CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

LA SIMPLIFICACIÓN DEL ÁRBOL DE JESÉ Y OTROS TEMAS GENEALÓGICOS MARIANOS EN LA ESCULTURA GRANADINA

M.ª José Martínez Justicia


1. PREFIGURACIONES DEL TEMA DE LA INMACULADA CONCEPCION DE MARÍA

La polémica surgida tras el Concilio de Trento (1545-1563) en torno al misterio de la Inmaculada Concepción, permitirá la fijación del tema iconográfico del mismo -que alcanzará su época de esplendor máximo en el período barroco- y la proliferación de imágenes alusivas a éste, y ello en detrimento de otros temas marianos tales como el Árbol de Jesé, el Abrazo ante la Puerta Dorada o la Santa Parentela, tan frecuentes en la iconografía medieval (1).

Antes de que cristalizase la iconografía moderna de la Inmaculada, el arte cristiano representaba la Concepción de María de una forma muy descriptiva: el Árbol de Jesé, que se colocaba siempre como escena básica en los ciclos dedicados a la vida de la Virgen (2), y cuya base literaria la encontramos en el profeta Isaías, XI,1-2: "Y brotará una vara del tronco de Jesé y de sus raíces se elevará una flor, sobre el que reposará el espíritu de Yavé..."

El origen del tema es medieval y se atribuye al abad de Saint-Denis, Sugerio, por cuyo mandato se ejecutó en una vidriera de la abadía. Sin duda que existieron versiones previas, tanto en miniatura como en pintura (3), pero fue Sugerio el auténtico impulsor del mismo. Las versiones más bellas nos las ofrecen las vidrieras francesas.

Las formas de representación del Árbol de Jesé son variadas. No pretendemos hacer aquí un análisis exhaustivo de ellas, baste decir que del cuerpo de Jesé -del costado, vientre, cabeza u oído- parte un tronco en cuyas ramas se van situando los diversos varones de la genealogía de Jesús -entre los cuales siempre estará David- para terminar con la Virgen y el Niño en brazos, que aparece, casi siempre, a partir del siglo XIII (4).

En el arte escultórico granadino no conocemos ningún ejemplo que represente, de manera estricta, este tema iconográfico del Árbol de Jesé. Por el contrario, sí son frecuentes las representaciones genealógicas simplificadas y con un marcado carácter simbólico.

LA ESCENA DE LOS TALLOS

También de origen medieval, como el tema iconográfico del Árbol de Jesé, " y -según Hernández Díaz-, como simplificación del mismo, está el de los Tallos que representa a Joaquín y Ana, genuflexos o en pie, de cuyos pechos salen unos troncos que se unen y florecen en azucena, en la que se sitúa a la Virgen" a veces con el Niño (5).

Este tema, enriquecido con una segunda escena, lo encontramos en el arte granadino, en una vidriera de la catedral. Estamos ante un ejemplar poco frecuente en el arte de la ciudad. La carencia en Granada de un arte medieval cristiano sólo nos permite analizar los temas iconográficos del arte cristiano de nuestra ciudad a partir de los comienzos del siglo XVI. Los temas, pues, son importados. Esto es lo que ocurrirá con la citada vidriera, colocada en el lado izquierdo de la girola de la catedral y con la que se inicia un ciclo dedicado a la Virgen (6), que se relaciona íntimamente con el programa iconográfico general del templo, que se despliega, con inusitado esplendor, en la capilla mayor y que está perfectamente justificado, toda vez que la catedral se consagra bajo la advocación de Santa María de la Encarnación, siguiendo tradiciones muy antiguas de consagrar grandes templos a la Virgen María.

El programa iconográfico, que revela una raigambre erasmista, fue propuesto por Diego de Siloe, aunque su inspirador pudo ser muy bien el arzobispo de Granada, fray Pedro Ramiro de Alba, de la orden Jerónima (7), y como muy bien analiza Rosenthal (8), todo el conjunto de las vidrieras de la girola -con los temas marianos, de Apóstoles y Padres de la Iglesia- prefiguraría el tema de la Fundación de la Iglesia, representado en la capilla mayor, donde se inicia con la vidriera del Espíritu Santo y los temas relativos a la vida de Cristo (9).

