CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 3. 1989
 

 

EL PROGRAMA ICONOGRÁFICO DEL RETABLO MAYOR DE TEROR (GRAN CANARIA)

Juan Sebastián López García

INTRODUCCIÓN

La basílica de Ntra. Sra. del Pino, en la villa de Teror, es uno de los centros espirituales de mayor importancia de Canarias. Esta advocación mariana ha sido, y es, la más venerada en Gran Canaria (1), lo que, lógicamente, ha tenido sus consecuencias artísticas, tanto en el arquitectónico como en los diversos bienes muebles que forman su tesoro.

Teror situado en la zona de medianías del centro-norte de Gran Canaria, en la cota de los 500 metros de altitud, corresponde, dentro de la conformación del sistema urbano canario, a los asentamientos que se desarrollan en la segunda mitad del siglo XVI, momento en que se roturan y ponen en cultivo sus tierras (2).

EL RELATO

En Canarias, en el mismo proceso de la conquista del archipiélago (1402-1496) e incorporación a la corona de Castilla se da como fenómeno paralelo de cristianización la presencia de imágenes marianas.

Según la tradición popular, la imagen de la Virgen María apareció, de forma sobrenatural, en lo alto de un pino. Fernando Hernández Zumbado, en su novena a Ntra. Sra. del Pino (1782), explica el relato: "Nuestros padres nos han dicho que dirigidos por un resplandor maravilloso, la encontraron en la eminencia de un pino, rodeada de tres hermosos dragos, de cuyas ramas se formaba una especie de nicho; que una lápida muy tersa le servía de peana y que del tronco de aquel árbol nacía una fuente perenne de aguas medicinales" (3). La extraña lápida que sirvió de pedestal, con huellas podomorfas grabadas en la piedra, sólo fue vista por los pocos que subieron al alto pino, desapareció al caer el árbol (4).

El acontecimiento, según la tradición, tuvo lugar el 8 de septiembre de 1481, siendo venerada la imagen, además de por unos pastores, por el obispo fray Juan de Frías, prelado de la entonces diócesis rubicense. El episodio, de acuerdo con el relato tradicional, ocurría en pleno fragor de la conquista de Gran Canaria (1478-1483).

El escenario de la aparición fue un frondoso bosque, que en el siglo XV se extendía en el centro?norte de la isla. El singular pino crecía en la zona que se denominaba "Aterura" documentado también con las variantes "Terore" o "Terori", consolidado posteriormente con la forma " Teror" (5). Este bosque, prolongación de la conocida "Selva de Doramas", y en concreto el pino, pudo tener carácter sagrado para los canarios antiguos, que realizarían allí algún tipo de rito (6). Este extremo no se ha logrado documentar.

No deja de ser sintomático que un acontecimiento, considerado en la época tan extraordinario, escapara a los cronistas contemporáneos, que no tratan la aparición de la Virgen del Pino. Caso contrario, la Virgen de Candelaria, en Tenerife, fue protagonista de obras monográficas. Habrá que esperar al siglo XVII para que se ofrezcan las primeras versiones literarias sobre el hecho, que queda perfilado en relatos más o menos similares al de Francisco López de Ulloa (1646) (7). Entre otros autores del Seiscientos que también tratan el tema, aunque más escuetamente, destacan el obispo Cámara y Murga, Núñez de la Peña, fray José de Sosa, Marín y Cubas, etc. (8). Todos coinciden en señalar el carácter milagroso de la imagen y su peculiar aparición en un pino.

Si el siglo XVII constituye la consolidación del culto de la imagen, el siglo XVIII será el momento de gran apogeo, que se hará extensivo al propio progreso que disfrutará la villa de Teror. Se editan por primera vez obras dedicadas enteramente a la devoción de la Virgen, como las de fray Diego Henríquez, Fernando Zumbado (9) y Diego Álvarez de Silva. Este último autor está considerado como el gran cantor barroco de la Virgen del Pino con su obra " Salutífera sombra del místico Pino María, nuestra reina purísima y soberana señora" (1763) (10).

