CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

LA BRUJA EN LA PINTURA ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX

Pilar Capelastegui Pérez-España

La imagen de la bruja como producto de la imaginación medieval, tiene su remoto origen y sus referencias iconológicas en ritos y personajes del mundo clásico. Su entrada en las artes plásticas no se hace efectiva hasta la Baja Edad Media, alcanzando entonces y en el Renacimiento su gran momento. Por otro lado, éstos son los períodos de apogeo de la brujería, tanto por el número de adeptos a su creencia como por los juicios condenatorios, de cuyas confesiones se elabora todo un corpus doctrinario, una mitología. Por otra parte, las representaciones renacentistas contribuirán en gran medida a debilitar la creencia, al promover la identificación con personajes míticos alejados de la realidad contemporánea. En este momento también se produce una gran revisión del pensamiento, inclinando a las clases superiores e incluso a algunos de los inquisidores a la incredulidad (1). Movimiento progresivo que culmina en el XVIII con la crítica racionalista y las estampas burlescas relativas a estos asuntos.

Por el momento, no hemos encontrado representación española alguna que ilustre esta temática en sus momentos culminantes, a pesar de la bien conocida afición palatina, en el siglo XVI, por ciertas escenas fantásticas relativas a la condena de vicios, que podrían haber estimulado a los pintores españoles a acometer estos asuntos. Esta inexistencia de imágenes brujeriles provoca dos tipos de respuesta: o bien la superstición estaba tan arraigada en nuestro país que impedía su representación plástica, como se le achaca a la Alta Edad Media, o bien el tema ha carecido del suficiente interés, dando lugar a una literatura satírica y burlesca, que no encontró eco en las artes visuales.

En cualquier caso, el tema surge en plena Ilustración de la mano de un grupo de escépticos, y aun sin tradición se prolonga a lo largo de todo el siglo XIX, variando el origen de sus fuentes, la intención de su difusión, así como el arquetipo utilizado. La cantidad y variedad de datos acumulados nos obligan a limitarnos hoy a exponer su evolución y tratamiento en la primera mitad del siglo, dejando para otra ocasión el estudio cronológico posterior, que está más ligado a fuentes literarias y folklóricas. Mientras que el influjo de la obra de Goya, así como la corriente romántica europea serán las pautas de su representación en las primeras cinco décadas, junto con un aspecto crítico muy acusado que desaparecerá completamente en años posteriores.

Las investigaciones llevadas a cabo por Edith Helman (2), sobre el ambiente literario de la Ilustración y su influencia en la obra de Goya, nos dan el punto de partida de esa temática en España. La reedición de la Relación del Auto de Fe... de Logroño, de 1610, anotada por Moratín, y la compra del Malleus malleficorum o "Martillo de las brujas" por Jovellanos en 1795, demuestran el interés por los temas de la brujería existente en los círculos que Goya frecuentaba. con un claro afán didáctico cuyo fin era la erradicación de las supersticiones. Sin ánimo de reiterar el sentido de la obra goyesca, tantas veces estudiada y analizada, y con el propósito de evitar en lo posible centrar el tema a su alrededor, vamos a ocuparnos primordialmente de aquellos que a partir de su desarrollo iconográfico reinterpretan estos asuntos. El análisis va dirigido en primer lugar a las causas que promovieron la representación de la brujería en las artes plásticas, y a la intención con que fueron realizadas, para concluir con el desarrollo iconológico del tema.

Los motivos que llevaron a algunos pintores románticos a representar escenas de brujería están directamente ligados a la obra de Goya, ya que la utilizaron como fuente de inspiración técnica y temáticamente. Podríamos suponer que fue la difusión de las estampas de Los Caprichos las que generaron la afición a los asuntos brujeriles, con la misma intención ilustrada. Sin embargo, uno de sus más directos seguidores, Leonardo Alenza (1807-1845), se inspirará más en los cuadros de gabinete de la Alameda de Osuna, tanto en su intención trivial y burlesca como en su carácter formal. Alenza no se ocupó demasiado de estos temas, limitándose a una representación esporádica que salpica sus dibujos, concluyendo dos de ellos con asuntos relativos a las actividades de las brujas, ninguno de los cuales procede de Los Caprichos. Un Aquelarre, directamente inspirado en el de la Alameda de Goya (3), que sin duda conoció y copió de memoria, resultando la imagen invertida. Y una escena en la que presenciamos a una bruja untando a otra en presencia de una tercera. Goya alude a la aplicación del ungüento en varios de sus caprichos (núms. 60 y 67), pero desde un aspecto cómico, sin la verosimilitud reflejada en el dibujo de Alenza, que choca por su aspecto costumbrista (fig. 1).