Tanto el tema como la iconografía de esta primera vidriera de la serie, objeto de nuestro estudio, son de ascendencia medieval y se inspiran en los Evangelios Apócrifos (10), tan comunes como fuente de inspiración en este período, cuando las Sagradas Escrituras no la proporcionan, y en esta obra suponen la supervivencia de los temas iconográficos medievales en el siglo XVI. La escena ocupa la superficie total de la vidriera, como es habitual en el Renacimiento, y, por influencia de la pintura, presenta un escenario tridimensional en el que, simultáneamente, se contemplan dos escenas. En primer término, y a una escala mayor, la Escena de los Tallos: San Joaquín y Santa Ana aparecen, de pie, a ambos lados. De sus pechos arrancan unos tallos que acaban por unirse en uno solo del que brota una flor, sobre la que se sitúan las figuras de la Virgen y el Niño. La escena está impregnada de carácter simbólico. Esta gran flor de la parte superior, en la que aparecen la Virgen y el Niño entronizados, como afirma Nieto Alcaide, "no son sino la flor del Árbol de Jesé con la Virgen como figura principal a la que se quiere glorificar". El tema, como consecuencia de la expansión del culto a la Inmaculada se extenderá "a la manera de una de las ramas del Árbol de Jesé" (11).

En segundo término, y en una escala menor, se narra la escena de carácter histórico que, según Nieto Alcaide, determina la iconografía de la vidriera (12): San Joaquín, acompañado de sus pastores y rebaños, aparece en medio de un paisaje recibiendo el anuncio del ángel.

La composición se atiene a un esquema geométrico muy elaborado, según las normas habituales en el Renacimiento y en ella se diferencian, con toda claridad, dos planos: el terrenal -con San Joaquín y Santa Ana del primer término, y San Joaquín, pastor y rebaño del segundo- y el celestial, constituido por la Virgen, el Niño y el Ángel Anunciador.

La lectura de lo representado está bien clara, como ha señalado el profesor Nieto, apoyándose en los textos apócrifos: "El anuncio a San Joaquín pone de manifiesto la intervención divina sobre el hombre -"Dios se ha dignado suscitar en ella un germen de vida"- y en las dos figuras del primer término, San Joaquín y Santa Ana, la reversión de lo humano a lo divino -"ese germen será bendito y ella también será bendita y quedará constituida en madre de eterna bendición"- que culmina en las figuras de la Virgen y el Niño, situadas en la parte superior" (13).

A pesar de la nefasta influencia que la pintura del Renacimiento ejerció sobre el arte de la vidriera, esta obra, desde el punto de vista del color, es de bellos efectos, resaltando el azul, rojo y amarillo, con algunas notas de verde, morado y amarillo plata muy vivo, sobre fondo blanco. Todo de efecto muy pictórico, acentuado por la aplicación de grisalla muy difuminada.

Su realización se debe al artista de origen flamenco, Teodoro de Holanda, quien la ejecutó en sus talleres de Amberes, entre 1554 y 1556, siendo colocada en 1558 (14). Se realiza expresamente para Granada, según el programa de Siloe y no aprovechando ejemplares que ya tuviese realizados.

Este bello ejemplar de la catedral granadina, que nos llega apenas mediado el siglo XVI, quedará sin consecuencia en el arte de la ciudad (15), y significará la presencia de un tema y una iconografía venida desde afuera en un momento en que soplan aires renovadores en el arte y en el seno de la Iglesia.

REPRESENTACIÓN DEL TEMA EN LOS RETABLOS

También en el siglo XVI, pero más avanzada su segunda mitad, encontramos una muy particular representación simplificada de la Escena de los Tallos, donde el carácter simbólico, abstracto del tema, ha suplantado, igualmente, lo narrativo que en sus orígenes tenía. Nos referimos al retablo mayor de la iglesia del monasterio de San Jerónimo. Esta magnífica y problemática obra, en la que los críticos están de acuerdo en situar los orígenes de las escuelas escultóricas del barroco andaluz (16) -Sevilla y Granada-, junto con los de Medinasidonia y Lucena, entre otros, ofrece un complejo programa iconográfico de carácter cristológico, tan frecuente en el siglo XVI, y, en los orígenes del mismo, la genealogía de Cristo, representada por este tema que se sitúa como escena fundamental en la calle central del retablo: sobre el altar, el manifestador o tabernáculo de la Eucaristía; en el segundo piso, la Inmaculada Concepción sobre fondo de rayos solares (17), forma grupo con los bustos de San Joaquín y Santa Ana, colocados a sus pies, a la izquierda y derecha, respectivamente; en el cuarto cuerpo, Cristo crucificado y, rematando la composición, en el ático, el Padre Eterno. María, con sus ascendientes inmediatos, significa la posibilidad de la Encarnación de Cristo mediante la intervención divina y su permanencia entre los hombres a través de la Eucaristía.

