CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

LAS VIDRIERAS DE LA CATEDRAL DE LA LAGUNA

Alberto Darías Príncipe

El proyecto

El dictado de un cuerpo teórico sobre el que versen y se aúnen, ya de manera parcial, ya total, las vidrieras de un templo, es algo que ha existido, al menos, desde la misma Edad Media. Suger, a mediados del siglo XII, partiendo de los textos de Ruperto de Deutz, marcó la pauta para hacer las vidrieras de la Pasión de Saint-Denis. La unidad iconográfica se continuó y mejoró sobre todo desde el renacimiento (1) hasta nuestros días.

En el caso que nos ocupa, la nueva catedral lagunera, la redacción del texto base correrá a cargo del Cabildo. Consistió en una breve composición bajo el título "Proyecto de Combinación de imágenes en las cristaleras de los ventanales de la nueva catedral de Tenerife" (2). A través del manuscrito preparatorio hemos llegado a la conclusión de que el programa fue elaborado por don Luis Palahí, futuro deán de la diócesis.
La referencia que se hace en el título a la combinación de imágenes resulta francamente esclarecedora, pues en realidad se quiere dar cohesión al conjunto, por lo demás muy libre, a través de la presentación de los distintos personajes en relación con el templo. En este sentido, nunca se pensó recurrir a escenas de carácter sacro, bíblico o alegórico.

El programa es dividido en tres bloques temáticos que se presentaban al visitante, distribuidos en zonas concretas del templo:
1) Los protectores espirituales con los que ha contado la parroquia, primero, y después la catedral, se debían situar en el presbiterio y crucero.
2) A la labor cultural y de cristianización llevada a cabo por la religión en las Canarias occidentales se destinarían las vidrieras de las capillas.
3) El territorio que comprende la diócesis, así como los personajes que prepararon y lograron la creación del obispado y, como consecuencia, de su templo catedral, ocuparían los huecos de las naves.

El número de vanos con los que se contaba para el desarrollo del proyecto era el siguiente:
a) Siete en el ábside y dos en el crucero, además de dos lucernas góticas que, por necesidades de la obra, se abrían en los arranques del ábside.
b) Seis de las capillas, a base de una bífora neorrománica en cada una. sin embargo, hay que aclarar que su distribución es irregular. Además de los dos espacios que ocupan los accesos norte y sur, las tres primeras capillas del evangelio, al estar junto a las casas capitulares, deben permanecer ciegas. Por el contrario, el lado de la epístola cuenta con los cuatro huecos reglamentarios.
c) Por último, aprovechándose la referencia de altura entre las naves laterales y las capillas, se abre un medio punto por tramo, correspondiendo, ahora de forma paritaria, cinco por lado.

Preside el centro del ábside una trífora que, en sus tres comportamientos, ofrece una visión unitaria. Un Sagrado Corazón, en medio del rompimiento de gloria, se ve flanqueado a la derecha por el obispo Rey Redondo, con capa magna y en posición orante, mecenas que costeó de su patrimonio familiar una tercera parte de la catedral, retrato extraído del natural, a petición del Cabildo por su generosidad. Haciendo pendant un canónigo con hábito de coro en representación de dicho Cabildo. Debajo debían situarse las fechas de las obras, 1907-1912 (el edificio fue inaugurado en septiembre de 1913) (3). Las figuras orantes quedarían rematadas en su parte inferior por sus respectivos escudos. En el de Rey Redondo destacan, sobre todo, dos cuarteles, uno que recuerda la diócesis de donde procedía (fue canónigo de Toledo) por medio de la escena de la Imposición de la casulla de San Ildefonso; el otro que a través de la palmera alude a la diócesis Nivariense de la que fue titular. El escudo del Cabildo, más simple, ostenta un San Cristóbal, patrono y protector desde su fundación de la ciudad de La Laguna (en realidad su nombre completo es San Cristóbal de La Laguna), bajo corona real, dado que es territorio de realengo. Las iniciales S.F. sobre una espada y S.Y. sobre una rosa, se refieren a San Fernando Rey y Santa Isabel de Portugal, santos bajo cuyo patrocinio quedó la diócesis Nivariense cuando fue creada (4).

