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El
Arte de la Pintura puede ser, entre otras muchas cosas, un tratado
de iconografía, o mejor, un instrumento para conocer la obsesión
de su autor por el decoro en las pinturas sagradas. Nuestra propuesta,
que no es más que una primera hipótesis de un trabajo
mayor en curso, intentará reflexionar sobre tres cuestiones:
1) la importancia de la iconografía en el Arte y su singular
posición en el conjunto de la literatura artística de
su tiempo; 2) la cronología, la estructura y las fuentes del
discurso iconográfico en concreto; y 3) el sentido o intención
últimos de su autor: ¿defensa de la ortodoxia o simple
afán erudito? La
mejor prueba de la afición de Pacheco por los problemas de iconografía
sagrada es comprobar cómo su tratado, una obra bien estructurada
y paciente, se desmesura y desequilibra precisamente por culpa de estas
cuestiones. En varias ocasiones nuestro autor se deja llevar por esta
pasión particular. Pero veamos antes cuáles son y qué
cronología presentan los escritos iconográficos del pintor
andaluz. El escrito más antiguo de tema iconográfico se
remonta al año 1593 y trata de la Degollación de San
Pablo. Es un simple ejercicio de documentación para un dibujo
sobre vitela que hoy no se conserva. A pesar de su redacción
vacilante se incorpora al primer capítulo del segundo libro del
Arte (I, pp. 270-272) y por esta razón ha sido bien conocido,
aunque conviene no perder de vista su carácter de "primitivo". El
siguiente trabajo puede fecharse en 1601 y es inédito. Consiste
en un breve escrito, autógrafo y sin título, que figura
en los Tratados de erudición de varios autores y que aquí
reproducimos en el apéndice (1). Trata de cómo pintar
decorosamente dos temas: la Circuncisión y el Bautismo
de Cristo. Su contenido sólo influye en la redacción
del Arte en el motivo del Bautismo (II, pp. 274-275),
en donde se aprovechan dos breves citas de los evangelistas Mateo y
Lucas y otra algo más extensa de fray Luis de Granada. La causa
para no utilizar también este papel en el tema de la Circuncisión
reside en el cambio de criterio que refleja la versión impresa
(II, pp. 245-250) respecto de lo que en el manuscrito figura. En un
primer momento se opina que San José fue el ministro de la circuncisión,
mientras que luego se sostiene que esta labor fue realizada por la Virgen.
Pacheco no tuvo ocasión de tratar este tema como pintor, pero
su interés por él tal vez guarde relación con su
sorda competencia con el licenciado Roelas, que sí lo pintó
en el impresionante retablo mayor de la Casa Profesa, según una
iconografía que a todas luces no se ajusta ni con la propuesta
finalmente en el Arte ni con esta primera versión (2).
Además este escrito de 1601 resulta interesante porque expresa
con gran ingenuidad los objetivos a los que su autor aspira. Por una
parte los explícitos: corregir los errores, dignificar la pintura
sagrada ("...ai otras cosas por inorancia de los pintores introduzidas
que justamente se podian reduzir con que algun doto varon pusiese en
ello algun estudio i trabaxo..."); y por otra los implícitos:
presentarse a sí mismo como un pintor de inquietudes intelectuales,
el mejor candidato para cierto tipo de encargos profesionales. La
tercera ocasión en que Pacheco se ocupa de una cuestión
iconográfica se produce el 13 de octubre de 1609 cuando concluye
una extensa carta dirigida a un tal don Fernando de Córdoba,
que le había adquirido una pintura con Cristo tomando sus
vestiduras después de azotado. La tela por desgracia no se
conserva y tan sólo podemos conocerla por esta carta que se publicó
íntegra en el Arte (I, pp. 287?296), a partir de la versión
manuscrita que figura también en los Tratados de erudición
(fols. 229r-235r). Éste es ya un escrito de compleja elaboración,
lleno de citas, que refleja el pleno dominio de este peculiar "género"
de discurso iconográfico de nuestro artista, que más adelante
comentaremos. Un
ejercicio semejante lo encontramos en la justificación del famoso
Juicio Final de la iglesia de Santa Isabel de Sevilla, aún
en paradero desconocido (1, pp. 297-342). Aquí la novedad reside
en la enorme extensión del motivo, debida a la publicación
de diversos escritos de Aprobaciones a cargo de ilustres clérigos
sevillanos. La elaboración intelectual de la iconografía
que se propone debemos situarla entre el encargo de la obra en 1611
y su conclusión en 1614, pero es bastante claro que la redacción,
tal como figura en el Arte, es mucho más tardía
seguramente hacia 1634 (3). Como las Aprobaciones sí se
escriben en los años 1614-1616 y como es posible que existiera
una primera redacción o al menos un borrador que no conocemos
nos parece razonable considerar esta justificación del Juicio
Final como el cuarto trabajo de Pacheco por orden cronológico. El
quinto escrito se presenta como una carta en respuesta a Francisco de
Rioja sobre el motivo del Cristo Crucificado con cuatro clavos
y va fechada el 18 de mayo de 1620. Este texto junto con la carta anterior
de Rioja sobre el mismo, y nada menos que siete Aprobaciones
de religiosos, se publican en los dos últimos capítulos
del Arte, y le dan así un solemne colofón. No en
vano ésta era la novedad más vistosa y discutida de las
diversas propuestas iconográficas prácticas del pintor
andaluz (4). La
última elaboración temática anterior a la redacción
