CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

CRÍTICA DE PALOMINO AL PROYECTO DE REPRESENTACIÓN ICONOGRÁFICA DEL PINTOR VICENTE GUILLÓ PARA LA IGLESIA DE SAN JUAN DEL MERCADO DE VALENCIA

M.ª Merced Virginia Sanz Sanz

Tras el incendio sufrido en el año 1592 por la iglesia de los Santos Juanes de Valencia se inició su proceso de reconstrucción, con adaptación de la primitiva fábrica gótica a los nuevos ideales estilísticos, y culminó en 1700 con los grandes frescos de Antonio Palomino. Las aptitudes que para el arte del fresco había mostrado Palomino tuvieron brillante expresión en las obras valencianas. Desaparecido el archivo parroquial, no es posible determinar bien el origen de su intervención. Ceán Bermúdez afirma que "pasó a Valencia en 1697 a pintar al fresco el presbiterio de San Juan del Mercados", pero el mismo Palomino en el tercer tomo de su Museo Pictórico o Parnaso español pintoresco, en el artículo de Juan Conchillos, manifiesta que vino en el año 1697 a esta ciudad no para pintar la bóveda de la iglesia de San Juan del Mercado, sino para la "visura" de la obra de aquella iglesia. En su Monograjra histórico-descriptiva de la Real Parroquia de los Santos Juanes de Valencia, M. Gil Gay describe un texto del Prontuario manual de esta iglesia, del que parece deducirse que Palomino se encargó de la pintura del presbiterio y los hermanos Vicente y Eugenio Guilló de la bóveda, concertada la realización de esta última ante notario el 22 de septiembre de 1693. La comparación de ambos trabajos habría motivado que el 24 de marzo de 1697 la junta parroquial adoptase el acuerdo de requerir a Palomino (bien por su prestigio o por su condición de pintor real, ya que la iglesia pertenecía al patronato regio) para que diese su opinión pericial.

En la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia se conserva una copia manuscrita de este informe?declaración. Fue donada el 25 de noviembre de 1832 por el académico de honor don Francisco Javier Borrull y Vilavona. En el escrito de donación cuenta que lo encontró entre los papeles de su abuelo don Pedro Josef Borrull, oidor de la Audiencia de Valencia en el tiempo de dicho pleito y decirse en ellos que ante él mismo rindió su declaración Palomino y añade que con frecuencia le visitaba y como prueba de su aprecio "le regaló los bocetos de las pinturas del presbiterio de la expresada iglesia que aún conservo", y para aumentar el testimonio añade: "no debe causar novedad que quisiera quedarse con un escrito sumamente apreciable por descubrir la gran instrucción de Palomino, y las reglas que deben dirigir a los profesores en este género de pinturas, encargando la copia al reverendo padre fray Manuel Miñana, religioso trinitario calzado, célebre continuador de la Historia de España y que ejercía también esta profesión".

Aunque en la copia de esta declaración ni se expresa que fuera judicial ni que la hiciera Palomino, con todo no se puede dudar ni de lo uno ni de lo otro: en cuanto a lo primero, su mismo tenor descubre que se rindió en consecuencia y con arreglo a lo solicitado en dos pedimientos, como también que en presencia del oidor de la Real Audiencia demostró que varias cosas no estaban pintadas al fresco según se prevenía en los capítulos de la obra; consta que la parroquia instó pleito contra Guilló, que se seguía en la Real Audiencia, y que un oidor recibió la declaración: consta también que ésta fue la de Palomino, pues aun prescindiendo de los datos citados de su viaje a Valencia en 1697 y que la gran erudición que en ella muestra no permite atribuirla a otro, encontramos también en la exposición del punto número ocho refiriendo la mucha experiencia que tenía en este género de pintura, menciona algunas de las diferentes obras en que hasta entonces había trabajado, y entre ellas cuenta la del real palacio en la Galería del Cierzo del cuarto de la reina; en el despacho del rey; en la antesacristía del colegio Imperial; el salón nuevo, el oratorio y torre del balcón de la reina en la casa del Ayuntamiento de Madrid; que Ceán Bermúdez, en su Diccionario de los Profesores de las Nobles Artes, asegura que fueron obra de Palomino, y, por consiguiente, el que dice en la citada declaración que las ejecutó, no puede ser otro más que el mismo Palomino.

