CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

ICONOGRAFÍA Y CONTRARREFORMA: A PROPÓSITO DE ALGUNAS PINTURAS DE ZURBARÁN

Alfonso Rodríguez G. de Ceballos

Durante las recientes exposiciones de la obra de Zurbarán en Nueva York y París se ha presentado al pintor extremeño como a uno de los más fieles ejecutores de las consignas iconográficas de la Contrarreforma (1). A priori así debió de ser, teniendo en cuenta que su producción pictórica fue casi en un cien por cien de carácter religioso y que sus comitentes, principalmente comunidades religiosas de franciscanos, dominicos, jerónimos, mercedarios, trinitarios, jesuitas y cartujos, contaban con excelentes iconógrafos que debieron asesorarle en los programas. El hecho de que en el inventario de sus bienes no constara ni un solo libro, aunque sí algunas estampas, ha llevado a pensar que era hombre de escasa erudición y poco aficionado a lecturas (2). En realidad no las necesitaba, teniendo a su lado a historiadores eclesiásticos, escrituristas y teólogos que le ayudaban a fijar con rigurosa exactitud los contenidos de sus pinturas.

Con todo se pueden verificar en algunos, más bien pocos, de sus cuadros ciertas inexactitudes en lo tocante al decoro y a la propiedad de las imágenes, puntos a los que había aludido con insistencia el decreto del Concilio de Trento promulgado el 4 de diciembre de 1563, y al que venían otorgando creciente atención los sínodos y los obispos de las distintas diócesis españolas.

Por ejemplo, el sínodo provincial de Sevilla, convocado en 1604 por el cardenal arzobispo don Fernando Niño de Guevara, había llamado la atención sobre el abuso de representar a las imágenes de la Virgen y de las santas cristianas con vestidos de época, excesivamente lujosos y llamativos, en la persuasión de que con ellos se confundía a los fieles al no establecer una rigurosa separación entre el retrato profano y la imagen sagrada (3). Es cierto que el sínodo sevillano se refería no tanto a las pinturas cuanto a las populares imágenes de vestir, ataviadas con trajes de telas y tejidos naturales que a veces habían pertenecido antes incluso a damas de dudosa reputación. Sin embargo, la queja de representar con semejantes atavíos mundanos a las imágenes sagradas femeninas fue general y no exclusivamente privativa de los obispos andaluces. Así, el sínodo de Toledo -de cuya archidiócesis dependía entonces jurídicamente Madrid- se había hecho eco de esta cuestión ya en 1566, es decir, dos años después de concluido el Concilio de Trento, y sus prescripciones sobre la dignidad en el vestido de las imágenes sagradas fueron repetidas por el sínodo de 1626, sancionado por el cardenal infante don Fernando de Austria (4).

Realmente la costumbre de pintar y esculpir las imágenes de Jesucristo, de la Virgen y de los santos con indumentaria de época no fue exclusiva de España. El papa Urbano VIII, mediante la bula Sacrosancta Tridentina Synodus, ordenó en 1642 para toda la Iglesia universal que los personajes sagrados fueran representados con vestidos aprobados por una tradición antigua y no con indumentarias insólitas que pudieran llamar la atención y causar escándalo en los fieles. Hasta tal punto se mostró riguroso el papa Barberini que, para evitar todo lo que pudiera ser tenido como nuevo y no usado hasta entonces, prohibió que Jesucristo, la Virgen y los santos fueran pintados o esculpidos con el hábito de alguna orden religiosa particular, como las del Carmen o La Merced. (5).

