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Realmente Velázquez es inagotable.
No conozco un sólo cuadro de este pintor, al margen de los incomparables
retratos que pintó sin descanso, que tras centenares de estudios
haya recibido una "explicación" que no se halle carente
de importantes lagunas. Entre los cuadros más conocidos han resistido
mejor el embate de siglos de erudición -a menudo incoherente
y fragmentaria- los más admirados por la crítica actual,
entre ellos "Las Meninas", "Las Lanzas", "Las
Hilanderas", "Los Borrachos" y "La Venus del Espejo",
por utilizar la tradicional o popular nomenclatura. Con ello también
podemos advertir, lo que a lo largo de la copiosa bibliografía
bien se demuestra, que los cuadros "mitológicos" de
Velázquez son los más problemáticos en tanto el
elemento "representación": buscando las claves del
contenido del cuadro, un teórico se ha sobrepuesto a otro sin
descanso, ensayándose hasta la saciedad, creyendo en cada momento
hallarse en posesión de la respuesta al problema y dando lugar
en la actualidad a un inabarcable "corpus" de hipótesis
que todas juntas no alcanzan a dar por sentado una iconografía
de tales "poemas" mitológicos pintados. En las páginas que siguen vamos
a ir exponiendo algunos cuantos textos que pueden ser muy útiles
dada su novedad, pues si alguno ha sido tenido en cuenta en algún
estudio, globalmente han quedado inéditos dentro de los trabajos
que se han ocupado del tema. Y útiles en cuanto que nos pueden
ayudar a buscar una más adecuada situación dentro del
inconcluso panorama de las mitologías velazqueñas. Nos
ceñiremos en todo momento a tales cuadros, Los Borrachos y Las
Hilanderas, primera y última mitología de las que pintó
Velázquez. Lo primero que se advierte en una rápida y
superficial mirada de ambas obras es cierta afinidad "naturalista"
o "costumbrista", un común afinamiento que provoca
un enlazamiento, como de círculo que se cierra, entre el fervor
juvenil y la última madurez creativa del artista: ya nadie puede
discutir que el cuadro de Las Hilanderas representa por sí mismo
un verdadero y extraño "retorno" a la primera pintura,
a la primera "estética", la de los años sevillanos,
cuando el artista paladeaba las audaces formas del pueblo. Esto ha llegado
a convertir al cuadro en centro privilegiado entre los cuadros de la
última época, la de la década de 1650, que se inició
con el regreso a la Corte tras su segundo viaje a Italia y que quedó
cancelada con la muerte en 1660. Con Las Hilanderas se ha venido ensayando,
mejor que con ningún otro cuadro de Velázquez, sobre todo
dentro de los cuadros de "narración", todo el amplio
abanico de posibilidades de análisis que la Historiografía,
más o menos Crítica, del Arte ha permitido desde que existe
en nuestro país (1), desde la acotación documental al
estudio técnico y formal-compositivo, hasta la iconografía
y más difícilmente la pretensión iconológica.
Entre tantos enfoques distintos e igualmente válidos por necesarios,
el estudio de la "composición simbólica", por
llamarle así al desvelamiento de las claves y la trama iconográfica,
es el que más ha venido seduciendo en la actualidad, donde más
se ha gozado escribiendo, donde con más vistosidad se han seguido
pistas falsas. Desde la sugerencia de Diego Angulo en 1948 y 1958 y
con el documento hallado en 1948 por María Luisa Caturla (2),
no podemos sino aceptar que estamos ante una escenificación barroca,
difícil pero cierta, del mito ovidiano del trágico enfrentamiento
entre la diosa griega Palas Atenea y una magnífica tejedora humana,
Aracne. Pero se sabe con seguridad muy poco más. Vayamos por
pasos. Aunque como decimos está del
todo claro que las dos figuras de la escena del fondo, contempladas
por esas tres damas, también extraños personajes, son
las figuras de Palas y Aracne en cierto momento de la evolución
de su enfrentamiento, actualmente resulta insatisfactorio el análisis
completo del cuadro, a través de las interpretaciones con las
que contamos. Desde los primeros escritos de Diego Angulo, hasta los
comentarios más actuales de Santiago Sebastián, Julián
Gállego o Jonathan Brown, ha venido sugiriéndose que las
figuras femeninas del primer término del cuadro, las hilanderas
propiamente dichas, pueden ser resultado de una trasposición
metafórica y genuinamente barroca del mismo mito del fondo, lo
que supone que las dos figuras centrales, la vieja de la izquierda y
la joven que extiende el brazo izquierdo y que se nos ofrece de espaldas,
no han de ser otras que las mismas Palas y Aracne en el desarrollo de
su labor contendiente. Esta hipótesis es siempre sostenible aunque
no definitiva, como más adelante veremos. Ha sido Santiago Sebastián, en
el artículo citado, quien ha querido "ver" en las figuras
femeninas de las tres damas que están de pie ante la contienda
mítica entre Palas y Aracne, a las tres Sirenas del Libro V de
las Metamorfosis de Ovidio, recurriendo a la posibilidad "emblemática"
que puede portar la extraña viola o instrumento musical que apoya
sobre una silla en el espacio contiguo al último escalón
de la escalera que separa los dos ámbitos (miremos siempre las
ilustraciones que acompañan este artículo). Pero esta
"versión" no nos parece válida en el momento
