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Tras la magistral monografía
que sobre Bartolomé E. Murillo escribiera el profesor Angulo
Íñiguez (1), difícil se presenta la aportación
de novedades concluyentes en torno a la vida y la obra de este artista
sevillano. No obstante, la consulta de sus apretadas páginas
depara siempre sugerentes vías de estudio, dignas todas ellas
de ser tenidas en cuenta y seguidas por todos aquellos que -como el
que esto escribe- seguimos considerándonos aspirantes a brujo,
en todo momento dispuestos al aprendizaje continuado e inclinados a
honrar al maestro que, aun en la distancia y la forzada separación,
enseña, guía y motiva. Y así es, pues el citado profesor
Angulo -a cuya memoria dedicamos este trabajo-, al catalogar el cuadro
de Murillo que representa el Martirio de San Pedro de Arbués
(Leningrado, Mus. del Ermitage) (fig.
1), pintado hacia 1664 con motivo de la elevación canónica
a los altares del inquisidor aragonés, apuntaba con aguda intuición
que " la composición debió inspirarse en alguna estampa
publicada con motivo de la beatificación" (2). Con bastante
prelación, el mismo estudioso ya había señalado
esta posibilidad al estudiar la pintura de igual iconografía
del pintor mejicano Baltasar Echave Rioja (1632-1682), indicando en
tal ocasión que, "probablemente, por haberse inspirado ambos
artistas en una misma estampa, la semejanza de la composición
con el lienzo de Murillo es sorprendente" (3). Partiendo de estas acotaciones críticas
del profesor Angulo Íñiguez, hemos creído identificar
la sospechada estampa inspiradora de la pintura murillesca, y por ende
de las restantes figuraciones del mismo motivo iconográfico e
idéntica composición ejecutadas por autores diversos,
convirtiendo en tesis segura lo que hasta hoy no pasaba de ser conjetura
certeramente intuida. Se trata de una lámina de igual asunto
abierta a la talla dulce, con entintado y estampación en hueco,
sobre plancha de cobre de 154 por 106 mm., ejecutada por el grabador
manchego afincado en Madrid Pedro de Villafranca y Malagón (activo,
1632-1678) (fig. 2) (4). La estampa en cuestión ilustra
el libro Epitome de la santa vida, y relacion de la gloriosa mverte
del Venerable Pedro de Arbves, Inquisidor Apostolico de Aragon. A qvien
la obstinacion Hebrea dio muerte temporal, y la liberalidad Divina,
vida eterna, obra hagiográfica escrita por el eclesiástico
e inquisidor español Diego García de Trasmiera (5). Este
libro, y con él la mencionada lámina grabada por Villafranca,
fue publicado por vez primera en 1647 en Monreale por las prensas de
Nicola Bua y Michele Portanova, impresores del Santo Oficio de Palermo,
diócesis metropolitana del reino de Sicilia, por entonces bajo
la potestad y el dominio temporal del rey de España (6). Escasamente
difundido, al parecer lo fue tan sólo en los ambientes oficiales
de la Inquisición, el Epitome... se editó nuevamente
en 1664 en Madrid por Diego Díaz de la Carrera, impresor del
Reino, a plana y renglón sobre la primera edición, pero
con el añadido del breve de la beatificación más
una escueta reseña de las solemnes fiestas celebradas, el 14
de septiembre de ese año, en el convento de dominicas de Santo
Domingo el Real de la Villa y Corte (7). Sin embargo esto y en descargo del pintor
sevillano -para el caso de que por alguien "copiar", esto
es, "imitar otra pintura, o dibujo original", "en todo
el rigor del arte" (9), todavía pudiera ser considerado
desdoro-, entre ambas figuraciones del mismo asunto es factible detectar
alguna que otra variación compositiva, imperceptibles si así
se quiere, pero lo suficientemente significativas como para afirmar
que el genio creador, la maestría pictórica y la fina
sensibilidad de Bartolomé Esteban Murillo mejoró de modo
manifiesto la trama compositiva fijada por Pedro de Villafranca y potenció
su calidad expresiva en tanto que obra de arte (10). La pintura original de Murillo, hoy
en el Ermitage (fig. 1), presenta
como variantes de detalle respecto del grabado de Villafranca (fig.