La razón de la presidencia del Sagrado Corazón se justifica porque la obra de la construción se puso bajo su tutela. a pesar de que el culto a esta advocación es aprobado por el papa Clemente XIII en 1765 y que será confirmado y exaltado por la casi totalidad de los pontífices romanos (5), van a ser los jesuitas los que propugnen su culto, a la vuelta de la reinstauración de la Compañía, a través de las misiones que desde finales de la centuria pasada comienzan a impartir en Canarias. No obstante, nos consta que desde principios del siglo XIX se intentaba insertar, tal como lo demuestra la inclusión, repetida, de la "Devotion au Sacre Coeur de Notre Seigneur Jesús-Christ" que posee la biblioteca de la catedral. La devoción de Rey Redondo, promotor sin duda de esta tutela, queda patente en su escudo de armas que ostenta, en su cuartel central, los corazones de Jesús y María.

La iconografía del Sagrado Corazón se ha caracterizado por su pobreza artística. Bien es verdad que el culto surge en el momento en que el arte religioso comienza a perder su fuerza creadora; pero, ya sea por eso, ya porque, en palabras de Rafael Hornedo, no ha existido una dirección teológica (6) o por la misma dificultad del tema, el resultado es que se presenta carente de imaginación.

Tomando este punto como matriz, se desarrolla el resto del programa. El siguiente puesto en preferencia corresponde a Ntra. Sra. de los Remedios, advocación que en principio (s. XVI) atendía a Santa María con la advocación especial de la Espectación (7). Le acompañan los dos patronos de; la diócesis, ya citados: San Fernando Rey y Santa Isabel de Portugal. Este copatronazgo tiene un doble significado: de una parte, la vinculación del territorio a la archidiócesis de Sevilla, al configurarse como obispado dependiente de la misma, y de otro se relaciona con los reyes que aprobaron la creación de la diócesis: Fernando VII, a través de su Real Auxiliatoria de 1819, y su esposa, la reina doña Isabel de Braganza.

En el costado izquierdo debía presidir al centro San Cristóbal, patrono principal de la ciudad, flanqueado por San Miguel Arcángel y San Juan Bautista,copatronos mayores de La Laguna. El patronazgo de San Cristóbal es el promigenio por cuanto el 25 de julio de 1495 tuvo lugar la batalla entre castellanos y guanches, cuya victoria significó para los conquistadores su asentamiento definitivo en la isla y la fundación, dos años después, de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna (8). Así consta en las Ordenanzas de Tenerife: "porque en este día se ganó esta isla i por ello esta ciudad se flama de Sant Christoval"(9). Caso similar resulta el patronazgo de San Miguel, advocación preferida por el conquistador y primer adelantado de la isla, Alonso Fernández de Lugo, por haber vencido a los aborígenes el día de su fiesta (10). El hecho de que la ciudad lagunera actuara, durante los primeros años de colonización, como centro de toda la organización isleña contribuyó a identificar a su patrono con el de Tenerife.

El copatronazgo de San Juan Bautista ofrece la otra variante para la elección de protectores, en la etapa posterior a la conquista. En 1582, como consecuencia de una epidemia de peste bubónica que asoló la ciudad, el Cabildo civil lo eligió como patrono y abogado de la peste, pero su conmemoración cayó pronto en el olvido (11).

Los cuatro ventanales siguientes, de trazado bastante más simple, son bíforas, semejantes a las otras dos que abrían el espacio del crucero. El inmediato al ventanal dedicado a la Virgen está cubierto con San Joaquín y Santa Ana, lógicamente unidos a los ciclos marianos. De hecho, se encontraban presentes en la primitiva fábrica, en torno a 1590, acompañando a la Virgen en la capilla de Ntra. Sra. de la Luz (12).

Figura del mismo modo unida al ciclo mariano es San José. En el segundo rompimiento de este ventanal aparecería San Antonio de Padua, incluido en este lugar por haberse puesto la obra de la nueva catedral bajo su protección.

Girando ahora al lado de San Cristóbal, se presentarían a San Pedro y San Pablo y, a continuación, San Plácido y San Roque, copatronos menores de la ciudad. Curiosamente San Roque, abogado de los apestados, no tiene en exclusiva, como veremos, la intercesión de esta enfermedad en La Laguna. En dicho centro se reconoce como patrón del gremio de mamposteros, de modo que en los libros de la ermita se inscriben los alarifes de la ciudad (13). El antiguo templo de los Remedios conservó hasta su demolición un altar en el trascoro dedicado a San Roque donde dos beneficiados celebraban su fiesta. Como consecuencia, será elegido como abogado en la erección de la catedral neogótica (14).

