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Uno de los aspectos del arte contemporáneo en
que se encuentra una nueva y sugerente visión de la temática,
en parte tradicional y en parte nueva, es el de la imagen de la mujer.
Se trata de una temática que, si bien en ,principio no es patrimonio
de ninguna tendencia plástica en particular, incide con gran
fuerza en la vertiente figurativa del arte de vanguardia, ya que difícilmente
la abstracción, constructivismo o neoplasticismo, por ejemplo,
podían ser expresivas de tal cuestión. En ciertas tendencias vanguardistas o de prevanguardia
como el fauvismo, aunque existe una presencia del tema que nos ocupa
en versión en parte heredada del modernismo y en parte heredada
del primitivismo a que alude Mario de Micheli en su obra (1), como puede
verse en el Gran desnudo azul de Matisse, tal constancia no es
necesariamente novedosa desde el punto de vista iconográfico.
En movimientos de vanguardia como el cubismo, si nos atenemos a su fase
inicial más creativa como la que se ha denominado analítica,
el aspecto figurativo, aunque presente, queda en buena medida desvirtuado
por la compleja y obligatoria tarea por parte del espectador de reconstruir
la imagen. Es en el seno de dos tendencias de vanguardia, en el
expresionismo por una parte, y en el dadá y en el surrealismo
por otra, es donde sin duda por su propia índole se puede constatar
una mayor relevancia del aspecto figurativo de los temas en general,
y de la faceta femenina que es la que nos ocupa, en particular. Dejaremos
a un lado lo surreal por tratarse de por sí de un ámbito
suficientemente complejo como para exigir un tratamiento específico,
aunque citaremos a modo de ejemplo la obra de un gran pintor surrealista,
Max Ernst, que, en Die Schwankende Frau del Museo de Düsseldorf
(La mujer oscilante, 1923), representa un claro ejemplo de la
reducción al maniquí del cuerpo femenino, que ya antes
habían iniciado los pintores metafísicos Giorgio de Chirico
y Carlo Carrá. Al tiempo, los instrumentos que la rodean, los tubos
serpentiformes que salen de sus ojos, la posición en cruz de
sus brazos, sugieren la tortura, mientras la circularidad de los aparatos
del fondo evoca alguna suerte de moderna Santa Catalina con la rueda
del martirio. Nos encontramos por los indicios el tema de la agresión
y asesinato de la mujer, cultivado por los autores de la Neue Sachlickeit
incluso ya antes de que tal tendencia se formulara como tal y tomaran
múltiples préstamos del dadaísmo. Será en el expresionismo donde se darán con mayor incidencia algunos aspectos de la nueva imagen del mundo y, en consecuencia, de la mujer. Con las conocidas imágenes de E. L. Kirchner de Frauen auf der Strasse, Zwei Dirnen, etc., que representan el universo de la mujer mundana medio o del todo prostituta en el contexto de la metrópoli o gran ciudad, se va a implantar la imagen de lo sórdido, amargo y negativo como inherente a cierta femineidad.
La nueva objetividad De esta tendencia dice Karin Thomas: "... en la insobornable nitidez visual... deja al descubierto los múltiples estratos de la realidad... En la crítica satírico?corrosiva de estos realistas aparece el medio ambiente tecnificado como misantrópico campo vegetativo... En sus escenas de la gran ciudad, próximas a lo vulgar, nos hablan el miedo al vacío, el abandono del hombre inmerso en un paisaje en un mar de edificios. El dibujo caricaturesco se convierte consecuentemente en el medio expresivo adecuado para un lenguaje plástico socialmente comprometido, que hermana en sí el altruismo y la marga agresividad... A través de la diáfana estructura plástica debe quedar clara la inexpresiva fisonomía de un medio ambiente que equipara seres humanos y artefactos técnicos" (2). Pasaremos revista a continuación a aquellos géneros pictóricos cultivados desde esta perspectiva, en los que se pueda señalar alguna peculiaridad sobre la imagen de la mujer.
El retrato individual. El autorretrato Es frecuente la realización de retratos de mujeres
desde esta tendencia. Pero ya antes de la misma, en los preámbulos
de la evolución estilística expresionista, creemos que
se debe hacer mención de la obra de una autora que si bien en
lo estilístico no posee concordancia con los rasgos veristas,
sí en cambio está en la base de la evolución expresionista
alemana. Su truncada vida, pues murió a los treinta y tres años,
no le permitió dar otros pasos que los miembros de una generación
posterior pudieron recorrer. Se trata de Paula Modersohn-Becker. Figura adelantada de las artes en Alemania en el período
entre los siglos XIX y XX, hacia 1905 deja constancia en sus lienzos
además del propio, del rostro de diversas mujeres, muchas de
ellas campesinas anónimas a las que utiliza como modelo cuando
vive en la colonia artística de Worpswede cercana a Hamburgo.
En concreto, deja el retrato de Clara Rilke Westhoff; escultora y esposa
del escritor Rainer Maria Rilke, a quien asimismo retrata. Clara aparece
en una composición monumental muy del gusto de la autora en posición
frontal hasta el busto, llevando en la mano una rosa que muestra ante
el pecho. La pintora se autorretrata con frecuencia
en actitud similar, con una rama de camelia en la mano, o con frutos
(fig. 2). Por otro lado, el pintor Max Beckmann, que pertenece a la corriente a la que aquí nos referimos, ofrece un frecuente testimonio de efigies femeninas retratadas por él. Así, en Porträt einer Amenikanerin o Quappi in rosa (1932-1934), Colecci&oac | |||||||||