LA ESCULTURA

Una información de Hidalguía, instruida en 1693, y en la que testifican varias personas sobre el capitán Juan Pérez de Villanueva y su esposa María Sánchez de Ortega, dice de éstos: " (...) fueron patronos de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pino de Teror, y que la fabricaron y trajeron de España la santa imagen de Nuestra Señora a su costa y caudal (...)" (11). Este capitán testó en 1551, por lo que pudo ser su padre, Diego Pérez de Villanueva y Aranda, el que trajo la imagen a Teror (12).

El estudio iconográfico que realizó Hernández Díaz adscribió la imagen al círculo de artistas sevillanos, proponiendo a Jorge Fernández como autor de la talla, que se realizaría en los primeros decenios del siglo XVI (13). Se está, pues, ante una escultura de madera, policromada, perteneciente al último gótico. Posteriormente se le aplicaron las vestimentas barrocas, indumentaria con la que se expone en la actualidad.

EL TEMPLO

La construcción del nuevo templo de la Virgen del Pino constituyó una de las empresas arquitectónicas más importantes del siglo XVIII grancanario. El edificio, continuando con la tradición constructiva del mudéjar, incorpora elementos propios del barroco dominante (14), perteneciendo al conjunto de " iglesias con cúpulas" que en ese momento se levantan en Canarias (15). El nuevo edificio aprovechó la torre tardogótica (1708) de la fábrica anterior (16). Los planos fueron trazados por el coronel Antonio Lorenzo de la Rocha (+l783), iniciándose las obras el 5 de agosto de 1760. La inauguración se celebró en agosto de 1767, constituyendo un acontecimiento de gran importancia en la sociedad canaria del momento (17).

Desde el inicio del siglo XVIII es evidente el deseo que tiene Teror de diferenciarse dentro del panorama arquitectónico de Gran Canaria. No es de extrañar, pues, que en 1708 se construya una torre para su iglesia. Lo sorprendente fue el modelo escogido: las torres góticas de la catedral de Santa Ana de Las Palmas, levantadas casi dos siglos antes. En este gesto hay un sentimiento mimético hacia el primer templo de la diócesis, por medio de la imitación de una forma, que como imagen ya tiene un valor reconocido en Canarias -la catedral-, se trata de resaltar el "prestigio" del edificio, aunque para eso se acudiera a un lenguaje artístico anacrónico. También se ha señalado otro aspecto, el carácter simbólico del número 7, presente en los siete pisos de la torre (18). Este número se ha considerado como "símbolo de la perfección y complemento a todas las cosas" (19), del "orden completo, período o ciclo" (20) y de la eternidad (21).

EL RETABLO

Pieza excepcional del nuevo templo es el retablo mayor, al que hay que sumar, con dimensiones y tratamiento más modesto, otros cuatro, que ocupan las capillas colaterales. Estas obras fueron estudiadas por el doctor Trujillo Rodríguez en su especializada obra El retablo barroco en Canarias (22).

Los retablos pertenecen al rococó, estilo que se introduce en las islas hacia mediados del siglo XVIII. Si bien los ejemplares más antiguos son de tipo "ilusionista", con decoración pintada sobre la planitud de la madera, en los terorenses -más tardíos- aparece la decoración de talla (23). Estos cinco retablos constituyen los ejemplos más destacados del rococó en Gran Canaria.

El retablo mayor ocupa toda la cabecera de la nave central del templo, adaptado a un fondo plano. Queda realzado, no sólo por ser más profunda la capilla mayor que las colaterales, sino también por estar elevado sobre un graderío.

La traza, en esquema, se limita a un solo cuerpo y ático. En cuanto a lo más destacado, Trujillo Rodríguez ha precisado: " Lo más interesante del retablo mayor es la incurvación o desviaje dado a las columnas laterales, descoyuntando la composición tectónica y provocando un efecto de dinamismo ascensional hacia el ático. La rocalla y los temas acaracolados lo invaden todo, quedando llameantes en el remate. El repertorio ornamental se ve reforzado por los plateados motivos del frontal con predominio de la rocalla disimétrica, obra del platero lagunero Antonio Correa en 1777" (24). El mismo autor señaló, como una característica más del retablo, la presencia tras el sagrario de " un gigantesco nichal", que considera único ejemplo de tan curiosa solución en las islas".

Se desconoce documentalmente el autor del retablo terorense. A la hora de las atribuciones, los que han tratado el tema, parecen coincidir en relacionarlo con la escuela del maestro Jerónimo de San Guillermo, tallista grancanario contemporáneo de la obra, cuya biografía y creaciones están aún por determinar (26).

