CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

LOS PROGRAMAS ICONOGRÁFICOS EN EL ARTE FUNERARIO MEXICANO

José Miguel Morales Folguera

Introducción

Aunque en España el culto a la muerte, dentro del arte efímero, se empezó a desarrollar a partir de los siglos XV y XVI, a imitación de Francia e Italia (1), sus antecedentes hay que buscarlos en la época griega, cuando, como afirma Erwin Panofsky (2), se quemaban a los muertos ilustres en piras monumentales, convirtiendo a la tumba en un memorial. Se trataba por lo tanto de un arte retrospectivo, en el que lo que interesaba destacar eran los hechos más importantes de la vida y de la obra del difunto. Con el cristianismo adquirió gran desarrollo el tema de la transición a la otra vida, la vida eterna, que se aseguraba con la práctica de las virtudes cardinales y teologales. Con el Humanismo Renacentista vuelve a aparecer el carácter biográfico y panegírico, llegándose mediante el neoplatonismo a una fórmula mixta, en la que junto a lo religioso aparecen elementos profanos como la fama, la mitología, la astrología, etc. Este significado se va a mantener hasta la época neoclásica.

En España y en sus dominios americanos las pompas fúnebres de los reyes, obispos y arzobispos, constituyeron un gran espectáculo urbano, del que formaba parte un complejo número de actos y de ceremonias, de carácter visual y sonoro, que el público consumía como sujeto de un espectáculo exhibido en lugares elegidos del espacio urbano (3). La representación de este espectáculo no era algo únicamente lúdico o gratuito, sino que, como recordaban los literatos, intelectuales y tratadistas de la época, los príncipes se veían obligados de este modo a hacer público su poder y majestad. Maquiavelo afirmaba que el príncipe se las había de ingeniar para dar de él mismo, en toda su actuación, fama de hombre grande y excelente. La fama significaba imagen, y para la creación de esa imagen fueron convocados por las cortes españolas los más renombrados arquitectos, escultores, pintores e intelectuales del momento, quienes de alguna manera se convertían en funcionarios (4). Como también decía Saavedra Fajardo (5) "La pompa funeral, los mausoleos magníficos, adornados con estatuas y bultos costosos, no se deben juzgar por vanidad de los príncipes, sino por generosa piedad, que señala el último fin de la grandeza humana, y muestra, en la magnificencia con que se veneran y conservan sus cenizas, el respeto que se debe a la majestad, siendo los sepulcros una historia muda de la descendencia real. Los entierros del rey David y de Salomón fueron de extraordinaria grandeza".

Desde el punto de vista artístico el elemento más importante estaba constituido por el túmulo funerario, el cual, siguiendo la constante barroca de la integración de las artes, se creaba mediante la asociación de dos componentes fundamentales: geometría o arquitectura y figuración, conformándose esta última por esculturas de bulto redondo, relieves y pinturas. Aparentemente la parte más importante y visible era la arquitectónica, en la que destacaron los grandes proyectistas y diseñadores italianos. No obstante, uno de los teóricos más influyentes, cuya obra alcanzó una gran difusión, fue el padre jesuita Claude François Menestrier, nombrado por Luis XIV director de fiestas públicas. En 1683 publicó en París un tratado de decoraciones fúnebres (6), en el que se manifestaba que los catafalcos habían de ser edificados a manera de templos redondos, ovales, hexagonales, octogonales, etc. Habían de ser semejantes a templos, pórticos de columnas o pirámides. Su nombre derivaba del mausoleo o tumba erigido por la reina Artemisa a Mausolo, rey de Caria. Asimismo afirmaba que el mausoleo era una "máquina que se levanta en medio de las iglesias para las ceremonias fúnebres" (7). Estas construcciones además se adornaban, revistiéndose de negro las columnas y las pilastras. Los capiteles se doraban o plateaban, y en los arcos, intercolumnios y áticos se ponían inscripciones, cuadros de emblemas o divisas, así como acciones de la vida del muerto, recubiertos con crespones volantes, hachones de velas, etc.

Arquitectura

Los catafalcos, túmulos funerarios o mausoleos mexicanos no presentan desde el punto de vista arquitectónico ninguna novedad con respecto a sus modelos, procedentes en su mayoría de España y de Italia. En este sentido se manifiestan como el resto de la arquitectura mexicana: arcaicos y retardatarios desde el punto de vista espacial, y extraordinariamente novedosos y vitalistas desde el aspecto decorativo. Es quizás únicamente aquí donde podemos encontrar algún punto de contacto con ese arte decorativo y de: fachadismo característico del arte novohispano: retablos, portadas y fachadas de templos y mansiones.