del Arte de la Pintura es un escrito titulado, De la pintura
de San Juan Bautista, fechado el 24 de noviembre de 1623, que figura
autógrafo en los Tratados de erudición (fol. 236r-241r),
de donde pasó íntegro al capítulo correspondiente
del Arte (11, pp. 304-312). El interés por el tema guarda
una directa relación con el encargo y ejecución de una
pintura de este santo para la Cartuja de las Cuevas, que no conocemos,
pero que Ceán todavía vio en el refectorio de los legos
(5). Seis
son, pues, los temas que Pacheco tiene ya elaborados o esbozados cuando
efectivamente se redacta el grueso del Arte de la Pintura hacia
1632-1638. Son escritos muy distintos por su grado de elaboración
y su cronología, pero siempre son ejercicios de documentación
para una obra concreta a realizar o ejercicios de justificación
de sus peculiaridades iconográficas una vez ejecutada. Siempre
se trata de demostrar que no hay nada gratuito o banal en sus pinturas,
sino al contrario, suma doctina. Constituyen el perfecto paradigma del
mecanismo intelectual de Pacheco para estas cuestiones, y en algún
caso constituyen además una pieza singularísima de la
literatura artística de su tiempo, pues son la voz misma de un
artista que declara con precisión sus intenciones y sus fuentes. Otra
cuestión distinta es preguntarse por la forma en que se incorporan
estas reflexiones que comentamos a la estructura final del Arte de
la Pintura. Resulta que estos temas iconográficos en la mayoría
de los casos no aparecen en el lugar que les sería propio, sino
que los encontramos en lugares singulares, como los dos últimos
capítulos de la obra en el caso del Crucificado con cuatro
clavos, o como los capítulos dedicados al decoro en el libro
segundo (cap. II-IV) que se dilatan y desmesuran por tratarse en ellos
de los temas del Juicio Final (I, pp. 297 y ss.) y del Cristo
flagelado (I, pp. 287 y ss.). De ello puede deducirse que Pacheco
tenía una idea muy poco definida de lo que sería la parte
iconográfica del Arte, pues buena parte de su mejor material
ya ha sido utilizado en capítulos anteriores. Veamos
ahora en que consiste el tratado de iconografía, las Adiciones
a algunas Imágines. F. J. Sánchez Cantón llegó
a afirmar, en el prólogo a su edición de 1956 (p. XIX),
que el interés por la iconografía sagrada es la causa
determinante de que el Arte se escribiera. Nosotros no llegamos
a tanto, pues nos parece que las cuestiones teórico?prácticas
eran lo suficientemente importantes para el pintor andaluz como para
justificar por sí mismas la utilidad de su tratado. No creemos
que Pacheco llegara a dudar entre la opción de un tratado teórico
o la opción de un repertorio de iconografía sagrada. Aspiraba
a un tratado único, pero es evidente también que constató
demasiado tarde la imposibilidad de su deseo. Estimulado por su afición,
y tal vez para desmarcarse de los Diálogos de Carducho,
el andaluz escribió entre 1636-1638 (6) unos largos capítulos
de iconografía, que no encajan con el plan que él mismo
tenía establecido en su obra. Este tema debería ocupar
en un principio los dos últimos capítulos del libro tercero,
pero el ritmo de lo ya escrito le obliga a continuar en un enorme y
extraño apéndice que se desarrolla desde el capítulo
XIII hasta el XVI, al que denomina tras una cierta vacilación
Adiciones a algunas Imágines. De este modo se rompe la
simetría con los otros dos libros que sólo tienen doce
capítulos, y se evidencia de nuevo la incapacidad del autor para
controlar su pasión por el decoro en la pintura religiosa. La
razón por la cual Pacheco no concibió nunca, ni escribió,
un repertorio de iconografía sagrada independiente del Arte
reside simplemente en el hecho que tal repertorio doctrinal, y no sólo
gráfico como en el caso de Jerónimo Nadal, no existía
en su tiempo (7). Nuestro autor demuestra en su tratado un buen conocimiento
de la teoría del arte italiana, a la que superpone diversos acentos
personales de tipo crítico, y un buen y honrado aparato de conocimientos
profesionales y técnicos. Pero sin duda el elemento más
interesante para nosotros de su personalidad intelectual en su coraje
para penetrar en la selva erudita de la iconografía sagrada.
Conviene recordar ahora, en un breve excursus, que hasta ese
momento sólo los teólogos y polemistas de probada erudición
habían abordado con detalle este problema. La
vertiente "artística" de la cuestión nace, vinculada
al tradicional decoro, con la famosa carta difamatoria de Pietro Aretino
de 1545 contra el Juicio Final de Miguel Ángel. Prosigue
a otro nivel con los clásicos del tema: Gilio (1564), Molano
(1570), Paleotti (1582) y en parte R. Borghini (1584). Todos ellos,
por cierto, bien conocidos de Pacheco. Pero en realidad como han demostrado
los trabajos recientes de Giuseppe Scavizzi (8) estos autores deben
relacionarse con una amplia polémica de carácter doctrinal,
escrita mayoritariamente en lengua latina, que se remonta sobre todo
a los primeros años del siglo XVI, y que trata de la utilidad
y del valor de las ceremonias y de las imágenes en el culto.
El debate se cierra sin acuerdo ninguno entre reformados y católicos,
pero genera a su vez un subtema falso en el mundo del cristianismo romano:
la honestidad de las imágenes, es decir la preocupación,
la obsesión casi, por el decoro, por la fidelidad a las fuentes
literarias, y por una clara voluntad devocional por parte del artista.