en que tras un repaso al mundo figurativo de los libros españoles
y europeos de " emblemática" y mitologías vemos
que son innumerables los personajes y las alegorías a los que
un instrumento musical parecido puede acompañar o servir en su
representación pictórica. Madlyn Millner Kahr ha llegado aún
más lejos, forzando ambiguamente el esquema escenográfico
del cuadro de Velázquez hasta convertirlo en representación
de la historia ovidiana de la "Virtuosa Lucrecia" (3). Muy
bien intuyó Ortega y Gasset que la inexplicable viola era el
elemento más ajeno e indescifrable de cuanto nos muestra la composición
del cuadro (4). También sugirió que las artesanas de esa
primera escena de "género" podían ajustarse
a la labor de la tres Parcas (aunque en el cuadro hay más figuras
en el primer término) que aparecen en el gran poema de Catulo
las "Nupcias de Thetis y Peleo". En primer lugar, cabe observar que la escena del primer término del cuadro, como también apuntó Ortega y Gasset, ya citado, no representa formalmente a tres mujeres tejiendo sino que con toda evidencia son al menos cuatro figuras entramadas en una completa labor de devanado e hilado de lana, en plena acción. Y por ello, buscando en textos mitológicos, y aún más, atendiendo a que en el fondo del cuadro se va a proceder a la ejecución y metamorfosis de Aracne en araña por su osada competitividad humana ante la diosa, muy lógico sería pensar con Ortega y Gasset que las hilanderas de esta escena fueran no otras que las Parcas: la vieja de la izquierda está dispuesta y pronto va a cortar el hilo de la vida de la desdichada Aracne. Pero las Parcas aparecen a menudo en los escritos de la Antigüedad grecolatina. En. "Carón o los Contempladores", de Luciano de Samosata (5), hallamos un texto en forma de diálogo entre Mercurio y Carón que es tal vez más descriptivo y se ajusta mejor al desarrollo de la escena velazqueña que la narración catulina que propuso Ortega. Este es el texto: "MERCURIO: (...) si tiendes la vista, verás también
a las Parcas, que están hilando a cada cual el hilo de su vida,
de cuyas finísimas hebras sucede que todos están pendientes.
¿Ves unas como telarañas que bajan sobre cada hombre desde
los husos? Al leer este corto diálogo no es posible dejar
de observar ciertas afinidades entre texto y pintura, sobre todo si
fijamos en mente los hilos que caen como telas de araña entre
el perímetro trapezoidal de los palos de la devanadera que manipula
la figura joven de la hilandera que nos da la espalda en el primer término
del cuadro. Y cómo no, también cierta convergencia tonal
entre el texto en general y el asunto, como de gran "vánitas
mitológica", del cuadro de Velázquez, en torno a
esas "telarañas" que refiere el dios Mercurio en el
texto. Pero en este corto artículo vamos a ambicionar
llegar a más. Yo creo que cuando un pintor barroco del talante
clasicista que cabe atribuir a Velázquez, se dispuso a crear
una enmarañada "poesía" mitológica pintada,
no podemos imaginarlo operando como un simple aglutinador de disonantes
imágenes míticas desligadas y extraídas a su vez
de fábulas textuales dispares: dado su correctísimo gusto
y espíritu ordenador no encaja del todo la atribución,
sea cual sea, de un dislocado amasijo de narraciones sueltas que no
estuviesen de alguna manera clara, mediante un "código"
legible, coherentemente y sin enorme dificultad, interrelacionadas. Tenemos, por una parte, el tapiz que aparece en la pared
del fondo del cuadro, sobre el que se esboza una aproximación
al lienzo de Tiziano "El rapto de Europa", pero tal vez a
través de la interpretación y copia que realizó
Rubens y que estuvo en la Corte española (n° 1693 del Museo
del Prado). Ante este tapiz, integrando una misma escena, con un suelo
común, se reparten en un plano intermedio, las figuras, apenas
más nítidas que las del tapiz, de Palas Atenea y la supuesta
competidora, y ante ellas, más cercanas a nosotros, las figuras
de esas tres misteriosas damas: una que mira hacia nosotros, la central
totalmente de espaldas y la de la izquierda que deja adivinar su mejilla
y que apoya su brazo derecho sobre la silla que sostiene el instrumento
musical en el suelo. Las cinco figuras y la viola se hallan en el mismo
terreno espacial "mítico" y real, y por tanto tiene
que existir una conexión narrativa que comprenda cuanto? sucede
y se representa en tal escenario. Esta narración que aludimos no ha de ser buscada
en otro texto literario que en el mismo de donde se ha extraído
la fábula del tapiz (El rapto de Europa) y la contienda de Palas
y Aracne: Las Metamorfosis del poeta romano de la Antigüedad, Publio
Ovidio Nasón. Pero no en cualquier edición sino en aquélla
que casi con toda probabilidad se supone que poseía el mismo
Velázquez en su biblioteca personal: la traducción correntada
en un tomo de "Anotaciones", por Pedro Sánchez de Viana,
