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La Santa Iglesia Catedral Basílica
de Barcelona tiene actualmente dos advocaciones: la de la Santa Cruz
y la de Santa Eulalia. Esta segunda, o advocación menor, se estableció
en el año 877 cuando el obispo Frodoíno trasladó
el cuerpo de Santa Eulalia, virgen y mártir, desde la parroquial
de Santa María de la Mar, en el barrio de Ribera, hasta la cripta
situada debajo del presbiterio, que se llamó desde aquel punto
capilla de Santa María y Santa Eulalia. En 1339 quedó
dignamente instalada la reliquia en el sepulcro obrado por un maestro
pisano, en la recién construida cripta de la catedral gótica.
Con todo, la advocación primera de la catedral es la Santa Cruz
y por esta razón el escudo de la Seo es una cruz de plata sobre
fondo de gules. En lo alto del cimborio, terminado en 1913, figura Santa
Elena con el Lábaro y en el altar mayor está el gran crucifijo
de bronce de Federico Marés, desde 1975. Por tanto, nada tiene de particular
que las alusiones y representaciones de la Santa Cruz sean frecuentes
en la catedral. La capilla llamada de la Santa Cruz fue la central del
deambulatorio y en ella estuvo la imagen del Cristo de Lepanto, obsequio
de don Juan de Austria, desde 1571 hasta 1932, en que fue trasladada
a la capilla de San Olegario o del Santísimo, antigua Sala Capitular
a los pies de la iglesia y con entrada desde el claustro. Precisamente en el claustro existen
una serie de impostas encima de los pilares en las que aparecen unas
escenas que han sido interpretadas de manera distinta. Sucede que estas
impostas se hallan a bastante altura, unos seis metros del suelo, y
no tienen más allá de 25 cm., por lo que las figuras en
ellas esculpidas son de muy pequeño tamaño y de difícil
identificación. No aparecen descritas en las monografías de la catedral hasta tiempos muy recientes, y tales descripciones son por lo general muy someras. José Oriol Mestres (1873) menciona solamente la buena ornamentación de los capiteles de los machones del claustro, que atribuye al arquitecto Andrés Escuder. Támaro (1882) explica que en tales machones de los arcos del claustro, en su, cara hacia el interior del jardín, aparecen pequeñas figuras que representan escenas del Antiguo Testamento. Soriano (1892) dice que son del Nuevo Testamento, pero ambos tienen razón, pues como explicó Duran Sanpere (1952) en su guía de la catedral, en la panda del claustro paralela a la calle del Obispo Irurita se muestran escenas del Antiguo Testamento, comenzando por la creación de Adán, en tanto que en el ala junto a la capilla del Santísimo, o sea paralela a la calle de Santa Lucía, hay representaciones del Nuevo Testamento.
La idea de identificar el árbol del bien y del
mal con el árbol de la Cruz de la Redención es muy antigua
y ya San Ireneo, en el siglo II, explica que la perdición del,
hombre vino por el árbol del paraíso y su salvación
por la madera del Santo leño. San Pablo, en la Epístola
a los romanos (VI,5), dice: porque si hemos sido injertados en El por
la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su Resurrección.