Esta corriente de pensamiento no consigue plenamente sus objetivos,
ni a nivel jurídico, ni a nivel doctrinal. Los Sínodos
realizados en cada diócesis con posterioridad al Concilio de
Trento mencionan, recuerdan, el tema de las imágenes pero no
establecen normas legales detalladas, ni por tanto preveen mecanismos
concretos de represión para los futuribles "abusos"
(9). Tampoco a nivel doctrinal se avanza mucho. Los escritos más
importantes en este sentido son el libro del teólogo flamenco
Juan Molano y el prolijo tratado del cardenal Paleotti. Ambos autores
se mueven en un nivel genérico de exposición de la doctrina
católica sobre la licitud de las imágenes, con algunos
comentarios algo más detallados por parte del primero sobre los
"errores" a evitar. El segundo en cambio sí tenía
previsto la elaboración de un repertorio ordenado de la iconografía
sagrada, que debería haberse desarrollado en el cuarto libro
de su tratado, el cual como es sabido no pasó más allá
del segundo libro (10). Este
tratado enunciado pero no escrito de Paleotti es el único modelo
posible para el discurso de Pacheco, que nace de la forma epistolar
como justificación de una pintura concreta -una suerte de ekphrasis
erudita- para derivar hacia el Tractatus. Ahora bien: ¿El
conjunto de las Adiciones a algunas Imágines, constituyen
verdaderamente un repertorio, un tratado? En nuestra opinión
no. En primer lugar por los evidentes desequilibrios. El ciclo de la
Vida de la Virgen y de la Infancia de Jesús comprende los capítulos
XI y XII, con 17 temas; mientras que el ciclo de la Vida Pública
de Cristo, con apenas dos temas, y el de la Pasión, con cinco,
se comprimen en el capítulo XIII. No hay ningún episodio
del Antiguo Testamento, y del Nuevo faltan asuntos importantes como
la Transfiguración, la Santa Cena, la Ascensión,
o Pentecostés. Encontramos, además, una clara arbitrariedad
en la selección de los temas, que contrasta con el carácter
sistemático del libro de Jerónimo Nadal. Podría
aducirse que el mayor énfasis en el ciclo mariano y de la infancia
de Cristo se debe a que son episodios no desarrollados por los evangelios
canónicos, próximos a la piedad popular y a la tradición
apócrifa, por lo que se justificaría una mayor atención
en el Arte a este ciclo. Esta hipótesis sería aceptable
si no perdemos de vista que Pacheco admite sin reparos y desarrolla
diversas escenas no canónicas, como el Abrazo en la Puerta
Dorada, la Natividad de la Virgen, los Desposorios,
o la Aparición de Cristo resucitado a su Madre, entre
otras. No existe en la mente del pintor andaluz la menor reserva sobre
la validez de numerosas fuentes tradicionales, como las Revelaciones
de Santa Brígida de Suecia por poner un ejemplo. La cultura religiosa
del siglo XVII admite con un alto grado de credulidad la mayor parte
de la tradición medieval, al mismo tiempo que procura un mayor
rigor en el tratamiento historiográfico de esa misma tradición,
en la línea iniciada por la obra enorme del cardenal Baronio
en los Anales Eclesiásticos y en los Comentarios al
Martirologio Romano (11). La
segunda razón para cuestionar el Arte como repertorio
es la arbitrariedad del método con el que Pacheco construye su
discurso. Al lado de problemas de notable complejidad doctrinal e histórica,
como el Juicio Final o el Cristo crucificado con cuatro clavos,
encontramos muchos otros temas apenas apuntados o sólo resueltos
con argumentos tópicos. Una lectura atenta de determinados pasajes
nos revela que las Adiciones adolecen de una cierta precipitación,
como si su autor temiera no acabar la obra, quedar atrapado por un tema
abrumador. El capítulo XII, que agrupa los episodios centrales
de la Vida de la Virgen desde los Desposorios hasta Jesús
entre los Doctores, es el más completo y minucioso constituyendo
uno de los escritos de Pacheco mejor construido. Los capítulos
XI y XIII, en cambio, son muy irregulares en su grado de elaboración
y en sus objetivos. Casi siempre el punto de partida, la causa de la
elección de un determinado tema iconográfico, es lo que
nuestro autor denomina una "observación", es decir,
alguna incorrección o algún episodio polémico de
una historia, que ya de antiguo le ha interesado, y que ahora encuentra
la posibilidad de sistematizarse de forma teórica. Tal es el
caso del tema de los Ángeles, que no deben tomar la apariencia
femenina; o del Abrazo en la Puerta Dorada, que debe evitar el
ósculo entre San Joaquín y Santa Ana y el ángel
que los acerca. A veces la inclusión de un tema sólo se
justifica porque él mismo lo ha tratado como pintor. Tal es el
caso de las Tentaciones de Cristo, que junto con el Bautismo
son los únicos episodios de la Vida Pública anteriores
al ciclo de la Pasión que se comentan. En otras ocasiones el
estudio de una historia parece sólo una excusa para criticar
a otro pintor, como vemos por ejemplo en el tema de Santa Ana dando
lección a la Virgen, que es finalmente desaconsejado a pesar
de, o precisamente por, haberlo pintado Juan de Roelas para el convento
de la Merced. "Mucho nos pudiéramos alargar en esta materia, pero con lo que se ha dicho hasta aquí bastará para dar luz en todo lo que se ofreciere, consultando los pintores los libros y a personas doctas; dexando muchas cosas que pudiéramos declarar, como: Las cruces de los dos ladrones [...]. También la Cena del Señor, si fue recostados [...], o sentados [...]. El excesivo pasmo y desmayo de Nuestra Señora [...]. Cristo vivo, con lágrimas, en la espiración [...]. La llaga del costado pintada con sangre y agua [...]." Estas cuestiones aquí enunciadas son temas de
potencia, son la idea motriz a partir de la cual se genera el discurso.
