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Tuvo el pintor Zabaleta su época,
que pasó rápidamente. Hay que suponer que volverá
con aquel peso de lo definitivo, lo opinable pero ya nunca arrinconable,
que es propio de cuantos valores poseen alguna forma de perdurabilidad
clásica. Mientras tanto, un espeso silencio,
que se rompió ocasionalmente por la conmemoración del
XXV aniversario de su muerte: pretexto para que le descubriesen las
nuevas generaciones. Será preciso aguardar más. Estos fenómenos de "purgatorio",
de que pocos se libran -y no sabemos si para su bien-, no bastan para
justificar el desplome de Rafael Zabaleta en el olvido. Su marginación
por las nuevas corrientes pictóricas, él que había
sido un adelantado, ¿no será acaso paralela a una incomprensión
más honda hacia el hontanar de su arte? Es decir, ¿no
significará una perplejidad frente a las raíces de lo
andaluz cuando huye del flamenquismo y de la juerga, haciéndose
grave, trascendente, calladamente trágico? Porque así
son los hombres y mujeres que pinta Zabaleta. Cuando una interpretación semejante
de la humanidad nos llega de procedencia más norteña,
en cambio, es aceptada y admirada. Ahí está el sólido
prestigio de Gutiérrez Solana, cuya cosmovisión -no así
la estética- difiere poco de Zabaleta. Se admiten la adustez,
la dureza, la miseria de sus gentes castellanas o cántabras.
Las piezas encajan en el modelo de rompecabezas que circula generalmente.
Pero aquellos mismos rasgos psicosociales aplicados al ámbito
andaluz incomodan o desconciertan como pieza procedente de un rompecabezas
muy diferente: no parecen estar en su sitio. Sobran. La incomprensión hacia Rafael Zabaleta puede ser un aspecto más de la incomprensión que aqueja -no el menor de sus males- a la propia Andalucía.
Andalucía desde dentro Ni postal de colorines, ni mantón de Manila,
ni caña de manzanilla. Hay que escrutar Andalucía desde
dentro y se advertirán unos factores asfixiantes, una falta de
perspectivas económicas, sociales y espirituales, un abandono
secular imputable a factores exógenos, pero no sólo exógenos...
Ha escrito Cesáreo Rodríguez Aguilera, refiriéndose
precisamente a su entrañable Rafael Zabaleta: "Tú
afirmabas que el problema andaluz no tiene solución porque se
trata de un pueblo demasiado sabio que no quiere resolver nada"
(1). Tremendo diagnóstico: no querer resolver nada.
Dejación. Visceral desengaño. Indiferencia suicida. No opinamos. Quede este pesimismo entre andaluces, y
más concretamente aquí entre quesadeños. Sin embargo,
no dejará de preocupar a ningún compatriota que les ame. Vale, para nuestros efectos, esa impresión de
encerramiento que experimentan en su natal Quesada tanto Zabaleta como
Rodríguez Aguilera, aunque acaso sea más imperiosa en
este último, que escapará definitivamente y hará
de España su horizonte. Zabaleta, en cambio, permanece más
vinculado a Quesada: sale de ella esporádicamente, pero regresa
siempre. No se desenraíza. Aquella limitación geográfica le centra
en la temática del hombre quesadeño y su entorno natural,
con escasas incursiones a otros ángulos de la vida: es decir,
no le deja otra salida que el ahondamiento. Su escapada es hacia el
fondo. Un pintor cosmopolita se dispersa en situaciones, figuras
y paisajes cambiantes. Le amenaza una irrupción de exterioridades,
que puede ser espectacular e incluso valiosa. Rubens sería un
prototipo de esta actitud alterada -en el sentido orteguiano del término-,
vertida hacia fuera, distraída, fascinada por la diversidad.
