CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo II - 4. 1989
 

 

NUEVOS RETRATOS

Amalia Martínez Muñoz

Nuevos retratos

Es sabido que la capacidad fabuladora del hombre no es, en gran medida, sino un eficaz instrumento con el que conjurar temores, conquistar quimeras o sublimar deseos de amor y belleza. A la par, y como secreciones naturales de los relatos, el hombre crea un universo ¡cónico, trasunto visual de sus más íntimos anhelos y pasiones. Feliz síntesis de los mecanismos de aprehensión de la realidad a través de la palabra y la imagen, el cine vino a colmar con creces la insaciable necesidad del hombre de realizar -siquiera por la vía del ensueño- sus deseos más secretos. El cine inauguró un nuevo espacio mitogénico al tiempo que se convertía en principal fuente nutricia del imaginario colectivo. Se ganó así, muy merecidamente, el título de principal promotor de la moderna iconografía.

Dentro de la narrativa cinematográfica, surgió muy pronto un catálogo de arquetipos, femeninas y masculinos, como otras tantas formas de codificar el comportamiento de los protagonistas. Prototipos simbólicos que, como imágenes-fetiche, permanecerán, ya para siempre, ineludiblemente ligados a los actores que los encarnaron. La ingenuidad maltratada, el amor apasionado, la seducción artera y destructiva o la elegancia sofisticada e ingeniosa, tienen desde entonces nombre propio; bastará evocar a Mary Pickford, Rodolfo Valentino, Theda Bara o Gloria Swanson, para que la memoria reconstruya la imagen y sus atributos.

Durante mucho tiempo siguieron respetándose los estereotipos por su clara funcionalidad en la economía narrativa y, simultáneamente, en la representación de las convenciones sociales. La historia del cine está preñada de nombres que ilustran de forma soberbia la institucionalizada diferenciación de los roles sexuales. Aunque dispares entre sí, Gary Cooper, Clark Gable, Cary Grant y Humprey Bogart -por citar tan sólo angunos de los ya clásicos mitos de la pantalla- poseen un poderoso vínculo: todos ellos son conspicuos representantes de lo que tradicionalmente se ha entendido por masculinidad. Dominadores galantes y seductores, su comportamiento debía siempre participar de lo heroico para alcanzar una virilidad recompensada y confirmada con la conquista de la chica.

De otro lado, la imaginería femenina encierra un amplio listado de chicas buenas, esforzadas heroínas justamente recompensadas con el matrimonio -final feliz por excelencia-, y de eficientes mujeres domésticas -natural prolongación de las anteriores- encargadas de mantener el hogar a toda costa. Sus contrafiguras, las pérfidas seductoras, damas fascinantes que arremetían contra los valores establecidos, estaban abocadas a sufrir un castigo ejemplar, a no ser que el amor las redimiera oportunamente. Especialmente revelador de la rígida normativa impuesta en el diseño de los roles sexuales en el cine clásico, es el hecho de que los protagonistas de los más grandes mitos femeninos del celuloide, Ava Gadner, Greta Garbo, Marlene Dietrich o Marylin Monroe, acabarán siempre rendidas ante una masculinidad valerosa. De este modo no hacían sino safisfacer las expectativas de un público que proyectaba en esas damas sus necesidades de sublimar erotismo y amor a un mismo tiempo. Es necesario resaltar que la fuerza de todas las féminas, buenas o malas, su única fuerza, residía siempre en su capacidad para seducir al varón, y para ello contaban con una sola arma: la belleza. Al cabo, quedan así todas hermanadas.

La belleza de las protagonistas es un cebo para la mirada, pero su fin no es sólo imperativo, corona la puesta en escena del modelo, consolida su poder de sugestión, es corolario y premisa de la materialización de todo aquello que encarnan. La imagen de un rostro bello trafica con todos los valores con los que la tradición cultural lo ha ido significando. La belleza habla con una elocuencia aplastante, pero sobre todo, habla de aquello que se quiere oír: de ahí su poder incuestionable, la enorme potencialidad de su eficacia, lo que la convierte en requisito indispensable de la puesta en escena.