Sólo falta la narración y el comentario del episodio,
con la justificación erudita de esa variante iconográfica,
para que estas "observaciones" puedan, ya transformadas en
temas, incorporarse al lugar correspondiente del Arte. Veamos ahora qué fuentes literarias fueron utilizadas
en concreto para elaborar las Adiciones a algunas Imágines.
Una primera mirada a las anotaciones marginales del texto nos revela
la convivencia de tres tipos de fuentes: 1) citas de Santos Padres y
de autoridades clásicas, 2) citas de autores religiosos modernos,
y 3) menciones de clérigos sevillanos próximos al pintor,
sobre todo padres jesuitas. Las citas de los Santos Padres son todas
de segunda mano, como era normal en la época, y proceden del
segundo grupo de fuentes. Los autores modernos constituyen una pequeña
biblioteca de libros entre devocionales y eruditos, y la mayoría
parece que bastante populares en su tiempo: los más utilizados
en las Adiciones son: Landulfo de Sajonia el Cartujano, Cristóbal
de Fonseca, Francisco Arias, Jerónimo Gracián, Luca Pinelli,
Pedro de Vega, Pedro de Rivadeneyra, Alonso de Villegas, Luis de Granada
y Cristóbal de Castro, entre otros (12). Estos autores suministran
a Pacheco la estructura narrativa y la glosa de cada uno de los episodios
tratados. A menudo el discurso del Arte es el resultado de encadenar
diversos pasajes de estos autores, limitándose Pacheco a comentar
la forma plástica del tema, y a señalar los errores más
comunes que él conoce. Ésta es la causa principal del
tono narrativo de esta parte en que básicamente se explica qué
sucedió y qué significa tal o cual misterio. Cuando el tema es poco frecuente, o problemático
por alguna razón, nuestro autor recurre a la autoridad de sus
amigos los clérigos sevillanos, a quienes encarga escritos y
aprobaciones, o de quienes toma sermones, que se incorporan más
o menos literalmente al Arte. Estos autores son los jesuitas
Feliciano de Figueroa, Alonso Flores, Antonio de Quintanadueñas,
Diego Meléndez, Juan de Pineda, y el dominico fray Alonso Ossorio
(13). Como a veces estos textos son encargos de Pacheco, es decir, son
manuscritos que él poseía y no hemos conservado, resulta
muy difícil establecer la diferencia entre la cita literal del
clérigo y la redacción del pintor. Un caso límite
de esta dificultad lo encontramos, por ejemplo, en la Pintura no
usada de Santa Ana, o en la Santa Ana dando lección a
Nuestra Señora, en que la colaboración del jesuita
Antonio de Quintanadueñas parece sustituir casi por completo
al autor. La estricta dependencia de las Adiciones a unas
fuentes concretas no debe inducirnos a negar la profunda originalidad
de la obra, ni a traspasar la paternidad de la misma hacia una hipotética
Academia, ni tampoco vincularla a una supuesta "política
artística" de los jesuitas sevillanos. No podemos ahora,
como es lógico, desarrollar con detalle estas cuestiones, que
deben matizarse en función de las diversas fases cronológicas
de la elaboración del tratado de Pacheco (14). Intentaremos,
no obstante, una conclusión provisional relativa a la problemática
iconográfica que nos ocupa. El Arte de las Pintura no debe leerse hoy como
un manual normativo de la ortodoxia contrarreformista en iconografía
sagrada. No lo fue en su tiempo, ni en épocas posteriores, a
pesar de los esfuerzos de su autor por aducir su vinculación
a la Inquisición, y la autoridad de los padres jesuitas. Gracias
al propio Pacheco (II, p. 194) sabemos que el 7 de marzo de 1618 le
fue conferida una particular comisión, "para mirar y visitar
las pinturas de cosas sagradas que estuvieran en tiendas y lugares públicos".
Nos conviene ahora señalar tres aspectos de tal nombramiento:
1) parece que el mérito para tal honor reside ex-aequo
entre él y su hermano, tal como reza el documento: "[...]
por la satisfacción que tenemos de la persona de Francisco Pacheco,
vecino de esta ciudad, pintor excelente y hermano de Juan Pérez
Pacheco, familiar deste Sancto Oficio [...]" (15); 2) no
es nombrado familiar, que es lo socialmente codiciado, sino sólo
obtiene una "comisión", que además es un cargo
sin precedentes (16); y 3) nada sabemos de las tareas encomendadas a
tal "comisión", ni se conocen procesos o amonestaciones
a pintores a propósito de cuestiones iconográficas (17).
