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No abundan en la Baja Extremadura -por
no afirmar no existen- estudios iconográficos de cierta rigurosidad
(1), ni siquiera sobre aquellas obras artísticas más relevantes
y merecedoras de una más adecuada comprensión. Baste referirnos
-a título de ejemplo- al conjunto escultórico más
ambicioso, emprendido a mediados del siglo XVI: el coro de la catedral;
obra sobre la que las aproximaciones no han superado la identificación
hagiográfica, cuando no han caído en errores pintorescos
(2). Tal circunstancia -indicadora, por otra
parte, de la dificultad del tema, de no contar con el necesario equipamiento
de las fuentes requeridas- no deja de ser, sin embargo, chocante en
una región que aporta al humanismo español del Siglo de
Oro -y en particular al mundo de la Emblemática- figuras tan
sugerentes como Francisco Sánchez "el Brócense",
Arias Montano o Diego López, y que, todavía, puede contar
en los estertores de aquella cultura "visual y filosófica"
(3), con la aportación de Diego Suárez de Figueroa. Y
también nos resulta llamativo que los eruditos locales de nuestro
siglo pasaran por alto -o desconocieran, si exceptuamos a Rodríguez
Moñino- aquellos tratados -insustituibles, desde luego, para
una Historia del Arte que pretenda serlo "del espíritu humano
expresado en formas"- que, en generosa cantidad y calidad, tenían
a mano y que fácilmente hemos podido agrupar bajo el común
denominador de "la Emblemática y sus fuentes" (4).
En este contexto, pues, nos hemos acercado a un tema iconográfico
que, para no perderse en particularidades dispersas acá o allá,
se centra en un conjunto temático unitario: las pinturas murales
de la sacristía de la parroquia de Nuestra Señora de la
Armentera en Cabeza del Buey. Tal conjunto, anónimo y tardíamente
realizado (1788), entre otras sugerencias, nos descubre: I. Textos e iconografía: las fuentes La sacristía, espacio rectangular de 9 X 6 metros
anexo al templo -junto a la cabecera y del lado del evangelio-, se cubre
de bóveda de cañón sobre lunetos. Tal espacio se
divide en tres tramos, en los que, longitudinalmente, arcos rebajados
(a menor altura los del muro norte, para posibilitar el derrame de los
vanos) se encajan entre las pilastras. La decoración ocupa la
mitad superior de los muros y la bóveda. 1. En el muro oeste ?punto de partida del programa iconográfico?
se ha dejado constancia de los patrocinadores de la obra: la tiara pontificia
y las llaves de San Pedro vienen a ser anagrama o escudo de la Cofradía
o Hermandad sacerdotal del mismo nombre. Un gran cuadro exento de la
Cena -hoy desaparecido, salvo el marco- (5) ocupa la parte central,
flanqueado por dos ángeles trompeteros de cuyos instrumentos
emergen filacterias con las leyendas " PANEM DE COELO PRAESTITISTI
EIS - PANEM ANGELORUM MANDUCAVIT HOMO". Sobre el cuadro, y en una
primera cartela elipsoide, leemos un también primer texto del
Oficio del Corpus -en concreto del himno de Maitines-: "Post agnum
typicum / Expletis epulis / Corpus Dominicum / Datur discipulis",
mientras que se toma de la Secuencia de la Misa de esta fiesta el del
sol y la luna que escoltan la cartela: " NOVUM PASCHA NOVAE LEGIS
/ PHASE VETUS TERMINAT." 2. El himno de Maitines se continúa en la cartela del espacio bajo el luneto del inmediato muro norte: " O res mirabilis / Manducat Dominum / Pauper servus inutilis." Se interrumpe tema y texto en el tramo central -de carcater mariológico-, en cuyo vano ciego se deja constancia de la fecha de la decoración (1788), y en el tramo final, para cuya cartela se toma como tema un texto elaborado a partir del emblema 7.° de Alciato: "Toda la veneración / Devida a tu dignidad / advierte que se la dan / non tibi, sed religioni. Alciato 7"; alusión clara, en este caso, al sacerdote, tal y como leemos en el comentario de la edición plantiniana (6): "Sacerdotes, Episcopi et quibus sacris praesunt, in honore sunt habendi, ob id maxime quod sacris praesint, quorum sunt administrari... Meminerint tamen se homines esse. Non es Deus. Sed Deum fers: Non vobis haec, sed Deo soli omnis est tribuenda gloria." Por la rosca de los arcos señalados discurre
el texto de San Pablo (1.ª Cor 11,28): QUICUMQUE MANDUCAVERIT PANEM
HUNC / VEL BIBERIT CALICEM DOMINI INDIGNE / REUS ERIT CORPORIS ET SANGUINIS
DOMINI. La "Intentio" de celebrar la misa "et conficere
Corpus et Sanguinem Domini Nostri Iessuxri. iuxta Ritus Romanae Ecclesiae..."