Eugenio Lucas (1817-1870), por el contrario, desarrolló el tema en multitud de composiciones, utilizando tanto tipos goyescos, como otros muchos de creación propia. Sus escenas, a menudo multitudianrias, en las que abundan seres voladores, dan la impresión de una opereta cómica, de una gran bufonada. Este aspecto teatral y humorístico está presente en Brujería en la caverna (fig. 2), Noche de brujas o El castigo de la lujuria (4). Demuestra tener preferencia por los ambientes cavernosos y tétricos, así como por las mesas de sacrificio o misas negras, como el óleo del Museo Lázaro Galdiano de Madrid (fig. 3), ausentes en la iconografía goyesca. Este óleo está muy probablemente inspirado en la Relación del Auto de fe... de Logroño de 1610, donde se narra una misa negra, aludiendo a la presencia del demonio, a un libro como misal, y a la ofrenda monetaria, o en especies por parte de las mujeres, tal y como lo vemos en el citado óleo. Buen conocedor de la obra del maestro aragonés se inspira tanto en Los Caprichos (5) como en Los Disparates y en las escenas de la Quinta del Sordo (6), copiando literalmente alguna de ellas. En 1855, Lucas fue el encargado de tasar estas pinturas murales, aunque paradójicamente no se sirve a menudo de ellas como fuente. En otras ocasiones mezcla personajes de varios caprichos con resultados muy efectistas (7), método que también empleó en otras composiciones con personajes de Velázquez. Los motivos que impulsan a Lucas a realizar este tipo de escenas de brujeria, coinciden con los de Goya cuando éste realiza los cuadros de gabinete para la Alameda de Osuna, es decir, temas decorativos, "colorísticos" -en Lucas románticos- de cierto carácter morboso que encontraban gran aceptación entre la clientela altoburguesa.

Otra de las causas que motivará el interés por la representación de asuntos de brujería, estará fundamentada en el uso de los textos literarios. La brujería como mito literario recorrerá todo el siglo, aumentando su grado de aceptación a lo largo de la segunda mitad del mismo, inspirándose en obras tanto clásicas (Cervantes, Shakespeare) como contemporáneas (Goethe), provocando aceleradamente su destino final dedicado casi exclusivamente a la ilustración de cuentos infantiles.

Carlos Luis de Ribera (1815-1891) dibujará a "La Cañizares" del Coloquio de los perros de Cervantes para la revista El Artista. Eligiendo el momento más "tolerado", en que "colgó la Cañizares el candil en la pared", en presencia del perro Berganza y de una escoba, que el pintor usa para conducir la imaginación del espectador. Mas el relato cervantino continúa: "y con mucha prisa, se desnudó hasta la camisa; y sacando de un rincón una olla vidriada, metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó desde los pies a la cabeza, que tenía sin toca". Tras esta operación quedará inmóvil, como muerta, y a la mañana siguiente el perro la morderá y despertará. La astucia que demuestra Cervantes en esta novela es admirable, ya que trata el tema de la brujería desde dos aspectos contrapuestos: por un lado, describe minuciosamente sus actividades como buen creyente, pero, por otro lado, da una visión racionalista del tema, mostrando que por medio del ungüento la bruja cree volar y asistir al aquelarre, siendo la droga que se aplica y la superestructura del pensamiento social la que le hace creer que ha sido un hecho real. Esta toma de contacto con el tema de la brujería, desligada de las imágenes goyescas, promoverá otro tipo de iconografía mucho menos descarnada que la goyesca, y de carácter más amable. En otras ocasiones, este pintor realiza óleos de tamaño reducido relativos a ciertas actividades brujeriles: Brujas azotando a unos niños, Preparándose para el aquelarre, o Bruja conducida al aquelarre, publicada en la Ilustración Española y Americana de 1875 (8), sin relación iconológica con la obra de Goya.

