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El gran retablo mayor de la catedral de Astorga, contratado con Gaspar Becerra el 8 de agosto de 1558 (1) y policromado por Gaspar de Hoyos y Gaspar Palencia, que escrituraron su trabajo el 5 de diciembre de 1569 (2), es indiscutiblemente pieza clave del manierismo escultórico español con raíz en el hacer del Buonarroti. Desde siempre citado con elogio (3) y reconocida su influencia como punto de partida de un nuevo modo de concebir el retablo a base de una clara y ordenada traza en la que se combinan "columnas, órdenes clásicos, entablamentos y frontones siguiendo una forma académica y clasicista" (4); sin embargo, no han sido muchos los estudios detenidos sobre él (5), quedando bastantes interrogantes abiertos y algunas puntualizaciones que hacer en relación con su iconografía. Nos concretamos en esta ocasión a la predela en la que se representaron cuatro virtudes cuyas actitudes, como bien ha subrayado el profesor Martín González (6), traen el recuerdo de los sepulcros de los Médicis, y también de algunas figuras de los ángulos del techo de la Sixtina. LA ICONOGRAFÍA DEL RETABLO El documento contractual no consigna el contenido temático
del retablo, a excepción de la imagen de la Asunción de
María que como titular de la Iglesia astorgana era imprescindible,
del Calvario del remate y de la Resurrección de Jesús
en la portezuela del Sagrario. El resto lo señalaría el
Cabildo en la traza. El razonado y preciso programa propuesto que Becerra
traducirá con acierto en escenas equilibradas, muchas de las
cuales tienen precedentes en el arte de Miguel Ángel, es claramente
mariano como convenía a la advocación titular. 14 temas
desde el abrazo en la Puerta Dorada hasta la Coronación de Nuestra
Señora se ofrecen como 14 páginas en las que leer la vita
Mariae tal como se deduce de los textos evangélicos y de
la fe de la Iglesia. A esta trama principal de exaltación mariana se añaden cuatro representaciones de virtudes en la predela e imágenes de bulto representando apóstoles y diversos santos en las entrecalles y en el remate del retablo, desconectados del programa principal. El nexo de unión de virtudes, santos y vida de María sólo se encuentra en el común denominador de una intencional adhesión a las doctrinas que el Concilio de Trento reafirma frente a la Reforma: exaltación de María, culto a los santos y práctica de las virtudes (7). Pues aunque ciertamente, como quiere Kirschbaum (8), el Concilio no sea el creador de un nuevo contenido, sí ejerce una bien comprobable influencia a la hora de retomar viejos temas o de enfatizar sobre determinados programas (9). LA ASTORGA CONTRARREFORMISTA Dado que son los comitentes, obispo y cabildo, los encargados
de señalar la temática, es obligado preguntarse por el
grado de "contrarreformismo" en el que viven y que fundamenta
la intencionalidad que suponemos en el programa del retablo como expresión
de doctrinas trentinas. Los obispos Pedro de Acuña y Avellaneda (1548-1554)
y Diego Sarmiento de Sotomayor (1555-1571) toman parte en las tareas
conciliares (10), allí se muestran partidarios decididos de lo
que el Concilio alienta y a su regreso el obispo Acuña convoca
del 16 al 20 de julio de 1553 un Sínodo "que se hace amplio
eco de la legislación tridentina" (11). Se puede afirmar
que tiene como misión precisamente aplicar al ámbito de
la diócesis las doctrinas reformadoras del Concilio. En este contexto suponer que el arte sirva como colaborador en la "catequización" no es nada forzado y más cuando la catedral, como primera iglesia de la diócesis, debe marcar la pauta y servir de estímulo. LA ICONOGRAFIA DE LA PREDELA Como quizá es bien sabido, el retablo asturicense
está constituido por un banco o predela, tres cuerpos y ático;
verticalmente consta de cinco calles, la central se destaca por el bulto
redondo de sus tallas y la mayor proporción respecto a las demás. La custodia o sagrario ocupa, de la calle central, el
espacio correspondiente al banco y al primer cuerpo de las restantes
calles, que ofrecerán en la predela -espacio rectangular que
obliga a disponer las figuras recostadas buscando la horizontalidad-
cuatro musculosas figuras femeninas representando otras tantas virtudes
cuya identificación no es coincidente en los autores que del
retablo han escrito, debido quizá a la ambigüedad de algunos
símbolos y ver a priori un preconcebido esquema de virtudes que
no siempre se cumple, al haber existido distinto criterio en la programación.
