CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

LA IGLESIA DEL SANTO CRISTO DE SAN CARLOS DEL VALLE (CIUDAD REAL): PROBLEMAS ICONOGRÁFICOS EN UN SANTUARIO BARROCO

José Miguel Muñoz Jiménez

1. UN CONTEXTO RURAL, BARROCO Y CONTRARREFORMISTA

Hemos de advertir de entrada, muy a nuestro pesar, que al enfrentarnos al conjunto de imágenes conservadas en la hoy iglesia parroquial de San Carlos del Valle nos hemos de limitar a alcanzar, y aun con grandes reservas en algún caso, el análisis iconográfico del mismo, siéndonos de todo punto imposible llegar a la interpretación inconológica que, como es bien sabido, propone el método panofskyniano. En efecto, la ausencia de documentación sobre las condiciones de contratación de la obra, la falta de fuentes gráficas y literarias precisas sobre ciertas imágenes, y sobre todo la originalidad y curiosidad de las mismas, hacen que se nos escape la clave iconológica del conjunto. No podemos ofrecer soluciones, únicamente plantear algunos problemas iconográficos, que exponemos a la discusión de estos coloquios.

El origen del santuario del Santo Cristo del Valle de Santa Elena está en una ermita medieval que bajo la advocación de esta santa se encontraba en el término municipal de Membrilla, a dos leguas de esta villa, en el valle del río Azuer. Dicha ermita aparece citada en las Relaciones Topográficas de 1575 en relación con una pestilencia, milagrosamente salvada por un Santo Cristo pintado -que se conocía por el Cristo de Santa Elena- que en ella se veneraba (1). Poco a poco fue recibiendo más y más donaciones, siendo transformada en Iglesia-Santuario del Santísimo Cristo del Valle, de considerables proporciones, entre el mes de septiembre de 1713 y el mismo mes de 1729 (2).

En esos mismos años del reinado de Felipe V se levantó la bellísima plaza cerrada que -destinada a acoger las fiestas y celebraciones en honor del Santo Cristo- sirve de atrio a la ermita, en un conjunto arquitectónico característico del medio rural manchego (3). Al tiempo, en las casas que forman la citada plaza, se asentaron varios labradores vecinos de Membrilla, así como un Mesón o Parador en un lado de la misma, justificado por estar el santuario situado junto al Camino Real de Madrid a Jaén que seguía hacia el Puerto de Cózar, Ventas Quemada y de los Santos y Montizón.

El aumento del número de vecinos y ciertos problemas de pastos y las consiguientes protestas llevaron a que en 1793 fuera declarado lugar y ayuda de parroquia de Membrilla el Santo Cristo del Valle de Santa Elena, alcanzando para 1800 la categoría de Villa independiente, ya con el nombre de San Carlos del Valle de Santa Elena (4).

No se ha de olvidar que todo este proceso se llevó a cabo bajo la supervisión del Real Consejo de las órdenes Militares, en cuanto Membrilla, en el Campo de Montiel, era una de las encomiendas de la Orden de Santiago. Tal circunstancia, para el objetivo último de nuestro trabajo, podría explicar en parte la magnificencia de la ermita dieciochesca y de su conjunto -de todos conocida la tradicional riqueza de los santiaguistas (5)- y al tiempo que explica la presencia de Santiago Matamoros en el relieve de la portada meridional de la iglesia, nos haría sospechar un origen más elevado de las trazas arquitectónicas del templo, quizás madrileño, del que la comitencia de una cofradía rural podría alcanzar. Sea lo que fuere, a simple vista resalta en este templo conmemorativo una extraña disonancia entre una concepción compleja, refinada y cortesana y una ejecución material demasiado popular (6).

De estilística marcadamente barroca (dentro del pleno barroco que Camón Aznar vio surgir de la madrileña capilla de San Isidro en San Andrés) (7) aunque de formas y espacios muy retardatarios en su bramantismo, cabría esperar en la simbología iconográfica de este edificio, tanto en su misma arquitectura rigurosamente centralizada en función del obelisco (solar y cósmico) de su remate, como en el conjunto de sus imágenes escultóricas, algún proceso retórico, cierto programa dialéctico encaminado a conmover, persuadir y convencer a los devotos del Santo Cristo de algún pensamiento o dogma religioso, en cuanto esta función espiritual trascendente parece apartarnos de cualquier otra interpretación iconológica alusiva a sistemas políticos, instituciones sociales o planteamientos científicos y filosóficos.

Debemos movernos, pues, en el específico contexto rural, barroco y contrarreformista de un santuario de romería y peregrinación que alberga una imagen tenida por milagrosa. Pero no hemos de olvidarnos de la existencia de una plaza bien compuesta para fiestas y espectáculos que además alberga un mesón o venta para viajeros.

