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Al cumplirse en 1990 el VI Centenario del año comúnmente aceptado como el del nacimiento de San Pedro Regalado, parece oportuno examinar la formación de la iconografía de este santo franciscano, así como perfilar y sistematizar la de sus representaciones.
Nacido en la ciudad de Valladolid hacia 1390, Fray Pedro de Valladolid, más conocido por la posteridad como San Pedro Regalado, fue miembro activo de la reforma eremítica de fray Pedro de Villacreces. Repartió su existencia entre los conventos de El Abrojo (Valladolid) y La Aguilera (Burgos), donde falleció en 1456 (1). Su vida, según se recogía en la bula de canonización, se caracterizó por el ejercicio de la caridad, la penitencia, la ascesis y la pobreza, entre otras virtudes (2).
Son muy pocas las noticias de primera mano que poseemos
de la vida de este santo. Aparte de ciertos manuscritos de los siglos
XV y XVI -algunos de ellos actualmente perdidos- que contienen referencias
más o menos extensas a San Pedro Regalado, las primeras biografías
publicadas sobre él datan ya del siglo XVII. Sus autores, monjes
franciscanos pertenecientes a la provincia de
la Concepción, de la que formaba parte el convento de San Francisco
de Valladolid -uno de los grandes impulsores del culto y devoción
del santo-, estuvieron relacionados de diversa forma con el proceso
de beatificación de Regalado, por lo que, según afirmaban
en sus libros, se basaron en documentos y fuentes fidedignas para su
redacción (4). Aunque la distancia temporal que les separaba
de los acontecimientos y el inevitable y lógico panegírico
de sus textos actuaron en detrimento del rigor histórico, estos
libros constituyen, sin embargo, un útil instrumento para el
conocimiento del estado de la tradición franciscana en torno
a San Pedro Regalado en el siglo XVII, al tiempo que atestiguan la existencia
de un culto tributado al santo muchos años antes de que fuera
reconocido como tal por la jerarquía eclesiástica. Por
otra parte, los escasos grabados que se incluyeron en estas hagiografías
recogieron la forma en la que eran visualizados en aquel momento algunos
episodios de la vida del santo, pero además, lo que es más
importante, sirvieron de fuente -y en mayor medida lo hizo el texto
al que acompañaban- para las posteriores imágenes artísticas
de San Pedro Regalado, que se multiplicaron a lo largo de las últimas
décadas del siglo XVII y primera mitad del XVIII con motivo de
su beatificación (1683) y canonización (1746). Mayor valor documental, por su inmediatez al suceso y por la autentificación notarial que se otorgó en ocasiones al testimonio escrito o a su copia, tienen las relaciones de milagros póstumos, que comenzaron a ser recopilados en el convento de La Aguilera al poco tiempo de la muerte del santo. Entre los favores que recibieron sus devotos predominaron las curaciones milagrosas, por lo que Regalado se configuró como un santo cuya invocación poseía eficaces poderes taumatúrgicos. Tales milagros póstumos fueron añadidos a las biografías que se publicaron sobre él, pues confirmaban los poderes sobrenaturales que le habían sido otorgados por la santidad de su vida. Pero la representación de estos temas no llegó a tener, desde el punto de vista iconográfico, la fortuna que alcanzaron los prodigios acaecidos en vida del santo, por lo que apenas tuvo lugar su figuración aislada, encontrándose más bien formando parte de ciclos iconográficos relativos a su persona (figs. 4 y 8).
En el desarrollo del culto a San Pedro Regalado intervinieron
instancias de muy distinta naturaleza, pero unidas todas ellas por su
común devoción al santo. En un principio, fueron sobre
todo los enfermos y los menos favorecidos social y económicamente,
los que dirigieron sus oraciones a Regalado, en demanda de ayuda. Las
numerosas curaciones milagrosas atribuidas a su intercesión,
extendieron su popularidad por tierras castellanas, principalmente en
la zona circundante a La Aguilera. No fue en absoluto ajeno al nacimiento
de este culto popular el sucesor de Regalado en el cargo de Vicario
de los eremitorios burgalés y vallisoletano, fray Alonso de Valladolid,
quien, desde el mismo año de la muerte del santo -1456-, ordenó
la recopilación documental de los milagros póstumos (5).
