CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

ICONOGRAFÍA FEMENINA EN LOS CAPRICHOS DE GOYA

Aida Anguiano de Miguel

Goya sintetiza en los Caprichos la observación de la realidad visible con fuentes artísticas y literarias heterogéneas, filtradas a través de una mentalidad ilustrada, patriarcal e individualista. Se anticipa a los artistas románticos no sólo en los aspectos plásicos, sino también en los iconográficos, al. reflejar las costumbres, las ideas y la moral de su tiempo, desde sus perspectivas subjetivas. Goya, como harán más tarde los pintores románticos, rompe con la tradición y los antiguos temas de la iconografía y se inclina hacia una forma de pensamiento simbólico, individual y personal. "Quizás sea en el arte de Goya donde mejor se descubre esta ruptura entre la iconografía alegórica, basada en un lenguaje de símbolos, y la nueva iconografía del ánimo y la expresión" (1). En los Caprichos, como apunta Béguin para la pintura romántica: "El mundo de las potencias irracionales y demoníacas, el de los sueños, que encontró su sitio en la antigua iconografía en las representaciones del infierno, demonios y pecados, adquirió ahora sus propios derechos en las imágenes que empezaron a ser consideradas como un campo válido de la experiencia humana" (2).

Goya, para hacer comprensible su simbolismo personal, que inicia en los Caprichos, incluye una leyenda en sus estampas y redacta diversos comentarios explicativos de los mismos. Me propongo estudiar este nuevo contenido que dio Goya a diversos temas costumbristas y de la literatura de su tiempo, asociados a observaciones de la realidad y a anécdotas conocidas a través de tertulias o periódicos de la época. Por razones de espacio, me centraré en la iconografía de la mujer en los Caprichos.

En España, en los últimos lustros del siglo XVIII, tienen gran aceptación entre el público los grabados de estampas populares, pero Goya dota al grabado de una intención didáctica y de un criticismo, que equipara el lenguaje gráfico de la pintura al lenguaje escrito de la literatura. Se propone "educar a través del arte", ya que el lenguaje gráfico, en una población de alto porcentaje de iletrados, sobre todo en el sector femenino, era accesible a mayor número de personas que los textos literarios. Al anunciar la publicación de los Caprichos en el Diario de Madrid, el 6 de febrero de 1799, afirma que está "persuadido de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la elocuencia y la poesía) puede ser también objeto de la pintura". Tanto de esta declaración de intenciones como del análisis de las estampas goyescas, deducimos que el pintor tenía noticia de las caricaturas inglesas a través de su amigo Leandro Fernández de Moratín. Para éste, la caricatura muchas veces suple y aun excede a la crítica o la sátira más amarga, y escribe que "el ridículo en las caricaturas consiste en tres cosas: 1.°) en el modo satírico con que se presenta el asunto, que equivale a la fábula o la comedia; 2.°) en las actitudes de los personajes, que equivalen a las situaciones del teatro; 3.°) en lo recargado de los gestos, que es lo mismo que la expresión de los caracteres risibles que se introducen en un drama" (3). Goya, en 1797, en la segunda parte del álbum de Madrid, ejecutado junto con los estudios para los Caprichos, titula por primera vez sus dibujos: máscaras, bruja:, caricaturas.

Asimismo, muestra en sus dibujos y grabados las nuevas costumbres que llegan a España con los Borbones y que afectan en gran medida al mundo de la mujer: la moda del cortejo, los salones literarios, el paseo por el Prado, etc.; nuevas costumbres que proporcionaban a la mujer española de la clase alta una libertad desconocida hasta entonces: las mujeres huían de la maternidad, de los hijos y de la casa, tenían su cortejo, con el que salían y entraban solas, sin vigilantes, recibían en su casa, iban al teatro y disfrutaban de una vida más intensa y brillante (4). La relajación de costumbres alcanzó su ápice en el reinado de Carlos IV, implicando a la propia reina María Luisa, lo que preocupó en extremo a los ilustrados.

En el invierno de 1797-1798 -momento en que dibuja la segunda parte del álbum de Madrid, junto con los estudios para los Caprichos (5)-, olvidados los días felices de la estancia en Sanlúcar y rota la relación con la duquesa de Alba, la depresión transforma la imagen que Goya tenía de la duquesa, a la vez que su visión de la mujer. El pintor, en el ambiente madrileño, se identifica con los ideales reformistas de sus amigos ilustrados y se propone denunciar todas las deformaciones y vicios humanos, en los que la participación de la mujer es relevante. De las 80 estampas que integran los Caprichos, en 48 de ellas la mujer es protagonista y, por tanto, culpable de los males que azotan a la sociedad y a los hombres. Igual que sus amigos ilustrados, Jovellanos, Moratín, etc., y desde la misma óptica que los artículos satíricos de El Censor, como señaló Helman (6), critica la subversión de los valores tradicionales y el proceso de deterioro y desenfreno operado en la sociedad española a finales del siglo XVIII.