A través de veintitrés puntos Palomino va analizando la obra propuesta y su resolución entre "los dos polos en que principalmente estriba el arte de la pintura, que son la filosofía y la matemática". Según Palomino, el pintor Guilló no logró el cumplido desempeño de la obra "por faltarle el caudal del dibujo, invención y buena práctica tan indispensable para ejecutar las ideas que en estos casos se proponga por los eruditos para la debida ilustración de los templos". En este caso el erudito fue el canónigo de la colegial de Xátiva don Vicente Victoria, que formó los capítulos de la obra y, examinados por Palomino, lo elogia diciendo que "los dispuso siguiendo aquel mismo estilo que han practicado los más elevados ingenios de italia en los Palacios y templos más ilustres". El tema escogido por Victoria fue las visiones del Apocalipsis de San Juan Evangelista, que era uno de los patronos de este templo.

Palomino prescinde de los capítulos del contrato que se refieren al presupuesto económico y a las cosas no ejecutadas, por esto no se detiene en el análisis de los tres primeros porque pertenecen al presbiterio que aún no está ejecutado; sólo en el cuarto capítulo, al comparar la elección del tamaño de las figuras, "que manda parezcan a la vista algo más naturales, según el puesto en que estuviesen colocadas", observa que ni las más próximas (como son las de los apóstoles), que apenas alcanzan el tamaño natural, ni en las de la bóveda, que por estar más distantes debían ser mayores para que pareciesen iguales a las más próximas. Para demostrar el error en que incurre el pintor Guilló cita la solución que da Vignola en su perspectiva en el capítulo " Delle soffitte delle Volte" y expone también el planteamiento que hace Euclides, "in perspectiva ex Theorie et Zamberio supposit. 6 Aequalia vero vidente, qui aequalibus angulis spectant", y cuanto más distante va creciendo, más la cantidad porque se van abriendo más las extremidades de la base del triángulo. Como vemos, es una observación de un pintor erudito en las operaciones que se componen de diferentes superficies, las cuales no se miran todas en una misma distancia. Considerando las figuras en un ser físico y real sin escorzos ni degradaciones en el primer término de la sección, para reconocer el tamaño justo que ha de tener y el aumento que se les ha de dar: pero son tanto menores que las otras las principales de la bóveda, que, para degradar las que supone más distantes, llega a un extremo sumamente disminuido.

El capítulo sexto se refiere también "a la grandeza de las figuras de los medallones, que se han de fingir de medio relieve, las cuales tengan siete palmos". Comenta Palomino que tampoco esto se realizó, había hecho unos bajorrelieves fingidos en los lunetos en tamaño tan reducido que apenas se veían desde abajo. En este capítulo se incluía el modo de hermosear la cornisa, "la cual no está ejecutada"; se había hecho una continuación de molduras tallando sólo la superficie de la bóveda. Palomino dice que debía de tener su arquitrabe, friso y corona, y luego mover la bóveda reservando los vuelos de la cornisa y resaltándola con algunas mochetas en la vertical de los lunetos, según dispone el capítulo y la buena arquitectura.