La historia de la arquitectura funeraria efímera mexicana se inicia en 1559 con el túmulo de Carlos V y finaliza en 1819 con los de Isabel de Braganza. Entre uno y otro median, según la documentación que existe, al menos cuarenta y ocho túmulos y piras funerarias, dedicadas a reyes y reinas españolas, virreyes, papas, y obispos principalmente, que se montaban en catedrales e iglesias conventuales de las ciudades principales del virreinato de Nueva España: México, Puebla, La Habana, Guatemala, Valladolid, Querétaro, Oaxaca, Guadalajara, Antigua, etc. Aunque sus formas son muy variadas, puede observarse un proceso evolutivo con cierta claridad, que recorre casi todos los estilos del arte novohispano: renacimiento, protobarroco, barroco, barroco-clasicista y neoclásico. El único, que no aparece, es el barroco del estípite. Paralelamente a este desarrollo estilístico se produce también una evolución tipológica desde diseños arquitectónicos, en los que predominan los valores espaciales, hasta los últimos años, en los que son principios plásticos los fundamentales. Así es posible observar como los túmulos renacentistas -Carlos V, 1559- protobarrocos -Felipe IV, 1666- y barrocos -Luis I, 1725; Felipe V, 1747; Fernando VI, 1762, etc.- se plantearon como verdaderos templos de planta central con tres o más pisos, que se dotaban con adornos y esculturas de los estilos correspondientes.

Durante los años 50, 60 y 70 del siglo XVIII asistimos a un profundo cambio en la tipología de estos monumentos funerarios. Los espacios internos, donde se coloca el féretro, son eliminados y sustituidos por volúmenes prismáticos con claro sentido ascensional, que tienden hacia formas piramidales o de obeliscos, en los que el féretro es uno más de esos volúmenes, que conforman el conjunto. Sus remates y adornos cuentan aún con numerosos resabios barrocos. A esta tipología obedecen los diseños de los túmulos de María Amalia de Sajonia en 1761, del arzobispo Rubio y Salinas en 1765, y de Isabel de Farnesio en 1767.

Los túmulos neoclásicos, que prácticamente se inician con el de Carlos III en México en 1789, adoptan de una forma clara y definitiva los modelos, que la Roma Clásica tomó de Egipto: la pirámide y el obelisco. Aunque en todos ellos predomina el carácter volumétrico, algunos poseen un pequeño templete abierto rectangular para la capilla funeraria, sobre la que va el obelisco -Carlos III, 1789- o la pirámide -Isabel de Braganza, 1819. Otros carecen de cualquier espacio interior -Revillagigedo, 1800; y fray Antonio de San Miguel Iglesias, obispo de Valladolid, 1805. Hay por último un grupo de túmulos, que escapan a la tipología general y se enmarcan más bien dentro de la arquitectura funeraria, ya que cuentan con una puerta de acceso a la supuesta cripta -arzobispo Núñez de Haro, 1802; Defensores de Buenos Aires, 1808; y arzobispo Lizana, 1812. Por el contrario y de forma excepcional el túmulo de Isabel de Braganza en La Habana, 1819, parece un baldaquino.

A tenor por lo tanto de lo que acabamos de ver, habría que decir que la arquitectura funeraria efímera mejicana no presenta grandes novedades, siendo enormemente deudora tanto de la arquitectura monumental como de los modelos europeos, a los que imita con gran servidumbre.

Iconografía

Por el contrario es en los programas iconográficos de estos túmulos, donde la inventiva criolla brilla a mayor altura. A pesar de la riqueza, variedad y personalidad de estos programas, hasta los recientes estudios del profesor Santiago Sebastián, las investigaciones realizadas, algunas innovadoras en su tiempo, como las del profesor Francisco de la Maza (8), no han tratado con la debida atención este aspecto o lo han hecho de una manera superficial (9), aunque entonces supusieran una importante novedad.

La fertilidad y complejidad de estos programas iconográficos deriva sin .lugar a dudas de la multidisciplinareidad de los equipos que se formaban para la realización de estas monumentales máquinas arquitectónicas, en las cuales solían participar desde el virrey o el arzobispo de México con su patrocinio, pasando por los intelectuales, gremios, artistas, artesanos, funcionarios, hasta llegar al pueblo llano, que acudía a veces desde poblaciones, situadas en los alrededores a decenas de kilómetros, para asistir atónitos a estas complicadas ceremonias barrocas, en las que toda la ciudad quedaba involucrada.

