CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

ICONOGRAFÍA FÍLMICA: LA IMAGEN DEL MILITAR ENAJENADO

Eulalia Adelantado Mateu

Escenario propicio donde se desatan las más oscuras y recónditas pasiones la guerra constituye, sin lugar a dudas, intrínseca preocupación humana. Desde las más antiguas y remotas civilizaciones hasta la actualidad muchas han sido, a lo largo de la historia, las representaciones ¡cónicas que toman lo bélico como referente real o imaginario.

Cada momento histórico concreto nos ha legado los modos y maneras de entender la esencia bélica del hombre mediante un conjunto de símbolos encadenados entre sí, expresados en imágenes y siempre en estrecha vinculación con una particular concepción visual del mundo. En nuestra época, el cine en tanto que expresión paradigmática del contexto cultural preciso en el que se inserta tiende a crear convenciones iconográficas y a transmitirlas en función de la intrínseca sociabilidad del medio y de sus usos.

Nacido en los albores de la sociedad de masas, y transformado rápidamente en el seno de éstas, el hecho fílmico atrapado en sus comienzos por la tradición de las artes de ficción y representación como la literatura, el teatro y la pintura figurativa ha elaborado un vocabulario iconográfico propio que resume e integra tanto elementos provenientes del pasado y pertenecientes al patrimonio visual de la humanidad como elementos estrictamente nuevos. La lectura atenta de las obras fílmicas ofrece, pues, junto a ideologías e intereses, el orden de valores del presente; a la par que constituye una inagotable fuente de recursos iconográficos.

Nuestro objetivo en las páginas siguientes será llamar la atención sobre la representación iconográfica de lo bélico en el contexto visual de la filmografía contemporánea, a la luz de un emblemático film bélico: Apocalypse Now (1976-79) de Francis Ford Coppola y a la elaboración del esquema iconográfico que en el mismo se realiza en torno a la imagen del militar enajenado.

En términos generales, el film relata el itinerario, a bordo de un barco patrulla de la marina, del capitán Willard a quien el Alto Estado Mayor norteamericano ha confiado la misión secreta de encontrar y ejecutar al misterioso coronel Walter E. Kurtz.

Según apreciaciones de las máximas autoridades del ejército norteamericano en Vietnam el coronel Kurtz, que en otros tiempos fue un militar ejemplar, sufre una extraña enajenación que le lleva a realizar comportamientos censurables. En su actitud rebelde, Kurtz, aplica la justicia a su manera, hace la guerra por su cuenta y tiene a su cargo un ejército propio que le adora como a un dios y cumple sus órdenes por ridículas que sean. Ante la desobediencia, la insumisión al mando, y el comportamiento supuestamente irracional del coronel, la cúpula militar, en un intento por legitimar la propia estructura del poder, vindicará la ejecución de Kurtz.

La temática del film queda, pues, perfectamente expresada: en el contexto de la guerra de Vietnam un militar, el capitán Willard, deberá cumplir la misión de ejecutar a otro militar de mayor graduación, el coronel Kurtz, supuestamente enloquecido.

 

La imagen del militar enajenado: el coronel Kurtz

Tradicionalmente, la expresión iconográfica del militar nos muestra, en términos generales, la visión emblemática del héroe, vencedor incólume de enemigos inquebrantables, acompañado de los atributos asociados a su gesta. Desde los reyes guerreros de la antigüedad que veían su labor con el espíritu del exterminador de monstruos, casi todas las representaciones icónicas del militar destacan la abnegación hasta el límite, la complacida entrega en aras de un ideal altruista, y casi siempre universal. Un sinnúmero de losas conmemorativas, lienzos, esculturas e incluso films bélicos recogen lo anteriomente expresado.

Apocalypse Now incorpora al corpus de imágenes, ya sedimentado y jerarquizado, una nueva variedad en la iconográfica bélica. En esta obra se contienen, asimismo, casi todos los componentes iconológicos que configurarán como símbolo al militar enajenado: amargura, soledad, locura y muerte se combinan con brumas y fuertes contrastes de luces y sombras, buscando transmitir un efecto de tenebrismo y desasosiego vinculado al profundo sentimiento de autodestrucción que le caracteriza.

Profundizando en ello, diremos que el film visualiza el desgarro ontológico que domina al sujeto en un entorno bélico donde todo se desata, donde todo control se pierde, donde la práctica cotidiana de la violencia y el aislamiento del individuo convierten el lugar en que se enmarca esa lucha en un mundo siniestro y delirante. Más allá de las íntimas, profundas e irreversibles secuelas que el hecho de la guerra deja en él, éste se representa como alguien a quien le invade más allá de la asible realidad, un temor metafísico al comprobar el ilimitado alcance de la insolidaria y penosa crueldad de la guerra.

Quizá el antecedente más destacable en este sentido lo constituya un inolvidable film bélico The Bridge on the river Kwai de David Lean, donde un coronel del ejército británico, prisionero con sus hombres en un campo de trabajo japonés, enloquece hasta el punto de luchar al lado de sus enemigos y en contra de su propio ejército.