Recordemos, por otra parte, que los escritores ascéticos y los predicadores venían fustigando con duras palabras los vestidos excesivamente lujosos y llamativos de las mujeres españolas. Fray Luis de León, en La perfecta casada, y Pedro Malón de Chaide, en La conversión de la Magdalena, los atacaban no sólo como impropios de la mujer cristiana que debía imitar a Cristo y a su Madre en la simplicidad del vestir, sino también porque tales vestidos llamaban excesivamente la atención de los hombres, provocando en ellos pensamientos deshonestos (6). San Juan de Ávila, en un sermón predicado posiblemente en Sevilla en la víspera del Corpus Christi, reprendía acerbamente a las damas sevillanas porque acudían a la procesión galanamente ataviadas, desviando así la atención de los asistentes del Santísimo Sacramento hacia sus personas (7). Incluso los arbitristas del tiempo de Felipe III y Felipe IV, como Martín Fenández Navarrete y Sancho de Moncada, condenaron el excesivo boato de los trajes femeninos como causantes de la bancarrota económica del reino. Siguiendo sus consejos, los mencionados monarcas publicaron numerosas pragmáticas contra el lujo del vestido femenino. La de 1639, concretamente prohibió el uso de faldas, basquiñas y guardainfantes que excediesen las ocho varas de seda. La utilización del guardainfante y del escote muy pronunciado se consideraban distintivos de las mujeres públicas y, por ello, sólo a ellas les estaba permitido (8). Otra cosa es que en la práctica tales leyes fueran atendidas.

Ahora bien, cuando contemplamos las pinturas de santas de Zurbarán, tan abundantes en su producción, llenas ciertamente de recato y modestia, pero vestidas con suntuosos trajes de época, llevando faldas y rodapiés de amplio vuelo y a veces generosamente descotadas, nos preguntamos: ¿se trata realmente de imágenes religiosas o de retratos de damas sevillanas? Ya apuntó certeramente don Emilio Orozco Díaz que eran "retratos a lo divino", es decir, retratos de damas seculares que, según la moda dictada particularmente por los poetas, gustaban de ser retratadas con sus mejores galas mundanas, pero también, por capricho, con atributos peculiares de ciertas santas vírgenes o mártires cristianas (9).

Se podría objetar que Zurbarán no revistió a sus santas con atuendos de época, sino con vestidos presuntamente antiguos, tales como los hubieran utilizado en sus respectivos tiempos las santas correspondientes. Al no conocerse con exactitud cómo habían sido aquéllas, el pintor hubo de atenerse a la ma nera como aparecían vestidas sobre los escenarios durante las representaciones teatrales de comedias de santos. La verdad es que no conocemos los maniquíes
que se utilizaban en el teatro del Siglo de Oro más que a través de las anotaciones marginales de los comediógrafos, y éstas son las más de las veces tan generales e inconcretas que no acertamos a imaginarnos con exactitud cómo eran los trajes que se usaban en el teatro (10). Se ha supuesto que muchos personajes de Zurbarán aparecen en sus pinturas a la guisa de los comediantes de la época, pero es una hipótesis todavía falta de comprobación (11). En todo caso, si así hubiera sido y las santas zurbaranescas estuvieran vestidas tales
como aparecían en los escenarios, el escándalo en el público devoto acaso hubiera sido mayor. Tengamos en cuenta la mala fama de que estaban rodeados entonces los comediantes y gente de la farándula (12), punto que provocó, entre otros, los virulentos ataques de los moralistas contra las representaciones teatrales.

De todas maneras, el modo de vestir de las santas de Zurbarán ,evoca más bien el vestido y la manera de caminar de las mujeres sevillanas descrito por Alonso Morgado en su Historia de Sevilla, obra escrita en 1587. "Ninguna mujer de Sevilla -escribía- cubre manto de paño, todo es buratos de seda, tafetán, marañas, soplillo y por lo menos anascote. Usan mucho en el vestido la seda, telas, brocados, colchados, recamados y telillas, las que menos guerguetas de todos los colores. El uso de sombrero las agracia mucho y el galano toqueo, puntas y almidonado. Usan el vestido muy redondo, preciándose de andar muy derechas y menudo el paso, y así las hace el donaire y gallardía conocidas por todo el reyno... Y en especial se precian de muy olorosas, de mucha limpieça y de toda poliçia, y de galantería de oro y perlas... (13).