Podemos deducir, en consecuencia, que este nombramiento fue un simple
reconocimiento honorífico sin repercusiones concretas en la pintura
sevillana de la época. No tenemos ningún dato positivo
para suponer que la ortodoxia en la producción de imágenes
sagradas estuviera amenazada, ni que fuera necesaria una vigilancia
singular. El pensamiento iconográfico de Pacheco nada tiene
que ver con una defensa estricta de la ortodoxia, tal como se desprende
de una lectura de las Adiciones. El propio autor reconoce que
su obra va dirigida contra la ignorancia (II, p. 193): " [...]
no serán sobradas las advertencias propuestas; en especial a
los artífices menos inteligentes (porque los más capaces
no sólo aman la libertad, pero sacuden, con impaciencia, el yugo
de la razón)". Por otra parte, sería lícito
preguntarse: ¿Cuáles son los "abusos" que se
censuran en el Arte, cuáles los "errores" que
conviene evitar? Apenas es posible vincular con esta categoría
de "error" la vehemente condena del Niño Jesús
desnudo en la Natividad, o la exigencia que en la Presentación
de la Virgen en el Templo ésta tenga sólo tres años
y no 14 ó 15, o la explicación sobre las vestiduras correctas
de Cristo camino del Calvario, por citar algunos ejemplos. No
debemos perder de vista que las opiniones de Pacheco son propuestas
para el debate intelectual, y no son leyes refrendadas por la autoridad
de la Iglesia, ni tampoco normas establecidas por consenso en la Sevilla
de la época. De ahí la necesidad del autor de arroparse
con otras opiniones y aprobaciones de clérigos, de presentarse
siempre como un pintor advertido y erudito. Cabe discutir ahora cómo interpretar el protagonismo de los jesuitas en esta parte del Arte de la Pintura. El hecho es indudable: la mayoría de los autores contemporáneos que se citan en las Adiciones son jesuitas -ya los hemos mencionado- y el propio Pacheco lo declara sin más (II, p. 194): "Servirán mis avisos de saludables consejos en 70 de edad; y lo mejor y más acertado de todos ellos se deberá, principalmente, a la sagrada religión de la Compañía de Jesús, que los ha perfeccionado". La explicación es en principio sencilla: los jesuitas son la orden a la que Pacheco se vincula a nivel personal. El padre Gaspar de Zamora fue su confesor durante 40 años según se dice en el Arte (I, p. 330). Son la orden además que mayor atención dedica a los sectores intelectuales de la sociedad civil, la más abierta hacia los conflictos e inquietudes de los nuevos tiempos. Una curiosa anécdota autobiográfica que figura en el Arte (I, pp. 268-269) nos ilustra claramente sobre la despreocupación de los dominicos por estas cuestiones no teológicas, y sobre la actitud despierta y comprensiva, en cambio, de los jesuitas: [...] el año 1593, quiriendo hacer un debuxo de invención para, pintar en cierta competencia, la degollación del apóstol San Pablo [...] y buscando cosas que fuesen conforme a la verdad, comuniqué en San Pablo de Sevilla al doctísimo maestro Fray Juan de Espinosa, de la orden de Santo Domingo, el cual, por desembarazarse de cosa que (al parecer) le había de dar cuidado, me remitió a una pintura a fresco desta historia, que está en el claustro, de mano de Vasco Pereira, como se pinta comúnmente. No satisfecho desto, consulté en la Casa Profesa de la Compañía de Jesús al Padre Juan de Soria (que tenía particular aplicación y estudio en esta parte); traxo un libro (a mi ver de César Baronio), de donde escribí [...] lo que se sigue". Si la afición de Pacheco por los jesuitas es
evidente y el propio Arte lo refleja, no lo es tanto la consideración
de los jesuitas por Pacheco, pues casi puede decirse que apenas contaron
con él para nada. Como pintor sólo tenemos noticia de
cuatro encargos promovidos por jesuitas. En 1592 contrata tres telas
para una capilla lateral del Colegio de Marchena, que no se conservan.
Sí conservamos, en cambio, en la Academia de San Fernando dos
cuadros con el Abrazo en la Puerta Dorada y el Sueño
de San José, que proceden de la capilla del Colegio sevillano
de San Hermenegildo, pues una precisa descripción en las Adiciones
nos permite identificarlos como tales. En la escalera principal del
mismo Colegio figuraba un retrato de San Ignacio realizado por Pacheco
en 1613 según el testimonio del Arte (II, p. 358). El
cuarto encargo son dos pequeñas pinturas sobre jaspe que decoraban
el sagrario de esa misma capilla, ejecutadas a instancia del padre Juan
de Pineda en 1620 (18). En conjunto muy poca cosa si reparamos que lo
más significativo es su exclusión de los grandes encargos
jesuíticos del momento: el retablo mayor del Colegio de Marchena
que realizaron Alonso Vázquez y Juan de Roelas entre 1599 y 1608;
y el retablo mayor de la Casa Profesa de Sevilla de Gerolamo Lucenti,
Antonio Mohedano y Roelas entre 1604 y 1606. A la vista de estos datos
se hace difícil pensar el Arte como el vehículo
de una supuesta política artística o iconográfica
de los jesuitas sevillanos, pues esto no se corresponde con la relativa
marginación de Pacheco como pintor, ni con las críticas
de éste a otros pintores elegidos por la Compañía. El Arte de la Pintura es el testimonio de unas
preocupaciones personales, al margen de la notable complejidad y pluralidad
de sus fuentes, que siempre su autor tiende a subrayar. En la metafórica
balanza ideal del pintor cristiano y erudito es sobre todo el capítulo
de la erudición aquel con el que Pacheco destaca y se defiende,
aquel con el que marca de forma permanente a su discurso. APÉNDICE Francisco Pacheco, ["Sobre la Circuncisión y el Bautismo de Cristo"], en Tratados de erudición de varios autores, BNM Ms. 1713, fols. 261r-265r. (Transcribimos literalmente salvo en el entrecomillado que no figura en el original.) [fol. 261r] Cosa natural es entre los que aspiran en
sus Artes a tener nombre, adornarlos de todas las partes que los pueden
ilustrar. Assi considerando yo en el de la Pintura, que después
de los preçetos della una de las cosas esenciales es la propiedad,
i la verdad en cada cosa que se pintare, sea en las fabulas escritas
por sabios antiguos, o en las istorias sucedidas; juzgo que mucho mas
lo será en los Misterios que enseña nuestra fe; los cuales
ditó el Espiritu Santo. Esto me a hecho i haze encudriñar,
leer, preguntar todo aquello que es mas conforme a la verdad, cuando
se me ofreçe ocasion de pintarlo; aunque en el uso paresca nuevo.
