CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

EN TORNO A LA ICONOGRAFÍA DE LA ESCULTURA RELIGIOSA ESPAÑOLA TRAS EL CONCILIO VATICANO II

María Teresa González Vicario

A lo largo de nuestra historia la imagen religiosa ha ido evolucionando, adaptándose en cada época a las transformaciones artísticas que en ella se han producido. Como afirma Juan Plazaola: "La imagen es algo que vive en la Iglesia y con la Iglesia. No es un fósil. Debe ser nueva en cada época de la historia, como la Iglesia misma. Su fundamento esencial -la encarnación del Verbo- es algo perdurable, único y verdadero. Pero ella, la imagen del Verbo humanado, es algo que se transforma como la vida" (1).

La escultura del siglo XX, como es sabido, ha experimentado cambios fundamentales desde el punto de vista técnico y formal, consecuencia todo ello de la actividad de un conjunto de artistas que, apartándose de la figuración y del empleo de materiales y técnicas tradicionales, buscan nuevos caminos que conducen a la radical transformación de la escultura. Paralelamente, la imagen religiosa se va adaptando de manera paulatina a los cambios producidos en nuestro siglo, a través de un proceso lento y plagado de dificultades, citándose entre ellas las derivadas del rechazo de las nuevas corrientes artísticas por una parte del clero y de los fieles.

Con anterioridad al Concilio Vaticano II (1962-1965), la imagen se concebía, generalmente, desde el punto de vista técnico y formal según los cánones tradicionales. No? obstante, a partir de la celebración de dicho Concilio un nuevo horizonte se abre para el arte sacro, al ser éste, entre otros temas, materia de estudio, cuyas conclusiones están reflejadas en el capítulo VII de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, promulgada el día 5 de diciembre de 1963 (2). La Iglesia, sin rechazar la tradición figurativa, se abrió a las nuevas corrientes artísticas, a los nuevos materiales y técnicas, poniéndose de relieve, una vez más, la evolución del arte sacro a través del tiempo.

Resulta ostensible, tras la celebración de este Concilio, las transformaciones que se advierten en la decoración de los templos, destacándose de manera especial la disminución del número de imágenes y el establecimiento de un orden jerárquico. Conviene resaltar en este sentido las orientaciones dadas por el Concilio Vaticano II: "Manténgase firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles; con todo, que sean pocas en número y guarden entre ellas el debido orden, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano ni favorezcan una devoción menos ortodoxa" (3).

Como consecuencia de todo ello, los temas iconográficos han sido reducidos al Crucificado, la Virgen con el Niño -en ocasiones sola-, el santo titular de la iglesia y un vía crucis. La figura del Crucificado se destaca en el presbiterio, encontrándose en un lugar próximo la imagen de María como Madre entronizada o Virgen orante, con lo que se alude al papel de mediadora entre Dios y los hombres. Más alejado, algunas veces a los pies del templo o en el exterior del mismo, se encuentra la representación del santo titular de la iglesia.

El sagrario, el altar, la pila bautismal y el ambón suelen presentar temas relacionados con los sacramentos de la Eucaristía y Bautismo o con la palabra de Dios, empleándose para ello unos símbolos que ya fueron utilizados por los primeros cristianos en la decoración de las catacumbas. Las puertas o rejas del templo, los objetos litúrgicos y también los aparatos de iluminación muestran una variedad de motivos decorativos, algunos de ellos abstractos, destacándose en el conjunto de los mismos el símbolo de la cruz.

En la representación de estos temas iconográficos se siguen dos caminos distintos. El primero de ellos es el tradicional, de gran arraigo en nuestro país, en el que se evidencia, especialmente, la influencia de la escultura religiosa barroca, sin olvidar la de la época románica, gótica y renacentista.

