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El cambio de formas en el arte tiene
por causa algo de más entidad que simples cuestiones de modas
o gustos; obedece al cambio en las ideas que buscan en ese medio de
comunicación que es el arte las nuevas formas que sirvan de vehículo
para su nuevo mensaje. Así, el barroco católico tiene
atribuido un origen. Como consecuencia de la Contrarreforma, la Iglesia
católica marcó una clara distinción entre las finalidades
del arte religioso y el profano. El primero debía tener como
elemento esencial una orientación didáctica y doctrinal
expresada en la ya famosa sesión vigesimoquinta del Concilio
de Trento; ningún aspecto de la representación plástica
debía entrar en contradicción con el dogma o mover a confusión
a "los simples de espíritu". Tales disposiciones se
encaminaban a desterrar ciertas licencias adheridas en las formas de
representación medievales e incluso renacentistas. Uno de los
ejemplos más interesantes de la nueva función del arte
religioso católico según los principios tridentinos, fue
destacado por Emile Mále, quien hizo notar cómo las representaciones
pictóricas de la última Cena se modifican dejando de lado
el momento dramático en el que Cristo anuncia que uno de los
doce le traicionará. Desde el último tercio del XVI hay
que reorientar la composición para "transcribir la institución
de la Eucaristía". Consecuencia de ello fue que el modelo
leonardesco, admirado hasta entonces como el paradigma, quedó
proscrito. En el caso de nuestra nación, y siguiendo a Mále,
las normas tridentinas se impusieron diligentemente, pues: "En
España, el arte permanecía tan íntimamente vinculado
a la Iglesia, que incluso muchos hombres de Iglesia eran artistas."
De los que menciona en sus escritos, para nuestros fines, nos quedaremos
con los nombres de Pablo de Céspedes y fray Juan Sánchez
Cotán (1). Aunque lo dicho es cierto, tal fenómeno
no supuso una rápida aceptación de los nuevos modos de
representación. Veremos a continuación unos ejemplos de
la pintura andaluza que tienen como particularidad una lentísima
incorporación a la estética del Barroco, ésta no
se impondrá hasta casi mediado el siglo XVII y no sin abandonar
del todo resabios manieristas. Granada, y especialmente Sevilla, centro
de gran importancia comercial y económica desde la segunda mitad
del XVI hasta comienzos del XVII, no reciben la estética barroca
hasta los momentos de gran crisis de mediados del XVII. Incluso en centros
secundarios como Córdoba, la incorporación al gusto europeo
no llega a producirse hasta casi el siglo XVIII. En el arte anterior se había
preferido el tema de la Traición de Judas al de la Institución
de la Eucaristía no sólo por la teatralidad y popularidad
del primer asunto; pensamos además que el segundo entrañaba
muchas y serias dificultades de representación. Los Evangelios,
principales fuentes para la iconografía de la última Cena,
no eran unánimes en la descripción de ésta. Los
cuatro evangelistas se asemejan al relatar el anuncio de la traición
de Judas Iscariotes, siendo Juan (13, 21-30) el que da más detalles
sobre la escena. Pero respecto al segundo tema, San Juan es bien diferente
de los sinópticos; es el que más doctrina contiene sobre
la Eucaristía a propósito de la multiplicación
de los panes o en el largo sermón de la Cena en donde incluye
el lavatorio de los pies, no referido en los otros evangelios, pero
soslaya la institución del sacramento. Y esto era motivo de conflicto
y discusiones teológicas. Se discutía también porque
los textos no alcanzaban a dar soluciones definitivas: sobre cuál
fue la noche en que se celebró la Cena, si se celebró
según el ritual judío, si comieron o no comieron el cordero
pascual, si lo comieron antes o después de haber recibido la
Eucaristía (aspecto importante para justificar el ayuno que la
Iglesia disponía como condición previa a comulgar), si
los apóstoles comulgaron bajo las dos especies, si los panes
eran ácimos o fermentados, si Judas estaba o no estaba presente
en la comunión, etc. Después del Concilio de Trento
las dificultades se acentuaron aún más, pues, junto a
que no se dirimieron las cuestiones planteadas sobre lo que podríamos
llamar una "reconstrucción arqueológica de la Santa
Cena", sí se establecieron normas claras sobre el modo y
formas de celebrar la Eucaristía, así como la doctrina
dogmática que debía ser enseñada. La sesión
XIII del Concilio, celebrada el día 11 de octubre de 1551 estableció
la doctrina y cánones sobre el sacramento eucarístico.