Goya, como apuntó Sánchez Cantón (7), utilizará algunas imágenes de los dibujos del álbum de Sanlúcar en los Caprichos, transformando las sensaciones agradables de "Ellas" (mujeres), de los dibujos, en sátira moralizante de la mujer de su tiempo, en la colección de estampas. Goya pasa de dibujar a la mujer como la ve a dibujarla y grabarla como piensa que es. Así, el dibujo del álbum de Sanlúcar, "Mujer lavándose en una fuente", debe representar, como se ha dicho, a "Susana y los viejos", asunto bíblico interpretado por Goya con procaz ambigüedad. Esta imagen bellísima, desde el punto de vista artístico, no será utilizada por Goya en los Caprichos, que realiza con el fin de manifestar y corregir los vicios humanos y, especialmente, los femeninos. En el dibujo, los viejos -el de la derecha recuerda a Goya- miran con lascivia a la casta mujer, imagen no apta para mostrar, como persigue Goya en los Caprichos, a la mujer como símbolo de lujuria y perversión. También, otro dibujo del mismo álbum, "La duquesa de Alba teniendo en sus brazos a María de la Luz", que muestra el instinto y amor maternal de la mujer, por encima incluso de prejuicios raciales, tampoco será utilizada para los Caprichos. Este dibujo, como el poema de Manuel José Quintana, "A una negrita" (8), manifiesta la admiración hacia la duquesa por sus ideas y acciones altruistas. La belleza y la virtud femenina, temas inspiradores de los dibujos de Sanlúcar, de 1796, serán sustituidos por la maldad y la perversión en los Caprichos, de 1797-1798, pasando la mujer a ser objeto de la crítica despiadada de Goya.

Desde la mentalidad patriarcal de Goya, la completa libertad de conducta que reina en España a fines del siglo XVIII, necesita de una reforma urgente. Consecuentemente, el pintor se dispone a dibujar y grabar ejemplos aleccionadores. Parte, unas veces, de los dibujos de Sanlúcar y, otras, dibuja ex novo, sus imágenes gráficas, especie de representación muda, que manifiesta su sentido por medio de ademanes y expresiones, y destaca el carácter de cada personaje, no sólo por su rostro sino también por su vestido y conducta. Crea así una iconografía femenina personal, desbordante de vida y de verdad: la mujer de clase alta, de ademanes desenvueltos, en actitud de "despejo", paseando por el Prado, en los bailes de Carnaval, acompañada por su cortejo. Mujer que accede a los matrimonios por conveniencia para disfrutar de mayor libertad, huye de la maternidad y del cuidado de los hijos y, con frecuencia, comete adulterio. Esta mujer es la causa de otro mal social: los duelos. Este tipo femenino propicia un ambiente de frivolidad y de amor venal en la alta sociedad española, como refleja la estampa "El sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega" -título tomado de un pasaje de la "Sátira a Arnesto", de Jovellanos-. Tanto para el escritor como para Goya, el matrimonio para la mujer de clase alta es sólo una coartada para encubrir una vida disoluta de adulterio y depravación, consentida por un marido complaciente.

El tema de los matrimonios de conveniencia es tratado también por Moratín en tres de sus comedias: " El viejo y la niña", " El barón" y " El sí de las niñas". También Cadalso dedica dos de sus "Cartas marruecas", además de otras referencias ocasionales, a dicho asunto. En mi opinión, la diferencia, entre el mensaje de la estampa goyesca y el de los escritores, estriba en que éstos reivindican para la mujer su derecho a amar y elegir marido -así, Moratín resuelve el problema en " El sí de las niñas", su mejor comedia, de un modo feliz-, mientras que la estampa presenta el problema sin posible solución.