Desde que se difundía la noticia de la muerte de un virrey, arzobispo u obispo, o llegaban los despachos desde la metrópolis, que notificaban el fallecimiento del rey o de la reina, hasta la celebración de las exequias mediaban a veces varios meses, durante los cuales se gastaban grandes sumas de dinero en la construcción de estos túmulos y en la organización de todas las ceremonias, que después quedaban recogidas en libros y folletos impresos. Este largo proceso se iniciaba con el señalamiento de las personas encargadas de dirigir o realizar los trabajos. Como máximos responsables solía, designarse a dos personas por parte de la entidad patrocinadora: canónigos, si era el cabildo catedralicio; capitulares, si era el cabildo municipal; altos funcionarios pertenecientes a la nobleza o a la administración -fiscales, licenciados, consejeros de su majestad, oidores de audiencia, etc- si era el virrey; profesionales, si eran los gremios; y monjes, si era alguna orden religiosa. En este sentido habría que señalar el mecenazgo importante de los franciscanos, dominicos y jesuitas.

A continuación se elegía al eclesiástico, que debía encargarse de pronunciar la oración fúnebre, trabajo que solía recaer en algún componente del cabildo catedralicio o de alguna orden religiosa de la ciudad. Otro tanto se hacía con el creador del programa iconográfico de la pira o túmulo, función que a veces desempeñaba el mismo que pronunciaba el pregón y que era asimismo el que redactaba el texto para su impresión. En este impreso se recogían todas las ceremonias celebradas, la memoria del túmulo con su descripción arquitectónica, así como los grabados del propio túmulo y de los jeroglíficos y empresas con sus correspondientes explicaciones, al igual que toda una serie de composiciones poéticas, en las que el autor se lamentaba del fallecimiento, destacando su personalidad y su obra, desarrollada con la ayuda de las virtudes teologales y cardinales, con que estaba dotado.

El inventor del programa solía ser normalmente una personalidad culta e intelectual, perteneciente a la iglesia o a la universidad o a ambas instituciones. En este sentido la lista es enormemente variada, pues en ella se incluyen humanistas, como Francisco Cervantes de Salazar (10), autor del programa del túmulo de Carlos V, numerosos clérigos, religiosos, y personajes ilustrados ya en los últimos años del siglo XVIII. Uno de los creadores más famosos de esta época ilustrada, fue Joaquín Velázquez de León (1732-1786), al que se deben los proyectos de diversas fiestas mexicanas (11). Fue profesor de matemáticas en la Real y Pontificia Universidad; experto mineralogista en el viaje del visitador Gálvez a la California; agrimensor, geómetra, geólogo y naturalista en las obras del desagüe del valle de México; abogado de la Real Audiencia, minero, proyectista de la reforma de la minería de la Nueva España. Fue un claro producto de la Ilustración Mexicana, y también un gran aficionado a las bellas artes. Ideó y describió los arcos de triunfo para diversas coronaciones regias y para entradas de virreyes.

En estrecha relación con los programadores trabajaban los autores del túmulo, entre los cuales sobresalía normalmente el arquitecto, al que se denominaba inventor del túmulo, y el pintor, que se encargaba de realizar los cuadros, que adornaban los pisos bajos. Aunque suele ser raro, podía suceder que el autor del túmulo fuera un escultor, como ocurrió en los casos de Juan de Rojas, proyectista del túmulo de Luis I en 1725, y de Manuel de Tolsá, quien hizo el del arzobispo Núñez de Haro en 1802, el del arzobispo de Lizana en 1812, y el de Isabel de Braganza en 1819. Pero lo normal era que fueran proyectados por los arquitectos más importantes del momento, aquellos que ocupaban los cargos oficiales más destacados: maestros mayores de obras de Nueva España, maestros mayores de catedrales, arquitectos de la Inquisición, directores de la Academia de San Carlos, alarifes públicos, maestros mayores de la ciudad, etc. Entre los nombres más conocidos de proyectistas de túmulos figuraban los siguientes: Claudio de Arziniega (1520-1593), autor, además, del túmulo de Carlos V, de la traza de la catedral de México; Pedro Ramírez, que proyectó en 1666 el túmulo de Felipe IV; Pedro de Arrieta, quien como arquitecto de la Inquisición, realizó en 1696 el de la reina Mariana de Austria; también podríamos señalar a Antonio González Velázquez, al que se debe la pira de Carlos III en México de 1789.

