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Escenario propicio donde se desatan
las más oscuras y recónditas pasiones la guerra constituye,
sin lugar a dudas, intrínseca preocupación humana. Desde
las más antiguas y remotas civilizaciones hasta la actualidad
muchas han sido, a lo largo de la historia, las representaciones ¡cónicas
que toman lo bélico como referente real o imaginario. Cada momento histórico concreto
nos ha legado los modos y maneras de entender la esencia bélica
del hombre mediante un conjunto de símbolos encadenados entre
sí, expresados en imágenes y siempre en estrecha vinculación
con una particular concepción visual del mundo. En nuestra época,
el cine en tanto que expresión paradigmática del contexto
cultural preciso en el que se inserta tiende a crear convenciones iconográficas
y a transmitirlas en función de la intrínseca sociabilidad
del medio y de sus usos. Nacido en los albores de la sociedad
de masas, y transformado rápidamente en el seno de éstas,
el hecho fílmico atrapado en sus comienzos por la tradición
de las artes de ficción y representación como la literatura,
el teatro y la pintura figurativa ha elaborado un vocabulario iconográfico
propio que resume e integra tanto elementos provenientes del pasado
y pertenecientes al patrimonio visual de la humanidad como elementos
estrictamente nuevos. La lectura atenta de las obras fílmicas
ofrece, pues, junto a ideologías e intereses, el orden de valores
del presente; a la par que constituye una inagotable fuente de recursos
iconográficos. Nuestro objetivo en las páginas
siguientes será llamar la atención sobre la representación
iconográfica de lo bélico en el contexto visual de la
filmografía contemporánea, a la luz de un emblemático
film bélico: Apocalypse Now (1976-79) de Francis Ford
Coppola y a la elaboración del esquema iconográfico que
en el mismo se realiza en torno a la imagen del militar enajenado. En términos generales, el film
relata el itinerario, a bordo de un barco patrulla de la marina, del
capitán Willard a quien el Alto Estado Mayor norteamericano ha
confiado la misión secreta de encontrar y ejecutar al misterioso
coronel Walter E. Kurtz. Según apreciaciones de las máximas
autoridades del ejército norteamericano en Vietnam el coronel
Kurtz, que en otros tiempos fue un militar ejemplar, sufre una extraña
enajenación que le lleva a realizar comportamientos censurables.
En su actitud rebelde, Kurtz, aplica la justicia a su manera, hace la
guerra por su cuenta y tiene a su cargo un ejército propio que
le adora como a un dios y cumple sus órdenes por ridículas
que sean. Ante la desobediencia, la insumisión al mando, y el
comportamiento supuestamente irracional del coronel, la cúpula
militar, en un intento por legitimar la propia estructura del poder,
vindicará la ejecución de Kurtz. La temática del film queda, pues, perfectamente expresada: en el contexto de la guerra de Vietnam un militar, el capitán Willard, deberá cumplir la misión de ejecutar a otro militar de mayor graduación, el coronel Kurtz, supuestamente enloquecido.
La imagen del militar enajenado: el coronel Kurtz Tradicionalmente, la expresión iconográfica
del militar nos muestra, en términos generales, la visión
emblemática del héroe, vencedor incólume de enemigos
inquebrantables, acompañado de los atributos asociados a su gesta.
Desde los reyes guerreros de la antigüedad que veían su
labor con el espíritu del exterminador de monstruos, casi todas
las representaciones icónicas del militar destacan la abnegación
hasta el límite, la complacida entrega en aras de un ideal altruista,
y casi siempre universal. Un sinnúmero de losas conmemorativas,
lienzos, esculturas e incluso films bélicos recogen lo anteriomente
expresado. Apocalypse Now incorpora al corpus de imágenes,
ya sedimentado y jerarquizado, una nueva variedad en la iconográfica
bélica. En esta obra se contienen, asimismo, casi todos los componentes
iconológicos que configurarán como símbolo al militar
enajenado: amargura, soledad, locura y muerte se combinan con brumas
y fuertes contrastes de luces y sombras, buscando transmitir un efecto
de tenebrismo y desasosiego vinculado al profundo sentimiento de autodestrucción
que le caracteriza. Profundizando en ello, diremos que el film visualiza
el desgarro ontológico que domina al sujeto en un entorno bélico
donde todo se desata, donde todo control se pierde, donde la práctica
cotidiana de la violencia y el aislamiento del individuo convierten
el lugar en que se enmarca esa lucha en un mundo siniestro y delirante.
