CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 3. 1989
 

 

PRESENCIA ICONOGRÁFICA AMERICANA EN RELIEVES CANARIOS

Clementina Calero Ruiz

La influencia americana en Canarias se observa en numerosos campos de la cultura insular. Es en los retablos donde ésta se hace más evidente. En efecto, es digna de destacar en ellos la presencia, casi constante de decoraciones a base de frutos tropicales, localizados en arbotantes, orlas, cartelas, etc. Es de sobra conocido que de América el canario trajo infinidad de especies botánicas que se aclimataron perfectamente a las temperaturas y clima del archipiélago, como por ejemplo chirimoyas, mangos, aguacates, papayas, mameyes, chapotes, etc. Estas decoraciones se dan con tal profusión e intensidad que determinarán un abundante repertorio iconográfico, que llena toda la segunda mitad del siglo XVII y mediados del Setecientos, localizado especialmente y con mayor frecuencia en cuatro de las siete islas: Fuerteventura, Lanzarote, La Palma y Tenerife (1).

Lógicamente, tales representaciones tienen su punto de partida en las clásicas cornucopias y festones de flores y frutos, incorporados al repertorio renacentista y luego extendidas en el Barroco; decoración, por otro lado, que tomó carta de identidad en el Barroco Hispanoamericano, especialmente en la región andina de Bolivia y Perú (2), al igual que aconteció en las islas. Pero, en nuestro caso, dichos relieves, en su gran mayoría, no fueron ejecutados por maestros consagrados, sino por "carpinteros de pueblo", como los denomina el Dr. Trujillo Rodríguez (3), cayendo pues en lo que hemos denominado "arte popular", aunque ello no signifique, en ningún momento, que se le reste valor o importancia, todo lo contrario.

Por supuesto que ejemplos existen muchísimos repartidos por todo el archipiélago, pero sólo queremos mostrar los más significativos. Bien es verdad que guirnaldas de frutos o cestas, águilas con penachos de plumas que sostienen racimos, etc., son motivos comunes en las decoraciones del Renacimiento en adelante, a todos los niveles, más para el caso de Canarias, al igual que ocurre con otros tipos de manifestaciones, habría que interpretarlas de una manera completamente diferente. De hecho muchos de los frutos o verduras que, como elementos decorativos se observan en los retablos, son perfectamente identificables con los que, a menudo, aparecen en determinados cuadros de mestizaje mejicanos. Concretamente en algunos de los conservados actualmente en el Museo de América en Madrid, atribuidos unos a Miguel Cabrera (4) y otros anónimos -proceden de dos series diferentes-, se muestran naturalezas muertas, señalando ser "frutos de Nueva España", coincidiendo, en cuanto a representación, con los muchos que se han tallado en retablos isleños. Sin embargo, ello no significa que, en este caso en concreto, haya habido una fuente directa de inspiración, dado que dichas pinturas se fechan en el siglo XVIII y por lo tanto son posteriores a las piezas canarias, pero sí han servido a la hora de identificar determinadas especies frutales de dicha procedencia. Del mismo modo, muchos retablos venezolanos del período colonial presentan similares decoraciones, pero sus fechas son todas ellas posteriores (5). También en Colombia, en determinados retablos o púlpitos, han sido tallados cestos que contienen frutos.