y la oración de San Ignacio "Anima Christi, santifica me...",
en cuadros simulados sobre las pilastras, completan la grafía
de este muro. 3. En el muro este nos encontramos con una primera serie
animalística, acompañada de sus respectivos textos. Sobre
el vano se alza la cruz, por la que el poder de la serpiente, derrotada
a sus pies queda vencido: QUI LIGNO VINCEBAT / IN LIGNO QUOQUE VINCERETUR,
según canta el prefacio de la Cruz. Flanquean este vano sendos
árboles, sobre cuyas copas anidan el pelícano y el ave
Fénix. Por el primero, que derrama su sangre sobre sus crías muertas para devolverles la vida (7), tan frecuentemente representado en las puertas de los sagrarios y en escenas de la Crucifixión, el cristianismo ha venido a destacar el amor de Jesús. Y en esta dirección comentaría profusamente San Agustín la frase de que se acompaña el nuestro, tomada del salmo 101 (v. 7.8, tácitamente presentes en otros momentos del contexto, como veremos): SIMILIS FACTUS SUM PELICANO. Tal virtud amorosamente vivificadora -"afecto materno" de Jesús- es subrayada por Agustín: "No callemos lo que se dice o se lee acerca de esta ave, es decir el pelicano... Vosotros oídlo de modo que, si es cierto, veáis la congruencia y, si es falso, lo desechéis. Se dice que estas aves matan a sus polluelos a picotazos y que, una vez muertos los lloran por tres días en el nido; se dice también que, hiriéndose la madre gravemente a sí misma, derrama su sangre sobre sus hijos, con la cual rociados reviven... Si es verdad, observad cómo conviene a Aquel que nos vivificó con su sangre... Luego este ave, si es cierto esto, tiene gran semejanza con la carne de Cristo, con cuya sangre liemos sido vivificados. Pero ¿cómo conviene a Cristo el matar ella a los hijos? ¿Acaso no le conviene lo que se dice en el Deuteronomio: Yo mataré y yo vificaré, yo heriré y yo sanaré? ¿Por ventura hubiera muerto Saulo perseguidor si no hubiera sido herido desde el cielo; o hubiera resucitado predicador si no hubiera sido vivificado por la sangre de Cristo? ..." (8). De entre la variada simbología del ave Fénix se destaca la común referencia a la resurrección, tal y como el propio texto de que se acompaña (ITERUM IPSE PHENIX, Tert.), entresacado de Tertuliano, nos sugiere. Si bien no hemos localizado la fuente directa, la referencia indirecta a su obra De resurrectione carnis se nos impone, tal y como nos da a entender Ponce de León en su comentario a dicha ave en el Fisiólogo (9): "Tertulianus vero hac de re agens: Accipe (ait) plenissimum atque firmissimum huius spei specimem, illud dico alitem Orientis peculiarem, de singularitate famosum, de posteritate monstruosum, qui semetipsum lubenter funerans, renovat, natali fine decedens atque succedens iterum Phoenix: Ubi iam nemo, iterum ipse." Sendos leones, por último, a la base rematan
la escena, discurriendo Longitudinalmente una leyenda, ahora incompleta
por el deterioro: "... tamquam leones a tua mensa recedamus...