El copatronazgo de San Plácido debe relacionarse más bien con el azar. en 1607 la isla se verá invadida y esquilmada por una plaga de langosta africana. Con tal motivo los regidores del Cabildo se reúnen para elegir el santo que los protegiera del mal; de entre una serie de nombres escogidos al azar del santoral, San Plácido se constituiría en el defensor de los cultivos ante estas periódicas plagas, ostentando como contrapartida el copatronazgo, junto a San Roque (15).

Los evangelistas que se situarían en los vitrales del crucero vienen a ser el sucedáneo de una tradición, en este caso interrumpida, consistente en ubicarlos en los correspondientes pechinas del cimborrio.

De manera inexplicable, Palahí olvida las posibilidades que ofrecen los vanos del tambor de la cúpula, y más adelante, cuando se lleva a la práctica menciona para este lugar tan sólo la palabra "mosaico" (16).

El deán se vio en dificultades para completar el programa en las capillas. Intentó reflejar la cristianización y culturización del archipiélago, siempre de la mano de las órdenes religiosas, pero le sobraron huecos. Comenzó por los fundadores de las órdenes mayoritarias, San Francisco y Santo Domingo; siguió por las menos comunes, con San Agustín y San Ignacio de Loyola, para finalmente recurrir a congregaciones no históricas como la de San Vicente de Paúl, o femeninas, Bernardas, a pesar de que sólo existían dos conventos en las islas. Insistió en la idea cultural colocando a Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura como santos intelectuales, citándolos como Doctor Angélico y Doctor seráfico. En una última ventana dejó constancia de los personajes que tuvieron contactos directos con Canarias, a través de Pedro Bethencourt, fundador de la orden Bethlemita que, por lo demás, nunca pudo afincarse en Canarias, y originario del pueblo tinerfeño de Vilaflor, y el padre Claret, años antes misionero en las siete islas, cuyos religiosos habían fundado recientemente casa en Santa Cruz de Tenerife y en Las Palmas de Gran Canaria. Esta vidriera tiene la peculiaridad de que al ser estos dos personajes sólo Venerables -el primer paso en la consecución de la santidad- a la hora de representarlos no se podían adornar ni con ráfagas ni con claridades celestes, tal como lo disponía la Sagrada Congregación.

El tercer ciclo, exclusivamente heráldico, se disponía, como ya hemos comentado, en los medios puntos de las naves laterales. Dada su ubicación y el ángulo de la luz con dos tonalidades, brillante en la mitad superior y bastante más opaca en el tramo inferior, pareció lógico abandonar la línea iconográfica hasta aquí empleada, prefiriéndose los escudos que ocuparían la mitad superior, haciéndolos apoyar "sobre alguna base o ménsula de buen dibujo" (17).

Alternando de derecha a izquierda y desde el crucero a los pies del templo, figuraría en primer lugar la égida de la Santa Sede, con carácter de absoluta atemporalidad. De ahí que se suprimieran las armas del pontífice reinante, Pío X, disponiéndose tan sólo las dos llaves cruzadas con la tiara encima.

Le debía seguir en consideración el de España, pero sólo con castillos, leones y la granada, dado que la isla es conquistada por Castilla e incorporada a la Corona, cinco años después de Granada.

El escudo de la isla se situaría en el segundo rompimiento de la derecha. Sus armas coinciden con las de la ciudad, por cuanto La Laguna no se limitaba en principio a ser considerada capital de Tenerife sino la isla misma, al funcionar como centro religioso, político y administrativo (18). El escudo de armas, otorgado por la reina Juana en real Cédula dada en Madrid el 23 de marzo de 1510, contaba con los símbolos de Castilla y León, y San Miguel Arcángel dominando un volcán en erupción que representaba el Teide (19).

Sucede en importancia el escudo de la isla de La Palma, conquistada al igual que la isla de Tenerife por Alonso Fernández de Lugo, lo que explica su denominación, San Miguel de La Palma, y la aparición del arcángel en el escudo.

