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Un componente fundamental de la historia
de la figuración pictórica es el grado de aproximación
a lo real. No parece que desde una perspectiva exclusivamente histórico-artística
pueda -ni deba- especificarse el contenido absoluto de este concepto,
pero es evidente que en la historia del arte hay -aunque haya mucho
más, por supuesto- una sucesión de convenciones que se
modifican en función de una cierta noción de realidad.
Por más que la vida haya imitado al arte, puede asegurarse que
sólo en éste existe siempre algún tipo de convencionalismo
estereotipado que nos sugiere una intencionalidad. El problema se hace
más complejo en el siglo XIX desde el momento que hace su aparición
el Realismo, es decir, un movimiento artístico concreto y de
significado preciso que aspira a ofrecer "una representación
verdadera, objetiva e imparcial del mundo real" (1)). Toda representación pictórica
del siglo XIX es, en su relación con el mundo visible pasado
o presente, susceptible de ser juzgada desde tres puntos de vista. El
de la pura representatividad, como en cualquier época, es decir,
la adecuada comprensión de lo que se quiere figurar. El de la
verosimilitud o la habilidad para evocar algo que pudo ser o no ser
así. Y por último, la verdad o fidelidad inequívoca
a la realidad. Es mi propósito reflexionar aquí sobre
algunas convenciones, en su mayor parte relacionadas con lo iconográfico,
utilizadas para la recuperación visual del pasado en el siglo
XIX. Dichas convenciones nos permiten seguir el discurso representatividad-verosimilitudverdad
en el que se mueven las artes figurativas del siglo y profundizar sobre
las relaciones entre realidad y Realismo al margen de los paradigmas
de este movimiento (2). A cualquier imagen que aluda a una realidad
figurada se le exige representatividad. Una imagen es representativa
de algo cuando reúne en sí los elementos suficientes para
reconocer en ella lo que es. En la pintura de historia del siglo XIX
la imagen de una cosa -personaje, ambiente- remite, por lo general,
a esa cosa misma y no puede ser confundida con símbolos o alegorías
fruto de un nivel de significación distinto. Los críticos
contemporáneos se refieren a ello repetidas veces denominándolo
inteligibilidad. Juan de Dios Mora, por ejemplo, escribe: " Es
necesario que a primera vista el espectador comprenda la situación,
la escena representada, la posición respectiva de los personajes,
la época a que pertenecen, los distintos afectos que expresan
y, por último, hasta que se adivinen sus nombres, si es posible,
sin necesidad de indicación alguna" (3). Es evidente que
la correcta " lectura" de una imagen representativa sólo
puede hacerse si se dispone de un conocimiento previo. Lo representativo
resulta así un código ficticio que llega a ser confundido
con lo real. Víctor Hugo escribía en
1824 que lo que torturaba sus pensamientos no era una necesidad de novedades,
sino una necesidad de verdad y la necesidad era inmensa (4). La posibilidad
de ofrecer una imagen " verdadera" de la realidad es aspiración
antigua en la historia del hombre, pero nunca como en el siglo XIX este
deseo fue convertido en obsesión. Desde el primer diorama, que
tanto interés suscitó en España en el segundo cuarto
de siglo como un eco de su desarrollo en Europa antes de la fotografía,
la pintura se ha visto sometida, como es sabido, a los progresos científicos
de reproducción de la realidad por medios químico-mecánicos
y a la inversa (5). Ahora bien, respecto a la pintura de historia debe
distinguirse la reconstrucción de una escena como pudo ser (verosimilitud)
y como realmente fue (verdad). En términos absolutos y globales;
la expresión "realismo histórico" no puede ser
empleada nunca porque la interpretación "realista"
de un pretérito nunca visto es, de suyo, imposible (6). Lo que
se da progresivamente es una incorporación de las técnicas
de observación directa de la naturaleza, " la presencia
activa del paisaje y de la atmósfera circundante en el hecho
histórico representado" (7) y lo que trata de hacer siempre
el pintor de historia es de utilizar todos los datos necesarios de carácter
arqueológico para reconstruir " con verdad" la escena.