editada en 1589 en Valladolid (6). Lo que hace enlazar las cinco figuras erectas de la escena posterior del cuadro con la viola que en ella aparece en el suelo contra la silla es resultado de la unidad narrativa y mítica que Ovidio efectúa entre los libros V y VI del poema: al principio del VI comienza la trama de la fabulosa contienda entre Palas y Aracne. Pero primero extraigamos lo importante de este libro VI para luego retroceder al V que es de donde Palas Atenea "viene" impulsada por una animosa voluntad de poner a prueba el fatal coraje humano. Comienza el libro VI: "Había la diosa Palas escuchado Hemos de poner mucha atención a los versos que siguen ya que encierran bastantes matices que podemos situar en la intencionalidad profunda de Velázquez a la hora de elegir el tema del cuadro -si es que en verdad es posible enmarcar cronológicamente el cuadro en los años postreros del artista- como un alegato de su derecho de "nobleza" no por nacimiento sino por dominio excelente de su oficio, contra el cual van lanzados los dardos de la investigación que se estuvo llevando a cabo exhaustivamente para abrir o no la posibilidad de ser obsequiado por su Rey, Felipe IV, con un hábito de caballero de la Orden de Santiago: " En lino y lana fue tan excelente Ahora hemos de señalar, y avalar con algunos textos, cómo es posible que no podamos renunciar a establecer que las tres damas que de largos vestidos están ataviadas, en la escena del fondo del cuadro, no sean otras que simple y sencillamente tres Ninfas de la mitología, que como bien veremos suelen servir incluso de tribunal entre seres míticos de otras contiendas en el poema de Ovidio. Ver también Fig. 3. "Las Ninfas de las viñas de Timolo Más adelante, siguiendo el desarrollo del libro VI, cuando la diosa y la joven ya se disponen a competir, "Honraron el divino acatamiento / Las Ninfas y mujeres que allí estaban." Desatada ya la contienda en la que cada una con gran velocidad teje una muestra de su maestría en el tejer la lana, Aracne consigue ofender a la diosa por medio de la envidia y sobre todo con las ilustraciones que ha bordado en su tela, donde los dioses son condenados por sus viles acciones con los humanos, figurando también el Rapto de Europa por el Toro Júpiter. Un hecho relaciona directamente el texto de Ovidio con el tapiz del fondo del cuadro de Velázquez, como obra de Aracne: " Y con sutil requive la postrera Continúa la narración en el discurrir de lo que todos ya sabemos, desatada la cólera de la diosa, Palas golpea a Aracne, ésta sobrecogida por la vergüenza se ahorca pero la diosa le perdona la vida y la transforma en araña por los restos. Si hemos ido obteniendo progresivamente nuevos datos de fácil comparación que se reflejan continuamente en el cuadro, un texto (para nosotros como si fuera un "documento") de las "Anotaciones" del traductor Pedro Sánchez de Viana, como comentario sucinto a la fábula, nos puede resultar sugerente al máximo: "Sólo digo que rociar Palas a Aragne con el çumo desta venenosa yerua significa, la pesadumbre y dolor que fatiga a un artista, que tiene satisfacción de alguna rara obra de sus manos, quando no solo no se le alaba, mas se le vituperan, y deshazen, mayormente si le ha costado mucho su trabajo, junto con no pequeño artificio e industria el acabarla." (9) He mantenido la sugestiva ortografía original-facsimilar
por considerarlo un texto de la mayor importancia para comprender el
cuadro del tal vez desdichado Velázquez. Si sabemos que tuvo
ese libro en su poder, no menos sirve para ratificar su importancia
el que palabras parecidas hallemos en la difundida " Philosophia
secreta" de Juan Pérez de Moya, el gran manual hispano de
mitología, que igualmente sabemos que se hallaba en poder del
pintor: A través de estos dos textos, en su ortografía
original, podemos vislumbrar un hecho "de espíritu"
que muy bien Velázquez quisiese manifestar valiéndose
de su cuadro, a través del juego de los arcanos y las figuras
míticas que comprenden una trama de "poesía",
insustituible en el panorama de una vida de artista en ascensión
social y popularidad, que está encontrando fuertes impedimentos
a su deseo de ser nombrado caballero de una Orden Militar y con ello
la nobleza que sueña, aquella que según Pacheco habían
tenido sus antepasados en el oficio Tiziano o Sánchez Coello,
y la que conseguirá al fin meses antes de su repentina muerte. El misterio del instrumento musical -en apariencia una
viola de la época-, que ha estado desafiando siglos de copiosa
erudición, podemos intentar desvelarlo si retrocedemos del libro
VI al V en la edición de Viana, ambos se suceden con cierta unidad
temática en su discurrir, pues Palas Atenea sólo decide
dirigirse a poner a prueba a la desdichada Aracne tras haber sido impelida
a ello por la escucha de un cántico de la Musa Calíope
y un diálogo con la Musa Urania, en la que ésta le narra
la contienda de las mimadas nueve Musas contra las desdeñosas
Hijas de Pierio; todo ello como decimos se desarrolla aproximadamente
desde la mitad hasta el final del libro V. Urania le dice a Palas: "Si
hubiese puerta alguna a la traición cerrada / O muro alguno contra
el mal deseo, / No nos faltaba, sacra Diosa, nada; / Mas no hay segura
cosa, a lo que creo." (11) Y se dispone a relatarle la disputa
a la que les condujo el desafiante parloteo de las Piérides,
que osaban asemejárseles en dones de canto, gracia y hermosura.
Tomaron igualmente a las Ninfas por jueces: " Y porque el vencedor
mejor se entienda, / Las Ninfas presentamos por jueces / Que juzguen
y diriman la contienda, / presentes siendo al disputar a veces (...)