Otros dibujos litografiados en El Artista y ajenos a las estampas goyescas buscan la representación de figuras fantásticas provocadoras de temor, o en cierto modo inquietantes, como La pesadilla, de Federico de Madrazo; o La fantasma, que ilustra un cuento fantástico de Pedro de Madrazo: Yago Yasck o la fantasma, publicado en dicha revista. El cuento describe la aparición del personaje: "Arrojaba su cabello llamas, que alumbraban su rostro acardenalado y las llagas aún recientes de la garganta. (...) En cuanto al buen Cirilo, mucha impresión debió de hacerle la cabeza de las greñas..." (9). El pintor, por su parte, reproduce una cabeza de rostro joven y nada temible, con largos cabellos al viento, dentro de la iconografía clásica de la Medusa, pero sin el espanto que causan muchas de sus representaciones. La pesadilla se acerca más al arquetipo clásico de la bruja: huesuda, desgreñada y en actitud amenazante, dentro de un esquema compositivo que ya conocemos en Fuseli con obras de la misma temática. Carente de firma, pero con la sospecha de que se trata de otro dibujo de Federico de Madrazo, nos ofrece El Artista la litografía titulada Un brujo, después de haber leído un cuento de Hoffman. En él se resume toda la ironía con que se trataban estos asuntos en los círculos artísticos privilegiados en la España del Romanticismo. Un brujo frenético y furioso pretende trabajar a la vez que se dirige, con muy malos modales, a su criado acurrucado en el ángulo inferior izquierdo. Con este desgreñado y malencarado brujo el autor se burla no sólo de las representaciones brujeriles, sino también de los cuentos fantásticos que tienen su paradigma en E. T. A. Hoffman, aunque en El Artista se publicaron relatos de este tipo, de autores españoles: Zorrilla, Eugenio de Ochoa y Pedro de Madrazo, así como una sección titulada Supersticiones populares a cargo de J. Augusto de Ochoa, ocupada de denunciar la creencia en la existencia y actividades de las brujas "a pesar de vivir en medio del siglo XIX, siglo de ilustración e incredulidad" (10).

Pasamos ahora a exponer la intención que motivó a utilizar este tipo de iconografía, cuando ésta fue más allá de la ilustración literaria, o del motivo colorístico y trivial de un tema por todos conocido. De nuevo se inicia en Goya la utilización de los arquetipos brujeriles para ejercer un tipo de crítica, sea social o política, a partir de cuya obra distinguimos dos aspectos:

En primer lugar, la crítica a la Inquisición, todavía vigente en tiempos de Goya, y a pesar de ser definitivamente abolida en 1834, se seguirán representando condenados por pintores como Leonardo Alenza, Eugenio Lucas, o C. L. de Ribera. Ni que decir tiene que el tema de los encorozados tras su representación en Goya se establece como motivo pictórico, y aunque en sus seguidores románticos, aparente un asunto trasnochado, se evidencia una crítica al poder y, sobre todo, a la administración de justicia. Estas mismas causas harán retomar el tema de los condenados a final de siglo, sólo que desligado de la imagen de los encorozados y, por lo tanto de la brujería, en López Mezquita, Ramón Casas, etc.

La imagen de los encorozados es fundamental para la iconografía de los brujos(as) en España, puesto que representan, a los ojos de sus contemporáneos, la realidad que por sí mismos han contemplado. Los únicos brujos(as) reales han sido los condenados y ajusticiados por tales delitos. Goya así lo entiende cuando en uno de los cuadros de gabinete para la Alameda de Osuna, Brujos por el aire, presenta el vuelo de tres de ellos succionando un cuerpo desnudo, que van tocados por la coroza, o gorro de forma cónica que los identifica. En cuanto a las representaciones posteriores a Goya, vemos que recogen el mismo tipo en sus condenados, como los dibujos de Alenza de la Biblioteca Nacional, o los óleos de Lucas del Casón del Buen Retiro, en los que los condenados son exhibidos en su recorrido al cadalso como escarnio público. Esta imagen íntimamente ligada a la brujería va a permanecer a lo largo de esta primera mitad del siglo, identificándose inmediatamente el encorozado con los asuntos hechiceriles, aun cuando no esté vinculado a escenas condenatorias. De hecho, el tocado puntiagudo aún permanece en la imagen tradicional de la bruja de los relatos infantiles, teniendo su origen en la coroza de los ajusticiados.