Pero el poder evocador de la verdad no está tanto en la concordancia
temporal de todos los objetos o personas -lo cual queda transgredido
con frecuencia-, sino en la precisión con que están ejecutados,
lo que nos hace creíble el suceso (8). La ilusión de lo
verosímil pasa, por lo tanto, por el análisis de un código
real utilizado convencionalmente. Sólo el Realismo llevado hasta
las últimas consecuencias acaba con la pintura de historia. La
clave de la crítica se encuentra, como se ha dicho, en la dialéctica
convencionalismo/ naturalismo (9). Un crítico señala precisamente
en 1878 que "los pintores modernos (...) comienzan por buscar los
accidentes externos de un hecho, más o menos histórico,
donde pueden ostentar sus aptitudes técnicas y sus estudios académicos
(...); todo está muy bien y muy perfecto. De aquí resulta
que el arte cae en el realismo, en la imitación fría de
lo verdadero, sin añadir a las escenas de la vida humana ni un
rasgo de idealismo que las transfigure y ennoblezca" (10). La identificación
bueno/verdadero destruye e cuadro de historia que por documentado que
resulte será inevitablemente falso (11). La discusión de estos problemas no puede limitarse exclusivamente a lo iconográfico; en ocasiones es necesario aludir a cuestiones de carácter estilístico. Sin embargo, a través de dos coordenadas estrictamente iconográficas -el personaje y el lugar- y de otra tercera con implicaciones en el campo de lo compositivo-temático -el suceso- es posible abarcar casi por completo el panorama de la dialéctica convención/ realidad en que se mueve la pintura de historia.
Iconografía del personaje La pintura de historia se esfuerza especialmente en
caracterizar a los personajes del pasado para que puedan ser reconocidos.
Esta caracterización procede, en su mayor parte, de fuentes literarias,
por lo que puede asegurarse que se trata de rasgos representativo-verosímiles.
Debemos suponer tales características a: A) La complexión
física. Todas las historias hablan de la naturaleza vigorosa
de Viriato; de la belleza voluptuosa de La Cava o las hijas del Cid;
de la gravedad melancólica del príncipe de Viana o del
cuerpo grande y robusto de Fernando el Católico. Los pintores
adoptan una iconografía en ese sentido vaya o no acompañada
de otras coincidencias. b) La expresión de la personalidad.
Los personajes expresan sentimientos en función de su personalidad
y las pinturas deben recogerlos. "La indagación psicológica
-ha señalado Praz- invadió el tipo de composición
pictórica más respetado en la primera mitad del siglo
XIX: la pintura histórica. Los artistas ya no se interesaban
tanto por representar la acción como en retratar las reacciones
expresadas en los rostros de los personajes históricos; así,
un elemento típicamente moderno impregnó las escenas del
pasado y ese elemento constituía una nota discordante respecto
al estudio meticuloso y arqueológico de la indumentaria histórica"
(12). Estos sentimientos causan una fuerte impresión emocional
en el espectador: "La autenticidad histórica de los detalles
parecía indicar que los sentimientos eran igual de auténticos.
Pero por debajo de la tersa superficie acechaban los deseos latentes
y los temas obsesivos de los románticos. La frustración
sexual y la duda religiosa, la inseguridad social son temas que no pueden
pasarse por alto en estos cuadros (13). Los gestos del cuerpo (brazos
y cabeza, sobre todo), la posición (de rodillas, en pie) y del
rostro (ceño, mirada) traducen de un modo convencional (pero
convincente, a veces) la bondad de Blanca de Navarra, la vergüenza
de Rodrigo, el dolor de la esposa de Guzmán el Bueno, la altanería
de Juan Fivaller, la sabiduría de Alfonso X, el temor de los
nobles de Ramiro II, la ira del Cid, el amor de Isabel de Segura, la
impotencia de Pedro el Cruel o la desesperación de Boabdil. Caveda
escribe: "Quien no recordará jamás sin lágrimas
en los ojos y el patriotismo en el corazón, las torpezas de Rodrigo
y las afrentas de la Cava; la tierna solicitud y el amor filial y el
valor heroico del hijo del Conde de Saldaña: el trágico
destino de los infantes de Lara; las nobles acciones de Fernán
González; la indómita pujanza, y el intrépido denuedo,
y la lealtad severa, del primer adalid y del más cumplido caballero
de Castilla, Ruy Díaz de Vivar; las dolientes querellas de Inés
de Castro; los malogrados afectos de Blanca de Borbón, llorada
