CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 3. 1989
 

 

SANTO DOMINGO EN LA PINTURA ZURBARANESCA. EN TORNO A UNA NUEVA OBRA DE TEMA DOMINICANO

Carlos García Peña

Ha llegado a mis manos la fotografía, y con ella las primeras noticias, de una pintura hasta ahora prácticamente desconocida que se encuentra en una colección sevillana, teniéndola por obra de Zurbarán sus propietarios en cuya familia ha estado este cuadro desde hace, por lo menos, cien años.

Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo de 156 X 107 cms. en buen estado de conservación, ya que sólo presenta un pequeño desgarro, apenas visible, en la parte superior derecha y pequeños desconchados a lo largo de los bordes laterales e inferior; parece que ha sido objeto de leves retoques en zonas sombreadas del rostro y otras partes menos importantes, esto seguramente en 1905, según veremos, pero que no afectan para nada a la integridad de la pintura.

La remoción de barnices y limpieza general sería aconsejable para apreciar justamente las zonas pintadas en blanco y en negro. El lienzo es grueso y regular, y creo que debe tratarse del original, aunque el bastidor primitivo parece haber sido reemplazado por otro.

Representa a Santo Domingo de Guzmán, de frente, de busto prolongado, de tamaño mayor que el natural y vestido con el hábito de la orden de la que es fundador. La cabeza, ligeramente vuelta e inclinada hacia su derecha, se presenta de tres cuartos y rodeada de un sutil nimbo luminoso circular. El rostro, con barba bífida, es de gran dulzura merced a los grandes ojos oscuros que se dirigen hacia su izquierda; las mejillas sonrosadas y los carnosos y breves labios le dan un aspecto juvenil. Las manos, que se modelan con vigor, se presentan posada la diestra sobre el pecho cubierto por la negra esclavina, mientras la izquierda sostiene con delicadeza la simbólica vara de azucenas, que apoya en el hombro. El fondo presenta de forma continuada un celaje con nubes diagonales.

Como puede verse, desde el punto de vista iconográfico la obra es de gran sencillez compositiva, pues, excepto las azucenas, ninguno de los otros símbolos dominicanos como el libro, el sol sobre el pecho, el can con la antorcha en la boca, la esfera, el rosario, aparece aquí. Este conjunto de símbolos iría creándose a lo largo de la dilatada historia iconográfica del santo español cuya devoción estuvo especialmente extendida en nuestro país, principalmente por la amplitud de la difusión de la orden dominicana en España y por estar el rezo habitual del rosario entre las más practicadas devociones populares.

Los pintores del siglo XVII, como habían hecho sus antecesores, tuvieron que representarle en numerosas ocasiones -como puede verificarse haciendo un simple recorrido por los índices temáticos de las historias generales de la pintura española de este período- repitiéndose quizá más que otras, la escena en que el santo recoge el rosario de manos de la Virgen; menos frecuentes son otros pasajes de su vida que sólo figuran en los conjuntos o ciclos ejecutados para iglesias o conventos de la orden; no faltan aquellas composiciones que lo presentan junto al " poverello" de Asís, con seguridad el santo más representado de toda la hagiografía barroca; otras veces forma parte de cortes celestes en las apoteosis o triunfos (de santos, de la Eucaristía, etc.). Puede decirse, además, que sus representaciones individuales para retablos de iglesias, monasterios y oratorios o casas privadas debieron ser, y aún lo son, legión en esta época tan fecunda; aunque hay que advertir que la popularidad del santo -como todas- se vio afectada por acontecimientos ocurridos en época muy distante de la de su vida.

Nacido entre 1170 y 1175 en Caleruega, Domingo de Guzmán realiza en los primeros años del siglo xlii un viaje a Dinamarca que había de marcar su trayectoria futura y la de sus numerosos seguidores; al atravesar el condado de Toulouse comprueba los estragos espirituales que en los habitantes de la región han producido la heterodoxia albigense y valdense y decide consagrarse a la predicación itinerante en la pobreza mendicante. La orden dominicana es aprobada por Honorio III en 1216 por su bula Religiosam Vitam, y su difusión europea en los primeros tiempos es espectacular. Su especialización en temas teológicos va a darles indiscutible autoridad a lo largo de siglos.