Las Ninfas por jueces ya nombradas, / juraron por los ríos y
la laguna / Estigia, de juzgar no aficionadas, / Guardando su derecha
a cada una. / Las sillas son de piedra, do sentadas, / Oyeron ya cantar
sin suerte a una..."(12). Todo esto ratifica que las damas del
fondo son ineludiblemente esta cariñosa corte de Ninfas y obsérvese
la alusión a unas sillas de piedra en las que éstas se
instalaban como tribunal ante la contienda: la viola del cuadro de Velázquez
apoya sobre una silla. Tras los cánticos de una de las aborrecibles Piérides (sus letras son igualmente de humillantes que los diseños del tapiz de Aracne), Calíope, para dar gusto a Palas repite el canto con el que logró vencer a las contendientes: " No partiré de aquí (la Sacra Diosa
Y así cantó a continuación la Musa
Calíope la historia de Ceres y Proserpina. Las Ninfas se pronuncian
en veredicto a favor de las Musas y las Piérides no cesan de!
seguir injuriándolas, por lo que las diosas las metamorfosean
en aves parleras. Justo entonces, terminando con esto el libro V, comienza
el libro VI donde es ahora Palas la que se dispone a probar la fidelidad
de su mejor servidora en el oficio de su protección. Con todo
esto podemos afirmar con cierta seguridad que la Viola "simbólica"
del segundo término del cuadro no es otra que esa "vihuela"
de la Musa, y que se apoya sobre una silla -¿será de piedra?-
que muy bien puede representar el caracter juicioso de esas Ninfas que
sirvieron de tribunal para las Musas, y ahora presentes en el cuadro
ante Palas, la sirven de testigo presencial. Interrogando las figuras femeninas del primer plano
ya hemos sugerido alguna nueva posibilidad, pero como también
dejamos dicho, es más razonable en un análisis iconográfico
intentar no salirnos de un posible código unitario, un código
que manifestándose por las imágenes en el cuadro las estructure
en una reciprocidad que lasa coaligue despertando resonancias simbólicas
concatenadas, y sobre todo tratándose de un cuadro del metódico
Velázquez, del cual es difícil admitir que, en el culmen
de su religiosa ascensión por los éxitos del Arte de su
pintura, se dispusiera a confeccionar un retorcido poema, un pastiche
como se suele decir, sino que más bien es reconocerle garantía
merecida en el terreno de la coherencia, el esfuerzo que hemos de hacer
para intentar "comprenderlo": así el cuadro hemos de
suponerlo como un encadenamiento de narraciones con idéntico
desarrollo e igual soltura que muestra, el texto ovidiano. Si miramos por un momento todos y cada uno de los grabados
que ilustran la traducción ya citada de Sánchez de Viana,
uno de ellos al punto nos sorprende, el que encabeza el libro IV y en
el que aparecen las figuras de ¡unas hilanderas! que son las llamadas
Hijas de Mineo o Mineidas, actores de otra curiosa metamorfosis de seres
humanos que han ofendido con su actitud altiva y reticente a alguna
mítica deidad. Analicemos las figuras
1 y 2; especialmente la
primera, la aproximación y sernejanza entre cuadro y grabados
es máxima, ya lo captó Diego Angulo en su momento. Pero
nadie ha puesto sobre el tapete el texto que acompaña a las imágenes,
un relato que encabeza el libro IV pero que como viene a ser habitual
entre libro y libro, la narración proviene del libro III donde
al final del cual se desarrollan las fiestas en honor al dios Baco,
y las mujeres y los hombres de Tebas se ofrecen a abandonar sus labores
y trabajos para participar en la dignidad del festín dionisíaco,
salvo las Hijas de Mineo. Leemos a continuación ya en el libro IV, en su inicio: " La hija de Mineo dice empero Para los versos que siguen hemos de disponernos a recordar y compararlos con la figuratividad del Baco de Velázquez, un cuadro para el que tampoco existe un trazado iconográfico coherente: "Saliendo sacrifican al divino, Este último verso sugerente y toda la descripción del culto báquico (no habla en femenino sino de "los" bacantes) nos convendrán cuando apliquemos otro texto muy peculiar a Los Borrachos de Velázquez. Por lo pronto las Hijas de Mineo se oponen a sacrificar al joven dios Baco, pero, como indican los versos que siguen, en la creencia de estar al servicio piadoso de su diosa protectora Minerva o Palas Atenea. De este modo, las ignorantes Mineidas hacen lo correcto con su artesanía pero inocentemente se están condenando por humillar a aquel otro Dios al que están debidas como tebanas. Veamos: "Campanas repicando y atambores Alchitoe, que es la que ha hablado, cuenta a sus hermanas la historia de Píramo y Tisbe, tras ésta es su hermana Leucotoe la que narra las de Venus y Marte y aquella otra de Clicie y Leucotoe, de nuevo Alchitoe la de Salmacis y Hermafrodita, hasta que: "El cuento era acabado, y todavía Y a continuación toda la habitación se
va tornando en un contrapunto de extrañas metamorfosis, inundada
de parras e hiedras, y las Mineidas son lentamente convertidas en murciélagos. Ahora que contamos con todos los relatos podemos recomponer
el cuadro: libro IV de las Metamorfosis de Ovidio (Mineidas condenadas
por sacrificar a su diosa Palas mientras profanan el culto a Baco);
libro V (Viola de Calíope aludiendo al triunfo de las Musas sobre
Pierides y silla del tribunal de las Ninfas, más las tres figuras
de unas Ninfas, en representación de aquella contienda y la presente
entre Palas y Aracne, sirviendo como de enlace); libro VI (momento "
pregnanten de la disputa entre Palas y Aracne en el que la diosa observa
el humillante gesto del tapiz tejido por su súbdita ofensiva).