¿Qué pueden significar los frutos en un contexto de arte sacro? Se ha señalado que éstos "tienen una motivación religiosa y representan la contribución de América al mundo sensual del Barroco" (6). José de Mesa y Teresa Gisbert de Mesa indican que "los motivos decorativos tomados del medio ambiente vegetal, tuvieron una motivación religiosa y no puramente naturalista, como suele afirmarse". Así pues, para una mayor comprensión de las decoraciones de flora hispanoamericana durante el barroco, se puede ilustrar con un fragmento literario de Francisco de la Maza: "Esto de las frutas en el barroco es, como en el gótico, no sólo un bello y fresco adorno, sino una ofrenda y un recuerdo de los beneficios de Dios. Quien se quede en la superficialidad de creer que es decoración pura y no vea en esta integración de la naturaleza y la arquitectura un consciente y auténtico sentido religioso, no comprenderá el barroco" (7). Según el grado de independencia de las fuentes europeas, diferentes zonas de América mostrarán interés, mayor o menor, por elementos tomados del medio ambiente, siendo el alto Perú y el Reino de Nueva Granada los primeros en mostrar tal predilección, aunque mucho más rica será la actual área de Colombia. Estos elementos comienzan a extenderse hacia mediados del siglo XVI, siendo la piña (Ananas Comosus) el género más usado, pues será uno de los elementos más representados en el arte neo?granadino, apareciendo en determinadas decoraciones de Tunja en el siglo XVII. También, a partir de esas fechas, aparecen aguacates (Persea Americana)., plátanos y papayas. Todos estos frutos tomarán, por decirlo de alguna manera, carta de naturaleza en la retablística canaria desde mediados del Seiscientos.

Por otro lado, la cultura hispanoamericana durante buena parte del siglo XVI vivió de espaldas al medio que la sustentaba, de modo que uno de los
aspectos que caracterizan a la llamada "Etapa de Madurez de la cultura barroca" es que, animada por un sentimiento cristiano, empiece a valorar lo autóctono incorporándolo a su concepción mística del mundo. El mismo Humboldt, cuando estudió el sentimiento de la naturaleza según las razas y los tiempos explicó: "El cristianismo preparó los espíritus para que buscasen en el orden del mundo y en las bellezas naturales, el testimonio de la grandeza y excelencia del Creador" (8).

Sin embargo, llegados a este punto, cabe plantearse un nuevo interrogante. En efecto, en América se incorporó lo autóctono, y en ese contexto se entiende que las tradicionales guirnaldas renacentistas se transformen y completen con frutas u otros elementos producidos por aquellos países, pero en Canarias, en los primeros momentos, dichas plantas no existían, e islas como Lanzarote y Fuerteventura, las más cercanas al continente africano, eran casi desérticas, con un suelo que no ofrece posibilidades para la implantación de dichos cultivos. Entonces, ¿cómo es que aparecen dichas representaciones tropicales en los retablos canarios? Es conocido que al archipiélago llegaban libros de viajes y relatos de viajeros, folletos, grabados, etc. Los relatos que llegaban del Nuevo Mundo, de las Indias como se las conocía entonces, lo describían como un continente rico y próspero, donde crecía toda suerte de frutos y plantas; para las mentes de aquellos canarios, aislados en el Atlántico, este continente se ofrecía ante sus ojos como un vergel, un Paraíso y, lógicamente animados ante tal oferta, muchos isleños, desde el siglo XVI en adelante, decidieron emigrar hasta aquellas tierras, y los que regresaron trajeron semillas que se aclimataron perfectamente a las islas occidentales, gracias a la temperatura y clima semejantes. Por otro lado, retomando la idea primera de ver en las bellezas de la naturaleza la excelencia de Dios, qué mejor ofrenda que colocar en los retablos frutos tropicales, considerados como lo mejor y más exquisito que había producido la creación, ubicándolos en los lugares más sobresalientes de los mismos: flanqueando los nichos principales, coronando los áticos o limitando los laterales de éstos.