Lo contratado hasta el capítulo diecisiete no está ejecutado, solamente el quinto y el decimosexto pertenecen a los andamios y al estuque de; cal y arena para entunicar lo que se ha de ir pintando. El diecisiete sí que es de gran interés, porque en él demuestra Palomino no estar pintadas al fresco varias cosas y nos define con gran precisión esta técnica. En este capítulo diecisiete se previenen dos puntos muy importantes. El primero pertenece a lo material del arte y el segundo a lo formal. En lo material no hay duda de que lo que está ejecutado es al fresco, "que consiste en pintarse sobre la túnica del estuque recién tendido, para que con su virtud atractiva durante la frescura fije e identifique en sí los colores, que se le imponen, los cuales han de ser minerales, porque a los artificiales los consume y restituye a su primer ser la ardiente calidad del estuque: sin que para esta manufactura se gaste otro ingrediente que el agua común". Al observar Palomino la obra realizada se dio cuenta de que había muchas cosas no sólo retocadas, sino fatalmente pintadas al temple, y en especial algunos paños azules, como el del ángel que está batallando sobre el primer luneto de hacia los pies de la iglesia mirando al altar mayor. Otros, verdes como el del apóstol San Simón; algunos, encarnados y las luces de los oros, y otras cosas que habiéndolas tocado y humedecido en presencia del oidor se despegaban por estar pintadas al temple, y con colores cuyas calidades son "infaliblemente repugnantes al fresco por ser artificiales". En este punto habla de su experiencia de la pintura al fresco en las obras que había ejecutado en la Corte desde hacía años, y a las citadas anteriormente añade las de la capilla de los santos mártires Cosme y Damián en el convento de Nuestra Señora del Carmen. Palomino reconoce que, aunque en sitios cubiertos, defendidos de la inclemencia del tiempo, se solía dispensar la utilización del temple para lograr mayor belleza en algunos colores, nos da otra muestra de su erudición citando la opinión de Vasari, que "lo abomina mucho" en el primer tomo que trata de la pintura al fresco.

Lo más importante está en el segundo punto que pertenece a lo formal en el arte, pues las cualidades de la pintura al fresco son de tan elevada perfección que los autores que de ella escriben de los artistas más consumados en el arte, como dice Vasari y nuestro Francisco Pacheco: "Principalmente en superficies superiores a la vista donde es preciso apurar el mayor empeño del dibujo, óptica y perspectiva en los escorzos de las figuras: pues para que sus acciones sean legítimas han de venir perpendiculares y no paralelas a la superficie de que proceden las degradaciones como se ve en la presente demostración." Como ejemplo señala al San Miguel que ha pintado Guilló, que aparece tendido y precipitándose de cabeza, "no perpendicular y actuoso, como lo requiere la acción de supeditar al enemigo..., todo lo cual procede de lo que halla el artícifice, y no inventado con la inteligencia que requiere el sitio y la idea".

Palomino sigue explicando que los escorzos se deben hacer con gran estudio y observación del natural, adaptando contornos y luces, contraponiendo términos para fingir distancias: observando las degradaciones de las figuras según sus distancias en cantidad y cualidad, sin que se embaracen unos grupos a otros. Cita de nuevo a Euclides que lo resuelve "ubi sup. suppos. 9 sub majori angulo spectata majora apparent et in suppos. 9 sub minori angulo minora vident" y, asimismo, se verá menos distintamente, porque el ambiente interpuesto, la distancia y los vapores intermedios turban la actividad de la potencia visiva, templando la viveza de los colores. El pintor cordobés declara que todo este estudio no está observado en dicha obra, porque los colores de las figuras que supone distantes en la bóveda son tan vivos como los próximos: así, en los ángeles buenos y malos como en la figura de Dios Padre, y destaca especialmente que "habiendo puesto un círculo de angelitos, todos de color ocre, son de mayor tamaño que otra guirnalda de niños que pone allí mismo de colorido natural, pues estando estos menores por más remotos, no puede haber razón para tan desigual mudanza".

Como vemos, el pintor regio analizó detenidamente la calidad de la obra pictórica realizada por los hermanos Guilló, no sólo en lo referente a la técnica del fresco estipulada en el contrato, sino también en lo relativo a los preceptos, reglas y observaciones del arte, como se practicaba por los grandes artistas italianos y españoles y confiesa el declarante "que no las ha podido encontrar en dicha pintura, pues ni halla escorzos ajustados, contornos, luces, agrupamientos, ni contraposiciones, que todo pertenece a los infalibles dogmas del dibujo. Bien que, aunque no estuviesen observados con aquella superior gracia e inteligencia que lo han hecho los más eminentes, podrá, sin embargo, estarlo dentro de una razonable proporción, pero sin el caudal del dibujo e invención y de haber visto mucho, es pedir milagros en fuerzas meramente naturales". Palomino, siguiendo la gran tradición teórica del arte, piensa como Aristóteles y otros grandes teóricos posteriores, que al ejercicio del arte ha de ir acompañado por el estudio.