terribiles...", y que, en su integridad, leemos en la homilía
61 ad Pop. del Crisóstomo: " Quocirca tamquam leones ignem
spirantes ab illa mensa recedamus, facti diabolo terribiles, et caput
nostrum mente revolventes et charitatem quam nobis exhibuit." Cornelio
a Lápide, al integrar el texto en su comentario al profeta Ezequiel,
43,15 (10), nos permite acceder a una lectura iconográfica bastante
precisa en este caso, en la plural simbólica del león
(11). El altar o Ariel del citado texto de Ezequiel se denomina harel (monte de Dios), por sobresalir, a manera de montículo, en el monte de Sión; es decir, en el atrio de los sacerdotes. También es llamado haariel (león de Dios), por múltiples razones: porque los que se acercan al altar para sacrificar recuerdan que Dios, a quien se le da culto en el mismo, es el león que ahuyenta a los soberbios y acoge a los que humildemente le suplican; por personificar Ariel a Jerusalén (cfr. Is. 39,1), el león de dios por su extraordinaria fuerza, y ser en ella David rey poderosísimo, de cuya descendencia predijo Jacob (Gén 49,9) aquello de " Judá, cachorro de león...". Al estar dedicado el altar a Dios y ser llamado león de dios se significa, por otra parte, la vigilancia protectora de Dios sobre su pueblo. Además, Ariel significa también "maledictionis aries", al ofrecerse en él por los pecados los carneros. Por último, San Jerónimo le denominará "quasi uriel", esto es, luz o iluminación de Dios, representada por el fuego del altar. De ahí que concluya Cornelio a Lápide: "Allegorice haec omnia competunt Christo qui est nostrum altare id est mons, leo, lux, aries Dei, factuque pro nobis maledictum atque haec eadem ipse suis fidelibus communicat, quia communicat seipsum, praesertim in Eucharistia. Quocirca tamquam leones..." 4. En el muro sur se recupera la lectura interrumpida
en el muro opuesto, discurriendo la última estrofa del himno
de Maitines por la rosca de los arcos interpilares: SIC NOS TU VISITA
SICUT TE COLIMUS / PER TUAS SEMITAS DUC NOS QUO TENDIMUS / AD LUCEM
QUAM INHAVITAS. De los tres vanos ciegos que se elevan sobre los arcos,
los dos extremos simulan una reja con el anagrama de María, bordeando
el intradós del central la leyenda: "Mundi Magister atque
coeli Ianitor." Aplicado por Ovidio tal título (coeli Ianitor)
a Jano y no verificándose el mismo referido a Cristo en las Sagradas
Escrituras, conviene, sin embargo, a Jesucristo Maestro: "Ianitores"
son los doctores de la Ley, por ser los "clavijeros" de la
sabiduría, aunque a veces éstos ni entren ni dejen entrar,
cual los escribas y fariseos (Lc. 9,52). Y como Jano, que recibe su
nombre por ser el Dios que abre y gobierna las entradas y salidas, es
representado bifronte -mirando, pues, pasado y presente-, así,
comenta Cornelio a Lapide, " doctorum est praeterita evolvere et
praesentia ac futura prospicere ac utraque suos docere" (12). Vuelven las cartelas superiores a dar avisos al ministro
de la Eucaristía sobre la disposición al celebrar ("Trátalos
bien porque fueron / Estos sacros ornamentos / De su pasión instrumentos
- Pues no sabes si será / el último sachrificio / haz
como debes tu oficio" concluyendo la última con una estrofa
de la Secuencia del Corpus: "Mors est malis, vita bonis / Vide
paris sumptionis / quam sit dispar exitus", réplica versificada
del texto de Pablo (I.ª Cor 11,28). Todavía, y en los simulados
cuadros sobre las pilastras, cuatro deliciosas décimas alusivas
también a la disposición del ministro de la Eucaristía
y requiriéndole a una respetuosa celebración, etc. 5. Ahora la bóveda se nos puebla de animalística
y otros motivos iconográficos, acompañados de sus respectivas
leyendas. En el tramo inmediato al muro este y sobre el vértice
superior de los lunetos se yerguen sendas grullas. En dos ocasiones
se refiere a éstas el Bestiario toscano (13). En la primera,
y tras el relato del apólogo del rey sabio que tenía tres
hijos y depositará la sucesión en el menor (que sólo
deseaba poseer un cuello tan grande domo el de la grulla, a fin de que,
antes que la palabra saliera de su boca, hubiera de torcer tres veces
el cuello y, de este modo, no fallar ni errar), el rey exclama: "Hijo,
tú has elegido lo más humilde, y tienes voluntad
para hacer tus trabajos seriamente, y por eso serás rey después
de mí." La consecuencia que establece el autor es la siguiente:
"Así obra nuestro Señor ante el hombre humilde y
de buenas obras: lo hace rey, y no mira sus bienes y riquezas, ni amigos
ni linaje", etc. En la segunda ocasión, el Bestiario se
refiere a la vigilancia, remitiéndonos a la conocida particularidad
que la que vela, en el grupo, "tiene una piedra en una de sus patas