II. PLANTA CENTRAL Y OBELISCO: UN EDIFICIO CONMEMORATIVO

Como de todos es conocido, también se debe analizar iconográficamente la arquitectura, que cuando es auténtica, en palabras de Seldmayr, da lugar a auténticas obras artísticas en las que confluyen artes diversas, siendo la arquitectura "parlante" portadora de la iconología de esas obras, de las que es una potencia ordenadora.

La ermita del Santo Cristo del Valle de Santa Elena (1713-1729) ofrece planta de cruz griega inscrita en un cuadrado que se cubre con una gran cúpula encamonada envuelta al exterior por un alto tambor octogonal que realza una superestructura de cinc y pizarra ligeramente apuntada y adornada con ocho buhardas, y que, a modo de gran chapitel, se corona con una linterna poligonal y un esbelto obelisco como elemento más destacado. En los ángulos del cuadrado, entre los brazos de la cruz, cuatro torres ochavadas se rematan en chapiteles mucho más pequeños, que juegan o giran alrededor de la torre central.

A lo largo de la historia de la arquitectura cristiana, la planta cuadrada de cruz central ha ofrecido significados mucho más abstractos e intelectualizados que la cruz latina, símbolo del que murió en la cruz por amor a los hombres: desde el "omphalós" cósmico, cielo terrestre o Jerusalén cuadrada de Bizancio, hasta la visión de Cristo como expresión de la perfección y armonía, o la imagen de la presencia del Dios ordenador del Universo de acuerdo con leyes matemáticas inmutables, propuesta en el Renacimiento desde que San Gallo levantara en Prato su iglesia de Santa María, en opinión de Wittkower.

Según Norberg-Schulz (8), este tipo de planta caracteriza a los ejemplos más significativos de las iglesias protestantes holandesas del siglo XVII y aun las numerosas iglesias trazadas en la Alemania luterana por Georg Bühr entre 1705 y 1726, de las que la más importante, la Frauenkirche de Dresde, ofrece un ligero parecido volumétrico con la ermita que aquí estudiamos. Según este autor, los calvinistas buscaban un espacio estático centralizado que satisfacía los deseos evidentes de claridad y regularidad, al tiempo que se lograba un centro "interior" de lectura de la palabra bíblica bien iluminado por su estructura centralizada diáfana.

Pero entendemos que la centralidad del Santo Cristo del Valle, ligeramente atenuada por la añadidura de la capilla del Cristo en el lado del Evangelio, se halla más próxima a la de otros ejemplos de templos centralizados de carácter netamente conmemorativo, como bien ha sabido ver Sebastián López (9), sea en las iglesias ovaladas marianas de carácter votivo, o en un edificio que, como San Luis de Sevilla (1699-1731), tiene además un programa con referencias a la Jerusalén Celestial. El citado autor ve además en la cruz griega inscrita y coronada de gran cúpula del templo jesuítico "un juego de figuras geométricas y espacios que expresa... la dialéctica ascensional del paraíso espiritual cristiano".

Esta misma tendencia ascensional marcada por un eje vertical predominante la apreciamos en el Santo Cristo del Valle enfatizada al exterior por el antes citado obelisco de remate: perno visual, de simbología solar y cósmica estudiada por el citado profesor Sebastián López, que llamaba fuertemente la atención y guiaba en la llanura manchega a los peregrinos y viajeros procedentes del Septentrión, y de la misma Membrilla. En efecto, estimamos que ésta podría ser la clave simbólica de la planta centralizada, y el alzado, de la ermita: iglesia de peregrinación, como la trazada por Dientzenhofer en Nicov (Nitzau), repitiendo la disposición general de la iglesia de Gabel, de Hildebrandt, y fechada en 1720 (10).

 

III. IMÁGENES DEL INTERIOR: RETABLOS Y TALLAS PERDIDOS

Arrasado el interior del santuario completamente en 1936, acoge hoy la parroquial diversas imágenes escultóricas sin ningún interés artístico (de las llamadas "de Olot"), así como en las pechinas de la cúpula y en los laterales de la capilla del Cristo unas pinturas convencionales más de aficionado que académicas. Mayor interés tiene la imagen pintada del Santo Cristo, en la capilla lateral, por haberse seguido fialmente los rasgos de la primitiva imagen medieval tenida por milagrosa (11).

