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"Es falso decir: pienso. Habría que decir: me piensan" (Rimbaud) Observado desde la, óptica del Surrealismo, el
mundo material es sólo una parte de la realidad que el ser humano
percibe. Existe otra realidad que permanece oculta, puebla los sueños,
agita el inconsciente y aviva la fantasía. La aprehensión
de esa. realidad no puede realizarse por los medios habituales de conocimiento.
Se requiere la superación de los límites impuestos por
la lógica y la razón, la tradición y la costumbre
para captar otro mundo, un mundo más allá y romper las
fronteras entre lo objetivo y lo subjetivo, lo consciente y lo inconsciente,
la razón y la locura. Desde estas coordenadas los surrealistas convierten
la obra plástica en una suma de apariencias en la que las formas,
desprovistas de su significado habitual, se convierten en un medio para
acceder al mensaje escondido, remoto y subyacente. Lo visible, aún
conservando su aspecto rutinario e intrascendente -y más si se
distorsiona éste- sirve de vehículo a lo invisible con
tal que se rompa la lógica tradicional en su presentación,
que aparezca subvirtiendo nuestra forma de ver y suscite en nuestro
interior un cúmulo de relaciones y sensaciones que nos transporten
dentro y más allá de nosotros. No era por tanto necesario
definir un nuevo estilo, crear un lenguaje formal propio, único
y exclusivo. Todos los medios de expresión y todos los recursos
podían ser empleados. El juicio, sin embargo, debía efectuarse
al margen de los valores consagrados. El espíritu surrealista
se mantendrá siempre más atento al contenido que a la
forma. En el análisis de la obra pictórica de
los surrealistas, en consecuencia, no puede desligarse, de los objetos
e imágenes que se observan, su significado particular, su función
de signos trascendentes. Tampoco puede obviarse que trás ellos
y sustentándolos existe una determinada visión del mundo
que traducen. El propio Breton afirmaría que "la obra plástica,
para responder a la necesidad de revisión absoluta de los valores
reales en los que hoy coinciden todos los espíritus, se referirá
a un modelo puramente interior, o no será" (1). Con estas
premisas quedaba garantizada, casi exigida, la diversidad de producción
al ser el modelo interior un producto único, propio del autor.
Sin embargo, la problemática que se plantearon fue en general
coincidente; los temas que les obsesionaban y abordaron se referían
a un universo común sobre el que existían y se formulaban
juicios y valoraciones también similares. Lo distinto era la
forma de expresar un contenido. Por ello, dada su articulación
como grupo y la dinámica que siguieron, puede aislarse un elemento
del mundo surrealista y analizarlo para intentar una aproximación
a lo que pudo significar en el Surrealismo y a lo que los surrealistas
hicieron con él. Uno de ellos es su visión del universo femenino.
La representación de la mujer en el Surrealismo se corresponde
con la idea que tuvieron de la mujer y es imposible desligarla de ella.
Toda imagen traduce una relación previa, consciente o inconsciente,
o expresa un ideal, una meta a alcanzar, producto también de
la realidad y del deseo. Las escuetas frases de Rimbaud, tan ensalzado
por los surrealistas, situadas como lema al principio, podrían
haberse formulado para sintetizar cuál ha sido la situación
de la mujer en el arte de todas las épocas. La mujer como tema,
la mujer como signo, la mujer como forma, la mujer como símbolo,
inunda la cultura visual y literaria en la misma medida en que la mujer
como género o la mujer como realidad existencial diversa del
hombre está ausente. La imagen femenina ha sido formada por el
hombre, como realidad que adquiere consistencia y entidad en función
de él. El mundo femenino aparece traducido por el hombre, considerado
como una estructura vacía susceptible de acoger lo que se le
quiera imponer, en la que nada existe -o se ignora su existencia- como
propio y privativo. El Surrealismo no introdujo en este campo sustanciales
diferencias. Su afán de innovación, ruptura y revolución
fue respecto a la mujer más aparente que real. Los textos y la
producción plástica avalan la existencia de una actitud
marcadamente conservadora que además se corrobora por los hechos
de la vida cotidiana y su relación con las mujeres del grupo
(2). La coincidencia en este punto entre los grupos de las vanguardias
es particularmente reveladora y significativa. Más porque el
debate sobre la situación de la mujer y las luchas femeninas
habían ya recorrido un largo camino. Los acontecimientos históricos
de los primeros años del siglo -en particular la Primera Guerra
Mundial- habían provocado una alteración sustancial del
papel de la mujer en la sociedad suministrando nuevos argumentos y energías
a los colectivos feministas para profundizar en sus reivindicaciones.
