CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

ALEGORIAS Y PROGRAMAS ICONOGRÁFICOS EN LOS TÚMULOS CORTESANOS DE LOS PRIMEROS BORBONES

Victoria Soto Caba

Cuando se inicia el análisis de los símbolos que decoraron los aparatos efímeros del barroco y, en especial, de aquellos levantados en las ceremonias funerarias de los monarcas, surgen de inmediato varias observaciones. En primer lugar, el carácter adulatorio y la intención exaltadora que comportaban los mensajes de aquellos símbolos. En segundo lugar, la certeza de que nos encontramos ante un desarrollo de tópicos que responden a una codificación anterior en el tiempo y que obliga al estudioso a seguir una trayectoria literaria de obras muy concretas. Si el aparato se elaboró a comienzos del siglo XVIII, la trayectoria necesaria para traducir las diversas manifestaciones iconográficas, bien sean alegorías, emblemas o jeroglíficos, iría desde la Emblemata de Alciato hasta la Iconología de Ripa, por citar dos ejemplos.

Los mensajes de los decorados efímeros de las exequias, como los de cualquier otra manifestación solemne de la realeza, fueron elaborados por una serie de eruditos y especialistas, personajes muy versados que dominaron el género emblemático y que crearon manifestaciones simbólicas muy diversas y articuladas entre sí, por ello, el estudio no sólo exige la indagación de procedencias simbólicas o la traducción de tanta metáfora, sino también una reconsideración de todo el conjunto de símbolos o, en otras palabras, una interpretación de todo el programa iconográfico.

Otra observación que pocas veces han resaltado los análisis y estudios sobre tales programas es el hecho de si éstos responden, en muchos casos, a un modelo codificado, tanto por la repetición de los mismos ingenios emblemáticos como por las reiteradas alusiones literarias y alegóricas, o, por último, por el mismo sentimiento propagandístico que les guiaba. No obstante, ningún programa fue igual a otro en sentido estricto y esta cláusula es la que, de alguna forma, sigue invitando al estudioso e historiador a proponer lecturas descifradas de la temática elegida por aquellos eruditos.

Ahora bien, existe una cuestión interesante y en relación con lo modelos codificados de esta iconografía fúnebre y exaltadora que se ha convertido en un planteamiento historiográfico. Nos referimos a la coordinación existente entre la estructura arquitectónica del catafalco y la ubicación de las referencias y figuras conmemorativas, es decir, la correspondencia entre arquitectura y simbología.

La disposición de las virtudes como de cualquier tipo de alegoría o representación, pictórica o escultórica, quedaba facilitada por el rasgo esencial de los túmulos, es decir, por ser estructuras centralizadas, bien de planta cuadrada y octógona, con forma rotonda o de varios cuerpos. El lugar más común, por la visibilidad que permitía, se centraba en el perímetro o en las esquinas de la máquina. Tal disposición ha permitido que se pueda hablar de una tipología iconográfica a la hora de analizar los programas de los túmulos y que, en muchos ejemplos, se haya observado una visión antropomórfica, una cosmología en ascensión y en función de la clase de símbolos que el catafalco presentaba en sentido vertical.

Si bien es verdad que existen ejemplos en los que la idea de elevación a través de niveles simbólicos fue una propuesta consciente y premeditada del erudito de turno, no puede, sin embargo, convertirse esta solución de lectura en una regla de tres y generalizarla a todos los casos.

Creemos que habría que precisar muchas interpretaciones y que habría que distinguir dos cosas distintas. Para empezar, que una formulación arquitectónica no tiene por qué identificarse con un esquema iconográfico. Ni a la inversa: tampoco una tipología iconográfica tiene por qué responder a la estructuración de los cuerpos sucesivos de los túmulos. Partir de las peculiaridades arquitectónicas que éstos presentan para examinar un esquema de símbolos, me parece un punto de partida arbitrario.