De las esculturas del retablo, excepción hecha de la titular, Nuestra Señora del Pino, que data de principios del siglo XVI, destacan la excelente pareja de San José y San Joaquín, traídas de Génova (hacia 1767) por el canónigo don Estanislao de Lugo (27).

Otra pieza excepcional, de las integradas en el retablo, es el frontal de chapa de plata repujada. Se trata, según Hernández Perera, del "Ejemplar más significativo, y tal vez el único del gusto de Luis XV en piezas de este género" (28). Labrado por el orfebre lagunero Antonio Juan Correa Corvalán, esta pieza rococó, con predominio de decoración de rocalla, está firmada en La Laguna en 1777 y representa la Natividad de la Virgen.

De los espacios arquitectónicos vinculados al retablo destaca, en primer lugar, el camarín. En pleno auge de la devoción insular a la Virgen, se hacía necesario la presencia de ese espacio, que al mismo tiempo que daba holgura para colocar la imagen con sus adornos permitía que todo fuese visible por los fieles (29). No sería aventurado considerar el camarín de Teror como uno de los pioneros de los realizados en Canarias, siguiendo el tipo que se había generalizado en la Península desde el siglo XVII, a partir del modelo valenciano de la basílica de la Virgen de los Desamparados. El ejemplo de Teror no tiene significación arquitectónica al exterior, pertenece, según la terminología de Kubler, al tipo de "camarín oculto" (30). El acceso es directo desde el presbiterio por una puerta situada a la izquierda del retablo. La escalera, obra del arquitecto lagunero Diego Nicolás Eduardo (1733-1798) que firmó los planos en 1784, sustituye a la anterior que no se consideraba digna de la iglesia (31).

Otro espacio singular es el trasagrario, relacionado con las exposiciones de la Eucaristía y que en Teror también sirve para la instalación del coro. Queda comunicado con el presbiterio por medio de tres huecos que se abren en la mitad inferior del retablo, cuyos laterales corresponden a accesos. El hueco central, que Trujillo Rodríguez denominó "nichal", sirve de comunicación entre el Sagrario-Manifestador, colocado sobre la mesa del altar, y el trasagrario, lugar desde el cual se puede manipular el expositor para la exposición solemne de la Eucaristía. Este trasagrario de Teror es caso único en Gran Canaria, situado debajo del camarín de la Virgen, responde a la definición de Benito Goerlich: " un recinto especial, detrás del altar mayor, a modo de camarín sacramentario, oculto a los fieles que asisten a los servicios religiosos" (32). Como en otros ejemplos, el de Teror no tiene manifestación arquitectónica externa.

LA INTERPRETACIÓN

El programa iconográfico del retablo mayor de Teror, en sus formas y contenidos, está destinado primordialmente a la exaltación de la marianidad y de la Eucaristía. Para la clasificación de sus figuras se ha respetado la misma disposición que presentan en el retablo.

1. PRIMER CUERPO

1.1. Calle central

1.1.1. Natividad de la Virgen

En el nivel inferior, correspondiente al frontal de plata repujada de la mesa del altar, se representa en un medallón la escena de la Natividad de María: Santa Ana, recostada en una rica cama rococó, lleva en brazos a la Virgen Niña, mientras San Joaquín, sedente, medita en oración y un criado camina hacia el grupo con un ánfora. En la parte superior de la escena resplandece el anagrama de la Virgen, entre cuatro cabezas de querubines. Tal como anotó Hernández Perera (33), la representación es una alusión al 8 de septiembre, día en que se celebra la fiesta de Nuestra Sra. del Pino, coincidente en el calendario católico con " la natividad de la Bienaventurada Virgen María" (34).

1.1.2. Eucaristía

Sobre la mesa del altar, superpuesto al "nichal" (boca del trasagrario) se coloca el expositor o sagrario manifestador rococó, de madera dorada, pieza emergente y que se adelanta al plano del retablo. Situado al nivel de las celebraciones litúrgicas, es un signo de exaltación de la Eucaristía (35).