2) la diferente colocación de la birreta de canónigo
y doctor del santo Maestro de Epila, alejada del libro de rezos que,
además, se ubica en sesgo lateral y junto a una novedosa linterna
de las llamadas flamenca o sorda, todo ello colocado sobre la escalinata
del altar, que se dispone también de modo diverso; por otro lado,
los dos sicarios visten y calzan de manera distinta a como lo hacen
en la estampa, y hasta el más cercano al primer término
va cubierto con gorro. Pero las más importantes y manifiestas
variantes, entre otras más de menor bulto, son aquellas que afectan
a las posiciones, actitudes y gestos de los personajes que constituyen
el grupo, incluido el ángel mancebo. Así, el Santo adopta
una postura menos violentada y de mayor aplomo y dignidad -casi podríamos
decir que se intenta acercar a la suspensión extática-;
el Con estas variaciones, Murillo logró
aumentar la diagonal de la estructura compositiva establecida por Villafranca
en su grabado, dinamizándola, al tiempo que consiguió
acusar un tanto más el escenográfico dramatismo de la
escena representada, gracias únicamente a los efectos intensos
y contrastados de luz que inundan su lienzo y a la densificación
de su cálida y delicada paleta. De este modo, apoyándose
exclusivamente en el tratamiento pictórico del cuadro, Murillo
encubrió la directa truculencia del asunto iconográfico
que se le ordenó copiar sin mermar por ello su carga dramática
(11). Pero, el eco alcanzado por la composición
gráfica del Martirio de San Pedro de Arbués, fijada
en 1647 por Villafranca y difundida a partir de 1664, no quedó
circunscrito al único caso de la pintura de Murillo. Copiando
también al artista manchego-madrileño, y no al maestro
sevillano como se ha dicho (12), Matías de Arteaga abrió
al buril una estampa de 140 por 100 mm., bastante mediocre por cierto,
para ilustrar el ya mencionado folleto que en 1664, con motivo de la
beatificación del inquisidor aragonés, fue editado a costa
y por orden del tribunal de la Inquisición sevillana (13). Algunos
años después de ejecutar el gran cuadro para el Santo
Oficio hispalense, aproximadamente entre 1665 y 1670, Murillo replicaría
en dos ocasiones más el mismo asunto según la trama por
él conformada, pero introduciendo nuevas variantes de detalle
(las mismas prácticamente en ambos lienzos) y, por supuesto,
volviendo a mejorar la bondad artística del grabado de Villafranca
gracias a la sola utilización de los recursos pictóricos;
mientras que una la realizó para la Inquisición de la
ciudad de Osuna (Roma, Gal. Vaticana) (fig.
3) (14), de la otra desconocemos su destinatario original, aunque
es más que probable que decorase también alguna de las
sedes del Santo Oficio: ¿Jerez de la Frontera? ¿Llerena?
¿la Corte? (Madrid, Col. Banco Exterior de España) (fig.
4) (15). Además de la ya citada repetición ejecutada
por el artista mejicano Baltasar Echave Rioja para el tribunal inquisitorial
de México en torno a 1668, con un rompimiento de gloria ampliado
con la aparición en escena de un coro angélico más
numeroso (México, Mus. de la Academia de Bellas Artes) (16),
todavía conocemos dos copias más realizadas hacia similares
fechas por anónimos pintores e igualmente para otras tantas sedes
del Santo Oficio: las de Córdoba y Murcia respectivamente, una
y otra de manifiesta literalidad figurativa respecto de la urdimbre
compositiva previamente ordenada por Villafranca (Córdoba y Murcia,
Mus. de Bellas Artes respectivos) (17). Ante el triple fenómeno de la
literal uniformidad iconográfica, la paridad cronológica
y la coincidencia de un similar comitente que se produce en todos los
casos recogidos más arriba, quizá sea obligado remitir
nuestras reflexiones hacia la existencia de una decisión uniformadora
de análoga naturaleza a la sufrida por Bartolomé E. Murillo.