La mayoría de los grandes túmulos mexicanos dedicados a reyes, reinas, virreyes, arzobispos y obispos, se erigía en las catedrales. Hubo no obstante excepciones, siendo quizás la más llamativa la utilización del convento de San Francisco de México, lo que se debió no sólo a su magnificencia, sino también al hecho de que la pira funeraria de Carlos V, la primera, se construyó en esta iglesia al no estar aún concluida la catedral. La importancia simbólica de este hecho llevaría a que, sobre todo, algunos virreyes continuaran esta tradición. Por otro lado, en el convento de Santo Domingo se levantaron únicamente los túmulos sufragados por el Santo Oficio, cuyo magno palacio fue construido frente al convento por Pedro de Arrieta en 1737.

Programas iconográficos

Paralelamente a la ejecución del túmulo, los pintores y escultores trabajaban en la realización de los cuadros, de las imágenes, que, a la vez que decoraban, conformaban el programa iconográfico, previamente ideado de manera unitaria por el programador. Aunque tanto las pinturas como las esculturas constituían un todo indisoluble, a cada una de ellas les estaba reservada una distinta función expositiva.

Por su propia especificidad técnica las esculturas presentaban generalmente virtudes o personajes históricos o religiosos, y se situaban sobre el zócalo, rodeando el templete, o coronando la pira. Para las virtudes los artistas utilizaban como modelo preferentemente el libro de la Iconografía de Cesare Ripa (12). Aunque algunas son muy concretas y se refieren a virtudes particulares del difunto, la mayoría gira en torno a las cuatro virtudes cardinales -Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza- y a las tres teologales -Fe, Esperanza y Caridad. Más excepcionales son, en cambio, la Urbanidad -atribuida al arzobispo Núñez de Haro, 1812-; el Zelo -Matías de Gálvez, 1725; y arzobispo Núñez de Haro, 1812. Y lo mismo podría decirse de la Liberalidad, Sinceridad, Frugalidad, Mansedumbre, Concordia, etc. También se realizaban en bulto redondo las representaciones de las cuatro partes del mundo -Europa, África, América y Asi-, que aparecían en los túmulos de Carlos II, Fernando VI y Carlos III. Otros temas, que tuvieron una menor difusión, fueron el león coronado, el águila igualmente con corona -monumental fue la construida para el túmulo de Carlos V, 1559- y la muerte, cuya presencia fue más abundante en el campo de la pintura. Con cetro y corona, y en un lugar preferente, aparece en el túmulo de Bárbara de Braganza de la ciudad de Oaxaca, en 1759, y en el de Carlos II de Coatepec, en 1701. También de gran interés, por su novedad en el campo de la escultura, fue el túmulo de Luis I en 1725, que llevaba sobre el zócalo un planetario. Además, se solían adornar con diversos elementos arquitectónicos: sepulcros, obeliscos, castillos, pirámides, ánforas, pebeteros y hachas encendidas.

El conjunto escultórico más completo y variado se erigió en el túmulo de Felipe IV de la catedral de México en 1666 (13). En los intercolumnios del primer piso se colocaron ocho estatuas: cuatro de gobernantes famosos -Constantino, León el Grande, Carlomagno y Alejandro- y otros cuatro héroes del mundo antiguo -Teseo, como símbolo del odio a la tiranía; Jasón por constante en las adversidades; Prometeo por bienhechor de la humanidad; y Jano, rey itálico, como protector de la cultura-. Había además cuatro matronas con los nombres, que la Península Ibérica había tenido: Cetubalia, Iberia, Hesperia y España. En el centro del segundo piso se hallaba la figura del rey, vestido de negro y rodeado de cuatro figuras de Salomón en actitudes diversas. En el tercer piso había una estatua de la Fe y en los ángulos cuatro jóvenes con bandas negras y hachas en las manos (14).

Las pinturas contaban, por su mayor facilidad en la ejecución y por ser también más baratas, con unos programas iconográficos más complejos y más variados. Sin entrar en la doble lectura que habría que hacer de estas obras, que nos llevaría a una interpretación emblemática basada en los numerosos libros de empresas y de emblemas editados en España y en el resto de Europa durante los siglos XV, XVI, XVII y XVIII (15), podríamos asegurar de una forma generalizada que en los túmulos funerarios mexicanos predomina la temática profana y mitológica sobre la esencialmente religiosa, que es minoritaria y que está centrada casi exclusivamente en las representaciones de las virtudes -cardinales y teologales-, así como en unas pocas escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento o en algún tema sacro - ángeles- o eclesiástico. En este sentido habría que señalar el tema de la Iglesia Militante en el túmulo de Carlos Y de 1559, que coincide con un momento en que la iglesia americana se encuentra aún en período claramente combativo y evangelizador de los indígenas.