Aunque después de Trento la "fuerza de choque" de la Iglesia había de ser principalmente la que constituían los jesuitas, no puede ignorarse la importancia que siguió teniendo la orden de predicadores y no es de extrañar el enfrentamiento que entre ambas comunidades se producirá en el siglo XVII; Domínguez Ortiz lo refiere así: "Por aquí chocaron los dominicos, que pretendían tener el primado en sabiduría teológica; de este enfrentamiento (que engendraba rencores más tenaces que los de índole económica) nacieron las interminables disputas de auxiliis, que se movían dentro de un limitado círculo de especialistas. En cambio, las controversias sobre la inmaculada concepción de María causaron a los dominicos una apreciable pérdida de popularidad" (1). Ésta debió hacerse especialmente sensible después de los escándalos que con el citado motivo inmaculadista se suscitan en los años 1615 y 1616, que trascienden los niveles puramente eclesiásticos.

Cabría preguntarse si, a raíz de estos sucesos, el desprestigio de la orden dominicana (anti-inmaculadista) afectó también a la figura de su fundador, si este descenso de popularidad pudo suponer que los encargos de pinturas de devoción dominicana sufrieran una considerable merma a partir de esas fechas. No sé si puede considerarse significativo el hecho de que de un artista tan dedicado a producir pintura religiosa como lo es Murillo no tengamos ni una sola en que Santo Domingo sea el protagonista o tema único; en su catálogo de la obra del pintor, Angulo (2) reseña ocho cuadros en que el santo está como figura central pero todas en el apartado destinado a "obras discutibles".

No está de más recordar el tópico de que es Murillo, justamente, el pintor que se consideró más cualificado para expresar la devoción popular por el misterio de la Inmaculada.

Puede afirmarse, por tanto, que en ciertos sectores el santo español no debía resultar precisamente "simpático", sectores quizá entre los que estarían los posibles clientes de obras devocionales.

Hay aún una cuestión estética alrededor de las representaciones de dominicos que no pasó desapercibida a la aguda observación de doña María Luisa Caturla, para quien "pintar un dominico debió significar algo embarazoso hasta para Zurbarán (desentendido de la pintura de 'valores')", a causa de "la dureza del hábito dominicano" (3). Éste, en efecto, con su blanca túnica y esclavina y capa negras producían un contraste cromático violento, difícil de armonizar y de efectos visuales un tanto chocantes que los artistas, lógicamente, trataron de evitar. Sabemos, sin embargo, que la libertad de elección de temas por parte de los artistas estaba en gran medida condicionada por el gusto y las exigencias de la clientela.

Aunque no muy frecuente, Zurbarán puso algunas veces sus pinceles al servicio de los temas dominicanos, para cantar las grandezas de la orden en composiciones de mayor empeño pero con menor brío cuando se trata de efigiar al fundador. "Santo Domingo no estaba representado sino por telas secundarias, de incierta procedencia y de atribución discutible o que se insertan en las series de "fundadores". Zurbarán no los ha marcado con una huella personal, como El Greco (no obstante, más frecuentemente inspirado por San Francisco) había logrado hacerlo" (4) .

Entre los cuadros que se citan en los textos y cuyo paradero es desconocido hay que buscar a veces las identificaciones de obras nuevas. En este caso, la búsqueda no ha sido fructuosa.

En sus anotaciones a Ceán, recoge Guinard lo que aquél dice de sus cuadritos que figuraban bajo el gran cuadro del altar mayor del colegio de Santo Tomás de Sevilla y que representaban a "seis santos de medio cuerpo de la religión de Santo Domingo" (5) . Estaríamos tentados de identificar este Santo Domingo con uno de estos seis cuadritos del basamento del altar de Santo Tomás entre los que lógicamente habría de figurar el del fundador de la orden; ya se sabe que las medidas que suelen darse en los textos de esta época, la de Ceán, son a veces aproximadas, pero en este caso desanima la calificación de "cuadritos" y es difícil creer que se pudieran atribuir unas medidas de 63 X 42 cms. aproximadamente a una pintura que tiene bastante más del doble. Hay, pues, que rechazar esta hipótesis.

