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Desde que en 1863 viera la luz la serie
de los llamados "Desastres de la Guerra" por Francisco de
Goya, sus imágenes no han dejado de subyugar a todo aquel que
se haya acercado a ellas. Es tal la fuerza de la escena, el dramático
empleo de las luces y los sabios agrupamientos de las figuras, además
de una compleja y magnífica técnica que es difícil
mantener la imparcialidad que toda contemplación crítica
exige y no sentirnos inmersos en un discurso sobre la guerra y sus consecuencias,
como el autor quería. Este sentimiento de rechazo que provocan
las escenas ha presupuesto., siempre, la imposibilidad de que Goya hubiese
inventado sus imágenes surgiendo, inmediatamente, la necesidad
de localizar los hechos narrados en las estampas y los más antiguos
estudios sobre esta serie ya intentaron dar nombre real a las escenas
y todavía, entre los más modernos, se sigue buscando el
significado exacto de cada una de las imágenes. Este impulso
generalizado cuenta, además, con la corroboración del
propio artista que ante el horror que pueda suscitar una de las escenas
afirmó tajantemente Yo lo vi (D. 44). Casi todos los estudios que sobre el
tema se han hecho tienden a localizar los hechos en dos ciudades: Zaragoza
y Madrid (1) o en sus alrededores, sin embargo, para poder determinar
estos sucesos de la manera tradicional que se ha intentado, es decir,
suponiendo que Goya hubiese sido testigo de cada uno de ellos, habría
que reconstruir la vida del pintor día por día, durante
los años cruciales de 1808-1810, fecha límite que llevan
algunas de las planchas grabadas con escenas de guerra y es cuestión
que se nos antoja punto menos que imposible. Hasta la fecha sabemos
que Goya pasó esos dos años en Madrid pero que hizo un
viaje a Zaragoza a finales de octubre de 1808, invitado por Palafox
para pintar los hechos gloriosos que allí habían tenido
lugar durante el primer sitio (2). No sabemos cuanto tiempo duró
la estancia en su tierra natal pero Sayre (3) ha recordado, insistentemente,
que existe una capta de Goya dirigida a José Munarriz fechada
ya en Madrid el 5 de mayo de 1809, donde el pintor afirma que el mes
de noviembre del año anterior todavía estaba en Zaragoza,
sin precisar cuando se realizó su regreso a Madrid, que no podemos
alargar mucho más, a menos que pensemos que Goya estuvo dentro
del segundo sitio, que tuvo lugar entre el mes de diciembre de 1808
y el de febrero del año siguiente. Aparte de este viaje, solamente tenemos
noticia en otra escena Esto es peor (D. 37) de que el suceso
hubiese ocurrido en un lugar concreto como es Chinchón, por una
inscripción autógrafa que tiene la prueba del grabado
(Museo de Boston) (4). Aunque estas palabras escritas a lápiz
el de Chinchón, no nos permiten suponer si verdaderamente
se deben a un hecho presenciado por el mismo Goya o un relato conocido
por boca de su hermano Camilo, sacerdote en la iglesia de dicha población
desde 1783. Por último, sabemos de otro viaje, cuando Goya intentó
huir a Portugal y tuvo que regresar desde Piedrahita a Madrid (5), Gassier
supuso que este viaje podría haber tenido lugar en octubre de
1812 (6), pero no hay nada probado al respecto y aunque así fuera
la fecha es demasiado tardía para el propósito que nos
embarga. Esta previa información nos sirve
de introducción al objetivo de nuestro estudio, que no es otro
que analizar la realidad evocada por las escenas de los Desastres y
un intento de demostración de la generalidad y universalidad
de los horrores descritos por Goya y por tanto, de la difícil
tarea que tiene por delante aquel que se acerque a las imágenes
intentando localizar el hecho, porque su autor no ha buscado plasmarle