En su declaración, Palomino analiza también la representación iconográfica, vamos a ver algunos ejemplos: el capítulo noveno disponía el triunfo de San Miguel con la caída de Lucifer y sus secuaces hasta el frontis de los pies de la iglesia, Guilló se excedió considerablemente en la representación de "tanta turba desapacible de espíritus infernales ocupando gran parte de la iglesia, que debe reservarse para los coros de los bienaventurados que han de circundar el trono de Dios, como previene la idea en el capítulo 3 y sin la firmeza de dibujo conveniente, sin elección de concepto ni formación de historia bien organizada". En lo referente a la representación de Dios Padre, debía estar en el arco toral y no a los pies de la iglesia, y así, al entrar en ella y caminar hacia el altar mayor, se vería la majestad de Dios. Pero los pintores valencianos no hicieron elección del punto de vista donde concurren las líneas de elevación donde se forma el escorzo de las figuras y de la figura del Dios Padre se veía "con la indigna representación de verse volcado, y sin aquella indispensable expresión de su altísima dignidad".

En el capítulo 10 se prevenía hacer una perspectiva que semejase la continuación de la iglesia para que pareciera de mayor longitud. Los citados pintores, aunque intentaron fingir dos tramos, no consiguieron el efecto por estar todo con una misma igualdad de luces y por ser las tintas muy desiguales a las de la iglesia que pretendían continuar. Son notables las dos historias de los martirios de los dos santos Juanes, que supone sobrepuestas en la bóveda continuada, donde se ven sus figuras no sólo de pequeño tamaño para la distancia a que se han de ver, tampoco tiene la degradación que corresponde al sitio donde van ajustadas y queda demasiado espacio para continuar la historia de los ángeles malos. En este capítulo prevenía también que subiera un ángel desde el oriente sobre la cornisa con la cruz y señalando a los siervos de Dios con el signo. Esta idea, que era muy importante, tampoco acertó el artista a realizarla, porque apenas se percibe el ángel. Según Palomino, tenía que haber simulado la luz del sol que sale de oriente en contraposición a la figura del ángel y se hubiera dado profundidad y dilatado la iglesia.

En el capítulo 12 se propone la realización de dos estatuas que representen la soberbia y la vanagloria. Los hermanos Guilló las realizaron sin alumbrarlas por la parte posterior para despegarlas del fondo, y lo hicieron "a fuerza de oscuros tan agrios y desabridos" y los adornos que se supone de bronce eran tan verdes y contrario a lo natural, "que, aunque se fingiesen en un jardín, u otro sitio descubierto donde pudiere mojarse y tomarse el bronce, sería impropia, cuanto más en su sitio cubierto y cerrado". En el 13 y en el 14 se disponían la colocación de los doce apóstoles y doce estatuas que representan los doce frutos del Espíritu Santo y de los cuales se limita a decir que están ejecutados "en la proporción de su habilidad".

