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En los trabajos que he llevado a cabo
últimamente (1), he tenido la ocasión de enfrentarme al
estudio de temas iconográficos estrechamente vinculados a cierto
género literario, el de las Fiestas. La actividad artística,
festiva e iconográfica, llevada a cabo en Sevilla desde 1729
hasta 1733 con motivo del asentamiento de la Corte en la ciudad, período
nominado Lustro Real, protagonizado por Felipe V e Isabel de
Farnesio y recogido con toda puntualidad en los Annales... de
L. B. de Zúñiga, fue el breve período que acaparó
mi atención, si bien el título que reza en la comunicación
-durante el Antiguo Régimen- está justificado por
ser más sintético para un encabezamiento, pertenecer el
tema a ese período histórico y por la general homogeneidad
de base que guía este tipo de manifestación artística
y literaria ya que, al margen las diversas situaciones económicas
y orientaciones de judicium o gusto artísticos que se
planteen con los Austrias y Borbones, la metamorfosis urbana, tanto
artística como vital, el exceso de costos en homenaje a los monarcas
creando nuevas o fingidas arquitecturas, la necesidad de sanear y embellecer
todos los aspectos y ámbitos por donde transcurra la vida de
los reyes -todo ello recogido con posterioridad en elogiosos relatos
que más aluden con inevitable nostalgia al enaltecimiento de
los hechos que a la transcripción de la realidad- son los elementos
invariantes y reiterativos que aparecen en las efemérides de
Fiestas Reales que se dan a lo largo del mundo moderno. Las reflexiones que a continuación
expreso proceden, por tanto, de las experiencias extraídas durante
la realización de esos trabajos para los que, por una parte,
me sirvió de inestimable ayuda la constante consulta del texto
literario y que, por otra, me suscitaron cuestiones de índole
conceptual y metodológica que son las que considero oportuno
traer a estos Coloquios de Iconografía, tanto por la idoneidad
de la materia como por haber sido soslayadas necesariamente en los trabajos
citados. En su introducción a los Estudios
de Iconología, Panofsky (2) advierte con insistencia la necesidad
de valerse de fuentes literarias para acceder de forma acreditada a
la interpretación de la significación intrínseca
o contenido y, aun así, confiesa la limitación existente
de los textos para el definitivo diagnóstico de la obra
de arte, tras haber desvelado el nivel preiconográfico y el de
contenido convencional. Lo más deseado para el historiador
del Arte que busca la apoyatura literaria para la interpretación
de la obra es localizar el texto que, consciente o inconscientemente,
inspiró al artista; sin embargo, la facilidad que encuentra para
hallar las fuentes literarias referentes a Fiestas, tan documentadas
en los archivos y bibliotecas del país, presenta un notable contrapunto
y es la mayor dificultad, llegado el momento de la interpretación
iconológica, respecto a aquellas otras obras -las "filosóficas"-
que respiran el pensamiento vertido en fuentes ideológicas, literarias,
mitológicas, bíblicas o hagiográficas. A la hora
de la exégesis artística, las diferencias cualitativas
que plantean las Fuentes Puntuales (Relaciones, Fiestas, Memorias,
Crónicas, Anales...) y Literarias presentan al historiador
del Arte problemas de índole metodológica en el primer
caso, pues, dejando a un lado una cuestión tan interesante como
la (posible) mayor cualificación de artistas "intelectuales"
que reflejan en sus obras las ideas cultas de pensadores -caso Poussin-Cassiano
del Pozzo, por ejemplo-, cabe pensar, tras haber leído unas Fiestas
y constatado su plasmación gráfica (3), que el artista
que actúa intencionadamente adicto a un texto, con carácter
programático, depende, en consecuencia, del asunto literario
y, por tanto, tiene que limitar su capacidad creativa a la veraz y fiel
interpretación de la fuente que ilustra. No creo que quepa
en el Antiguo Régimen español mejor y más extraordinaria
excepción que las Fiestas de Torre Farfán, donde
la belleza del texto corre en paridad con las planchas de insignes artistas
contemporáneos. Así pues, creo que son dos las
cuestiones a plantear para un mayor esclarecimiento del tema: 1) cuál
es el papel de la literatura de Fiestas a la hora de la interpretación
artística; y 2) en qué situación de creatividad
queda la obra de arte tras conocer el texto, no inspirador sino
dictador. Respecto al primer punto, creo importante,
en primer lugar, poner de manifiesto un aspecto crucial: la inevitable
presencia del texto literario en el contexto de la Fiesta. Ésta,
al ser concebida o proyectada, cuenta de antemano con la existencia
futura de un soporte literario que ratificará, en un estilo altamente
elogioso, todos los grandes sucesos acontecidos con motivo de la efemérides.