I porque e visto que de dos pinturas igualmente buenas las que mas se
conforma con lo escrito tiene mayor estima entre los que saben, como
libro mas verdadero. Por esto con animo de umilde hijo de la iglesia
que se sujeta en todo a su corrección digo, que el sagrado Misterio
de la Circuncicion del Señor, lo e visto de varios i eçelentes
Maestros debuxado [fol. 261v] i pintado, i me pareçe que no está
conforme a la verdad, porque se pinta que lo circuncidan en un Suntuoso
Templo, por mano de un Saçerdote, i con mucho acompañamiento
de ministros, i de la Sacratissima Virgen i San Iosef; que de mas de
confundir esta pintura con la del Misterio de la Purificaçion
(porque no sabemos si es Simeon aquel Saçerdote), no entiendo
que aya lugar en la Escritura que diga que le circunçidó
Saçerdote; a esto an añadido inconsideradamente la ofrenda
de la purificaçion, i aun en lugar de las tórtolas o palomas
puesto un par de pollos, como se ve en una capilla i Retablo en el claustro
de san Pablo desta ciudad, que pintó el insine Mase Pedro de
Campaña: i no deve ser la primera vez que se pinta assi. I las
palabras del Cap. segundo de San Lucas dizen, desta manera. Evangelio de la Purificaçion S. Mateo Cap. 3 S. Marcos Cap. 1 S. Lucas Cap. 3
(1) Estos Tratados de erudición se compilaron por Pacheco en 1631 y se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid (Ms. 1713). Ya fueron descritos en su contenido concreto por Cayetano Alberto de la Barrera, Poseías de don Francisco De Rioja, Madrid, 1867, pp. 156-163. Modernamente han sido utilizados por Sánchez Cantón y J. Brown en sus estudios sobre Pacheco. El texto inédito que transcribimos comprende los fols. 261r-265r, y no lleva título, ni fecha, ni firma. Con todo es indudablemente autógrafo y puede fecharse en 1601 porque en el verso del fol. 265 figura una breve aprobación de fray Pedro de Valderrama, y a continuación otra más extensa de fray Alonso Ossorio que comienza en el mismo fol. 265v, que va fechada el 10 de marzo de 1601. Por eso el escrito de Pacheco necesariamente tiene que ser anterior a esta fecha. (2) La compleja historia de este retablo ha sido claramente explicada por E. Valdivieso-J. M. Serrera, Pintura sevillana, 1985, pp. 140-142; y con más detalle en E. Valdivieso, " La Colección Pictórica", en AAVV, Universidad de Sevilla, Patrimonio monumental y artístico, Sevilla, 1986, pp. 120-128. Diferimos no obstante de este último autor en la lectura de la obra pues para nosotros el grupo central de la tela de la Circuncisión representa el momento en que la Virgen toma de los brazos de san José al Niño, que ya ha sido circuncidado por el Sumo Sacerdote, el cual figura a la izquierda en la penumbra. Las vestiduras del sacerdote lo caracterizan como tal, y asimismo es muy clara la acción que realiza: limpiar el cuchillo aún manchado de sangre en un paño antes de depositarlo en una bandeja que le tiende un acólito. Por tanto esta pintura no se ajusta con ninguna de las dos propuestas de Pacheco, pues en ambas se excluye al Sumo Sacerdote. La razón por la que Pacheco no censura de forma explícita este cuadro en el Arte (II, p. 247) se debe, tal vez, al hecho de haber criticado agriamente otra tela de Roelas del mismo retablo unas páginas más atrás (Arte, II, p. 243); y por deferencia hacia la Casa Profesa. (3) Resulta muy complejo fechar con seguridad este discurso sobre el Juicio Final que comprende pp. 297-308 del vol. I. Parece probable que en este caso las Aprobaciones fueron escritas no sobre un texto de Pacheco sino a partir de la visión del cuadro o de su dibujo, tal como él advierte (I, p. 297). Por eso el escrito del pintor utiliza algunos argumento y citas tomados de las Aprobaciones, lo que indica una redacción posterior. Además en las pp. 330-331 se menciona la muerte de Gaspar de Zamora en 1621 y se cita una obra suya publicada en 1627; y más abajo al mencionar a todos los eclesiásticos a los que se ha sometido el cuadro a consideración se alude a Francisco de Rioja con el título de "bibliotecario y cronista del Rey Felipe IV". Como Rioja fue cronista de Castilla desde septiembre de 1621 y bibliotecario de cámara desde mayo de 1634 hay que situar la redacción definitiva de esta parte con posterioridad a estas fechas. (4) Pacheco ofrece en este extenso final sólo aquella parte de la polémica en la que todos están de acuerdo, el Cristo con los cuatro clavos, y no menciona en absoluto la agria discusión que entabló el duque de Alcalá con Francisco de Rioja a propósito del título de la Cruz en un sonado debate público. Véase un resumen y un comentario de la misma en Jonathan Brown, Imágenes e ideas en la pintura española del siglo XVII, Madrid, 1980, pp. 74-76. Éste sería el único caso en que un motivo propuesto