Dicho de otro modo, a que todos los artistas, pintores o grabadores,
que ejecutaron tal temática iconográfica debieron verse
sometidos a una determinación impositiva por parte de la Inquisición
española, imposición sin duda basada en una idea de fiscalización
y control del fenómeno artístico, que de esta manera era
anticipada y directamente verificado y aprobado, si queremos explicar
y entender el por qué de un fenómeno delimitado y específico
de reproducción seriada, casi estampillada, del "Martirio
de San Pedro de Arbués" en la pintura española del
Seiscientos. No de otro modo podría explicarse que una devoción
tan poco extendida entre la masa popular, tan escasamente representada
por los artistas y tan explícitamente encargada por un único
comitente, haya sido seguida a pie enjuto en su figuración, con
mayor o menor acierto formal y expresivo, por distintos pinceles o buriles
y siempre para decorar diferentes sedes del Santo Oficio o para ilustrar
libros impresos de la Inquisición. La uniforme repetición alcanzada
por este asunto iconográfico, según la representación
compuesta por Villafranca, grabada en 1647 y reestampada en 1664, así
como su tácita y previa aceptación oficial por el Consejo
de la Suprema y General Inquisición española a la hora
de conmemorar a su "héroe" nacional, a no dudar que
tuvieron su razón explicativa y su clave icónica explicitadora
en la dedicatoria que contiene el Epitome... de Diego García
de Trasmiera, recordemos que un destacado inquisidor, dirigida a don
Diego de Arce y Reinoso, obispo de Plasencia e inquisidor general de
España (18). García de Trasmiera escribió su libro
con el declarado propósito apologético de dar a conocer
más extensamente la vida, muerte y milagros del inquisidor aragonés,
con anterioridad bosquejados por Vicencio Blasco de Lanuza (19), colaborando
de esta manera en la probanza y calificación de las virtudes
y la santidad de Pedro de Arbués, implicando en ello al Inquisidor
general apara que... excite su fervorosa actividad a tratar con veras
la canonización de este heroico varón" (20). Y, en
efecto, al cabo de casi dos siglos de iniciadas las primeras diligencias
del proceso, la meta sería conseguida en pocos lustros, pues,
vencida la aparente e inicial resistencia del Vaticano, el papa Alejandro
VII declaraba, en el consistorio del 25 de septiembre de 1663, la posibilidad
de su canonización ante la Sagrada Congregación de Ritos
y expedía el Decreto de gracia, participándose al público,
en 19 de marzo de 1664, la decisión papal -con expresa indicación
de que, durante el interín, ya se le podía dar culto-,
para por fin despacharse el Breve pontificio de beatificación
de San Pedro de Arbués, en 17 de abril de ese mismo año
(21). Parece evidente que, creado el asunto
y fijado el estereotipo iconográfico básico para ilustrar
las ediciones del Epitome... de García de Trasmiera, y
toda vez que su autor era inquisidor apostólico del reino de
Sicilia (y poco después, miembro de la Suprema y obispo electo),
que el libro estaba dedicado al Inquisidor general y que la obra disfrutaba
de la aprobación de don Juan de Torrecilla Mauso, arzobispo de
Monreale, el modelo figurativo del Martirio de San Pedro de Arbués
compuesto por Villafranca gozaba, de rechazo, de la aprobación
episcopal prescrita por el Concilio de Trento en orden a la introducción
de nuevas imágenes religioso-devocionales y, por ende, se aprovechaba
del refrendo calificador del Santo Oficio español (23). Junto a todo esto y como colofón,
dos datos parecen reforzar nuestras hipótesis interpretativas
sobre este caso de control inquisitorial de la imagen artística
o mejor, quizá, de autocontrol interno de la Inquisición
en la introducción y difusión de la imagen de su nuevo
Mártir. Primero, que a pesar de la escasa devoción hacia
este Santo inquisidor por tierras de la Corona de Aragón, al
parecer, tan momentánea y célebre como exclusiva, y sin
duda que motivada por el paisanaje y por haber sido también canónigo
del Cabildo metropolitano de Zaragoza (26), no conocemos en Aragón
figuración alguna de su martirio que se sujete a la composición
abierta por Villafranca en su grabado, así el San Pedro de
Arbués en éxtasis, de anónimo pintor aragonés
del siglo XVII (Huesca, Mus. Diocesano) (fig.