Ahora bien, muy distinta resulta otra argumentación que sí puede ser un planteamiento a priori necesario. Si bien la formulación arquitectónica y estructural de los catafalcos no tiene por qué derivar en un esquema iconográfico sí que determina, sin embargo, una ubicación y una disposición de símbolos, es decir, un esquema de ordenación. Éste puede o no responder a un modelo alegórico, a un programa iconográfico o una visión que metafóricamente eleve al difunto desde la tierra al cielo. En todo caso, sólo el análisis minucioso podría evidenciarlo, así como la afirmación explícita e implícita del autor de la crónica.

En Madrid, durante las primeras décadas del siglo XVIII, un tipo muy determinado de estructura efímera para las exequias reales que celebraba la Corte nos permite, gracias a las Relaciones impresas que se editaron, analizar hasta qué punto existió una relación entre la fórmula arquitectónica elegida y la ordenación de símbolos del programa iconográfico. Para ello, nos centraremos en la representación de virtudes y de alegorías escultóricas que, en cierto modo, fueron el recurso iconográfico y la carga simbólica más significativos del monumento funerario.

Seis ceremonias tuvieron lugar de 1711 a 1727. Sus decorados se realizaron bajo la supervisión del arquitecto de palacio Teodoro Ardemáns, autor de las trazas de todos los catafalcos -a excepción del de 1727, obra de Juan Román-, y bajo la supervisión de los presupuestos doctrinarios de José de Cañizares, con la colaboración en algunas ocasiones de Antonio Palomino y fray Juan Interián de Ayala.

La tipología de los túmulos fue siempre la misma. Todos siguen una planta cuadrada y se levantan sobre un zócalo alto, en el cual se colocó la denominada "tumba regia" o el falso sarcófago. A esta zona se accedía a través de cuatro escalinatas, una por cada fachada. El primer cuerpo se articulaba sobre cuatro gruesos pilares, unidos por arcos. Un segundo cuerpo, en disminución, seguía por regla general el mismo esquema cuadrado para aguantar lo que el cronista denominaba un tercer cuerpo, aunque se trataba de un remate esencialmente ornamental. El juego arquitectónico que consiguió Ardemans, la diversidad de columnas y arcos, la variedad de molduras y la ornamentación originaron un prototipo de máquina elegante y refinada.

Su propuesta arquitectónica determinó una fórmula de ordenación alegórica que se repite en todos los casos. La disposición de esculturas se efectuó siempre siguiendo los distintos cuerpos, por lo que aparecen tres niveles u órdenes alegóricos. En particular, las figuras se insertaron: 1) en los ángulos o esquinas del primer cuerpo, flanqueando las columnas de los pilares, sobre el basamento mismo del gran zócalo. A excepción del túmulo de Luis XIV, en. el que se colocaron 12 figuras, se instalaban cuatro representaciones; 2) también en los cuatro ángulos o esquinas coronando el primer cuerpo; en este segundo orden las figuras podían aparecer recostadas, postura facilitada por los grandes arbotantes avolutados de transición entre un cuerpo arquitectónico y otro. Numéricamente podían fluctuar de cuatro a ocho; y 3) si se ubicaban en un tercer nivel, se optaba siempre por figuras sentadas.

En algunas ocasiones, como en 1711 ó 1727, se incluyeron dos matronas a, los pies de la tumba, en la zona interior del túmulo reservada por lo común para las inscripciones latinas de óvalos, medallones o cornucopias, bien aislados o sostenidos por angelotes.

Tal fue la ubicación o el esquema de ordenación del monumento efímero cortesano de las primeras décadas del siglo XVIII. Habría que añadir las figuras de angelitos repartidos por toda la obra, cuya función era bien clara: sostener guirnaldas, medallones y candeleros. En todos los casos se representó un jeroglífico pintado en la bóveda falsa del interior del catafalco. También sobre los arcos de las fachadas principales se incorporaron diversas representaciones y los cuatro paneles del segundo cuerpo dieron cabida a alusiones alegóricas pictóricas y escultóricas.