por inocente y por hermosa; los prodigios de la batalla de Clavijo y
los milagrosos laureles de las Navas" (14). Pero además de estos modos de caracterización iconográfica, el componente arqueológico de la pintura de historia obliga a considerar otras dos intenciones que tienen un carácter verosímil-verdadero en función de los datos eruditos que los artistas manejan. Se trata de: A) La indumentaria. De la misma manera que en la iconografía religiosa los personajes van vestidos y acompañados de objetos que los hacen identificables, la pintura de historia viste convenientemente a sus héroes. Esta indumentaria tiende a lo verdadero porque se procura que esté basada en datos arqueológicos -objetos conservados o conocidos, grabados, pinturas- pero su uso indistinto es puramente representativo. Por ejemplo: Jaime I suele tener sobre la cabeza el casco; haga lo que haga, Isabel la Católica no se quita el velo, sujeto al pecho, con lo que parece que la pintura de historia confirma la tradición higiénica de la reina católica, aunque la verdad es que otros personajes históricos adolecen de similares inclinaciones: el pobre Colón aparece con un abrigo que se diría siempre: el mismo en Palos, en América o en Barcelona a su vuelta, o incluso preso años después al ser conducido a España. Ahora bien, en todos los casos impecablemente celestial. Las tocas de viuda de Juana la Loca y el sombrero de Felipe II tienen la misma eterna duración: ni el inmenso dolor de una ni la contenida austeridad de otro dan a esos detalles -en sí mismos probablemente verdaderos- apariencia alguna de verdad. Muy por el contrario, demuestran las mismas convenciones representativas que existen en la pintura tradicional. B) El parecido. De muchos de los personajes históricos anteriores a la Edad Moderna se desconocen datos precisos de cuál era su parecido físico, por lo que su représentación no tiene en ese punto coincidencias. En estos casos se trata de recreaciones representativas sin la mínima apoyatura de verdad histórica alguna de carácter iconográfico. Se conocen bien las disquisiciones sobre Séneca (15) o las distintas facciones del rostro de la mayoría de los héroes, aunque el resto de los rasgos señalados son suficientes para identificarlos. Sabemos quién es Alfonso X por la retórica de sus gestos o las acciones que realiza, pero no porque su rostro sea siempre el mismo. Sin embargo, la existencia de retratos introduce no sólo la verosimilitud, sino también la verdad. Valentín Carderera da a conocer en un opúsculo el retrato y traje de Colón (16), cuya efigie es siempre idéntica, lo mismo que la de su contemporánea la reina católica. Sólo excepcionalmente el artista se permite algunas libertades: Sala retrata a su hermana Elvira en el cuadro de La expulsión de los judíos (Granada, Museo), pero no es habitual para cuadros que evocan esos períodos históricos y menos para personajes con una iconografía tan establecida. Sólo cuando se trata de personajes menos relevantes parece más lógico: Víctor Manzano retrata a sus contemporáneos en Los Reyes Católicos en el acto de administrar justicia (Madrid, Palacio Real). Las grandes figuras históricas desde el siglo XVI son rigurosamente fieles a la verdad histórica: los pintores utilizan fuentes gráficas contemporáneas para retratar a Carlos I, Felipe II o Carlos II. Este verismo se acrecienta y extiende a otros personajes conforme nos acercamos a los sucesos en el tiempo.
Iconografía del lugar La pintura romántica pone un cuidado especial
en integrar convenientemente los personajes y el lugar. Frente a las
críticas de teatralidad -la calificación de puesta en
escena se utiliza con frecuencia para referirse a toda la pintura académica
del siglo XIX, especialmente de la historia- las intenciones son mucho
más "naturales". Hasta cierto punto es la pintura anterior
la que empieza por otorgar a los elementos arquitectónicos o
paisajísticos una función caracterizadora: existen convenciones
iconográficas para la representación de edificios donde
suceden las historias que se repiten con más o menos variaciones
(17). El problema sólo referido a la pintura de historia es en
sí mismo más complejo de lo que a primera vista parece.
Quiero exclusivamente llamar la atención sobre las categorías
representatividad-verosimilitud-verdad a través de algunos ejemplos
concretos. En primer término, la misión más
simple de una arquitectura o de un paisaje es caracterizar el espacio.