En un momento de agudización de las demandas, de actividad incesante
de las sufraguistas, de constantes proclamaciones de igualdad, la respuesta
de las vanguardias pictóricas es tímida y dubitativa cuando
no decididamente reaccionaria (3). Los cambios bruscos y radicales estaban conduciendo
al nacimiento de una nueva mujer, desmontando una imagen acuñada
y reiterada durante siglos para sustituirla por una de nuevo cuño.
Esta imagen entraba en conflicto con la mítica adorada y ensalzada
por los surrealistas, forjada en el Romanticismo, presente en la literatura
del siglo XIX y reafirmada en el Simbolismo. Mito bifronte con un rostro
positivo -la mujer que fecunda la imaginación, transmisora de
lo desconocido, que conecta al hombre con la naturaleza- y otra cara
negativa -la mujer destructora, que puede reducir a sombras el mundo
del hombre, poseedora de lo misterioso, dominadora de fuerzas ocultas
y presagio de la muerte-. El choque entre las imágenes literarias y míticas y la realidad podría haber supuesto un conflicto para los surrealistas que no existe desde el momento que el Surrealismo, en consonancia con sus postulados, se niega a asumir la realidad. Se encierra en la esfera del deseo y allí construye su propia mujer, mágica y etérea. La imagen femenina de los hombres surrealistas es una imagen irreal, producto del inconsciente, del ensueño, divorciada de lo concreto histórico y existencial y apta para ser manejada libremente como un objeto. No interesa una aproximación al mundo de lo femenino y a su propia experiencia diversa de la masculina (4). Por ello, aunque animaran a las mujeres integrantes del grupo a alcanzar mayores dosis de creatividad, las mantuvieron inicialmente en una especie de esfera aislada. No formaron parte del grupo rector de los surrealistas encabezado por Bretón, ni tuvieron parte en los debates y discusiones (5). Fueron simples observadoras de escasa relevancia hasta después de 1929 en que asumen un papel más activo en el movimiento. Por tanto, su participación en la formulación de las ideas sobre la mujer y su posible influencia en las obras plásticas es difícil de evaluar con precisión, aun cuando colaboraran en la realización de algunas de ellas (6). Sin embargo, en todas las pintoras surrealistas, con independencia de su temática particular reflejo de sus distintos mundos interiores, existe un trato más dignificado, menos "cosificado", de la mujer y sus obras permiten vislumbrar una realidad vista desde una óptica femenina.
Imágenes de la mujer en la plástica surrealista Las representaciones de la mujer en las pinturas, fotografías
y dibujos traducen en formas visibles las imágenes mentales presentes
en la teoría literaria, filosófica y poética del
Surrealismo. El propio Breton reconocía la relación profunda
entre la poesía y la pintura cuando afirmaba: "A decir verdad,
parece que sea en la pintura donde la poesía haya hallado un
más amplio campo de influencia; la poesía ha arraigado
tan firmemente en la pintura que ésta puede, en nuestros días
pretender compartir, en gran medida, con aquélla el objetivo
más vasto de cuantos pueda ocuparse, que es, también según
palabras de Hegel, el de revelar a la conciencia las potencialidades
de la vida espiritual" (7). En las numerosas revisiones del Surrealismo
también se ha destacado esta coincidencia; así, por ejemplo,
Durozoi y Lecherbonnier escriben: "La obra plástica pone
de manifiesto las potencialidades mentales desconocidas presentándolas
en formas sensibles. Realiza así la unión dialéctica
de lo abstracto y de lo concreto, de la idea y de la materia y participa
a su modo en la búsqueda del punto sublime" (8). Por tanto,
aún cuando no exista un estilo surrealista -en la acepción
clásica del término-, sí es posible distinguir,
en el conjunto de obras de los surrealistas, la formulación en
imágenes de determinadas y concretas ideas sobre lo que era,
lo que significaba y la función que le asignaban a la mujer. La concepción de la mujer como Musa, frecuente
en la poesía, es una idea antigua pero clave en el Surrealismo.