En la memoria manuscrita, de 1732, sobre las pinturas del convento de la Merced Calzada de Sevilla, cita Guinard (6) los datos referentes a pinturas, situadas en los ángulos del claustro, de ocho fundadores de órdenes, de medio cuerpo, de forma ovalada y, al no aparecer ninguna otra referencia ni rastro posterior de dichas pinturas, se pregunta si no se tratará de un error. Salvando la indicación de la forma ovalada (en verdad extraña para una serie que ha de adornar un claustro), que, efectivamente, puede tratarse de transcripción errónea, cabría preguntarse si nuestro Santo Domingo podría ser uno de ellos. La fecha de 1630-1635 que aparece para esta serie no creo que corresponda al estilo del nuestro si lo consideramos obra de Zurbarán.

Podría pensarse en uno de los que cita Ceán en el convento dominico de San Pablo, de Córdoba, como "varios santos de cuerpo entero junto a la escalera principal y en otros sitios de este convento" (7) sin excluirle la posibilidad por nombrarlos como "de cuerpo entero" ya que la vaguedad de la cita sin decir número, medidas ni tema permite pensar también que se trata de una ligereza de apreciación global, existiendo además la certeza de que en un convento de la religión de Santo Domingo la representación de éste era tema obligado. Tampoco sería inconveniente la procedencia cordobesa, pues la seguridad de su permanencia en poder de esta familia en Sevilla se remonta, como indiqué, a unos cien años, pero nada se sabe de su emplazamiento originario.

Once son las representaciones catalogadas por Guinard de Santo Domingo en que éste aparece como figura única, de ellas unas se dan como seguras o bastante probables de su mano, otras como obras de taller. Existen, además, composiciones con más figuras, como las dos del conjunto de San Pablo; en una el santo aparece como orante tras el postrado Reginaldo de Orleáns y su tipo físico recuerda, aunque más delgado, al que presento aquí. En la otra escena, en que la Virgen visita milagrosamente al monje soriano para traerle una imagen del propio Santo Domingo, se representa a éste en un interesante, y muy reiterado, caso de "cuadro dentro del cuadro" con bastantes similitudes con el nuestro (posición frontal y gran simplicidad en los pliegues del hábito, nimbo en forma circular, azucenas en la mano izquierda), aunque son también numerosas las diferencias, sobre todo en lo que atañe a las facciones. Las coincidencias se explican por lo que ambas representaciones tienen de "icono".

Otras dos escenas son las que se conservan en la colección del duque de Dalmacia, de formato pequeño y cuyo protagonista parece ser el mismo santo.

En la Apoteosis de Santo Tomás del museo de Sevilla se halla representado en la gloria sentado junto al Padre Eterno.

Entre los de figura única, citados más arriba, ocho son de cuerpo entero, de frente o de tres cuartos; sólo tres son de busto y dos de ellos llevan la cabeza cubierta, la actitud de las manos difiere en todos: sostienen azucenas, libro o se unen ante el techo en actitud orante. El que se conserva en el Rectorado de la Universidad Hispalense, de tres cuartos, portando libro y azucenas, es el que más puede asemejarse al nuestro por sus medidas (150X100 cms.), aunque su calidad es notablemente inferior, por lo que Guinard lo considera obra de taller (8).

Además de lo visto hasta aquí, Gudiol (9) presenta un Santo Domingo iconográficamente parecido, aunque con adiciones de poca importancia en las esquinas de la derecha y mucho más pequeño pero coincidiendo en la forma del nimbo. No es obra bella ni parece de gran calidad.

Otra, en el mismo catálogo (10), está más cercana a las ya citadas figuras de cuerpo entero, también de calidad mediocre, con las manos juntas ante el pecho en actitud de oración.

Aunque representando a Santo Tomás, es relacionable con la nuestra la que dio a conocer Pemán (11) en su artículo sobre pinturas zurbaranescas en Cádiz. De frente, de busto prolongado, vestido de dominico y con postura de cabeza y mirada semejante a ésta; no se dan las medidas y lo califica como "uno de esos cuadros de "fórmula" netamente zurbaranesca que hemos de mantener bajo la responsabilidad del maestro, por sólidos y típicos, mientras no sean más conocidas las individualidades de sus epígonos". Desde que estas palabras fueron escritas se han hecho distintos intentos de aproximación a las figuras veladas tras el término genérico de taller de Zurbarán, pero todavía las inseguridades son amplias.