El segundo camino, el innovador, al abrirse a las nuevas tendencias artísticas, implica el alejamiento de la realidad en mayor o menor grado y el empleo, generalmente, de los nuevos materiales y técnicas. Es este alejamiento de la realidad, que puede llegar a lo abstracto, lo que dificulta su lectura a una serie de personas, ocasionando, consiguientemente, el rechazo de las obras encuadradas en este marco innovador. Sin embargo, como afirma Ramón de Vargas, "el hombre en general, el pueblo llano, no comprende efectivamente el arte de vanguardia, pero no comprende tampoco el arte del Renacimiento, ni el Gótico, ni el Románico. Acepta las formas de arte pasadas simplemente porque le son familiares, de la misma forma que aceptará las actuales vanguardias cuando se habitúe a ellas. No debe preocuparnos, por tanto, el problema de la comprensión, porque no tiene influencia en la función final del arte sacro" (4).

Dentro de esta corriente innovadora, y ciñéndonos a los temas iconográficos actuales, referidos, como se dijo anteriormente, a la figura de Jesucristo, la Virgen María, el santo titular de la iglesia y un vía crucis, citaremos algunos ejemplos de la actual escultura religiosa, localizados en Madrid y su provincia.

En primer lugar, y en relación con el tema del Crucificado, destacaremos el realizado por Francisco López Hernández en madera de abedul con veladuras de óleo durante la década de los años sesenta. Esta obra (1,10 m.), de cuidada ejecución, se encuentra en el interior de la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, y en ella se advierte un marcado realismo, alejado del tradicional tratamiento que se ha dado a este tema, al quererse representar un ser humano actual, evitándose los atributos del Crucificado, si se hace excepción de los cuatro clavos que le unen a la cruz.

Dentro de una concepción realista, Carlos Ferreira ejecutó en bronce, en 1967, la figura de un Crucificado (2,00 m., aproximadamente) para el interior de la capilla del Hospital "Gregorio Marañón", de Madrid. Es una obra impresionantemente sobrecogedora, llena de interés, en la que destaca un descarnado rostro, de ojos hundidos, pómulos salientes, boca entreabierta y cabellos pegados a la cabeza, advirtiéndose en él cómo los acusados rasgos van perdiendo precisión hasta el extremo de sugerir la descomposición de la materia. Las manos y los pies han sido tratados con un evidente realismo; la marcada concavidad del vientre se acusa en el volumen de la figura, cubierta, a la altura de las caderas, por un paño que se ciñe a las mismas confundiéndose con el cuerpo.

Un planteamiento muy diferente de este tema es el que José Luis Sánchez sigue en el Crucificado que realizó en hierro forjado, en la década de los años sesenta, para la madrileña parroquia de Nuestra Señora del Tránsito. Es de grandes proporciones y ha sido concebido con una intencionalidad marcadamente expresionista, consiguiéndose una acusada esquematización a través de la simplificación formal, a la vez que se ha evitado lo curvilíneo en su anatomía, si se hace excepción del rehundimiento del vientre. La marcada rigidez y verticalismo de esta obra conduce a una metamorfosis que convierte el cuerpo de Jesucristo en el símbolo de la cruz.

Dentro de la representación del Crucificado, sería conveniente mencionar también el realizado por Joaquín Rubio Camín, en 1968, para la parroquia Hispanoamericana de la Merced, de Madrid. Forma parte de un retablo ejecutado en hierro (1.000 m.2), material procedente del desguace de un barco. En esta obra, ya estudiada en otro trabajo (5), se combinan con inteligente equilibrio lo figurativo y la abstracción, demostrándose una vez más que el arte sacro es perfectamente compatible con las nuevas tendencias artísticas, a las que se puede dar una intencionalidad simbólica con un contenido profundamente religioso.

Entre otros artistas es muy significativa también la aportación escultórica de Venancio Blanco. Luis Jiménez Martos afirma que en el conjunto de sus obras "una Cabeza de Cristo, en bronce, destaca entre ellas. Y se comprende porqué. Cristo aparece como vencido por el propio dolor; lo que en la iconografía tradicional es una corona de espinas, aquí recuerda el casco, terriblemente abollado, de un guerrero. La barbilla se clava en la base que sustenta la escultura; diríase que el cuello ha sido tronchado, y se ve un hueco. El rostro en penumbra anticipa la muerte, es ya la muerte" (6).

Muy variado también es el tratamiento que se da en la actualidad a la representación de la Virgen. Su culto, como es sabido, ha tenido un profundo arraigo en España, siendo numerosas las advocaciones marianas, por lo que, consecuentemente, la iconografía es muy abundante. Sin embargo, como señala Manuel Trens, se repiten dos claras constantes: "Remontándonos a las mismas fuentes de la iconografía mariana, hallamos constantemente dos tipos fundamentales de la representación de María: la Virgen orante y la Madre entronizada" (7).