Por ella se adjudica a la mujer la capacidad de provocar y estimular
la creatividad del hombre. Los textos teóricos aluden a 1a importancia
de la creatividad en el "ser humano"; sin embargo, en la visión
poética y en la imagen plástica, la capacidad creativa
se entiende y se expresa como una energía esencialmente masculina.
Cuando Breton afirma "el problema de la mujer es lo único
maravilloso e inquietante que en el mundo existe" (9) está
efectuando una doble negación: la del hombre como fuente de inspiración
y la de la existencia de problemas distintos a los que el hombre como
género, detecta. La simbología de El espía
(1928) (fig. 1), de Magritte,
parece concebida para responder a esta valoración: un hombre,
definido y preciso observa a través de una cerradura -pequeña
abertura en lo material- el rostro inexpresivo de una mujer que casi
parece una aparición fantasmagórica. La ausencia de un
cuerpo que sustente la cabeza y la atmósfera de profunda oscuridad
de la que emerge el rostro contrastan con la rotundidad formal y lumínica
que emplea en el tratamiento de la figura del hombre. Por su irracionalidad, por su ausencia de visión
y vivencia lógica, por su sentido trascendente, la mujer ayuda
al hombre a sacudirse el yugo del mundo racional, a desembarazarse de
sus hábitos mentales y abrirse al mundo de la fantasía
y la imaginación. En Man Ray y en Delvaux, en Magritte o Ernst
pero sobre todo en Dalí, se halla el eco constante del poder
de la mujer como inspiradora, musa o hada benéfica para el hombre.
Dalí especialmente sublima ese poder de Gala hasta convertir
su presencia en el eje de su vida, en lo que da sentido al mundo y a
su obra que simbólicamente recibe la firma unida de los dos.
Su Leda atómica (1949), aunque es una obra tardía,
refleja la misma obsesión del pintor existente en el Retrato
de Gala con dos chuletas de cordero en equilibrio sobre el hombro
(1933), en el Comienzo automático del retrato de Gala
o en Metamorfosis paranoica del rostro de Gala, ambas de 1932.
Aunque no sólo Dalí entre los surrealistas podría
haber hecho suyas las frases que Breton dedica a Nadja en Arcane 17:
"Cuando la suerte te trajo a mi encuentro, la mayor oscuridad reinaba
en mí y puedo decir que en mí se ha abierto esta ventana." Donde mejor se realiza la función de la mujer
como musa es a través del amor. La mujer ídolo de pasión
y objeto erótico son los dos rostros, las dos facetas de
un mismo sentimiento originario, magnificado por los surrealistas. Palabras
exaltadas, llenas de devoción, dedica el Surrealismo para ensalzar
la idea del amor: "sola capaz de reconciliar a cualquier hombre,
momentáneamente o no, con la idea de la vida" (10). La concepción
de los surrealistas sobre el amor fue expuesta fundamentalmente por
Breton en Pez Soluble (1924), Nadja (1928) y El amor
loco (1937), pero aparece en la mayor parte de los textos del grupo
definido como la mezcla, la simbiosis, de lo espiritual y lo carnal,
que logra por fin conformar el amor sublime máxima aspiración
del eros surrealista. La mujer que lo encarna asume la libertad sexual
para entregarse de modo exclusivo al otro y alcanzar la unión
total. Las imágenes femeninas representadas por Man
Ray en la fotografía y el dibujo expresan esta concepción
dual. Su Erotique voilée (fig.