Dentro de la iconografía funeraria son también excepcionales las representaciones de modelos tomados de la historia reciente y antigua o de la mitología. Si exceptuamos el caso, ya señalado, de las esculturas del túmulo de Felipe IV, podemos observar que estos temas aparecen casi exclusivamente en el renacentista túmulo de Carlos V. Para esta obra, su autor, Cervantes de Salazar (16), pudo inspirarse en la iconografía imperial codificada sobre todo a raíz de la expedición contra Túnez en 1535 y en el posterior viaje triunfal por Italia, al igual que en las decoraciones del palacio belga de Binche, residencia del emperador (17). Como sucedió en España y en Europa con estas obras, el túmulo de Carlos V en México se convirtió en motivo de inspiración para obras posteriores. Los personajes mitológicos, que aparecen son los siguientes: Ulises, Dédalo, Apolo, Ave Fénix, Antigüedad, Júpiter, Faetón, Fama y Hércules. De todos ellos, sin duda, el que más resonancia e influencia tendrá, será Hércules, asociado por tratadistas e historiadores a la virtud varonile (18). Por otro lado, en este túmulo aparece una de las primeras representaciones de la Fama en América, si no es la primera (19). Faetón, símbolo de los deseos ilimitados y del poder limitado del hombre (20), también tendrá. amplio eco en el arte novohispano. Igualmente y a imitación de los modelos italianos se introdujeron figuras de gobernantes y de generales históricos, antiguos o recientes de Europa, incluyéndose por su localización y público otros relacionados con la historia americana: Alejandro, Aníbal, Pirro, Escipión, Arquímedes, Alejandro VI, Fernando el Católico, Hernán Cortés, Atahualpa y Moctezuma.

Sin embargo, el tema clave es la naturaleza. Esto no sucede únicamente en América, pues es común a todo el arte efímero. no existiendo aquí distinciones por fines o usos. El profesor M. Faggiolo (21) ha observado una situación semejante en Italia, donde la naturaleza es constante en todo tipo de arquitecturas efímeras: túmulos, arcos triunfales, decoraciones de edificios, castillos de fuegos, etc. A pesar de la amplitud del "tema naturaleza" pueden hacerse dos grandes grupos: animales y plantas, y astronomía.

En el grupo de los animales, uno de los más representativos es el águila, que aparece en los túmulos de Carlos V (1559), Felipe IV (1666), Isabel de Farnesio (1767), obispo Álvarez Andreu (1764), Matías de Gálvez (1785) y arzobispo Núñez de Haro (1802). El águila en América tiene un doble origen: por un lado, el águila imperial de los Austrias y, por otro lado, el águila precolombina, que cuenta a su vez con otros dos antecedentes. El águila con una serpiente en el pico sobre un nopal es el viejo emblema de los mexicanos. Es el jeroglífico del centro de la civilización azteca, la ciudad de Tenochtitlán, que fue fundada hacia 1325. Este emblema nacional sobrevivió a la conquista española del siglo XVIy a la posterior colonización de los siglos XVI, XVII, XVIII y primeros años del siglo XIX, al corto período del emperador Maximiliano, 1864-1867, y aún hoy es utilizado por la República de México en el escudo de armas y en las monedas (22). En cuanto a las representaciones de reyes elevados por águilas, podemos observar que tienen como origen iconográfico en América al inca Manco Capac, hijo del sol y fundador de la civilización Inca, quien en su niñez estuvo unido a un águila, que nunca lo dejó. Este mito es similar al clásico del rapto de Ganimedes por el águila de Júpiter para servir como copero de los dioses (23).

Cuentan asimismo con un gran contenido emblemático el cisne y el pelícano, utilizados ambos en el túmulo del obispo Álvarez Andreu. El tema del pelícano desangrándose está tomado del Fisiólogo (24). Respecto al cisne Covarrubias en el Emblema 108 (25) afirma que es símbolo del cristiano penitente, quien se refugia en la gracia divina, al igual que Cigno, amigo de Faetón y convertido en cisne, se abrigó en las charcas ante el temor del cielo.

