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La influencia americana en Canarias
se observa en numerosos campos de la cultura insular. Es en los retablos
donde ésta se hace más evidente. En efecto, es digna de
destacar en ellos la presencia, casi constante de decoraciones a base
de frutos tropicales, localizados en arbotantes, orlas, cartelas, etc.
Es de sobra conocido que de América el canario trajo infinidad
de especies botánicas que se aclimataron perfectamente a las
temperaturas y clima del archipiélago, como por ejemplo chirimoyas,
mangos, aguacates, papayas, mameyes, chapotes, etc. Estas decoraciones
se dan con tal profusión e intensidad que determinarán
un abundante repertorio iconográfico, que llena toda la segunda
mitad del siglo XVII y mediados del Setecientos, localizado especialmente
y con mayor frecuencia en cuatro de las siete islas: Fuerteventura,
Lanzarote, La Palma y Tenerife (1). Lógicamente, tales representaciones
tienen su punto de partida en las clásicas cornucopias y festones
de flores y frutos, incorporados al repertorio renacentista y luego
extendidas en el Barroco; decoración, por otro lado, que tomó
carta de identidad en el Barroco Hispanoamericano, especialmente en
la región andina de Bolivia y Perú (2), al igual que aconteció
en las islas. Pero, en nuestro caso, dichos relieves, en su gran mayoría,
no fueron ejecutados por maestros consagrados, sino por "carpinteros
de pueblo", como los denomina el Dr. Trujillo Rodríguez
(3), cayendo pues en lo que hemos denominado "arte popular",
aunque ello no signifique, en ningún momento, que se le reste
valor o importancia, todo lo contrario. Por supuesto que ejemplos existen muchísimos
repartidos por todo el archipiélago, pero sólo queremos
mostrar los más significativos. Bien es verdad que guirnaldas
de frutos o cestas, águilas con penachos de plumas que sostienen
racimos, etc., son motivos comunes en las decoraciones del Renacimiento
en adelante, a todos los niveles, más para el caso de Canarias,
al igual que ocurre con otros tipos de manifestaciones, habría
que interpretarlas de una manera completamente diferente. De hecho muchos
de los frutos o verduras que, como elementos decorativos se observan
en los retablos, son perfectamente identificables con los que, a menudo,
aparecen en determinados cuadros de mestizaje mejicanos. Concretamente
en algunos de los conservados actualmente en el Museo de América
en Madrid, atribuidos unos a Miguel Cabrera (4) y otros anónimos
-proceden de dos series diferentes-, se muestran naturalezas muertas,
señalando ser "frutos de Nueva España", coincidiendo,
en cuanto a representación, con los muchos que se han tallado
en retablos isleños. Sin embargo, ello no significa que, en este
caso en concreto, haya habido una fuente directa de inspiración,
dado que dichas pinturas se fechan en el siglo XVIII y por lo tanto
son posteriores a las piezas canarias, pero sí han servido a
la hora de identificar determinadas especies frutales de dicha procedencia.