No es el momento aquí de hacer un análisis en profundidad de toda la iconografía del retablo ni de los problemas que plantea en cuanto a la autoría y estilo. Baste recordar que se contrata en 1570 su pintura con Juan de Aragón. En 1573 se modifica la traza por Diego de Pesquera y Lázaro de Velasco, realizando la parte escultórica artistas del taller del sevillano Vázquez el Joven, entre los que hay que destacar al casi desconocido Melchor de Turín, artista de origen granadino, que también trabaja en Sevilla. En 1603 se añade
un nuevo cuerpo en el que intervienen Gaviria, Pablo de Rojas y Pedro de Raxis. La imagen de la Inmaculada pertenece a un período más tardío, como señala el profesor Sánchez-Mesa, y es obra del artista valenciano, Antonio de Sala, quien la hizo en 1697, dorada y policromada por Gregorio de Rueda, sustituyendo a otra anterior que bien podía ser la que hoy existe en la iglesia de San Ildefonso (18).

En el siglo XVIII, el arte granadino nos dará otra espléndida versión en el retablo mayor de la iglesia de San Juan de Dios. También aquí el sentido descriptivo dejará paso a un contenido de carácter simbólico, dentro del culto mariológico que se desencadena una vez finalizado el Concilio de Trento. La gran devoción que la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios profesaba a la Inmaculada Concepción, es la que determina este programa iconográfico, cuyo impulsor fue el padre fray Alonso Jesús y Ortega, superior de la Orden en Granada desde 1733 (19). Por otra parte, pudo contar con la colaboración de un extraordinario grupo de artistas (20), todos al servicio de una misma idea y trabajando al unísono, de forma que el resultado será el conjunto artístico de mayor unidad dentro del barroco granadino del XVIII.

El retablo, de ambicioso y magnífico trazado, es el feliz resultado de las ideas conjuntas de José de Bada y Francisco José Guerrero, autor este último de toda la carpintería de la basílica. Ambos estuvieron muy compenetrados.

La magnífica escenografía que sirve de apoyo al tema iconográfico predominante -la exaltación de la "Pura y Limpia- (21), debió terminarse a finales de 1753. La parte escultórica, obra del artista Diego de Sarabia, independientemente de las numerosas figuras de ángeles de diversos tamaños y el San Juan Nepomuceno (obra de Martín de Santisteban), que corona el tabernáculo, nos ofrece la siguiente disposición: se trata de un retablo de concepto total, con una gran calle central en la que se superponen tabernáculo, camarín de San Juan de Dios, camarín de la Virgen y, como remate, " el Espíritu Santo en forma de paloma despidiendo rayos de su divino amor" (22). En las calles laterales, entre grandes estípites y a la altura del arranque del camarín del santo, las figuras de San Joaquín y Santa Ana. Arriba, a ambos lados de la Inmaculada, las figuras de San Carlos Borromeo -arzobispo de Milán (15381584), gran benefactor social, figura comparable a la de San Juan de Dios- y la de San Ildefonso, "ternísimo defensor de la Pureza Virginal de la Reyna de los Ángeles" (23).

La significación mariana de la iconografía del templo se completa con los temas pictóricos que decoran las bóvedas. La que cubre la nave mayor, "dedicada a la magestad más alta en honor y gloria del Mysterio de la Concepción sin mancha de María" (24). La del presbiterio, a la "Assumpción Gloriosa, coronándola la Trinidad Beatissima por Emperatriz de Cielos y Tierra" (25).

La fortuna de esta propuesta iconográfica, que de forma tan espléndida ofrece el retablo de San Juan de Dios, será grande en el siglo XVIII. Encontramos numerosas versiones de esta Escena de los Tallos simplificada, como base del culto mariológico en otros templos, no sólo de Granada capital, sino también de algunos de sus pueblos.

En la Iglesia de Santa Ana, a la que volveremos a referirnos más adelante, en una de sus capillas laterales -la segunda a la izquierda- encontramos un pequeño pero bello retablito barroco del siglo XVIII, centrado por una figura de la Inmaculada de Pedro Duque Cornejo (26). A su izquierda y derecha, respectivamente, las figuras a menor escala de San Joaquín y Santa Ana, también del siglo XVIII y a las que resulta difícil asignarles su autor, pues se trata de obras de taller que, siendo correctas y dignas artísticamente, carecen de los rasgos capaces de definir la personalidad de sus realizadores.

