CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 3. 1989
 

 

REFLEXIONES ACERCA DE LA ICONOGRAFÍA Y LITERATURA DE FIESTAS DURANTE EL ANTIGUO RÉGIMEN

Aurora León Alonso

En los trabajos que he llevado a cabo últimamente (1), he tenido la ocasión de enfrentarme al estudio de temas iconográficos estrechamente vinculados a cierto género literario, el de las Fiestas. La actividad artística, festiva e iconográfica, llevada a cabo en Sevilla desde 1729 hasta 1733 con motivo del asentamiento de la Corte en la ciudad, período nominado Lustro Real, protagonizado por Felipe V e Isabel de Farnesio y recogido con toda puntualidad en los Annales... de L. B. de Zúñiga, fue el breve período que acaparó mi atención, si bien el título que reza en la comunicación -durante el Antiguo Régimen- está justificado por ser más sintético para un encabezamiento, pertenecer el tema a ese período histórico y por la general homogeneidad de base que guía este tipo de manifestación artística y literaria ya que, al margen las diversas situaciones económicas y orientaciones de judicium o gusto artísticos que se planteen con los Austrias y Borbones, la metamorfosis urbana, tanto artística como vital, el exceso de costos en homenaje a los monarcas creando nuevas o fingidas arquitecturas, la necesidad de sanear y embellecer todos los aspectos y ámbitos por donde transcurra la vida de los reyes -todo ello recogido con posterioridad en elogiosos relatos que más aluden con inevitable nostalgia al enaltecimiento de los hechos que a la transcripción de la realidad- son los elementos invariantes y reiterativos que aparecen en las efemérides de Fiestas Reales que se dan a lo largo del mundo moderno.

Las reflexiones que a continuación expreso proceden, por tanto, de las experiencias extraídas durante la realización de esos trabajos para los que, por una parte, me sirvió de inestimable ayuda la constante consulta del texto literario y que, por otra, me suscitaron cuestiones de índole conceptual y metodológica que son las que considero oportuno traer a estos Coloquios de Iconografía, tanto por la idoneidad de la materia como por haber sido soslayadas necesariamente en los trabajos citados.

En su introducción a los Estudios de Iconología, Panofsky (2) advierte con insistencia la necesidad de valerse de fuentes literarias para acceder de forma acreditada a la interpretación de la significación intrínseca o contenido y, aun así, confiesa la limitación existente de los textos para el definitivo diagnóstico de la obra de arte, tras haber desvelado el nivel preiconográfico y el de contenido convencional.

Lo más deseado para el historiador del Arte que busca la apoyatura literaria para la interpretación de la obra es localizar el texto que, consciente o inconscientemente, inspiró al artista; sin embargo, la facilidad que encuentra para hallar las fuentes literarias referentes a Fiestas, tan documentadas en los archivos y bibliotecas del país, presenta un notable contrapunto y es la mayor dificultad, llegado el momento de la interpretación iconológica, respecto a aquellas otras obras -las "filosóficas"- que respiran el pensamiento vertido en fuentes ideológicas, literarias, mitológicas, bíblicas o hagiográficas. A la hora de la exégesis artística, las diferencias cualitativas que plantean las Fuentes Puntuales (Relaciones, Fiestas, Memorias, Crónicas, Anales...) y Literarias presentan al historiador del Arte problemas de índole metodológica en el primer caso, pues, dejando a un lado una cuestión tan interesante como la (posible) mayor cualificación de artistas "intelectuales" que reflejan en sus obras las ideas cultas de pensadores -caso Poussin-Cassiano del Pozzo, por ejemplo-, cabe pensar, tras haber leído unas Fiestas y constatado su plasmación gráfica (3), que el artista que actúa intencionadamente adicto a un texto, con carácter programático, depende, en consecuencia, del asunto literario y, por tanto, tiene que limitar su capacidad creativa a la veraz y fiel interpretación de la fuente que ilustra. No creo que quepa en el Antiguo Régimen español mejor y más extraordinaria excepción que las Fiestas de Torre Farfán, donde la belleza del texto corre en paridad con las planchas de insignes artistas contemporáneos.

Así pues, creo que son dos las cuestiones a plantear para un mayor esclarecimiento del tema: 1) cuál es el papel de la literatura de Fiestas a la hora de la interpretación artística; y 2) en qué situación de creatividad queda la obra de arte tras conocer el texto, no inspirador sino dictador.