Así, y siguiendo un orden siempre de izquierda a derecha según
se encuentran ubicadas en el retablo, Ponz (12) las identificaría
como CARIDAD-FE / / ESPERANZA-VIGILANCIA, esta última con dudas.
Coincide con él José María Luengo que no duda en
lo relacionado con la cuarta virtud (13).Juan José Martín
González (14), al que siguen los más de los divulgadores
del retablo (15), propone el esquema CARIDAD-FE / / PRUDENCIA-ESPERANZA.
Si las dos primeras no ofrecen duda por su bien conocida y habitual
forma de representarlas, son las otras las que necesitan una clarificación,
que en este caso nos la ofrece una fuente documental hasta el momento
poco utilizada, se trata de la minuciosa tasación de la pintura
del retablo, para determinar lo realizado por cada uno de los maestros
que la contrataron al suceder la muerte de Gaspar de Hoyos, tasación
llevada a cabo el 16 de noviembre de 1573 (16) y allí consta
lo siguiente: "Tienen las dos virtudes que es la fee y la charidad
una con otra 550 panes (de oro) cada una..." y "En las dos
virtudes rreligión y bigilancia a cuatrocientos y cincuenta panes
cada una...". Así pues, CARIDAD-FE / / RELIGIÓN-VIGILANCIA,
son las cuatro virtudes representadas. Ahora será de interés
que pormenoricemos los elementos "simbólicos" utilizados
para la representación de cada una de estas virtudes dando en
la medida de lo posible la razón o fuente de los mismos y luego
que nos preguntemos por qué en este programa no aparece la trilogía
habitual de las virtudes teologales, prescindiéndose de la esperanza
y se incluyen la religión y la vigilancia. Previamente indicaremos que no conocemos las fuentes directas de inspiración iconográfica, los tratados concretos de los que se tomaron por parte del redactor del programa, los conceptos o figuras empleados en cada caso. Si citamos alguna obra como el Ripa o el Picinelli para confirmar el significado que damos a los símbolos utilizados en la representación de las Virtudes, lo hacemos en el sentido de que estos tratadistas recogen en sus enciclopédicas obras toda una tradición de símbolos, imágenes, figuras que fueron tenidos en cuenta a la hora de fijar la iconografía, evidentemente al ser obras editadas con posterioridad a la labra del retablo su uso fue imposible para orientar directamente dicha temática. LA FE Una joven figura femenina sostiene en su mano izquierda,
en actitud de mostrarlo solemnemente, el cáliz con la patena
y un paño cubrecáliz. El brazo y mano derecha se apoyan
sobre libros, en uno de ellos se lee SAN JUAN, en otro S.L. La mano
ase con elegancia una pequeña figura paralepipédica. La figura ofrecía sus pechos y vientre desnudos.
En los siglos XVII o XVIII debió parecer esto escandaloso e impropio
de un lugar sagrado y se cubrió la desnudez con un vestido pintado,
que priva a la representación de la fe de uno de sus elementos
simbólicos. La cabeza en posición tres cuartos, de tal modo
que aparta la mirada del cáliz. Todos estos símbolos nos
permiten una fácil identificación de la virtud de la Fe.
Resaltemos de antemano que Becerra, o quien dictó la composición
de estos temas, utilizará la mirada como elemento definidor de
los contenidos o de la orientación que cada una de las virtudes
conlleva. Si en este caso la mirada se aparta del cáliz
es para subrayar que precisamente la fe es creer lo que no vemos mereciendo
por ello la alabanza del Señor: "Dichosos los que sin ver
han creído" (Jn. 20,29). El cáliz con la patena hacen referencia
directa a la Eucaristía, el sacramento que en cierto modo resume
en su misterio la fe de la Iglesia católica, muy en particular
cuando la Reforma protestante hace de su aceptación, en el sentido
católico, motivo de disidencia y controversia. El paño
quizá no sea sólo un elemento circunstancial en la representación.
Una de las determinaciones del Sínodo astorgano de 1553 se refiere
a "que se alce el cáliz cubierto" como mayor signo
de reverencia y limpieza del Santo Sacramento (17). Los libros sobre los que se apoya son evidentemente
las Sagradas Escrituras, San Juan y San Lucas van indicados y el conjunto
figura la totalidad de los libros santos. El Concilio de Trento, en
la sesión IV de 8 de abril de 1546, aceptó los Libros
Sagrados "como fuente de toda saludable verdad y de toda disciplina
de costumbres" (18). La fe de la Iglesia se apoya en este fundamento.