por nuestro pintor adquiere una dimensión que escapa a su control. (5) Sobre esta pintura véase E. Valdivieso-J. M. Serrera, Pintura sevillana del primer tercio del siglo XVII, Madrid, 1985, pp. 93-94; en donde se reseñan las referencias a esta pieza de Pacheco, Ceán Bermúdez y González de León. Pueden añadirse a estos datos la mención de la pintura -atribuida absurdamente a Zurbarán- que aparece en Baltasar Cuartero Huerta, Historia de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, y de su filial de Cazalla de la Sierra, Madrid, 1950-1954, vol. II, p. 668, quien cita a su vez el escrito de Carlos Serra y Pickman, marqués de San José de Serra, Discurso de recepción pública el 16 de diciembre de 1934 en la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, Sevilla, 1934, p. 17. (6) La fecha de redacción de esta parte del Arte se declara en II, p. 220: "[...] he observado que habrá 24 años, poco más o menos que comenzó hasta este de 1636 [...]" y también más indirectamente en II, p. 194: "[...] servirán mis avisos de saludables consejos en 70 años de edad [...]". Como Pacheco nació en 1564 la anterior afirmación nos sitúa en 1634. (7) Un completo repertorio de iconografía sagrada no lo encontramos en España hasta el tratado de Juan Interián de Ayala, Pictor Christianus eruditus..., Madrid, 1730. En Flandes, Alemania y Francia sí existen diversos escritos en esta dirección, situados cronológicamente entre Pacheco e Interián de Ayala. Véase Schlosser, La Literatura Artística, Madrid, 1976, p. 529. (8) Los trabajos de Giuseppe Scavizzi en esta dirección son: "La teología cattolica e le immagini durante il XVI secolo", en Storia dell'Arte, 1974, pp. 171-211; el libro, Arte e architettura sacra. Cronache e documenti sulla controversia tra riformati e cattolici (1500-1550), Reggio Calabria-Roma 1981 (véase también la recensión de Claudio Strinati en Storia dell Arte, 1984 pp. 78-84); y más recientemente " Storia ecclesiastica e arte nel secondo Cinquecento", en Storia dell Arte, 1987, pp. 29-46; en donde se anuncia su próximo libro sobre I teologi e l 'arte nel secondo Cinquecento. (9) Falta un estudio sistemático sobre los Sínodos españoles posteriores a Trento. Un primer avance de este estudio puede verse en el artículo de Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, "La repercusión en España del decreto del Concilio de Trento acerca de las imágenes sagradas y las censuras al Greco" en Studies in the History of Art, 13, 1984, pp. 153-158; que recoge en las notas la escasa bibliografía anterior. Un nuevo Sínodo toledano ha sido publicado por Ricardo Saez, "Contribution a 1'histoire religieuse de 1'Espagne. Etude introductive a l'édition du Synode tenu a Tolede, en 1596, sous la présidence de García de Loaysa, governeur de l'archeveché", en Mélanges de la Casa de Velázquez, 1986, pp. 223-268. Este documento, respecto a las imágenes, se limita a recoger los motivos habituales de los anteriores Sínodos, relativos a las prohibiciones de las historias apócrifas extravagantes y de los excesos en las imágenes de vestir. (10) Las causas por las cuales el cardenal Paleotti no concluyó los últimos tres libros de su tratado no nos son conocidas. El índice completo de toda la obra se publicó en las dos ediciones de la misma: la italiana de 1582 y la latina de 1594. Véase P. Barocchi, Trattati d Arte del 500, vol. II, Bari, 1961 pp. 504-509. Sobre el cardenal Paleotti y las artes es fundamental el largo artículo de Paolo Prodi, " Ricerche sulla teorica delle arti figurative nella Riforma Cattolica", en Archivio italiano per la Storia della Pietá, IV, 1965, pp. 121-212. (11) Sobre el cardenal César Baronio puede verse como bibliografía operativa el Dizionario Biografico degli Italiani (ad vocem), y en relación al arte el último artículo de Scavizzi citado en la nota 8, y sobre todo las actas del Congreso: Baronio storico e la Controriforma, Sora, 1982, y Baronio e l'Arte, Sora, 1985. (12) Ofrecemos a continuación la referencia bibliográfica de las obras utilizadas por Pacheco en sus primeras ediciones: Landulfo de Sajonia, Vita Christi, 4 vol., Alcalá 1502-1503. Cristóbal de Fonseca, Vida de Christo Señor Nuestro, 4 vol., Toledo, 1596-1601, Madrid, 1605-1611. Francisco Arias, Aprovechamiento espiritual, Valencia, 1588, y del mismo, Libro de la Imitación de Cristo, 3 vol., Sevilla, 1599-1602. Jerónimo Gracián, Summario de las excelencias del glorioso s. Ioseph, Roma, 1597. Luca Pinelli, Libretto d imagini e brevi meditationi sopra la vita della S. Vergine, Nápoles, 1594. Pedro de Vega, Flos Sanctorum, Sevilla, 1572. Pedro de Rivadeneyra, Flos Sanctorum, Madrid, 1599. Alonso de Villegas, Flos Sanctorum, 4 vol., Toledo, 1578, 1588, 1589, Madrid, 1589. Cristóbal de