Del mismo modo, muchos retablos venezolanos del período colonial
presentan similares decoraciones, pero sus fechas son todas ellas posteriores
(5). También en Colombia, en determinados retablos o púlpitos,
han sido tallados cestos que contienen frutos. ¿Qué pueden significar
los frutos en un contexto de arte sacro? Se ha señalado que éstos
"tienen una motivación religiosa y representan la contribución
de América al mundo sensual del Barroco" (6). José
de Mesa y Teresa Gisbert de Mesa indican que "los motivos decorativos
tomados del medio ambiente vegetal, tuvieron una motivación religiosa
y no puramente naturalista, como suele afirmarse". Así pues,
para una mayor comprensión de las decoraciones de flora hispanoamericana
durante el barroco, se puede ilustrar con un fragmento literario de
Francisco de la Maza: "Esto de las frutas en el barroco es, como
en el gótico, no sólo un bello y fresco adorno, sino una
ofrenda y un recuerdo de los beneficios de Dios. Quien se quede en la
superficialidad de creer que es decoración pura y no vea en esta
integración de la naturaleza y la arquitectura un consciente
y auténtico sentido religioso, no comprenderá el barroco"
(7). Según el grado de independencia de las fuentes europeas,
diferentes zonas de América mostrarán interés,
mayor o menor, por elementos tomados del medio ambiente, siendo el alto
Perú y el Reino de Nueva Granada los primeros en mostrar tal
predilección, aunque mucho más rica será la actual
área de Colombia. Estos elementos comienzan a extenderse hacia
mediados del siglo XVI, siendo la piña (Ananas Comosus) el género
más usado, pues será uno de los elementos más representados
en el arte neo?granadino, apareciendo en determinadas decoraciones de
Tunja en el siglo XVII. También, a partir de esas fechas, aparecen
aguacates (Persea Americana)., plátanos y papayas. Todos estos
frutos tomarán, por decirlo de alguna manera, carta de naturaleza
en la retablística canaria desde mediados del Seiscientos. Por otro lado, la cultura hispanoamericana
durante buena parte del siglo XVI vivió de espaldas al medio
que la sustentaba, de modo que uno de los Sin embargo, llegados a este punto,
cabe plantearse un nuevo interrogante. En efecto, en América
se incorporó lo autóctono, y en ese contexto se entiende
que las tradicionales guirnaldas renacentistas se transformen y completen
con frutas u otros elementos producidos por aquellos países,
pero en Canarias, en los primeros momentos, dichas plantas no existían,
e islas como Lanzarote y Fuerteventura, las más cercanas al continente
africano, eran casi desérticas, con un suelo que no ofrece posibilidades
para la implantación de dichos cultivos. Entonces, ¿cómo
es que aparecen dichas representaciones tropicales en los retablos canarios?
Es conocido que al archipiélago llegaban libros de viajes y relatos
de viajeros, folletos, grabados, etc. Los relatos que llegaban del Nuevo
Mundo, de las Indias como se las conocía entonces, lo describían
como un continente rico y próspero, donde crecía toda
suerte de frutos y plantas; para las mentes de aquellos canarios, aislados
en el Atlántico, este continente se ofrecía ante sus ojos
como un vergel, un Paraíso y, lógicamente animados ante
tal oferta, muchos isleños, desde el siglo XVI en adelante, decidieron
emigrar hasta aquellas tierras, y los que regresaron trajeron semillas
que se aclimataron perfectamente a las islas occidentales, gracias a
la temperatura y clima semejantes. Por otro lado, retomando la idea
primera de ver en las bellezas de la naturaleza la excelencia de Dios,
qué mejor ofrenda que colocar en los retablos frutos tropicales,
considerados como lo mejor y más exquisito que había producido
la creación, ubicándolos en los lugares más sobresalientes
de los mismos: flanqueando los nichos principales, coronando los áticos
o limitando los laterales de éstos. Es por lo tanto, a modo de ofrenda,
que los observamos en el pequeño retablo que dedicado a San Lorenzo,
se localiza en la ermita de Nuestra Señora de la Peña,
en Río de Palmas (Fuerteventura). La desproporción en
el tamaño de las frutas es bastante notoria, de modo que el racimo
de uvas y las granadas son semejantes en dimensiones a las peras, aguacates,
papayas o chirimoyas, decoración que se reparte a ambos lados
del único nicho y laterales del ático, acompañándose
de una rica policromía. También en la misma isla, en el
retablo mayor dedicado a Santo Domingo en Tetir, nos enfrentamos con
motivos similares, pues la pieza, fechada a mediados del XVIII ofrece
decoraciones frutales en torno a la hornacina central y arbotantes del
ático. En Pájara, en el retablo de Nuestra Señora
de Regla, las cartelas superiores se decoran con las consabidas frutas,
mezcladas con abundante follaje de líneas curvas y ondulantes.