Las abejas tenían un rico significado emblemático: en los túmulos de Carlos V (1559) y del obispo de Valladolid (1804) aparecen junto al león, significando entonces o bien la discreción del fuerte o, como indica Saavedra Fajardo (26), si anidan en la cabeza de un león muerto, expresan que, acabada la guerra, la paz abre paso al comercio, la agricultura y las artes. Si una de ellas se muestra muerta sobre una mano, como en el túmulo del virrey Matías de Gálvez (1785), entonces, según Covarrubias, representa que los poderosos deben ser clementes y perdonar las injurias, no debiendo hacer como las abejas que, al picar la mano del que hurta la miel, acaban muriendo (27). La serpiente en la pira de Carlos V es símbolo de la prudencia, según nos indica Alciato en los Emblemas XX y XXI (28). El león, como rey de los animales, suele relacionarse con la monarquía. En el túmulo de Carlos V aparece unido a la serpiente, significando las dos virtudes del César: la fortaleza y la prudencia.

La vegetación posee una amplia variedad en los túmulos mexicanos. Las coníferas, con hojas siempre verdes y maderas incorruptibles, fueron escogidas como símbolos de la inmortalidad. El cedro, el pino y el ciprés han sido tres de los árboles y arbustos dedicados a la muerte (29). Del ciprés hacen mención cuantas veces hablan de los túmulos los poetas Lucano, Ovidio y sobre todo Virgilio en los libros III y VI de la Eneida (30), describiendo los funerales de Polidoro y Miseno.

La palma y el laurel, símbolos de la eternidad y del premio, fueron también utilizados con cierta frecuencia. El tema de la palma se halla en varios túmulos, aunque de forma diferente. En el de Carlos V el villano tratando de doblar una palma parece claramente inspirado en el Emblema 36 de Alciato "Que se ha de resistir el apremio" (31), significando la constancia y firmeza del César. En el de Isabel de Farnesio se muestra una palma coronada, representando su grandeza de ánimo invencible a todo peso, según lo aclara el mote " rectior imposito consurgit pondere". Este mismo tema aparece en el Emblema 41 de Covarrubias (32). Y en el de Felipe V en Guatemala hay dos manos, una con una palma y otra con una espada, para significar la justicia distributiva del monarca, que premia y castiga. En relación con este tema hay que recordar que Ripa representa a la Justicia con una espada en la mano (33), y a la Victoria con una palma (34). El laurel lo encontramos en la pira de Isabel de Farnesio para expresar que la reina fue madre de hijos, que fueron reyes y gobernaron diversas cortes europeas. Las cabezas de los vencedores se adornaban con coronas de laurel árbol asociado a Apolo y al sol, por lo que se relaciona con la virtud, la verdad, la perseverancia, la gloria militar y la fama literaria y artística (35).

A veces los creadores de estos programas reunían bajo un motivo o idea fundamental todas las decoraciones. Es lo que sucedió, por ejemplo, con el túmulo de Fernando VI erigido en 1762 en la catedral de México, que estuvo dedicado a destacar al monarca como dador de la paz, simbolizada aquí por el olivo. Como dice Fernando Moreno (36), desde Carlos V aparece la relación entre el tema de la paz y los reyes españoles. El olivo ha sido siempre asociado a la paz. Saavedra Fajardo (37) en la Empresa 98 representa una mano, que coge un escudo -la guerra- y una rama de olivo -la paz-. Y Ripa la describe llevando una rama de olivo en una mano (38). En la mitología clásica Palas figura como inventora del olivo, y entre los hebreos de la vieja ley el rey elegido en tiempos de paz era ungido con el olivo, para recordársele que era necesario vivir en paz.

Pero quizás el tema que alcanzó una mayor difusión por sus posibilidades significantes y compositivas fue el de los cuatro elementos. Panofsky ve una clara relación durante el Renacimiento entre ellos, las cuatro estaciones y la sicología humana (39). En el túmulo de Felipe V fue utilizado el fuego como tema casi único en sus diversas variantes: hoguera, alambique., antorcha, linterna, incensario, lenguas llameantes, llama, fanal de nave, ascua y lámpara sepulcral. El propio título de la obra, en que se describían las exequias, comenzaba con las palabras " El rey de las luces, Luz de reyes, encendida sobre el candelero...". El elemento aire solía aparecer relacionado con fenómenos atmosféricos: arco iris y rayo en el túmulo de Fernando VI. El tercer elemento, la tierra, se representaba en forma de mundos, sobre los que el rey gobernaba. Y por último el agua se relacionaba con mares tempestuosos, sobre los que se veía navegar a frágiles navíos. En relación con este tema hay que decir que Saavedra Fajardo en la Empresa 36, "Navegar con cualquier viento" (40), afirma que el príncipe ha de tener cuidado en "gobernar la nave de su estado por el golfo impetuoso del gobierno, reconociendo bien los temporales, para valerse dellos con prudencia y valor. Piloto es a quien está fiada la vida de todos. Y ningún bajel más peligroso que la corona, expuesta a los vientos de la ambición, a los escollos de los enemigos y a las borrascas del pueblo".