El Catecismo del Concilio, conocido como el Catecismo para párrocos
de San Pío V, dedicó el capítulo IV de la segunda
parte a este sacramento puntualizando aquellos aspectos que debían
ser destacados en la predicación y aquellos que no debían
ser cuestionados so pena de excomunión automática. Es
comprensible que los artistas, temerosos de acarrearse problemas con
la Inquisición, optaran por la composición de la última
Cena como una "primera misa" o una "primera comunión"
cuya iconografía era más fácilmente interpretable
y más catequética para el pueblo. Lo qe debía representarse
según la doctrina del Concilio estaba muy claramente expresado. Pero en Andalucía el debate teológico
tenía otros componentes. Incluso antes de la conclusión
del Concilio existía una teología que, como Trento, pretendía
la síntesis entre humanismo renacentista y tradición cristiana.
Concretamente, en Sevilla se publicaron varias obras exegéticas
en las que se tomaba el asunto eucarístico glosándolo
a partir de la última Cena como tránsito de la Pascua
judía a la nueva Pascua cristiana. La ceremonia de la Pascua,
establecida en los textos del Antiguo Testamento, era tratada en forma
de explanatio, el procedimiento habitual de interpretación
en la patrística y en la teología medieval. Entre 1537
y 1543 se publicaron en casa de Juan de Cromberger las dos partes de
una famosa Vita Christi, la del cartujano Ludolfo de Sajonia,
traducidas al castellano por fray Ambrosio Montesino. Con el mismo título
en 1555 publicó el dominico Domingo de Valtanás otra.
Un año antes, Gutierre de Trejo sacó a la luz sus comentarios
sobre los cuatro evangelios, en latín. Fray Felipe de Sosa publicó
en 1570 La excelencia del santo Evangelio, con ideas muy próximas
a Valtanás; y en 1602 apareció en la misma ciudad la Imitación
de Jesu Christo Nuestro Señor, del jesuita Francisco Arias.
En 1596 se publicó en Córdoba el Tratado del Amor de
Dios, de Cristóbal de Fonseca, y de este mismo autor y en
el mismo año salió de una imprenta toledana la Primera
parte de la vida de Christo Señor Nuestro. Tampoco estaban
publicadas en Andalucía otras obras de gran importancia para
el establecimiento de la iconografía postridentina como el Flos
Sanctorum y Historia General de la vida y hechos de Iesu Christo
(Toledo, 1587), de Alonso de Villegas, o la Introducción al
Symbolo de la Fe (Salamanca, 1588), de fray Luis de Granada. Los principales teóricos sobre
la forma de representar correctamente los temas religiosos no se atrevieron
a tratar el tema de la Cena; ni el jesuita cordobés Martín
de Roa lo toca, ni tampoco su amigo Francisco Pacheco, tan proclive
a las fórmulas iconográficas para las escenas bíblicas,
que no incluyó ésta en las "Advertencias importantes
en algunas Istorias Sagradas, acerca de la verdad y acierto con que
se deven pintar, conforme a la Escritura divina i Santos Padres"
que forman los capítulos XI y XII de su Arte de la Pintura.
Pero los escritos arriba mencionados sí fueron considerados por
Pacheco como fuentes de la nueva iconografía. Habría que
citar más obras, pero hemos hecho hincapié en éstas
por resaltar la relación entre las Pascuas del Antiguo y del
Nuevo Testamento. Recuérdese también que Sevilla, la gran
metrópoli comercial del siglo XVI, había recibido a gran
número de cristianos conversos y que la Inquisición hispalense
tuvo bastante trabajo con ellos, acentuándose éste a partir
de 1580, cuando al incorporarse Portugal a la Corona, muchos conversos
lusitanos vinieron a la capital del comercio con las Indias en busca
de negocios y fortuna. Del mismo modo que en los escritos teológicos
se hacían reconstrucciones arqueológicas de cómo
fue la cena en la que Jesucristo instituyó la Eucaristía
para explicar los significados y valores del sacramento cristiano, algunos
pintores, eruditos y vinculados al clero, ensayaron también su
explicación a través de la plástica. La primera
obra que destacaremos es del pintor Juan de Peñalosa, pero no
por su interés intrínseco, sino por ser copia de una Última
Cena realizada por Pablo de Céspedes en 1580 y que en un
principio estuvo en el refectorio del convento de los Santos Mártires
Acisclo y Victoria de Córdoba, habitado por dominicos (fig.