Atendiendo al esquema citado y ateniéndonos a figuras alegóricas, se puede comprobar las variables de ordenación iconográfica que se idearon para un mismo tipo de estructura durante un período de quince años.

El primer ejemplo fue el catafalco levantado para las exequias del Delfín de Francia, hijo de Luis XIV, heredero, por tanto, del trono francés y padre de Felipe V. Para Teodoro Ardemáns suponía la segunda experiencia en el campo efímero de una ceremonia fúnebre, pues ya había ensayado un catafalco en 1700, con motivo de las honras municipales de Carlos II. En cuanto a la colaboración intelectual, parece ser que fue la primera intervención de José de Cañizares como erudito y autor de los jeroglíficos instalados en el pórtico e interior de la iglesia. A él le atribuimos los epigramas latinos colocados en el túmulo y es de suponer que la disposición de las representaciones escultóricas estuviera bajo su control. Se ocupó además de hacer la crónica de la Relación de honras (1).

El hecho de que el difunto fuera el malogrado heredero de la corona francesa y que su relación con la casa española tuviera un lazo familiar tan estrecho, hacía de esta ceremonia una ocasión muy especial, tanto más si tenemos en cuenta que se trataba de las primeras honras reales de los Borbones hispanos. Sin embargo, el programa de representaciones simbólicas en lo que se refiere a esculturas de bulto redondo fue parco, ya que, al margen de los angelotes y de los leones repartidos por el túmulo, el número de figuras se cifró en seis, todas instaladas en el primer cuerpo de la estructura arquitectónica. Dos en el interior, en los márgenes de la tumba, en actitud llorosa y en posición sentada, matronas que con sus ropajes pintados de flores de lis y de castillos y leones aludían a Francia y España. Las otras cuatro, figuras femeninas también, siguieron el esquema ya indicado de flanquear las cuatro esquinas del primer cuerpo, aunque, a diferencia de lo que ocurrirá en ejemplos posteriores, aparecieron reclinadas sobre los arbotantes que unían el zócalo con el primer nivel de la máquina. Cañizares no escogió las tradicionales virtudes cardinales y teologales para representar las cualidades del difunto. Con un medallón en la mano, para el epigrama latino, las figuras aludieron a la Religión, la Fortaleza, la Obediencia y la Piedad. El posible programa del catafalco de 1711 se redujo, pues, a una exaltación religiosa ubicada en un primer nivel que no tuvo continuidad en la zona superior, a no ser por un jeroglífico pintado en la bóveda de la máquina; una flor de lis en el centro que despedía sus rayos, a modo de sol, hacia una corona, un mundo, un delfín y un león, una fórmula emblemática casi estándar en los decorados fúnebres y bien conocida y utilizada en los jeroglíficos de la época.

Intentar explicar la economía del programa de 1711 no resulta fácil, sobre todo cuando se comprueba que exequias provincianas del siglo anterior o en las coetáneas la incorporación de figuras alegóricas llegó a ser copiosa. Es necesario comentar brevemente la evolución del catafalco madrileño a finales del siglo XVII. Un ejemplo anterior y que tanto marcó en la trayectoria posterior de los decorados fúnebres, como fueron las honras de 1689 por la reina M.ª Luisa de Orleáns, presenta un claro ejemplo de riqueza iconográfica en cuanto a emblemas y jeroglíficos, pero hay que recordar que fueron insertados en el decorado de la iglesia y apenas en el túmulo trazado por Churriguera. La complejidad y el barroquismo del catafalco de 1689 no debió permitir demasiados excesos en representaciones y esculturas que, prácticamente, fueron inexistentes, a excepción de los esqueletos que coronaron la obra y de un atlante en su zona central (2).

