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Por múltiples razones, Santa
María del Naranco supone el testimonio arquitectónico
más excepcional del Prerrománico asturiano (1). La deliberada
apertura hacia el entorno, la ósmosis con la floresta a través
de la feliz transparencia de sus miradores, crea profundos contrastes
entre el palacio, único de los conservados, y los demás
edificios de la Monarquía. Excepción a la norma, obedece
a un particular designio de conciliación entre arquitectura y
naturaleza. En vez de distanciarse, de expresarse en los habituales
términos de confinamiento y hermetismo, el monumento tiende un
nexo de armonía, dialoga con el paisaje. Contrapunto del vecino
templo de San Miguel de Lillo donde el espacio litúrgico revela
un orden rigurosamente centrípeto, en el palacio del Naranco
la visión contemplativa se proyecta desde dentro hacia afuera,
implica la espesura circundante y alcanza los lejanos contornos de la
urbs regia, ciudadela espiritual. Signo de reconocimiento del estilo ramirense,
su plástica acoge un sorprendente zoocosmos concentrado en medallones
y capiteles de la planta noble. Adaptados a la métrica y al ritmo
pautado de las líneas arquitectónicas, ocupando cuñas
estructurales visualmente privilegiadas, los motivos animalísticos
se erigen en tema mayor de la ornamentación. Ausente en las demás
etapas del arte asturiano, la extraordinaria secuencia reproduce un
auténtico bestiario que ahonda en los planos de significado del
edificio entero. El ornato de Santa María del
Naranco refleja una práctica habitual de los talleres principescos
altomedievales: la transformación en escultura de estilos y motivos
creados para las artes industriales (tejidos, bronces, marfiles). Seña
de la tesaurización inherente a la mentalidad aúlica,
la decoración zoomorfa supone la experiencia
de otras obras de arte de naturaleza material bien distinta. Derivada
de un trabajo preexistente de origen o inspiración oriental,
la galería de criaturas que custodia la morada transcribe los
refinamientos de expresión, el exorno legendario de las artes
suntuarias, particularmente de las sedas y tejidos iranios, árabes
o bizantinos, objetos viajeros cuyo lujo y rareza comunica prestigio
a los príncipes de occidente. Atesora un conocimiento transferido,
no basado en la experiencia. Encierra una fauna, rememora una geografía
exótica y fabulosa, ajena por entero al hábitat de bosque
atlántico -hoy tan degradado- en que se inserta el palacio. La temprana Edad Media criba o destruye drásticamente
la herencia maravillosa del mundo clásico, particularmente proscribe
toda expresión referente a la mitología, a los cultos
paganos, a la magia en sus diversas manifestaciones (2). Pero el fenómeno
de los mirabilia no se reprime en todas sus facetas: tanto en
la literatura erudita como en las artes plásticas lo maravilloso
geográfico y zoológico aparece poco afectado. Extinguidos
el circo y el anfiteatro, los animales exóticos se incorporan
al patrimonio imaginario y maravilloso del occidente medieval. Máxime
en un territorio como el asturiano, cuya romanización periférica
no debió propiciar el mundo de los ludi (3). El bestiario
del Naranco representa un síntoma de recuperación de lo
maravilloso zoológico, legado que, susceptible de adaptación
al discurso cristiano, las élites altomedievales juzgaron con
benevolencia. Pero el mensaje icónico se muestra en la constelación
animalística del Naranco particularmente incierto. Las zonas
de penumbra alcanzan al propio reconocimiento de las bestias, pues el
tratamiento estilizado, antinaturalista, impide fijar con entera seguridad
su identificación zoológica. Interpolados en el ciclo de animales, en los medallones
hallan cabida algunas bestias ficticias de dudosa adscripción
iconográfica. Al igual que el Phisiologus, que junto con
el isiodoriano De Animalibus representa uno de los grandes pilares
literarios del bestiario (4), el aula del Naranco compendia seres verdaderos
y fantásticos sin diferenciarlos, recordando la ambigüedad
de los confines comprensivos del mundo animal durante el Alto Medievo.