para que si la piedra cae, que despierte, si dormida está". Pues bien, de esta última manera nos la ofrece nuestro iconógrafo, en un lado, sobre el texto tomado de la antífona del oficio de Completas para el " Nun dimittes...": SALVA NOS VIGILANTES; texto que se concluye con la expresión: "Custodi nos durmientes, ut vigilemus cum Christo et requiescamus in pace." Al otro lado, el texto, que se toma de Isaías 14,13 (IN COELUM CONSCENDAM), a la vez que deja constancia de una particularidad de la grulla hoy verificada -la de su alto vuelo, por encima de los 2.900 metros de altitud (14)-, es un contundente aviso contra la soberbia, tal y como en Isaías se condena la del rey de Babilonia, personificación de Lucifer. Por contraste, pues, es un requerimiento a la humildad y así es visto por San Bernardo al concluir sus consideraciones sobre el primer grado de la humildad (Tract. De XII Grad. HumiL, gradu 1): "O Lucifer! inquit, qui mane oriebaris, imo iam non lucifer, sed noctifer, aut etiam mortifer. Rectus tuus cursus erat ab Oriente ad Meridiem, et tu praepostero ordine tendis ad Aquilonem; quanto magis ad alta festinas, tanto celerius ad occasum declinas..." En el tramo central de la bóveda, a ambos extremos
de cada luneto, cuatro árboles (sobre sus copas ángeles
músicos, acompañados de laúd, violín, guitarra
y corno, entonan el pasaje del Gloria: TU SOLUS SANCTUS; TU SOLUS DOMINUS;
TU SOLUS ALTISSIMUS, JESSUCHRISTE) no nos permiten precisar el tetrasigno
anunciado en las citas de su base. No son reconocibles con seguridad
los que se nombran SIGNA PIETATIS, SIGNA SALUTIS; sí lo son el
ciprés, de leyenda perdida, y la palmera, en la que campea SIGNA
VICTORIAE (15). Es fácil apostar, sin embargo, por una lectura
de conjunto significativa de los efectos de la Eucaristía, que
da la vida al alma, que la vigoriza y la hace invencible, que es prenda
de vida eterna, que manifiesta la suma caridad de Cristo, etc., aunque
nos falte un signo tan querido para Agustín ?y otros Santos Padres?,
cuando exclama: "O sacramentum pietatis, o signum unitatis,
o vinculum charitatis..." (16). Por otra parte, tampoco
es difícil establecer la conexión de estos árboles
con el árbol de la vida, prefiguración, para los Padres,
de la Eucaristía, cuya fuerza deviene de la Cruz de Cristo, y
en la que Cristo mismo es cedro, ciprés, olivo y palmera, como
dice el Crisóstomo: " In cruce enim Christus quasi cedrus
exaltatus fuit, quasi cupressus comata pulchruit, quasi oliva gratiae
oleum fudit, quasi palma victrix de morte triumphavit." Por último, y sobre otros dos árboles que emergen del vértice superior de los lunetos, un bello ejemplar de búho real y una lechuza se aferran a sus ramas. Aunque sean aves que no deben confundirse, lo cierto es que no se llega a una precisa distinción sobre ellas en la Escritura. Y, en cuanto a su significación, es Agustín de nuevo quien, en su ya citado comentario al salmo 101 y al mismo versículo, nos instruye. Tras diversas ejemplificaciones sobre el que predica la palabra, sufre con los débiles y busca la ganancia de Cristo y aseverar que las tres aves (pelícano, búho y pájaro solitario) pueden personificar a un mismo hombre, exclama: " ¿Pero a qué hablar mucho de éstos? Pongamos la mirada en el mismo Señor...", para continuar: "Ved que este búho que habita en el paredón ama también la noche; porque, si no la amase, ¿cómo diría: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen? Después de haber nacido en la soledad..., y de haber padecido en las tinieblas de los judíos, como en la noche, y en la prevaricación, como en las ruinas, ¿qué aconteció? Vigilé. Luego dormías en el paredón, pues dijiste: Yo me dormí..., porque quise; amando la noche, dormí. Pero el salmo en el que se dice: Yo me dormí, prosigue diciendo: y me levanté. Luego por eso dice en el que comentamos, vigilé. Después de vigilar o despertar, ¿qué hizo? Subió al cielo..." Nos encontramos, pues, con la misma significación
positiva que subrayara el Fisiólogo que, a la objeción
de la impureza del ave, contesta: "Sin embargo, el Salvador dijo
por boca del Apóstol: "El que no había conocido pecado,
se hizo pecado por nosotros; se humilló a sí mismo, para
elevarnos a nosotros; se hizo a todo, para salvarnos a todos""
(17). Una pareja de monos, sujetos por el cuello a una cadena
que cuelga de una argolla y que portan en sus manos derechas un objeto
esférico, completan la decoración animalística
ya en el último tramo. Enemigos irreconciliables del león,
que no los soporta, el Bestiario Toscano subraya negativamente su capacidad
imitativa que acaba por hacerles presa del cazador. De ahí que
a ellos haya de compararse los que "pecan por propia voluntad,
porque ellos imitan al diablo que fue el primero que pecó".