Otro antecedente, y del que apenas tenemos información, es el catafalco de 1700, realizado por Teodoro Ardemáns. Según los documentos de archivo (3) este túmulo dedicado a Carlos II, tuvo un atlante en su frente principal -deuda al catafalco de Churriguera- y la representación escultórica de cuatro reinos en el nivel inferior. Hubo, por tanto, un enriquecimiento progresivo en la inclusión de figuras de bulto redondo y en el programa alegórico. Si en la máquina de Churriguera apenas las encontramos, con Ardemáns aparecen cuatro alegorías en 1700 y seis esculturas en 1711 para el túmulo del Delfín de Francia. De momento, se trataba de programas iconográficos muy simples y de los que no cabe hablar de esquemas simbólicos. No existe correspondencia, sino una incipiente ordenación que, de forma progresiva, adquirirá cierta complejidad, al mismo tiempo que una programática coherencia.

Un años después, en 1712, la muerte del nuevo Delfín, hijo del anterior, y de su esposa M.ª Adelaida, origina otra ceremonia de exequias en la Corte. De seis esculturas en 1711 se pasa a ocho, cuatro de pie en los ángulos del primer cuerpo, representando a cuatro reinos: Francia, España, Saboya y Baviera, y cuatro figuras masculinas recostadas sobre arbotantes -posición que un año antes aparecía en el nivel inferior- para aludir a los ríos de aquellos reinos: Sena, Po, Duero y Danubio, representaciones que, en metáfora de José de Cañizares simbolizaban los ríos de "lágrimas" vertidos por la muerte de los príncipes franceses (4).

El enriquecimiento numérico de figuras que se produce en este túmulo no tendría excesiva importancia si no fuera porque constata la ya señalada progresiva inclusión de esculturas en los catafalcos madrileños y, sobre todo, porque por primera vez se resuelve con una total coherencia simbólica entre los distintos cuerpos arquitectónicos.

La elección de los reinos responde a la patria del Delfín, a la relación familiar de España, así como al origen o procedencia de la Delfina, princesa de Saboya. La correspondencia con la representación de los ríos en el nivel superior tiene su culminación en el tercer cuerpo de la máquina, en los cuatro frentes del remate al presentar los cuatro escudos de armas de aquellos reinos. Fue, pues, un programa deliberadamente realizado para una exaltación política, ignorándose en la estructura efímera las alusiones cívico-religiosas de los Delfines. Es posible que las referencias geográficas tuvieran una intencionalidad y una finalidad más evidente en 1712, cuando la muerte de los príncipes franceses creaba, por segunda vez en Francia, un dilema sucesorio.

Dos años después, en 1714, la Corte vuelve a vestirse de luto al morir la reina María Luisa Gabriela de Saboya, mujer de Felipe V. Daba motivo a las primeras honras que por una soberana española celebraría la nueva dinastía. Hay un cambio que conviene resaltar. La sustitución de José de! Cañizares por Antonio Palomino y fray Juan Interián de Ayala como creadores del programa iconográfico. Interián de Ayala será además el autor de las Relaciones impresas.

Este trasvase de autores no mermó la incorporación de figuras escultóricas ni la evolución de la ordenación alegórica. Más bien se produjo un impulso, ya que el túmulo de 1714 tuvo 16 esculturas. Es decir, se duplicó el número de alegorías introducidas en 1712 y, con respecto a este programa, se sofisticó el conjunto simbólico. El primer cuerpo arquitectónico presentó cuatro alegorías religiosas o, mejor dicho, seis virtudes repartidas en cuatro figuras. La primera representaba la Religión y la Piedad. Interián comienza con ella, ya que debe "ser la primera virtud de los Monarcas", en actitud teatral, "buelto el rostro al concurso", e iniciando la presentación del programa (5). La siguiente era la Fe y la Dilección Conyugal y las dos restantes la Fecundidad y la Benevolencia. Como el resto de las esculturas, portaban en sus manos los atributos simbólicos y un escudo con las inscripciones latinas alusivas.