En relación con su maternidad, Amadeo Gabino realizó una Virgen con el Niño en madera de pino en su color para el madrileño colegio de "Cuesta Blanca", en 1967. Se ha querido resaltar en esta obra el tema aludido con anterioridad, el de la maternidad de María, aunque evitándose ese dulzón sentimentalismo que se advierte en algunas representaciones marianas. Conscientemente, se ha prescindido del detalle, de lo secundario, resaltando en el conjunto un dinámico juego de ritmos curvilíneos, junto a una clara simplificación anatómica y la acertada valoración del volumen y del material que se ha empleado. Ambas figuras mantienen una estrecha comunicación, acentuada por el ondulante movimiento de los paños, lo cual produce el efecto de la fusión de los dos cuerpos en un solo volumen, destacándose en el conjunto las cabezas, cuyos rostros representan unos rasgos apenas esbozados.

El tema de la maternidad de María ha sido representado por José Luis Alonso Coomonte en una imagen de la Virgen (1,85 m.) que realizó en caoba de Guinea, en 1978, para la capilla de la Urbanización del Club de Golf de Madrid, en Las Matas. El volumen de la figura, de pulidas superficies, se flexiona para dar lugar a unas formas anatómicas, de mayor realismo en el rostro, pies y manos, proyectadas estas últimas en actitud de entrega. En torno a esas manos y sobre el vientre de la Virgen se destaca en negativo la huella de la figura del Niño Jesús, evocándose "la presencia en la ausencia", según palabras de Coomonte. La imagen tiene como base una media luna, a la vez que está rodeada por unas formas irregulares que recuerdan un halo luminoso.

Entre las diferentes advocaciones marianas, en la actualidad sería conveniente destacar la de Santa María Madre de la Iglesia (8). José Luis Sánchez hizo, en 1970, para la madrileña parroquia dedicada a esta misma advocación una imagen de la Virgen que ha sido ejecutada en cemento metalizado, material muy empleado por este escultor, en un tamaño algo mayor que el natural. La figura, concebida con acusado verticalismo y marcada frontalidad, presenta los brazos abiertos en una actitud que recuerda al Hijo crucificado, a la vez que extiende el manto en cuya superficie se ha representado un núcleo urbano, el de Carabanchel -barrio en el que está emplazado este templo parroquial- reconociéndose en la parte de la izquierda, dentro del conjunto de apretadas casas, el edificio de la parroquia. Bajo los brazos de María se lee la inscripción " + MATER ECCLESIAE", separando el cuerpo de la Virgen estas dos palabras. En la obra se ha pretendido simbolizar la idea de la comunidad parroquial, destacándose de manera especial la protección de María como mediadora entre Jesucristo y los hombres.

Bajo esta misma advocación, Fernando Cruz Solís realizó para la capilla del monasterio de la Concepción Jerónima de Madrid (El Goloso), en 1970, una imagen de la Virgen (2,30 m.), siguiendo en su concepción un criterio bastante alejado de la anterior interpretación de este tema mariano, no sólo desde el punto de vista formal sino también iconográfico. La estilizada figura de María, ejecutada en madera policromada con dibujos estofados de oro fino, se apoya sobre la bola del mundo que, a su vez, está sostenida por una media luna. El rostro, de modernos rasgos que le alejan de una clásica belleza, está enmarcado por el cabello dividido en dos bandas y anudado sobre el cuello, a la altura de la nuca, por un paño que cubre parte de la cabeza, rodeada por una corona de plata con doce estrellas. Un amplio manto y largas vestiduras se adaptan al cuerpo, ocasionando en algunas partes un voluminoso plegado. El pie derecho aplasta la serpiente que sostiene entre sus mandíbulas una manzana. Bajo la bola del mundo, separada de la figura de María por un espacio intermedio, se ha situado una barca (1,10 m. de ancho), símbolo de la salvación.