El pintor trata de crear en la superficie en dos dimensiones del lienzo
un espacio ilusorio de tres dimensiones a través de la enfatización
de los elementos que contribuyen a destacar la profundidad. Los principales
son los siguientes: 1) Las líneas del pavimento que producen
un amplio escenario interior donde tiene lugar la acción; 2)
La distribución de personajes en planos distanciados de modo
que quede hueco entre unos y otros en todas las direcciones del espacio
para que, según su tamaño, pueda apreciarse el lugar relativo
que ocupa cada uno de ellos; 3) Elementos verticales (columnas, pilares,
pilastras, figuras, esculturas) que refuercen la idea de la tercera
dimensión; 4) La apertura en el último término
de un vano por el que entra o sale alguno o algunos personajes o simplemente
se divisa otro ámbito que sugiere la continuidad del espacio;
5) La apertura de ventana o ventanas laterales, no sólo con el
mismo fin, sino también con el de modular el espacio por medio
de la luz. Todos estos principios proceden de la sistematización
de las conquistas de la pintura tradicional y por lo tanto no pueden
producir más que un resultado representativo-verosímil. En segundo término, la arquitectura o el paisaje cumplen un objetivo conceptual que esencialmente es de dos tipos, la caracterización de la época y la caracterización del lugar. En ambos casos está afianzada en convenciones iconográficas que puede asegurarse que obedecen, sobre todo, a imperativos representativo-verosímiles y sólo muy excepcionalmente verdaderos: A) La caracterización de la época. Con independencia de que sea probable o no que una acción haya sucedido en un lugar determinado, la pintura de historia toma elementos de la historia formal de la arquitectura para identificar en el tiempo el suceso: la rendición de Numancia tiene lugar ante unos sillares de aire romano, Julio César visita en Cádiz un "árqueológico" templo clásico, Séneca y Lucano mueren en sendas habitaciones de sabor pompeyano, la civilización del Califato tiene como marco los arcos de la mezquita cordobesa, Alfonso X toma una inexpugnable fortaleza medieval, Fernando IV jura en una soberbia iglesia gótica, Guzmán el Bueno arroja su puñal desde un almenado castillo escolar, los reyes de Mallorca viven en una construcción de inspiración gótico-catalana, los Reyes Católicos siempre suelen "recibir" en palacios con ventanas mudéjares o isabelinas. En todos esos casos nos hacemos a la idea de lo que los críticos contemporáneos llaman "carácter de época". Pero también hay veces que se cometen -intencionadamente o no- anacronismos que una lectura superficial puede hacer pasar desapercibidos. Baste como ejemplo la arquitectura de la época hispano-visigoda que oscila entre el románico del XI-XII, lo paleocristiano y lo bizantino contemporáneo. B) La caracterización de lugar. El afán verista llega hasta la "reconstrucción" arqueológica de lugares concretos. En ello juega un papel impar la arquitectura y el paisaje. Podemos distinguir: 1) La representación de lugares concretos que o son anacrónicos o no hay ningún fundamento para pensar que la acción se produjera allí. Los ejemplos son numerosos: en el cuadro de Baixeras, El Concilio IV de Toledo (Barcelona, Universidad), el interior corresponde a la iglesia románica gerundense de San Pedro en Besalú (18); La aparición de Santiago apóstol en Clavijo (Madrid, San Francisco el Grande) tiene lugar en un paraje que se ha identificado con el castillo de Ampudia (19); Alfonso X y los sabios de su Corte se reúnen en Santa María la Blanca de Toledo (Santa Cruz de Tenerife, Museo); Guillén de Vinatea se presenta ante Fernando IV (Bilbao, colección Valdés) en un salón del palacio de Mosén Sorell de Valencia (20). 2) La representación de lugares abstractos que de algún modo convienen al suceso, es decir, que se establece una correspondencia entre elementos paisajísticos o arquitectónicos y temas: La Cava se desnuda en la misma espesura, las hijas del Cid yacen en el mismo robledal, Don Pelayo se encarama sobre los mismos riscos, Colón llega a una playa arenosa entre árboles. 3) La representación de los lugares en los que sucedió la acción, aunque ello no quiere decir, por supuesto, que sean verdaderos en la visión de conjunto porque tienen tal fuerza representativa que es difícil imaginar que son vistos accidentalmente. Hay ejemplos múltiples en toda la pintura de historia: Ramiro II muestra su macabro ejercicio de poder en el existente calabozo oscense (Huesca, Ayuntamiento), Alfonso XI señala el puente romano de Mérida en su conquista (Zamora, Diputación), Jaime I entra en Valencia con las torres de Serranos al fondo (Villanueva y Geltrú, Museo Balaguer), Roger de Flor entra en Constantinopla y la cúpula de Santa Sofía se ve en el horizonte (Madrid, Senado), Pedro el Cruel persigue al legado pontificio junto a la torre del Oro de Sevilla, el compromiso de Caspe se celebra en el pórtico de la colegiata, una inequívoca vista de Granada enmarca la rendición de esa ciudad (Madrid, Senado).