2), aparecida en Minotaure (11), es una figura ambivalente
en la que la serena belleza del cuerpo desnudo de la mujer (Méret
Oppenheim) pierde toda connotación erótica detrás
de la máquina. Mujer y máquina forman una imagen sublimada
y poética escasamente sensual. No ocurre lo mismo con la versión
completa del mismo tema que no se publicó entonces (fig.
3), en la que al superponerse al cuerpo femenino la máquina,
alude explícitamente a la sexualidad. La situación de
la manivela y su forma fálica no es ambigua y conlleva una voluntad
de sugerencia erótica-visual que se ve también atenuada
por la plácida expresión del rostro femenino y la escasa
tensión de su cuerpo. En Les Mains Libres (1937) Man Ray realiza una
serie de dibujos que, en su mayor parte, acompañan poemas de
Eluard. La imagen femenina se yuxtapone, se mezcla con las construcciones
y los objetos -como en Les Tours d Eliane- donde los elementos
arquitectónicos se van desprovistos de su función para
adoptar una clara simbología sexual desprovista de todo carácter
agresivo. Con razón, Breton -omnipresente oráculo surrealista-
afirmaba que las fotografías (probablemente también los
dibujos) de Man Ray sobre mujer eran "la suma de los deseos y los
sueños... perfectas encarnaciones... de lo que es más
eternamente joven en el arte del amor" (12). También Magritte hace un empleo metamorfoseado
del cuerpo de la mujer sirviéndose esencialmente de los atributos
específicamente femeninos. Construye con ellos imágenes
que son metáforas como La violación (1934) (fig.
4), de la que existen varias versiones, en las que el rostro de
mujer aparece suplantado por su torso. Tras la inicial lectura cómica
y sorprendida la imagen puede llegar a provocar otro tipo de sugerencia,
a conectarnos con otra concepción de la mujer como exclusivo
objeto erótico. La suplantación de los ojos por los senos,
de la nariz por el ombligo y la boca por el pubis sería una forma
encubierta de insinuar lo irracional, lo físico como atributos
predominantes del sexo femenino. Pero el sentimiento erótico es contradictorio
y complejo. Puede incluir la exaltación y la mortificación
del amado, ser fuente de pacífica inquietud y de frustración
permanente. El amor como sentimiento de creación coexiste con
el amor destructivo, el amor que desea con igual fuerza la desintegración
del ser amado. Las frustraciones, los deseos desviados hallan también
su cauce de expresión en las representaciones del Surrealismo.
La influencia de Sade es patente y ha sido muchas veces reiterada por
los surrealistas. Y junto a ella, y más próxima, la de
Freud cuyas teorías forman parte esencial de la poética
e ideología surrealistas (13). La impresionante colección de fotografías
que Hans Bellmer publica en el número 6 de Minotaure con
el nombre de La Muñeca (1934) (fig.
5) responden a un mundo interior atormentado que expresa en las
duras imágenes su erotismo reprimido. La muñeca encarna
la mujer que no se pudo poseer, ofrece la facilidad de su manipulación,
puede soportar las desviaciones del instinto. Es un objeto erótico
en el más profundo sentido del término al que además,
como en venganza, se le despoja de todo sentido de belleza, hasta convertirlo
en la personificación del desagrado. Los poderes maléficos de la mujer, su otra cara,
los encarna la mujer imagen del Mal, adecuado contrapunto al
hada, a la mujer mágica de acción positiva. La fuerza
aniquiladora que posee puede llevar al hombre a su propia destrucción
espiritual e incluso a la muerte física. Se ligan así
en el universo surrealista Eros y Thánatos, amor y muerte, como
dos realidades inseparables en el horizonte humano, dos extremos dialécticos
de la propia vida. En perfecta correspondencia con esta identificación
de la mujer con la muerte, Dalí idea una calavera a partir de
cuerpos femeninos desnudos. Con la adecuada disposición y una
iluminación efectista, el fotógrafo Halsman logra una
imagen de enorme sugestión visual y apariencia de realidad (fig.