Asimismo, en la iglesia de San Antón, también en una de las capillas laterales -la cuarta a la izquierda a partir de los pies-, volvemos a ver repetido el mismo esquema en otro retablo barroco, centrado por una Inmaculada del estilo de Cano, y a un lado y a otro las figuras de San Joaquín y Santa Ana del siglo XVIII.

En la iglesia de San Andrés existe otro retablo en el lateral derecho que resulta muy interesante y con la misma significación mariológica. En este caso nos falta la imagen de la Inmaculada (27), pero el significado mariano del conjunto está claro no sólo porque en él se mantienen las figuras de San Joaquín y Santa Ana, perfectamente identificables por las inscripciones que llevan en sus peanas, sino porque entre los adornos dorados del retablo -también del XVIII- aparecen numerosos símbolos marianos: el pozo de agua viva, la vara de azucenas, el cetro..., y el más significativo, el anagrama del Ave María, situado en el arco central del retablo que cobijaría la imagen de la Inmaculada.

Como ejemplo de la trascendencia y devoción a este tema, fuera de los límites de la ciudad, hemos de referirnos al bello y suntuoso retablo de la iglesia parroquial de Alhendín -igualmente del XVIII-, que sirve de espléndido marco al camarín donde se encuentra la extraordinaria imagen de la Inmaculada, realizada por Pedro de Mena en 1666. También aquí aparecen las figuras de San Joaquín -a la izquierda y de pie- y Santa Ana, a la derecha, sentada y con la Virgen en brazos, lo que resulta bastante extraño. Ello nos hace pensar que, por motivos que desconocemos, la primitiva imagen de Santa Ana -que debería estar de pie y sola- se vio sustituida por este grupo, que no se justifica en el conjunto. Son obras anónimas del siglo XVIII.

EL ABRAZO ANTE LA PUERTA DORADA

Este tema iconográfico, que prefigura también el de la Inmaculada, se verá igualmente afectado al imponerse la nueva iconografía postridentina de la Concepción de María, mucho más abstracta y lejana de aquella hermosa y detallada narración que proporcionaban los Apócrifos (28). La Leyenda Dorada difundió el relato del encuentro de ambos esposos ante la Puerta Dorada del Templo de Jerusalén después de haber tenido el anuncio del ángel del Señor que les comunicó, por separado, que serían padres gracias a la intervención divina. Los franciscanos la incorporaron a su breviario en el siglo XIV, lo que favoreció su difusión. En la segunda mitad del XVI este episodio adquirirá un valor simbólico?mariológico: significará la concepción Purísima de María, más que el episodio que se refiera al futuro nacimiento de la Virgen -significado que también encierra-.

Los teólogos enseñaban que la Virgen María fue concebida mediante un beso, sin intervención del hombre: "ex oculo concepta, sine semine viri" (29). Por otro lado, a partir del siglo XIV, y como consecuencia de la influencia ejercida por una biblia versificada, la Puerta Dorada pasa a convertirse en Puerta del Paraíso: María será también la Puerta del Paraíso (30).

En el rico panorama del arte granadino del XVI, encontramos un hermosísimo ejemplo en el relieve perteneciente al retablo de la iglesia parroquial de los Ogíjares (Granada), realizado por Diego de Pesquera entre 1567-1568. Aparecen los dos esposos avanzando uno hacia el otro y abrazándose, de forma muy semejante a como se representa el tema de la Visitación. Un ángel vuela sobre ellos, posando sus manos sobre sus cabezas como símbolo de la intervención divina. Completan la composición las figuras de un pastor con una oveja al hombro, a la izquierda, y una cariátide a la derecha. Abajo, entre las dos figuras principales, la figura de un perrillo. Mide 1,36 X 1,00 ms., y, como en el otro relieve conocido como el de la Sagrada Familia, perteneciente al mismo retablo, que analizaremos también, la composición se somete a esquemas geométricos y de líneas cerradas. Las figuras, solemnes y de amplios y elegantes paños, aunque carecen del exquisito refinamiento de la escena de la Sagrada Familia, revelan, no obstante, la maestría de su autor.