Restringido el campo de la verificación experimental por el deterioro
de las comunicaciones antiguas, los animales exóticos se confunden
con los fantásticos: la bestia quimérica no debía
parecer más remota e incierta, más insólita en
suma, que los animales con los que se agrupa. Evocadoras de una zoología confusa, las enigmáticas
figuras resultan distributivamente equivalentes a los felinos y aves
reconocibles conforme a la naturaleza. La fantástica congregación
se diría dispuesta en orden permutable, pues, labradas en todos
los casos sobre las enjutas de los arcos, las figuras ocupan idéntico
emplazamiento material. Puede suponerse un fondo de equivalencia semántica:
las distintas unidades de la secuencia (felinos, aves afrontadas, animales
fantásticos) participan de una correlación, de una cierta
identidad en el contexto de la representación. La Edad Media acrecienta el potencial simbólico
de la bestia. Encuentro de relaciones significantes entre el hombre
y la naturaleza, la imagen animal adquiere una doble articulación,
pues si bien forma parte del mundo natural y en cierto modo lo representa,
como vestigia Dei constituye un soporte de realidades trascendentes,
ratifica un orden sagrado. Halla su razón de ser, su sistematización
bajo la óptica del universo cristiano cuyo eje vertebrador es
la Biblia y su exégesis. Con respecto a la pluralidad y simultaneidad de sentidos
del ideograma animal, transmutado como ciertas relaciones numéricas
en cabeza de Janus, afirma el Physiologus que todas las criaturas
son de doble naturaleza, admirables y censurables. La humanidad creyente
intenta exorcizar su lado malo, invocando aquello que las inquietantes
bestias ocultan de benefactor. El radical dualismo que confiere la exégesis
cristiana a la imagen animal (5), tan patente en textos como las Moralia
in Job de Gregorio Magno, sin duda se decanta en el ciclo del Naranco
por sus valores positivos. Así lo rubrica la cruz, asociada a
los clípeos en los extremos de la sala y en el interior y el
exterior de los miradores. El signo no sólo inviste de sacralidad
a la morada, convertida en sacrum palatium, sino también
al cosmos físico sobre el que se proyecta. Emplaza el catálogo
de animales en un contexto cristológico, tornándolos soportes
de simbolismo profético. Todo el programa arquitectónico y figurativo
parece derivar de una única idea matriz: detentando un poder
de origen divino, el soberano altomedieval gobierna en la tierra a imagen
de Dios en el cielo y manifiesta la conformidad de lo visible con lo
invisible. Por delegación del Rey de Reyes, ejerce sus elevadas
funciones, entre ellas, como recuerda G. Duby, la de juzgar como el
Cristo de la Parusía lo hará al final de los tiempos (6).
La morada del rey alcanza una impronta simbólica trascendente,
prefigura la instauración del reino escatológico de Cristo.
Definida en términos de correlato, testimonia esa certeza primordial
en la Jerusalén celeste que preside la tonalidad religiosa del
reino de Asturias. Bajo la luz de este argumento se restablece el juego
de las partes, se explican las correlaciones exactas entre las diversas
fuerzas en acción. El vocabulario sacro y triunfal del frons
regiae que preside los miradores del aula, anclado en el arte de
la antigüedad tardía y de los primeros siglos de la Edad
Media, ahonda en analogías entre los dos reinos, cuyos distintos
tiempos de historia y profecía se entrecruzan. Sitúa en
relación directa las moradas terrena y
celeste como realidades simétricas, concurrentes en un mismo
espacio que anuncia la Redención y aguarda el adventus.
Intervalo estético y psicológico, umbral del paraíso
también desplegado en el iconostasis de Santa Cristina de Lena,
el signo de glorificación orienta sobre las verdaderas articulaciones
que rigen en el orden comprehensivo del palacio. El pabellón real del monte Naranco se erige en
anticipación terrena, en visión prospectiva de la sede
celestial. Meta de una escala ascendente, el palacio adquiere todos
los registros de un aula siderea, imagen paradisíaca que
acoge a los elegidos, Amparada bajo la bóveda celeste, la Societas
credentium se halla bipartida entre dos modelos de vida que virtualmente
asume el monarca como rector Ecclesiae y conductor de su pueblo.
En las bandas que prolongan los perpiaños de la cubierta, albergados
en arcos de soga, los bellatores, hombres de espada encargados
de la defensa de la Iglesia, representan el ordo laicus, mientras
que los oratores, hombres de oración, materializados en
oferentes -también en los solitarios de los capiteles., encarnan
el ordo clericus. De este modo, el aula despliega la alegoría
altomedieval del Regnum y el Sacerdotium (7). En un plano
inferior, prolongando las bandas, los animales custodian el más
inaccesible de los lugares sagrados: el paraíso, arquetipo celeste
que evoca el aula. Bajo la intención decorativa subyacen sin
duda factores de representación ideológica. Las correlaciones con la simbología real y la
sacralización del palacio (8), tanto en Oriente como en el mundo
carolingio, resultan explícitas. Si el palatium de Teodorico
el Grande, reproducido en el célebre mosaico de San Apolinar
Nuovo, participa de una dimensión celeste (9), el Chysotriklinios
bizantino, sala del trono del palacio imperial, elabora la figura del
basileus como auténtica imago Christi (10). Para
el imperio occidental, Pierre Riché ha demostrado cómo
la corte de los monarcas francos constituye al mismo tiempo una imagen
y una anticipación del paraíso y cómo los visionarios
perciben la morada divina bajo la apariencia de un palacio en cuya gran
sala Dios s e ofrece a la contemplación de los elegidos (11).