Si en realidad cuando Zurbarán pintó a sus santas lo hizo con la intención de retratar a ciertas damas sevillanas "a lo divino", entonces la profanidad y el lujo de los vestidos, joyas y atavíos sería justificable, pues no serían imágenes sagradas para ser expuestas en público en las iglesias, sino en los salones o acaso en los oratorios privados. Aun así, el jesuita padre Francisco Arias reprobaba esta costumbre en 1599, cuando escribía lo siguiente: "No pongamos en nuestras casas y oratorios las imágenes de los Santos como las figuras y retratos de hombre que no son recibidos de la Iglesia por santos, porque sería injuria para las imágenes de los Santos igualarlos con los retratos de hombres pecadores y sería mejor que no usasen tales retratos, pues no se saca de ellos provecho alguno" (14).

Pero si se tratase de genuinas imágenes religiosas, en dicho caso Zurbarán no se hubiera atenido con absoluta fidelidad a las prescripciones oficiales de la Iglesia. Esto indicaría una gran flexibilidad en su interpretación por parte de clientes y pintores y una indudable tolerancia por parte de los examinadores de las imágenes sagradas diputados por la Inquisición. Sin embargo, los intérpretes más rigoristas del decreto del Concilio de Trento y de las rúbricas de los sínodos españoles sobre el asunto se escandalizaban ante esto modo de interpretación de las santas cristianas, a cuyos ojos no tenían la apariencia de tales. Así, por ejemplo, el escritor ascético y célebre predicador Bernardino de Villegas exclamaba en 1635: "¡Qué cosa más indecente... que unas vírgenes vestidas tan profanamente con tantos dijes y galas que no traen más las damas más bizarras del mundo! Que a veces duda un hombre si adora a Santa Lucía o a Santa Catalina o si apartará los ojos por no ver la profanidad de los trajes, porque en sus vestidos y adornos no parecen santas del cielo sino damas del mundo, y a no estar Santa Clara con su espada en la mano y Santa Lucía con sus ojos en el plato, por lo que toca a su vestido y traje galán con que las visten, nadie dijera que eran santas ni vírgenes honestísimas."

La razón de este abuso la sintetizaba Villegas en esta frase que acaso sea la clave para descifrar el misterio en torno a las santas pintadas por Zurbarán: " El trueco más ordinario y común del mundo es que a las imágenes las visten ya de damas y a las damas las visten ya de imágenes" (15). Este juego de palabras nos induce a pensar que en el siglo XVII ya no acertaban a distinguir cuándo una imagen religiosa femenina era un retrato de dama y al revés; mucho menos nosotros a tres siglos de distancia. En todo caso, el ingenioso dicho de Villegas parece confirmar la hipótesis de Orozco de que las imágenes de santas zurbaranescas no son otra cosa que retratos "a lo divino".

Ahora bien, si uno se pregunta por qué el pintor extremeño pintó concretamente de semejante manera a sus santas cristianas, acaso no baste responder que porque así gustaban ser retratadas las damas del XVII al dictado de una moda caprichosa de la época. Posiblemente Zurbarán pensaba que, pintando a una santa con vestidos de su época, verificaba un proceso de mayor realismo de la imagen, acercándola al devoto espectador de su tiempo y poniéndola en pie de igualdad con sus semejantes. En este sentido, por encima del capricho de sus clientes, Zurbarán se expresaba en términos de pintura religiosa actualizada. Por ello tuvo por legítimo colocar a los pies de cada imagen un letrero con el nombre de la santa representada como si de una genuina imagen sagrada se tratase.