El segundo punto lo ocupa la interpretación más utilizada por Goya y sus inmediatos seguidores, es decir, la figura de la bruja y sus actividades como sátira y mordaz crítica social. En Los caprichos, diecisiete estampas están utilizando el repertorio de actividades brujeriles, ampliamente conocido y difundido, para denunciar actitudes sociales y vicios muy arraigados, con el propósito de exponerlos, y promover su erradicación.

Esta misma intención es recogida por Eugenio Lucas, quien no se dirige sólo a la sociedad, sino también a sus gobernantes, ejerciendo una sátira política descarnada con fines revolucionarios.

Lucas critica a la sociedad retomando un tema goyesco, el de la perversión de las jóvenes debido a malas influencias, lo que provoca la pérdida de inocencia, que será un lugar común en el siglo XIX, tanto en literatura como en pintura. Plásticamente, el tema va a menudo ligado a la brujería como en la espeluznante estampa de Goya, Linda maestra. Lucas representa este tema celestinesco en La tentación: Lola (11), exponiendo un cuerpo desnudo muy iluminado que contrasta con las sombras que medio ocultan a la bruja o celestina y a seres voladores y animales varios que completan la escena. Este arquetipo "maestra?alumna" aparece también en pintores de otros países como el francés Queverdo (1748-1797) o el belga Wiertz (1806-1865) con la común imagen de una vieja bruja que ayuda a la joven a iniciarse en sus actividades, aprovechando la ocasión para ofrecernos un joven y seductor cuerpo desnudo (12).

En cuanto a la crítica política, en la obra de Eugenio Lucas encontramos títulos tan elocuentes como Alegoría del malgobierno (fig. 5), Apoteosis de la Revolución o Alegoría de la decadencia de España, Alegoría de las intrigas de Napoleón III y El trono y la Iglesia sobre cadáveres (13) (fig. 6). En las tres primeras, la figura alegórica se halla rodeada de seres voladores en un fondo indeterminado en el que se adivina la silueta del Palacio Real de Madrid. Estos seres alados están tomados de la iconografía brujeril, no faltando las alas de murciélago, cabezas aladas o la presencia del atributo más conocido: la escoba, sobre la que cabalgan algunos de sus personajes. La imagen de la brujería se adecua perfectamente a la intención luquense en la sátira política, en esa mezcla de sentimientos que produce, y que van de la risa al espanto. Lucas pertenecía desde 1843 a la Milicia nacional, y en 1854, a raíz de la Vicalvarada", vería exaltarse sus ánimos revolucionarios, como para acometer una obra tan osada, en un momento en que la opción política viraba repentina y drásticamente en España. Por otra parte, en 1851 es nombrado Pintor de Cámara, recibiendo en 1853 el honor de caballero de Carlos III, desapareciendo pronto su huella de palacio (14). Su irregular situación familiar junto a los óleos antes mencionados que no dudamos desagradarían en los ambientes palatinos provocaron su abandono o alejamiento forzoso.

En el inventario del Museo del Prado existe una serie de "cuadros" en blanco y negro, realizados sobre madera firmados con el nombre de Goya, pero la escasa calidad que ofrecen nos impiden dudar sobre la falsedad de esta autoría. (15). Representan una alegoría política relativa a la pérdida de poder de la monarquía, relatada en escenas sucesivas de cuya interpretación nos ocuparemos en otra ocasión. Ahora centramos la atención en el número 3843 del inventario del museo (fig. 7), extrayéndolo de la narración porque utiliza la iconografía brujeril en esta sátira política. Centra la composición una mujer enmascarada desnuda, que ve volar la corona alejándose de su cabeza. Está acompañada de un personaje que cabalga sobre una escoba, mientras le señala el lado izquierdo, allí donde penden los ahorcados. Por la derecha, aparecen una serie de brujas y demonios volando sobre escobas, junto a un militar y a su lado una bruja que va encorozada. Es decir, que se utiliza el repertorio de atributos brujeriles más conocido, en un ambiente similar al de las alegorías luquenses antes mencionadas. Es muy posible que la firma de Goya y la moda dieciochesca de algunos personajes pretendan distraer la autoría, así como el significado crítico a la política contemporánea, por temor a las terribles represalias de que fue testigo el inestable siglo XIX.