En la estampa antes citada, una mujer con la cara cubierta por un antifaz -éste indica, junto con el ademán de la joven que esconde la mano derecha, la falsedad y el engaño-, seguida de dos repugnantes dueños, da su mano izquierda a un hombre viejo y achacoso, que la conduce al pie del altar. En el fondo, multitud de gentes miran la nupcial pareja. Entre la masa humana, una figura masculina, en actitud agresiva, muestra su rebelión ante tal situación. Creo que Goya, como los caricaturistas ingleses, supera la crítica. literaria al no limitarse a denunciar los matrimonios de conveniencia y el papel de la mujer en esta costumbre perniciosa, y me sugiere, en su ambigüedad, que se trata de la familia real. El tema de los matrimonios de conveniencia ya había sido tratado por el pintor, en su aspecto social, en el cartón para tapiz de "La boda". En la estampa, la figura de la mujer enmascarada recuerda la del dibujo "Aguarda que venga". En ambos casos, las máscaras remiten a los bailes de Carnaval, organizados por primera vez por Aranda en el reinado de Carlos III, a los que María Luisa era tan aficionada, propicios para las relaciones extramatrimoniales. La figura que aparece en la estampa detrás de María Luisa podría ser Godoy. La explicación del manuscrito de la Biblioteca Nacional, al mencionar "una princesa con máscara", alienta esta posible interpretación. El mismo tipo de mujer aparece en la estampa "Nadie se conoce", escena de un baile de máscaras frecuentado por la propia reina y por las mujeres de la clase alta. Opino que Goya elige como objeto de su crítica a los reyes lo mismo que las caricaturas inglesas, de las que Moratín hijo escribe: "Jamás he visto más abatida la majestad que en las caricaturas inglesas" (9).

En "Tal para cual", encuentro en el paseo de María Luisa y Godoy, como indican los manuscritos de Ayala y de la Biblioteca Nacional, Goya introduce dos viejas celestinas para dejar claro que no es un encuentro casual ni inocente. Las celestinas, impresionante personaje literario, no ha tenido eco en el lenguaje gráfico hasta los Caprichos de Goya. Angulo señaló que la versión goyesca de la Celestina tiene un claro fondo literario: "La Celestina con su grotesca y repugnante fealdad, su maldad, su avaricia y su apergaminamiento, contrapuesto a la provocante opulencia de la bella, todo ello tan de acuerdo con la versión literaria y con el temperamento de Goya" (10).

La fuente del Capricho "Ruega por ella" es el dibujo del álbum de Madrid: "Sirvienta peinando a una joven", escena cotidiana del mundo femenino de clase alta, sorprendida en su intimidad por el ojo masculino. Goya transforma el significado al introducir la figura de una vieja horrible con rosario -abundancia de referencias literarias al rosario, como emblema de la profesión celestinesca-, al tiempo que opone fealdad a belleza y lozanía a decrepitud. La estampa goyesca ha sido interpretada como una escena del ámbito de la prostitución, como se deduce de las explicaciones de los manuscritos. Sin embargo, creo que la imagen ofrece una gran ambigüedad abierta a otras lecturas: los objetos de la escena y los vestidos de la joven indican un ambiente lujoso, así como la presencia de la sirvienta que la está peinando; incluso, la vieja con el rosario, podría ser la sirvienta de la casa de Alba, a la que llamaban la Beata, introducida por Goya para sugerir la vida licenciosa de la duquesa y de otras aristócratas.

En otras ocasiones, el pintor transforma los tipos iconográficos, como en la estampa "Bien tirada está", donde incorpora la vieja alcahueta -ausente del dibujo "Se pone las ligas", fuente artística de la escena de los Caprichos-, y cambia la bella imagen de la duquesa de Alba, estirándose la media, según identificaron Carderera e Yriarte (11), por la escena de una prostituta que se estira la media mientras escucha los consejos de la horrible celestina. El ambiente desangelado, el camastro al fondo y la actitud fatigada de la joven así como sus espaldas cargadas, reflejan la miseria del sector más humilde y marginado de la población femenina.

Escenas costumbristas, captadas en la estancia de Goya en Cádiz, sirven para narrar y documentar diversos aspectos de la prostitución (12). El dibujo "Vieja mendiga con una maja", sirve de fuente para el capricho "Dios la perdone... y era su madre". El artista elimina los galanes del dibujo para suprimir toda connotación amorosa e incorpora un bastón a la figura de la vieja para disminuir su aspecto celestinesco, y así convierte la escena en una denuncia del desarraigo y la falta de solidaridad de las prostitutas de postín.

Con el capricho "Bellos consejos", aborda el tema de las madres de clase media que actúan de alcahuetas de sus hijas, llevándolas a ciertos paseos y concurrencias, como explica el manuscrito de la Biblioteca Nacional. El punto de partida de esta imagen es el dibujo "Majas sentadas en el paseo", que pertenece a las últimas hojas del álbum A, "llenas de escenas bosquejadas en Andalucía" (13). Goya modifica el significado de la imagen en el dibujo y grabado de los Caprichos, al sustituir la joven con vestido negro, apenas esbozada en el dibujo del álbum A, por una mujer vieja y fea.