Respecto al primer punto, creo importante, en primer lugar, poner de manifiesto un aspecto crucial: la inevitable presencia del texto literario en el contexto de la Fiesta. Ésta, al ser concebida o proyectada, cuenta de antemano con la existencia futura de un soporte literario que ratificará, en un estilo altamente elogioso, todos los grandes sucesos acontecidos con motivo de la efemérides. Quizá ello obedezca a la concepción que aún mantiene el Antiguo Régimen acerca de las artes y a la necesidad de dar cabida primordial a la literatura entre las artes efímeras que se llevan a cabo con motivo de algo tan fugaz como la fiesta. El texto, por tanto, es el elemento sólido y perdurable y de ahí su urgente exigencia, hasta el punto que, desde una óptica teórica, podría pensarse en la mayor importancia concedida a la permanentización del hecho mediante la Relación escrita que al transcurso festivo propiamente dicho.

De todas formas, resulta difícil ubicar la literatura de Fiestas dentro de una categoría creadora, contando, además, como acertadamente ha visto el profesor López Estrada (4), con que "no resulta un grupo genérico brillante".

Así, el soporte literario no vendría tanto en ayuda cualitativa de la obra artística, sino como requisito indispensable en la realización de la misma, si bien su contenido literario -la Fiesta- no se limita a la narración de la efemérides, sino a su enfática poetización, creando un género peculiar que, en base a lo que fue, glorifica con acusado carácter nostálgico acerca de lo que pudo o debía haber sido, basándose en una realidad somera y alejándose progresivamente de ella a medida que la narración se afana en los hechos más sobresalientes. Por ello, más podría hablarse de documentos históricos en los que el enaltecimiento ditirámbico e hiperbólico del texto les dota de un carácter panegirista y apologético emparentado con el género laudatorio. Así pues, ese desbordamiento de la realidad, transfigurada y fantaseada por el medievalista enraizamiento en el ejercicio imaginativo, será un elemento peculiar en la literatura de Fiestas, elemento con el que el historiador del Arte tiene que contar a la hora de hacer balance global de la obra. Sabemos que en muchos casos los acontecimientos no tuvieron la hiperrelevancia otorgada por el analista -aunque la imagen gráfica nos ratifique la "falacia"- pero aceptamos a aquellos malabaristas de la historia local no sólo por la necesidad de atenernos a la Historia concebida desde una perspectiva de época, sino también porque la temática literaria, festiva, implica indisolublemente la contradicción inherente a la Fiesta: ser fugaz y perdurable y estar concebida simultáneamente como tales. Su perdurabilidad, epítome de la celebración, es precisamente el ropaje literario y artístico de los que se reviste, alejada ya la realidad del momento festivo.

Esa realidad fantaseada aparece con mayor relieve en el texto literario donde la pluma del narrador cobra vuelos enalteciendo hiperbólicamente los sucesos; de hecho, en los Annales, y sin contar las páginas dedicadas a preparativos, proyectos y oficios, el cronista se explaya durante 50 folios dedicados solamente a la narración de la Entrada Real, lo que en el plano calcográfico ocupó sólo una plancha y, lógicamente, sin verter en ella todo el contenido que inspiró el texto literario. Dudo que en el Mundo Moderno se aceptase el axioma actual acerca de que una imagen vale más que mil palabras.

Pero, aparte la ayuda primordial que suministra este tipo de fuentes al explicitar lo que no aparece en la imagen gráfica, también beneficia al conocimiento iconográfico el hecho de ofrecer el programa retórico completo, jamás expuesto de forma desmenuzada o sistemática en la imagen. Aspecto de relevante interés para la exégesis artística e iconológica es la introducción del texto en el texto que arroja luz de inestimable valía, pues la transcripción de leyendas, inscripciones, máximas filosóficas y epígrafes ofrecen respuesta puntual acerca de la inspiración, emulación o transcripción, más o menos fidedigna, de otras celebraciones históricas, grado de academicismo y estilización del programa, fundamentación en conceptos teológicos, filosóficos o de índole político-moral y, en definitiva, acerca de la concepción de la obra.

Semejante descriptivismo literario, de todo punto exhaustivo, ofrece la narración pormenorizada de las arquitecturas fingidas (y otros aderezos y engalanamientos de orden fastuoso y sensorial) que se levantan con motivo de la celebración, expuestas de forma sintetizada en la plancha, con lo que, desde un punto de vista teórico, resulta de gran interés para el historiador del Arte poder constatar la inclusión en el texto de análisis artísticos, aunque en gran medida no aparecen expuestos por el analista con conciencia de dejar plasmado un ideario arquitectónico de los artífices y autores de los proyectos, sino con reiterado afán emulativo y demostrativo del lujo, riqueza y ostentación vertidos en ocasión tan propicia como recibir y homenajear a la Monarquía.