exactamente sino lograr una suerte de categoría imperecedera
que aún hoy nos sirva como reflexión sobre el tema, o
lo que es lo mismo ha encontrado un signo universal para ello. Basándonos en lo anteriormente
expuesto parece claro que la mayor parte del tiempo comprendido entre
1808 y 1810 Goya vivió en Madrid, exceptuando el viaje a Zaragoza
que pudo tener una duración aproximada de mes o mes y medio,
sin embargo, casi todos los autores que se han acercado al tema con
un intento de individualización de las escenas quieren ver, en
un altísimo tanto por ciento, hechos ocurridos en la ciudad de
Zaragoza. Si esto fuese cierto, tendríamos que pensar que la
impresión producida por la visión de los horrores ocurridos
en su tierra natal, fue superior a la posiblemente contemplada o conocida
en otros lugares, afirmación que nos resistimos a tener en cuenta,
dados los escasos datos que el mismo Goya nos ha proporcionado para
localizar las escenas. También se podría pensar que por
parte de estos investigadores ha habido una concentrada indagación
sobre la región ,aragonesa, olvidándose de otros escenarios
vividos o conocidos por el artista en Madrid o en otros lugares y posiblemente
descritos por la prensa o transmitidos oralmente por amigos. Nuestra
intención es recoger una serie de hechos concretos y documentados,
presentándolos no como probables fuentes iconográficas
para un determinado grabado sino como ejemplos acaecidos en diferentes
lugares de la Península y que fueron una respuesta general del
improvisado ejército español y del pueblo llano en su
lucha contra el francés, entendida esta palabra en su tono peyorativo
de la época, como sentimiento popular a todo lo que prevenía
de aquella nación. Desde la estampa 2 hasta la 48, Goya
desarrolla todas las escenas violentas producidas por franceses o españoles,
narrando, como a menudo se ha hecho notar, actos individuales donde
la violencia es protagonista, olvidándose del carácter
militar de las batallas para fijarse en las miserias humanas que acompañan
a estos hechos. Un número abundante de estas imágenes
están dedicadas al protagonismo que la mujer tuvo durante la
lucha, algunas veces como heroína: Las mujeres dan valor
(D. 4), Y son fieras (D. 5), Que valor! (D. 7), Ya
no hay tiempo (D. 19). Para la mayoría de los autores no
ha habido ninguna duda acerca del Desastre 7, que ha sido siempre interpretado
como una clara alusión a la heroína de Zaragoza, Agustina
de Aragón, defendiendo a cañonazos la puerta del Portillo,
pero ya Lafuente Ferrari (7) apuntó que hubo otra joven de veinticuatro
años, que en la misma ciudad se vio envuelta en situación
parecida y tenemos que recordar, igualmente, que en Madrid, Clara del
Rey de cuarenta y siete años, estuvo en el Parque de Monteleón
con su esposo y sus tres hijos ayudando a los heroicos artilleros
españoles; sin retirarse ni un instante del lado de los cañones,
animando con su ejemplo al valor de los madrileños, hasta caer
fulminada por el casco de una bala de cañón que la alcanzó
en la frente (8). Seguramente no fueron ellas las únicas
que actuaron así forzadas por las circunstancias, Sayre (9) ha
citado un testimonio inglés de la época, en donde se habla
del valor de las mujeres en Zaragoza, donde llegaron a morir entre mujeres
y niños más de seiscientas y no por balas de cañón
sino por heridas de bayoneta, espada o balas, que demostraría
hasta qué punto fue su participación en la lucha. Por
otra parte, algunos historiadores y cronistas del levantamiento del
Dos y Tres de mayo en Madrid, después de un examen de los registros
parroquiales hacen notar que, desde el mes de marzo, raro era el día
que no había peleas entre franceses y españoles, contándose
entre ellos numerosas mujeres asesinadas a manos de franceses (10).