Castro, Historia Deiparae Virginis Mariae, Alcalá, 1605. Luis de Granada, Memorial de la Vida Cristiana, Lisboa, 1561 y Adiciones al Memorial de la Vida Cristiana, Salamanca, 1574. (13) Esta nómina debe ampliarse con los once consultores a propósito del cuadro del Juicio Final y con los autores de las siete Aprobaciones del Cristo crucificado con cuatro clavos. Además son citados de forma puntual a lo largo del Arte hasta quince jesuitas: los cinco ya mencionados más Luis del Alcázar, Gaspar de Zamora, Francisco de Castro, Juan de Soria, Juan Jerónimo, Andrés de Cañizares, Diego de Ribera, Alvaro Arias de Armenta, Juan Méndez Bernardo, y Pedro de Esquivel. (14) La discusión de estas cuestiones encontrará su marco adecuado en la edición crítica que estamos preparando. (15) Unos de los pocos datos conocidos sobre este hermano de Pacheco es el de su muerte con anterioridad al 18 de julio de 1620. Véase Celestino López Martínez, Retablos y esculturas de traza sevillana, Sevilla, 1928, p. 89. (16) Es sabido que el cargo de familiar del Santo Oficio era ambicionado por muchos como una forma de promoción social, e incluso en ocasiones servía de garantía pública de limpieza de sangre. Véase a este respecto el trabajo de Bartolomé Bennassar, "Aux origines du caciquisme: les familiers de l'Inquisition en Andalousie au XVII siécle", en Cahiers au monde hispanique et luso brésilien, 27, 1976, pp. 63-71. Tal vez la prematura muerte de su hermano en 1620 frustrara la "carrera" inquisitorial de Pacheco. (17) En el libro III, cap. 9 (II, pp. 172-175) se comentan diversos errores de pintores, y se menciona, sin nombrarlo, a un pintor de Córdoba penintenciado por la Inquisición: "Podráseme preguntar si he observado algunas boberías o disparates, de malos pintores, y respondo: que muchas; y diré algunas que pasan la raya. En Córdoba tengo noticias que penitenciaron un pintor, porque pintó a Nuestra Señora al pie de la Cruz con verdugado y jubón de punta y toca azafranada y a San Juan con calzas atacadas y jubón con agujetas y, preguntado, qué le había movido a hacer semejante disparate, respondió: que se usaba ya pintar los santos a la marquesota. ¡Bien merecido castigo!". Otros procesos de artistas anteriores, como el de Esteban Jamete publicado por Domínguez Bordona (Proceso Inquisitorial contra el escultor Esteban Jamete, Madrid, 1933), o el de Simón Pereyns en Méjico, publicado por Manuel Toussaint ("Proceso y denuncias contra Simón Pereyns en la inquisición de México", Suplemento núm. 2 de los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, 1938); o los casos que estudia Virgilio Pinto Crespo ("La actitud de la Inquisición ante la iconografía sagrada. Tres ejemplos de su actuación", en Hispania Sacra, 1978-79, pp. 285-322), indican en general un interés muy escaso por las sutilezas de tipo iconográfico, y poco tienen que ver con el discurso erudito de Pacheco. No coincidimos, pues, en absoluto con el planteamiento del trabajo, por otra parte, bien documentado bibliográficamente, de Romeo de Maio, "Vasari, Pacheco e la Controriforma spagnola", en Il Vasari storiografo e artista, Florencia, 1974, pp. 449-456. No podemos discutir aquí con detalle el enfoque que tiene a presentar la Contrarreforma como una opción ideológica sin matices. En el aspecto que ahora nos ocupa De Maio no duda en inventar, pues no ofrece prueba alguna, las tareas de Pacheco en su "comisión": "Il suo compito era di una importanza singolare, dato che da lui dipendevano le licenze di emigrazione di artisti, l'esportazione di oggetti d'arte, la ratifica di progetti artistici per il Nuovo Mondo, di che Siviglia era la strada inevitabile". Y no vacila en concluir: "La miseria spirituale e la strumentalitá didascalica delle arti americane nei trent'anni ch'egli fu revisore sono imputabili anche a lui". (18) El documento del encargo de Marchena se publica en Rodríguez Marín, Francisco Pacheco, maestro de Velázquez, Madrid, 1923, pp. 38-40. Estas obras fueron encargadas con anterioridad a Vasco Pereira pero el contrato fue rescindido. Véase el exhaustivo trabajo de J. M. Serrera, "Vasco Pereira, un pintor portugués en la Sevilla del último tercio del siglo XVI", en Archivo Hispalense, 1987, pp. 197-239, en concreto pp. 216-217. No tenemos ningún testimonio seguro de la realización de estas pinturas en Marchena sino sólo el documento del encargo. Sobre las dos obras de la Academia de San Fernando véase Valdivieso-Serrera, Pintura Sevillana del primer tercio del siglo XVII, Madrid, 1985, p. 65 y p. 71. Sobre el San Ignacio véase Valdivieso-Serrera, op. cit., p. 90. Y sobre las dos obras sobre jaspe véase, Arte, II, pp. 92-93, y Valdivieso-Serrera, op. cit., p. 73.
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