Pero gracias a cierta documentación tardía (de 1787 a 1795) existente en el Archivo Histórico Nacional (12), podemos hacer una relación aproximada de los retablos y su dedicación que se colocaron en el interior del templo: en el altar mayor había una imagen del Santo Cristo "de bulto", acompañado de una Dolorosa; debió ser una máquina majestuosa, que en 1787 recibió un recargado sagrario tallado por Vicente López Villaseñor, vecino de Daimiel. Había, en el cuerpo de la iglesia, otro retablo de Santa Elena (antigua dedicación del lugar), y otro de Nuestra Señora del Valle. La imaginería mariana de la ermita se completó en 1792 con una figura de vestir de Nuestra Señora de la Soledad, hecha en Granada.

Por último, se citan unos "cuadros de trofeos de guerra" cuyos marcos se reparan en 1791, y que no sabemos a qué debían su presencia en la ermita. Como se ve, el interior ofrecía un repertorio de imágenes característico del culto contrarreformista (13).

 

IV. IMÁGENES ESCULTÓRICAS DEL EXTERIOR

a) Relieve del Santísimo Cristo del Valle

En el cuerpo alto de la portada de poniente, que se ofrece a la plaza mayor, se dispone un altorrelieve de marco moldurado a lo Churriguera que debe de repetir la escena central del altar mayor de la ermita: en una "caja" con dosel superior y cortinillas anudadas laterales (14), un escultor de muy mediana calidad labró una imagen del Crucificado acompañado, a sus pies, de los "retratos" de dos devotos que alcanzaron su milagrosa intervención. Vestidos como labriegos de la época, un grabado del año de 1825 nos aclara otros pormenores del asunto, comentado también por unas inscripciones grabadas en lo alto de la portada, en cuya clave se dice que se acabó reinando don Luis I (1724).

Sin mayor particularidad, fuera de su adecuación completa al caso, este altorrelieve nos muestra de forma preferencial el carácter conmemorativo y persuasivo del santuario del Santo Cristo.

b) Relieve de Santiago Matamoros

Situado en el cuerpo alto de la portada meridional (a la que quizás por hallarse en línea con la capilla del Cristo se le ha dado mayor énfasis arquitectónico con su doble columna salomónica), en el mismo marco que el anterior se despliega un altorrelieve de Santiago Matamoros, de muy mala factura, y de iconografía en todo tradicional (15). Su función primera debía ser la de recordar el dominio de la Orden Militar jacobea sobre las tierras en que se asentaba el santuario.

c) Los cuatro monigotes de las torres

Por último, en las cuatro torres esquinales, sobre unos pedestales, existen cuatro figuras de dudoso significado, si bien los lugareños dicen que corresponden a los autores de la iglesia (16). La ausencia de documentación nos lleva a analizar tales monigotes (de muy poca calidad escultórica) con todo tipo de reservas, pero nos atrevemos a plantear la hipótesis de que sean las figuras de cuatro cómicos, histriones o faranduleros al modo de los que solían acudir los días de romería y fiesta al santuario, en cuya plaza -tan escenográfica- se debieron celebrar toros, comedias y bailes (17).

Su número, ubicación en una iglesia conmemorativa centralizada, y orientación hacia los puntos cardinales, podría llevar a la atractiva suposición de que sean figuras alegóricas de los cuatro ejes del universo, los cuatro vientos, los cuatro ríos o partes del mundo; o incluso las cuatro estaciones, elementos, temperamentos o edades del hombre. Pero en todo caso, según el análisis iconográfico, serían farsantes desempeñando papeles alegóricos.

Vestidos a la moda de comienzos del siglo XVIII, pero ostensiblemente estrafalarios (Jovellanos criticó lo mal vestidos de los actores de su tiempo), no son ni eclesiásticos ni magistrados (no llevan capa), sino que llevan máscaras, pelucas y barbas postizas. Uno, el guitarrista, lleva casaca francesa, los otros tres la modesta chupa. El más extravagante y grandón lleva golilla, sombrero de plumas muy ancho y enormes zapatos a modo de chapines (18).

Uno es guitarrista y cantor; otro, vestido con amplios bombachos turquescos, parece tocar el almirez; el gigantón borracho vierte vino, y el cuarto (al que le faltan los brazos) podría bailar al son de unas castañuelas. Si recordamos la importancia de la música y el baile en las obras teatrales de la época, como en las danzas castellanas "que llaman historias" (19) o en los mismos "bailes" y entremeses, en los que se hacía una crítica feroz de diversos tipos sociales (soldado, médico, boticario...), o las más rufianescas jácaras y mojigangas carnavalescas que cerraban las representaciones de los Autos Sacramentales (y aun éstos no deben ser desechados ) (20), quizás estemos ante la clave iconográfica de los monigotes de esta ermita, en cuyas fiestas, como en el resto de la España del Barroco, se mezclaba intensamente lo religioso y lo teatral, hasta llegarse a representar comedias en los mismos conventos y sacristías.