1.1.3. Nuestra Señora del Pino

En la boca del camarín, ocupando posición central en el retablo, aparece, en apoteosis, la imagen tardogótica de la Virgen del Pino, con su indumentaria barroca (36). Se adorna con símbolos marianos, labrados en plata, como el sol de ráfagas que la rodea y la luna a sus pies, todo cobijado por las andas de baldaquino. El conjunto responde a la renovada exaltación de la marianidad que supuso la reacción contra la Reforma (37).

1.2. Calle lateral derecha

1.2.1. Santa Ana y la Virgen

El relieve tiene como tema a Santa Ana instruyendo a la Virgen Niña, la figura de la madre aparece sedente, mientras la Virgen sigue atentamente sus enseñanzas. La escena se puede relacionar con el cumplimiento de la promesa, por parte de su madre, de consagrar María a Dios desde su infancia. Aquí se representa en una de las formas más habituales: Santa Ana con manto verde (color de la primavera, el renacer, la inmortalidad), y vestido rojo (el amor). Tal como lo propagó la Contrarreforma, este relieve se refiere a la educación de la Virgen (38).

1.3. Calle lateral izquierda

1.3.1. La Visitación

Esta escena está en relación con el pasaje bíblico de San Lucas, donde se narra la visita, que tras la anunciación de su maternidad, realiza la Virgen María a su prima Santa Isabel. Desprovista de fondo, como en el caso anterior, la versión se simplifica con los dos personajes femeninos centrales. Las dos mujeres se abrazan protocolariamente haciendo Isabel un ademán de arrodillarse, en un claro homenaje de reconocimiento a la madre de Dios, que aparece de pie sobre un pequeño pedestal. Esta es la fórmula más empleada en la Contrarreforma (39).

2. SEGUNDO CUERPO O ÁTICO

2.1. La Aparición de la Virgen en el pino

En el interior del ático la única imagen es el relieve de la aparición de la Virgen en el pino. La escena está notablemente simplificada en relación con el relato tradicional de la Aparición, prescindiéndose de todos los elementos más anecdóticos; sólo quedó lo esencial: la Virgen y el pino. El árbol se relaciona con el "axis-mundi", imagen que desde la antigüedad es expresión de la comunicación con el cielo. El árbol también estuvo asociado con el culto a la diosa tierra, símbolo femenino de la fecundidad, indicando la Inmortalidad, la Sabiduría, la Juventud, etc. En palabras de Mircea Eliade: " el árbol ha llegado a expresar todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia" (40).

La sacralización del pino (un pinus canariensis) también se ha relacionado con la cristianización del árbol, presuntamente venerado por los aborígenes -dendrolatría-. El pino, según Eliade, sería una "hierofanía" : ala piedra sagrada, el árbol sagrado no con adorados en cuanto tales, lo son precisamente por el hecho de ser hierofanías, por el hecho de "mostrar" algo que ya no es ni piedra ni árbol, sino lo sagrado, (...)" (41). El árbol, como tema alegórico cristiano también tendrá su presencia en el arte de los siglos XVII y XVIII, relacionado con el "Árbol de la Vida" (42).

El pino, al igual que otros árboles de hoja perenne, se relaciona con el símbolo de la inmortalidad. En la simbología cristiana se asocia a los escogidos que desdeñan los deseos humanos y están adornados con el don de la paciencia (43).

En el relieve se representa la imagen de la Virgen sin las ropas barrocas, es decir, la escultura tardogótica, que ocupa gran parte de la copa del pino. En la representación hay tal simbiosis entre la Virgen y el pino, que el tronco de éste parece mas bien un pedestal para colocar la imagen; y la copa, una aureola vegetal, a manera de ráfagas en torno a la Virgen.

2.2. Esculturas laterales

2.2.1. San José

Formando pareja con la escultura de San Joaquín, la de San José ocupa el lado derecho del retablo. El patriarca, como padre terrenal, porta al Niño Jesús en su mano izquierda, mientras la derecha se apoya en la vara. San José se representa como hombre maduro, iconografía que generalizó la Contrarreforma, y no como un anciano, que era lo frecuente con anterioridad (44).