6). La alegoría se completa con la inclusión en la
escena de un Dalí de perfil, vestido de etiqueta, con chistera,
como circunspecto espectador de la imagen espectral, todo un presagio
del futuro. En El crimen de la mariposa reina (1930), Víctor
Brauner representa el ansia devoradora y la capacidad destructiva de
la mujer mediante una abeja con cabeza y piernas femeninas y cuerpo
de animal. Mujer-abeja-vampiro, probablemente ligada al supuesto afán
posesivo de la mujer, que exprime la sangre a sus víctimas y
deja a su paso un panorama de muerte y desolación. Una visión también inquietante y compleja
es la que se ofrece en El vestido de novia (1939) de Max Ernst,
extraña composición de monstruos, fantásticos animales
y mujeres. El mensaje atemorizador se construye con la inclusión
de unos seres cargados de poder negativo -el pájaro armado, el
monstruo de cuerpo informe y ojos penetrantes, la serpiente- y el empleo
de un color duro y chocante que refuerza la sensación de incomodidad
en el espectador. La identificación de la mujer con la naturaleza
constituye una de las imágenes más poderosas en el lenguaje
plástico del Surrealismo. La mujer, "piedra angular del
mundo material" (14), es el ser por cuyo intermedio el hombre logra
romper su coraza racional y tomar conciencia del mundo natural, ya que
el surrealista "interpreta la naturaleza, no la vive" (15).
Por ello se recrea en paisajes desolados, en las extrañas y sugerentes
formaciones rocosas, en perspectivas marinas inmensas y solitarias que
observa desde fuera, como un fenómeno del que no interesa su
propia realidad sino su capacidad de convertirse en reflejo y estímulo
de sensaciones. Entre las múltiples metamorfosis a que someten
el cuerpo femenino incluyen un amplio repertorio de formas sacadas del
mundo natural. Las mujeres que Delvaux escoge para su cuadro El nacimiento
del día. (La aurora) (1937) aparecen transmutadas en seres
híbridos que desde la cintura se convierten en árboles.
La escena se desarrolla en un espacio ambiguo en el que se combinan
los elementos arquitectónicos con vegetales y rocas, en una fusión
arbitraria entre lo cultural y lo natural. La misma reflexión
debe presidir otra pintura de Delvaux algo posterior, El hombre de
la calle (1940) (fig. 7).
Aquí, la mayor parte del espacio pictórico está
ocupado por dos figuras femeninas desnudas, ligadas a los vegetales
y delante de un fondo de paisaje natural. A la izquierda aparece el
hombre vestido, inmerso en la lectura de un periódico, a cuya
espalda se representa una arquitectura de templo clásico. La
superposición del hombre con la arquitectura y de la mujer con
la naturaleza parece corresponder a la identificación del primero
con la cultura -y por tanto el conocimiento racional- y de la segunda
con lo inconsciente y natural. La unión del vestido al hombre
y la representación contraria del cuerpo femenino desnudo, refuerzan
la lectura sugerida, pues el vestido siempre aparece ligado a la idea
de civilización, a un estadio superior del desarrollo humano. Desde otra perspectiva, pero perteneciendo a una visión
similar, el Surrealismo profundiza en la conexión entre mujer
y naturaleza, cuando relaciona los elementos de esta última con
el cuerpo de la mujer. Un ejemplo lo suministran las fotografías
de Man Ray incluidas en La Edad de la Luz (1934). Las fotografías
recogen por un lado el aspecto de un fenómeno natural -monte,
estratificación rocosa, etc.- y junto a él, su correspondencia
en el cuerpo femenino al que se ha pintado o manipulado para conseguir
una apariencia perfecta. Probablemente después de lo expuesto no sea necesario
resaltar el tratamiento objetual a que los surrealistas someten el cuerpo
de la mujer. Tratamiento que, como se ha dicho, corresponde sin duda
a concepciones profundamente arraigadas, incluso inconscientes o quizá
subconscientes, que emergen en las obras plásticas con todo su
poder. Existen, sin embargo, otros ejemplos de una más acendrada
identificación de la mujer con el objeto, pero con el objeto
de uso, con el objeto banal e intrascendente que nos rodea. Esta idea
explica el sentido de obras con un trasfondo cómico como El
Violón de Ingres (1924) (fig.