2. LA PARENTELA DE MARÍA

Dentro de los temas genealógicos, el arte cristiano de finales de la Edad Media fijará una serie de temas iconográficos nuevos en los que los personajes se reducen a los parientes más inmediatos de Jesús y María, teniendo como centro del grupo familiar a Santa Ana. Estas escenas, en las versiones pictóricas, se nos ofrecen como verdaderos retratos de familia (31), cosa que no ocurre en el caso de la escultura.

UNA VERSIÓN FEMENINA: LA PORTADA DE LA IGLESIA DE SANTA ANA

El arte granadino de la segunda mitad del XVI nos ofrece una curiosa versión de la Parentela de María, exclusivamente femenina -si exceptuamos la figura de Jesús-, en la portada de la iglesia de Santa Ana (32).

Sin duda que el tema aquí representado resulta muy interesante y es exponente de la devoción que se profesaba a Santa Ana en el siglo XVI.

Coronando una bella portada renacentista, encontramos este conjunto escultórico -también más..simbólico que narrativo-, obra del escultor Diego de Aranda, de bella factura. Ofrece, sobre la cornisa que remata el primer cuerpo, tres capillitas con imágenes de piedra blanca que representan a María Salomé, Santa Ana y María Iacobi -en este orden- perfectamente identificadas gracias a las inscripciones en letras capitales romanas que figuran sobre ellas: "MARIA SALOME", "O BENEDICTA ANNA", "MARIA IACOBI". Arriba, en el centro, un tondo encierra el grupo de la Virgen con el Niño realizado en altorrelieve.

Se trata de un tema iconográfico de origen mucho más reciente que el del Árbol de Jesé y denominado, como ya hemos dicho, la Parentela de María o la Santa Parentela. Sus fuentes literarias hay que buscarlas en los Apócrifos y en la tradición de la Iglesia (33): Santa Ana, hija de Stellanus y Emerenciana, tuvo una hermana, Hismeria -madre de Santa Isabel, la madre de San Juan Bautista-, y un hermano, Eliud. Santa Ana se casó tres veces. Con Joaquín, padre de María -esposa de José y madre de Jesús-. Muerto Joaquín, se casó con Cleofás, padre de María Cleofás -casada con Alfeo y madre de Santiago el Menor, José el Justo, Simón y Judas-. Salomé fue el tercer marido de Ana y padre de María Salomé -casada con Zebedeo, tuvo dos hijos: Santiago el Mayor y San Juan Evangelista-.

La historia de Santa Ana fue difundida por la Leyenda Dorada (34), y más adelante, en el siglo XIV, por influencia de los franciscanos; alcanzó una gran aceptación a raíz de la visión mística tenida por una monja belga de comienzos del siglo XV, sobre todo en los Países Bajos y en el norte de Alemania. La devoción se extiende por toda Europa, planteándose en torno a ella importantes polémicas, con detractores y defensores (35), con intervenciones condenatorias de la iglesia contrarreformista que somete a revisión crítica todas las leyendas del pasado sin apoyo en las Sagradas Escrituras o en el Dogma, llegando a suprimir las fiestas de los padres de la Virgen que, finalmente, quedan restablecidas en 1584, lo que explica la popularidad del culto a Santa Ana en el siglo XVII: la madre de tan importante descendencia, que culmina en las figuras de María Virgen y Jesús.

UN RETRATO DE FAMILIA

Dentro de la iconografía de la Santa Parentela, la escultura granadina nos ofrecerá bellos ejemplos, sobre todo en sus versiones más simples como corresponde ya a los siglos de la Edad Moderna. Este es el caso del magnífico relieve -mal llamado de la Sagrada Familia- (36) ejecutado por Diego de Pesquera para el ya citado retablo de la iglesia parroquial de los Ogíjares, dedicado a Santa Ana, entre 1567-1568 (37), hoy en el Museo Metropolitano de Nueva York. El relieve, de 1,47 X 1,00 ms., nos ofrece una armoniosa disposición ordenada en torno a un eje de simetría, donde el virtuosismo del autor queda puesto de manifiesto en la finura de la talla y el hábil plegado de las telas, que valoran y modelan los volúmenes de las figuras, de esbeltas proporciones. En primer término -y de izquierda a derecha-, la Virgen, el Niño -bello ejemplar de desnudo infantil de aire miguelangelesco- y Santa Ana. En el segundo, San José y San Joaquín. Todos centran su atención en la figura del Niño. Según Gómez Moreno, pudo tomar el modelo de Siloe o de Sansovino (38).