2.2.2. San Joaquín

En clara correspondencia con la escultura anterior, la de San Joaquín ocupa el lado izquierdo del retablo. El padre de la Virgen se representa en su caracterización tradicional de anciano de poblada barba, llevando a su hija en el brazo derecho, mientras el izquierdo lo apoya en un bastón, indicando su carácter patriarcal. Tal como San José lleva en su cabeza un nimbo de ráfagas.

De la lectura de estas imágenes se deducen varias interpretaciones del mundo de las ideas. Para simplificar la cuestión, se van a admitir las siguientes categorías:

I.
MANIFESTACIÓN DE LA MARIANIDAD

a) Lo universal

La Virgen María, es la protagonista del retablo, ocupando las partes de mayor significación semántica. No se representa ningún programa completo de la Vida de la Virgen, pero sí algunos de sus aspectos. En su condición de hija, María aparece en la escena de su nacimiento, educada por Santa Ana, su madre, o en brazos de San Joaquín, su padre, con lo que se estaría dentro del ciclo de la "Infancia de la Virgen". Si se atiende al resto de los personajes, tendríamos a San José, su esposo, y a su prima Santa Isabel. María, como madre, es precisamente la que preside todo el conjunto. El ciclo se podría definir como de "gozo", tomando la terminología de la primera de las series de misterios del rosario. Sin embargo, se podría precisar más. Hay reiteración de la idea de maternidad (Ana, María, Isabel) y paternidad (José, Joaquín). Las relaciones de parentesco serían varias, con respecto a la Virgen (padre, hijo, esposos, prima), con respecto a Jesús (padres, abuelos).

El lenguaje arquitectónico del retablo también queda relacionado con la Virgen María. En efecto, el orden corintio, escogido para las cuatro columnas, es recomendado por Sebastián Serlio (1475-1554), en su "Libro IV" (1537), para la "Virgen sacratísima madre de Jesucristo redentor nuestro", agregando que "después de esta Serenísima Señora, a todos aquellos santos y santas que hayan hecho vida virginal o vivido castamente" (45).

Otros elementos decorativos si no aluden directamente a la Virgen María lo hacen a un principio femenino: el fuste arqueado de las columnas de los extremos (la línea curva) y las conchas. Éstas últimas, según Cirlot, se relacionan con la mujer, el nacimiento de Afrodita, "símbolo místico de la prosperidad de la generación a base de la muerte de la generación precedente" (46). Estas interpretaciones, evidentemente, conectan con la idea de natividad (de Jesús, la Virgen, San Juan Bautista) y la generación (Ana-María-Jesús) que están presentes en el programa de imágenes del retablo.

En esta exaltación de la marianidad, la Virgen -en su triple disposición en el eje central del retablo- también puede aludir a los tres mundos cósmicos: lo subterráneo (el nichal), lo terrestre (la imagen en el camarín) y lo celeste (el milagro de la aparición en el pino).

b) Lo singular

La exaltación de la Virgen del Pino y su directa conexión con el relato de la Aparición constituye el hecho peculiar del programa iconógrafico del retablo. Esta lectura se aprecia primordialmente en el eje vertical central con la efigie, que aparece en la boca del camarín, y culmina en el ático del retablo, plano legendario, con la manifestación del relato, simplificado en la escena de la Virgen aparecida en el pino. Este eje, pues, tomando como centro la

propia imagen de la Virgen del Pino, en su vector inferior correspondería a la coordenada del tiempo -el cuándo- simbolizando el ocho de septiembre; mientras, el vector superior correspondería a la coordenada del espacio -el dónde-, que se manifiesta plásticamente con la aparición de la Virgen en el pino.

II. MANIFESTACIÓN DE LA EUCARISTÍA

Ya se vio que una de las características que presenta el retablo terorense es la presencia del trasagrario, espacio que se ubica en la planta baja del camarín. En relación con éste, ocupando un plano anterior al retablo y enmarcado por el mencionado nichal, se levanta el tabernáculo manifestador, en madera dorada, mueble destinado a guardar y exponer solemnemente la Eucaristía. La exaltación del Sacramento es otra de las tendencias divulgadas por la Contrarreforma, con ceremonias cargadas de teatralidad y facilitadas -en este caso- por la presencia del trasagrario.

En el retablo no se detecta ninguna referencia concreta a lo eucarístico, aunque el marcado protagonismo que cobra el tabernáculo manifestador, en el mismo eje central mariano y con espacio propio, queda como copartícipe -aunque en menor grado- del protagonismo mariano. La decoración del tabernáculo integra los cuatro evangelistas y representaciones del Agnus Dei.