Atendiendo a esta devoción, a partir de 1626 los franciscanos
claustrales de Valladolid comenzaron a promover la canonización
de un monje perteneciente a una reforma eremítica que, si bien
se situó, en un principio, al margen del sector conventual de
la orden, había conseguido, más tarde, incorporar los
conventos de la región a ella y formar, así, la Provincia
de la Purísima Concepción. A estas iniciativas se sumó,
y no en menor medida ni influencia, el poder real, especialmente con
las intervenciones directas de Isabel la Católica y de la reina
gobernadora Mariana de Austria, que apoyó la causa de su beatificación.
También participaron en este proceso algunas familias nobles,
entre las que destaca la de los Condes de Miranda por ser patronos del
convento de La Aguilera. El culto de San Pedro Regalado, atestiguado al menos desde 1520, pero sin duda existente durante la segunda mitad del siglo XV, se localizó fundamentalmente en La Aguilera, donde yacían los restos del santo (6). Desde allí se enviaron reliquias (fragmentos de huesos, de hábito, etc.) a diversos lugares, con lo que, además de propagar su devoción, se crearon nuevas sedes de culto. Entre éstas, la más importante fue la ciudad natal del santo, Valladolid.
El nacimiento del culto a San Pedro Regalado y su posterior
extensión, generaron e impulsaron su desarrollo iconográfico,
pues los fieles requerían el apoyo material que proporcionaba
su imagen, a la que dirigían sus oraciones y en la que se concentraba
su devoción. La primera representación que conocemos del santo
se halla en el sepulcro de alabastro que, según las crónicas,
mandó realizar Isabel la Católica a fines del siglo XV.
El traslado de los restos mortales de San Pedro Regalado a su nueva
sepultura se acompañó de una serie de ceremonias que transcurrieron
entre construcciones y decoraciones efímeras en las que pudo
haber también alguna figuración del santo (7). El monumento
sepulcral ha sufrido numerosas mermas y modificaciones, entre ellas
el desplazamiento y separación de su estatua yacente. La recompuesta
urna conserva, sin embargo, varios relieves. En uno de ellos la figuración
de Regalado junto a dos santos franciscanos (el también taumaturgo
San Antonio de Padua y San Luis de Tolosa, de linaje real, en evidente
alusión a la comitente de la obra) situaba en un nivel de santidad
al que todavía no gozaba oficialmente de tal privilegio (fig.
1). Por otra parte, el nimbo que rodeaba su cabeza en esta imagen
le caracterizaba definitivamente como santo (8). La escenificación
de milagros efectuados por la intervención de Regalado en los
otros dos relieves del sepulcro que poseemos actualmente suponían,
igualmente, una fáctica aceptación, dentro del recinto
sagrado, de unos prodigios que aún no habían obtenido
el reconocimiento de la jerarquía eclesiástica. Éste comenzó a producirse en 1630, con
un breve de Urbano VIII, que prohibía la venta de reliquias de
Regalado, y con un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos,
que aprobaba cuatro de los milagros que se le atribuían, y que
proclamaba oficialmente sus virtudes. A partir de entonces y de forma
decidida comenzaron a pintarse cuadros y a realizarse grabados con su
imagen (9), algunos de los cuales fueron destinados a ser repartidos
entre los miembros de la Curia Romana que tenían que intervenir
en los procesos de beatificación y canonización, siguiendo
una práctica usual en estos casos (10). El grabado más antiguo con la representación
del santo que conocemos ilustra la portada de la biografía escrita
por Ocampo que se publicó en Milán en 1634, es decir,
pocos años después de la declaración de sus virtudes.
En él se encuentra ya plenamente configurado el tema de la Traslación
de Regalado, uno de los cuatro milagros aprobados por Roma y que se
convirtió en la imagen más característica del santo.