1). La inscripción que actualmente presenta el marco se hizo
a finales del siglo pasado y reproduce otra anterior que tuvo. El cuadro
está fechado en 1613 y firmado en la parte inferior derecha.
Al lado izquierdo, también en la parte inferior, puede leerse
el nombre de quien encargó el lienzo, el prior Juan de Medina;
de igual modo en el marco se hace referencia a quien encargó
el original, otro prior, fray Fernando de Córdoba, pariente o
gran amigo de Céspedes, deudo suyo. La obra, en bastante mal
estado y no mucha calidad, representa a Cristo y a los apóstoles
en el momento de comunicar la traición de Judas, según
el relato del evangelista San Juan. El pintor, intentando emular a Leonardo,
busca el retrato psicológico de cada uno de los apóstoles,
otorgándoles cierta independencia. Pero queremos llamar la atención
especialmente sobre los objetos que hay sobre la mesa. Además
del cordero preparado, encontramos platos, cuchillos, panes fermentados,
saleros, rábanos, naranjas y limones. En primer plano se sitúa
una jarra y una toalla sobre una mesita, y al lado un perro y un gato
que juguetean. En otro cuadro del que hay pocos datos,
pero considerado por todos como la mejor obra de Céspedes, datable
entre 1582 y 1595, que se halla en la catedral de Córdoba (2),
vemos el tema de la institución de la Eucaristía captado
según el texto de San Lucas (22, 17-19), pues un apóstol
va a beber del cáliz cuando Cristo procede a bendecir el pan
(fig. 2). Este tratamiento parece
más acorde con las posiciones tridentinas, aunque algunos apóstoles
están ajenos al trascendental momento de la consagración.
Otra vez quisiera llamar la atención sobre los objetos de la
mesa, especialmente sobre las naranjas y limones que destacan sobre
el mantel blanco. La tercera de las santas cenas que presentamos
se debe al pincel de fray Juan Sánchez Cotán; se encuentra
en el refectorio de la Cartuja de Granada y está fechada en 1618
(3). Vuelve sobre el tema del Anuncio de la Traición y las diversas
actitudes de los apóstoles (fig.
3). Si bien sigue los modelos precedentes, presenta algunas particularidades
curiosas. La iluminación sitúa la celebración aun
de día, por lo inclinado de las sombras podemos considerar que
es un atardecer. Los panes blanquecinos son ácimos, y otra vez
rábanos, naranjas y limones. No obstante, lo más llamativo
en ésta es que el cordero pascual ha sido sustituido por dos
pescados, dos barbos. La única explicación que encontramos
a tan extraña iconografía, ajena a todos los textos bíblicos,
es la de que al prescribirse la abstinencia de carne en las reglas cartujanas
y al estar el lienzo en el refectorio se pretendiera evitar que los
frailes, al ver que Cristo lo hacía, se vieran tentados a incumplir
el mandato de la orden. Francisco Arias, en la referida Imitación
de Jesu Christo, explica que el alimento ordinario del Señor
era pan de cebada y pescado común (4). Respecto a la presencia de fruta sobre
la mesa, podemos considerar, en primer lugar, que es un simple motivo
decorativo, o quizá un elemento frecuente en cualquier comida.
El prototipo de Santa Cena, según dijimos, era la de Leonardo
de Vinci en Milán; en aquélla había sobre la mesa
algunas piezas de fruta difíciles de identificar. Anteriormente
Ghirlandaio había colocado cerezas al representar el mismo tema.
Desde 1564 se hallaba en El Escorial una Última Cena considerada
de Tiziano en la que vemos una pequeña manzana y una naranja.