Zurbarán, en sus antípodas, la quietud introvertida, la
serenidad en silencio. Zabaleta, como éste, que no puede trabajar
en extensión, lo hace en profundidad. Su empeño no puede
ser abarcar mucho, sino llegar a lo más acendrado del mundo que
le rodea. Se ha establecido una identificación plena entre
pueblo, naturaleza y artista. En todo comulgan. Los mismos cielos, las
mismas preocupaciones, las mismas rutinas, la misma desesperanza. Aunque
lo hubiera pretendido, Zabaleta no hubiera logrado sustraerse a la atmósfera
densa, casi pastosa y adherente, del pequeño lugar con sus no
menos pequeños, pero perpetuos, condicionamientos. Es fiel a
ellos porque los está respirando. Porque él mismo es fruto
de ellos: ha nacido, crecido y vivido por ellos. De ahí su capacidad
para calar en lo más hondo, difícilmente asequible, por
el contrario, al artista -aunque sea un gran artista- que :llega de
paso, planta su caballete y ejecuta unas cuantas obras, acaso maravillosas.
Éste será, fatalmente, un "impresionista": habrá
captado, a lo sumo, una serie de impresiones. Como tales, huidizas y
quién sabe si casuales. Por suerte o por sensibilidad, dichas
impresiones a veces resultan reveladoras, pistas veraces hacia la entraña
de lo real. Indicios. Síntomas. Pero nunca la inextricable imbricación
del hombre con lo que pinta: hasta llegar a plantearnos la cuestión
-más filosófica que técnica- sobre hasta dónde
llega él, con su voluntad de pintor, o dónde se le ha
colado dentro el latido de la existencia. Lo cual va a permitir que
realidades de suyo no visibles adquieran presencia pictórica. No debe haber otro modo de comprender, sentir ni pintar
a Andalucía desde dentro. Ni a nada. Sólo la entrega del
hombre total -que tiene mucho de oblación- le sitúa en
el quemante foco de "cierta" verdad recóndita. Algunos factores de la estética de Rafael Zabaleta Así planteada la actividad de Rafael Zabaleta,
se hace más discutible que nunca aislar corno estéticos
algunos factores de su arte. Cualquiera de ellos trae jirones de vida.
Este esquema, por tanto, no es más que convencional y provisional
(cualquiera que piense otra cosa de sus personales esquemas es un encantador
ingenuo que merece unos caramelitos, pero es menos seguro que merezca
ser leído). a) Un componente hórrido, postsolanesco, que
recoge con preferencia cuanto hay de pobreza, desamparo y desesperanza
(por ejemplo, "Nocturno"). Todo ello, así: enunciado, no dice nada; mientras que Rafael Zabaleta en su pintura ha dicho muchísimo. Es preciso afilar más los torpes instrumentos verbales para aproximarse a la rica significación de esta pintura.
La tierra, gran protagonista Quesada, un pedazo de tierra. Un hoyo olvidado de la
geografía española. Una aburrida madriguera, donde los
espíritus más vivaces sólo desean escapar. ¿Por ventura nada más? Un lugar donde
hombres y mujeres viven desde siempre. Trabajan, penan, aman, se consumen.
Ellos no han salido nunca o casi nunca. Se han mimetizado con el paisaje.
Ellos mismos son paisaje. ¿De dónde las clasificaciones
escolares? "Este lienzo es un paisaje. Aquél, una figura..." Pinta Zabaleta lo más primario, que es lo más auténtico: esta tierra, estos hombres de la tierra. No es literatura afirmar de ellos que son "hijos de la tierra", hechos a su imagen y semejanza. Uno de los símbolos universales es precisamente la tierra en cuanto madre: dadora de vida y por ello mismo de sentido. Sólo la fatuidad del ciudadano puede haber deslizado matices desdeñosos en lo que opine del campesino. Le contradice la tradición unánime de la humanidad el hombre ha nacido de la tierra y por ello el hombre que permanece afín a ella, que no ha roto sus íntimas relaciones con los valores telúricos, es mucho más auténtico. También más sano, más próximo a la realidad y a su propio sentido en la creación. El ahondamiento de Zabaleta, mediante su insistencia
en estos temas, respecto de los tipos de su pueblo es una paciente pesquisa
hacia la esencialidad. Esos rostros terrosos, cruzados por arrugas como
surcos, son la hominización de la madre-tierra: el testimonio
de nuestros orígenes. De ahí venimos. Y, a la postre,
ahí volveremos: el anciano, aunque sea un anciano de ciudad,
va haciéndose cada vez más terroso, más arrugado,
en la medida que avanza hacia la muerte. ¡La muerte!, evento innombrable
para el sujeto-consumista, pero que no es sino una armoniosa reintegración
a y en la madre común. Reintegración anunciada por la
evolución fisiológica, pero que -coquetos o estúpidos-
nos resistimos a reconocer. Tenemos a nuestro pintor, pues, ahincado en los orígenes.