La estampa reproduce seguramente una pintura anterior, pues el marco
superior corta la composición en el lugar donde habitualmente
aparece la figura de la Virgen, de la que solamente se ve la aureola
luminosa. Pinturas y esculturas figurando al por entonces aspirante
a beato se distribuyen, sobre todo, por los conventos franciscanos de
la región (11). La proclamación de su beatificación en
1683 supuso un impulso definitivo para la consolidación del culto
a Regalado y para la multiplicación de sus imágenes. Para celebrarlo, se organizaron en Valladolid brillantes
fiestas religiosas y profanas. Las comunidades conventuales más
importantes de la ciudad instalaron, en lugares destacados de sus calles
y plazas altares con esculturas, algunas de ellas articuladas y con
movimiento (12). Formando parte de estas solemnidades, en el convento
de San Francisco se dedicó la capilla de Nuestra Señora
de Copacabana, recientemente terminada y amueblada con varios retablos
(13). Su escultura titular y otra de San Pedro Regalado, de vestir (14),
que ocupaba uno de los altares secundarios de esta capilla -y que no
era la única representación del beato que poseía
el convento en estas fechas (15)-, se sacaron en procesión en
unión de otras imágenes de santos. De este modo la figura
del beato se mostraba públicamente y se divulgaba el conocimiento
de sus virtudes y milagros. En la sacralizada sociedad española
del siglo XVII tales manifestaciones de religiosidad colectiva constituían
el medio más eficaz para difundir la imagen del nuevo bienaventurado
y, consecuentemente, la extensión de su devoción. Clausurando la octava de estas celebraciones religiosas,
recitó un panegírico fray Manuel de Monzaval, cuya biografía
de San Pedro Regalado vio la luz al año siguiente. La anteportada
de este libro está formada por un grabado (fig.
2), firmado por Marcos Orozco (16), en el que se sigue el modelo
de la Traslación del santo que ya había sido utilizado
en la estampa de la biografía escrita por Ocampo. En el mismo
año de 1684 se publicó en Roma otra hagiografía
sobre Regalado, la redactada por Jerónimo Gutiérrez, procurador
de la causa de la canonización del nuevo beato ante la Santa
Sede; en las páginas de este libro se intercaló un grabado
con el prodigio de la travesía del río sobre el manto,
otro de los cuatro milagros reconocidos oficialmente. Al mismo tiempo,
el Conde de Miranda encargó una estampa de gran tamaño
con diferentes escenas de la vida y milagros del santo que fue grabada
en Roma por Nicolás Billy el Viejo (fig.
3). Por estas fechas la remodelación de la iglesia
del convento de La Aguilera se convirtió en una glorificación
de su antiguo Vicario, elevado recientemente a los altares. En 1692
se terminó la llamad "capilla del santo", cuyos muros
estaban decorados con cuatro lienzos relativos a él y que era
presidida por un retablo en el que se colocó un ingrávido
grupo escultórico de la Traslación. Años más tarde y a imitación de
este último se talló un retablo para la capilla que, construida
entre 1710 y 1727, se dedicó a San Pedro Regalado en la iglesia
del Salvador de Valladolid, donde, según la tradición,
había sido bautizado (fig.
7). El vallisoletano convento de San Francisco se sumó
a esta multiplicación de imágenes. Su monje lego Diego
Frutos pintó entre 1730 y 1737 una serie de más de veinte
lienzos con escenas relativas al nuevo beato (fig.
8) que colocaron en uno de los claustros (17). Otras tantas pinturas
se realizaron para el convento de El Abrojo; están atribuidas,
igualmente, a Diego Frutos, quien las llevaría a cabo en unas
fechas no muy lejanas a las de Valladolid. Por su parte, el convento
de La Aguilera también se enriquecía, desde el siglo anterior,
con varias colecciones de cuadros en los que se representaban escenas
relativas a Regalado (figs. 4
y 6). Finalmente, su canonización en 1746 por Benedicto XIV tuvo que incidir de forma decisiva en la demanda de imágenes del nuevo santo, que fue proclamado al año siguiente patrono de la ciudad y de la diócesis de Valladolid. Tales acontecimientos fueron celebrados entre el aparato oficial y el júbilo popular. Durante más de quince días se sucedieron espectaculares fiestas en las que lo religioso y lo profano se entremezclaron en variopintas ceremonias, pues lo mismo cerraban gigantones la procesión del santo, que una imagen de éste se añadía al desfile de exóticos disfraces y fantásticas carrozas organizado por los gremios de la ciudad (18).
Dada la extensión de esta comunicación, no es posible detallar todas las representaciones conservadas del santo que hemos localizado hasta el momento, a las que habría que añadir aquellas de las que tenemos noticias documentales y literarias. En líneas generales y como ya hemos apuntado, sus imágenes, tanto pictóricas como escultóricas, fueron realizadas, sobre todo, como es lógico, para conventos pertenecientes a la orden franciscana, entre los que destacan los ya mencionados de La Aguilera (figs. 1, 4 y 6), El Abrojo (fig. 8) y Valladolid, así como para ciertos templos parroquiales de localidades situadas en las proximidades de los dos eremitorios en los que transcurrió la vida religiosa del santo.