El mismo tema y con idénticos personajes lo volvemos a encontrar en otra obra escultórica existente en la capilla de los pies de la Capilla Real de Granada, obra de Bernabé de Gaviria. Se trata de un altorrelieve, de 1,46 X 1,22 ms., que constituía la escena central del antiguo retablo existente en la iglesia de Santa Ana, realizado en 1603 por Miguel Cano. La composición del tema es completamente horizontal y de disposición simétrica. Santa Ana, la Virgen y el Niño aparecen sentados en un sencillo y tosco banco; San Joaquín y San José se disponen de pie por detrás del banco. La visión del grupo es frontal y deriva de su primitiva colocación en el retablo. La obra no está documentada, pero quizás pertenezca a su etapa de juventud; según M.ª Elena Gómez Moreno (39), revela cierta torpeza e ingenuidad y está muy ligada a la obra de Pablo de Rojas. El conjunto presenta un estado lamentable de conservación. La policromía, muy repintada, oculta los primitivos estofados con abundancia de oros.

SANTA ANA TRIPLE

Siguiendo el análisis de los ejemplares que el arte granadino nos ofrece, pasamos ahora a contemplar el tema de Santa Ana Triple, o Santa Ana, la Virgen y el Niño, simplificación de la Parentela de María, que se presenta en un grupo muy restringido, encaminado -sobre todo en el XVII- a expresar la Concepción de María, ensalzada a través del culto a su madre, en cuyo seno se consumó el gran misterio.

Es un tema muy frecuente en el arte español, con numerosos antecedentes en el arte europeo de los siglos XV y XVI. El origen de esta iconografía, según Trens, estaría en la representación de la mujer apocalíptica, con el Niño visible dentro del vientre. "Para poner de relieve el gran privilegio de la Concepción sobrenatural de María en las entrañas de Sana Ana" (40) se acudió a una representación semejante. Así se puede ver en el libro de horas de Simón Vostre, de finales del siglo XV: Santa Ana, rodeada de símbolos de la pureza de María, muestra en el interior de su seno a la Virgen con el Niño. Este esquema iconográfico, con las tres figuras, pasará a la pintura y escultura, que suprimen la representación del vientre abierto, y se irá imponiendo llegando a alcanzar una gran popularidad a medida que se iba afianzando la creencia en el privilegio mariano de la Inmaculada Concepción.

La integración de las tres figuras puede hacerse de dos formas: Santa Ana, de pie, lleva a la Virgen y al Niño, uno en cada mano, lo que plantea problemas de proporción, ya que la Virgen debe tener el mismo tamaño de Santa Ana. O bien aparece sentada, sosteniendo a la Virgen en sus rodillas y ésta, a su vez, al Niño, composición que también ofrece una problemática semejante.

A la segunda tipología iconográfica pertenece el bello grupo de Diego de Pesquera, que ocupa el espacio central del retablo de la capilla de Santa Ana, en la girola de la catedral granadina, colocado en 1615, hecho por Gaspar Guerrero y pintado por Pedro de Raxis (41). El grupo mide 0,84 ms. y conserva su vistosa policromía original de rico estofado en oros. De bulto redondo, presenta a Santa Ana sentada y de su magestuosa figura surge la de la Virgen a menor escala -de bello rostro y elegante tocado en forma de bonete-, que vuelve su cabeza hacia el Niño, cuyo cuerpecito desnudo toca suavemente y que aparece sentado sobre un libro que Santa Anta lleva en su mano izquierda. El sentido clásico de la composición, el rotundo modelado y la serenidad de planteamiento del grupo, así como su rica policromía, la convierten en una de las más bellas obras de Pesquera en madera policromada, de finales del XVI.

Consecuencia de este ejemplar catedralicio es el grupo, muy semejante, que se encuentra en la actualidad en el despacho parroquial de la iglesia de San Andrés de Granada, de tamaño casi idéntico (0,85 ms.), y según los estudiosos, "del estilo de Diego de Pesquera" (42). Ningún documento, ni noticia que nos pueda aclarar ni su autor ni su procedencia.

También en la capilla de Santa Ana de la catedral se encuentra hoy otro grupo de Santa Ana, la Virgen y el Niño, procedente de la iglesia de San Juan de los Reyes. Se puede fechar a finales del siglo XVI y se atribuye al círculo de Pablo de Rojas, escultor creador de tipos que luego tendrán gran trascendencia en el arte escultórico granadino, en la transición al naturalismo del siglo XVII, aunque aquí se parte del modelo de Pesquera, en cuanto a la composición. Mide 1,27 ms. y el estado de su policromía revela un repinte en el XVIII. También la figura del Niño se añadió en esta época.