Buena opción para su empeño de ahondamiento. Decir que
le interesa lo popular queda muy pobre: no le interesa, sino que le
afecta, le con-mueve. Pero en unos términos de sosiego y de acuerdo
que son los propios de quien vive precisamente en un ámbito natural,
en el suyo. Algo así había percibido Gabriel Ferrater:
"Nada muestra mejor, y de modo más simpático, que
la actitud de Zabaleta ante el mundo y ante su pintura (o, mejor, ante
la relación de su pintura con el mundo es una actitud de confianza,
que el parecido de sus cuadros con los productos del arte popular campesino..."
"Un deseo de conciliación, por lo menos con los miembros
de nuestra sociedad a los que podemos suponer menos corrompidos por
la vileza de las formas visuales que imperan en la vida cotidiana, desde
hace un siglo y medio" (2). También Octavio Paz ha escrito páginas
sagaces, y no sólo bellas, sobre el arte popular: "Hecho
con las manos, el objeto artesanal guarda impresas, real o metafóricamente,
las huellas digitales del que lo hizo. Esas huellas no son la firma
del artista, no son un nombre; tampoco son una marca. Son más
bien una señal: la cicatriz casi borrada que conmemora la fraternidad
original de los hombres. Hecho por las manos, el objeto artesanal está
hecho para las manos: no sólo lo podemos ver, sino que lo podemos
palpar" (3). Ante el "Bodegón" donde reina sobre
las demás cosas el orondo botijo, Zabaleta nos hace volver a
Octavio Paz: "Vasija de barro cocido: no la pongas en la vitrina
de los objetos raros. Haría un mal papel. Su belleza está
aliada al líquido que contiene y a la sed que apaga. Su belleza
es corporal: la veo, la toco, la huelo, la oigo. Si está vacía,
hay que llenarla; si está llena, hay que vaciarla. La tomo por
el asa torneada como a una mujer por el brazo, la alzo, la inclino sobre
un jarro en el que vierto leche o pulque -líquidos lunares que
abren y cierran las puertas del amanecer y el anochecer, el despertar
y el dormir. No es un objeto para contemplar, sino para dar a beber"
(4). En la pintura de Zabaleta, la referencia telúrica
es más o menos aparente, pero sería extraño que
faltase. El segundo de los textos citados de Octavio Paz expresa cómo
esos objetos de barro (=tierra) hechos por manos anónimas, todavía
neolíticas, trasladan unos valores de vida: precisamente, la
vida más inmediata (¡beber, tocar!) y menos intelectualizable,
esto es, desfigurable. Inmerso en la tierra, inmerso en la vida, es coherente
que se fije en los seres animados que acompañan al hombre en
la naturaleza. Reducción edénica de la sierra de Cazorla Alejándose un poco de Quesada -Afueras de
Quesada, tan reiteradas en su producción-, aguarda el descubrimiento
de la sierra de Cazorla: un microclima, aún apartado de un exceso
de ataques foráneos, donde el pintor puede enumerar muy variadas
especies zoológicas. Hoy es un reducto muy apreciado por los
ecologistas. Pero Zabaleta lo había disfrutado antes de otro
modo. "Enumerar", efectivamente, es lo que hace en su composición
Fauna de Cazorla, donde muestra ya su frecuente voluntad de simetría:
los animales jamás "posarían" así, excepto
para este recuento novo-adánico a que el pintor los convoca. No se nos ha escapado al azar la alusión bíblica.
Los animales se hallan en mutua paz: coexisten tranquilos, ordenados.