Es más amplia la crítica que realiza el pintor cordobés de los ornatos realizados en los lunetos: dice que la arquitectura que en ellos está fingida es totalmente opuesta a las buenas reglas arquitectónicas (salvo los adornos de las ventanas): "pues lo que no pudiere ejecutarse corpóreo tampoco debe fingirse pintado, como doctamente dice Vitruvio en su arquitectura, irritándose contra los pintores que fingen semejantes cosas; porque la pintura es una mentira que tiene por fundamento la verdad, y no logrará el engaño de la vista si la misma representación halla repugnancia en la realidad: y así, debe fingirse arquitectura practicable, robusta y ajustada a buenas reglas..., con adornos galantes y magníficos que concuerden con la grandeza y suntuosidad del templo; excusando menudencias que hacen la obra mezquina y de poco espíritu, con columnicas y balaustricas que parecen jaulicas curiosas; fingiendo ... ruinas que son buenas para un país pero no para un templo donde se supone toda la arquitectura que se finge cumplidamente acabada ... Rechaza también "las hortalizas y legumbres por vía de adorno"; cosa impropia a la majestad del sitio, como doctamente lo nota Vitruvio y León Bautista Alberti en su arquitectura. Recomienda como adorno flores y frutas como cosa más noble para el adorno del templo. En el capítulo 16 se disponían los emblemas de las tarjetas, cosa que no correspondía al artífice y los demás capítulos del contrato no se habían ejecutado por los artífices valencianos.

La parroquia resolvió judicialmente el contrato con los hermanos Guilló, e indemnizados éstos por los trabajos efectuados, el Cabildo acudió a Palomino para que se hiciese cargo de la obra. El mismo pintor nos cuenta este episodio:
" Se empeñó de suerte aquella muy Ilustre Parroquia en que se continuase todo de su indigna mano; que valiéndose de la autoridad del Excmo. Señor Don Alfonso Pérez de Guzmán (Virrey y Capitán General entonces de aquel Reyno) consiguieron que su Majestad se lo mandase con expresión de tenerle tan presente como si estuviera sirviendo por acá." En los santos Juanes superó Palomino su obra anterior. Con razón se ha considerado a esta obra como la más importante de Palomino y "el más bello techo pintado por mano de español antes de Goya" según el marqués de Lozoya. Impresionaba la contemplación de un fresco de tan grandes dimensiones y tan numerosa conjunción de figuras resuelta con asombroso dominio de la difícil técnica de este género artístico. La cooperación de la arquitectura fue total. Sus frescos constituyen una profunda lección plástica de teología. En su explicación literaria "Descripción de la idea de la pintura del presbiterio de la Igleia Parroquial de San Juan del Mercado, de la ciudad de Valencia", que figura en el capítulo ocho del libro noveno de su Tratado, aflora la más vasta erudición escrituraria que se concreta en una abrumadora lista de citas de textos sagrados y de diferentes autores. La pintura del presbiterio está dedicada a los dos santos patrones de la parroquia: "a elogiar las virtudes de sus vidas y proezas de sus martirios". Pero la representación de sus vidas y atributos de sus méritos y gloria es ocasión para trazar una barroca composición basada en episodios del Antiguo y Nuevo Testamento, con especial recuerdo para el Cantar de los Cantares y el Apocalipsis. No se trata sólo de diseñar escenas, sino de traducir su espíritu y su significación. Una precisa intencionalidad de semiosis plástica confiere valor comunicativo a las figuras. Junto a los patriarcas y profetas, las mujeres bíblicas como Ruth en traje de labradora, la "hermosa y valiente Judith", Raquel vestida de pastora y " la hermosa y sapientísima Débora".

Por su bien estructurada distribución, la aglomeración espectacular de elementos no impedía su fácil aprehensión. Por otra parte, el empleo de alegorías y símbolos tradicionales aumentaba las posibilidades comunicativas de las representaciones. Con imaginación esplendorosa consiguió el artista una versión de la gloria de gran luminosidad en la que las distintas figuras quedaron caracterizadas según sus atributos iconográficos: citemos como ejemplo su interpretación de los diversos coros angélicos o la del santo valenciano Vicente Ferrer. Nubes y florestas contribuían al enriquecimiento cromático. Teodoro Llorente, el gran escritor valenciano comentaba que "sobre la fábrica pretenciosa del arquitecto arrojó el pintor un río de luz. Hizo transparente la bóveda para que se viese el cielo; no el cielo azul de la Naturaleza: el cielo dorado de la fe extática e imaginativa". La profusión de figuras, su dinamismo y grandiosidad dimensional resultan compatibles con una rigurosa ordenación en la que se proyectaba su concepción matemática de la composición pictórica.


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