Una de las advocaciones marianas que ha sido representada con frecuencia es la referida a la Virgen del Carmen. En la cripta de la parroquia de Santa María del Monte Carmelo, de Madrid, presidiendo una pequeña capilla situada en el lateral izquierdo, se encuentra una imagen de la Virgen (2,10 m.) bajo esta advocación, ejecutada en piedra de Colmenar por Carlos Ferreira durante la década de los años sesenta. En esta obra se destaca el hermetismo de un volumen fusiforme, de abultadas superficies, junto al realismo del rostro y manos de María, que sostienen al Niño, contribuyendo a resaltar la forma oval del conjunto la disposición del manto de la Virgen, sobre el que se destaca el emblema del Carmelo. La forma de un ancla, que se hace visible solamente en su extremo superior e inferior, se funde en el volumen del cuerpo de María bajo sus vestiduras, simbolizando firmeza y tranquilidad, a la vez que transmite al ser humano la esperanza de su salvación. Según Juan Antonio Gaya Nuño, "todo en Carlos Ferreira marca una clara tendencia dirigida al misterio del ser, y, por esa suprema razón, es su escultura trascendentemente hermética tras la envolvente de su curva" (9).

Otro tema mariano de profundo arraigo popular es el de la Piedad, que ha sido tratado por Javier Clavo en un Descendimiento realizado en bronce (2,00x1,64 m.), en 1977, para la capilla de la Ciudad Social de Ancianos, de Las Rozas. Esta obra sobrecoge por la fuerza emocional que nos transmite la figura de María con su Hijo muerto entre los brazos. Un trágico expresionismo se desprende de las superficies de los cuerpos, ásperas y conscientemente inacabadas en unas zonas, reflejando la crueldad del martirio la figura de Jesucristo, mientras que en el terso rostro de su Madre, enmarcado por un voluminoso manto de ritmos ondulantes, se patentiza el dolor absoluto.

Refiriéndonos a las imágenes de los santos, sería conveniente indicar que, en la actualidad, al quedar reducida su representación a aquélla que es la del titular del templo, se puede llegar, muy posiblemente, a la paulatina desaparición de un considerable número de representaciones iconográficas. En tal sentido, José María de Azcárate señala lo siguiente: "Consecuentemente, si la desaparición de la imagen lleva emparejada la desaparición de su culto particular, es claro que muchos de los santos que en otro tiempo fueron populares desaparecerán de buena parte del gran capítulo de la imaginería religiosa" (10).

En el exterior de la parroquia de San Felipe y Santiago, de Madrid, se encuentra una representación de dichos santos, obra realizada por José Alfonso Cuní en 1964. En la ejecución de las dos figuras, ambas de tamaño mayor que el natural, se ha empleado gres a gran furgo en las carnaciones y hierro plegado a máquina y soldado (soldadura autógena) en las vestiduras. San Felipe porta una cruz formada por unos mosaicos vidriados en varios tonos rojos, entre los que se destacan unas teselas doradas, mientras que Santiago el Menor lleva un gran bastón. En el conjunto de la obra se advierte el predominio de las masa y la valoración de unos ritmos geométricos, en los que se quiebra el volumen de las figuras, ocasionando, consecuentemente, unas vigorosas formas que ponen de relieve la recia estructura de esta obra.

La fuerza expresiva de Pablo Serrano se pone de manifiesto una vez más en la escultura de San Francisco Javier, de tamaño mayor que el natural, realizada, en 1968., para el exterior de la madrileña parroquia dedicada a dicho santo. Esta obra, fundida en bronce, ha sido concebida dentro de un barroquismo marcadamente expresionista, resaltando en ella la idea de la evangelización. Desde el punto de vista iconográfico, este santo suele ser representado apretando el crucifijo sobre el pecho o entreabriendo las vestiduras para mostrar el corazón. En la presente obra, el símbolo de la cruz ha sido excavado a la altura del hundido pecho, sobre las vestiduras. Los brazos, terminados en vigorosas manos, reflejan el deseo de atraer a los fieles al describir un movimiento muy amplio y envolvente; la expresiva cabeza, de rasgos muy acusados, es proyectada por el cuello, y en el cuerpo, de macizo volumen, se advierte un predominio de formas cóncavas.