También como crítica política se empleará el tema de la brujería en las revistas satíricas del siglo XIX; como ejemplo citamos Guindilla, revista madrileña de los años 1842 y 1843, en la que bajo el enunciado de Crisis ministerial, aparecen viejas agitadas, portadoreas de los atributos que identifican a las brujas, la escoba, el fuelle, el caldero y el huso, haciendo referencia al gobierno del general Rodil, quien es apodado "Bobil" en esta publicación, y va acompañado de "Tía Ramona", que corresponde a la iconografía clásica de la bruja: vieja, fea, huesuda, con el pecho caído y mirada torva.

Utilizar la iconografía brujeril para denunciar actitudes sociales o políticas es una tendencia que aparece sólo en la primera mitad del siglo, ya que un ambiente ensoñador y de caricatura amable se apoderará de estas imágenes en las últimas décadas, propagando una imagen desvirtuada y carente de contenido crítico.

Con respecto a la evolución iconológica, comenzaremos por situar el arquetipo de la bruja, que procede de la imaginación medieval y fue difundido por medio de los tratados sobre la brujería y de las estampas renacentistas. En España la descripción más adecuada la encontramos en El coloquio de los perros cervantino, realizada a través del relato de Berganza: "larga más de siete pies; toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra, vellosa y curtida; con la barriga que era de badana se cubría las partes deshonestas, y aun le colgaba hasta la mitad de los muslos; las tetas semejaban dos vejigas de vaca, secas y arrugadas; denegridos los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada, desencajados los ojos, la cabeza desgreñada, las mejillas chupadas, angosta la garganta y los pechos sumidos". Esta descarnada visión de Cervantes no es la versión que nos ofrece Carlos Luis de Ribera en su dibujo (fig. 4), a pesar de haberse inspirado en dicho texto, encontrándola mucho más cercana a algunas representaciones de Los caprichos. En la obra de Goya se nos muestra toda la variedad tipológica de la bruja: desde mujeres jóvenes a viejas, ya vestidas como completamente desnudas, incluso híbridos mujer-animal, como en la Cocina de las brujas de la Alameda de Osuna, donde se representa el proceso de transformación en animales y su salida por la chimenea, cabalgando sobre escobas hacia el aquelarre. Este modo de abandonar la casa a través de la chimenea sobre la escoba aparece ya en Thomas Erastus, ilustrando un manual del siglo XVI, en Frans Francken y en Teniers (16). En España la imagen más aceptada será la del traslado al aquelarre volando sobre la escoba, como en el Capricho 68, Linda maestra, si bien Goya dota a alguno de sus personajes de autonomía de vuelo, con grandes alas tipo murciélago (Caprichos 64 y 66), o sirviéndose de la mantilla (Volaverunt): El pintor madrileño Eduardo Jimeno Canencia (1838-1868), recoge en un cuadro titulado Brujas las diferentes formas de vuelo, sobre la escoba, o sin necesidad de ella, en una escena humorística, carente de la "terribilitá" de las imágenes de Los Caprichos (17). Eugenio Lucas añade el atributo escoba a muchos de sus personajes, usándola algunos como montura (Aquelarre, Alegoría del malgobierno) y otros como símbolo a guisa de cetro (Alegoría del malgobierno, Apoteosis de la Revolución o Alegoría de la decadencia de España). Y con la misma simbología es utilizada por los personajes del anónimo del Museo del Prado (núm. 3843). En otra Escena de brujería anónima de la colección Sala, se continúa representando el tipo de la bruja desnuda sobre escoba, mientras otras que la rodean no la necesitan (18) (fig. 8). El caso de Carlos Luis de Ribera es singular dentro de la imagen española de bruja en vuelo, ya que su Bruja conducida al aquelarre cabalga sobre el cuello de un macho cabrío alado. Esta escena no encuentra precedentes en nuestra plástica, a no ser el dibujo de Goya Vuelo de brujas (19), sobre este animal, que no es alado, sino que de entre sus patas dos brujos le impulsan. Esta es, sin embargo, una de las representaciones más clásicas de la iconografía brujeril, y de hecho la más antigua, apareciendo en la puerta oeste de la catedral de Lyon, del siglo XIV, y reproduciéndose, entre otras, en las estampas de Baldung Grien y de Durero. Dato muy significativo del desdén que se sintió por ciertas imágenes de Goya en los ambientes académicos españoles, buscando raíces iconológicas en otros autores, mientras los románticos franceses no cesaban de inspirarse en tan copiosa fuente (20).