Con La Gomera nos enfrentamos ante un fenómeno más arcaico. Incorporada en el siglo XV y cedida como isla de señorío, cuando se traza este programa iconográfico no contaba aún con el escudo que confeccionaría Dacio V. Darías, por eso se le asigna el de los Pezara, señores de la isla. No hay referencia exacta al escudo pero suponemos que debieron recurrir al emblema más antiguo de la familia consistente en la estrella de oro de ocho puntas con fondo de gules y timbrado con la corona condal (20).

Parecida situación ofrece la representación de la isla del Hierro, que hoy en día se representa con los consabidos castillos y leones, y un árbol en recuerdo del garoé, el árbol sagrado que abastecía a los aborígenes de agua. Pero en 1911 se acudiría al emblema de los Herrera (que es el actual escudo de La Gomera), o sea dos calderas de oro al centro con sierpes a manera de asas y como bordura ocho calderas (21).

Por último, en los cuatro vanos más próximos a la fachada del templo debían aparecer las armas de cuatro familias, por este orden: Bencomo, Porlier, Nava Grimón y Guerra o Hernández Guerra. Son éstas las familias relacionadas con el establecimiento de la diócesis Nivariense y el enriquecimiento del antiguo templo de los Remedios. Así don Fernando de la Guerra "fue padre del proyecto", mediante el acopio de documentos necesarios para ello; con el mismo fin preparatorio colabora en la aplicación de la capilla mayor de la iglesia de los Remedios. D. Antonio Porlier, primer marqués de Bajamar y ministro de los reyes Carlos III y Carlos IV, estimuló los esfuerzos para la creación de la diócesis y desde su puesto prepara el ánimo de los reyes y consejos.

Los otros personajes pertenecen a la siguiente generación. Se trata de don Alonso Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado y los hermanos Bencomo, especialmente don Pedro, primer deán, y sobre todo don Cristóbal, arzobispo de Heraclea, quienes engalanaron la fábrica de su peculio. D. Cristóbal desde su puesto privilegiado junto al rey Fernando consiguió la Real Auxiliadora de 27 de agosto de 1819 que, con la Bula Apostólica de Pío VII de 1 de febrero del mismo año, permitía la segregación de estas islas del Obispado de Canarias.

El fracaso en la ejecución

Todo el entramado iconográfico quedó olvidado en su realización. Aunque el primer ciclo se mantuvo casi inalterable, el segundo sufrió fuertes modificaciones, mientras que el tercero no se llegó ni siquiera a colocar.

La vidriera principal perdió la grandiosidad proyectada, de forma que los personajes se acumulan al centro y Cristo cambia la glorificación del rompimiento de nubes por una visión más beatífica con un claustro románico al fondo. Por lo demás, toda la escena principal quedó empequeñecida en su conjunto en aras de una mayor exuberancia de las formas vegetales que decoraban su entorno. La fecha de 1912 quedó finalmente corregida, imprimiéndose la auténtica de 1913.

En la zona correspondiente al presbiterio-crucero sólo se constata un cambio: San Juan Bautista es trasladado a una de las ventanas secundarias de las capillas, quedando sustituido por Santiago el Mayor. Parece probable que se haya preferido tener presente el patronazgo español, hasta ese momento olvidado, que un copatronazgo postergado y sin mayor relevancia. De resto, se mantiene el orden preestablecido.

En cuanto a la representación iconográfica, la mayoría de las imágenes se representa con sus atributos convencionales. Así, las rosas de Santa Isabel, el hábito del peregrino de Santiago, el perro y la escudilla para San Roque, Santa Ana enseñando a leer a su hija y su esposo con el hábito de rabino y cayado, San Antonio con el niño en los brazos, la barca para San Pedro, etc.