Otro escultor, Ramón Lapayese, es el autor de una imagen de San Carlos Borromeo, de tamaño mayor que el natural, situada en el vestíbulo del Hospital Clínico de Madrid, y realizada en madera durante la década de los años setenta, aproximadamente. Este santo, cardenal y arzobispo de Milán, ha sido representado de acuerdo con su dignidad eclesiástica, advirtiéndose en la ejecución de esta obra una clara simplificación formal. La cabeza aparece cubierta por una mitra, el brazo derecho sostiene un báculo, al mismo tiempo que sujeta sobre el pecho una cruz con una mano y muestra un libro en la otra.

Entre las diferentes representaciones de santos debidas a José Luis Sánchez, destacaremos una escultura de San Agustín (1,50 m.), emplazada en el exterior del Colegio Agustinianio del barrio de La Estrella, cercana a una de las paredes del edificio. La sedente figura del santo, realizada en bronce, en 1968, se levanta sobre una base de cemento, de proporciones cúbicas, en cuyo frente principal se aprecia una inscripción con el nombre de San Agustín. Como es habitual en este escultor, la obra manifiesta un marcado predominio de la masa, del volumen, junto a una acusada simplificación formal que llega incluso a la interpretación de las vestiduras. Las superficies, de tratamiento irregular, reflejan las rugosidades e imperfecciones del material sin pulir, junto a unas incisiones de distinta anchura y longitud. El santo ha sido representado en sus funciones de obispo, con mitra y portando un báculo en la mano derecha, a la vez que sostiene en la izquierda una de sus obras, "Confesiones". Sobre la superficie de este libro se destaca uno de los atributos habituales de San Agustín, un corazón en llamas atravesado por una o tres flechas, símbolo del amor y la ciencia.

Finalmente, en relación con las actuales interpretaciones del vía crucis, se percibe en ocasiones una clara intencionalidad renovadora, consecuencia de la postura adoptada por aquellos artistas que, alejándose de concepciones tradicionales, optan por unas soluciones, figurativas o abstractas, que pueden afectar en mayor o menor grado a la iconografía de los temas.

José Luis Alonso Coomonte realizó un vía crucis de hierro y hormigón, en 1970, para la madrileña parroquia de Nuestra Señora de las Nieves, en Mirasierra (11). Una irregular forma de hierro, cuyos laterales atraviesan estrechas varillas, enmarcan cada estación, apreciándose en su base el número correspondiente a cada una de ellas y el símbolo de la cruz. La cabeza de Jesucristo en distinta posición se repite en seis estaciones, sola o junto a la de María; la expresividad de unas manos que sujetan la cruz o se lavan en un recipiente, el paño de la Verónica o el dolor de tres rostros femeninos evocan el contenido de otras estaciones; parte de la túnica de Jesucristo junto a tres dados, la representación de los instrumentos de la Pasión, e, incluso, un sepulcro vacío se transforman en unos sencillos símbolos, de gran contenido dramático, que recuerdan aquellos momentos más significativos de la Pasión de Jesús, sin necesidad de acudir a todo el repertorio iconográfico que tradicionalmente acompaña a la representación de un vía crucis.

En este sentido, mayor simplificación se advierte en el que Mateo Tito realizó para la parroquia de San Ricardo, de Madrid, en 1971. Las estaciones, encerradas en un marco octogonal de aluminio, han sido ejecutadas en material acrílico, repitiéndose en casi todas ellas unas manos, de marcada fuerza emocional, que en diversas actitudes recuerdan con expresividad y dramatismo las diferentes escenas de la Pasión.

Dentro de esa tendencia renovadora en la interpretación del vía crucis, Roberto Laorga adopta una postura muy radicalizada al prescindir de la figuración en el que realizó, en 1968, para la capilla de los Mercedarios, emplazada en la urbanización "Los Peñascales" de Torrelodones (Madrid). Cada estación consta de una tabla de proporciones cuadradas, en la que se abren uno o dos profundos espacios rectangulares. Sobre cada tabla aparece el número indicativo de la estación junto a unas formas de hierro, acompañadas por una cruz de madera. Dichas formas, relacionadas con la serie de "Angulares" de Joaquín Rubio Camín, se rompen hasta transformar su originaria rigidez en una dinámica flexibilidad que da vida a lo geométrico, dotado en esta ocasión de un simbolismo religioso, evocador de la escena que cada estación representa.