5) (27), o a aquella otra reresentación encargada en 1665
por el Cabildo de la Seo zaragozana al artista turiazonense Francisco
Jiménez Maza con el Martirio de San Pedro de Arbués
como asunto (Zaragoza, Catedral de la Seo) (fig.
6) (28). Pero, para mayor abundamiento, tampoco se advierte esa
actitud de anticipado control de la imagen y de previa sujeción
a un único estereotipo en la pintura que, en 1737, ejecutara
Giuseppe Maria Crespi para la capilla del Colegio de España en
Bolonia, en cuya Universidad se había doctorado el santo Maestro
de Epila (Bolonia, Colegio de España) (29). Y segundo, que en 1671 Roma comunicara
la conveniencia de que el culto y rezo de San Pedro de Arbués
fuera extensivo a todos los lugares de España y sus dominios
donde hubiese tribunal del Santo Oficio, mandándose celebrar
su festividad el 17 de septiembre de cada año (30), lo que equivale,
así nos parece, a una tácita declaración de nulo
eco devocional hacia este Santo mártir por parte del pueblo,
al margen de estamentos sociales, disponibilidades económicas
o actividades profesionales. Acabemos diciendo que, difícilmente,
podía la Inquisición propalar la devoción y el
culto religioso a San Pedro de Arbués manteniendo, como lo hizo,
ocultas a la vista y al goce estético de las gentes, alejadas
de la sensibilidad popular, guardadas celosamente entre sus lúgubres
paredes, las imágenes pictóricas tan magistralmente logradas
por Murillo o tan talentosamente pintadas por Echave Rioja, por citar
sólo las más significativas de las hoy conocidas. Y esto,
al margen de otras muchas razones que se nos ocurren, como, por ejemplo,
el odio contenido y almacenado durante siglos por la masa popular hacia
dicha Institución represiva y, de rechazo, al héroe que
encarnaba sus inquisitoriales "virtudes". Ni una mínima
referencia sobre esas pinturas nos han legado críticos artísticos,
literatos, cronistas o viajeros, sin duda porque tales imágenes
pintadas sólo lograron verlas "más que los infelices
reos que caían en manos de aquel Santo Tribunal", como afirmara
-no sin cierta retranca- a mediados del siglo XIX José Amador
de los Ríos, refiriéndose a la bella réplica con
variantes obra de Murillo de la Galería Vaticana, por entonces
en la sevillana colección del deán López Cepero,
donde él pudo verla (31).
(1) Diego Angulo Íñiguez, Murillo (3 vols.), Madrid, 1981. (2) Idem, Idem, t. II, Catálogo, p. 288, núm. 366. (3) Diego Angulo Íñiguez, Historia del Arte Hispano
Americano (3 vols.), Barcelona, 1945-1950, t. II (1950), p. 414,
fig. 376. (4) Firmada, abajo y a la izquierda, sobre la tabica o contrahuella
del escalón del altar: "P'. de Villafranca. fat". El
grabado ostenta, en el campo de una banda inferior, la siguiente leyenda:
"BEATVS PETRVS DE ARBVES / alias Magister Epila Canonicus Ecclesiae
Metropolitanae Caesaraugust?. / Primus Inquisitor adversus haereticam
pravitatem in regno Aragoniae.". (5) Diego García de Trasmiera (Valladolid, 1605-Madrid, 1661),
caballero de Santiago, abad y señor de Hérmedes de Cerrato,
estudió ambos Derechos en el Colegio Mayor de Santa Cruz, de
Valladolid. Fue canónigo-dignidad de la catedral de Osma y arcediano
de Palencia, y acabó por ser presentado por Felipe IV para el
Obispado de Zamora (6-XII-1660), del que no llegaría a tomar
posesión por su inmediata muerte. Sus servicios al Santo Oficio
los inició como fiscal del tribunal de la Inquisición
de Valladolid, llegando a ser inquisidor apostólico de Valencia,