Quizá ello obedezca a la concepción que aún mantiene
el Antiguo Régimen acerca de las artes y a la necesidad de dar
cabida primordial a la literatura entre las artes efímeras que
se llevan a cabo con motivo de algo tan fugaz como la fiesta. El texto,
por tanto, es el elemento sólido y perdurable y de ahí
su urgente exigencia, hasta el punto que, desde una óptica teórica,
podría pensarse en la mayor importancia concedida a la permanentización
del hecho mediante la Relación escrita que al transcurso festivo
propiamente dicho. De todas formas, resulta difícil
ubicar la literatura de Fiestas dentro de una categoría creadora,
contando, además, como acertadamente ha visto el profesor López
Estrada (4), con que "no resulta un grupo genérico brillante". Esa realidad fantaseada aparece con
mayor relieve en el texto literario donde la pluma del narrador cobra
vuelos enalteciendo hiperbólicamente los sucesos; de hecho, en
los Annales, y sin contar las páginas dedicadas a preparativos,
proyectos y oficios, el cronista se explaya durante 50 folios dedicados
solamente a la narración de la Entrada Real, lo que en
el plano calcográfico ocupó sólo una plancha y,
lógicamente, sin verter en ella todo el contenido que inspiró
el texto literario. Dudo que en el Mundo Moderno se aceptase el axioma
actual acerca de que una imagen vale más que mil palabras. Pero, aparte la ayuda primordial que
suministra este tipo de fuentes al explicitar lo que no aparece en
la imagen gráfica, también beneficia al conocimiento
iconográfico el hecho de ofrecer el programa retórico
completo, jamás expuesto de forma desmenuzada o sistemática
en la imagen. Aspecto de relevante interés para la exégesis
artística e iconológica es la introducción del
texto en el texto que arroja luz de inestimable valía, pues
la transcripción de leyendas, inscripciones, máximas filosóficas
y epígrafes ofrecen respuesta puntual acerca de la inspiración,
emulación o transcripción, más o menos fidedigna,
de otras celebraciones históricas, grado de academicismo y estilización
del programa, fundamentación en conceptos teológicos,
filosóficos o de índole político-moral y, en definitiva,
acerca de la concepción de la obra. Semejante descriptivismo literario,
de todo punto exhaustivo, ofrece la narración pormenorizada de
las arquitecturas fingidas (y otros aderezos y engalanamientos de orden
fastuoso y sensorial) que se levantan con motivo de la celebración,
expuestas de forma sintetizada en la plancha, con lo que, desde un punto
de vista teórico, resulta de gran interés para el historiador
del Arte poder constatar la inclusión en el texto de análisis
artísticos, aunque en gran medida no aparecen expuestos por el
analista con conciencia de dejar plasmado un ideario arquitectónico
de los artífices y autores de los proyectos, sino con reiterado
afán emulativo y demostrativo del lujo, riqueza y ostentación
vertidos en ocasión tan propicia como recibir y homenajear a
la Monarquía. Función también ejercida
por la literatura de Fiestas es la cierta posibilidad otorgada a la
imagen en su tratamiento artístico siempre que en lo sustancial
siga el transcurso del relato. Ello quizá sea debido a la diversidad
de lenguajes exigidos por la literatura y las artes que priman en la
celebración de fiestas como el grabado, pues, imposibilitado
de ofrecer éste los aspectos polícromos del texto, recurre
en su bicromía a cambios -y hasta inventos- que intentan igualar
la riqueza literaria. A ello también contribuye el hecho de que
conozcamos las arquitecturas fingidas y efímeras a través
de los proyectos realizados o de las planchas que se imprimieron acompañando
la Relación de Fiestas y no en su carácter real, es decir,
tridimensionales, pictóricas y monumentales, lo que tiene que
ser forzosamente reducido por el burilista a bidimensionalidad,
bicromía y pequeño formato. Para terminar con este apartado, cabe
cuestionarse un aspecto que dará paso al segundo tema y que puede
arrojar luz sobre las conclusiones finales. La literatura de Fiestas
suministra los tres niveles de conocimiento propuestos por Panofsky
a fin de alcanzar el significado intrínseco de la obra de arte.