El heroísmo de las mujeres de Madrid con motivo de los sucesos
de mayo se extendió rápidamente y como testimonio de ello
podemos presentar la Proclama de Cádiz, hecha pública
el 19 de junio donde se dice textualmente ¿Pérfidos
invasores, no fuisteis vosotros desarmados por nuestras mugeres arrebatandoos
los fusiles de las manos...? (11). Otra parte de las estampas dedicadas
a las mujeres, nos ofrecen escenas en las que siempre aparecen como
víctimas de la violencia, por su propia condición femenina,
son escenas de violación en presencia de familiares Amarga
presencia (D. 13), o después de haber asesinado a sus hijos
Ni por esas (D. 11), que claramente recuerdan las encendidas palabras
de la Proclama hecha pública en Málaga el 8 de junio de
1808 ¿Es humanidad dividir en trozos a la muger indefensa
y al infante recien nacido? ¿lo es hacer ostentación de
estas crueldades en las puntas de las bayonetas? (12). En el
Desastre 9 titulado No quieren, una mujer es defendida por una anciana,
Sayre (13) recuerda unos sucesos ocurridos en Uclés en enero
de 1809, pero el comportamiento de la tropa francesa fue similar en
todas partes, véase como ejemplo la opinión que se tenía
de ella en un texto editado en Granada hallareis una tropa insolente
hasta lo sumo, viciosa, indisciplinada y poseída enteramente
de un espíritu sin freno de pillage y de lascivia y de todos
los desórdenes (14). En ambas situaciones, como heroínas
o como víctimas, Goya se ha servido del concepto tradicional
de la mujer como ser débil e indefenso para resaltar la cobardía
de los soldados franceses. Otro gran grupo de las escenas dedicadas
a la guerra, pone su acento en el hacinamiento de los cadáveres
y su enterramiento, tienen características comunes como son buscar
el anonimato, no revelan datos para una posible identificación
y no presentan la muerte como tránsito glorioso o como consecuencia
de un hecho sublime, la muerte no tiene rostro, no hay lugar para el
heroísmo. Para estas escenas los estudiosos han buscado localizar
los hechos, habiendo casi unanimidad al poner el origen de esas composiciones
en la ciudad de Zaragoza, donde si Goya no las habría visto directamente
sí podría haber recibido una información detallada
de los mismos a través de amigos. Según el orden seguido
en la serie, la primera estampa dedicada a este tema, es la denominada
Para eso habeis nacido (D. 12), Sayre (15) y también Camón
(16) citando fuentes contemporáneas y fijándose, sobre
todo, en el personaje moribundo que parece vomitar sangre, piensan que
podría tratarse de una escena del tifus que en enero de 1809
se extendió por toda la capital aragonesa. Pero existen otros
testimonios de hechos similares en otros lugares, como por ejemplo en
Madrid, donde el Conde de Toreno hablando de los fusilamientos se refiere
a ellos en estas palabras Muchos llegaban al lugar de su horroroso
suplicio ignorantes de su suerte; y atados de dos en dos, tirando los
soldados franceses sobre el montón, caían muertos o malheridos,
pasando a enterrarlos cuando todavía algunos palpitaban (17). En otra estampa Se aprovechan
(D. 16), Goya presenta el despojo de ropa a los cadáveres, Sayre
(18) duda de la nacionalidad de los ladrones, otros autores aluden a
la posibilidad, por la falta de pertrechos del ejército español,
de que sean de esta nacionalidad. Pero también se pueden encontrar
testimonios en sentido contrario, Montón (19) cita algunos documentos
en este sentido también formaba parte del botín de
guerra el despojo de las vestiduras de los cadáveres, llegando
algunos, cegados por la codicia del robo, hasta el desnudarlos aún
con vida. Después se suceden una serie de estampas donde
el tema común son los enterramientos: Enterrar y callar
(D. 18), Será lo mismo (D. 21), Tanto y más
(D. 22), Lo mismo en otras partes (D. 23), Caridad (D.
27). Una vez más Sayre (20) ha pensado en posibles orígenes
de las imágenes en escenas ocurridas en Zaragoza y en una ejecución
en masa que hubo en Chinchón y que posiblemente pudieron ser
conocidas por Goya. Pero es necesario recordar que el artista vivió
en Madrid casi todo el tiempo y hay testimonios suficientemente documentados
como para saber que escenas de ese tipo también pasaron en la
capital; algunos historiadores, del Dos y Tres de mayo en Madrid, han
explicado que los cadáveres del Dos de mayo no fueron enterrados
hasta el día 7 y los fusilados en la montaña del Príncipe
Pío no recibieron sepultura hasta el día 12 (21) y en
otra parte, se afirma los cadáveres de los franceses fueron
retirados inmediatamente después de cesar la lucha; pero no así
los españoles, que habían sido amontonados contra los
muros de las calles, en algunas de éstas permanecieron por orden
de Murat, hasta los días 7 y 12 de mayo, cuando ya estaban en
plena descomposición; y añade los caídos en los
alrededores de la villa fueron abandonados a la voracidad de las alimañas
(22), frase que quizás ayudase a comprender el asunto oscuro
de la leyenda del Desastre 40 Algún partido saca, que
fue interpretado por Lafuente Ferrari (23) como la lucha del pueblo
contra la fiera napoleónica, pero que visto desde este otro ángulo
quizá tenga el sentido de que quien saca provecho es la
fiera. Por último, para la estampa titulada
Caridad (D. 27), se ha pensado también en Zaragoza, donde
se contaban en cientos los cadáveres sin enterrar (24), pero
escenas como estas debieron, también, ser normales en Madrid,
donde los hermanos de la Congregación de la Buena Dicha, como
no podían enterrar los cadáveres sin incumplir las normas
dadas por el mando francés, amontonaron los cadáveres
en una fosa hasta que al cabo de los nueve días fueron sepultados
(25). Sin duda, de entre todas estas espantosas
imágenes destacan por sobrecogedoras las correspondientes a las
escenas de mutilaciones, que por la fuerza de los hechos nadie duda
de que hayan tenido que ser presenciadas por el propio artista, son
Que ha¡ que hacer mal? (D. 33), Esto es peor (D.