La Escritura Santa cimenta las creencias y los dogmas. La desnudez con la que se concibió la
figura declaraba lo que Ripa escribe al hablar de "la fe cristiana
y católica", según Fulgencio y otros autores: "Lleva
la espalda y el pecho desnudos, porque la predicación evangélica
no debe ser interpretada con palabras, enigmas o términos oscuros
y de doble sentido, como hacen los heréticos, debiendo explicarse
el Evangelio pura y sencillamente, y con la mayor claridad que se pueda"
(19). Queda finalmente el objeto que ase con la mano: es una
figura en forma de paralelepípedo en la que nos parece ver esa
piedra angular que simboliza ser la Fe el fundamento de las demás
virtudes y siendo, según el sentir de la Escritura, Cristo la
piedra fundamental, un recuerdo de que sólo asidos a Él
la fe se construye sólidamente y se cimenta en firmeza (20). La juventud y fortaleza de la figura que personifica esta virtud habla de la solidez y firmeza de la fe católica que no faltará hasta el final de los siglos según la promesa de Cristo (21). LA CARIDAD En este caso la mujer es de mayor edad, aunque joven.
Se toca con una diadema y deja sus pechos al descubierto. La mano derecha
sostiene unas monedas. El brazo izquierdo se alarga para entregar un
pan a un niño, que lo recibe y recoge en un paño. Otro
niño se alimenta al pecho de la mujer y un tercero, del sexo
femenino, se sitúa detrás de la misma mirando con atención
al que es amamantado. No hay duda de que se trata de una representación
de la Caridad, muy difundida en todos los tiempos en cuanto a sus elementos
esenciales. También aquí la mirada se utiliza
como expresión de los contenidos u orientación de esta
virtud que consiste en amar a Dios y al prójimo de un modo inseparable,
tal como expresa el evangelista San Juan en su primera carta: "Este
es el mandamiento que hemos recibido de Él: que el que ame a
Dios, ame también a su hermano" (I Jn. 4,21). Es una mirada
llena de interés, fija en el pequeño que amamanta como
envolviéndole tierna y dulcemente. Es el amor que acaricia con
los ojos. Es la madre que ama con el mirar. La mano que se alarga para
entregar el pan lo hace con total discreción como para
plasmar de este modo la recomendación de Cristo sobre la limosna:
"Cuando des limona, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha,
para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará"
(Mt. 6,3). Y el pan se toma aquí como símbolo de todo
aquello que se da para subvenir a las necesidades de los otros. Pedir
el pan de cada día en el Pater noster, es solicitar todo
cuanto al hombre es necesario para vivir. Pero al tiempo, el propio
pan puede verse como expresión de la Caridad y de la limosna
ofrecida con amor, sin el cual carecería de mérito. Picinelli,
tomando la expresión de un sermón de San Bernardino de
Siena sobre la limosna, lo dice de este modo: "Ningún don
es grato a Dios plenamente, si no procede del amor; como no puede agradar
el pan como alimento si no fuere por el fuego cocido" (22). Junto con el pan, las monedas de la mano derecha
hacen referencia a la limosna como expresión, concreta y recomendada
frecuentemente por la Iglesia, de la caridad. La presencia de los tres
niños podrá tener en esta representación astorgana
de la Caridad el mismo sentido aducido por Ripa para una de las representaciones
de esta virtud en la que también figuran: "Los tres chiquillos
muestran cómo, si bien la caridad es una sola virtud, posee un
tríplice poder, pues sin ella nada importan la fe ni la esperanza"
(23). LA RELIGIÓN En la madurez de la edad se representa a la mujer que
personifica la virtud de la Religión. Cubre su cabeza con manto.
Sostiene en sus manos un ramo de rosas y ramas secas, y unas llaves.