Aunque quizás el ejemplo más claro lo ofrezca el retablo
mayor de la parroquial de Santa María en Betancuria, pieza fechada
en 1684. A ambos lados del remate, delicadamente se disponen gran cantidad
de frutos, de entre los que destacan racimos de uvas, granadas, melones,
aguacates, peras, etc., repitiéndose a lo largo de las guardamalletas;
la viva policromía ayuda a la hora de identificar las especies
talladas, dándole un cierto sabor popular a todo el conjunto
(9). Del mismo modo en la isla de Lanzarote
se encuentran repertorios semejantes, destacando dos ejemplos de la
villa de Teguise. Así el del retablo del "Cristo Predicador"
del ex-convento dominico, presenta como remate amplias cestas de frutas,
como las que se citan en Tunja, aparte de otras; mientras que el dedicado
a San Antonio, en el ex?convento franciscano de: Miraflores, las presenta
en torno al remate, pero tan ingenuamente talladas que el racimo de
uvas, atendiendo a su forma, recuerda una característica "piña
de millo", es decir, de maíz (10). Semejantes motivos se localizan en La
Palma y Tenerife, aunque el tallado y ejecución parecen más
cuidados. Los racimos de frutos generalmente ocupan los áticos,
aunque en otras ocasiones se mezclan, como un elemento más, en
la menuda y variada decoración de ellos. Uno de los ejemplos
más antiguos, puesto que data del siglo XVII, es el actual retablo
de Nuestra Señora de Regla, en la iglesia de la Virgen de los
Remedios de Los Llanos de Aridane. La ofrenda, en este caso sobre una
bandeja, se coloca en el mismo centro de la pieza, identificándose
especies como granadas, melones, peras o calabazas de agua, único
caso de este tipo en la isla. El retablo del Cristo en El Planto,
en Santa Cruz de La Palma, ofrece, de nuevo, guirnaldas de frutos del
trópico, que cuelgan de las orlas laterales a modo de cascadas
de vivo colorido. Y otra vez, bordeando el nicho principal, el conocido
repertorio de frutas se localiza en el retablo mayor del convento dominico
de la capital palmera, fechado en 1703 (11). En Tenerife, los motivos más
antiguos se hallan en el conocido como "retablo de Montiel",
en la iglesia del ex-convento agustino de Icod de los Vinos, fechado
en 1660. La única y enorme hornacina aparece profusamente engalanada
con productos del trópico. El Dr. Trujillo Rodríguez señaló
que era éste uno de los primeros donde se incluían los
ornamentos tropicales, aunque ello no significa que marque el punto
cronológico exacto desde donde arranquen los mismos, sin embargo
se ha observado que a partir de entonces será un compromiso casi
constante para la mayor parte de los retablistas isleños (12).
Dos magníficos racimos de uvas decoran los laterales y remate;
el resto se compone del repertorio habitual. Así, de nuevo, los encontramos
en el ático del retablo mayor de la iglesia del Apóstol
Santiago en el Realejo Alto. La pieza, fechada en 1680, coincide con
la distribución del ya mentado retablo de Santa María
de Betancuria, pues las consabidas infrutescencias se reparten en las
cartelas superiores y laterales del mismo, habiendo sido talladas en
sus más mínimos detalles. Otras piezas del mismo templo,
como los dedicados a Nuestra Señora de los Remedios y Jesús
Nazareno, fechados hacia 1684, muestran racimos de frutos, colocados
en las orlas que flanquean los remates, al igual que el que conservaba
la desaparecida iglesia de Nuestra Señora de la Concepción,
dedicado a la Virgen del Carmen. A tenor de lo señalado se ha
podido observar que, entre los motivos aparecen las granadas y a veces
las manzanas, entre otros muchos y, aunque el idioma de varias frutas
se ha perdido, sabemos que la manzana, y a veces, la granada, simbolizaban
el árbol del Bien y del Mal (l3). Las frutas eran el símbolo
de lo útil y agradable, señalando Julián Gállego
que en primer lugar significaban el gusto y a veces, también
virtudes. Prueba del sentido simbólico de éstas, y no
fantasía, se observa en el inventario que Sánchez Coello
en 1603 hizo al ingresar en la Cartuja, pues cita: "once cuadros
de frutas, verduras, aves y flores", apuntando que éstas
son "ofrenda a la Virgen" (14), y si bien con el Renacimiento
humanista se las empleaba en guirnaldas, decorando triunfos, etc., para
simbolizar la abundancia, en el Barroco serán las protagonistas,
y si no baste recordar los magníficos bodegones y naturalezas
muertas que la pintura del Siglo de Oro española nos ha dejado.
