapositivas) eligiendo
una serie de escenas muy conocidas e ir proyectándolas comenzando
por las representaciones más cercanas a nosotros en el tiempo
hasta llegar a los primeros siglos del cristianismo. Así, conseguiremos
que el alumno se vaya dando cuenta de que, pese a ser completamente
distintos los estilos a lo largo de los siglos, los fondos permanecen
casi inalterables y los contenidos iconográficos que se definieron
en el Primer Arte Cristiano, con ligeras variaciones a las que se puede
ir haciendo referencia a lo largo de las clases, son prácticamente
los mismos entonces que ahora. Entre un amplio abanico de posibilidades
hemos escogido algunos ejemplos: La religión cristiana es una
religión "de libro" y, por su propia idiosincrasia
anicónica. Sin entrar en discusiones sobre el origen de la iconografía
cristiana, de todos es sabido que surge con retraso respecto de la religión
como tal y que una de las causas de su nacimiento es la necesidad de
proselitismo y nunca el arte se plantea como un deseo de crear algo
bello, sino más bien lo contrario y, por tanto, le es muy conveniente
tomar las formas del momento histórico en el que se desarrolla,
que no es otro que el Bajo Imperio Romano, y rellenar esas formas con
un nuevo contenido. En este período encontramos un
arte que había perdido muchas de las características que
definieron al Clasicismo y que, sin embargo, se había cargado
de matices provincianos y orientales (como oriental es la misma religión).
En cuanto a las formas, el Cristianismo no inventa nada, lo único
que hace es aprovecharse de las formas que tiene más a mano y,
dado que se encuadra en un arte en el que se había perdido la
devoción clásica por la belleza formal, cosa que repugnaba
a un doctrina que se asentaba en el desprecio al cuerpo y en la superioridad
del alma, no tiene ningún reparo en rellenar esas viejas formas
con los contenidos que más precisa para su doctrina. La auténtica originalidad del
Arte Cristiano es ofrecer nuevos contenidos a las formas estilísticas
que le ofrece el arte del Bajo Imperio. El Cristianismo cambia los fondos,
los significados, introduce nuevos símbolos en el arte y es eso
lo que confiere al primitivo Arte Cristiano su peculiar frescura., su
novedad. Se puede afirmar que hasta el Gótico implica una permanente
integración de formas artísticas que, vacías de
su previo contenido, son sometidas a su finalidad espiritual. Nuestra propuesta en esta segunda fase
es hacer ver a los alumnos el primitivo Arte Cristiano no sólo
como el creador de una serie de temas y motivos con los cuales aun en
el siglo XX convivimos, sino también que aprecien cómo,
en su seno, formas ya configuradas en el mundo antiguo y clásico
cambian de signo y, sin cambiar de aspecto exterior o con pocas modificaciones,
se rellenan de nuevo contenido. De nuevo en este caso emplearemos las
imágenes y el primitivo Arte Cristiano no será, como en
el caso anterior, el fin de cada uno de los ejemplos, sino el comienzo. Así, podremos ver de una manera
muy clara cómo uno de los antecedentes de las basílicas
cristianas (San Apollinar o San Francisco de Rávena) hay que
buscarlo tipológicamente en las basílicas romanas como
la de Majencio y no hay ni que decir que, pese a que en ambos casos
servían para congregar gente, la utilidad última es completamente
dispar. Por otro lado, las representaciones
del Cristo Majestad que encontramos en Santa Sofía de Constantinopla
o, posteriormente, en San Clemente de Tahull o Moissac, pueden tener
un antecedente en la Gema Augustea, las estatuas de Marco Aurelio o
el Augusto de la Prima Porta, y así, el Arte Cristiano
recoge toda la iconografía triunfal romana asimilando a Dios
con el emperador; Cristo sujetará su cruz como el emperador su
lanza. También podemos ver el Arte Cristiano
como un receptor de elementos que se habían usado hasta la saciedad
en las Artes de la Antigüedad y, por ejemplo, tomando como punto
de partida el friso de las Vírgenes o el de los Mártires
de San Apollinar Nuevo, podemos hacer referencia a toda la vieja tradición
de las procesiones y remontarnos a los desfiles de las Panateneas del
Partenón o al friso de los Arqueros del Palacio de Darío. Por último, podemos ver también
cómo esta capacidad receptiva e integradora de elementos ajenos
continúa a lo largo de la Edad Media y apreciar cómo van
pasando a formar parte del elenco cristiano, sobre todo en la época
del Románico, elementos de origen oriental o musulmanes. En resumen, la idea es extraer de las
imágenes todo su contenido iconográfico y utilizarlas
como un elemento que sea capaz de motivar en los alumnos el deseo de
profundizar en los estudios de Historia del Arte Medieval. Por supuesto, a lo largo de las clases habría que hablar de las fuentes que han configurado la iconografía a lo largo de la Edad Media, es decir, los Bestiarios, la Leyenda Dorada, los Evangelios Canónicos y los Apócrifos, etc. Y la lectura de textos será otro extraordinario e ineludible recurso didáctico. Aquí nos adherimos a Panofsky y con uno de sus textos extraídos de la Introducción a El significado de las Artes Visuales (Madrid, Alianza, 1978, p. 33) concluimos la presente comunicación: "Quien enseña a los profanos a comprender el Arte sin que hayan de preocuparse por las lenguas clásicas, por los aburridos métodos históricos y por los polvorientos documentos antiguos, le quita a la "ingenuidad" toda su gracia, sin corregir por ello sus errores."
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