Media naranja encontramos en la de Juan de Juanes en el Prado. Y en
las obras andaluzas parece ser Céspedes el introductor de naranjas
y limones en las reproducciones pictóricas de la Cena. Hemos
limitado nuestro estudio a la pintura andaluza y al contexto cultural
y religioso en que ésta se produce, por lo que no queremos extrapolar
los resultados a otros ambientes culturales que suponemos no necesariamente
semejantes. Gracias a la obra de Jonathan Brown
sobre las ideas en nuestra pintura barroca, no será necesario
insistir aquí en la importancia que Pablo de Céspedes
tuvo como erudito y artista en la configuración teórica
de la pintura andaluza en particular (5), especialmente a través
de su influjo en Francisco Pacheco y el grupo académico circundante.
Conocía la pintura italiana por varios viajes que realizó
y era un ferviente admirador de Miguel Ángel, lo cual es casi
suficiente para justificar su anacrónico manierismo. Como suele
ocurrir a los estudiosos, su gran respeto por el pasado era la principal
causa que impedía su evolución creadora. Además
de pintor era clérigo y racionero de la catedral de Córdoba,
escritor y poeta. Por eso resultaría extraño que sus composiciones,
y en especial las de contenido teológico, obedecieran exclusivamente
a criterios ornamentales. La misma divulgación que tuvo su modelo
ya es sintomática de algo más trascendente. Los Evangelios refieren que antes de
la institución de la Eucaristía Cristo desvela la traición
de Judas. Judas es el modelo del pecador, aquel que desprecia y se rebela
contra el Amor de Dios, en él ha penetrado Satanás (6).
Por ende, en Judas podemos ver retratado a todo el género humano
que indefectiblemente es pecador por naturaleza. Si consideramos lo
que refiere Reau, no sería una simple escena de género
la presencia del perro, emblema de la fidelidad, pues aquí figuraría
para contrastar la infidelidad de Judas y, como hemos dicho, del pecador
(7). Su lucha con el gato no es más que otra forma de evocar
una psicomaquia, la perpetua pugna entre el bien y el mal que
en el alma se dirime de continuo; es la lucha contra las tentaciones
del diablo. En los Evangelios nada se dice de rábanos,
naranjas o limones. Hay que buscar en el ritual de la Pascua judía.
En el capítulo 12 del libro del Éxodo y en el 23
del Levítico se establecía el modo de comer el
cordero acompañado de raíces amargas, otros entienden
lechugas o hierbas amargas. Los exegetas explican que con ellas se evocaban
los padecimientos en la larga marcha del desierto, y en la última
Cena, los que sufriría Cristo en la Cruz. Sabemos que las naranjas
y limones eran usados como adornos y ofrendas en las grandes fiestas
judías, especialmente en la de Tabernáculos y Pascua,
en las que se llevaban los ramos de lulab: "un ramillete
de mirto y varetas de sauce entretejidas con hojas de palma" en
la mano derecha, y en la izquierda el ethrog, o limón,
símbolo de las cosechas (8). A1 respecto, Piero Valeriano, en
su famosa Hieroglyphica, se refiere al limón (CEDRUS SIVE
CITRUS) como una planta que simboliza la miseridordia y la piedad, de
grandes poderes curativos y es además un poderoso contraveneno.
"Por eso -dice- los hebreos celebraban los días solemnes
con su fruto, como si implorasen la fuerza de la divina misericordia"
(9). En la traducción y comentarios que Laguna hizo de la obra
de Dioscórides Acerca de la materia medicinal y de los venenos
mortíferos, el principal tratado de farmacopea del siglo
XVI, escribe refiriéndose a los cítricos en general: "Todas
estas differencias de fructos, son muy valerosas contra el veneno, y
contra la punctura de aquellas fieras, que arrojan de sí ponçoña:
empero principalmente el Limón y la Cydra" (10), abundando
con alguna historia sobre su eficacia como antídoto de los más
poderosos venenos. Considerando los limones y naranjas
que aparecen en las pinturas desde este punto de vista, observamos que
cobran un especial sentido al ponerlos en relación con lo que
expresó el Concilio de Trento en el capítulo segundo de
su Decreto sobre la Eucaristía: "Estando, pues, nuestro
Salvador para partirse de este mundo a su Padre, instituyó este
Sacramento, en el qual como que echó el resto de las riquezas
de su divino amor para con los hombres. (...) Quiso además que
se recibiese este Sacramento como un manjar espiritual de las almas,
con el que se alimenten y conforten los que viven por la vida del mismo
Jesucristo, que dixo: 'Quien me come, vivirá por mí' (Joan.