CONCLUSIÓN

A manera de síntesis y conclusión, el Retablo Mayor de Teror se puede considerar como el resultado final del proceso, que fundamentado en la historia y la leyenda -la aparición de la Virgen en el pino- tuvo una amplia difusión en el siglo XVII y su mayor esplendor durante el siglo XVIII.

Fruto de un programa artístico -construcción del nuevo templo, renovación urbanística del entorno, etc.- el retablo aparece como una obra unitaria, rococó, a pesar de tener incorporadas piezas de autores diferentes (esculturas, frontal, etc.).

En lo que respecta a Canarias, el retablo supuso una innovación a partir de modelos ya experimentados en la Península desde el siglo anterior, destacando por la presencia de espacios arquitectónicos vinculados al mismo: el camarín y el trasagrario.

Con un ideario contrarreformista y barroco, se debe considerar como auténtica "Apoteosis de la Virgen del Pino", no obstante, existir un segundo nivel de manifestación eucarística.


NOTAS

(1) Cfr. Ignacio Quintana y Santiago Cazorla (1971), La Virgen del Pino en la Historia de Gran Canaria, Las Palmas.
La imagen ha sido, desde 1607, protagonista de 51 bajadas a la catedral de Las Palmas. En 1914 fue declarada patrona de la diócesis de Canarias. Benedicto XV, el 12 de enero de 1916, declaró basílica menor el templo de Teror (pp. 225-245, 330-332 y 340-341).

(2) Juan Sebastián López García, "Canarias: hacia un sistema urbano. Siglos XV y XVI", en Ciudad y Territorio, Madrid (en prensa).

(3) José Miguel Alzola (1960), "Iconografía de la Virgen del Pino", en El Museo Canario. Homenaje a Simón Benitez Padilla, núms. 73-74, enero-diciembre, Las Palmas, p. 51.

(4) Santiago Cazorla (1980), Historia de las tradiciones del Pino, Col. La Guagua, núm. 13, Las Palmas, pp. 10?23.
Este tipo de grabado se localiza actualmente en otros lugares de Canarias. V. Maryam Cortés Vázquez (1987), "Los petroglifos podomorfos de Montaña Tindaya (Fuerteventura): características formales y significación", I Jornadas de Historia de Fuerteventura y Lanzarote. Homenaje a Francisco Navarro Artiles, t. II, Cabildo Insular de Fuerteventura, Puerto del Rosario, pp. 13-63.

(5) Dominik Josef Wtilfel (1965), Monumenta linguae Canariae, Graz, Austria, p. 732. Francisco Navarro Artiles (1981), Teberite. Diccionario de la Lengua aborigen canaria, Edirca, Las Palmas, p. 249.

(6) Julio Cuenca Sanabria (1987), "El Pino de Teror: un santuario de los antiguos canarios", Canarias 7, 8 de septiembre, Las Palmas, p. 13.

(7) Francisco Morales Padrón (1978), Canarias: crónicas de su conquista, El Museo CanarioAyuntamiento de Las Palmas, pp. 323 y 324.

(8) Alzola (1960), pp. 52?55.

(9) Alzola (1960), pp. 56-58. En 1714 el franciscano fray Diego Henríquez publica "Verdadera fortuna de las Canarias y breve noticia de la milagrosa imagen de la Virgen del Pino". A finales de siglo, Fernando Hernández Zumbado edita en Madrid su "Novena en obsequio, y culto de María Santísima, Madre de Dios, y Señora Nuestra, cuya Sagrada Imagen con el título de Nuestra Señora del Pino, se venera en la Iglesia Parroquial del lugar del Teror, de la Isla de Gran Canaria".

(10) Francisco Zumbado Espino (1977), "En el siglo XVIII. Un cantor barroco de la Virgen del Pino", La Provincia, Las Palmas de Gran Canaria, 8 de septiembre, p. 4. Álvarez de Silva también es autor de una novena dedicada a la Virgen (1755) y de una obra sobre la descripción de la fiesta de la inauguración del nuevo templo (1767).

(11) Alzola (1960), pp. 55 y 56.

(12) Ibid.