No otra cosa parece querer transmitirnos el incompleto texto que les
acompaña: ...AUTEM DEMONES. 6. La referencia mariológica del tramo central del muro norte encuentra una explicación suficiente en la propia titularidad del templo, limitándose -por otra parte- a la salutación hímnica AVE REGINA COELUM y otros versos latinos. De ahí que no nos parezca significativa al contexto. II. Lectura teológico-moral 1. La Eucaristía en el Concilio de Trento: presencia real y verdadero sacrificio. Al tratar de la Eucaristía Trento tiene bien
presentes los errores de los reformadores, queriendo explícitamente
elaborar contra ellos una síntesis teológica; síntesis
que, por otra parte, no se verificó de un modo sistemático
(18), al abordar el tema en tres sesiones (19): sesión XIII (1551),
sobre la presencia real; sesión XXI (1562), sobre la comunión;
sesión XXII, sobre el sacrificio de la Misa (1562). De la sesión XIII nos interesa destacar, como
elementos significativos de la controversia, el canon 1 (Dz 883) -en
el que queda expresado cómo en el sacramento de la Eucaristía
"se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre...
de nuestro Señor Jesucristo"-, y el canon 4 (Dz 886), por
el que se afirma tal presencia real más allá del uso inmediato
del sacramento, tras la consagración. Tales aspectos realistas
de la presencia quedan subrayados en nuestra sacristía y lo es,
precisamente, por el hecho de haberse contextualizado su lenguaje en
la Fiesta del Corpus, con la que Trento viene a sancionar de hecho la
permanencia de una tal presencia real; fiesta en la que " la verdad
victoriosa celebra su triunfo sobre la mentira y la herejía";
fiesta en la que legítimamente se le tributa al sacramento el
culto de latría "porque aquel mismo Dios creemos que está
en él presente, a quien al introducirle el Padre eterno en el
orbe de la tierra dice: Y adórenle todos los ángeles
de Dios (Hebr. 1,6)" (Dz 878; 888). De ahí también
el canto adorativo de nuestros ángeles en el centro de la bóveda. Punto decisivo de la controversia y, desde luego, el
más impugnado por los protestantes era el relativo al valor sacrificial
de la Misa. Los capítulos y cánones de la sesión
XXII eran tantos cuantos errores se comprenden en la lista elaborada
por los peritos conciliares, aunque se polarice la cuestión en
la negación protestante del sacrificio eucarístico de
la misa, al que ven en contradicción con el mensaje de la Cena
y la oblación de la cruz. De ahí que sólo lo admitieran
como "mera conmemoración" del de la cruz. Igualmente
se superarán ciertas diferencias interpretativas entre el grupo
de Laínez y el de Seripando sobre si en la Cena hubo o no verdadero
sacrificio, para afirmar todos el hecho de que la Misa es verdadero
y propio sacrificio (canon 1, Dz 948), sacrificio propiciatorio -término
usado como sinónimo de expiatorio-. Dejando a un lado, pues,
el cómo, o explicación del hecho, Trento afirma de la
Misa ser sacrificio sacramental o sacramento sacrificial. La unión con el de la cruz, de cuyo acontecimiento deviene a la eucaristía su significación, es pretendidamente señalada por la simbólica animalística de nuestra Sacristía: pelícano, fénix y, de manera particular, león, que es, a la vez, altar y víctima. Y no hay reparo en descender -como no lo hubo en Trento- al hablar del sacrificio eucarístico en detalles que puedieran parecer anecdóticos, ya que se trata, en la intención, de celebrar según el rito de la Iglesia romana. Trento condena la afirmación de que las ceremonias, vestiduras, etc., que usa la Iglesia católica sean provocación a la impiedad (canon 7, Dz 954). Nuestro poeta avisa: "Trátalos bien porque fueron / Estos sacros ornamentos / de su pasión instrumentos." 2. Sobre la disposición para recibir la Eucaristía y sus efectos Trento había condenado en la sesión XIII