37) y Grande hazaña! Con muertos! (D. 39). Montón
(26) citando fuentes contemporáneas recuerda que a los elegidos
para ser fusilados se les injuriaba y torturaba atrozmente, sufriendo
mutilaciones de oídos, labios, narices y genitales. Estos
mismos testimonios se pueden recoger en la Proclama de la ciudad de
Cádiz, donde citando hechos tenidos lugar en Madrid el dos de
mayo, se cita literalmente por sus calles llevaban en las puntas
de las bayonetas, aquellos hombres feroces, los pechos de las castas
doncellas, fieles casadas y recatadas viudas, las partes vergonzosas
de los más leales ciudadanos (27). En otro grupo, menos dramático
pero no por ello menos doloroso, se pueden reunir las escenas dedicadas
a las huidas, bien del fuego Escapan entre llamas (D. 41) (28);
huidas de monjes y sacerdotes, todo va revuelto (D. 42) y También
esto (D. 43) y por último la gran caravana anónima
del pueblo, arrastrando lo más imprescindible para su subsistencia,
en donde niños y mujeres vuelven a ser protagonistas, encontrándose
precisamente aquí la leyenda Yo lo vi (D. 44), Y esto
también (D. 45). Para Sayre (29) estas imágenes pudieron
ser vistas, nuevamente, durante su viaje a Zaragoza, pero de hecho fueron
comunes a toda España; en el Bando hecho público en Cartagena
con motivo de la sublevación contra los franceses, su artículo
2 dice que las mugeres y los niños que por su salud o mayor
comodidad quisieran salir de la ciudad, podrán hacerlo libremente
a donde les convenga, dentro del reyno, pues ninguna persona de qualquier
otra clase, sexo o edad, podrán salir sin licencia expresa de
la Junta, bazo la pena de confiscación de bienes (30). También
en Madrid debía pasar algo parecido familias enteras marchaban
aterradas, sin llevar ni aún lo más imprescindible para
su abrigo y sustento. ¡Impresionante era aquel éxodo permanente
y silencioso de hombres y mujeres, ancianos y niños, hacia la
España no ocupada! (31). En dos ocasiones se refiere Goya a los
castigos infringidos por los españoles a los franceses o a sus
compatriotas colaboracionistas. En el clima de terror vivido en los
primeros años de la guerra cualquier gesto, actitud o sospecha
era susceptible de ser tomada como amistad al enemigo y severamente
castigada de manera popular. En las dos estampas que recogen este tema
Populacho (D. 28) y lo merecía (D. 29), Goya recoge
dos versiones del mismo castigo, en una ataca a la plebe que comete
el acto y en otra justifica el castigo. Para casi todos los autores
como Camón Aznar (32), Thomas (33), Lafuente Ferrari (34) y Sayre
(35) los hechos recogen las imágenes del trato dado al marqués
de Perales, acusado de rellenar los cartuchos repartidos entre el pueblo
con arena, suceso citado por Mesonero (36); también recuerdan
un hecho semejante que tuvo lugar en Valencia, en la persona de su gobernador,
barón de Albalat. Pero se pueden citar otros muchos ejemplos,
como el de Luis Viguri, arrastrado por las calles de Madrid por haber
sido amigo de Godoy y cuyo castigo pasó a llamarse la viguriana
(37) o el general San Juan, al que se mutiló, paseó y
colgó en Talavera por ser sospechoso de traición (38)
e incluso hechos semejantes también acontecieron en Zaragoza