Tres planos especiales y simbólicos que se corresponden ordenadamente
a tres libros consecutivos de Ovidio. En los tres planos está
incluida luna fábula distinta, pero que comparte la común
temática de la afrenta humana a la divinidad, una afrenta cometida
por la imprudencia y la vanagloria por parte de humanos aventajados
en artes contra unos dioses protectores de esas artes, pero ahora, con
el ánimo hostigado, restablecen sus designios propios. El primer
plano del cuadro entra en conexión con el último, las
hijas de Mineo trabajan oficiosamente loando a su diosa, la diosa que
al fondo está siendo humillada por una mujer, que como ellas,
pero sobresaliente, se dedica al arte que la diosa protege, Aracne.
El plano intermedio sirve como de eficaz, y no carente de conexión,
enlace de términos. Pero hay aún un actor que queda en
un plano aparte, fuera del cuadro: Baco, el joven abstraído que
aparece como dios del pueblo en Los Borrachos de Velázquez. Puede que se trate de algo más que una minúscula coincidencia la semejanza figurativa entre el forzado contraposto de la figura de Aracne en Las Hilanderas y el de la figura del dios Baco en la ilustración grabada del Emblema XXIII del "Emblematum Libellus" de Andrea Alciato (Fig. 4), libro cuya vigencia aleccionadora y repleta de sugerencias éticas y morales traspasó los siglos y que, cómo no, se hallaba también en la biblioteca de Velásquez (16). Palas aparece de una forma muy semejante en ambos diseños, el forzado contraposto de Aracné pudo ser motivado por factores de índole diversa no obligadamente conscientes. Si las Mineidas decían no ser Baco hijo legítimo de Jove-Jupiter, reza el Emblema: "AUMENTAR LA PRUDENCIA CON EL VINO Tienen en común este templo el padre Baco Cuando uno observa detenidamente el Baco de Velázquez
no puede menos que sentirse forzado a preguntarse qué estará
llamando la atención del dios muchacho, su mirada. se pierde
a lo lejos, hacia su derecha, mira lejos del espacio del cuadro, no
pone atención en lo que en ese mismo instante está haciendo
dentro del cuadro: coronar a un prosélito. Pero esto mismo ¿qué
quiere representar? También aquí me "Píntanle desnudo, porque el beuer demasiado calienta de manera, que no son menester vestidos; o porque quien dél es tocado, descubre todas las cosas, y nada tiene encubierto: y por esto dize el Adagio: En el vino está la verdad. Corónanle de pámpanos, porque fue el primero que en su tierra plantó viñas, é inuentó el vso del vino, y el hacerlo, y beneficiarlo. Y porque mostró a podar, le pintan con una hoz en la mano, y fue el primero que usó corona, y el que halló el triumpho." (18) El texto en general es asimilable al cuadro y viceversa,
Velázquez pudo haberlo tenido en cuenta al germinar la "idea"
del cuadro. Sobre todo el problema radica en cómo interpretar
las palabras "porque quien del es tocado". Covarrubias en
su Tesoro de la Lengua Castellana, de 1611, pone por segunda acepción
a la voz "tocar": "Ponerse en la cabeza el tocado".
Lo corroboramos en el conocido Diccionario Crítico-Etimológico
de Corominas: "cubrir con toca". Podemos trasliterar "ser
tocado" en "ser coronado". Los que ya han sido coronados,
"tocados", por el dios imberbe, como los personajes desnudos
y coronados de la mitad izquierda del cuadro, se asemejan al dios y
participan de la Verdad. No obstante, esas ingenuas coronas suscitan por sí mismas otro interrogante. Generalmente se las ha tenido por hojas de vid, tal como cabría suponer propicias a las festividades báquicas, pero en el cuadro en cuestión no son hojas de parra las que ciñen los bacantes coronados salvo la propia del dios. En los restantes casos parece más bien tratarse de guirnaldas a base de hojas de hiedra. Eso creo yo (ver figura 6). Esta nueva posibilidad nos conduce cómodamente al emblema CCIV de Alciate (en la edición citada, pág. 247), que dice: " LA HIEDRA Dicen que Baco dio al niño Ciseo como regalo los arbustos de hiedra, que no se secan nunca. Errante, desenfrenada, amarilla por sus racimos de oro, verde por fuera, tiene pálidos los enveses de las hojas. Por eso ciñen sus sienes los poetas con guirnaldas suyas: palidecen a causa de sus afanes, pero su gloria verdea eternamente." O bien en la traducción clásica de Bernaldino Daza Pinciano, en Lyon, 1549 (edición facsimilar 1975, pág. 226): "LA YEDRA Dizen que Baco dio a el Cisso infante Me atrevería a sugerir que en este primer cuadro
de plena creación que Velázquez ha tenido oportunidad
de pintar tras su prematura llegada a la cámara real, no ha tenido
mejor intención que la de evidenciar el relato de su historia
personal: un joven salido del pueblo que, tras agotar el género
popular (en el amplio sentido de la palabra), ha alcanzado, por medio
de la total simpatía del monarca español, esa especie