6); y como un antídoto con que nos libremos de las culpas veniales,
y nos preservemos de las mortales" (11). Doctrina que también
se expone en el Catecismo para párrocos con palabras semejantes:
"Hay además tal virtud en la Eucaristía, que nos
conserva limpios de pecados, puros y sanos en la fuerza de las tentaciones,
y de antemano dispone al alma, como con celestial medicina, para que
no pueda ser fácilmente inficionada y corrompida por el veneno
de algún pecado mortal" (12). Así, suponemos explicada una
primera variedad de Santa Cena andaluza, la que adoctrina sobre el carácter
medicinal de la Eucaristía. Como es fácil de comprender,
los elementos significativos de estas representaciones que transmitían
el mensaje, perderían con el paso del tiempo su valor simbólico
para pasar a ser considerados por quienes los contemplaban como simples
elementos decorativos, ya sin valor comunicativo. Sin embargo, todavía
este primer modelo sirvió para que Esteban Márquez, en
los últimos años del siglo XVII, pintara una Última
Cena que hoy día se encuentra en la Universidad de Baylor
(Texas, EE.UU.) (13) con una iconografía semejante a la estudiada,
con cítricos sobre la mesa (fig.
4). Sólo la presencia de dos velas nos sugiere una aproximación
a la iconografía de la Cena como "primera misa", fórmula
a la que aspiraba el Barroco y que se había impuesto desde hacía
tiempo en otras regiones españolas. La otra variante postridentina de la
pintura andaluza sobre el tema está atribuida a Alonso Vázquez
por Angulo Íñiguez, aunque antes se la consideró
de Céspedes. Se encontraba en el refectorio de la cartuja de
Santa María de las Cuevas de Sevilla para el que fue pintado
este lienzo en torno a 1585-1590 (14). Hoy puede admirarse en el Museo
de Bellas Artes de la misma ciudad (fig.
5). Hernández Díaz considera que se inspira en una
estampa flamenca. Estamos otra vez ante el momento de la traición
de Judas y la convulsión que provoca entre los asistentes. Sólo
Juan parece ajeno a la tensión y señala el cordero evocando
la frase que el propio evangelista pone en boca del Bautista: "
He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"
(Juan 1, 29). Este texto es asociable al de Isaías
53, 7: "Como cordero llevado al matadero." El contexto en
que nos movemos es el de Cristo como víctima de sacrificio para
salvar a los hombres del pecado. En un fondo a la izquierda puede verse
la escena del lavatorio de los pies, que también es evocada,
como en las cenas anteriores, poniendo en primer plano la jarra con
la toalla. En relación con el sacrificio encontramos la decoración
de la mesa con ramitas de mirto, o arrayán, rosas y claveles.
Nos hemos referido antes a las ramas de lulab utilizadas en la
Pascua. El Salmo 117 que se cantaba durante la Cena Pascual hace
referencia a que una procesión traía los ramos hasta el
altar como señal de alabanza a Dios por su eterna misericordia. Existe otra pintura posterior, fechada
en 1612, es la Alegoría Eucarística de Juan del
Castillo, propiedad de la Universidad de Sevilla pero procedente de
la antigua Casa Profesa de los jesuitas hispalenses (15). Obsérvese
cómo la decoración floral que los ángeles arrojan
sobre la mesa del altar es la misma que encontrábamos en la Cena
de Alonso Vázquez (fig. 6).