La astrología también está presente en la iconografía de los túmulos, destacando especialmente las representaciones del zodiaco, de los planetarios y especialmente del sol. Fue sin duda el túmulo de Carlos V, el que introdujo esta temática, que luego continuaría un gran número de ellos. El más interesante de todos fue el de Carlos II, que fue erigido en el año 1701 en la catedral de México y que contaba con numerosos soles y planetas. El título de la obra así ya lo anunciaba "El sol eclipsado antes de llegar a su cénit...". El lienzo, quizás más singular, era uno en el que se veía a un joven en un barco navegando sobre la espalda de un cocodrilo y el mote "Sol cognovit ocassum suum" (El sol conoció su muerte). Según afirmaba Piero Valeriano los egipcios representaban al sol como un joven, que iba en un navío, colocado sobre la espalda de un cocodrilo, simbolizando el movimiento del sol, semejante a nuestra vida, que camina hacia el ocaso. El tema de las relaciones entre el sol y el barco es uno de los más ricos y complejos de la iconografía renacentista y barroca, haciendo uso de él, entre otros, Alciato, Diego López, Covarrubias, Saavedra Fajardo y Vicenzo Cartari (41), quien dice que el barco simboliza a la nave del sol, que al estar unida al cocodrilo significa que la primera cosa que gobierna el universo después de Dios ha de estar unida en la creación de las cosas a la humildad, encarnada por el cocodrilo.

Finalmente no podía faltar dentro de la iconografía de los túmulos mexicanos al menos una breve mención al tema de la muerte, que aparece contemplada de una manera serena y nada estruendosa. No podía estar ausente en esos momentos, en que se organizaban las ceremonias fúnebres. En algunos túmulos se encuentra junto a la cama del enfermo -Revillagigedo, Carlos II y arzobispo Núñez de Haro-. En otros recuerda los cuadros de Valdés Leal en el Hospital de la Caridad de Sevilla, cuando se muestra apagando una llama -Felipe V-, o destrozando cetros y coronas -Isabel de Farnesio-. Pero en ninguno se le dedica tanta atención como en el de Fernando VI, donde se manifiesta cortando el olivo de la paz, símbolo del rey, derribando el templo de la paz, cortando el hilo de la vida del rey, o enfrentada a una mujer, emblema de la paz.


NOTAS

(1) Santiago Sebastián, Contrarreforma y barroco, Madrid, Alianza Forma, 1981, p. 107.

(2) Erwin Panofsky, Estudios sobre iconografía, Madrid, Alianza Universidad, 1972, pp. 251-254.

(3) Maurizio Faggiolo y Silvia Carandini, L'Efjmero barocco. Strutture della festa nella Roma del 600, vol. II, Roma, Bulzoni Editore, 1977-78, pp. 287-288.

(4) Franco Borsi, Introducción a la obra, El poder y el espacio. La escena del príncipe, Valencia, p. 13.

(5) Diego Saavedra Fajardo, Empresas políticas, Madrid, Edit. Nacional, 1976, p. 929, Empresa 101.

(6) C. F. Menestrier, Des decorations funébres ou il est amplement traité des tentures, des luminiéres, des mausolées, catafalques..., París, 1683.

(7) Michel Ragon L'espace de la mort. Essai sur larchitecture, la decoration et lúrbanisme funéraires, París, Ed. Albin Michel, 1981, p. 172.

(8) Francisco de la Maza, Las piras funerarias en la historia y en el arte de México, México, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 1946.

(9) Francisco de la Maza, La mitología clásica en el arte colonial de México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1968.

(10) Francisco Cervantes de Salazar, Túmulo Imperial de la Gran Ciudad de México, Imp. de México por Antonio de Espinosa, Año de 1560.

(11) Joaquín Velázquez de León, Arcos de triunfo, Introducción por Roberto Moreno. Suplemento del Boletín del Instituto de investigaciones Bibliográficas, 5, Universidad Autónoma de México, México, 1978, pp. 14-24.

(12) La primera edición de la Iconografia de Cesare Ripa fue editada en Roma en 1593, aunque fue la de 1603 la primera ilustrada.