Sicilia y Toledo y, finalmente, ministro del Consejo de la Suprema y
General Inquisición. También llegó a ostentar la
regencia del Consejo Real de Navarra. Fue autor, entre otras obras,
además de la citada en el texto, de De Polygamia, et Polyviria
Libri III (Palermo, Decius Cyrillus, 1638) y Stimvlvs Fidei,
Sive de obligatione revelandi haereticos, & de haeresi suspectos,
¡tem de correctione fraterna Tractatus absolutissimus (Palermo,
Nicolai Bua & Michaelis Portanoua, 1642). (6) En 4.°, 7 hs., 1 lám. y 114 pp. Es edición rarísima. (7) En 4.°, 7 hs., 1 lám. y 148 pp. Es edición corriente de la primera (vid., nota precedente). Tenemos noticia de que esta obra fue traducida al portugués con el título Aureola da Corte Santa. Tratado segundo. Epitome da santa vida e relaçao da gloriosa morte de B. Pedro de Arbues. Traduzido por D. Leonardo de San Joseph [s.l. / s.a.]. c. 1673. En 4.° No conocemos ningún ejemplar de esta edición portuguesa, por lo que ignoramos la relación que pueda haber con el libro de García de Trasmiera. (8) Sevilla, Juan Gómez de Blas, 1664. En 4.° Debe recordarse que Gómez de Blas era el impresor mayor de la Ciudad y de la Santa Iglesia catedral sevillana, así como el habitual tipógrafo de la Inquisición hispalense. (9) Cfr., el "Índice de los términos privativos del Arte de la Pintura, y sus definiciones..." en Antonio A. Palomino de Castro y Velasco, El Museo Pictórico y Escala óptica (1715-1724), Madrid, 1947, p. 1150. (10) Apropiaciones similares fueron lugar común durante toda la Edad Moderna, y aun antes y después lo han sido. Murillo, como casi todos sus coetáneos, se basó ampliamente para sus composiciones en grabados y pinturas de otros artistas, ciñéndose estrictamente o transformando los esquemas compositivos originales, pero siendo capaz siempre de cambiar en propio lo que era ajeno en origen. Mucho se ha escrito sobre este particular como para que nos detengamos aquí en ello, por lo que bastará que recordemos las relaciones, dependencias y derivaciones de algunas de sus pinturas respecto de composiciones de obras de Pedro Pablo Rubens, Gioacchino Assereto, Francisco de Herrera "el Viejo", Pedro de Orrente, Rafael Sadeler o Jacques Callot. (11) Que la temática representada en esta pintura era ajena a la delicada sensibilidad de Murillo -como ya lo advirtiera, por ejemplo, el prof. Angulo Iñiguez, Murillo. op. cit., t. I, p. 434-, bien lo demuestra la escasez de asuntos iconográficos de esta naturaleza en el catálogo de su producción. Pero, además, como en el caso del Martirio de San Pedro de Arbués que nos ocupa, que la sangrante herida abierta en el pecho del santo, tal como se representa en la estampa de Villafranca, fuese eliminada o disimulada por el artista sevillano en sus distintas réplicas autógrafas de Leningrado, Roma o Madrid, corroboran esta afirmación. (12) Antonio de la Banda y Vargas, "Matías de Arteaga, grabador", en Boletín de Bellas Artes (Real Academia de Santa Isabel de Hungría, Sevilla), 2.ª Época, VI (1978), p. 78. (13) Vid., ut supra, nota 8. La estampa está firmada en el mismo
lugar que en el grabado de Villafranca: "Matías Arteaga