8) -impresionante espalda de mujer convertida en instrumento musical-
o El perchero, maniquí-mujer-objeto convertida en percha,
ambas de Man Ray, o los muebles-forma de mujer de Dalí. La poética del Surrealismo sacó de la realidad todo lo existente y sacó a la realidad, a la visión, a la observación, lo informe e informulable. Aceptada esta premisa, sin embargo, resulta contradictorio que al imaginar a la mujer, al recrearla, incorporen tantos elementos, tantos factores negativos de la civilización y la cultura tradicionales. Que su afán revolucionario de los espíritus no consagrara ninguna energía a subvertir el orden del pasado y que la pretendida liberación de la mujer sólo fuera un modo de hacerla aún más disponible para el hombre. Sus imágenes, tanto como las anteriores, se convierten en un emblema para la mujer de lo que la sociedad espera de ella. Ninguna innovación ofrece en este terreno el Surrealismo.
(1) A. Breton, "Le Surréalisme et la Peinture", en La Révolution Surréaliste, núm. 4, 15 de julio de 1926, pp. 27-28. (2) Dentro de los trabajos destinados a clarificar la situación de la mujer en las vanguardias, merece destacarse el libro de W. Chadwick, Women Artists and the Surrealist Movement, London, 1985. (3) Ver al respecto el trabajo de C. Duncan "Virility and domination in Early TwentiethCentury Vanguard Painting", en Feminism and Art History. Questioning the Litany, ed. por N. Broude y M. D. Garrard, New York, 1982. (4) T. Gouma-Peterson y P. Mathews ofrecen, en "The Feminist Critique of Art History", The Art Bulletin, LXIX, 1987, pp. 326-357, una abundante bibliografía sobre estas ideas. (5) Chadwick cuenta cómo en 1928 se celebró una reunión monográfica sobre la sexualidad femenina a la que sólo se invitó a los hombres. Aragon fue el único que en un momento del debate lamentó que no se hubiera contado con las mujeres para este tema. W. Chadwick, op. cit., pp. 11-12. (6) "Constaté con cierta consternación que el lugar de la mujer en el Surrealismo no era distinto del que ocupaba en la sociedad burguesa en general." Dorothea Tanning en entrevista con Aalin Jouffroy, citado por Chadwick. (7) A. Breton, "Situación Surrealista del Objeto. Situación del Objeto Surrealista" (1935), en Manifiestos del Surrealismo, Madrid 1974, pp. 280-281. (8) G. Durozoi, B. Lecherbonnier, El Surrealismo, Madrid, 1974, p. 194. (9) A. Breton, Segundo Manifiesto del Surrealismo en Manifiestos del Surrealismo, Madrid, 1974, p. 228. (10) A. Breton en La Révolution Surréaliste. (11) Minotaure, núm. 5, mayo de 1934. (12) A. Breton, "The Visages of woman", en Man Ray Photographs 1920-1934. (13) "La sexualidad de la mayoría de los seres humanos contiene un elemento de agresividad -un deseo de subyugar-; el significado biológico de esto parece arrancar de la necesidad de vencer la resistencia del objeto sexual por un medio distinto del galanteo. De este modo el sadismo se corresponde con un componente agresivo del instinto sexual que se ha hecho independiente y exagerado y ha usurpado la delantera." S. Freud, Tres ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad (1905). (14) A. Breton, Les vases communicants (1932), p. 81. (15) E. Westerdahl, "Panorama vital del Surrealismo", en El Surrealismo. Coordinador, A. Bonet Correa. Madrid, 1983, pp. 17-25.
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