Zabaleta ha evitado la realidad de su lucha por la vida, en que unos
son depredadores y otros víctimas, formando una cadena implacable
de muerte y vida, que también posee, por su parte, un simbolismo
propio. Su visión parece anterior a la necesidad de sobrevivir,
que deviene tragedia sangrienta. Es ésta una fauna ajena a la
violencia, previa a las exigencias del ecosistema: en suma, la fauna
edénica evocada en Isaías 11, 6-9, profecía netamente
mesiánica, que a su vez se había referido a la situación
anterior a la culpa original en cuanto restablecida por el Esperado.
Se trata del mismo simbolismo que anima la cosmovisión de Marc
Chagall (5), servido por un estilo muy diferente y bebido directamente
del terruño. En la pintura que comentamos, Fauna de Cazorla,
el Adán pre-culpable -el hombre inocente, esto es, en plena armonía
consigo mismo y con el entorno- se encuentra fuera del cuadro: es el
contemplador que lo pinta. Los animales, dóciles, se han colocado
como él ha dispuesto, tal como harían unos modelos humanos,
profesionalmente conscientes de su deber. Obedecen al hombre. Existen
en función del hombre. Con otras palabras, el hombre domina sobre
una naturaleza que no ha experimentado todavía la sacudida ontológica
de la que habrá de derivarse un desorden irremediable. La armonía
que impregna el ser de Adán se derrama a su alrededor: es el
contemplador que lo pinta. Los animales, dóciles, se han colocado
como él ha dispuesto, tal como harían unos modelos humanos,
profesionalmente conscientes de su deber. Obedecen al hombre. Existen
en función del hombre. Con otras palabras, el hombre domina sobre
una naturaleza que no ha experimentado todavía la sacudida ontológica
de la que habrá de derivarse un desorden irremediable. La armonía
que impregna el ser de Adán se derrama a su alrededor: toda la
existencia responde como un eco a su propia armonía íntima.
Porque se percibe un continuum hombre-animales-campos. De igual
modo, la existencia se resquebrajará en manifestaciones de violencia
cuando Adán experimente en sí mismo el desgarrón
inicial. Aquella correlación estrecha entre el hombre y la naturaleza
es simbólicamente consecuente con el origen en la madre común,
la tierra. Hasta aquí, todo aparece inmanente. ¿No hay más? ¿Esa armonía que irradia, ese acuerdo consigo mismo por el que toda la creación pende mansamente del hombre, tendrían también su explicación simbólica aquí abajo, sin buscar más, en la propia tierra nutricia? Hay elementos para sugerir la conveniencia de indagar también en otro orden: del "aquí abajo", tan marcado en la obra de este pintor, alzar la mirada a un "allá arriba" que también los pueblos naturales han acostumbrado a avizorar.
El campesino como "hombre-puente" Antonio Machado había sido otro de los pocos capaces de perforar las apariencias hasta calar en la dureza profunda de las tierras y las gentes de Andalucía. Rodríguez-Aguilera, el mejor conocedor de Zabaleta, le decía a éste: " Un hombre y una obra que yo he visto siempre muy paralelos a ti y a la tuya" (6). En "Los olivos" Machado formula su amor a unas y otras en términos nada blandos: "¡Agria melancolía En ese paisaje inhóspito se ubica el campesino. También el poeta ha captado su dependencia ontológica respecto de la tierra, pero va mucho más allá: " La tierra da lo suyo; el sol trabaja; Detengámonos en este último verso: difícilmente
se hallará mayor condensación simbólica expresada
con menos palabras. Su fatiga unce la tierra al cielo. Se refiere,
por tanto, a aquella unión de lo contingente y lo supremo (la
tierra y el cielo), que tantas veces se registra entre los símbolos
primigenios (el rayo, la montaña, el arco iris, etc.). La aspiración
humana a remontarse por encima de su horizonte y llegar a lo alto, que
es lo otro (y será lo sagrado ya en estadios más
avanzados de su evolución). Pero aquí el. símbolo
no es el rayo, ni la montaña, sino el hombre. su posición
erecta le había emparentado con los demás símbolos
derivados de la vertical que frecuentemente asumen sentido análogo
(7). El hombre deviene pontífice, en cuanto tiende el
puente simbólico entre el "aquí abajo" y el
"allá arriba". Más todavía: él
mismo es el puente. Así enunciado, cualquiera se sentiría
inclinado a imaginar, acaso, un titán o un superhombre. Posemos
la mirada, una vez más, en los campesinos pintados por Rafael
Zabaleta: toscos, sudorosos, renegridos; en suma, antiapolíneos.