Dos libros, uno con cerradura bien visible, se sitúan cerca de
su pecho. El tronco y las ramas de una palmera completan los elementos
utilizados en la figuración de este tema. Además de la citada identificación documental,
encajan todos los símbolos señalados con los que los tratadistas
fijan para representar una virtud, que en el contexto en el que se utiliza
en este retablo no es sólo la Religión, virtud que nos
mueve a dar a Dios el culto debido, sino la religión verdadera,
la religión católica por lo que viene a ser lo aquí
representado una imagen alegórica de la Iglesia católica
como ámbito privilegiado para tributar a Dios el culto debido. La cabeza cubierta, la única de las cuatro,
expresa la forma habitual de estar las mujeres en el templo. Ripa también
señala la cabeza velada para la representación de la Religión
(24). La mirada, ensimismada con los ojos tornados hacia lo alto,
dice elocuentemente lo que esta virtud tiene como finalidad: Dios, a
quien se llega por la plegaria y la meditación. Las rosas junto con las ramas secas, significarían,
según Ripa (25), "las pasadas ceremonias de los antiguos
sacrificios", aquí evocados para indicar toda la larga etapa
del Pueblo de Israel en la que el verdadero culto a Dios se tributaba
en el seno de la religión judía. Junto a esta referencia
al Antiguo Testamento, las llaves que porta la noble matrona
en la mano derecha significarían según el mismo tratadista
(26) el Poder Eclesiástico que abre o cierra, según los
méritos de los hombres, el acceso al reino de los cielos. Tomándose
esta imagen de Mateo 16,19 cuando Jesús dice a Pedro: "Yo
te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en
la tierra será atado en los cielos." Sin negar esta teológica y conveniente significación
a las llaves, hay que añadirle otra más, sugerida por
ese libro con una llamativa cerradura, puesto de pie sobre otro.
La colocación de ambos casi como en el regazo de la figura insinúa
ser Libros Santos, guardados y puestos cerca del corazón como
alimento para la plegaria y fundamento del culto que esta virtud personifica.
Libros que están puestos bajo la custodia y el amparo de la Iglesia
a quien se confía únicamente el poder de abrirlos, es
decir, de interpretarlos en sus puntos oscuros y en sus lecciones de
vida. El Concilio de Trento, pocos años antes de labrarse estos
relieves, enseñó lo siguiente: "Nadie, apoyado en
su prudencia, sea osado a interpretar la Escritura Santa, en materias
de fe y costumbres... contra aquel sentido que sostuvo y sostiene la
santa Madre Iglesia, a quien atañe juzgar
el verdadero sentido e interpretación de las Escrituras Santas..."
(27). No es nada forzado, sino evidente, aceptar que esto es lo que
se plasma aquí. Quedan, por fin, esas ramas de palmera y ese tronco del mismo árbol, que en un principio nos ha desconcertado, pero cuyo sentido oportuno en este contexto nos lo da Picinello cuando, al ofrecernos uno de los múltiples significados que tiene la palma, dice: "El tronco de la palma por la parte más cercana a la tierra es enteramente rugoso y áspero; pero las ramas hacia el cielo tendidas, las tiene hermosas y llenas de majestad." San Agustín lo declara: "Áspera raíz parece en tierra; hermosa fronda es bajo el cielo." Lo mismo sucede, según mi juicio, con la santa Iglesia. En la cima hermosa. Atormentada en este mundo por calamidades diversas, en el cielo aparece con el semblante glorioso y lleno de claridad. Hugo de San Víctor escribe: " El tronco de rugosa corteza es la Iglesia rodeada de tribulaciones mientras permanece en la tierra; las ramas son los santos que se alegran en la felicidad eterna" (28). Ramas y tronco, según esta versión libre del texto del erudito recopilador de símbolos, serían como expresión de la iglesia triunfante e iglesia militante, respectivamente. Hay en todo ello también una llamada de atención sobre la necesidad de perseverar en medio de las tribulaciones para alcanzar la salvación, de recordar que en definitiva "fuera de la Iglesia no hay salvación" (29). LA VIGILANCIA Menos compleja en la utilización de símbolos
es la representación de la virtud de la Vigilancia. De nuevo
es una mujer joven, despierta, en su mano derecha sostiene abierto un
libro. Un gallo sobre una esfera aporta de un modo claro la clave para
interpretar esta figura. La mirada es utilizada, una vez más, de
un modo consciente para declarar la actitud y la disposición
inherentes a la práctica de esta virtud. Es mirada atenta, escrutadora,
viva. Los ojos se dirigen a descubrir a quién se espera o a quién
se teme. Vigilancia externa que simboliza la interior, la del alma frente
a los enemigos de la misma: carne, demonio y mundo que acechan de continuo.