(Dz 893) aquella proposición que afirmara ser suficiente la fe
para recibir la Eucaristía, declarando también la necesidad
previa de la confesión sacramental, habida facilidad, para quienes
se encuentren en pecado mortal. Nuestra sacristía será
recordatorio no sólo por el texto de Pablo de la 1.ª Cor.,
utilizado por el cap. 7 de referida sesión (Dz 880) o por la
referencia hímnica Mors est malis..., sino particularmente
por las décimas de las pilastras: en tal sacrificio, fuente de
la gracia, el que se acerca "su cristal puro no intente / turbar
con atrebimiento / Sírvales pues de escarmiento / de Judas la
alevosía...". Por el contrario, "casto, puro i con
reposo trate a su Dios verdadero / pues le tiene hecho cordero / manso,
humilde y amoroso...". Humildad y vigilancia quedarán efigiadas
en las aves pertinentes, ya que no se trata de desarrollar un programa
de virtudes cristianas, para, finalmente, sugerir en los monos encadenados,
enemigos de Cristo, la condición del pecador. Los Santos Padres, y de manera peculiar San Agustín,
habían puesto el énfasis especialmente en los aspectos
eclesiológicos de la Eucaristía, cuyo primer efecto sería
la incorporación a la unidad del cuerpo místico de Cristo
(20). Tal doctrina llega todavía con suficiente fuerza al siglo
XVII: en una multiplicación progresiva del número de efectos
que produce la Eucaristía aún se subraya entre los primeros
por Cornelio a Lápide: ya que, por unirnos a Cristo, la Eucaristía
es "symbolum societatis et unitatis, vinculum charitatis et amoris
christianorum" (21). Aunque tal doctrina no desaparezca del horizonte
teológico de Trento -de hecho queda recogido en el proemio de
la sesión XIII (Dz 873a)-, lo cierto es que tal efecto pasa ya
en el capítulo 2.° de la misma sesión a un último
lugar, tras afirmarse ser alimento de las almas, antídoto del
pecado, prenda de la gloria futura, y acaba por desaparecer prácticamente
en el Catecismo de Trento que, dirigido a los párrocos,
dispusiera Pío V. En las pinturas de nuestra sacristía también se desdibuja, por cuanto los SIGNA se dirigen, "in recto", a los efectos de la autorrealización personal individual, antes que a los de la autorrealización de la Iglesia. Karl Rahner ha insistido vigorosamente en el tema, cuando afirma: "La Iglesia, al distribuir a los individuos el cuerpo de Cristo, que ella tiene en su posesión como prenda de salud y como presencia de salud en ella, los hace partícipes, para su salud individual, de la unidad, caridad y de la plenitud del Espíritu de esta santa comunidad de alianza con Dios, llenándolos así de toda gracia. Y sólo cuando uno está incondicionalmente dispuesto a entregarse al hecho eclesiástico integral que ocurre en la eucaristía, por el cual la Iglesia... se incorpora más profundamente a la muerte de Cristo..., entonces es cuando se hace partícipe de los frutos y gracias de este sacramento" (22). Pero no podemos olvidar que nuestra sacristía se inserta en la corriente de una piedad eucarística que se precipita -todavía más aceleradamente en el siglo XIX- a un clima de intenso pietismo. Nos resta ya sólo señalar cómo la razón frontal de la institución de este sacramento ("Nuestro Salvador, cuando estaba para salir de este mundo al Padre, instituyó este sacramento en el que vino como a derramar las riquezas de su divino amor hacia los hombres", Dz 875) si bien quedaba reflejada en la simbología misma sacrificial del muro este, todavía seguirá explicitándose más en el ave nocturna de la bóveda, a la que llega el eco del salmo 101, tan bellamente comentado por San Agustín: amor, pues, que se apiada con entrañas maternas de los que habitan en sombras de muerte.