El macho cabrío no será un atributo muy utilizado en España, tan sólo preside los aquelarres de Goya en la Alameda de Osuna y en la Quinta del Sordo, así como los caprichos 47 y 60. Alenza le hará presidir su aquelarre, inspirado en el primero realizado por Goya, y no volverá a utilizarse dentro de esta iconografía.

El atributo que aparece con mayor frecuencia, tiene relación con la antropofagia y la fabricación de ungüentos, para lo cual era necesario la carne de niños o de ahorcados. Estos últimos aparecen en el capricho número 12, y en las alegorías políticas de Lucas (El trono y la Iglesia sobre cadáveres) así como en el ya mencionado anónimo político del museo del Prado. También en El brujo, publicado en El Artista, se elige un ahorcado y unos sapos como atributos identificativos. Por lo que se refiere a los niños, constituyen el elemento más utilizado por Goya para sus escenas de brujería, tanto en la versión amable de la Alameda de osuna como en la satírica de Los caprichos e incluso en la trágica de la Quinta del Sordo, si conseguimos olvidar la identificación con Saturno y las interpretaciones hasta ahora publicadas, nos hallamos ante una bruja desgreñada en actitud antropófaga, como nos sugieren los caprichos 44, 47, 69, y sobre todo el 45 (Mucho hay que chupar), así como en varios dibujos (21). También Lucas, en su Brujería en la caverna, presenta una figura de espaldas que lleva un niño en brazos hacia el interior de la cueva. Y C. L. de Ribera titula uno de sus óleos Brujas azotando a unos niños.

En la segunda mitad del siglo cobrarán importancia otros atributos como el caldero, que presidía los aquelarres renacentistas, y que resurge gracias a la importancia que adquirirán los mitos literarios de Macbeth y Fausto, en cuya escenografía es elemento imprescindible. Por otro lado, los vapores que emanan del caldero constituirán un elemento muy sugerente para la fantasía ensoñadora del momento finisecular.


NOTAS

(1) J. Caro Baroja, Las brujas y su mundo, Madrid, 1966, p. 161.

(2) E. Helman, Trasmundo de Goya, Madrid, 1963. Jovellanos y Goya, Madrid, 1970.

(3) Alenza, Aquelarre, dibujo a pluma, Biblioteca Nacional, Madrid. Barcia, núm. 2572.
Aplicación de ungüento, dibujo a pluma, Biblioteca Nacional, Madrid, Barcia, núm. 2531.

(4) Brujería en la caverna, O/T. 0,395X0,380, fdo. 1852, col. G.G.A., Madrid. Bibl., Arnaiz, Eugenio Lucas, 1981, núm. cat. 82.
Noche de brujas, O/T. 0,508 0 368, Wadsworth Atheneum, Hartford (Connecticut), U.S.A. Bibl., Arnaiz, núm. cat. 84. Gaya Nuño, La pintura española fuera de España, 1958. Núm. 1655.
El castigo de la lujuria, O/ T. 0,508 X 0,368, Wadsworth Atheneum, Hanford. Bibl., Arnaiz, núm. cat. 85. Gaya Nuño (1958), núm. 1654.

(5) Aquelarre, O/Hojalata, 0,355 X 0,255, Museo del Prado, Casón, núm. 1985-4418. Inspirado en el Capricho 72.
Aquelarre, O/T. 0,277X0,222, fdo. 1855, col. part., Madrid. Bibl., Arnaiz (1981), núm. cat. 167. Inspirado en el Capricho 64.