El segundo orden de estatuas simbolizaron la Hermosura, la Juventud, la Discreción y la Majestad.

Resulta interesante comprobar como, a diferencia de otros programas iconográficos estudiados y en los que la lectura se inicia con las representaciones terrenales y los símbolos del poder, para pasar a resaltar las cualidades humanas y, por último, las virtudes inmortales que llevan al cielo, en este caso tal esquema se presenta netamente invertido. Todas las virtudes religiosas se instalaron en el primer nivel, mientras que a continuación se aludió a las cualidades físicas y humanas de la difunta, con lo cual el tercer orden de estatuas fueron ocho matronas, sentadas y en actitud de llorar, dos en cada frente, claras referencias a las posesiones terrenales ligadas con la difunta: España y Francia, Saboya y Piamonte, Chipre y Sicilia y, por último, en la parte opuesta, las figuras de la lealtad y la amistad, simbolismo de la confraternización de dichas naciones.

Evidentemente, no puede decirse que el esquema iconográfico de este ejemplo sea una inversión, sino más bien que la elección de alegorías y su ordenación -siguiendo la misma ubicación- ha sido algo premeditado por el encargado de la erudición del ornato fúnebre y, como bien relata el mismo Interián de Ayala, se inició esta "parte intelectual" con aquellas virtudes que debían ser las primeras y las más importantes de un soberano.

Sería prolijo relatar el contenido ideológico del túmulo de 1714, mucho más recargado que sus precedentes. Señalemos el jeroglífico o, mejor dicho, la escena que ideó Palomino para el panel principal del segundo cuerpo: las tres gracias en una escena que permite vislumbrar también a las diosas del destino -Cloto, Laquesis y Atropos en torno a una rueca- o representaciones bien divulgadas por la emblemática como un corazón en llamas con alas, rodeado por una serpiente que se mordía la cola, emblema que coronaba a su vez una esfera con el signo de Acuario señalado, período en el que murió la reina, recurso astral bien conocido, como lo fue también el eclipse de luna y tierra pintado en la bóveda interior del catafalco.

Pero la inclusión de emblemas y jeroglíficos no trastocaba ni la lectura alegórica ni el esquema de ordenación que venía produciéndose en los catafalcos cortesanos del primer tercio del siglo XVIII.

Mayor significación tuvo el túmulo de Luis XIV, fallecido en 1715. El impacto de la muerte del gran soberano de Europa, con todas las implicaciones que conllevaba para la corona española, tuvo su eco en el abigarrado programa ideado para decorar el gran catafalco trazado por Ardemans. De nuevo, la ordenación alegórica se inició, en el primer orden arquitectónico, con 12 esculturas exentas de las virtudes de Luis XIV para finalizar en el nivel superior con las representaciones de las cuatro partes del mundo. Fueron un total de 24 estatuas.

Tampoco en esta ocasión aparece la solución fácil de recurrir a las virtudes cardinales o teologales. Más bien las figuras del primer orden fueron ideadas para exaltar la preponderancia militar y política del reinado de Luis XIV, quizá por ello se necesitó el número de doce y hubo que agruparlas de tres en tres, en los ángulos y flanqueando las entradas al interior de la máquina. Ninguna de ellas alude a cualidad religiosa, pues fueron la Virtud bélica, Justicia y Abundancia en el primer ángulo; la Elocuencia, Magnanimidad y la Paz en el segundo; la Prudencia, la Liberalidad y la Ley en el tercero y, por último, la Constancia, la Clemencia y la Eternidad. En el nivel siguiente se colocaron otras ocho figuras de virtudes, posiblemente esta vez más en relación con la ejemplaridad católica del difunto, sin embargo, el autor de la Relación, Interián de Ayala, no las especifica, pues fueron tantas que obligaron a "omitirse del todo las señales de sus representaciones y oficios" (6). Hay razones para pensar que, aunque se tratara de cualidades espirituales, la aglomeración escultórica, necesaria para la exaltación del difunto soberano francés, llegó a impedir incluso la ordenación iconográfica. El cronista no especifica ni siquiera un buen número de virtudes, a pesar de que el mismo fue el autor del programa e insiste únicamente en aquellas que le parecen más representativas del conjunto.