Función también ejercida por la literatura de Fiestas es la cierta posibilidad otorgada a la imagen en su tratamiento artístico siempre que en lo sustancial siga el transcurso del relato. Ello quizá sea debido a la diversidad de lenguajes exigidos por la literatura y las artes que priman en la celebración de fiestas como el grabado, pues, imposibilitado de ofrecer éste los aspectos polícromos del texto, recurre en su bicromía a cambios -y hasta inventos- que intentan igualar la riqueza literaria. A ello también contribuye el hecho de que conozcamos las arquitecturas fingidas y efímeras a través de los proyectos realizados o de las planchas que se imprimieron acompañando la Relación de Fiestas y no en su carácter real, es decir, tridimensionales, pictóricas y monumentales, lo que tiene que ser forzosamente reducido por el burilista a bidimensionalidad, bicromía y pequeño formato.

Para terminar con este apartado, cabe cuestionarse un aspecto que dará paso al segundo tema y que puede arrojar luz sobre las conclusiones finales. La literatura de Fiestas suministra los tres niveles de conocimiento propuestos por Panofsky a fin de alcanzar el significado intrínseco de la obra de arte. De hecho, los motivos preiconográficos, la explicación de contenidos convencionales o secundarios y la interpretación de los símbolos aparecen ampliamente explicitados en el relato que compendía y permanentiza la fiesta. Ya ha quedado expuesto que su presencia, compendio explicativo y exhaustivo de los aspectos formales, iconográficos e ideológicos, es requisito indispensable para que la Fiesta cumpla plenamente su función pero, entonces, ¿qué valor de transfiguración metafórica adquiere la imagen si el texto la descifra minuciosamente?

Esta es la segunda dificultad que se le plantea al historiador del Arte cuando se enfrenta al estudio de toda esa parafernalia artística, creada con motivo de la Fiesta y recogida en una literatura ad hoc, de menor credibilidad que la pretendida por el cronista, pero dotada de extraordinarios recursos que conducen al fin propuesto: el enaltecimiento de la efemérides. ¿Cómo evaluar, por tanto, el grado de creatividad artística en obras cuyo conocimiento detectamos en buena medida por un texto literario dotado de notas tan esclarecedoras como su carácter hiperbólico, narrativo, exhaustivo y permanente?

Bonet Correa alude (5) con razón al hecho de que cuando se ha leído una Relación de Fiestas del Antiguo Régimen se han leído todas; a ello cabría añadir que, leído el texto, las imágenes artísticas cobran plena valoración y quedan explicadas hasta en su significado más profundo, a excepción de un estudio encaminado a aspectos puramente artísticos -paralelos, áreas de influencia, permanentización de la tradición...-, aunque también a veces aparecen señalados por el autor del texto literario. Sin embargo, hay parcelas puntuales que se desvelan tras la lectura y constatación con las imágenes que intentaré exponer con el deseo de definir la situación creativa en la que quedan las artes realizadas para la Fiesta, aunque resulte inevitable valerse de la comparación entre los recursos empleados por unos y otros componentes de la misma.

Resulta lógico que el alto coeficiente de voluntad descriptiva -requisito indispensable en la literatura de este género- desfigurativiza la imagen gráfica en la misma medida que el recitativo literario y los abundantes recursos retóricos utilizados en ella hace decrecer la narratividad figurativa. Esa consumada puntualización hace que se omita en la imagen gráfica lo que de más simbólico-alegórico proporciona el texto. En este sentido, la literatura de Fiestas enseña aspectos sustanciales de la misma que no podrá conocer el historiador del Arte a través de la imagen, imagen que, por tanto, perderá tanto expresividad, pero no significación, como frescura y naturalidad, cobrándose esas pérdidas en la ganancia de síntesis (bicromía, espacio y tiempo unitivos y cerrados, perspectiva frontal, selección de los elementos sustanciales supeditando los suplementarios al conjunto...) y conceptualización.

El acentuado carácter discursivo del texto respecto a la imagen roba a ésta el valor descriptivo que cabría esperar de obras creadas para narrar el suceso; por tanto, si. la función de la imagen queda desplazada por la potente presencia del relato, ello explicita un hecho, y es que la imagen no ha sido concebida en sí sino en función del texto que es el hilo conductor de la ilustración gráfica. Con razón Díaz Borque (6) cuando habla de la presencia textual la define como "sobreimposición temática y celebrativa", lo que ratifica que la imagen sea pretexto del texto o mera ilustración tendente más a la riqueza refinada del libro que a la constatación de la narración.