Más allá de las íntimas, profundas e irreversibles
secuelas que el hecho de la guerra deja en él, éste se
representa como alguien a quien le invade más allá de
la asible realidad, un temor metafísico al comprobar el ilimitado
alcance de la insolidaria y penosa crueldad de la guerra. Quizá el antecedente más destacable en
este sentido lo constituya un inolvidable film bélico The
Bridge on the river Kwai de David Lean, donde un coronel del ejército
británico, prisionero con sus hombres en un campo de trabajo
japonés, enloquece hasta el punto de luchar al lado de sus enemigos
y en contra de su propio ejército. Pero, ¿quién es el coronel Kuftz? oficial
ejemplar y valioso soldado al servicio de su patria en el pasado, hombre
de honor y demostrada disciplina ayer, el coronel Walter E. Kurtz constituye
la expresión sin veladuras de lo impúdico: el ámbito
de la desmesura. Su comportamiento es grosera y licencioso, pues enarbola
en plena guerra la bandera del desacato y la desobediencia. Voluntariamente debilitados todos los principios sociales
y morales (1), minada la capacidad de dominar sus propios instintos,
a los que da rienda suelta, Kurtz busca refugio en el ejercicio de la
anarquía La voz en off del capitán Willard nos dice: "Rompió con ellos y después rompió consigo mismo. Jamás he visto a un hombre tan destrozado". Rechaza el estatuto militar y combate sin doctrina ni
principios, convirtiéndose en hombre-rey en una tierra sin esperanza,
hombre-dios ante una tribu de indígenas que le adora, ante un
conjunto de desertores yanquis que le secunda sumiso y silencioso. Alud irracional que no habla sino de la desesperación del hombre, del rostro de lo oculto, del abismo insondable de la muerte. Oráculo todopoderoso aficionado a lanzar enigmas y adivinanzas, el coronel Kurtz se expresa por aforismos y frases cortas, al igual que lo hicieran los antiguos filósofos griegos: "Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: deslizarme por el filo de una hoja de afeitar y sobrevivir." Todo oráculo transmite saber. Su oráculo no propone ni una política, ni una religión. El saber que posee y transmite Kurtz es un saber maldito: el saber de aquél que dice lo indecible, que nombra lo innombrable. Es, la suya, una sabiduría imposible hecha a base de sentencias lapidarias. Las palabras surgen de su boca, como afiladas espadas, constituyendo regla y precepto para sus seguidores: "¿Ha analizado alguna vez la auténtica libertad? Libertad de opinión de otros. Incluso la opinión de uno mismo." La rebelión del coronel Kurtz, la libertad que ejerce y practica por decisión propia se paga como una cuenta contraída con la prisión o la locura, la ejecución o el suicidio, o tal vez con todo a la vez. Presa de dolor, ahíto de sinsabores bélicos, Kurtz espera la muerte; pero no una muerte cualquiera, de ahí que no asuma el protagonismo de la misma. Quiere ser sacrificado en un ritual sangriento, inmolado ante sus súbditos que lo admiran y lo veneran como a un dios viviente, de ahí que espere la llegada del capitán Willard, mensajero de la ley y la razón militar para que éste ponga fin a su vida. Las palabras de Willard, en este sentido, son especialmente reveladoras: "Todo el mundo quería que yo cumpliera la misión, él más que nadie. Me daba la impresión de que estaba esperando que yo le quitara el dolor. Sólo quería irse como soldado con la cabeza alta, y no como un pobre renegado sin honor." El brazo armado del poder militar, el capitán
Willard, ejecuta la orden recibida poniendo fin al baluarte de la rebelión
absoluta, al emblema de la insumisión total, al sabotaje a toda
regla convirtiendo al coronel Kurtz en víctima de la razón
militar, acabando al mismo tiempo con el proceso irreversible de autodestrucción
en el que se encuentra inmerso. Iconográficamente el coronel Kurtz se manifiesta
como la oscuridad del enigma irracional, como la actitud amoral por
excelencia. El primer contacto que tenemos con él se produce
a través de la grabación de su voz (fig.
1), lo que refuerza el carácter de sombra intuida, de conjetura.
A partir de este momento el coronel ira apareciendo esporádicamente
y con cada nueva aparición la persona detrás del nombre
irá agrandándose y dibujándose con una mayor claridad
en nuestro imaginario. Deliberadamente Coppola esconde físicamente a
Kurtz mientras en paralelo hace que su presencia gravite en nosotros,
mostrándonos datos de primera magnitud en torno a su carrera
militar o su vida privada. De tal forma que por fotografías conocemos
su aspecto físico, por su cassette su voz penetrante de timbre
cálido, un tanto taciturna, y sus palabras: sus inquietantes
y fascinantes palabras. A pesar de no ser filmado físicamente hasta casi
el final del film, el coronel Walter E. Kurtz goza de una presencia
plena en el mismo, pues su existencia pesa como una losa. Toda la fuerza
iconográfica está construida bajo el acento de lo ausente,
contribuyendo a crear una aureola de misterio y suspense a su alrededor
muy propicia para el tono fantasmal que adopta el film. El ocultamiento físico de Kurtz y la posterior aparición de éste rodeado de penumbras (fig. 2), así como la insistente focalización de su imagen en primeros (fig. 3) y primerísimos primeros planos (fig. 4) constituye, sin duda alguna, una de las iconografías más apocalípticas de la historia fílmica en torno a la imagen del militar enajenado.
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