La trascendencia de estos tipos iconográficos, creados a finales del XVI, será enorme en el arte granadino del XVII, e incluso del XVIII, tanto en la capital como en numerosos pueblos de la provincia (43), en diversos tamaños y materiales. La piedad popular sintoniza con este tema iconográfico que expresa un concepto tan abstracto, a través de una escena de familia, perfectamente comprensible y capaz de hacer vibrar la sensibilidad de los fieles creyentes, que en ella ven reflejado algo tan familiar como la abuela, la madre y el hijo.

Como uno de los muchos ejemplos que podríamos seguir enumerando, aludiremos al pequeño grupo que corona un precioso retablito barroco, en una de las capillas laterales de la iglesia de San Ildefonso. Deriva del que Pesquera hizo para la catedral. Su difícil acceso no permite analizarlo con detalle. Parece mantener su policromía original, y aunque el retablo es del XVIII, el grupo parece anterior, si bien es cierto que se tuvo en cuenta a la hora de diseñar el marco arquitectónico. Es interesante que aparezca en dicho retablo la figura de San Joaquín, situada en una repisa a la izquierda. Es de suponer que estuviese también Santa Ana en el lado derecho. Hoy, en su lugar, hay un San Roque que no encaja, ni por tema ni por sus proporciones, en el conjunto.

Granada, ciudad dotada de numerosos conventos, adaptará al tamaño apropiado para el rezo íntimo y la contemplación cercana, este tema en preciosas versiones -casi siempre anónimas- cuyo análisis rebasaría los límites de este trabajo.


NOTAS

(1) E. Mále, El Gótico. La iconografía de la Edad Media y sus fuentes, Madrid, Ediciones Encuentro, 1986, p. 162.

(2) Así, se puede ver, por ejemplo, en las vidrieras de Saint-Denis, Chartres, Sainte-Chapelle, Le Mans, o en las arquivoltas de las portadas de Senlis, Nantes, Laon, Amiens, Chartres...

(3) Para algunos iconógrafos, la primera representación del Árbol de Jesé estaría en las pinturas de las catacumbas de Priscila, donde, junto a la Virgen y el Niño, aparece Isaías y un árbol de abundantes ramas.

(4) Para completar el análisis de este tema iconográfico del Árbol de Jesé remitimos a E. Mále, op. cit., p. 167; L. Reau Iconographie de l'art chrétien, París, Presses Universitaires de France, 1956-1957-1958 vol. II/2, pp. 129-140; M. Trens, María. Iconográfa de la Virgen en el arte español, Madrid, Ed. Plus Ultra, 1947, pp. 98-108.

(5) J. Hernández Díaz "La iconografía mariana en la escultura hispalense de los Siglos de Oros, Cuadernos de Arte de la Fundación Universitaria, núm. 9, Serie Iconográfica, Madrid, 1986, p. 16.

(6) El ciclo se completa con los siguientes temas: Nacimiento de la Virgen, Presentación en el Templo de la Virgen, Anunciación, Presentación en el Templo de Jesús, Nuestra Señora de los Dolores y La Asunción.

(7) Cuando la emperatriz Isabel de Portugal viene a Granada en viaje de bodas en 1526, reside en el monasterio de San Jerónimo, en donde se encontraba fray Pedro semidesterrado por su avanzada ideología. Existe una gran amistad entre ellos y al poco tiempo es nombrado arzobispo de Granada.

(8) E. Rosenthal, The cathedral of Granada. A study in the spanish Renaissance, Princeton, 1961, p. 113.

(9) Sobre la interpretación iconográfica, consultar la obra de V. Nieto Alcaide, Las vidrieras de la catedral de Granada, Granada, Universidad, 1973, p. 42.

(10) Protoevangelio de Santiago, Evangelio del Pseudo-Mateo y Libro de la Natividad de la Virgen, que fueron muy difundidos en el siglo XIII por la Leyenda Dorada y el Speculum Historiae.

(11) V. Nieto Alcaide, op. cit., p. 50.

(12) Ibid., p. 49.

(13) Ibid., p. 50.

(14) La documentación manejada y publicada por Nieto, en la p. 51, le permite fijar con bastante aproximación la cronología.