El tipo iconográfico de San Pedro Regalado conoció,
como es lógico, un proceso de formación y definición:
desde sus iniciales representaciones genéricas como un santo
franciscano -sin ningún rasgo propiamente diferenciado o individual,
ni atributos personales-, pasando por un estadio en el que se añadieron
a su figura objetos propios de su condición espiritual o religiosa.
(figs. 1 y
5); hasta que alcanzó su configuración definitiva
y peculiar en la imagen del santo trasladado por los aires gracias al
auxilio de los ángeles (figs.
2 y 7). En sus representaciones San Pedro Regalado aparece caracterizado
como un fraile menor. Viste el hábito franciscano compuesto por
túnica, capilla y capuchón de color marrón. A menudo
la policromía de las esculturas o las calidades pictóricas
detallan la aspereza del sayal basto de Aranda con el que Los ángeles que le transportan por los aires
de diversas maneras (en un intento de visualizar, de forma comprensible,
el casi instantáneo traslado del santo entre El Abrojo y La Aguilera)
constituyen, como ya hemos dicho, su elemento más distintivo.
Este trono o coro angélico presta a su representación
un exaltador tono de gloria o apoteosis, que encuentra un ambiente propicio
para su cultivo en la estética barroca que triunfa en el momento
de creación y difusión de esta imagen (fig.
7). Los atributos que se le adjudican son diversos. Como caminante, por su constante itinerar entre los dos eremitorios, puede llevar un sombrero de ala ancha colgado a la espalda y un cayado en su mano (fig. 2). Este último adopta la forma de un báculo abacial cuando quiere expresar su condición de prelado de ambos conventos (fig. 7). A menudo lleva un libro, abierto o cerrado, que hace referencia a su redacción de las constituciones que regían la vida de estas comunidades monásticas; también es consecuencia de los escritos que le atribuyeron sus panegiristas (fig. 1, 2 y 7). Menos frecuentes son las rosas en las que milagrosamente se convirtieron los alimentos con los que se disponía a socorrer a los pobres y que muestra entre los pliegues de su hábito, en una iconografía similar a la de San Diego de Alcalá. Esporádicamente lleva un pan en la mano, símbolo de su caridad y de su ayuda nutricia a los pobres (fig. 5). Aún más inusuales son las llaves, alusivas al cargo de portero que desempeñó durante algunos años y que le relacionan con su homónimo San Pedro, con el que le compararon algunos de sus biógrafos.
Para catalogar las escenas del ciclo iconográfico
de San Pedro Regalado (19), nos hemos basado solamente en las siguientes
series o colecciones de imágenes: 1. Biografía de San Pedro Regalado: - Nacimiento (B y C). 2. Milagros póstumos - Enfermos y mendigos ante el sepulcro del santo (A3
y D). 3. Proclamación de las virtudes de San Pedro Regalado por la Sagrada Congregación de Ritos (D)
A través de todas estas representaciones, San Pedro Regalado se nos muestra como un eficaz taumaturgo; un monje caritativo y protector de los pobres siempre dispuesto a atender a los más necesitados; un asceta cuya vida de oración, ayuno y penitencia fue gratificada con apariciones y fenómenos sobrenaturales; un franciscano capaz de comunicarse y ejercer su autoridad sobre los animales; y, finalmente, un miembro activo de la reforma de Villacreces, cuya devoción y sentido de la obligación conventual le ayudaron a superar los obstáculos físicos más insalvables.