Orígenes, comentando este texto, dice que Cristo es la virtud
de Dios, la sabiduría de Dios y el árbol de la vida, en
el cual debemos ser injertados, y por un nuevo y admirable don de Dios,
la muerte del Salvador se convierte en árbol de vida. Estas consideraciones teológicas se convirtieron
con los siglos en una extensa leyenda cuya versión más
conocida es la de Jacopo Varazze o Jacobo Vorágine (1230-1298),
teólogo y escritor italiano del siglo XIII, aunque la leyenda
era conocida en el siglo anterior. Pedro Comestor (m. 1198) la incluyó
en su Scholastica historia de 1175. Esta leyenda fue objeto de múltiples representaciones
escultóricas y pictóricas a lo largo de la historia del
arte. Baste recordar los magníficos frescos de Piero della Francesca
en el ábside de la iglesia de San Francisco de Arezzo. La leyenda refiere el viaje de Set al Paraíso,
por indicación de Adán moribundo, con el fin de obtener
el óleo de misericordia prometido por Dios en el momento de la
expulsión, Set consigue tres semillas del árbol del bien
y del mal que le entrega el querubín y las pone en la boca de
Adán muerto, al ser sepultado. El árbol que nació
del cuerpo de Adán fue utilizado por Salomón en la construcción
del templo de Jerusalén e identificado por la reina de Saba como
causa de la ruina del edificio. Fue luego echado al torrente de Siloé,
convertido en la cruz de Cristo en el Gólgota, recuperado por
Santa Elena, madre de Constantino, robado de Jerusalén por Cosroes
y recuperado por Heraclio. Duran i Sanpere (1951) dio a conocer una antigua versión
catalana de la Leyenda Aurea contenida en un manuscrito conocido como
"La vida popular de Jesucrist" (Ms. esp. 486 de la Bibliothéque
Nationale de París), que fue comentado por Francisco Miquel i
Badia en 1914. Parece un texto del siglo XIV. En la parte referente
al viaje de Set al paraíso, que será objeto de comentario
en esta comunicación, el manuscrito explica lo siguiente: Adán
estuvo cien años sin conocer a Eva, hasta que Dios le mandó
que lo hiciera. Eva concibió a Set que estuvo en lugar de Abel.
Cuando Adán alcanzó la edad de 932 años, estando
en el valle de Hebrón, se sintió cansado de trabajar y
de vivir. Llamó a su hijo Set y lo mandó al paraíso
indicándole que hallaría fácilmente el camino por
las huellas de Adán y Eva en las que nunca volvió a crecer
la hierba después del pecado original y subsiguiente expulsión.
En la puerta del paraíso Set debía hallar al querubín
de la espada flamígera a quien tenía que pedir el aceite
de misericordia prometido por Dios. Cuando llegó a las puertas
del paraíso el ángel mandó a Set que se asomara
al interior, por lo que pudo ver muchos árboles y pájaros
y una fuente de agua clara de la que brotaban los cuatro ríos
Geón, Pisón, Tigris y Eufrates, que llenan el mundo con
sus aguas. Encima de la fuente vio un árbol seco, sin hojas ni
corteza. Era el árbol muerto por el pecado de Adán. Junto
al árbol estaba la serpiente y las ramas se alzaban hasta el
cielo y en lo alto de ellas había un niño envuelto en
pañales, en tanto que las raíces se hundían hasta
el infierno. El ángel contó a Set que el niño era
el Hijo de Dios que lloraba el pecado de Adán y que lo iba a
destruir con el óleo de misericordia. El ángel tomó
tres semillas del árbol y se las dio diciendo que eran del árbol
del pecado de su padre, que volviera junto a él, que Adán
moriría a los tres días y que debía enterrarlo
con las tres semillas debajo de la lengua. Nacerá un árbol
que tendrá ramas de cedro, de ciprés y de palmera, ya
que el cedro, el más alto de los árboles, representa al
Padre Eterno, el ciprés es el más oloroso y recuerda a
Jesucristo y la palmera, la que más abundante fruto proporciona,
es símbolo del Espíritu Santo. Cuando Set estuvo junto a Adán y le comunicó
lo sucedido, volvió a sonreír, murió a los tres
días y luego de la tierra que lo cubrió nació el
árbol triple. La leyenda continúa hasta la Invención
del Santo Leño por Santa Elena, pero aquí es interesante
comentar solamente la parte contenida en el comienzo de la leyenda,
es decir, el viaje de Set al paraíso. Las impostas del claustro de la catedral de Barcelona
seguían siendo muy difíciles de ver y, por tanto, los
temas en ellas expresados fueron objeto de comentarios muy superficiales.