En el reverso de la moneda, la Edad Media concibió el mito simétrico
del palacio como contraparaíso diabólico de los reyes
paganos, ilustrado por el fascinante " cielo de Cosroes",
fastuosa sala cósmica, abovedada y estrellada, donde el emperador
sasánida, rivalizando con el Creador, se hacía adorar
como un dios (12). ¿Qué papel representan los animales en
este bosque de símbolos que suscita el pabellón real?
Como punto de partida, no hay porqué presuponer una escisión
entre: palabra e imagen, léxicos que en la mentalidad de las
élites altomedievales se hallaban naturalmente fundidos. Entendida
como hipótesis, sin poder atestiguar documentalmente que el creador
del programa ramirense tuviera presente tal o cual pasaje de la hermenéutica,
una lectura cristológica del bestiario del Naranco resulta plausible:
tanto los felinos, como las aves o los seres fantásticos, pueden
contemplarse bajo el prisma de un simbolismo teofánico basado
en la interpretación de las propiedades del animal referidas
a módulos que provienen de la exégesis bíblica. De este modo, el compendio de criaturas cifra la realidad
sagrada. El león, mítico rey de los animales que al caminar
va borrando el rastro con su propia cola, conforme a paralelismos ya
instituidos en el Physiologus remite al poder de Cristo, "victorioso
león de la tribu de Judá" (Apoc. 5,5). Tales
asociaciones alumbran la insistente presencia de la imagen en un templo
ramirense, sobre la nave de Santa Cristina de Lena. Otros felinos diferenciados,
de piel manchada, pudieran remitir al pardus o a la pantera
caelestis, que con su rugido y su aroma reclama a las multitudes. En cuanto a la tipología exegética de
las aves, genéricamente se erigen en tema paradisíaco
y evocan de forma natural el alma contemplativa que aspira a volar hacia.
Dios. Pero cada especie alada encierra un significado específico.
Las grullas, por ejemplo, se proponen como modelo de justicia y convivencia
(Hexaëmeron, V, XV, 50,52). Sobre los medallones del frontis occidental
del palacio, a parecen aves heráldicas y aureoladas, de probable
ascendencia sasánida. El nimbo bien pudiera caracterizarlas como
criaturas míticas, quizá trasuntos del fénix, la
aeterna avis, promesa de resurrección milenariamente emplazada
en la esfera de lo sacro. También los animales imaginarios, como el pájaro
de cabeza canina repetido en varios discos o los probables grifos afrontados
que figuran en un clípeo de la sala pudieran representar palabras
de un léxico simbólico de significado ejemplar. En el
medallón más complejo de toda la serie, de disposición
heráldica, los dos cuadrúpedos rampantes parecen alimentarse
con las ramas de un esquemático árbol de la vida; aludiarían
a la regeneración a través de la bestia que devora. Puesto
que, concebida como un libro escrito dígito Dei, todos
los pasajes de la naturaleza entran en el orden sagrado, cualquier criatura,
incluso la más quimérica o monstruosa, puede ser reveladora,
soporte expresivo de significados mesiánicos (13). A modo de
exempla, las descripciones aparecen subordinadas a la lectio
divina, traspuestas en lección moral gracias a la comparación
apoyada en una cita bíblica o exegética. En la mentalidad altomedieval rige un orden jerárquico
de cuño poderosamente antropocéntrico en cuya cúspide
se emplaza el vir Dei domador de la naturaleza, "vencedor
antagonista de la hostilidad del ambiente. Contemplada bajo esta óptica
la decoración del Naranco sugiere correspondencias entre el monarca
en su aula y la imagen analógica de Orfeo-Adán-David-Cristo
que, rodeados de animales fabulosos y reales, a un tiempo simbolizan
el poder sobre la naturaleza y anuncian una era paradisíaca de
paz. Si la música del cantor tracio transformaba el mundo salvaje
en un edén apacible, el imperium del rey sobre las bestias
ejemplifica el dominio de la ley divina sobre todas las criaturas. Siervo
y elegido de Dios, el príncipe reúne y preside un universo
armónico investido de sacralidad en el concierto del paraíso
terrestre, paisaje natural poblado de árboles y animales, creado
para su disfrute. De este modo, el zoocosmos ramirense contribuye a expresar la majestad, la imagen de autoridad del monarca cristiano elegido de Dios, impregnado de su gloria. A través de las páginas de un liber creaturarum depositario de claves proféticas, el aula regia recrea el mito del paraíso.