Es por lo tanto, a modo de ofrenda, que los observamos en el pequeño retablo que dedicado a San Lorenzo, se localiza en la ermita de Nuestra Señora de la Peña, en Río de Palmas (Fuerteventura). La desproporción en el tamaño de las frutas es bastante notoria, de modo que el racimo de uvas y las granadas son semejantes en dimensiones a las peras, aguacates, papayas o chirimoyas, decoración que se reparte a ambos lados del único nicho y laterales del ático, acompañándose de una rica policromía. También en la misma isla, en el retablo mayor dedicado a Santo Domingo en Tetir, nos enfrentamos con motivos similares, pues la pieza, fechada a mediados del XVIII ofrece decoraciones frutales en torno a la hornacina central y arbotantes del ático. En Pájara, en el retablo de Nuestra Señora de Regla, las cartelas superiores se decoran con las consabidas frutas, mezcladas con abundante follaje de líneas curvas y ondulantes. Aunque quizás el ejemplo más claro lo ofrezca el retablo mayor de la parroquial de Santa María en Betancuria, pieza fechada en 1684. A ambos lados del remate, delicadamente se disponen gran cantidad de frutos, de entre los que destacan racimos de uvas, granadas, melones, aguacates, peras, etc., repitiéndose a lo largo de las guardamalletas; la viva policromía ayuda a la hora de identificar las especies talladas, dándole un cierto sabor popular a todo el conjunto (9).

Del mismo modo en la isla de Lanzarote se encuentran repertorios semejantes, destacando dos ejemplos de la villa de Teguise. Así el del retablo del "Cristo Predicador" del ex-convento dominico, presenta como remate amplias cestas de frutas, como las que se citan en Tunja, aparte de otras; mientras que el dedicado a San Antonio, en el ex?convento franciscano de: Miraflores, las presenta en torno al remate, pero tan ingenuamente talladas que el racimo de uvas, atendiendo a su forma, recuerda una característica "piña de millo", es decir, de maíz (10).

Semejantes motivos se localizan en La Palma y Tenerife, aunque el tallado y ejecución parecen más cuidados. Los racimos de frutos generalmente ocupan los áticos, aunque en otras ocasiones se mezclan, como un elemento más, en la menuda y variada decoración de ellos. Uno de los ejemplos más antiguos, puesto que data del siglo XVII, es el actual retablo de Nuestra Señora de Regla, en la iglesia de la Virgen de los Remedios de Los Llanos de Aridane. La ofrenda, en este caso sobre una bandeja, se coloca en el mismo centro de la pieza, identificándose especies como granadas, melones, peras o calabazas de agua, único caso de este tipo en la isla.

El retablo del Cristo en El Planto, en Santa Cruz de La Palma, ofrece, de nuevo, guirnaldas de frutos del trópico, que cuelgan de las orlas laterales a modo de cascadas de vivo colorido. Y otra vez, bordeando el nicho principal, el conocido repertorio de frutas se localiza en el retablo mayor del convento dominico de la capital palmera, fechado en 1703 (11).

En Tenerife, los motivos más antiguos se hallan en el conocido como "retablo de Montiel", en la iglesia del ex-convento agustino de Icod de los Vinos, fechado en 1660. La única y enorme hornacina aparece profusamente engalanada con productos del trópico. El Dr. Trujillo Rodríguez señaló que era éste uno de los primeros donde se incluían los ornamentos tropicales, aunque ello no significa que marque el punto cronológico exacto desde donde arranquen los mismos, sin embargo se ha observado que a partir de entonces será un compromiso casi constante para la mayor parte de los retablistas isleños (12). Dos magníficos racimos de uvas decoran los laterales y remate; el resto se compone del repertorio habitual.

Así, de nuevo, los encontramos en el ático del retablo mayor de la iglesia del Apóstol Santiago en el Realejo Alto. La pieza, fechada en 1680, coincide con la distribución del ya mentado retablo de Santa María de Betancuria, pues las consabidas infrutescencias se reparten en las cartelas superiores y laterales del mismo, habiendo sido talladas en sus más mínimos detalles. Otras piezas del mismo templo, como los dedicados a Nuestra Señora de los Remedios y Jesús Nazareno, fechados hacia 1684, muestran racimos de frutos, colocados en las orlas que flanquean los remates, al igual que el que conservaba la desaparecida iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, dedicado a la Virgen del Carmen.