El término "decoro", usado por el Concilio de Trento y por los documentos de la Iglesia española, no subrayaba exclusivamente la dignidad de la imagen sagrada, totalmente diferente de la profana, sino también su propiedad o adecuación a la verdad histórica. El Concilio deseaba terminar con las leyendas apócrifas de la vida de Cristo, de la Virgen y de los santos para no dar pretexto a los protestantes de ridiculizar el culto católico a las imágenes. Pero era difícil conciliar estas exigencias con las de la piedad popular, sobre todo porque la Iglesia jerárquica no siempre era capaz de controlar aquellas devociones y creencias, arraigadas en el pueblo iletrado, que fomentaban cofradías, beaterios y otras instituciones que manejaban los seglares (16). Otras veces tales representaciones dudosas o no suficientemente probadas eran pábulo de la devoción de muchas personas piadosas, especialmente del público monástico femenino, que se sentía profundamente atraído por ellas. Tal era el caso de representaciones de la infancia de Jesucristo y de la Virgen no registradas o solamente insinuadas por los evangelios canónicos. Los apócrifos llenaron estas lagunas con leyendas ridículas que la Iglesia no podía aceptar. Los místicos y los contemplativos de todos los tiempos no podían contentarse, sin embargo, con las sobrias narraciones de San Mateo y San Lucas y por ello se imaginaron situaciones y episodios nuevos. Por otra parte, el pueblo estaba ávido de estas invenciones que veían escenificadas con frecuencia en las piezas del teatro religioso. La Iglesia después de Trento terminó haciéndose tolerante con estas piadosas leyendas con tal de que tuviesen algún fundamento bíblico y teológico y no degenerasen en ridiculeces indignas.

En este contexto se aplican ciertas pinturas de Zurbarán tanto de la infancia de Cristo como de la de su Madre. Prescindiendo por falta de tiempo de aquellas en que la Virgen niña es efigiada haciendo labor en el templo de Jerusalén, concentraré la atención en aquellas pinturas en que Jesús adolescente es representado, bien aislado en la casa de Nazaret mientras teje una corona de espinas y se punza uno de los dedos, bien acompañado de su Madre que contempla la escena derramando lágrimas, como en el caso del magnífico cuadro hoy en el museo de Cleveland.

El fundamento teológico de esta última representación se encuentra ya expuesto por Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica, quien, apoyándose en uno versículos de la carta de San Pablo a los Hebreos (10,2-9), afirmaba que Jesús, desde el mismo instante de su Encarnación, había conocido al detalle todos los instantes de su vida futura y especialmente de su pasión y muerte (17). De esta opinión se hicieron eco tanto los comentaristas de Santo Tomás de todas las escuelas teológicas cuanto los ascetas, predicadores y escritores religiosos en general. Por brevedad omito los pasajes en que oradores de comienzos del XVII, como los célebres Alonso de Cabrera y Diego de Vega, expusieron esta doctrina (18). Y hay que recordar a este propósito que los sermones fueron los " mass-media" de la época, sermones a los que el público acudía en masa y donde los pintores y escultores, que acaso no tenían tiempo de leer los Flos Sanctorum de Alonso de Villegas, de Juan Bautista Santoro y de Pedro de Rivadeneira que bastantes de ellos tenían en sus bibliotecas, encontraban la ocasión de informarse y de fijar en su memoria los puntos esenciales de la doctrina cristiana. Para no citar más que un testimonio de aquel tiempo, recordaré que el jesuita Luis de la Puente, en sus Meditaciones Espirituales, libro que corrió como reguero de pólvora entre las personas devotas, además del pasaje citado de la carta a los Hebreos, adujo para explicar la visión panorámica que el adolescente Jesús tuvo de su vida y pasión futuras, unos versículos del Salmo 37, interpretados al pie de la letra: "Toto die contristatus ingrediebar..., dolor meus in conspectu meo semper" (todos los días estaba entristecido y mi dolor estaba continuamente en mi pensamiento) (19).

Por lo que hace al semblante compungido de la Virgen al contemplar a su Hijo punzándose con una espina de la corona, el fundamento bíblico se encontrata tanto en la frase del evangelio de San Lucas (2,19) de que María observaba atentamente cuanto acontecía a su Hijo cuanto en la profecía del anciano Simeón de que una espada de dolor atravesaría su pecho (ibid., 2,35).