En otros caprichos, Goya trata el problema social de la prostitución en España de modo similar a Nicolás Fernández de Moratín en " El arte de las putas", escrito hacia 1769 y prohibido por la Inquisición en 1777, a pesar de lo cual alcanzó notable difusión y popularidad a través de copias manuscritas. Así, en "Mala noche", escena inspirada en el dibujo "Jesús qué aire", en el que unas mujeres intentan, con un gesto de pudor, mantener bajas las faldas para no dejar ver sus piernas, captación de una realidad vista por el pintor; en el capricho, las mujeres se convertirán en prostitutas callejeras del Madrid nocturno. En el dibujo, la escena tiene lugar de día y, al fondo, se perciben figuras masculinas que sufren también el vendaval; en el capricho, las únicas personas que permanecen en la calle, en una noche desapacible, son las pobres mujeres. Asimismo, en "Las rinde el sueño", "Pobrecitas", " Qual la descañonan", Goya muestra la miseria de las prostitutas callejeras como atenuante de su culpabilidad y, en oposición, la permisividad de la ley para las damas depravadas, como muestran otras estampas: "Ruega por ella", "Tal para cual", "Nadie se conoce", etc.

La mujer-bruja está en estrecha relación con prostitutas y celestinas y, con frecuencia, se relaciona la brujería con la lascivia en la obra goyesca. El reino de las brujas es el de la oscuridad en su doble sentido físico e intelectual. El tema del aprendizaje brujeril es recurrente en los Caprichos: las brujas viejas instruyen en prácticas lujuriosas a las jóvenes; otras veces, aparecen frotándose con un ungüento el cuerpo para volar al aquelarre; también, viejas brujas-alcahuetas preparan drogas abortivas. Superstición, ignorancia e inmoralidad son los rasgos característicos de este tipo iconográfico de los "Sueños" goyescos.

A finales del siglo XVIII, existía en España, como en otros países de Europa, una fascinación por el mundo de las brujas entre intelectuales, aristócratas y artistas. Goya pinta una serie de escenas de brujas para los duques de Osuna; y Moratín prepara una nueva edición de la "Relación riel Auto de Logroño", de 1610, con un comentario más burlesco que explicativo, publicada en 1797. Goya comentaría el texto con su amigo Moratín y decidió utilizar la misma materia prima desde su personal lenguaje gráfico y perspectiva. Los diez dibujos que el pintor denominó "Sueños", ilustran los poderes ole la magia y la hechicería -los "Sueños" de Quevedo fueron reeditados en 1726-.

En las escenas de brujería las protagonistas son mujeres: "Sopla", "Hilan delgado", "Mucho hay que chupar", "Obsequio al maestro". El sueño segundo: "Ensayo de brujas primerizas de primer vuelo y con temor se prueban para trabajar", se reducirá su título a la palabra "Ensayos" al servir de dibujo preparatorio para el Capricho número 60, subrayando lo absurdo y la sinrazón de estas prácticas.

La mujer-madre, es un tipo iconográfico tratado en la estampa "Si quebro el cántaro". Helman relacionó esta escena con una anécdota contada por el editor de El Censor, de algo que le sucedió al entrar en casa de cierto caballero amigo suyo, a quien en esta ocasión encontró fuera de sí, tan enojado con su hijo de 5 años, a causa de que el niño había hecho pedazos una taza de china, que apenas vio a su amigo (14). En la estampa, el padre ha sido sustituido por la madre enfurecida, que está pegando una paliza al niño con el zapato porque ha roto un cántaro. Creo que el cambio de sexo del protagonista del grabado es significativo de la óptica patriarcal de Goya. La madre es una mujer del pueblo, probablemente una lavandera, que está :lavando en el río ropa de familias acomodadas para lograr unas monedas con que mantener a su familia; mientras que el padre de la narración literaria es un burgués. Goya, desde una óptica machista, trata injustamente a esta mujer del pueblo, inculta y fatigada, a la que la sociedad exige que sepa educar y servir de ejemplo a su hijo. Asimismo, muestra, desde su perspectiva subjetiva e inspirándose en una escena callejera, el tema ilustrado de la equivocada educación de la infancia y refleja su misoginia al culpar a las mujeres de los defectos sociales.