(13) Isidro de Sariñana, Llanto del occidente en el caso del más claro sol de las Españas..., México, Año de 1666. La relación de los reyes con el sol fue frecuente en la iconografía europea, y así lo confirman Saavedra y Ruscelli. González de Zárate en su comentario a la obra de Juan de Solorzano, Emblemas políticos, p. 59, nos dice que "Felipe IV fue asociado al astro, ya que su guarismo coincidía con la órbita solar, razón por la que era conocido como el rey planeta. También Luis XIV de Francia fue tildado como rey sol".

(14) Santiago Sebastián y otros, Arte iberoamericano. Desde la conquista a la independencia, vol. XXVIII-I, Summa Artis, Madrid, Espasa Calpe, 1985, p. 452. Ver también Maza, Las piras..., pp. 51-53.

(15) C. F. Menestrier, en su obra L'art des emblemes, editada en 1864, y de la que se ha hecho una edición facsímil en 1981, en la p. 331 distingue los siguientes tipos de emblemas: sacros, morales, políticos, doctrinales, amorosos, satíricos y heroicos. Por otro lado, Fernando Checa en su artículo "Arquitectura, iconología y simbolismo político. La entrada de Margarita de Austria, mujer de Felipe III de España en Milán el año 1598", en La Scenografia Barocca, Atti del XXIV Congreso Internationale de Storia dell'Arte, Bologna, Ed. Clueb, 1982, p. 74, nos dice que "a finales del siglo XVI y preludiando el triunfo del Barroco, se había llegado a una codificación de los símbolos por medio de libros de jeroglíficos y de tratados de iconología, que proporcionaban un lenguaje preciso y propio para este tipo de acontecimientos"..

(16) Cervantes de Salazar, op. cit.

(17) Fernando Checa Cremades, Carlos V y la imagen del héroe en el Renacimiento, Madrid, Taurus, 1987, pp. 66 y 90.

(18) Juan Pérez de Moya, Filosofía secreta, vol. II, Barcelona, Edit. Glosa, 1977, pp. 129-141. Ver también Panofsky, op. cit., p. 207.

(19) Panofsky, op. cit., p. 254, afirma que la figura de la Fama no hizo su aparición en el arte funerario hasta finalizar el Pleno Renacimiento.

(20) Panofsky, op. cit., p. 116.

(21) Faggiolo, op. cit., vol. II, pp. 163?164.

(22) Rudolf Wittkower, Allegory and the migration of symbols, Hampshire, Thames and Hudson, 1987, p. 25.

(23) Apollodorus. The Library. In two volumes, Cambrige, Harvard University Press, 1967, vol. II, p. 37.

(24) El Fisiólogo, Edición crítica de Santiago Sebastián, Madrid, Ed. Tuero, 1986, p. 53.

(25) Sebastián Covarrubias, Emblemas morales, Edición original de 1610, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1978, Emblema 108.

(26) Diego Saavedra Fajardo, Empresas políticas, Madrid, Edit. Nacional, 1976, Empresa 99 Merces Belli", p. 901. El origen de esta empresa hay que buscarlo en la alegoría propuesta por Sansón a sus amigos, que se descifraba con el león muerto y el panal en la boca, que significa la "dulzura de la fortaleza" (Judic. cap. XIV-XV).

(27) Vid. Covarrubias, op. cit., Emblema 71.

(28) Alciato, Emblemas, Edición a cargo de Santiago Sebastián, Madrid, Ed. Akal, 1985, pp. 51-52.

(29) Vid. Ragón, op. cit., p. 127.

(30) Virgilio, Eneida, Madrid, Alianza Editorial, 1986, libros III y VI.

(31) Vid. Alciato, op. cit., pp. 70-71.

(32) Vid, Covarrubias, op. cit., Emblema 41.

(33) Cesare Ripa, Iconografía, edición facsímil, Zurich, 1984, pp. 187-189.

(34) Vid. Ripa, op. cit., pp. 515-516.

(35) Vid. Alciato, op. cit., Emblema CCX, p. 251.

(36) Fernando Moreno Cuadro "Exaltación imperial de Felipe III en las decoraciones efímeras portuguesas de 1619", en Traza y Baza, núm. 10, p. 8.

(37) Vid. Saavedra Fajardo, op. cit., p. 895.

(38) Vid. Ripa, op. cit., pp. 375-378.

(39) Vid. Panofsky, op. cit., p. 272.

(40) Vid. Saavedra Fajardo, op. cit., Empresa 36.

(41)Vicenzo Cartari, Imagini delli dei de gl'antichi, Graz, Akademische Druch, 1963, Edición facsímil de la de 1647, p. 32.


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