De todas maneras, es difícil hallar un texto bíblico o literario que explique satisfactoriamente el tema iconográfico de Zurbarán que nos ocupa. Quizás incluso no exista y la iconografía proceda exclusivamente de la imaginación del artista espoleado por alguno de sus piadosos y devotos clientes. Francisco Pacheco escribió que para describir las escenas de la infancia de Cristo en Egipto y en Nazaret "cada uno podrá pintarlas con algunas consideraciones piadosas a su modo" (20).

Aun así, a los textos escriturísticos y literarios aportados por H. Francis, López Estrada y Gómez Piñol quisiera añadir algunos más, si no para determinar con exactitud la fuente de que se pudo servir el pintor extremeño para componer su insólita iconografía, al menos para ambientar el clima espiritual del que se encontró rodeado. Ya a fines del siglo XV Gómez Manrique escribió el auto sacramental titulado Representación del Nacimiento de Nuestro Señor para ser representado en el convento de Calabazanos (Palencia), del que era vicaria una hermana suya. En él los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel van presentando sucesivamente al Niño recién nacido en brazos de su Madre los instrumentos de la pasión, entre ellos también la corona de espinas, mientras le dicen:

" E después a tu persona
ferido de disçiplinas
le pornán esta corona
de dolorosas espinas" (21).

También del siglo XV data la visión que tuvo la monja dominica Santa Osanna de Mantua, en la que el Niño Jesús se le apareció llevando en sus hombros una pesada cruz y coronado de espinas. Una visión semejante experimentó en 1653 la monja agustina Jeanne Perraud en Aix-en-Provence, que dio lugar a múltiples iconografías sobre el tema. Quizá la más divulgada fue la estampa de Jerome Wierix hacia 1595 en que el Niño Dios es efigiado llegando la cruz sobre los hombros mientras dos angelitos le acompañan en el camino, uno de ellos exhibiendo los clavos y la corona de espinas (22). Dicha estampa pudo inspirar, si no a Zurbarán, pues el tema, aunque análogo es distinto al suyo, sí a su condiscípulo Alonso Cano al realizar la preciosa escultura de la iglesia de San Fermín de los Navarros.

Las piadosas visiones de las mencionadas religiosas recibieron un encantador tratamiento escenográfico por parte del comediógrafo valenciano Guillén de Castro en la pieza teatral titulada El mejor Esposo, que compuso entre 1618 y 1625. Hay un momento de la jornada tercer en que San José despide a sus oficiales Isacar y Enaín y se queda solo en el taller de carpintería de Nazaret con el adolescente Jesús. Mientras sierran y cepillan unas tablas para hacer una puerta, dos de ellas se cruzan por casualidad en forma de cruz. Al ver los maderos así cruzados Jesús se abalanza hacia ellos y los toma en sus manos exclamando:

"Qué bien parecen así,
cuanto me alegro de vellos!
Pues por mi divino ser
tan importantes serán,
que en esta forma en que están
puertas del cielo han de ser
mediante mi sangre pía
por mí en ellos derramada.
¡Cruz bendita, esposa mía,
pues aquel dichoso día
seréis mi trono real
y la cátedra inmortal
donde yo, con padecer,

de mi amor he de leer la doctrina celestial

También en la comedia de Lope de Vega, Del pan y del palo, hay una escena en que "entra el Niño Jesús descalzo, con una cruz al hombro y una tunicela de oro" y encarándose con la Esposa le dice:

"Quien me quisiere seguir
tome su cruz en el hombro
que no le ha de dar asombro
ni el padecer ni el morir."

A esta interpelación contesta la Esposa:

"Mi bien, mi amor, deja
que la llevaré."

A lo que el Niño Jesús, mostrando otra cruz que quedó abandonada en el suelo, le contesta:

"Aquí tienes
otra con que me seguir."

Y la Esposa exclama finalmente:

"Pues contigo quiero ir" (24).