Vigilancia recomendada muy frecuentemente por los textos de la Escritura:
"Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu
está pronto, pero la carne es flaca" (Mt. 26,41). El libro abierto representa, según Ripa
(30), " la vigilancia del ánimo ya que con el aprendizaje
de las ciencias puede ir haciéndose el hombre vigilante y avisado
frente a todos los azares de Fortuna, así como frente a todas
las inquietudes y preocupaciones de la mente, ejercitándose de
este modo en la contemplación". Pero al mismo tiempo el libro, que tratándose
de una virtud cristiana, es sin duda la Palabra de Dios, es como la
lámpara que no falta en muy diversas representaciones de la Vigilancia
(31) con el fin de que las tinieblas no dificulten ni impidan la expectante
vigilia, de acuerdo con el salmo 119, versículo 105, "Lámpara
para mis pies es tu palabra y luz en mi camino". El gallo no falta en las más clásicas
imágenes de la Vigilancia. Ripa dirá que "porque
el gallo, despertándose en medio de la noche, se entrega al ejercicio
de su canto, no olvidándose nunca de seguir los ocultos mandatos
de Natura, dando muestra a los hombres de este modo cómo deben
ejercer la vigilancia" (32). Picinello (33), al indicarlo como
símbolo de la vigilancia, le da los lemas: NON DECIPIT SOMNUS
y EXCITAT AURORA. Alciato, en el emblema XV (34), lo utiliza junto con
el león para representar la Vigilancia y custodia: "Sea
el gallo, cantando, heraldo de la Aurora que se acerca y convoque a
las siervas a las nuevas tareas cotidianas." La esfera sobre la que se posa el gallo puede interpretarse de dos maneras, al carecer de textos precisos que aclaren la intencionalidad del "organizador" del programa. Es decir, positivamente como símbolo de la perfección, de la santidad (35) que sólo los vigilantes alcanzan al perseverar en la práctica del bien (36). O negativamente como símbolo del mundo, enemigo del alma de cuyos atractivos hay que huir, descubriendo sus falacias y la fragilidad de los mismos (37). PROGRAMA CONJUNTO DE AFIRMACIÓN CONTRARREFORMISTA Con la cautela necesaria siempre que se trata de presuponer
intenciones no constatadas por la documentación o las evidencias
claras, creemos descubrir en la representación de estas cuatro
virtudes un deseo, en quien las mandó poner, de pregonar con
ellas en conjunto, un mensaje de afirmación trentina, de decir
un discurso de apología de cuanto el Concilio había acordado
contra las doctrinas protestantes o en favor de una necesaria reforma.
No creemos forzar nada los razonamientos cuando proponemos esta finalidad.
Y partiendo de ella, se entiende que se halla prescindido de la esperanza,
casi siempre representada cuando la fe y la caridad son parte del programa. Veamos, con brevedad, este común denominador
de contrarreformismo de estas cuatro virtudes que ya pormenorizadamente
hemos estudiado. El punto de partida es la FE, para salvaguardarla se
reúne el Concilio, que comenzará precisamente con un decreto
sobre el Símbolo de la Fe (38) y se tomará para su representación
como símbolo más importante el cáliz y la patena,
no en vano la Eucaristía como sacramento y como sacrificio al
ser uno de los puntos más discutidos por los reformadores será
objeto principalísimo de los obispos reunidos en Trento (39).
Pero la fe, y habría aquí que recordar toda la doctrina
trentina de la justificación, punto también primordial
en la confrontación con el protestantismo, no excluye, sino que
obliga a la práctica de las buenas obras, de cuyo mérito
trata el capítulo XVI de la sesión VI del Concilio (40),
recordando las palabras del Apóstol Pablo y de la carta a los
Hebreos: "Porque no es Dios injusto para olvidarse de vuestras
obras y de la caridad que habéis demostrado por respeto a su
nombre" y por ello la Fe que aparta su vista del cáliz (creer
sin ver) vuelve su rostro de tal modo que mira a la CARIDAD, como señalando
que su práctica es la demostración de la vitalidad de
la fe de acuerdo con el sentir del Apóstol Santiago: "La
fe si no tiene obras, es de suyo muerta" (Sant. 2,17). Pero al tiempo, esta Fe se vive en el seno de la Iglesia
católica, de tal modo que si como fundamento de la Fe está
la Palabra de Dios, esta Palabra no puede interpretarse si no es según
el sentido de la Iglesia y todo ello junto con la idea de que el culto
es una consecuencia de la fe está aludido en la representación
de la virtud de la RELIGIÓN, confundida o identificada como la
Santa Iglesia Romana que tiene en sus manos las llaves entregadas por
Jesús a Pedro y la custodia de los Libros Santos y de la Tradición
de la Iglesia, que florece en santidad, aunque vive entre dificultades
y acosos que aquí significan las palmas y el tronco. Y por fin,
para que la fe se mantenga pura, para que la Iglesia no caiga en el
error ni en la corrupción de costumbres es necesaria la VIGILANCIA,
virtud eminentemente de este momento cuando el Concilio insta a los
obispos a cumplirla visitando sus diócesis, reformando comportamientos
equivocados, cuando surge el índice de Libros Prohibidos, cuando
nace la Sagrada Congregación de la Universal Inquisición,
fundada por Paulo III el 21 de julio de 1542 "para defender la
Iglesia de la herejía" (41) . El profesor Santiago Sebastián en su cuidada y valiosa edición de Alciato, al comentar el emblema XV (42), destaca que gallo y león representando la vigilancia y la custodia "tendrán una clara aplicación a la política contrarreformista de la Iglesia entre los comentaristas de Alciato", siendo aludidos con el gallo los predicadores, tan en alza en estos momentos que levantan y despiertan a los hombres de sus vicios y pecados.