De hecho, los motivos preiconográficos, la explicación
de contenidos convencionales o secundarios y la interpretación
de los símbolos aparecen ampliamente explicitados en el relato
que compendía y permanentiza la fiesta. Ya ha quedado expuesto
que su presencia, compendio explicativo y exhaustivo de los aspectos
formales, iconográficos e ideológicos, es requisito indispensable
para que la Fiesta cumpla plenamente su función pero, entonces,
¿qué valor de transfiguración metafórica
adquiere la imagen si el texto la descifra minuciosamente? Esta es la segunda dificultad que se
le plantea al historiador del Arte cuando se enfrenta al estudio de
toda esa parafernalia artística, creada con motivo de la Fiesta
y recogida en una literatura ad hoc, de menor credibilidad que
la pretendida por el cronista, pero dotada de extraordinarios recursos
que conducen al fin propuesto: el enaltecimiento de la efemérides.
¿Cómo evaluar, por tanto, el grado de creatividad artística
en obras cuyo conocimiento detectamos en buena medida por un texto literario
dotado de notas tan esclarecedoras como su carácter hiperbólico,
narrativo, exhaustivo y permanente? Bonet Correa alude (5) con razón
al hecho de que cuando se ha leído una Relación de Fiestas
del Antiguo Régimen se han leído todas; a ello cabría
añadir que, leído el texto, las imágenes artísticas
cobran plena valoración y quedan explicadas hasta en su significado
más profundo, a excepción de un estudio encaminado a aspectos
puramente artísticos -paralelos, áreas de influencia,
permanentización de la tradición...-, aunque también
a veces aparecen señalados por el autor del texto literario.
Sin embargo, hay parcelas puntuales que se desvelan tras la lectura
y constatación con las imágenes que intentaré exponer
con el deseo de definir la situación creativa en la que quedan
las artes realizadas para la Fiesta, aunque resulte inevitable valerse
de la comparación entre los recursos empleados por unos y otros
componentes de la misma. Resulta lógico que el alto coeficiente
de voluntad descriptiva -requisito indispensable en la literatura de
este género- desfigurativiza la imagen gráfica
en la misma medida que el recitativo literario y los abundantes recursos
retóricos utilizados en ella hace decrecer la narratividad figurativa.
Esa consumada puntualización hace que se omita en la imagen gráfica
lo que de más simbólico-alegórico proporciona el
texto. En este sentido, la literatura de Fiestas enseña aspectos
sustanciales de la misma que no podrá conocer el historiador
del Arte a través de la imagen, imagen que, por tanto, perderá
tanto expresividad, pero no significación, como frescura y naturalidad,
cobrándose esas pérdidas en la ganancia de síntesis
(bicromía, espacio y tiempo unitivos y cerrados, perspectiva
frontal, selección de los elementos sustanciales supeditando
los suplementarios al conjunto...) y conceptualización. El acentuado carácter discursivo
del texto respecto a la imagen roba a ésta el valor descriptivo
que cabría esperar de obras creadas para narrar el suceso;
por tanto, si. la función de la imagen queda desplazada por la
potente presencia del relato, ello explicita un hecho, y es que la imagen
no ha sido concebida en sí sino en función del texto que
es el hilo conductor de la ilustración gráfica. Con razón
Díaz Borque (6) cuando habla de la presencia textual la define
como "sobreimposición temática y celebrativa",
lo que ratifica que la imagen sea pretexto del texto o mera ilustración
tendente más a la riqueza refinada del libro que a la constatación
de la narración. Es sabida la supeditación de
la imagen al relato, considerada aquélla como complemento decorativo
y refrendador de éste, hasta bien entrado el siglo XVIII en que
las innovadoras ideas de la Ilustración empiezan a conceder su
autonomía a las artes gráficas; ahora bien, cabe preguntarse,
contando siempre con excepcionales muestras de calidad, si la pretendida
superioridad del texto y la consecuente dependencia de la imagen a éste
conllevan la infravaloración artística de ésta
y, en relación con la cuestión anterior, dado que el artista
realmente cualificado no tiene por qué inspirarse necesariamente
en las fuentes literarias, si la mediocridad -o, al menos, no alta cualificación-