De estas devotas escenificaciones a mostrar la corona de espinas en el mismo taller de Nazaret sólo mediaba un paso. Éste lo dio el vate toledano José de Valdivieso en un pasaje del largo poema épico escrito en Toledo en 1604 y titulado Vida, excelencias y muerte del gloriosísimo San Joseph, esposo de Nuestra Señora. En cierto momento aparece también el adolescente Jesús ayudando a su padre legal en la carpintería de Nazaret. Cuando contempla los maderos por el suelo los une en forma de cruz, se abraza a ellos y los coloca encima de sus hombros; cuando mira los clavos que se utilizan para fijar los maderos se mira a las manos que serán un día atravesados por ellos; cuando se topa con una soga de las que sirven para arrastrar y manejar maderos de mucho peso se contempla con la soga al cuello y la corona de espinas a la cabeza. Es cierto que la Virgen María no asiste a estas escenas que piadosamente se imagina el poeta toledano, pues:

"Cual vez porque su Madre no le vea
della y de Joseph se aparta y vase luego
a los maderos, donde se recrea,
que son leña de su dulce fuego..."

Pero

"la Virgen que la escena ha prevenido,
llama al Esposo e Hijo soberano;
salen disimulando el sentimiento
por no dar pena a quien les da contento" (25).

Ahora bien, si los poetas y dramaturgos eran capaces de imaginarse escenas como las descritas, ¿por qué no también el pintor, que acaso las vio representadas en el teatro de Sevilla o de Madrid, podía figurar mediante la forma y el color éstas u otras semejantes? Invirtiendo los términos del aforismo de Horacio, podríamos decir en este caso: "Ut poesis pictura."


NOTAS

(1) Cfr. Jonathan Brown, "Patronage and Piety in the art of Francisco de Zurbarán", Zurbarán, The Metropolitan Museum of New York, 1987, pp. 7 y ss.; Odile Delenda, "Zurbarán, interpréte idéal de la Contra-Réforme espagnole", Revue du Louvre, 2 (1988), pp. 117 y ss.

(2) Marta Luisa Caturla, Fin y muerte de Francisco de Zurbarán, Madrid, 1964, p. 30.

(3) Constitugiones Synodales del Argobispado de Sevilla..., en Sevilla, año de 1609 por Alfonso Rodríguez Gomarra, pp. 85-86.

(4) Constituçiones Synodales del Argobispado de Toledo..., En Toledo, año de 1568 en casa de Juan de Ayala, pp. 17-18; Constituçiones Synodales del Señor Don Fernando Cardenal Infante..., en Madrid, por Bernardino de Guzmán, año de 1622, pp. 9-11. Véase al respecto nuestro artículo "La repercusión en España del decreto del Concilio de Trento sobre las imágenes sagradas y las censuras al Greco", Studies in the History of Art, vol. 13, Washington, National Gallery of Art, 1984, pp. 153-159.

(5) Bullarum, Privilegiorum et Diplomatum Romanorum Pontifecum amplissima Collectio ..., VI, Roma, 1760, pp. 321-322.

(6) Fray Luis de León, La perfecta casada, B.A.E., XXXVII, Madrid, 1855, cap. XII, pp. 229 y ss.; Pedro Malón de Chaide, La conversión de la Magdalena, Clásicos Castellanos, I, Madrid, 1959, cap. XI, pp. 180 y ss.

(7) San Juan de Ávila, Obras Completas, II: Sermones y Pláticas Espirituales, B.A.C., Madrid, 1953, pp. 526 y ss.

(8) Juan Sempere y Guarinos, Historia del Luxo y de las Leyes Suntuarias de España, II, cap. V, Madrid, 1788, pp. 177 y ss. Véase además José Deleito y Piñuela, La mujer, la casa y la moda en la España de Felipe IV, 3.ª ed., Madrid, 1966, pp. 151 y ss.

(9) Emilio Orozco Díaz, Temas del Barroco, Granada, 1947; íd., Mística, Plástica y Barroco, Madrid, 1977, pp. 145 y ss.