De lo dicho anteriormente se deduce que el escultor, al interpretar un tema religioso, puede seguir en la actualidad una concepción tradicional desde el punto de vista técnico y formal, o preferir apartarse de la misma para buscar en las actuales corrientes artísticas la necesaria renovación del lenguaje escultórico dentro del arte sacro. Esta renovación lleva aparejada un alejamiento de la figuración en mayor o menor grado, a través de concepciones que implican una marcada estilización de las formas, en ocasiones apenas insinuadas, o, por el contrario, se llega a un riguroso predominio de la masa en obras que sorprenden por su monumentalidad, hieratismo y frontalidad, sin olvidar la expresividad y la fuerza emotiva derivadas de unas formas distorsionadas, de perfiles hirientes, descarnados, conscientemente inacabadas, o las posibilidades que entrañan las manifestaciones abstractas.

La labor del Concilio Vaticano II ha sido muy significativa en el desarrollo del arte sacro, al que abrió un nuevo horizonte al ser aceptadas por la Iglesia las corrientes artísticas actuales, lo cual supuso el reconocimiento de la obra de aquellos artistas que, con anterioridad a este Concilio, optaron por dichas corrientes.

Como se dijo anteriormente, tras el Concilio Vaticano II los temas iconográficos fueron reducidos a la representación del Crucificado, la Virgen con el Niño, el santo titular de la iglesia y un vía crucis. Aunque en la actualidad se sigue respetando la iconografía tradicional, se advierte, como se ha apuntado en algunas de las obras citadas, una tendencia a simplificar los atributos iconográficos que acompañan a la representación de determinadas imágenes, o a introducir algunas variantes en los mismos, en la medida en la que el escultor se siente condicionado por la concepción formal de la obra o la intencionalidad de la misma.

Resulta evidente que en el caso de las manifestaciones abstractas se prescinde de ese repertorio iconográfico tradicional, que el escultor sustituye por unos códigos muy subjetivos, cuya interpretación está en función de la sensibilidad de cada persona. Como señala Ramón de Vargas, "los artistas de vanguardia, al emplear un código nuevo desconocido, no intentan crear una Verdad diferente, sino aportar una creación nueva a la Creación; lo cual no perturba sino que, por el contrario, enriquece la existencia de la Verdad. Con su código el artista establece una "interpretación" personal. No afecta por tanto a la Verdad; afecta únicamente a la "interpretación de la Verdad" (12).


NOTAS

(1) J. Plazaola, S.I., El arte sacro actual, Madrid, B.A.C., 1965, p. 383.

(2) Véase, Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Documentos pontificios complementarios, Madrid, B.A.C., 1965, pp. 202-206.

(3) Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Documentos pontificios complementarios, op. cit., p. 204.

(4) R. Vargas, "Meditación iconográfica", ARA, 1977, núm. 51, p. 11.

(5) M. T. González Vicario, "Consideraciones en torno a la escultura religiosa contemporánea", Goya, 1986, núm. 191, pp. 284 y 285.

(6) L. Jiménez Martos, Venancio, Madrid, Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, 1978, p. 36.

(7) M. Trens, María. Iconografía de la Virgen en el arte español, Madrid, Plus Ultra, 1946, p. 13.

(8) El 21 de noviembre de 1964, en la clausura de la tercera etapa del Concilio Vaticano II, fue proclamada María como Madre de la Iglesia por S.S. Pablo VI. Véase: Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones, op. cit., pp. 793 y 794.

(9) J. A. Gaya Nuño, Escultura Española Contemporánea, Madrid, Guadarrama, 1957, p. 128.

(10) J. M. Azcárate, aEl Arte al servicio de las devociones del pueblo cristianos, en Arte Sacro y Concilio Vaticano II, León, Junta Nacional Asesora de Arte Sacro, 1964, p. 276.

(11) Este vía crucis fue repetido para la parroquia de San Pedro Bautista, en Alcorcón (Madrid).

(12) R. Vargas, art. cit., p. 14.


ILUSTRACIONES

LÁMINA 1 - LÁMINA 2