Como es bien sabido, la abundancia de encargos lleva a los artistas a contar con la colaboración de ayudantes de personalidad más o menos acusada pero que siempre tratan de asimilar la del maestro, planteando por ello graves problemas -a veces insolubles- a la investigación que trata de deslindar los campos de acción de maestro y taller. Los medios técnicos, elementales o complejos que el estudioso usa, como luces rasantes, radiografías, rayos ultravioleta, análisis de soportes o pigmentos, estratigrafia de la capa pictórica y otros son, indudablemente, valiosos auxiliares para revelar dataciones aproximadas, falsificaciones, restauraciones y repintes, etc., pero difícilmente puede establecerse a partir de los datos que estos medios aportan la atribución indiscutible a una mano concreta, teniéndose casi siempre que recurrir a los tradicionales criterios estilísticos y de calidad, cuando se carece de la necesaria documentación.

A todo lo dicho hay que añadir que, con demasiada frecuencia un mismo cuadro se realizaba con colaboración de varios pintores del taller, lo que explica en algunas obras las diferencias de calidad entre sus distintas partes.

El examen de la obra no ha revelado la existencia de firma o inscripción orientadora, cosa nada extraña, por otra parte, pues ninguno de los otros santos domingos conocidos la llevan. Es, por tanto, necesario recurrir al examen formal para admitir un juicio valorativo que, en cualquier caso, ha de tomarse como provisional.

Zurbarán, que tantas veces ha presentado los hechos portentosos como escenas cotidianas, que ha hurtado los elementos que suelen configurar las escenas celestiales o místicas, nos presenta también a sus figuras aisladas de santos con los atributos mínimos para caracterizarlos como tales. En muchos casos nada de éxtasis, nada de deliquios místicos, sólo personas, sólo figuras estatuarias que se colocan ante el espectador o se desplazan ante él como las imágenes devocionales sobre sus andas, como la serie de santas andariegas que tantas interpretaciones han suscitado; ensimismadas unas veces o dirigiendo su mirada hacia el espectador, estas figuras solitarias imponen su estar delante de nuestros ojos como -parafraseando a Caturla- en un " trompe-l'oeil a lo santo" y es, precisamente, la neutralidad de los fondos lo que contribuye de forma decisiva a hacer presentes a estas figuras, intención final de algunos pintores del barroco naturalista.

Ya en la primera de las representaciones de Santo Domingo que conocemos, el del retrato en Soriano, de 1626-1627 nos lo presenta contra un paisaje de horizonte muy bajo -tan habitual después en sus composiciones de este tipo- de tal manera que si cortásemos su figura a la altura de la aquí presentada el resultado sería un fondo neutro muy semejante.

Estos fondos claros se hacen más frecuentes desde la década de los cuarenta, como aparece en el San Antonio de Padua con el Niño y en el San Nicolás de Tolentino, ambos en la colección Huart de Cádiz, que Guinard (12) como Angulo fecharon en torno a 1640, o con el San Diego de Alcalá, de fondo aún más luminoso y simple, del museo Lázaro Galdiano.

Creo que es con estos santos, fundamentalmente con el último citado, con los que habría que conectar este nuestro; en efecto, la intensidad de la mirada en un rostro que, para zurbaranesco es agraciado en exceso, hace a esta imagen más presente y viva y esta presencia se reafirma por el forzado primer plano y la carencia de elementos compositivos que distraigan. Ningún otro más desprovisto de atributos -solas las azucenas- ni de manos más estáticas; de estas manos, sin embargo, pintadas soberbiamente, se desprende la fuerza de lo verdadero. Es difícil encontrar, incluso en la producción del maestro extremeño una obra más plena de contención, más "elemental" y sosegada.

Hay que advertir, asimismo, que la presencia de esta figura es meramente física; sus grandes ojos no se dirigen a objeto alguno en el plano del espectador, nada llama desde éste su atención; van hacia otros espacios interiores.