NOTAS

(1) Vid. A. Romero Velasco, "San Carlos del Valle de Santa Elena y su emancipación de Membrilla", Estudios Manchegos, 1979, pp. 93 y ss.

(2) Según una inscripción del interior.

(3) Como las ermitas con plazas de toros de Bolaños, Mudela y Villahermosa.

(4) Ya desde 1787 se habían hecho los planos de una nueva población, debidos al arquitecto vecino de Ciudad Real, Matías Antonio de Arias. Fue la tercera colonización de la provincia, tras Almuradiel y Villanueva de San Carlos.

(5) Vid. las duras palabras de Salazar y Castro al respecto, publicadas por A. Domínguez Ortiz, "La sociedad española en el siglo XVII," II, El estamento eclesiástico, p. 89, Madrid, 1970.

(6) No es este lugar para analizar artística y estilísticamente el templo y llamar la atención sobre sus peculiaridades, pero nótese lo ambicioso de su plan, el aspecto grácil y elegante de sus chapiteles y la tosquedad de la factura de los elementos escultóricos.

(7) J. Camón Aznar, La arquitectura barroca madrileña, Madrid, 1963, pp. 15-16.

(8) Arquitectura barroca, Madrid, 1972, pp. 337-338, y Arquitectura barroca tardía y rococó, Madrid, 1973, pp. 186-198.

(9) Contrarreforma y barroco, Madrid, 1981, pp. 232-233.

(10) Arquitectura barroca tardía..., op. cit.

(11) El pintor moderno debió copiar el grabado de 1825 del que hablamos más adelante.

(12) A.H.N., Consejo de órdenes, Santiago, leg. 3991.

(13) En la citada documentación se recogen gastos en otros objetos y muebles de culto, órgano y su tribuna, etc. El templo se fue equipando a lo largo del siglo XVIII.

(14) Resulta curiosa la semejanza de estos elementos laterales con los cortinajes que acompañan grabados del Sto. Cristo de Burgos.
En la Biblioteca Nacional, Estampas, núm. 13.606, se conserva un curioso grabado de Vicente Pasqual, dibujado por Julián Verdú, que representa el "Vº R° del Smo. Cristo del Valle que se venera en su Iglesia Parroal. de la Villa de Sn. Carlos del Valle de Sta. Elena. Provincia de La Mancha, en el Campo de Montiel", y en el que aparece Agustín Romero y Miguel Castellano, que son los dos devotos del relieve de la ermita. Pero el Cristo no es el del mismo relieve, sino que debe ser el que estaba pintado en lienzo.

(15) El motivo y la composición resulta muy semejante al grabado de Pedro de Villafranca que aparece como cubierta del Bullarium Ordinis Militae Sancti Iacobi ..., Madrid, 1719. Sobre el origen de esta iconografía vid. A. Sicart Jiménez, "La Orden de Santiago: Aportación al desarrollo de la iconografía jacobea", Actas del Simposio El Arte y las órdenes militares, Cáceres, 1985, pp. 287-292.

(16) Vid. Loarce-Muñoz, Rutas arquitectónicas de Castilla-La Mancha, Toledo, 1985, p. 167.

(17) Además, al estar situado el Cristo en el camino real a Andalucía, debían pasar por él y pernoctar en su mesón numerosas farándulas. Vid. Vélez de Guevara, El Diablo Cojuelo, tranco V.

(18) Con sus varias suelas de corcho era prenda femenina pero José Cadalso se queja del zapato alto "que los hay que no parecen sino coturnos o calzado de San Miguel" (citado por F. Díaz-Plaja, La vida española en el siglo XVIII, Barcelona, 1846, p. 183).

(19) Especialmente toledanas, en ellas un músico canta un tosco romance hecho ad hoc para explicar el asunto y conforme va mencionando personajes, salen éstos con trajes adecuados y máscaras. No hablan ni representan, pero con música acompañan lo que dice el músico. Vid. J. Deleito Piñuela, También se divierte el pueblo, Madrid, 1954, p. 70 (y para toda esta materia).

(20) Según Deleito, op. cit., en los Autos Sacramentales los errores históricos, teológicos y de ambientación eran enormes; cita a Cadalso: "... allí había ángeles y diablos cristianos y moros, mar y corte... y bajaba Santiago con su caballo blanco y daba cuchilladas al aire matando tanto perro moro que era un consuelo para mí y para todo buen soldado cristiano...".


ILUSTRACIONES

LÁMINA 1 - LÁMINA 2 - LÁMINA 3