F. Sevilla". (14) Óleo sobre lienzo, de 0,98 por 0,78 m. Al dorso: "L.C.", cifra de la colección López Cepero, de Sevilla, donde figuraba este cuadro como procedente de la Inquisición de Osuna; allí logró verlo antes de que en 1876 ingresara en los fondos del Vaticano, José Amador de los Ríos (Sevilla Pintoresca, o Descripción de sus más célebres monumentos artísticos, Sevilla, 1844, p. 451), para quien se trataría del boceto del gran lienzo (2,92x2,06 m.) hoy en el Ermitage (vid., ut supra, nota 2), apreciación con la que no podemos estar de acuerdo. Para más referencias bibliográficas sobre esta reducción autógrafa con variantes, cfr. Angulo Íñiguez, Murillo, op. cit., t. II, p. 289, núm. 366. (15) Óleo sobre lienzo, de 0 95x0,70 m. Sobre esta réplica de mano de Murillo, coincidente en casi todo con el cuadro del Vaticano, vid. Angulo op. y loc. cits., en nota precedente. Cfr., además, D. Angulo Íñiguez, "Miscelánea murillesca", en Archivo Español de Arte, XXXV, 133 (1961), pp. 12-13. (16) Vid., ut supra, nota 3. (17) Para el cuadro de anónimo pintor cordobés del Seiscientos
óleo sobre lienzo, de 2,12x1,47 m., actualmente en el Museo de
Bellas Artes de Córdoba, vid. Angulo Íñiguez, Murillo,
op. cit., t. II, p. 289, núm. 366. (18) Diego de Arce y Reinoso y Dávila (Zalamea de la Serena,
Badajoz, 1585-Madrid, 1665), comendador de Belvis y Navarra en la Orden
de Alcántara, fue colegial en el Menor de Pasantes, de Plasencia
y en el Mayor de Cuenca, de Salamanca, en cuya universidad se doctoró
en Derecho Canónico, llegando a ser su catedrático de
Instituta, Código y Prima de Leyes (1616-1625). Inició
su carrera pública como oidor de la Real Chancillería
de Granada (1625) y regente de la Real Audiencia de Sevilla (1629),
alcanzando el asiento de ministro del Consejo de Castilla (1633) y más
tarde el de consejero de Estado (1664). En 1648, aunque renunció,
fue propuesto para la presidencia del Real y Supremo Consejo de Castilla.
Como eclesiástico, fue obispo de Tuy (1635), Ávila (1638)
y Plasencia (1640), de cuya mitra dimitiría (1652) luego de ser
nombrado inquisidor general de España (1643). (19) Vicencio Blasco de Lanuza, Peristephanon, sev de Coronis Sanctorvm Aragonensivm, vita, morte, miraculis Beati Petri Arbuensis... Libri Quinque, Caesaraugustae, Ioannem a Lanaja & Quartanet, MDCXXIII (1623). La traducción castellana apareció en 1624, impresa en la misma ciudad y por el mismo tipógrafo, con el título, Historia de la vida, mverte, y milagros del siervo de Dios Pedro Arbves de Epila... (ambas ediciones, en 8.°). (20) Vid. García de Trasmiera, Epitome..., op. cit., "Prefacio", s.f. (21) Vid. Miguel Gómez Uriel, Bibliotecas antigua y nueva de escritores aragoneses de Latassa, aumentadas y refundidas en forma de Diccionario bibliográfico-biográfico (3 vols.), Zaragoza, 1884, t. I, p. 134. Si la beatificación de Pedro de Arbués tardó en llegar, su canonización no le fue a la zaga; se insertó su elogio en el Martirologio Romano por Benedicto XIV, a 1 de julio de 1748, y hasta el pontificado de Pío IX no fue canonizado (29 de junio de 1867). Cfr. Opusculum pro officio divino nocturno... B. Petro de Arbues ..., Caesaraugustae, Josephi Fort, 1758; Compendium historiae martyrii el miraculorum necnom actorum in causa canonizationis Beati Petri de Arbues ..., Romae, Reverendae Camerae Apostolicae, 1866; y, D. Bartolini, Commentarium Actorum omnium Canonizationes SS. Iosaphat Kuncewiez, Petri de Arbués... et Germanae Cousin (2 vols.), Roma, 1868. (22) Tales demostraciones lúdico-religiosas, ceremonias devotas,
fiestas, justas reales y juegos de cañas, etc., se desplegaron
tan sólo en aquellas ciudades sedes de tribunales de la inquisición.