De todo lo dicho debe inferirse que la obra que nos ocupa se ha de situar en los contextos artísticos descritos, aunque fuera de la obra del maestro de Fuente de Cantos.

Por la seguridad del dibujo, plegado delantero y factura de bocamangas del hábito, vigor en el modelado de las manos, disposición de las azucenas, existencia de nimbo circular y tipo de cabeza, es a la personalidad artística de Juan del Castillo en su madurez plena a la que con mayor verosimilitud podría atribuirse esta pintura. En efecto, no parece estar muy lejana de la efigie del Santo Domingo en Soriano, de este artista sevillano, en la iglesia de Madre de Dios en esta ciudad, "donde las figuras se hacen eco de la solemnidad del arte de Zurbarán, dominante en estos años en Sevilla" (13) Pienso, igualmente, en la posibilidad de que el modelo usado para el rostro de nuestro Santo Domingo sea el mismo que el de San Juan de Patmos de la iglesia de La O, de la misma localidad (14) y que se data también hacia 1635.

No conozco más documentos sobre esta pintura que cuatro folios manuscritos, fechados en Sevilla el 22 de abril de 1905, firmados por don José de Escacena y Diéguez, "Artista pintor y Restaurador de cuadros antiguos", en que éste emite un informe pericial sobre la misma. Afirma que ha removido repintes anteriores, que ha limpiado el cuadro y lo ha examinado atentamente en cuanto a calidad del lienzo que cree del mismo tipo de los empleados en obras seguras de Zurbarán; "por la general factura, peculiar estilo, plegado de las telas del hábito, manera franca y valiente en la ejecución, colorido del mismo, especialmente del negro, blanco y carmín, espesor y batido de la masa de color, huella marcada de pincel y demás rasgos", concluye que se trata de obra autógrafa de Zurbarán con exclusión de sus discípulos más cualificados, citando y argumentando en contra de la atribución a Polanco, Ayala y Castillo Saavedra. Aunque ya he expresado mi punto de vista diferente, he de admitir la fina percepción del señor Escacena. El dicho manuscrito se encuentra en poder de los actuales propietarios del cuadro.

 

NOTAS

(1) A. Domínguez Ortiz, Historia de la Iglesia en España, dirigida por R. García Villoslada, IV, Madrid, 1979, p. 52.

(2) D. Angulo Íñiguez, Murillo, t. II, Madrid, 1981, p. 480.

(3) M.a L. Caturla, "Ternura y primor de Zurbaránu, Goya, núm. 30, 1969.

(4) P. Guinard, Zurbnrán y los pintores españoles de la vida monástica, Madrid, 1967, p. 125.

(5) íd., "Los conjuntos dispersos o desaparecidos de Zurbarán. Anotaciones a Ceán Bermúdez", A.E.A., 1946, pp. 249-273.

(6) id., Zurbarrín y los pintores..., pp. 333-334.

(7) J. A. Ceán Bermúdez, Diccionario ..., VI, Madrid, 1965, (ed. Facsímil, 1800), p. 51.

(8) P. Guinard, Zurbarán y los pintores..., cat. 316, p. 432; dice él: "Es obra de taller, algo vulgar y seca, pero interesante; tratada en grandes planos, en estilo de fresco; la figura tiene aspecto medieval."
J. Gudiol, "Catálogo", en J. Gallego y J. Gudiol, Zurbarán, cat. núm. 402, la sitúa entre 1641-1658.

(9) íd., Zurbarán, Barcelona, 1976, cat. núm. 42, lo sitúa en Barcelona en Arteuropa.

(10) Ibid., cat. núm. 417, en la colección de Ricardo viñas de Barcelona; no indica medidas.

(11) C. Pemán, "Zurbarán y el arte zurbaranesco en colecciones gaditanas", A.E.A., 1946, pp. 160-168.

(12) P. Guinard, Zurbarán y los pintores..., cat. núm. 391, p. 449.

(13) E. Valdivieso y J. M. Serrera, Pintura sevillana del primer tercio del siglo XVII, Madrid, 1985, p. 308, lám. 257.

(14) Ibíd., lám. 259.


ILUSTRACIONES

LÁMINA 1 - LÁMINA 2