También Antonio Machado indica lo mismo: el hombre se hace puente
entre tierra y cielo en y por su fatiga. En fin, el pontífice; o el hompre-puente no es
un gallardo héroe, sino el sufrido labrador. No es un Prometeo
que se alza hasta el Olimpo, sino un Ahora cabe contemplar con veneración a esos toscos
jornaleros andaluces pintados por Zabaleta. Son una de las cumbres de
la antropología contemporánea: su fatiga -igualmente pudiera
decirse de su miseria, su desamparo, su dolor- operan el portento de
unir-uncir, irrevocablemente, tierra y cielo. Si se piensa de nuevo
en la visión paradisíaca de la fauna, aludida bajo el
anterior epígrafe., se comprende que el hombre haya traído
sobre la tierra la paz que es propia del orden supremo: hace de la tierra
espejo para una trama de relaciones amables y pacíficas. Pero
no como portador pasivo, sino como ejecutor de aquella situación
feliz. Cauce o puente de una armonía suprema, que le trasciende. Si se pretendiera encajar esta interpretación
en su correlato bíblico, surgirían algunos desajustes.
No podía ser de otro modo. Zabaleta no es un exegeta, ni siquiera
un meditador religioso. Es nada más y nada menos que un hombre
que se deja vivir acunado por su madre-tierra jienense. Por eso es tan
directo. En el Génesis, el trabajo y la fatiga que de éste
deriva son presentados como consecuencia de la culpa: primero se ha
desencadenado el desorden y de ello resulta que la acción de
trabajar sea penosa. Pero nadie, desde la remota redacción de
aquel libro, se ha resituado en el estado de inocencia original (aunque
se han tejido muchos mitos sobre el mismo, que nos avalan su verosimilitud).
Fatalmente, todo hombre que siente y piensa lo hace desde esta otra
vertiente de la historia donde trabajar es fatigoso. Por consiguiente,
lo que puede concebir, en todo caso, es una recuperación del
estado mejor, una regeneración, una reintegración o una
restauración. Los animales de la sierra de Cazorla no "posan"
jamás, tan quietos, hemos escrito. Si aparecen así en
los lienzos de Zabaleta es porque él ha concebido que pudiera
volverse a aquella situación de armonía, no porque la
haya experimentado nunca. Pues sólo su voluntad los obliga a
portarse bien, no caer sobre su presa o no huir del cazador (8). Ahora
bien, el hombre que contempla a aquellos animales y ha sido capaz de
colocarlos a su antojo para ser pintados en compuesto grupo, es -como
él mismo- el hombre de los aledaños, el hombre despeado
de Quesada, " El cabrero," por ejemplo, que sobresale en un
lienzo sobre su pequeño rebaño. No puede ser otro. Nos
hubiera parecido una broma surrealista que fuese un banquero, un químico
o un vendedor de electrodomésticos. ¿Son un mal el trabajo, la fatiga, el desamparo? Rafael Zabaleta lo debió sentir así durante su primer época, cuando su paleta era lóbrega. Pero posteriormente se verifica en sus lienzos un estallido de color y los mismos temas dolorosos fulgen con luces deslumbrantes. ¿Alegría? Efectivamente, aunque sea en el orden estrictamente pictórico, aquí algo ha sido restablecido o regenerado.
Una forma de superación del mal El pintor es consciente del mal: lo tiene continuamente
ante sus ojos. Hay que evocar su coyuntura, en la Andalucía de
posguerra, donde a los quebrantos de la pobreza y el alejamiento perpetuos
se unían las consecuencias de aquellos tres años lamentables.
Las "dos Españas" enzarzadas no se fundieron en un
abrazo al vencer por las armas una de ambas: antes bien, los enconos
debieron soterrarse... Muertos y venganzas recientes, destrozos, gentes
huidas o desaparecidas. Miedo. Desconfianza. Las formas cubistas que adopta Zabaleta pueden ser un
medio para ordenar, racionalizar y, en suma, serenar un ambiente
muy necesitado de ello. A su sensibilidad debía mostrarse irracional,
fosco, turbulento y amenazador. Zabaleta somete la técnica a
una finalidad cosmológica y ética. Ello se evidencia más
cuando incorpora una rígida simetría: jerarquiza la realidad.