Pero, ¿quién es el coronel Kuftz? oficial ejemplar y valioso soldado al servicio de su patria en el pasado, hombre de honor y demostrada disciplina ayer, el coronel Walter E. Kurtz constituye la expresión sin veladuras de lo impúdico: el ámbito de la desmesura. Su comportamiento es grosera y licencioso, pues enarbola en plena guerra la bandera del desacato y la desobediencia.

Voluntariamente debilitados todos los principios sociales y morales (1), minada la capacidad de dominar sus propios instintos, a los que da rienda suelta, Kurtz busca refugio en el ejercicio de la anarquía La voz en off del capitán Willard nos dice:

"Rompió con ellos y después rompió consigo mismo. Jamás he visto a un hombre tan destrozado".

Rechaza el estatuto militar y combate sin doctrina ni principios, convirtiéndose en hombre-rey en una tierra sin esperanza, hombre-dios ante una tribu de indígenas que le adora, ante un conjunto de desertores yanquis que le secunda sumiso y silencioso.

Alud irracional que no habla sino de la desesperación del hombre, del rostro de lo oculto, del abismo insondable de la muerte. Oráculo todopoderoso aficionado a lanzar enigmas y adivinanzas, el coronel Kurtz se expresa por aforismos y frases cortas, al igual que lo hicieran los antiguos filósofos griegos:

"Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: deslizarme por el filo de una hoja de afeitar y sobrevivir."

Todo oráculo transmite saber. Su oráculo no propone ni una política, ni una religión. El saber que posee y transmite Kurtz es un saber maldito: el saber de aquél que dice lo indecible, que nombra lo innombrable. Es, la suya, una sabiduría imposible hecha a base de sentencias lapidarias. Las palabras surgen de su boca, como afiladas espadas, constituyendo regla y precepto para sus seguidores:

"¿Ha analizado alguna vez la auténtica libertad? Libertad de opinión de otros. Incluso la opinión de uno mismo."

La rebelión del coronel Kurtz, la libertad que ejerce y practica por decisión propia se paga como una cuenta contraída con la prisión o la locura, la ejecución o el suicidio, o tal vez con todo a la vez. Presa de dolor, ahíto de sinsabores bélicos, Kurtz espera la muerte; pero no una muerte cualquiera, de ahí que no asuma el protagonismo de la misma. Quiere ser sacrificado en un ritual sangriento, inmolado ante sus súbditos que lo admiran y lo veneran como a un dios viviente, de ahí que espere la llegada del capitán Willard, mensajero de la ley y la razón militar para que éste ponga fin a su vida. Las palabras de Willard, en este sentido, son especialmente reveladoras:

"Todo el mundo quería que yo cumpliera la misión, él más que nadie. Me daba la impresión de que estaba esperando que yo le quitara el dolor. Sólo quería irse como soldado con la cabeza alta, y no como un pobre renegado sin honor."

El brazo armado del poder militar, el capitán Willard, ejecuta la orden recibida poniendo fin al baluarte de la rebelión absoluta, al emblema de la insumisión total, al sabotaje a toda regla convirtiendo al coronel Kurtz en víctima de la razón militar, acabando al mismo tiempo con el proceso irreversible de autodestrucción en el que se encuentra inmerso.

Iconográficamente el coronel Kurtz se manifiesta como la oscuridad del enigma irracional, como la actitud amoral por excelencia. El primer contacto que tenemos con él se produce a través de la grabación de su voz (fig. 1), lo que refuerza el carácter de sombra intuida, de conjetura. A partir de este momento el coronel ira apareciendo esporádicamente y con cada nueva aparición la persona detrás del nombre irá agrandándose y dibujándose con una mayor claridad en nuestro imaginario.

Deliberadamente Coppola esconde físicamente a Kurtz mientras en paralelo hace que su presencia gravite en nosotros, mostrándonos datos de primera magnitud en torno a su carrera militar o su vida privada. De tal forma que por fotografías conocemos su aspecto físico, por su cassette su voz penetrante de timbre cálido, un tanto taciturna, y sus palabras: sus inquietantes y fascinantes palabras.

A pesar de no ser filmado físicamente hasta casi el final del film, el coronel Walter E. Kurtz goza de una presencia plena en el mismo, pues su existencia pesa como una losa. Toda la fuerza iconográfica está construida bajo el acento de lo ausente, contribuyendo a crear una aureola de misterio y suspense a su alrededor muy propicia para el tono fantasmal que adopta el film.

El ocultamiento físico de Kurtz y la posterior aparición de éste rodeado de penumbras (fig. 2), así como la insistente focalización de su imagen en primeros (fig. 3) y primerísimos primeros planos (fig. 4) constituye, sin duda alguna, una de las iconografías más apocalípticas de la historia fílmica en torno a la imagen del militar enajenado.