Las referencias mitológicas que vimos en el túmulo de la reina tuvieron en este ejemplo mayor expresión al pintarse las figuras de Neptuno, Marte y Minerva, con jeroglíficos que el mismo Interián de Ayala creó. El panel central recogió una escena escultórica: un Esqueleto y la vieja figura del Tiempo amenazando a un Atlante que sostenía el globo terráqueo, escena presidida por el retrato oval del difunto y rematada por la figura de la Fama.

En 1725, el catafalco de Luis I consiguió una disposición más clara, al eliminarse el recargamiento escultórico, reducido a 15 figuras. Las tres parcas sobre el arco de la fachada central y el Tiempo y el Esqueleto en el cuerpo intermedio no originaron la aparatosidad que veíamos en el ejemplo anterior. Las ocho figuras alegóricas, las cuatro partes del mundo en el nivel inferior y las cuatro virtudes cardinales en el superior (7), podrían plantear una correspondencia ascensional tierra/cielo, al igual que en el túmulo de 1727, realizado por Juan Román para las exequias del duque Farnesio, en el que las virtudes cardinales se colocaron en el cuerpo superior y las cualidades cívico-políticas en el orden inferior (8). En ninguno de los casos, sin embargo, el cronista indicó tal alusión, por lo que se trató, creemos, de dos variantes más en la ordenación alegórica de la estructura efímera.

Es curioso comprobar como los autores de estas crónicas, José de Cañizares y fray Juan Interián de Ayala, responsables además del programa iconográfico, siguieron la misma ordenación al relatar el aparato efímero, iniciando la lectura en sentido vertical, de abajo a arriba, a pesar de que no siempre se producía un correspondencia y, mucho menos, una elevación simbólica. Antes que las alusiones sobre una incuestionable ascensión al cielo, primaron intereses sobre la perdurable inmortalidad del difunto en la tierra, su fama y sus posesiones. Los símbolos o representaciones de los poderes terrenales se impusieron en las primeras ceremonias cortesanas del siglo XVIII. La política dinástica tuvo un peso decisivo pero no configuró un esquema iconográfico determinado como para plantear un modelo del programa, una codificación de lecturas, más bien habría que decir que provocó una serie de alusiones que, más o menos reiteradas, tuvieron un esquema de ordenación y que tal esquema estuvo también en función de la estructura peculiar del túmulo arquitectónico.


NOTAS

(1) José de Cañizares, España Llorosa sobre la Funesta Pyra, Augusto Mausoleo, y Regio Túmulo..., Luis de Borbón..., Madrid, 1711.

(2) Juan de Vera Tassis y Villarroel, Noticias Historiales de la enfermedad, muerte y exequias de la esclarecida Reyna... María Luisa de Orleáns..., Madrid, 1690.

(3) A.S.A., Secretaría, 2-345-5.

(4) José de Cañizares, Pompa Funeral y Real Exequias, en la Muerte de Los Muy Altos... Delphines de Francia...

(5) Fray Juan Interián de Ayala, Relación de las Reales Exequias, que se celebraron por la... Reyna... María Luisa Gabriela de Saboya..., Madrid, 1715.

(6) Relación de las Reales Exequias que se celebraron por el Sereníssimo Señor Luis XIV ..., 1717.

(7) Relación de las Reales Exequias que se celebraron por el Señor D. Luis Primero, Rey de España..., Madrid, 1725.

(8) Breve Elogio y Ceñida Relación de la Vida, enfermedad y muerte del Serenissimo Señor Francisco Farnesio ..., Madrid, 1728.


ILUSTRACIONES

LÁMINA 1 - LÁMINA 2 - LÁMINA 3