de tutela que la divinidad otorga a quien acoge en el seno de los poetas
y los estudiosos. En el cuadro también el pueblo, cómo
no aquel, su querido pueblo sevillano, le acompaña en la ceremonia
y con el mejor vino se dispone a celebrar el triunfo del joven colega,
un pintor que como poeta y/o estudioso presto va a quedar desnudo ante
la Verdad y coronado de hiedra al contacto con la Fama. Pero aún creo que nadie ha hablado de un personaje
que aparece en el cuadro y que podemos considerarlo, no como un adorno,
sino más bien -ya nos tiene en estos asuntos bien informados
Julián Gállego (19)-, como la posible clave emblemática:
un pajarillo que manteniéndose en vuelo parece picotear unas
uvas que yacen en el suelo y que está situado bajo la pierna
derecha del dios Baco (ver Ilustración
1). No será necesario sino remitir a la conocida por todos
antigua anécdota de aquellas uvas que de tal similitud a la realidad
pintó el artista griego Zeuxis que unos pajarillos no supieron
distinguir y se abalanzaron a degustarlas al instante. Esta leyenda
se convirtió en lugar común y tópico que recorre
sin fin los tratados artísticos del Renacimiento y del Barroco
italianos y españoles. Quería significarse siempre mediante
ella el extremo grado de "mímesis" reproductiva de
lo real que alcanzó en época de Alejandro Magno uno de
sus mejores pintores, y ya genéricamente, el punto álgido
que un pincel podía alcanzar en cualquier época en dirección
a reproducir la naturaleza, hasta llegar a confundirla con la naturaleza
aparente y " engañosa" del cuadro. Y Velázquez,
como un moderno Zeuxis, pintara cuando pintara este cuadro (tuvo que
ser antes de pagársele en la Corte en 1629), hubo de sentir la
verdadera excelencia de su joven pintura más que nada en su extremada
y prematura habilidad en "imitar", en reproducir con incomparable
verosimilitud la naturaleza real de las cosas y los seres. Por ello y por infinidad de razones que ya se conocen
vuelvo a retomar con este cuadro el tema siempre espinoso del "naturalismo"
velazqueño, actualmente muy cuestionado: pensemos lo que un cuadro
así tenía que ser en una época sin cine ni fotografía,
y el orgullo de ser su autor, por parte de un joven que apenas llegaba
a los treinta años de edad. De todos modos, al margen de la sutilísima
Historiografía actual -que con Velázquez nunca ha dejado
de dar al traste-, Los Borrachos es el manifiesto de "su"
orgulloso dominio en la técnica imitativa, de "su"
soberbia superioridad respecto de todos los pintores de la nación
y la Corte. Hasta entonces no había pintado más que retratos
y narra Jusepe Martínez cómo se le llegó a considerar
un pintor incapaz de hacer otra cosa que "cabezas": pero ganó
un concurso con su "Expulsión de los Moriscos", y con
Los Borrachos, según yo creo, pudo demostrar al máximo
su asombrosa magnitud. Si el primero de los cuadros no se conserva,
el segundo sí, mostrándonos en El Prado esa fantástica
integración de idealismo y materialismo que el Zeuxis sevillano
regalaban (20). Observemos la Figura 5, es la primera página de la elegante traducción, aún no superada, del largo poema "Aminta" de Tasso, por otro gran sevillano de la época de Velázquez, Juan de Jáuregui, quien por otra parte escribió un extenso poema dedicado a la Pintura, dentro de la polémica renacentista del "Parangón" entre las artes, donde mediante el diálogo discuten Pintura y Escultura y hace a la vez de mediadora Naturaleza. Vemos en esta figura unas aves que se lanzan a picotear unas uvas que en un lienzo una mano ha pintado a pincel, repitiendo el mismo episodio de Zeuxis ya mencionado. En una orla oval va inscrito: TRAHIMUR SPECIE RECTI, que podemos traducir por "Atraídos por la belleza de lo recto, lo bien hecho". Y recordemos el verso citado, cuando Ovidio narraba la liturgia báquica, que decía " Y alábanle del arte que conviene". En otro sentido el lienzo es una completa lección aristotélica -la Poética de Aristóteles formó parte de la librería de Velázquez, posiblemente la traducción de Ordóñez de 1626-, del estilo de este texto: "Pero de las causas, y éstas muy naturales, parece que tuviese origen la poesía: una es la imitación, que nace juntamente con cualquier hombre desde niño, y por ella somos diferentes de los otros animales; lo uno, porque somos aptísimos para imitar; y lo otro, porque imitando adquirimos las primeras disciplinas, y porque todos recibimos gusto en las imitaciones, de lo cual es argumento lo que cada día sucede, porque las cosas, que nosotros mismos mirándolas recibimos pena, guando miramos sus imágenes perfectamente imitadas de los artífices, nos causan sumo placer y esto nace, de que el aprender es cosa dulcísima, no sólo para los filósofos, sino para todos los hombres, aunque en esto sean poco parecidos. Y así los que miran las imágenes reciben contento, por aquel accidente que sucede de aprehender lo que hay en ellas, mientras las consideran, y de sacar la conclusión de lo que es cada una de estas cosas, porque guando sucediese, que el que mira la imagen nunca hubiese visto lo que representa, no recibiría placer por la imitación, pero recibíale por el artificio, o por los colores, o por otra causa semejante. " (21) Tanto por el texto de Moya, el dibujo de Jáuregui,