Iconografía del suceso Me propongo analizar aquí algunas cuestiones
relativas a las convenciones iconográficas utilizadas en la representación
asuntos históricos en cuanto tales. Dichas convenciones se refieren
a: A) La acción de los personajes. La exigencia de sugerir
duración temporal en cualquier suceso obliga a espacializar el
tiempo, entendido según un movimiento anterior y otro posterior
de los personajes. Cada uno hace el gesto que debe hacer con independencia
de que sea o no simultáneo al de otros que participan en la acción
con el fin de representar su papel. Es el espectador el que debe interpretar
cuál es el gesto que precede a cuál, de tal manera que
permita ir encadenando unos con otros hasta reconstruir la acción.
Este gesto "narrativo" está codificado al margen de
quien se trate, y, por lo tanto, tiene una misión únicamente
representativa. Por otra parte, hay personajes que se repiten de unos
cuadros a otros como si tuviesen encomendados objetivos conceptuales.
Dos de ellos son, por ejemplo: 1) El escribano: su aparición
no es tanto una exigencia de la narración global que se pinta,
sino más bien la presencia física de la historia escrita:
la verosimilitud de los cuadros que contienen a un escribano -por lo
demás, siempre en la misma posición y sobre el mismo pupitre-
está reforzada por el testimonio directo de quién vio
y escribió; 2) El religioso: aparte de que en una determinada
acción se narre la presencia de alguna figura religiosa, su intencionado
protagonismo pictórico, especialmente en temas que pueden ser
interpretados como progresistas -Los Comuneros, Lanuza, Las Cortes de
Cádiz- tiene como misión esencial la legitimación
tradicional de lo que en el siglo XIX se presenta como revolucionario.
B) La vinculación de iconografía y tema. Hay argumentos
históricos que son representados siempre de la misma manera.
En ellos se respeta tanto la puesta en escena -lo que es lógico
si se aspira a la verdad histórica- como la acción de
los personajes lo que pone de relieve que ésta obedece más
a imperativos representativos que a una búsqueda positiva de
la realidad: doña Elvira y doña Sol yacen siempre maltrechas;
del Guzmán el Bueno de Utrera (Patrimonio Nacional) al de Martínez
Cubells (Zaragoza, Universidad) no hay ninguna diferencia iconográfica
sustancial; los cuadros del compromiso de Caspe sólo varían
de punto de vista. A veces estas similitudes son exigencias de los concursos
que explican la procedencia de los cuadros, como Alfonso tomando
posesión de las aguas de Cádiz o el Desembarco
de Francisco I en Valencia (21). C) La existencia de clisés
compositivos. Los pintores de historia ven los asuntos a través
de una ordenación compositiva que tiene varios modelos codificados.
Como se ha demostrado en alguna ocasión, estos modelos trascienden
la pintura nacional (22). Podemos distinguir: 1) Los clisés válidos
para cualquier tipo de temas, cuyo estudio entra más en el campo
de lo formal -composición- que en el de lo iconográfico.
El más importante, de todos modos, es el que procede del Asesinato
del Duque de Guisa de Paul Delaroche (Chantilly, Museo Condé)
y que consiste en situar el argumento en un extremo del cuadro y colocar
una masa de personajes complementarios en el otro. El interés
visual se desplaza de uno a otro lado. 2) La vinculación de un
clisé compositivo con un determinado tipo de argumento narrativo,
independientemente de la época que se trate. Los tres más
usados son los siguientes: a) El "recibimiento": en realidad
es una variante codificada del anterior. Se trata de presentar en disposición
horizontal a un personaje relevante que aguarda la llegada o relato
de otro u otros que están en el extremo opuesto; b) La "rendición":
desde Breda en adelante -y hacia atrás- todas las rendiciones
de la historia tienden a parecerse; c) Los "últimos momentos"
la mayoría de los personajes históricos se mueren en la
pintura de la misma manera. Si la época lo permite hay cama con
dosel, pero en todo caso lecho y personajes alrededor como si estuviesen