(10) Cfr. sobre este asunto John E. Varey y N. D. Shergold, Fuentes para la historia del teatro en España, III: Teatros y comedias en Madrid (1600-1650), Londres, 1971; John E. Varey, "La indumentaria en el teatro de Calderón", en el libro Cosmovisión y escenografía: el teatro español del Siglo de Oro, Madrid, 1987, pp. 263 y ss.

(11) Cfr. Julián Gállego, "El color de Zurbarán", Goya, 64-65 (1965), pp. 296 y ss.; Id., Zurbarán, Barcelona, 1976, pp. 43-44.

(12) Véase Emilio Cotarelo y Mori, Bibliografía de las controversias sobre la licitud del teatro en España, Madrid, 1904; Rafael María de Hornedo, "Teatro e Iglesia en los siglos XVII y XVIII", Historia de la Iglesia en España, IV, Madrid, 1979, pp. 309 y ss.

(13) Alonso Morgado, Historia de Sevilla en la qual se contienen sus antigüedades y cosas memorables ..., Sevilla 1587; la cita está tomada de J. Sempere y Guarinos, op. cit., II, p. 69. Cfr. también María José Piñuela, " Las modas femeninas del siglo XVII a través de los cuadros de Zurbarán", Goya, 64-65 (1965), pp. 284 y ss.

(14) Francisco Arias, Libro de la Imitación de Jesucristo, Sevilla, 1604; cito por la edición de J. Subirana, Barcelona, 1844, IX, p. 81.

(15) Bernardino de Villegas, Vida de Santa Lutgarda, Murcia 1635 pp. 430 y ss. Miguel Herrero García, Contribución de la Literatura a la Historia del Arte, Madrid, 1943, pp. 238-246, reproduce largos párrafos de este libro. También, aunque en menor medida, Julio Caro Baroja, Las formas complejas de la vida religiosa. Religión, sociedad y carácter en la España de los siglos XVI y XVII, Madrid, 1978, p. 116.

(16) Véase al respecto Willian A. Christian, Local Religion in Sixteenth-Century Spain, Princeton University Press, New Jersey, 1981.

(17) Summa Theologica, Pars Tertia, questio IX.

(18) Sermones del P. Fr. Alonso de Cabrera, Biblioteca de Autores Españoles Madrid, 1906, I p. 690; fray Diego de la Vega, Ejemplo y exercicio sancto sobre los Evangelios de las Dominicas de todo el año, Toledo, 1604, p. 185 (reproducido por Miguel Herrero García, Sermonario Clásico. Colección sobre la oratoria sagrada española de los siglos XVI y XVII, Madrid, 1942, p. 32).

(19) Luis de La Puente, Meditaciones Espirituales de los Misterios de nuestra santa Fe, Valladolid, 1605; ed. del Apostolado de la Prensa, Madrid, 1929, I, p. 482.

(20) Francisco Pacheco, Arte de la Pintura, ed. de F. J. Sánchez Cantón, II, Madrid, 1929, I, p. 482.

(21) Ángel Valbuena Prat, Antología de la Poesía Sacra Española, Madrid, 1940, p. 265.

(22) Véase a este respecto Emile Mále, L'Art Religieux de la fin du XVI siécle, du XVII siécle et au XVII siécle. Étude sur l'iconographie aprés le Concile de Trente, París, 1951, 3.ª ed., pp. 329 y ss.; John Knipping, Iconography of the Counter Reformation in the Netherlands, I, cap. IV, Leyden, 1974, pp. 112 y ss.

(23) Nicolás González Ruiz, Piezas maestras del Teatro Teológico Español, I, Madrid, 1953, pp. 411 y ss.

(24) lbid., 1, pp. 151-152.

(25) Canto XXII: "De algunas alabanzas de San Joseph y de la Pasión de Nuestro Señor y Redentor", Biblioteca de Autores Españoles, XXXVI, Madrid, 1854, pp. 229 y ss.


ILUSTRACIONES

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