Pero en 1935 el "Arxiu d'Arqueologia Catalana", del Instituto
Amatller de Arte Hispánico, realizó unas excelentes fotografías
de los temas escultóricos de las impostas del claustro valiéndose
de escaleras y andamios. Cuando las fotos fueron reveladas se ofreció
a los investigadores una nueva posibilidad de estudio de la iconografía,
lo que dio lugar a que dos excelentes arqueólogos e historiadores,
Agustín Duran Sanpere (1887-1975) y mosén Eduardo Junyent
Subirá (1901-1978) estudiaran simultáneamente las fotografías,
llegando a resultados muy distintos. Eduardo Junyent, en la Miscel.lánia Finke
(1935) expuso que era conocido que las impostas que coronan las pilastras
del claustro de la catedral de Barcelona presentan, en su parte interior,
combinadas con los entrantes y salientes de los volúmenes arquitectónicos,
diversas agrupaciones de escenas y figuras que forman una exposición
bíblica, ampliamente desarrollada de la historia del pueblo de
Israel y de la vida humana de Cristo. Desde la creación del hombre
hasta los episodios de la vida de David, en el Viejo Testamento, hasta
la concepción de la Virgen y la Pasión y muerte de Cristo,
en el Nuevo Testamento. Mosén Junyent centró su investigación
en la imposta del tercer pilar del claustro de la panda paralela a la
calle del Obispo Irurita y dio a conocer los resultados en la Miscelánea
en homenaje al historiador Heinrich Finke, dentro del Volumen XI de
la Analecta Sacra Tarraconensia, en 1935. El problema surge cuando se trata de comparar los resultados
de las investigaciones de cada tino, puesto que difieren radicalmente. Duran Sanpere sostiene que las figuras ofrecen la siguiente
interpretación: Adán y Eva, sentados, aparentan una gran
fatiga. Adán se apoya en el azadón y Eva tiene en sus
manos la rueca de hilar. Frente a ellos, hacia la izquierda, aparece
una figura de pie con larga cabellera que mira hacia Adán como
si estuviera conversando con él y con ambas manos hace un gesto
señalando la dirección hacia la izquierda. Según
Duran Sanpere, la figura frente a Adán es su hijo Set, presto
a obedecer el mandato de su padre de ir al paraíso en busca del
óleo de misericordia. Para el Dr. Eduardo Junyent la significación
es muy distinta. Adán y Eva están muy fatigados y, sobre
todo, dolidos por el pecado original pero su tristeza se vuelve alegría
al ver a su izquierda una figura de larga cabellera, que no es otro
sino Jesucristo que les revela el misterio de Dios. En la otra cara de la imposta aparece una figura de
largos cabellos ondulantes y las manos juntas sobre el pecho, que se
halla frente a la puerta del paraíso, que es un recinto amurallado
con torres y puertas. Según Duran Sanpere esta figura vuelve a ser
Set, que ha llegado a la puerta del paraíso terrenal siguiendo
el mandato de Adán. Para Eduardo Junyent la figura infantil de rizada cabellera
y manos sobre el pecho es la Virgen María que acude al paraíso
para ser presentada a Cristo y al Padre Eterno para recibir la vida
en el propio paraíso, es decir, libre del pecado original. Sería,
por tanto, una expresión de fe en la Inmaculada Concepción
que, cuando se hizo el claustro en el siglo XV, era arraigada creencia
en Barcelona. Según Junyent, en la puerta de la torre, opuesta
a la de la entrada, la doncella sale del recinto amurallado y es recibida
por Jesucristo que la toma de la mano, mientras en 1a escena sucesiva
la doncella es presentada al Padre Eterno, sentado en eterna majestad,
que la bendice y acepta. Para Duran Sanpere, Set se encuentra con el ángel,
a la puerta del paraíso, que le entrega las semillas del árbol.