donde fueron arrastrados cadáveres de franceses (39). Por último, nos gustaría aclarar el contenido del Desastre 30 Estragos de la guerra y que desde Lafuente (40) se ha interpretado como una escena del bombardeo localizada en Zaragoza, otros autores como Sayre (41) y Pérez Sánchez (42) la han comentado en el mismo sentido pero insistimos que si Goya no vivió los dos Sitios de Zaragoza, sí tuvo ocasión de conocer las consecuencias de las bombas francesas en Madrid, en cuyos Dos y Tres de mayo la artillería funcionó con motivo del asalto al Parque de Monteleón, incluso una vez rendidos sus ocupantes fiados los madrileños de las promesas de las autoridades, se retiraron pacíficamente a sus hogares, e inmediatamente los soldados franceses ocuparon todas las bocacalles y puntos céntricos de la capital, emplazando en las más importantes cañones con la mecha encendida para amedrentar a la población (43). NOTAS (1) El texto clásico de T. Harris, Goya. Engravings and Lithographs, Oxford, 1964, 2 vols., no estudió el significado de las estampas. El primero en llevarlo a cabo fue E. Lafuente Ferrari, Los desastres de la guerra de Goya y sus dibujos preparatorios, Barcelona, 1952. Posteriormente dos exposiciones han dado lugar a nuevos estudios sobre el tema: E. A. Sayre, The Changing Image: Prints by Francisco de Goya, Boston, 1974; y M. Stuffmann, Goya. Zeichnungen und Druckgraphik, Frankfurt, 1981. Sobre el origen y formación de las composiciones de la serie de los Desastres, también se pueden encontrar novedades en C. Derozier, La Guerre d'Independence à travers l'estampe (1808-1814), París-Lille, 1976; y V. Bozal, Imagen de Goya, Barcelona, 1983. (2) Carta dirigida por Goya a Josef Munarriz en 2 de octubre de 1808, conservada en el Archivo de la Academia de San Fernando, publicada en Sayre, 1974, p. 126. (3) Sayre, 1974, p. 127. (5) V. de Sambricio, Tapices de Goya, Madrid, 1946, doc. 238. (6) P. Gassier y J. Wilson, Vida y obras de Francisco de Goya, Barcelona, 1974, p. 224. (7) E. Lafuente Ferrari, en Goya. 1746-1828, París, 1979. (8) J. C. Montón, La revolución armada del dos de Mayo en Madrid, Madrid, 1983, p. 255. (9) Sayre, 1974, p. 131; citando a R. Southey, History of the Peninsular War, London, 1823, vol. 1, pp. 411-412. (10) Montón, 1983, p. 83. (11) S. Delgado, Guerra de la Independencia. Proclamas, Bandos y Combatientes, Madrid, 1979, p. 102. (12) Delgado, 1979, p. 118. (13) Sayre, 1974, p. 139. (14) Delgado, 1979, p. 112. (15) Sayre, 1974, p. 144. (16) J. Camón Aznar, Francisco de Goya, 1981, vol. 3, p. 231. (17) Montón, 1983, p. 134. (18) Sayre, 1974, p. 150. (19) Sayre, 1974, p. 133. (20) Sayre, 1974, pp. 153, 159, 162 y 165. (21) Montón, 1983, p. 141. (22) Montón, 1983, p. 141 citando a A. Jiménez Landi, El Dos de Mayo, Madrid, 1965, p. 125. (23) Lafuente Ferrari, 1952, p. 138. (24) Sayre, 1974, p. 165. (25) Montón, 1983, p. 138. (26) Montón, 1983, p. 137. (27) Delgado, 1979, p. 102. (28) Lafuente Ferrari, 1979, p. 59, opina que pudiera tratarse del incendio de Manresa; y Sayre, 1974, p. 181, cita los incendios que en Zaragoza se produjeron con motivo del segundo sitio. (29) Sayre, 1974, pp. 185?187. (30) Delgado, 1979, p. 42. (31) Montón, 1983, p. 139. (32) Camón Aznar, 1981, vol. 3, p. 219. (33) H. Thomas, Goya. El Tres de Mayo de 1808, Barcelona, 1982, p. 84. (34) Lafuente Ferrari, 1952, p, 156. (35) Sayre, 1974, p.170. (36) R. de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, Madrid, ed. 1975, p. 69. (37) Mesonero Romanos, ed. 1975, p. 59. (38) C. de Toreno, Historia del levantamiento, guerra y revolución en España, Madrid, 1862, vol. 2, p. 228. (39) A. Alcaide Ibieca, Historia de los dos sitios que pusieron a Zaragoza en los años 1808 y 1809 las tropas de Napoleón, Madrid, 1830-1831, vol. 3, p. 51. (40) Lafuente Ferrari, 1952, des. 30. (41) Sayre, 1974, p. 172. (42) A. E. Pérez Sánchez, Goya. Caprichos, Desastres, Tauromaquia, Disparates, Madrid, 1979, p. 101. (43)Montón, 1983, p. 125.
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