(6) Aquelarre sobre un árbol, O/L. 0,51 X0,41, fdo. 1852, col. part., Valencia. Bibl., Arnaiz, núm. cat. 166. Copia del Disparate ridículo. El chocolate de las brujas. O/L. 039 X 0,53. Col. A. Madrid. Bibl. Arnaiz (1981), núm. cat. 191. Inspirado en Viejas comiendo Gassier/Wilson (1974). N.° 1627 a.

(7) Escena de brujería, col. Garamendi, Madrid. Foto: Archivo Moreno, núm. 17.095/11.

(8) Brujas azotando a uno niños, 0 28 X 0,34 Catálogo Exposición Nacional de 1892, núm. 1009. Bibl., Pilar de Miguel, Carlos Luis de Ribera, 1983, núm. cat. 230.
Preparándose para el aquelarre, 0,29 X 0,24, Cat. Exp. Nac., 1892, núm. 1010. Bibl., P. de Miguel (1983), núm. cat. 231.
Bruja conducida al aquelarre, 0,275 X 0,255. La Ilustración Española y A., 1875, p. 417. Bibl., P. de Miguel (1983), pp. 69 y 133.

(9) Pedro de Madrazo, "Yago Yasck o la fantasma", El Artista, t. III, p. 58.

(10) J. Augusto de Ochoa, "Supersticiones populares", El Artista, t. II, p. 90.

(11) La tentación: Lola, fdo. Bibl., Arnaiz (1981), núm. cat. 192.
Gaya Nuño, El arte y los artistas españoles desde 1800. E. Lucas, 1948, p. 16. Lafuente Ferrari, Antecedentes, coincidencias e influencias del arte de Goya, 1947, p. 231.

(12) Queverdo, Salida hacia el Sabbat. Bibl., G. Givry, Le Musèe des sorcières. Mages el AIchimistes, París, 1929, p. 57.
A. Wiertz, La jeune sorcière, O/L. 2,20X 1,35, Bruselas, Musée Antoine Wiertz. Exposición: Les Sorcières, París, B.N., 1973, núm. 66.

(13) Alegoría del malgobierno, O/T. 0,525 X 0,395, fdo. 1854. Ex Col. M. G. Bibl., Arnaiz (1981), núm. cat. 157.
Apoteosis de la revolución o Alegoría de la decadencia de España, O/L. 0,78 X 1,07, Fdo. 1854. Col. Dr. Marañón, Madrid. Bibl., Arnaiz, núm. 151. Foto: Archivo Moreno, núm. 18.117/B (figura en col. Linares).
Alegoría de las intrigas de Napoleón III, O/L. Fdo. 1852. Col. A. E., Madrid. Bibl., Arnaiz (1981), núm. cat. 86.
El trono y la Iglesia sobre cadáveres, O/L. 0,65 X0,81. Bibl., Arnaiz (1981), núm. cat. 156.

(14) Pardo Canalis, "Eugenio Lucas y su mundo", Discurso en la recepción de la Academia ..., Madrid, 1976, p. 27.

(15) Números del inventario del Prado: 3971, 3972, 3749, 4090, 4091, 3750, 3843, 3751, 3752, procedentes del Legado Fernández Vallín.

(16) T. Erastus, Dialogues touchant le pouvoir des sorciéres et la punition qu'elles méritent, Géneve, 1579.
Frans Francken (1581?1642), Asamblea de brujas. O/L. Kunsthistorisches Museum, Viena.
Teniers (el viejo) (atribuido), Salida para el Sabbat. O/T. 0,53X0,73. Lille, Musée des Beaux Arts.

(17) Ossorio, Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, 1975, p. 353.

(18) Anónimo, Escena de brujería. O/L. Col. Emilio Sala, Madrid. Foto: Archivo Moreno, núm. 7.171 / B.

(19) Vuelo de brujas. Sanguina y lavis rojo. M. del Prado, núm. 116. Gassier/Wilson, Vida y obra de F. de Goya, 1974, núm. cat. 641.

(20) I. H. Lipschutz, Spanish Painting and the French Romantics, Cambridge (Mass.), 1972.

(21) Gassier-Wilson (1974), núms. cat. 625, 626, 635, 640, 1284, 1374, 1376 y 1379.