Tras los embates del feminismo y el ostensible crecimiento de la presencia femenina en la vida social -y a pesar de que siguen circulando las viejas recetas-, surge una nueva galería de retratos, personajes moldeados por los cambios habidos en la definición de los papeles sexuales. Irrumpe el prototipo de la mujer fuerte, activa e independiente -prerrogativas antaño exclusivas del varón-, a la vez que se perfila un tipo de hombre que seduce desde la sensibilidad y la ternura.

Pero si el varón ha perdido definitivamente la exclusividad en el dominio del mundo, el cine ha sido derrotado por la televisión en su papel hegemónico de narrador audiovisual. Las masas han perdido su devoción a la pantalla grande. Conquistadas por la ubícua pantalla chica, ésta sume hoy el protagonismo absoluto de la configuración y difusión de imágenes. En consecuencia, si queremos analizar esa lenta pero imparable metamorfosis en la representación diferencial de lo femenino y lo masculino, deberemos acercarnos a las producciones televisivas.

Cada vez son más frecuentes las series televisivas protagonizadas exclusivamente por mujeres cuyo comportamiento supone una auténtica mutación respecto a las viejas fórmulas. No vamos a detenernos ahora en ellas, nos ocuparemos de aquellas otras en las que comparten el liderazgo con un miembro del sexo contrario. Las series de parejas permiten de forma privilegiada observar los nuevos estilos de conducta diseñados para los héroes electrónicos. Se trata de relatos en los que un hombre y una mujer, compartiendo el protagonismo de unos mismos hechos, lo hacen desde posiciones casi polares, mientras en sus relaciones conjugan a la par competitividad y camaradería.

La colisión entre ambas personalidades da ocasión a agudizar las contradicciones entre formas antagónicas de entender la vida: femenina y masculina. Dicho en otros términos, la sensualidad y la intuición enfrentados al productivismo racionalista. Nada nuevo, si no fuera porque el choque se produce desde la inversión de los roles tradicionales. Es el personaje masculino el que posee una actitud dominada por la intuición y el devenir de los acontecimientos mientras la mujer, producto final de varias generaciones de feministas duras, se lanza apasionadamente a la conquista del mundo.

Dos series se nos presentan como productos modélicos de cuanto venimos exponiendo, ejemplos estelares que conquistan los primeros puestos en las listas sobre los niveles (le audiencia. Nos referimos a Remington Steele y Luz de luna. (Las apreciaciones que a continuación hacemos sobre estas series son válidas para los episodios emitidos por TVE entre octubre y noviembre de 1986 y en el invierno de 1987/88, respectivamente. En su reciente vuelta a la pantalla ambas producciones han derivado hacia unos presupuestos narrativos que guardan muy poca relación con los planteados entonces y que no sólo han dilapidado el interés y la calidad que les precedieron, sino que no resisten la aplicación de lo aquí expuesto.) Ambas comparten un mismo argumento, una enérgica y ambiciosa mujer crea una agencia de detectives privados, oficio que ejerce con la ayuda de un socio masculino. Los diferentes criterios de ambos respecto al modo de llevar los casos, toma la forma de un permanente litigio verbal que, resuelto en clave humorística, da lugar a continuos y cómicos enfrentamientos entre los protagonistas.

Pero definamos cuáles son los caracteres que conforman ambos prototipos. La personalidad de estas modernas mujeres pretende ser analítica y racionalizadora. Su postura ante la vida es reflexiva y lógica, intenta un acercamiento a los hechos impersonal y objetivo, extraen los datos de la realidad empírica y procuran dejar al margen la emotividad y las proyecciones personales. Los rasgos que las definen se ajustan perfectamente a lo genéricamente considerado como propio del rol masculino, tanto en lo que respecta a los datos caracterológicos como a las propias acciones y metas personales. Sin embargo, su feminidad está fuera de toda sospecha porque poseen, además, una estimable belleza, lo que las redime de tanto atributo sospechoso.

Las personalidades de sus compañeros de reparto se conforman casi como simétricas a las de ellas. Su visión del mundo posee un acentuado carácter mito-poético, irracional, desarticulado y marcado siempre por lo emotivo. Tienden a personalizar la realidad con la que se relacionan en términos subjetivos, instintivamente. Personalizan los acontecimientos a través de sus proyecciones particulares, y sus acciones están determinadas por impulsos no controlados: la intuición domina sin ambages a la razón. No poseen objetivos claramente definidos y su relación con el mundo está regida por un alto nivel de acomodación a las circunstancias. Sus metas y valores no hallan satisfacción a través de motivaciones de tipo profesional, sus ambiciones no se cifran en el logro de objetivos mediante el esfuerzo, ni parecen necesarias para su propia estima. Sin embargo, se muestran interesados en obtener la aceptación de las personas que los rodean, y buscan abiertamente la complementariedad de una relación amorosa (sus congéneres femeninas la rechazan considerándola un recorte a su libertad personal). Características todas ellas adscribibles a lo considerado genéricamente como propio de la psicología de la mujer.