(1) En lo que concierne a los contenidos del presente trabajo, véase en particular: J. Puig i Cadalfach, "La sculpture asturienne pies IX et X siècles". Bulletin de la Société Nationale des Antiquaires de France. Paris, 19.38. H. Schlunk, "La decoración de los monumentos ramirenses". BIDEA 5, 1943, págs. 55-94. W. Zizichwili, "Antecedentes de la decoración visigoda y asturiana", A.E.A. XXVII, 1554, pp. 129-146. J. Manzanares Rodríguez, Arte Prerrománico asturiano. Síntesis de su arquitectura, Oviedo, 1957. J. Hubert, "Le décor du palais de Naranco et l'art de l'Europe barbare". Symposium sobre cultura asturiana de la Alta Edad Media, Oviedo, 1967, págs. 151-160. J. Gil López y F. Marín Valdés, Santa María del Naranco. San Miguel de Lillo, Oviedo, 1988. V. Nieto Alcaide, Arte prerrománico asturiano, Salinas, 1989. Para una bibliografía más extensa sobre el monumento remitimos a la recopilación de R. Bordíu Cienfuegos-Jovellanos, Inventario Documental y Bibliográfico sobre el Prerrománico Asturiano, Oviedo, 1989. (2) Sobre el remanente maravilloso en la Alta Edad Media, J. Le Goff, Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medíeval, Barcelona, 1985; C. Lecouteux, "Introduction a L'étude du merveilleux médieval", Études germaniques 36, 1981, pp. 273 y ss. "Paganisme, christianisme et merveilleux", Annales XXXVII 4, 1982, págs. 700-716. (3) Por razones de esta índole, la temática circense que muestran las jambas de San Miguel de Lillo entra de lleno en el territorio del legado maravilloso que, con criterio selectivo, incorpora la temprana Edad Media, fascinada en esta ocasión ante la imagen, extinta en Occidente, de los ludi triumphales. (4) Para el problema de los vínculos que enlazan el Physiologus y los bestiarios medievales, El Fisiólogo. Bestiario medieval. Traducción y notas de Nilda Guglielmi, Buenos Aires, 1971. N. Henkel, Studien zum Physiologus im Mittelalter, Tübingen, 1976. G.Orlandi, "La tradizione del "Physiologus" e i prodromi del bestiario latino", L'uomo di fronte al mondo animale nell'Alto Medioevo, t. II. Settimanc di Studio del Centro Italiano di Studi sull'Alto Medioevo, XXXI, t. II, Spoleto, 15,85, págs. 1057-1106. S. Sebastián, El Fisiólogo atribuido a San Epifanio, Madrid, 1986. (5) P. Testini, "Il simbolismo degli animali nell'arte figurativa paleocristiana", L'uomo di fronte, t. II, Spoleto, 1985, págs. 1107-1179. (6) G. Duby, Les trois ordres ou l'imaginaire du féodalisme, Paris, 1978. (7) Ambos conceptos y su alcance figurativo se hallan magistralmente revisados en el trabajo de P. Skubiszewski, "Eclesia, Christianitas, Regnum et Sacerdotium dans l'art des X-XI s. Idées et structures des images", CCM, XXVIII, 1985, págs. 133-179. (8) Sobre la arquitectura y la exaltación del poder: E. B. Smith, Architectural Symbolism of Imperial Rome and the Middle Ages, Princeton, 1956. (9) C. Frugoni, Una lontana cittá. Sentimenti e immagini nel Medioevo, Turín, 1983. Interpretación del motivo en el capítulo "Le cittá della memoria, un sogno sui mosaici", págs. 34-60. (10) A. Grabar, L'empereur dans l'art byzantin, Paris, 1936. I. Lavin, "The House of the Lord", Art Bull., XLIV, 1962. (11) P. Riché, "Les répresentations du palais dans les textes littéraires du haut Moyen-Age", Francia, t. 4, 1976, págs. 161-171. (12) C. Roussel, "Le "paradis" des rois païens", Le Moyen Age, LXXXIX, 1983, págs. 215-237. (13) T. Gregory, "Discorso di chiusura", Settimane di Studio..., Spoleto, 1985, especialmente págs. 1458 y ss. (14) K. Thomas, Man and natural World, New York, 1983; G. Ortalli, "Gli animali nella vita quotidiana dell'alto medioevo: termini di un raporto", L'uomo di fronte..., t. II, Spoleto, 1985, págs. 1389-1443. E. Cohen, "Law, folklore and animal lore", Past & Present, 110, 1986, págs. 6-37. ILUSTRACIONES LÁMINA 1 - LÁMINA 2 - LÁMINA 3 - LÁMINA 4
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