(1) Matías Rodríguez Díez, Historia de Astorga, Astorga, 1909, pp. 802 y ss. (2) Pedro Rodríguez López, Episcopologio Asturicense, t. III, Astorga, 1908, pp. 181 y ss. (3) Miguel Ángel González García, "El retablo mayor de la catedral de Astorga en las crónicas de viajes, siglos XVI-XIX", Actas del Congreso VI, C.E.H.A., Santiago, 1986 (en prensa). (4) Concepción García Gaínza, "Escultura Renacentista", en Historia del Arte Hispánico de Alhambra, t. III, Madrid, 1980, p. 125. (5) Los más importantes son los de Elías Tormo, Gaspar Becerra, B.S.E. Excursiones Madrid, 1912, pp. 65 y ss., y 1913, pp. 117 y ss.; y Juan José Martín González, Precisiones sobre Gaspar Becerra, A.E.A., 1969, pp. 327 y ss. (6) Martín González, op. cit., p. 345. (7) Enrique Denzinger, El magisterio de la Iglesia, núms. 994-1000, Barcelona, 1955. (8) E. Kirschbaum, " L'influsso del Concilio de Trento nell'arte", Gregorianum, 1965, p. 109. (9) Emile Mále, El arte religioso, México, 1982, pp. 159 y ss. (10) Rodríguez López, op. cit., III, pp. 52-64. (11) Antonio García y García, Synodicon Hispanum, t. III, Madrid, 1986, p. 15. (12) Antonio Ponz, Viage de España, t. XI, Madrid, 1787, p. 263. (13) José María Luengo Martínez, voz "Astorga, Enciclopedia Espasa, Apéndice t. I. (14) Martín González, op. cit., p. 345. (15) Bernardo Velado Graña, La Catedral de Astorga y su museo, Astorga, 1983, p. 10; Fernando Llamazares, Astorga, León, 1983, pp. 22-24. (16) Archivo Diocesano Astorga, 4/ 12, ff. 20 y 37. (17) García y García, op. cit., p. 129. (18) Denzinger, op. cit., núm. 783. (19) Cesare Ripa, Iconología, Madrid, 1987, t. I, p. 406. (20) Ibid., p. 402. (21) Ibid., pp. 406-407. (22) Felipe Picinello,Mundus Symbolicus, t. II, Colonia, 1715, p. 32. (23) Ripa, op. cit., 1, p. 163. (24) Ibid., II, p. 262. (25) Ibid. (26)Ibid. (27) Denzinger, op. cit., núm. 786. (28) Picinello, op. cit., I, p. 586. (29) Denzinger, op. cit., núm. 806. " Del don de la perseverancia". (30) Ripa, op. cit., II, p. 419. (31) Ibid., p. 420. (32) Ibid. (33) Picinello, I, 299. (34) Alciato, Emblemas, ed. de Santiago Sebastián, Madrid, 1985, p. 46. (35) Picinello II, p. 170. (36) Ibid. (37) Ibid., p. 172. (38) Anastasio Machuca Díez, Los sacrosantos ecuménicos Concilios de Trento y Vaticano, Madrid, 1903, pp. 24-25. (39) Ibid., Sesión XIII: "Decreto sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía", pp. 126 y ss.; Sesión XXI: "Doctrina sobre la comunión de ambas especies", pp. 221 y ss.; Sesión XXII: "Doctrina sobre la institución del Sacrosanto Sacrificio de la Misa", pp. 240 y ss. (40) Ibid., pp. 64-66. (41) Anuario Pontificio 1976, Sacre Congregazioni, Note Storiche, p. 1449. (42) Alciato, op. cit., p. 46. ILUSTRACIONES
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