(1) El estudio de Juan Miguel Larios Larios ("Iconografía eucarística en la Custodia de la Catedral de Badajoz", Actas del VI Congreso de Estudios Extremeños, Edit. Inst. Cult. Pedro de Valencia, Badajoz, 1981) viene a ser excepción en la regla. (2) Así Mélida, Catálogo Monumental de España. Provincia de Badajoz, II, Madrid, 1926. Curiosamente Rodríguez Moñino le seguirá en sus errores, confundiendo virtudes de las tribunas con ángeles. (3) Cfr. González de Zárate, Emblemas regio-políticos de Solórzano, Edit. Tuero, Madrid, 1987. (4) Proceden todos de los fondos antiguos de la Biblioteca del Seminario Diocesano de San Atón (Badajoz). Expusimos (noviembre 1987) 36 obras de las que dejamos catálogo multicopiado. A partir de estos fondos, y en ediciones críticas, la Editorial Tuero ha emprendido una magnífica e inusual colección. (5) Todavía fue visionado por Mélida, a principios de siglo, quien refiere: "La sacristía conserva... en el testero principal un cuadro pintado en lienzo de 2,58 de largo y 1,70 metros de altura que representa la Sagrada Cena, en la que, a la par que el recuerdo italiano de las figuras, se observa el carácter español de la mesa y que parece obra de escuela cordobesa" (op, cit., Catálogo, p. 187). (6) Cfr. Andrés Alciato, Emblemata,Christophorus Plantinus, Antuerpiae, 1580. (7) Cfr. Santiago Sebastián, El fisiólogo atribuido a San Epifanio, seguido del Bestiario Toscano, Edit. Tuero, Madrid, 1986, pp. 53-56. (8) San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, B.A.C., núm. 255, Madrid, 1966, pp. 640-641. (9) Gonzalo Ponce de León, Sancti Patris Nostri Epiphanii... ad Physiologum, Apud Zannettum, Romae, 1587. (10) Cfr. C. a Lapide, Commentaria in Scripturam Sacram, apud Ludovicum Vivés, París (diversas fechas de edición, a partir de 1868, para cada tomo), t. XII, p. 826,2. (11) Cfr. S. Sebastián, op. cit., pp. 3-12. (12) Cfr. C. a Lapide, op. cit., t. XII, p. 510,2; t. IX, p. 429,2. (13) Cfr. S. Sebastián, op. cit., pp. 14-15; 30. (14) Cfr. Jean Dorst, Les rnigrations des oiseaux, París, 1956, pp. 217-218. (15) Para la simbología de los árboles, véase Alciato, op. cit. (emblema 197 y ss.); o Diego López, Declaración Magistral sobre los Emblemas de Andrés Alciato, Valencia, 1615. Numerosas referencias se encuentran en la obra de C. a Lapide (cfr. Índices). (16) San Agustín, Tratados sobre el evangelio de San Juan (Tratado XXIV), B.A.C., núm. 139, Madrid, 1959, p. 670. (17) Cfr. S. Sebastián, op. cit., pp. 109-111. (18) Precisamente el no saber cómo abordar el tema sistemáticamente -aparte las razones políticas de la espera de un posible diálogo con los protestantes- llevó a diferir el tratar de la misa como sacrificio, con lo que ambos aspectos (sacrificio-sacramento) quedarían desconectados en la teología posterior. (19) Citamos los textos conciliares por la edición castellana de E. Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, Edit. Herder, Barcelona, 1963. Utilizaremos siempre la sigla usual: Dz. (20) Cfr. Karl Rahner, La iglesia y los Sacramentos, Edit. Herder, Barcelona, 1967, pp. 88-93. (21) Cfr. C. a Lapide, op. cit. (voz "Eucharistia" del índice). (22) K. Rahner, op. cit., p. 93. ILUSTRACIONES
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