Sin embargo, en las escenas que complementan la representación de los fondos, se podría aportar alguna novedad iconográfica. El caso más peculiar corresponde a la advocación que da título al templo: Ntra. Sra.. de los Remedios. El deán Palahí encarga que se reproduzca tal y como es la imagen que se venera, o sea manto y vestido de alto vuelo, rostrillo, niño en brazo izquierdo y corona para ambos, enviando para ello el necesario grabado. Pero el fabricante solicitará permiso para cambiar la representación puesto que "...no puede ser artística colocada y que seguramente producirá después crítica que recaerán sobre todo y muy especialmente sobre mi casa", añadiendo más adelante "Vd. ya sabe que estas imágenes, vestidas así por la ignorancia de otros tiempos no son artísticas y arquitectónicamente es imposible admitirlas". El problema radicaba en que las proporciones piramidales no encajaban en la perspectiva del vitral (22). La solución se encuentra en la adopción en la parte inferior del drapeado que ostenta la imagen tradicional del Pilar, respetando como recuerdo el rostrillo, la cara y la corona. Para vincularla a la advocación catedralicia se dibuja, como fondo, una ciudad junto a un lago, inequívoco símbolo lagunero.

El vitral de San Pablo recibe también un tratamiento peculiar. Su figura no ofrece novedad alguna (libro y espada), pero el escenario que lo rodea es poco habitual; se trata de una plaza de templos clásicos a su alrededor, en el friso de uno de ellos se halla la inscripción " Deo Ignoto", rememorando de este modo el discurso del Apóstol de los gentiles a los atenienses en el Areópago.

Con San Plácido ocurre algo parecido. Figuran como atributos personales el báculo, la mitra (propios de su categoría abacial), la palma. de su falso martirio y, como fondo, dos imágenes. A la derecha se representa un barco naufragando que hace referencia a su protectorado sobre los ahogados por el accidente sufrido por el santo en el lago Subiaco (23). La escena situada a la izquierda resulta más oscura; en ella aparece una ciudad medio derruida en llamas. La única interpretación posible surge al relacionarlo con su patronazgo de Mesina, ciudad varias veces destruida por los terremotos, siendo especialmente devastador el ocurrido escasos años antes de la ejecución de la vidriera y que concluyó con un pavoroso incendio.

Cuando se abre la capilla de los Remedios, las vidrieras de los evangelistas Juan y Mateo fueron trasladadas a la sacristía, quedando incompleto el conjunto del crucero.

En el ciclo de las capillas, transformado de raíz, no hallamos desarrollado programa alguno: el Pilar y San Rafael juntos, ¿quizá por una afinidad viajera? El Carmen y San Bernardo, ¿podrían relacionarse por el texto mariano del segundo? En otros casos no nos atrevemos a emitir hipótesis: San Sebastián y San Francisco, Santa Teresa y San Silverio. Incluso se dan situaciones de negligencia: por ejemplo, la imagen mariana de Guadalupe se exhibe con la advocación mejicana. La devoción guadalupana tiene en Canarias amplia tradición hasta el punto que figura como patrona de la isla de La Gomera pero sólo muy tardíamente la tradición iconográfica extremeña tuvo que competir con la hispanoamericana, quedando los patronazgos principales para la primera.

Los Venerables canarios de una de las capillas serán sustituidos por otros de más categoría: San Diego de Alcalá, fraile durante años del convento de Betancuria en Fuerteventura, acompañado del habitual manojo de rosas que caen del escapulario recogido, y el beato Ignacio de Acevedo. Este último porta la cruz del misionero al pecho y se apoya en un cuadro de la Virgen, evocando el regalo que Pío V le hizo al partir para Brasil. En este viaje la nave hizo escala en Tazacorte (isla de La Palma), siendo martirizado a la salida del puerto por el pirata francés Jacques de Sores que se dirigía a la isla de La Gomera. Por este motivo al grupo se le conoce con la denominación general de los mártires de Tazacorte (24).

Los medios puntos de las naves y los hasta ahora olvidados huecos del tambor de la cúpula debieron convertirse, por razones de índole económica, en lo que el catálogo de la fábrica denomina como "mosaico", o sea una composición no figurativa a base de formas geométricas.