(13) José Hernández Díaz (1973), "Estudio iconográfico-artístico de la Virgen del Pino, Patrona de Gran Canaria", Anuario de Estudios Atlánticos, núm. 19, Patronato de la Casa de Colón, Madrid-Las Palmas, pp. 172 y 173. Véase también Alzola (1960), pp. 59-65 y Jesús Hernández Perera (1984), "Arte", en Canarias, Fundación Juan March, Editorial Noguer, Madrid-Barcelona, p. 202.

(14) Carmen Fraga González (1980), Arte barroco en Canarias, Editorial Interinsular, Santa Cruz de Tenerife, pp. 13 y 14.

(15) Hernández Perera (1984), p. 269. Las iglesias dieciochescas de Gran Canaria han sido objeto de un estudio del autor de este artículo, presentado en el VII Congerso Español de Historia del Arte. Juan Sebastián López García (en prensa): "Promoción, mecenazgo y cambio en la arquitectura grancanaria del siglo XVIII", Murcia, 1988.

(16) Francisco Galante Gómez (1983), Elementos del gótico en la arquitectura canaria, Edirca, Las Palmas, pp. 101 y 102; Alfonso Trujillo Rodríguez (1976), Arte gótico en Canarias, Enciclopedia Canaria, núm. 18, Cabildo de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, p. 19.

(17) Testimonio del acto es el manuscrito "Descripción de las fiestas de la dedicación del magnífico templo del Pino, siendo obispo de estas islas el Ilmo. Sr. don Francisco Javier Delgado y Venegas, del Consejo de Su Majestad. Por don Diego Álvarez de Silva, prebendado de esta Santa Iglesia Catedral y examinador Sinodal de este Obispado. Año de 1767. Es copia. Juan Padilla", Archivo del Museo Canario, Las Palmas.
El acontecimiento también es recogido por Lope Antonio de La Guerra y Peña (1948), en Memorias, cuaderno I, Años 1760-1770, El Museo Canario, Las Palmas. Quintana y Cazorla (1971), p. 190; y Pedro Tarquis Rodríguez (1966), "Diccionario de arquitectos, alarifes y canteros que han trabajado en las Islas Canarias", Anuario de Estudios Atlánticos, núm. 12, Patronato de la Casa de Colón, Madrid-Las Palmas, pp. 473-478.

(18) Carmen Fraga González (1980), Aspectos de la Arquitectura Mudéjar en Canarias, Col. La Guagua, núm. 15, pp. 31 y 32.

(19) José Luis Morales y Marín (1984), Diccionario de Iconología y Simbología, Ed. Taurus, Madrid, p. 303. También se considera "Número universal del dinamismo total en el Apocalipsis viene a representar su principal clave: siete iglesias, siete estrellas, siete cabezas, siete copas, siete reyes, siete truenos, siete trompetas, etc.".

(20) Juan Eduardo Cirlot (1979), Diccionario de Símbolos, Nueva Colección Labor, Barcelona, p. 330.

(21) José Antonio Pérez-Rioja (1980), Diccionario de Símbolos y Mitos, Ed. Tecnos, Madrid, pp. 386 y 387.
"Por ser el séptimo el día de descanso del Señor, simboliza, asimismo, la Eternidad".

(22) Alfonso Trujillo Rodríguez (1977), El retablo barroco en Canarias, Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas, 2 tomos. Del mismo autor y título se publicó un resumen divulgativo: (1979), Col. Guagua, núm. 2, Las Palmas.

(23) Trujillo Rodríguez (1977), p. 183; (1979), pp. 40 y 41.

(24) Trujillo Rodríguez (1979), p. 41. Los datos del frontal están tomados de Jesús Hernández Perera (1955), Orfebrería en Canarias, Instituto Diego Velázquez, C.S.I.C., Madrid, pp. 244 y 245.

(25) Trujillo Rodríguez (1977), pp. 188 y 189.

(26) Trujillo Rodríguez (1979), p. 188. José Miguel Alzola (1981), El imaginero José Luján Pérez (1756-1815), Col. Guagua, núm. 26, Las Palmas, pp. 18-20. Hernández Perera (1984), p. 276.