Que frutos como el plátano simbolizaban la caridad; el melón,
una de las obras de la naturaleza "donde mejor se afirma la sabiduría
de la Providencia", y las uvas, la sangre de Cristo (15), pensamos
que ello no es aplicable al caso canario en particular, por lo menos
en alguno de ellos, creyendo, como en principio señalábamos,
que se les tenía por lo mejor que la providencia había
producido y era, a su vez, la mejor ofrenda que se podía hacer. Del mismo modo algunas pinturas flamencas incorporaron frutos tropicales a su repertorio y, así se observa en la conservada en el Santuario del Cristo de La Laguna en Tenerife, donde se pintó a María con el Niño rodeados de una guirnalda con flores y frutos, pero entre éstos últimos aparece el plátano, como también se ha señalado para el caso canario. Éste, como símbolo de la caridad y fruto, por otro lado, dulce y exquisito, era uno de los mejores dones de la naturaleza, de aquí su inclusión.
(1) Alfonso Trujillo Rodríguez, "Elementos indianos en el retablo canario", II Coloquio de Historia Canario?Americano (1977), Las Palmas de Gran Canaria, 1979. (21) Diego M., Angulo Íñiguez, Historia del Arte Hispanoamericano (3 vols.), Barcelona, 1956, t. II, cap. 3.°; t. III, cap. 12.°; Enrique Marco Dorta, La arquitectura barroca en el Perú, CSIC, Sevilla-Madrid, 1957, pp. 31 y ss.; Teresa Gisbert y José de Mesa, Arquitectura andina. Historia y análisis, La Paz, Bolivia, 1985. (3) A. Trujillo Rodríguez, El retablo barroco en Canarias (2 vols.), Las Palmas de Gran Canaria, 1977, t. I, p. 89. (4) Concepción García Sáiz, "Pinturas 'costumbristas' del mexicano Miguel Cabrera", Revista Goya, núm. 142, Madrid (1978), pp. 186-193. (5) Graziano Gasparini y Carlos F. Duarte, Los retablos del período hispánico en Venezuela, Caracas, 1985. (6) Santiago Sebastián López, José de Mesa Figueroa y Teresa Gisbert de Mesa, Arte Iberoamericano desde la colonización a la independencia. Summa Artis (primera parte), vol. XXVIII, Madrid, 1985, pp. 571-572. (7) Idem, p. 443. (8) Ibid. (9) A. Trujillo Rodríguez, El retablo barroco..., op. cit., t. 1, p. 9. (10) Lorenzo Betancort. "De mi cartera: El convento de la Madre de Dios de Miraflores, de Teguise", Revista de Historia, La Laguna (julio-septiembre de 1924), pp. 83?86. (11) A. Trujillo Rodríguez, El retablo..., op. cit., t. I, p. 69. (12) Idem, pp. 61-62. (13) Julián Gállego, Visión y símbolos en la pintura española del Siglo de Oro, Madrid, 1984, p. 202. (14) Idem, p. 204. (15) J. A. Pérez Rioja, Diccionario de símbolos y
mitos, Madrid, 1971, pp. 299, 355 y 411. ILUSTRACIONES Lámina 1 - Lámina 2 - Lámina 3 - Lámina 4
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