Es sabida la supeditación de la imagen al relato, considerada aquélla como complemento decorativo y refrendador de éste, hasta bien entrado el siglo XVIII en que las innovadoras ideas de la Ilustración empiezan a conceder su autonomía a las artes gráficas; ahora bien, cabe preguntarse, contando siempre con excepcionales muestras de calidad, si la pretendida superioridad del texto y la consecuente dependencia de la imagen a éste conllevan la infravaloración artística de ésta y, en relación con la cuestión anterior, dado que el artista realmente cualificado no tiene por qué inspirarse necesariamente en las fuentes literarias, si la mediocridad -o, al menos, no alta cualificación- del artista cuyas creaciones están aferradas a un texto que obedece a su falta de ideas creativas o si los artífices del hecho literario e ideadores eligen al autor de las imágenes gráficas conociendo de antemano la supremacía que tendrá el texto. A fin de cuentas, el ideario festivo durante el Antiguo Régimen cuenta con un postulado primordial: la idealización de la idea del poder, instrumentada en la perfecta conciliación de todas las artes, pero primando entre ellas a la literatura como continente de las ideas y formas ilustradas en las restantes manifestaciones artísticas.

Por todo ello, creo que el historiador del Arte tiene que encontrarse, en primer lugar, con la imagen artística a estudiar, familiarizarse con ella más y más a medida que suscite dudas y necesidad de resolverlas con la ayuda de otras ciencias humanístico-sociales. Concretamente, en el caso que me ocupó, la valoración de la imagen, a la luz de la pura visión, arrojaba un balance superior al conseguido tras la lectura del texto; tras este ejercicio literario, una cortina de humo se interponía: el enriquecimiento cultural que sobre ella obtenía la depositaba en una mayor pobreza artística y, sin embargo, para proceder a su mayor conocimiento, se hacía insoslayable la lectura de los Annales, de un valor explícito y explicativo muy superior al de la imagen.

Apunto, antes de adentrarme en una respuesta más definitiva, cierta explicación que parcialrriente esclarecerá la problemática expuesta: el expresivo descenso de interrelaciones artístico-literarias que sufrieron las artes en los primeros años de monarquía borbónica, concebidas en el siglo XVIII aún con la finalidad que guió al Barroco, hecho nada desdeñable en un momento tan crítico en el que Felipe V quería ganarse la confianza de su nuevo país, respetando unas profundas tradiciones artísticas -que aborrecía- y presentándole un modelo francés, igualmente aborrecido por su pueblo. Quizá radique en ese hecho histórico-cultural-artístico no poco de la incoherencia que afectó a muchos aspectos de la vida española y, en concreto, a las profundas interdependencias que entre las artes habían fructificado durante el siglo XVII en esplendorosas creaciones.

Si la concurrencia de la literatura, arte e iconografía arroparon siempre durante el Antiguo Régimen el esplendor de la Fiesta haciendo de ella una pura construcción ideal -poetización de la crónica, irrealidad del transcurso festivo, idealización de la arquitectura a través de las arquitecturas efímeras, perennidad y sublimación de la creación literaria- resulta lógico que se estilicen esos rasgos en un período de decadencia -el quinquenio sevillano más que Lustro Real fue luto real- en el que los debilitados contenidos se insuflan con agotadas formas y ropajes artísticos. Pero el significado intrínseco de la literatura de fiestas e iconografía -la glorificación de la realeza- coinciden plenamente con la valoración de un estilo que también glorifica, homenajeando a su brillante pasado, el comienzo del fin del Antiguo Régimen.

NOTAS

(1) "El grabado sevillano durante el Lustro Real (1729-1733)", en Actas del Congreso Internacional El arte en las Cortes europeas del siglo XVIII, Madrid (en prensa), e Iconografía y Fiesta durante el Lustro Real (1729-1733), Sevilla, Excma. Diputación Provincial (en prensa).

(2) E. Panofsky, Estudios sobre iconología, Madrid, Alianza Editorial, 1972, p. 23.

(3) A partir de ahora, cuando mencione términos como "obra gráfica" o "imagen", me refiero a los grabados que acompañan el texto literario festivo, como en el caso de los Annales de Zúñiga corresponden a la Entrada Real y Traslación del Cuerpo de San Fernando, ambos firmados por Pedro Tortolero.

(4) F. López Estrada, "Fiestas y literatura en los Siglos de Oro: la Edad Media como asunto "festivo" (el caso del Quijote)", en Bulletin Hispanigue, t. LXXXIV, 1982, núms. 3-4, p. 300.

(5) A. Bonet Correa, "La fiesta barroca como práctica de poder", Diwan, Zaragoza, 1979, p. 57.

(6) J. M. Díaz Borque, "Relaciones de teatro y Fiesta en el Barroco español", en Teatro y Fiesta en el Barroco. España e Iberoamérica, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1986, p. 33.