el episodio ovidiano o por el desarrollo aristotélico, podemos
intuir que en Los Borrachos se está haciendo alarde de las propias
facultades en el ejercicio de confundir lo real y lo imaginario en la
perfección ideal de la pintura: si Velázquez en Las Meninas
se erigirá en Apeles de su Rey, aquí, en el Baco, ha mostrado
el grado insuperable en el que se encuentra en su carrera de éxito,
no de otra manera que como un Zeuxis que llegará a ser como aquél,
Apeles de Felipe. Pero cómo ligar los dos cuadros de que nos hemos
ocupado. Sólo lo vamos a efectuar a modo de hipótesis
que no pretende ser definitiva. Todo lo que vamos diciendo no pretende
"demostrar" sino mejor "mostrar". La relación
la vamos a establecer iconográficamente, ya que las relaciones
formales son bien conocidas. Primero señalaremos que otro hecho
ha pasado inadvertido por los teóricos que a Velázquez
han dedicado esfuerzos. Sabemos por un lado que Velázquez a lo
largo de su obra muy a menudo operó con visión programática,
ligando unas obras con otras en repetidas ocasiones, por lo que puede
no ser un hecho fortuito el que ambas pinturas sean semejantes en formato
y medidas. Tras la última restauración que Las Hilanderas
ha sufrido le ha sido restituído su tamaño original: 164
x 250 cms., aproximadamente. Los Borrachos mide actualmente 164 x 225,
pero está documentado que fue cortada la tela un poco por cada
lado, tal vez como se viene creyendo a causa del incendio del Alcázar
de Madrid ocurrido en 1734. Los formatos semejantes sorprenden si revisamos bajo
estudio comparativo los restantes cuadros del pintor y vemos cómo
nunca se repiten formatos y medidas, salvo cuando existe un programa
o una seriación consciente, como es el caso de los cuatro Bufones
o el de muchos retratos, especialmente los de Infantes, como también
el Esopo y el Menipo, etc. Si por otro lado interrogamos los ojos del
dios Baco y a la izquierda del cuadro ponemos Las Hilanderas (ver ilustración
2), es posible imaginar una conexión simbólica y narrativa:
Palas se dispone a castigar la soberbia y el atrevirniento de su competidora
Aracne, mientras que las tranquilas Mineidas hilan alegremente sin ser
en absoluto conscientes de la gran falta que con su trabajo están
cometiendo a otro dios, Baco, que en otro territorio (Los Borrachos)
muestra al acto ese gesto abstraído y levemente sobresaltado
en dirección a algo que detecta y cae fuera del cuadro: el sacrilegio
de esas infelices hilanderas. Por otro lado tampoco sería del todo aventurado
relacionar los dos cuadros por medio del Emblema XXIII de Alciato ya
mencionado (Fig. 4). Con este
Emblema utilizado como vehículo de enlace entre los dos cuadros,
que a su vez quedan muy bien integrados respecto del relato mitológico
en los libros IV, V y VI de las Metamorfosis de Ovidio, Velázquez
propondría una ardua pero inteligible lección moral de
prudencia y buen ánimo. Si Velázquez pintó su primer
gran cuadro mitológico, Los Borrachos, con el ánimo vigoroso
de un "naturalista" triunfante en los primeros años
de estancia en la Corte, en su último "poema" mitográfico
recrudece el tono moral, y aquel juvenil descubrir la Verdad significado
en aliento báquico se ha tornado, tras la crisis de crecimiento
de toda una vida de creación y éxito irrefrenables, en
una profunda crisis de conciencia al borde de un imperdonable triunfo
con la adquisición del hábito de Santiago (22). Ahondar en la iconografía velazqueña se convierte siempre al final en un deficiente pero sugestivo aporte de documentos y materiales inéditos para la reflexión estética y humanística. Es una más de las posibilidades de su extraña creatividad, nunca agotable su capacidad de sugerir en un inextricable juego de significaciones intelectuales a través de la depuración de la forma. Como dijo Ortega y Gasset: "Había hecho el descubrimiento más impopular: que la realidad se diferencia del mito en que no está nunca acabada" (23). Granada, junio de 1988