(15) Nada sabemos de las vidrieras que debieron existir en la iglesia de Santa Ana, de las que Gómez Moreno (Guía, p. 409) sólo nos dice que han desaparecido y que eran obra de Arnao de Vergara, quien se encuentra en Granada a partir de 1540 y era burgalés como Siloe.

(16) M. Gómez Moreno, Guía de Granada, Granada, Fundación Rodríguez-Acosta, Instituto Gómez-Moreno, 1982, pp. 369-377; A. Gallego Burín Granada. Guía artística de la ciudad, Granada, Ed. Don Quijote 1982, p. 291; D. Sánchez-Mesa Martín, La técnica de la policromía en la escultura granadina, Granada, Universidad, 1971, pp. 94-98.

(17) Este símbolo apocalíptico, los rayos del sol -"una mujer envuelta en el sol"-, no demasiado frecuentes en los temas escultóricos de la Inmaculada, puede corresponder a la época en que se colocó la actual imagen que sustituyó a la original en 1698, fecha en la que el tema iconográfico de la Inmaculada aparece ya perfectamente fijado.

(18) D. Sánchez-Mesa Martín, op. cit., p. 97.

(19) A él se debe la iniciativa de construir la basílica. Para ampliar este tema remitimos a la obra de Encarnación Isla Mingorance, Hospital y Basílica de San Juan de Dios, León, Everest, S.A., 1979.

(20) José de Bada, Agustín de Vera Moreno, Tomás Ferrer, Diego Sánchez Sarabia, Francisco José Guerrero, Martín de Santisteban.

(21) Fray A. Parra y Cote, Desempeño el más honroso de la obligación más fina y relación histórico panegyrica de las fiestas de dedicación del magnifico templo de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, del Sagrado Orden de Hospitalidad de NP. San Juan de Dios, de la nobilissima, e ilustre, siempre fiel ciudad de Granada. Madrid, Imprenta de Francisco Xavier García, 1759, pp. 233-235. Hace una descripción del retablo, minuciosa y muy interesante.

(22) Ibid, p. 234.

(23) Ibid., p. 234.

(24) Ibid., p.218.

(25) Ibid., p. 236.

(26) Su policromía ha sido horrorosamente restaurada en la actualidad.

(27) No hemos podido localizar su actual paradero. ¿Se perdería en el incendio de la iglesia del 6 de agosto de 1818? En su lugar se encuentra un San Andrés, trasladado allí recientemente, que rompe el esquema iconográfico.

(28) Consultar la nota 10.

(29) L. Reau, op. cit., p. 159.

(30) Ibid., pp. 155?160.

(31) M. Trens, op. cit., p. 108.

(32) La iglesia de Santa Ana fue fundada como parroquia en 1501, en lugar donde estuvo la pequeña gima del barrio de la Almanzora. El edificio se construyó en 1537, según traza de Siloe, y estaba terminado en 1548. La torre se hizo entre 1561 y 1563. La portada, cuya fecha exacta desconocemos, corresponde a la segunda mitad del XVI.

(33) Consultar nota 10.

(34) J. Vorágine, La Leyenda Dorada, 2 vols., Madrid, Alianza Forma, 1982, vol. II, p. 556.

(35) Para completar el estudio de este tema iconográfico consultar las obras citadas de E. Mále, pp. 347-348; M. Trens, pp. 108-114, y L. Reau, pp. 141-143.

(36) L. Reau, op. cit., p. 146, considera que el término debe utilizarse para denominar a la representación de un grupo muy restringido de la Santa Parentela; los parientes más próximos a Jesús: su madre y su abuela, o San José y la Virgen.

(37) M. Gómez Moreno, Diego de Pesquera, escultor, A.E.A., t. XVIII, núm. 112, Madrid, 1955, pp. 293-294.

(38) Ibid, p. 293.

(39) M.o E. Gómez Moreno, Escultura del siglo XVII, Madrid, Ed. Plus Ultra, col. Ars Hispaniae, vol. XVI, 1958, p. 49.

(40) Es interesante cómo la liturgia de Santa Ana habla del "tesoro escondidos. M. Trens, op. cit., p. 122.

(41) A. Gallego Burín, op. cit., p. 270.

(42) Ibid., p. 319. M. Gómez Moreno, en su Guía no habla de ella en la iglesia de San Andrés.

(43) La mayoría de estos ejemplares los tenemos ya inventariados y formarán parte de nuestra tesis doctoral.


ILUSTRACIONES

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