(27) Jesús Hernández Perera (1961), "Esculturas genovesas en Tenerife", en Anuario de Estudios Atlánticos, núm. 7, Patronato de la Casa de Colón, Madrid-Las Palmas, p. 448.

(28) Hernández Perera (1955), pp. 244 y 245. En el borde superior derecho lleva la siguiente inscripción: "EL MA(ES)TRO ANTONIO) JUAN CORREA LO HACÍA EN LA LAGUNA) DE TEN(ERIFE). AÑO 1777". V. del mismo autor (1984), p. 290.

(29) En 1788 el obispo Martínez de la Plaza manda que las alhajas de la Virgen se guarden en el camarín y no en la casa de la camarera. Véase Braulio Guevara (1982), 500 años de la aparición de la Virgen del Pino, Las Palmas, p. 16.

(30) George Kubler (1957), Arquitectura de los siglos XVI y XVIII, Col. "Ars Hispaniae", Ed. Plus Ultra, Madrid, pp. 285 y 286. VA. Catálogo de Monumentos y Conjuntos de la Comunidad Valenciana (1983), t. II, Consellería de Cultura, Educación y Ciencia, Valencia, pp. 475-480; Santiago Sebastián López (1981) Contrarreforma y barroco. Lecturas iconográficas e iconológicas, Alianza Editorial, Madrid, pp. 232-234.

(31) Quintana y Cazorla (1971), p. 192. Se reproduce el plano que lleva la siguiente inscripción: "Studio ac labore D. Didaci Eduardo, ejusdem almae Ecclesiae Portionari libentissime impensis D.E.". Enrique Marco Dorta (1964), Planos y dibujos del Archivo de la Catedral de las Palmas, El Museo Canario, Las Palmas, pp. 44-45 y 83-84. Tarquis (1966), pp. 420-427.

(32) Daniel Benito Goerlich (s.f.), "Un ejemplo de trasagrario barroco: Nuestra Señora de la Misericordia de Campanar", en Traza y Baza, Universidad de Valencia, p. 70.

(33) Hernández Perera (1955), pp. 244 y 245.

(34) Santiago de la Voragine (1982), La Leyenda Dorada, vol. II, Alianza editorial, pp. 565-575. Refiere que, según Juan Beleth, un santo varón tuvo la revelación de que "todos los años el ocho de septiembre se celebraba en el cielo una fiesta solemnísima en honor de la Virgen, porque en un ocho de septiembre había ella nacido en la tierra; (...)".

(35) Hernández Perera (1955), p. 246. En el anterior templo, el sagrario estaba empotrado en el testero del evangelio de la capilla mayor.

(36) La imagen se documenta vestida desde 1558. En el siglo XVIII afirma fray Diego Henríquez: "mueve más a devoción ese real adorno y, decente aseo, como más proporcionado con la mentalidad de nuestros corporeos sentidos". Cazorla (1980), pp. 48 y 49.

(37) Sebastián López (1981), pp. 195-230.

(38) Voragine (1982), vol. II, p. 568. James Hall (1987), Diccionario de temas y símbolos artísticos, Alianza Editorial, Madrid, pp. 35 y 124. Pérez-Rioja (1980), p. 62.

(39) Hall (1987), pp. 327 y 328. Voragine (1982), vol. II, pp. 565-575.

(40) Mircea Eliade (1979), Lo sagrado y lo profano, Guadarrama/ Punto Omega, Barcelona, p. 128.

(41) Eliade (1979), pp. 18 y 19.

(42) Santiago Sebastián López (1980), Iconografía e Iconología en el arte de Aragón, Guara Editorial, Col. Básica Aragonesa, núm. 30, Zaragoza, pp. 108-112.

(43) Pérez-Rioja (1980), p. 353; Cirlot (1979), p. 364; Morales Marín (1984), p. 272.

(44) Hall (1987), pp. 182 y 183; Pérez-Rioja (1980), pp. 256 y 257.

(45) Sebastián Serlio (1977), Tercero y Cuarto Libro de Architectura, Col. Juan de Herrera, núm. 2, Albatros Ediciones, Valencia, f. 49v. V.t. I sette Libri dell'architettura (1978), Ed. Arnaldo Forni Editore, t. I (libri I-IV) (s.l.), f. 169.

(46) Cirlot (1979), p. 143.


ILUSTRACIONES

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