En la escena siguiente, Set, frente a Adán, le muestra las semillas
conseguidas. En la representación siguiente, según
Junyent, Adán ha muerto y Eva aparece medio oculta detrás
del árbol, cerca de unas rocas por las que andan una zorra y
un gallo. Según Duran Sanpere, Adán ha muerto y
Eva reza a su lado en tanto Set (aquí la figura está mutilada)
siembra las semillas en la tumba de Adán. En la siguiente escena ha crecido el árbol de
las tres ramas y en la inmediata el árbol ha sido cortado y los
leñadores lo llevan a lomos de una caballería. Aquí
ambos autores coinciden en la interpretación. Mosén Junyent se extiende en si escrito en la
importancia del culto a la Inmaculada Concepción en la catedral
de Barcelona, aunque primero resume su interpretación de las
esculturas de la manera siguiente. Todas las escenas del ciclo concepcionista convergen
en el tema central del recinto amurallado del paraíso terrenal,
a través del cual se adivina el paso de una doncella, mostrada
por Cristo a Adán y Eva y ofrecida después al Padre Eterno.
En el paraíso cerrado, al lado del árbol del bien y del
mal, el nuevo árbol de la Redención fructifica en la persona
humana de Jesús, destinado a cumplir la salvación de los
hombres y, además, la cruz, símbolo e instrumento de la
obra redentora, que desliza los vínculos del pecado para instaurar
la vida de la gracia. El pasaje del paraíso perdido y cerrado a los
humanos -en él sólo cabe la existencia de la humanidad
de Jesús por razón de su divinidad e incompatibilidad
con la culpa- significa para la doncella que lo atraviesa una exención
de la misma culpa, necesaria en ella para poder colaborar en la formación
de la humanidad de Jesús. Es un contacto directo con la gracia
vivificante, que la inunda antes de llegar a la plenitud del ser, en
previsión de los méritos de la obra redentora de Cristo.
Pero la Virgen pasa antes directamente por el paraíso y recibe
esta santificación, para llegar a la presencia de Dios que la
escogió desde la eternidad, que la acoge y bendice y le otorga
el don de la vida, es decir, recibe la creación de su ser viviente
e inmortal, sin sujeción a la culpa original. Resalta mosén Junyent que la Virgen aparece representada
de modo parecido a cuando el Arcángel San Gabriel le confiere
la Anunciación y Encarnación del Verbo, cuando se la figura
en el interior del paraíso con el ángel delante. Añade el Dr. Junyent que esta enmienda del ciclo
del Antiguo Testamento para introducir una profesión de fe concepcionista,
es más obra de un teólogo que de un artista, ya que el
primero sería capaz de interrumpir una narración legendaria
o histórica para introducir conceptos de fe. Igualmente los monarcas de la Corona de Aragón defendieron la institución del dogma durante siglos y, en la catedral, la Inmaculada recibió culto en la capilla del claustro, última de la. panda de la calle del Obispo Irurita, junto a la calle de la Piedad. Allí el 8 de diciembre se celebraba la misa tomando como nave de iglesia toda el ala del claustro en la zona de la calle de la Piedad.
De cara a un congreso de iconografía se hace
muy interesante constatar las diferentes versiones que ofrecen dos especialistas
en arqueología medieval, de un mismo asunto. Años más
tarde, en 1957, Luis Vázquez de Parga publicó, en Archivo
Español de Arte, una interpretación coincidente con la
de Duran Sanpere, a propósito de la muerte de Adán, en
la catedral de Toledo. Vázquez de Parga, creyendo ser el primero
en tratar el asunto, explica la leyenda de la Santa Cruz, con términos
idénticos a los expuestos por Duran sobre la catedral de Barcelona. Lo que sí es cierto es que, a falta de documentos fidedignos, todas las interpretaciones iconográficas deben ponerse, precavidamente, en tela de juicio. Que una figura pueda ser la Virgen o Set, otra el ángel o Jesucristo y una tercera el Padre Eterno o Adán, deben aconsejar a los iconógrafos la mayor cautela posible en las llamadas lecturas iconográficas, pues no es lo mismo leer un libro que una escultura. Barcelona, Sábado de Pasión, 14 de abril de 1990. BIBLIOGRAFÍA -José Oriol Mestres, Monografía de los claustros de
la catedral, Imp. La Renaixensa, Barcelona, 1873, p. 45. ILUSTRACIONES LÁMINA 1 - LÁMINA 2 - LÁMINA 3
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