más pendientes de sí mismos que del final que contemplan. Por lo tanto, la pintura de historia está sometida a unas convenciones iconográficas que relacionan el género con la evolución de la representación pictórica occidental desde el Renacimiento. La recuperación visual del pasado es incompatible con cualquier intento de apropiación pictórica de la realidad: la ilusión de contemplar verdaderamente el pasado perdido se hace a través de una compleja sistematización de recursos representativo-verosímiles enmascarados tras el tratamiento verista de los objetos. NOTAS (1) L. Nochlin, Realism. Style and Civilization, Harmondsworth, 1971, pp. 13 y ss. En cualquier caso, el Realismo no acaba con la trasposición pictórica de la realidad al cuadro sin estereotipos visuales previos. La composición de un cuadro tan realista -y por lo tanto supuestamente casual- como el Bonjour, Mr. Courbet (Montpellier, Museo Fabre) está basado en una imagen popular y el Déjeneur sur l'herbe (París, Orsay) de Manet en el mismísimo Rafael. (2) Algunas de estas convenciones han sido estudiadas en relación
con problemas teóricos por J. E. García Melero, "Pintura
de historia y literatura artística en España, Fragmentos,
núm. 6 (1985), pp. 50-71. (3) J. de Dios Mora, "Exposición de Bellas Artes, II", La Discusión, 31 de octubre de 1860. (4) Citado por A. Boime, Thomas Couture and the eclectic vision, Yale University Press, 1980, p. 61. (5) Sobre el diorama en España, véase "Bellas Artes. Sobre el nuevo espectáculo. El Diorama", Semanario Pintoresco Español, 1838, pp. 627-628. Sobre las relaciones fotografía-pintura, véase especialmente J. A. Herrera Navarro, "Fotografía y pintura en el siglo XIX", Goya, 1976, pp. 292-299; y C. Rosen y H. Zerner, Romanticism and Realism. The Mythology of Nineteenth Century Art, Londres, 1984: Capítulo IV: "The reproductive image and photography", pp. 99-110. (6) Se ha señalado que "no hay tanta diferencia en cuanto a tema ni al modo de tratarlo entre el Entierro de Ornans y uno de los numerosos sepelios de nuestros pintores españoles" (J. Gállego, "La pintura de historia en la Academia española de Bellas Artes de Roma", en Exposición Antológica de la Academia Española de Bellas Artes de Roma (1873-1979), Madrid, 1979, p. 20). Pero no cabe duda que el sentido tiempo establece puntos de partida opuestos. (7) E. Casado Alcalde, "Sobre el preciosismo en la pintura española", Archivo Español de Arte, 1981, p. 201. (8) A este respecto, R.. Strong (And when did you last see your father? The victorian pointer and British History, Londres, 1978, pp. 40 y ss.) lo demuestra claramente en su ejemplo del cuadro de Delaroche Los príncipes de la torre (París, Louvre) dado el anacronismo de la rosa Tudor en las columnas de la cama, lo que no resta verdad al cuadro. Véase también S. Bann, The clothing of Clio, Oxford University Press, 1984. (9) M. Revilla Uceda, Eduardo Rosales en la pintura española, Madrid, 1982, p. 33. (10) M. P: Villaamil, "Exposición de Bellas Artes", El Siglo Futuro, 19 de febrero de 1878. (11) A. Beruete, El cuadro como documento histórico, Madrid, 1922. (12) M. Praz, Mnemosyne, Madrid, 1981, p. 168. (13) H. Honour, El Romanticismo, Madrid, 1981, p. 210. (14) J. Caveda, La poesía considerada como elemento de la historia, Madrid, 1852, p. 9. (15) L. Mapelli López, Iconografía de Séneca y otros estudios afines, Córdoba, 1978. (16) V. Carderera y Solano, Informe sobre los retratos de Cristóbal Colón, su traje y escudo de armas, Madrid, 1851. Es autor de la célebre Iconografía Española, Madrid, 1855-1864. (17) J. A. Ramírez, Construcciones ilusorias. Arquitecturas descritas, arquitecturas pintadas, Madrid, 1983, pp. 104 y ss. (18) Catálogo de pinturas de la Universidad de Barcelona, Barcelona, 1980, p. 21. (19) F. J. Portela Sandoval, "Casado del Alisal, en Madrid", II Jornadas de Arte del C.S.LC., Madrid, 1984, p. 265. (20) A. de Beruete, "Emilio Sala", Museum, 1911, p. 72. (21) C. Gracia Beneyto, "El cuadro de historia en el último tercio del siglo XIX. Un ejemplo: las oposiciones a pensionado en Roma convocadas por la Diputación de Valencia en 1876", Saitabi, 1976, pp. 184-201. (22) X. Salas, "El testamento de Isabel la Católica. Pintura de Eduardo Rosales", Arte Español, 1953, pp. 108-133; J. Gállego, "Una iconografía de ida y vuelta (Eduardo Rosales)", Archivo Español de Arte, 1982, pp. 38-41.
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