del artista cuyas creaciones están aferradas a un texto que obedece
a su falta de ideas creativas o si los artífices del hecho literario
e ideadores eligen al autor de las imágenes gráficas conociendo
de antemano la supremacía que tendrá el texto. A fin de
cuentas, el ideario festivo durante el Antiguo Régimen cuenta
con un postulado primordial: la idealización de la idea del poder,
instrumentada en la perfecta conciliación de todas las artes,
pero primando entre ellas a la literatura como continente de las ideas
y formas ilustradas en las restantes manifestaciones artísticas. Por todo ello, creo que el historiador
del Arte tiene que encontrarse, en primer lugar, con la imagen artística
a estudiar, familiarizarse con ella más y más a medida
que suscite dudas y necesidad de resolverlas con la ayuda de otras ciencias
humanístico-sociales. Concretamente, en el caso que me ocupó,
la valoración de la imagen, a la luz de la pura visión,
arrojaba un balance superior al conseguido tras la lectura del texto;
tras este ejercicio literario, una cortina de humo se interponía:
el enriquecimiento cultural que sobre ella obtenía la
depositaba en una mayor pobreza artística y, sin embargo,
para proceder a su mayor conocimiento, se hacía insoslayable
la lectura de los Annales, de un valor explícito y explicativo
muy superior al de la imagen. Apunto, antes de adentrarme en una respuesta
más definitiva, cierta explicación que parcialrriente
esclarecerá la problemática expuesta: el expresivo descenso
de interrelaciones artístico-literarias que sufrieron las artes
en los primeros años de monarquía borbónica, concebidas
en el siglo XVIII aún con la finalidad que guió al Barroco,
hecho nada desdeñable en un momento tan crítico en el
que Felipe V quería ganarse la confianza de su nuevo país,
respetando unas profundas tradiciones artísticas -que aborrecía-
y presentándole un modelo francés, igualmente aborrecido
por su pueblo. Quizá radique en ese hecho histórico-cultural-artístico
no poco de la incoherencia que afectó a muchos aspectos de la
vida española y, en concreto, a las profundas interdependencias
que entre las artes habían fructificado durante el siglo XVII
en esplendorosas creaciones. Si la concurrencia de la literatura, arte e iconografía arroparon siempre durante el Antiguo Régimen el esplendor de la Fiesta haciendo de ella una pura construcción ideal -poetización de la crónica, irrealidad del transcurso festivo, idealización de la arquitectura a través de las arquitecturas efímeras, perennidad y sublimación de la creación literaria- resulta lógico que se estilicen esos rasgos en un período de decadencia -el quinquenio sevillano más que Lustro Real fue luto real- en el que los debilitados contenidos se insuflan con agotadas formas y ropajes artísticos. Pero el significado intrínseco de la literatura de fiestas e iconografía -la glorificación de la realeza- coinciden plenamente con la valoración de un estilo que también glorifica, homenajeando a su brillante pasado, el comienzo del fin del Antiguo Régimen. NOTAS (1) "El grabado sevillano durante el Lustro Real (1729-1733)", en Actas del Congreso Internacional El arte en las Cortes europeas del siglo XVIII, Madrid (en prensa), e Iconografía y Fiesta durante el Lustro Real (1729-1733), Sevilla, Excma. Diputación Provincial (en prensa). (2) E. Panofsky, Estudios sobre iconología, Madrid, Alianza Editorial, 1972, p. 23. (3) A partir de ahora, cuando mencione términos como "obra gráfica" o "imagen", me refiero a los grabados que acompañan el texto literario festivo, como en el caso de los Annales de Zúñiga corresponden a la Entrada Real y Traslación del Cuerpo de San Fernando, ambos firmados por Pedro Tortolero. (4) F. López Estrada, "Fiestas y literatura en los Siglos de Oro: la Edad Media como asunto "festivo" (el caso del Quijote)", en Bulletin Hispanigue, t. LXXXIV, 1982, núms. 3-4, p. 300. (5) A. Bonet Correa, "La fiesta barroca como práctica de poder", Diwan, Zaragoza, 1979, p. 57. (6) J. M. Díaz Borque, "Relaciones de teatro y Fiesta en el Barroco español", en Teatro y Fiesta en el Barroco. España e Iberoamérica, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1986, p. 33.
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