Observamos en los protagonistas una perfecta inversión de roles en relación a lo que tradicionalmente se ha considerado como específico de la psicología de uno u otro sexo. Mientras el hombre ha sido siempre el genuino portador del pensamiento objetivo y analítico, se ha subrayado que la mujer se relaciona con la realidad guiada por percepciones emotivas (la famosa intuición femenina), y se ha considerado como irrevocable su inclinación a personalizar y subjetivizar. En estos relatos, por el contrario, advertimos en cada uno de los personajes una personalidad más cercana a las normas del estereotipo del sexo opuesto. La conceptualización de la mujer se ajusta al ideal masculino de la conquista prometeica de un mundo objetivado, mientras que el hombre se acomoda satisfecho a una realidad con la que, guste o no, hay que convivir.

Empero, esta inversión de roles no es sino pura apariencia. Existe un enmascaramiento de la presentación y vigencia de los clásicos valores sexuales, hábilmente transferidos a otras esferas de las que fácilmente, y sin darse cuenta, es el propio espectador el que las entresaca y aplica. Todo ello a través de un recurso narrativo ampliamente empleado en ambas series: la utilización de la cita fílmica, o lo que viene a ser lo mismo, el uso recurrente de la reencarnación -puntual y fragmentaria, pero reencarnación al fin y al cabo- de los viejos galanes, revestidos, además, con el prestigio y el encanto de la nostalgia. Se provoca así un continuo trasvase de los atributos y valores de los héroes cinematográficos a los televisivos y, aunque sea a través de la evocación de los otros, estos modernos héroes salen airosos de unas pruebas con las que su virilidad queda irrecusablemente demostrada.

Al cabo, todo parece quedar en un simple juego y el antagonismo de los personajes se revela como encubridor de una mutua y fuerte atracción, más aún, como elemento determinante de la seducción mutua; al final, la identidad entre hombre y mujer permanece inalterable. Pero no es tan sencillo. Inferir que todo sigue igual, sería una gran torpeza; la ruptura de fronteras entre lo diferenciador masculino y femenino es ya irreversible. Se ha roto la imagen uniforme de la mujer como ser dependiente del varón, mientras éste anda a la búsqueda de su imagen y sus emociones.

Verdad es que a través de la cita los personajes masculinos se resemantizan, quedan contextualizados en un referente que trasciende la concreción de la ficción desde la que operan, vinculándose a arquetipos que parecen totalmente periclitados. Pero es precisamente esto lo que les permite mostrar sin pudor sus flaquezas, al tiempo que indagan en la amable frivolidad de la moda y otros placeres femeninos: La cita fílmica se convierte en una forma de mediatizar las contradicciones entre lo viejo y lo nuevo; hábil artificio mediante el que se perfila el diseño de unos personajes que, lejos de perder su identidad masculina, la extraen de unos referentes nítidamente definidos, a la par que colman magníficamente las expectativas de destruirlos y renovarlos.

Si es cierto que la hegemonía del dominio masculino ha perdido legitimidad, haciendo urgente la aparición de nuevos modelos de comportamiento y una radical redefinición de las relaciones entre hombres y mujeres, la irrupción de unas nuevas formas nunca supuso la inmediata abolición de las que les precedieron. Podemos concluir que estos nuevos retratos constituyen un modelo ejemplar de ese sincretismo entre tradición y modernidad que constituye uno de los rasgos definitorios de cualquier período de cambio. La batalla que sustentan estos nuevos héroes televisivos no es ya el enfrentamiento entre hombre y mujer, mucho menos se trata de una mecánica inversión de los papeles tradicionales, es la más sutil y compleja pugna entre lo nuevo y lo viejo que habita en cada uno de ellos.


ILUSTRACIONES

LÁMINA 1 - LÁMINA 2