NOTAS (1) Sobre la figura histórica y la espiritualidad de San Pedro Regalado, vid. los diversos artículos publicados en Archivo Iberoamericano 1958, dedicado monográficamente al santo con motivo del V Centenario de su muerte. Teófanes EGIDO ofrece una útil síntesis actualizada del tema en San Pedro Regalado, Cuadernos Vallisoletanos 1, n.° 7, pp. 171-198. (2) Promulgada por Benedicto XIV el 29 de julio de 1746. A su edición acompaña un Compendium vitae y una Oratio laudibus escrita por Juan de LUCAS, Roma, 1746. (3) Una completa información sobre la bibliografía, documentación y fuentes de San Pedro Regalado se encuentra en el tomo de Archivo Iberoamericano ya citado, pp. 507509. (4) Por orden de Antonio DAZA, Provincial y Cronista General de la Orden, autor de Excelencias de la ciudad de Valladolid, con la vida y milagros del Santo Fray Pedro Regalado (Valladolid, 1627), se iniciaron los trámites para la causa de la beatificación. Francisco de OCAMPO, también Provincial, amplió la obra anterior en Vida y milagros del santo Fray Pedro Regalado (Milán, 1654). Manuel de MONZAVAL predicó en las fiestas celebradas con motivo de la beatificación del santo y escribió su Historia... de San Pedro Regalado (Valladolid, 1684). Jerónimo GUTIÉRREZ, Procurador de la canonización de Regalado ante la Curia romana, editó un Compendio della vita del Beato Pietro Regalato (Roma, 1684). (5) Las Edades del Hombre. Libros y Documentos en la iglesia de Castilla y León, Burgos, 1990, pp. 237-238. (6) Juan MESEGUER, "Culto a San Pedro Regalado en La Aguilera", Archivo Iberoamericano XX, 1960, pp. 94-98. (7) Manuel CANESI Y ACEVEDO, Historia secular y eclesiástica de la ciudad de Valladolid (ms. inédito), libro II, cap. 21, fol. 236 v.º. (8) Tal aureola es descrita en 1627, más. de cincuenta años antes de ser beatificado, por Antonio Daza en op. cit., p. 130. En 1684 Manuel de MONZAVAL afirma que por estas echas las imágenes existentes de San Pedro Regalado estaban colocadas en lugares sagrados y poseían el nimbo de los santos, del mismo modo que los canonizados por la Iglesia (op. cit., p. 409). (9) Manuel de MONZAVAL, Op. cit., pp. 378-379. (10) Benedicto XIV, Opus Servorum Dei beatificacione..., t. II, Bassano, 1778, p. 160. (11) En 1684 Manuel de MONZAVAL atestigua la existencia de una apreciable cantidad de imágenes del santo, vid. op. cit., pp. 409 y 411. (12) Diego PERAL VERETERRA, Magestuosas fiestas... al culto... de San Pedro Regalado, Valladolid, 1683, p. 29. (13) María Antonia FERNÁNDEZ DEL Hoyo, "El convento de San Francisco de Valladolid. Nuevos datos para su historia", B.S.A.A. LI. 1985, pp 418 y 419. (14) Una imagen de estas características se halla actualmente en posesión de la Cofradía de N. P. Jesús Nazareno de Valladolid; cf. Juan José MARTÍN GONZÁLEZ y Jesús URREA FERNÁNDEZ, Catálogo monumental de la provincia de Valladolid, t. XIV, parte primera: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (Catedral, parroquias, cofradías y santuarios), Valladolid, 1985, p. 222, fig. 280. (15) Vid. nota 10. (16) Blanca GARCÍA VEGA, El grabado del libro español, Valladolid, 1984, t. I, lám. 645 y t. II, p. 334. De la misma autora, aEstampas de imágenes vallisoletanas", B.S.A.A. LI, 1985, pp. 402-404. (17) Manuel CANESI Y ACEVEDO, op. cit., Libro II, cap. 15, fol. 145 v.º y cap. 21, fol. 243. (18) id, cap. 21, fol. 245 v.º y ss. También Ventura PÉREZ, Diario de Valladolid, Valladolid, 1885, pp. 245-246. (19) Los límites de espacio de esta comunicación y la variedad de motivos de los que tenemos noticia referentes a este santo, nos obligan a realizar una mera relación sistemática de los mismos. Es nuestra intención seguir trabajando en el estudio de este tema iconográfico y dar a conocer sus resultados cuando las circunstancias lo permitan. (20) Queremos manifestar las facilidades recibidas para este estudio a los religiosos franciscanos del convento de Domus Dei en La Aguilera (Burgos), así como a don Fernando Pérez, Conservador de Museo Nacional de Escultura de Valladolid y a su director, don Luis Luna. (21) Tema alusivo a la advocación del convento de La Aguilera: Domus Dei en el ejemplo A2. (22) Tema alusivo a la advocación del convento de El Abrojo: Scala Coeli.
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