Ni una sola de dichas celebraciones tuvo por marco urbano o por ámbito
arquitectónico una localidad o un templo ajenos al Santo Oficio.
Así parecen demostrarlo los libros y folletos publicados por
esos años y que hemos localizado sobre este particular. Aparte
de en Roma (Relatione delle cerimonie et apparato della Basilica
di S. Pietro nella Beatificatione del... martire Pietro d'Arbves...,
Roma Giacomo Dragondelli, 1664; este opúsculo fue traducido al
castellano por Bartolomé Lupardi, Relacion del Aparato y ceremonia
..., Zaragoza, Diego Dormer, 1664), actos de similar naturaleza
se desarrollaron también en Zaragoza (Manuel Joseph de Sesse,
Relacion de las celebres fiestas que en solemnes cultos... se consagraron
..., Zaragoza s.i., 1664, y Joseph Tafalla Negrete, Descripcion
de las fiestas, que consagraron a la celebridad..., Zaragoza, D.
Dormer, 1664), en Sevilla (Relación svmaria de las festivas
demostraciones..., op. cit., ut supra), en Granada (Agustín
Martínez de Bustos, Descripcion de la solemne y sumptuosa
fiesta, aparato y ceremonias, que... en celebracion ..., Granada
Baltasar de Bolívar, 1664), en Madrid (García de Trasmiera,
Epitome..., op. cit., ut supra y Francisco de Arcos, Sermon
con qve el Consejo Svpremo de la General Inquisicion celebro grave la
Beatfcacion ..., Valencia, Geronimo Vilagrasa, 1665. No nos ha sido
posible consultar ejemplar alguno de este folleto, por lo que ignoramos
su vinculación con el despliegue festivo desarrollado en Madrid
o si se trata de otro acto celebrado en Valencia), en Palermo (Tomás
Chacón, Breue relacion de la solemnissima fiesta... celebrando
la beatificacion ..., Palermo, N. Bua, 1665), en Logroño
(Francisco Fernández de Marmanillo, San Pedro de Arbues. Sol
de inquisidores, Logroño, s.i., 1665), en Córdoba
(Bernardo Álvarez de la Vega, Cancion lirica en qve se descrive
la ostentosa y a todas luzes Fiesta grande ..., Córdoba,
Salvador de Cea Tesa 1665) y en México (Ignacio de Santa Cruz
Aldana. Solemne festividad y sacra pompa que celebró ...,
México Juan Ruiz, 1667 y Juan Fernández Lechuga, Epitome
del nacimiento, vida y martirio del B. Pedro de Arbues ..., México,
J. Ruiz, 1667). (23) Nos referimos al decreto tridentino "Sobre la invocación,
veneración y reliquias de los santos, y sobre las sagradas imágenes",
promulgado por la última sesión conciliar (ses. XXV, tit.