A tenor de lo señalado se ha podido observar que, entre los motivos aparecen las granadas y a veces las manzanas, entre otros muchos y, aunque el idioma de varias frutas se ha perdido, sabemos que la manzana, y a veces, la granada, simbolizaban el árbol del Bien y del Mal (l3). Las frutas eran el símbolo de lo útil y agradable, señalando Julián Gállego que en primer lugar significaban el gusto y a veces, también virtudes. Prueba del sentido simbólico de éstas, y no fantasía, se observa en el inventario que Sánchez Coello en 1603 hizo al ingresar en la Cartuja, pues cita: "once cuadros de frutas, verduras, aves y flores", apuntando que éstas son "ofrenda a la Virgen" (14), y si bien con el Renacimiento humanista se las empleaba en guirnaldas, decorando triunfos, etc., para simbolizar la abundancia, en el Barroco serán las protagonistas, y si no baste recordar los magníficos bodegones y naturalezas muertas que la pintura del Siglo de Oro española nos ha dejado. Que frutos como el plátano simbolizaban la caridad; el melón, una de las obras de la naturaleza "donde mejor se afirma la sabiduría de la Providencia", y las uvas, la sangre de Cristo (15), pensamos que ello no es aplicable al caso canario en particular, por lo menos en alguno de ellos, creyendo, como en principio señalábamos, que se les tenía por lo mejor que la providencia había producido y era, a su vez, la mejor ofrenda que se podía hacer.

Del mismo modo algunas pinturas flamencas incorporaron frutos tropicales a su repertorio y, así se observa en la conservada en el Santuario del Cristo de La Laguna en Tenerife, donde se pintó a María con el Niño rodeados de una guirnalda con flores y frutos, pero entre éstos últimos aparece el plátano, como también se ha señalado para el caso canario. Éste, como símbolo de la caridad y fruto, por otro lado, dulce y exquisito, era uno de los mejores dones de la naturaleza, de aquí su inclusión.


NOTAS

(1) Alfonso Trujillo Rodríguez, "Elementos indianos en el retablo canario", II Coloquio de Historia Canario?Americano (1977), Las Palmas de Gran Canaria, 1979.

(21) Diego M., Angulo Íñiguez, Historia del Arte Hispanoamericano (3 vols.), Barcelona, 1956, t. II, cap. 3.°; t. III, cap. 12.°; Enrique Marco Dorta, La arquitectura barroca en el Perú, CSIC, Sevilla-Madrid, 1957, pp. 31 y ss.; Teresa Gisbert y José de Mesa, Arquitectura andina. Historia y análisis, La Paz, Bolivia, 1985.

(3) A. Trujillo Rodríguez, El retablo barroco en Canarias (2 vols.), Las Palmas de Gran Canaria, 1977, t. I, p. 89.

(4) Concepción García Sáiz, "Pinturas 'costumbristas' del mexicano Miguel Cabrera", Revista Goya, núm. 142, Madrid (1978), pp. 186-193.

(5) Graziano Gasparini y Carlos F. Duarte, Los retablos del período hispánico en Venezuela, Caracas, 1985.

(6) Santiago Sebastián López, José de Mesa Figueroa y Teresa Gisbert de Mesa, Arte Iberoamericano desde la colonización a la independencia. Summa Artis (primera parte), vol. XXVIII, Madrid, 1985, pp. 571-572.

(7) Idem, p. 443.

(8) Ibid.

(9) A. Trujillo Rodríguez, El retablo barroco..., op. cit., t. 1, p. 9.

(10) Lorenzo Betancort. "De mi cartera: El convento de la Madre de Dios de Miraflores, de Teguise", Revista de Historia, La Laguna (julio-septiembre de 1924), pp. 83?86.

(11) A. Trujillo Rodríguez, El retablo..., op. cit., t. I, p. 69.

(12) Idem, pp. 61-62.

(13) Julián Gállego, Visión y símbolos en la pintura española del Siglo de Oro, Madrid, 1984, p. 202.

(14) Idem, p. 204.

(15) J. A. Pérez Rioja, Diccionario de símbolos y mitos, Madrid, 1971, pp. 299, 355 y 411.


ILUSTRACIONES

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