La composición en pirámide es estable y es tranquilizad
ora. Recoge, además, viejos simbolismos de perfección.
Cuando tales composiciones son aplicadas a escenas de arduo trabajo
campesino, esta interpretación puede superponerse a la anterior. Rafael Zabaleta asume así una actitud modificadora
del mal. No se limita a recogerlo pictóricamente, ni a denunciarlo
mediante una sobrecarga expresionista, sino que lo contraría
y subvierte. No es ya protesta; antes bien, es acción regeneradora.
Por eso irrumpe el colorido triunfalmente. Otro tanto sugieren sus límites cerrados. "El
cuadro será, en ocasiones especialmente significativas, como
una gran almendra, con todo lo que tiene de símbolo... o una
burbuja: un mundo cerrado y completo, imago del mundo" (9).
Expresa así su vivencia de la totalidad. Pinta lo contrario que
una anécdota. Está en lo universal, consecuencia -probablemente-
de su enraizamiento telúrico. ¿Nos atreveremos a llevar
un poco más lejos esta interpretación? ¿Percibe
acaso Zabaleta que así lo tiene ya todo?, ¿que
su hombre-puente es la expresión definitiva, el resumen de la
creación? Muchos lamentaron la temprana muerte de Rafael Zabaleta.
"Malogrado artista", es el término que suele emplearse
en estos casos. Vamos a distinguir, cuidadosamente, la pena por la muerte
de un pintor en plena madurez, agravada para quienes fueron sus amigos.
Pero no entendemos que Zabaleta quedase "malogrado", en cuanto
incompleto o cortado a medio camino de un proceso prometedor. Contemplada
su obra desde la esquina de estos poco más de 25 años,
causa la impresión de algo acabado. Tuvo el tiempo necesario para lo que debía hacer. El jornalero andaluz ha quedado exaltado a una culminación
de la hombredad. En otras circunstancias y en tiempos pasados, un paso
más y se le instalaba en la deificación. Andalucía, Jaén, Quesada universales. "Aquí cayó un aerolito", hubiera sido para el hombre prehistórico motivo de sacralización de un lugar. Aquí el labriego fue concebido como el nuevo Adán, el reunificador de la existencia, el hacedor de la armonía; mesías colectivo, puente vivo, sudor ennoblecedor. Aquí, en Andalucía, Jaén, Quesada, por otro hombre del pueblo que se llamó Rafael Zabaleta. NOTAS (1) Cesáreo Rodríguez Aguilera, "Tres cartas a Rafael Zabaleta", en catálogo ., p. 10. Caja de Ahorros de Madrid, Barcelona, 1986. (2) Gabriel Ferrater, Sobre pintura, Seix Barral, Barcelona, 1981, pp. 44 y 46. (3) Octavio Paz, "In Mediaciones", El uso y la contemplación, Seix Barral, Barcelona, 1979, p. 15. (4) Ibid., p. 7. (5) Cfr. Federico Revilla, "Cosmovisión y religiosidad en la pintura de Marc Chagall", en Cuadernos Internacionales de Historia Psicosocial del Arte, núm. 4, Barcelona, 1984. (6) Cesáreo Rodríguez-Aguilera, art. cit., p. 12. (7) Cfr. Federico Revilla, Simbología, arte y sociedad, Bruñó-Edebé, Barcelona, 1980, p. 26. (8) Nos atenemos, por el caso de nuestro pintor, a la que es experiencia común de los pueblos del actual occidente que se denomina civilizado. Por lo que no entramos aquí en la cuestión, tan sugestiva, de ciertas experiencias de armonía universal asequibles, según parece, desde otras bases psicoculturales, entre las que pudieran incluirse la facultad chamánica de hablar con los animales o el ciclo legendario de Francisco de Asís en parecido sentido. (9) J. Corredor-Matheos, Rafael Zabaleta, memoria y presencia, en cat. cit., p. 30.
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