Salvando los casos comentados, el programa iconográfico se desarraiga del contexto territorial en el que se desarrolla, sobre todo en lo que se refiere al segundo ciclo porque carecerá de la posibilidad, que sí tiene el primero, de colocar algún elemento anecdótico en el escenario o marco en el que se mueve la imagen, dado que los fondos son neutros y monocromos. Además el santo es adscrito al culto general sin tener en cuenta las peculiaridades regionales desarrolladas: así, a modo de ejemplo, San Roque figura como abogado de los apestados cuando, como vimos en el proyecto, debía relacionarse aquí con la construcción; San Juan no es recordado por los servicios prestados a la comunidad y San Miguel se representa de forma tan ambigua que en realidad es un San Jorge con alas. Esta tendencia se enmarca dentro del espíritu del Vaticano I de oponerse a toda diversificación de interpretación en el seno de la Iglesia, política que será continuada y pregonada por los siguientes pontífices y que será asimilada y puesta en práctica por los tinerfeños (25)


NOTAS

(1) Víctor Nieto Alcalde, La vidriera del Renacimiento en España, Instituto Diego Velázquez del C.S.I.C., Madrid, 1970, pp. 14 y 15.

(2) Archivo del Obispado de Tenerife: Legajos de la catedral. "Proyecto de Combinación de imágenes en las cristaleras de los ventanales de la catedral".

(3) Alberto Darías Príncipe, Arquitectura y arquitectos en las Canarias occidentales 1874-1931, Caja General de Ahorros de Canarias, Santa Cruz de Tenerife, 1985, p. 467.

(4) Este es el único vitral que conserva su proyecto de todos los que se enviaron a don Luis Palahí.

(5) Rafael María de Hornedo, "Algunas reflexiones histórico teológicas acerca del culto de las imágenes", en Arte Sacro y Concilio Vaticano II, Junta Nacional Asesora de Arte sacro Centro de Estudios e Investigación "San Isidoro" León, León, 1965, pp. 337 y 338.

(6) Ibid.

(7) Miguel Tarquis y Antonio Vizcaya, Documentos para la Historia del Arte en las islas Canarias, t. I, La Laguna, Cabildo Insular de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1959, pp. 13 y 14.

(8) Alejandro Ciorenescu, La Laguna. Guía histórica y monumental, La Laguna, 1965, pp. 211 y 212.

(9) José Peraza de Ayala, Las Ordenanzas de Tenerife y otros estudios para la historia municipal de Canarias, Aula de Cultura de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1976, p. 56.

(10) A. Cioranescu, ob. cit., p. 115.

(11) Idem, pp. 233 y 234.

(12) José Rodríguez Moure, Guía histórica de La Laguna, Instituto de estudios Canarios, La Laguna, 1935, p. 47.

(13) A.O.T., Libro de la Cofradía de San Roque, papeles por ordenar.

(14) J. Rodríguez Moure, ob. cit., pp. 37 y 38.

(15) A. Cianorescu, ob. cit., p. 234.

(16) A.O.T., Legajos de la catedral. Correspondencia comercial. Carta de La Veneciana de marzo de 1912.

(17) A.O.T., Legajos de la catedral. Proyecto de Combinación de imágenes...

(18) A. Cianorescu, ob. cit., p. 10.

(19) Idem, pp. 18 y 19.

(20) José Peraza de Ayala, "Casa de Peraza de Ayala", en Nobiliario de Canarias, t. III, Juan Régulo editor, La Laguna de Tenerife, 1959, p. 242.

(21) Elías Serra y Rafols "Casa de los condes de La Gomera", en Nobiliario de Canarias, t. III, Juan Régulo editor, La. Laguna de Tenerife, 1959, p. 176.

(22) A.O.T., Legajos de la catedral. Correspondencia comercial. Carta de La Veneciana del 4 de abril de 1913.

(23) Louis Reau, Iconographie de l'Art Chrétien, t. III, Presses Universitaires de France, París, 1959, pp. 1112 y 1113.

(24) Julián Escribano Garrido, Los jesuitas en Canarias 1566-1767, Facultad de Teología, Granada, 1987, pp. 90 a 93.

(25) Colección de alocuciones consistoriales, encíclicas y demás letras apostólicas citadas en la Encíclica y el Syllabus del 8 de diciembre de 1864, Imprenta de Tejado, Madrid, 1865.
León Carbonero y Sol, Crónica del Concilio Ecuménico del Vaticano, t. IV, Imprenta a cargo de don A. Pérez Dubull, Madrid, 1870.
No olvidemos tampoco la pugna que hasta finales del siglo XIX mantuvieron los obispos Nivarienses con su Cabildo Catedral para generalizar sus estatutos, apartándolos de las peculiaridades que poseía el Cabildo de la diócesis Canariense.