2) celebrada durante los días 3-4 de diciembre de 1563 (Vid.,
Conciliorum Oecomenicorum decreta, Bolonia, 1973, pp. 774-776). (24) Sobre la Inquisición como instrumento de control social
e ideológico, además del apretado tratamiento de la cuestión
en la ya clásica obra de Henry Kamen, La Inquisición
española, Barcelona, 1979 (2.ª ed.) (vid., especialmente,
cap. VIII), o en la más reciente de Joaquín Pérez
Villanueva y Bartolomé Escandell Bonet (directores), Historia
de la Inquisición en España y América. I: El conocimiento
científico y el proceso histórico de la Institución
(1478-1834), Madrid, 1984 (vid., sobre todo, pp. 221 y ss., y 650
y ss.), cfr. S. Pérez Villarino, Inquisición y constitución,
Madrid, 1970; Bartolomé Bennassar, Inquisición española:
poder político y control social, Barcelona, 1981 (vid., en
especial, el cap. 8 redactado por Jean-Pierre Dedieu, "El modelo
religioso: rechazo de la reforma y control del pensamiento", pp,
231-269); Virgilio Pinto, Inquisición y control ideológico
en la España del siglo XVI, Madrid, 1983; y, Ángel
Alcalá y otros, Inquisición española y mentalidad
inquisitorial, Barcelona, 1984 (vid., principalmente, los trabajos
de V. Pinto, "La censura: sistemas de control e instrumentos de
acción", pp. 269-287; A. Alcalá, "Control inquisitorial
de humanistas y escritores", pp. 288-314; y, B. Escandell, "La
Inquisición como dispositivo de control social y la pervivencia
del 'modelo inquisitorial'", pp. 597-611). (25) La idea contrarreformista de que las imágenes sagradas
deben evocar con propiedad y precisión los contenidos de los
argumentos iconográficos sacros (vid., ut supra, nota
23), dado que su finalidad didáctico-moralizante y su meta práctica
son su reconocimiento inmediato y claro (especialmente para ventaja
de los "iletrados"), está en la línea antaño
expresada por S. Gregorio Magno y que se resume en el destacado aforismo
latino "pictura quasi scriptura" (cfr. F. Bologna, "Operis
causa non fervor devotionis. Spunti di critica d'arte medioevale",
en Paragone, XII, 137 (1961), pp. 3 y ss., y R. Assunto, La
critica darte nel pensiero medioevale, Milán, 1961, p. 56).
A partir de la Contrarreforma y, sobre todo, a lo largo del siglo XVII
gracias a la retórica del arte del Barroco, en el seno de la
Iglesia se difundió ampliamente la tesis de que las pinturas
eran los libros donde leían los idiotas y los ignorantes (cfr.,
sobre la incidencia de estas ideas en España en el ámbito
de la teoría artística, Cristina Cañedo-Argüelles,
Arte y teoría: la Contrarreforma en España, Oviedo,
1982, pp. 58 y ss.). (26) Parece que, en no poca medida, mucho de la devoción al nuevo Beato en su propia tierra se debió a la porfía de los dos cabildos eclesiásticos de Zaragoza por apropiarse de la "pertenencia" a su seno del Maestro de Epila (Archivo General de Simancas, Estado: Roma, Leg. 3036 (año 1663), Renovación de la orden dada al embajador español en Roma para que no se mezcle en las disputas que sobre la beatificación de S. Pedro de Arbués mantenían las dos catedrales zaragozanas). Por otro lado, parece que también intervinieron, y bastante, ciertos dejes de nacionalismo aragonés (Arch. General de Simancas, Estado: Roma Leg. 3039 (Año 1666), Aviso de haber concedido el Papa su aprobación para que la festividad de S. Pedro de Arbués se celebrase en el Hospital de los Aragoneses, adjunto a Santa María de Monserrate, en Roma). (27) Debemos indicar que sólo conocemos el cuadro a través de la foto. (28) Cfr. M. C. Lacarra, "Catedral del Salvador o la Seo" pp. 132-133, en Guillermo Fatas (coordinador), Guía histórico-artística de Zaragoza, Zaragoza, 1982. (29) Cfr. Jürgen Winkelmann, "Il martirio del beato Pietro d'Arbués, "ultimo grande quadro istoriato" di Giuseppe Maria Crespi", en El cardenal Albornoz y el Colegio de España (5 vols.), Bolonia, 1979, t. V (Studia Albornottana, XXXVI), pp. 247-253, figs. 1-2. (30) Arch. General de Simancas, Estado: Roma, Leg. 3045 (Año 1671). (31) Amador de los Ríos, ibid. (32) Cfr. Andrés Soria Ortega, El maestro fray Manuel Guerra y la Oratoria sagrada de su tiempo, Granada, 1950, pp. 105-112, cit. por Emilio Orozco Díaz, El teatro y la teatralidad del Barroco (Ensayo de introducción al tema), Barcelona, 1969, pp. 143-144. (33) Cfr. José Frutos Baeza, Bosquejo histórico de Murcia y su concejo, Murcia, 1934, pp. 208-209; y,Francisco Candel Crespo, Clero liberal y absolutista en la Murcia de Fernando VII, San Javier, 1978, pp. 22 y 43.
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