Lo curioso está en que estas flores y el arrayán o mirto
son también atributos de la diosa Venus. Lo refiere Plinio (XV,
36-37) y lo repite Valeriano. Pero Covarrubias, citando estas fuentes
en su Tesoro de lengua castellana, obra de 1611, nos dice que
antiguamente llevaban arrayanes los asistentes a los sacrificios, según
lo cita Alessandro Alessandri en su obra Genialium dierum (París,
1532) (16). Fonseca en la primera parte de la Vida de Christo, libro
IV, cap. VI, al tratar "De las causas y conveniencias del Santíssimo
Sacramento de la Eucharistía" se refiere al amor supremo
de Cristo que da su vida por la humanidad pecadora. Esta es la causa
de que se aprovechen unos atributos coincidentes con los de la diosa
clásica del amor, en tanto que sirven a la expresión del
amor y el sacrificio de Cristo que se entrega a morir en la Cruz, que
como también recuerda el Concilio, se conmemora en cada celebración
eucarística donde su cuerpo y sangre sirven de alimento espiritual
del cristiano. En los años veinte del siglo XVII, la influencia de la iconografía europea que trataba el tema eucarístico como primera misa comienza a penetrar, pero muy lentamente. Francisco Varela pintó en 1622 una Cena inspirada en obras de Ribalta. Pero es un caso aislado. Habrá que esperar al último tercio del XVII para ver cambios efectivos. Hacia 1670 encontramos una obra del carmelita fray Juan del Santísimo Sacramento que es una versión adaptada de la Santa Cena que pintara Rubens cincuenta años antes, tendente a representarla como misa (fig. 7). Ya casi rozando el siglo XVIII, Lucas Valdés realizó para la iglesia de los Venerables de Sevilla otra Cena, presenciada por la Virgen María y en la que se pretende asociar el concepto de Transfiguración con el de Transustanciación, palabra clave en la doctrina de Trento sobre la Eucaristía; por eso, por encima de la mesa, que ya es un altar sin ningún objeto extraño al ritual de la misa, se sitúan Moisés y Elías que flanquean a la figura de Dios Padre que corona al Hijo con la tiara de Sumo Pontífice (fig. 8). Se habían olvidado ya las fórmulas arqueológicas y las alusiones a la Pascua judía, el antisemitismo institucionalizado por la Inquisición tenía mucho que ver en esta transformación.
(1) Véase Emile Mále, "El arte y los artistas después del Concilio de Trento", en Tekné, núm. 1 (1985), pp. 17-26. El Barroco. El arte religioso del siglo XVII, Madrid, 1985, p. 90. (2) Cfr. M., Ángeles Raya Raya, Catálogo de las pinturas de la catedral de Córdoba, Córdoba, 1988, pp. 43-44. (3) Antonio Gállego Burín, Granada. Guía artística e histórica de la ciudad, 6.ª ed., Granada, 1987, p. 302. (4) Cfr. Francisco Arias, Imitación de Jesu Christo Nuestro Señor, Sevilla, 1602, pp. 433-434. (5) Cfr. Jonathan Brown, "Arte y teoría en la Academia de Francisco Pacheco", en Imágenes e ideas en la pintura española del siglo XVII, Madrid, 1980, pp. 31-112. (6) Lucas 22, 3; Juan 13, 27. (7) Louis Reau, Iconographie de l'Art Chrétien, II, París, 1957, p. 415. (8) Raymond E. Brown, El evangelio según Juan, Madrid 1979, p. 560. Los cítricos por lo general tienen dos momentos de cosecha, uno al comienzo del otoño (Tabernáculos) y otro al final de invierno (Pascua). Sobre el uso en la Pascua, véase nota de Felipe Scio en su edición de La Santa Biblia bajo Levítico 23, 40. (9) Lyon, 1626, p. 644. La primera edición en Basilea, 1556. (10) Salamanca, 1570, p. 106. (11) El Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento. Traducido al idioma castellano por don Ignacio López de Ayala, 3.ª ed., Madrid, 1787, p. 126. (12) Catecismo para los párrocos según el decreto del Concilio de Trento, texto latino y castellano, Madrid, 1971, p. 252. (13) Cfr. Enrique Valdivieso, Historia de la pintura sevillana, Sevilla, 1986, p. 249. (14) Cfr. Valdivieso, p. 97. La fecha que da este autor es un evidente error de imprenta. (15) Valdivieso, p. 149. (16) Cfr. Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, Méjico, 1984, p. 148. Del libro de Alessandri cita el libro 4, cap. 17.
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