El comportamiento de la madre es tratado también en "Que viene el coco". Dos niños se asustan y esconden entre los brazos de su madre, ante la proximidad de otra persona con el cuerpo y cabeza cubiertos por una sábana. Escena interpretada como sátira de la viciosa costumbre de atemorizar a los niños con personajes fantásticos para someterlos, siguiendo la explicación del manuscrito del Prado. En mi opinión, Goya critica el abuso funesto de la primera educación, aquella reservada a las madres, que fomenta en los niños el temor a lo que no existe. Pero también, esta imagen me sugiere otra lectura a nivel político e ideológico: la figura de la madre es una imagen bella, digna, serena, no deja vislumbrar una conducta viciosa, sino responsable al acoger y proteger a sus hijos. Por otra parte, difícilmente una madre después de atemorizar a sus hijos con el coco, podría abandonarlos para caer en brazos de su amante, como indican los manuscritos de Ayala y de la Biblioteca Nacional. La actitud de la madre me hace pensar que los intimida para que sean buenos y no cometan travesuras y que Goya ha podido querer plasmar la realidad política española. La madre podría ser una alegoría de la Monarquía, que protege a sus hijos del peligro de las ideas revolucionarias de la vecina. Francia. -Desde principios de 1790 se había prohibido la entrada de impresos franceses en España y, en 1791, se suspendieron todos los periódicos particulares. A pesar de estas medidas del gobierno, las noticias de la república se recibían y difundían clandestinamente-. El coco, hombre encubierto por una manta, podría aludir al modo con que el gobierno oculta las nuevas ideas francesas y asusta a sus hijos para que no cometan la travesura de alzarse contra el Antiguo Régimen.

Los manuscritos explican la estampa como crítica a lo erróneo de la educación por miedo. Sin embargo, los letreros de las estampas goyescas, como ya se ha apuntado, raras veces señalan directa y sencillamente el asunto, sino que, la mayor parte de las veces, condensan los diversos sentidos del grabado en una frase expresiva y complican su significación haciéndola más ambigua. Las características de esta imagen: dignidad de la figura femenina, el tratamiento de la luz que se proyecta sobre la espalda del "coco", el pecho de la madre y los rostros de los hijos, me inclinan a interpretar la figura de la madre como alegoría de la España ilustrada, que dirige su mirada, hacia la luz, símbolo de las ideas de libertad e igualdad importadas de Francia, y presentadas por la España tradicional como perniciosas. Goya, una vea. más, no ilustra una idea procedente del lenguaje escrito, sino que la transforma subjetivamente y la enriquece con nuevos contenidos expresivos y simbólicos.

 

NOTAS

(1) Jan Bialostocki, Estilo e iconografía. Contribución a una ciencia de las artes, Barcelona, Barral, 1972, p. 160.

(2) A. Béguin, L'âme romantique el le rêve, París, 1956, cit. por J. Bialostocki, op. cit., p. 166.

(3) Leandro Fernández de Moratín, Apuntaciones sueltas de Inglaterra, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 34.

(4) Véase el interesante ensayo de Carmen Martín Gaite, Usos amorosos del dieciocho en España, Madrid, Lumen, 1981.

(5) Me baso para el estudio de dibujos y grabados de Goya en la cronología dada por P. Gassier: Dibujos de Goya. Los Álbumes, Barcelona, Noguer, 1973.

(6) Edith Helman, Trasmundo de Goya, Madrid, Revista de Occidente, 1963.

(7) F. J. Sánchez Cantón, "Los dibujos del viaje de Sanlúcar", Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 1928, t. .36, p. 13.

(8) Conde de la Viñaza, Goya, su tiempo, su vida, sus obras, Madrid, 1887, pp. 53-54, comenta que Goya frecuentaba entre otras la tertulia de M. J. Quintana. Sobre la obra de este escritor, véase N. Glendinning, Historia de la Literatura Española, Barcelona, Ariel, 1973, p. 138. Sobre la negrita María Luz, consúltese P. Gassier, op. cit., p. 42.

(9) L. Fernández Moratín, op. cit., p. 34.

(10) D. Angulo fñiguez, "Murillo y Goya", en Goya, enero-junio 1979, p. 212.

(11) Primeros biógrafos de Goya que relacionaron los dibujos de Sanlúcar con la estancia de Goya en la finca de la duquesa de Alba e identificaron algunas de las figuras femeninas con la misma de Alba. Véase V. Carderera, "François Goya-sa vie, ses Dessins et ses Eaux-Fortexu, en Gazette des Beaux-Arts, VI, 1860, pp. 215-227; y Ch. Yriarte, Goya. Sa biographie, les fresques, les toiles, les tapisseries, les eaux-fortes et le catalogue de l'oeuvre, París, 1867.

(12) Tema tratado ampliamente en R. Alcalá Flecha, Matrimonio y prostitución en el arte de Goya, Universidad de Extremadura, 1984.

(13) P. Grassier, op. cit., p. 44.

(14) E. Helman, op. cit., p. 68.


ILUSTRACIONES

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