(1) Es una lista inabarcable pero un buen resumen a modo de repaso de las más importantes versiones se halla en SANTIAGO SEBASTIAN, "Nueva lectura de "Las Hilanderas". La emblemática como clave de su interpretación" Revista FRAGMENTOS, n° 1, 1984, págs. 46-47. Y cómo no, a través de las páginas de JONATHAN BROWN, "Velázquez, pintor y cortesano", Madrid, Alianza, 1986. (2) DIEGO ANGULO IÑIGUEZ, "Las Hilanderas", en ARCHIVO ESPAÑOL DE ARTE, 1948, págs. 1-19. Del mismo, "Las Hilanderas (Sobre la Iconografía de Aracne)", en ARCHIVO ESPAÑOL DE ARTE, 195 2, págs. 67-85. MA RIA LUISA CATURLA, "El Coleccionista madrileño Don Pedro de Arce, que poseyó 'Las Hilanderas', de Velázquez", en ARCHIVO ESPAÑOL DE ARTE, 1948, págs. 293-304. (3) MADLYN MILLNER KAHR, "Velázquez's "Las Hilanderas": A new interpretation", en ART BULLIETIN, 1980, págs. 376-384. (4) JOSE ORTEGA Y GASSET, "Velázquez", Madrid, Aguilar, 1987, pág. 297. Se trata de una antología reciente de los escritos que Ortega dedicó a la figura y época de Velazquez. (5) LUCIANO DE SAMOSATA, "Obras completas", Madrid, 1882, tomo I, págs. 302-303. (6) Seguimos en todo momento la edición en dos volúmenes de Madrid, 1887. Citaremos OVIDIO, por SÁNCHEZ DE VIANA. (7) OVIDIO, por SÁNCHEZ DE VIANA, ob. cit., págs. 225-226. (8) OVIDIO, por SANCHEZ DE VIANA, ob. cit., pág. 233. (9) Se trata de un "Ovidio moralizado": atendiendo a la práctica habitual de los traductores de la época, un traductor como Sánchez de Viana añade a la obra traducida un comentario personal y moral bajo el título de "Anotaciones sobre quinte libros de las Transformaciones de Quidio. Con la Mithologia de las fabulas, y otras cosas." Valladolid, 1589. Utilizamos la edición original, fol 128. (10) IUAN PEREZ DE MOYA, "Philosophia Secreta donde debaxo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina prouechosa a todos estudios...", Madrid, 1628, fol. 394 (1ª edición de 1585). (11) OVIDIO, por SANCHEZ DE VIANA, ob. cit., pág. 197. (12) OVIDIO, por SANCHEZ DE VIANA, ob. cit., pág. 201. (13) OVIDIO, por SANCHEZ DE VIANA, ob. cit., pág. 202. (14) OVIDIO, por SANCHEZ DE VIANA, ob. cit., págs. 135-137. (15) OVIDIO, por SANCHEZ DE VIANA, ob. cit., págs. 157-158. (16) Es el momento de recordar que además de una edición del Alciato, Velázquez poseía en su biblioteca personal el tratado, ya mencionado, de Juan Pérez de Moya, la también ya mencionada traducción de las Metamorfosis de Ovidio por Pedro Sánchez de Viana y la italiana de LUDOVICO DOLCE, más una Poética de Aristóteles que más adelante mencionaremos, entre centenar y medio de libros más. Para ello, consúltese: F. J. SANCHEZ CANTON, "Los libros españoles que poseyó Velázquez", en VARIA VELAZQUEÑA, tomo I, Madrid, 1960, págs. 640-648. Y del mismo, "La librería de Velázquez", en HOMENAJE A MENÉNDEZ PIDAL tomo III, Madrid, 1925, págs. 379-406. Si bien Sánchez Cantón pensó que no era sino la traducción de Bustamante el ejemplar de Ovidio que poseía Velázquez, y así lo creyó también Angulo, son numerosas las razones que hacen pensar en que es más posible que se tratara mejor la de Sánchez de Viana citada. Intento en mi artículo también colaborar en esta última posibilidad. (17) ALCIATO, "Emblemas", edición a cargo de Santiago Sebastián, Madrid, Akal, 1985, pág. 55. (18) PEREZ DE MOYA, ob. cit., libro II, Cap. XXVIII, "De Baco", fol. 179. (19) JULIAN GALLEGO, "Visión y Símbolos en la pintura española del siglo de Oro", Madrid, Cátedra, 1984. "... cualquier elemento del cuadro puede ser, a la vez, real y simbólico". (pág. 193); "Y es que el objeto simbólico ha de ser tan real como su portador: al mismo tiempo es auténtico e imaginario." (pág. 195); "... las ideas de Velázquez, alimentadas por los clásicos y los emblemistas, tratan de abrirse un nuevo camino de expresión, en dirección opuesta a la seguida por los pintores de la primera generación del Siglo de Oro. Estos partían de lo absoluto para alcanzar lo real; Velázquez parte de lo real -el tema vulgar y cotidiano- para alcanzar lo absoluto". (pág. 266). (20) ARISTOTELES, "Poética", traducción de Ordóñez (1626), Madrid, Antonio de Sancha, 1778, Cap. IV, 1, pág. 15. (21) Para reconducirnos en la problemática figurativa e iconográfica en torno al Baco de Velázquez, creo destacables los siguientes trabajos: M. S. SORIA, "La Venus, los Borrachos y la Coronación de Velázquez", en ARCHIVO ESPAÑOL DE ARTE, 1953, págs. 269-285; CHARLES DE TOLNAY, "Las pinturas mitológicas de Velázquez", en ARCHIVO ESPAÑOL DE ARTE, 1961, págs. 31-45; SANTIAGO SEBAliTIAN, "Lectura iconográfico-iconológica del "Mito de Baco" (Los Borrachos) de Velázquez" en HOMENAJE A J. A. MARAVALL, Madrid, 1985, tomo III, págs. 359-367. (22) Nada impide suponer la "idea" de interconectar ambas obras desde Las Hilanderas hacia Los Borrachos, o que incluso Velázquez tuviera en mente o abocetado Las Hilanderas hasta el tardío día en que lo llevó a cabo. Caben múltiples posibilidades, pues para los dos cuadros no hay fecha exacta y apenas documentación. (23) JOSE ORTEGA Y GASSET, ob. cit., pág. 45.
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