CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 8. 1991
 

 

SOBRE LOS ARCÁNGELES

Natividad Sánchez Esteban

A lo largo de los siglos no ha sido infrecuente que determinados problemas de tipo teológico tuvieran repercusión en la representación plástica de algunas imágenes. Uno de estos casos es el de los Arcángeles, que supusieron para la Iglesia un punto de dificultad tal que obligó en ocasiones a declarar heréticas ciertas creencias sobre los mismos. En la época moderna el problema principal, arrastrado desde la Edad Media, se centraba en el hecho de que, entre todos los integrantes de los nueve coros angélicos, a los hombres sólo les hubiese sido dado conocer a tres de ellos por sus nombres, a través de los libros canónicos de la Biblia. En general, se consideraba que los tres pertenecían al grupo de los Arcángeles, el segundo coro de la tercera jerarquía celeste, aunque Francisco Eiximenis creyese que eso sólo podía pensarse con respecto a Gabriel, pues Miguel era un Principado y Rafael un Ángel (1).

Esta tercera jerarquía era la "destinada a presidir inmediatamente las obras de la Creación", "la que dirige todos los seres físicos e intelectuales a los fines establecidos por la Providencia, y la que gobierna según las reglas de la suprema Sabiduría" (2). Dentro de ella se encuentran los Arcángeles, cuyo nombre traducido del griego significa, en palabras de San Isidoro, "mensajeros principales", porque "los que transmiten las noticias menores y de poca importancia son los ángeles; los que comunican las trascendentales se conocen como arcángeles. Y se llaman arcángeles porque tienen la primacía entre los ángeles, ya que, en griego, archós es lo que en latín se traduce por "príncipe". Y, en efecto, son los jefes y príncipes bajo cuyas órdenes se señalan los deberes que debe cumplir cada uno de los ángeles" (3). Eiximenis, recogiendo los comentarios de Rabano sobre el Levítico, señala que "los archangeles denuncian a nos las cosas mas altas: y que mas se acuestan y acercan a fundar la fee y a honrrar a jesu xpo. en persona y en fama. Otrosi dize que aquestos fazen las exsecuciones so las potestades. Esto es que de fecho y personalmente refrenan los demonios y los malos hombres que no puedan empescer a los escogidos y buenos. Sino tanto quanto dios permite su exercicio y a ganar merito para el reyno de dios. Otrosi dize que muchas vezes nos embia muchas cosas por los sanctos angeles mas baxos que nos las denuncian. De aquesta orden aun son escogidos algunos para denunciar cosas pertenescientes al buen estado de la cosa publica y para gouernar algunas comunidades: assi como reynos, ciudades y prouincias" (4), y son "los custodios de las personas del Soberano Pontífice, de los obispos, de los reyes y en general de todas las personas que se hallan constituidas en dignidad" (5).

Las funciones y competencias de los arcángeles parecían, pues, bastante claras. También lo estaban los tres nombres conocidos, que indicaban los cometidos de cada uno de ellos: "Miguel significa 'quién como Dios'", pues "cuando acontece en el mundo algo de un poder portentoso, se envía a este arcángel", "nadie mejor es capaz de poner de manifiesto lo que Dios puede hacer"; Gabriel significa "poderío de Dios", pues "cuando el poderío y la omnipotencia divina se ponen de manifiesto, es enviado Gabriel", por eso anunció la Encarnación de Jesús y el nacimiento de Juan el Bautista; "Rafael significa 'curación' o 'medicina de Dios'", siempre que "es preciso sanar y curar, Dios envía a este arcángel" (6). Las claves del problema se: encontraban en el desconocimiento de los nombres de los otros cuatro espíritus y en el deseo humano de referirse a cada uno de ellos de forma individualizada y, por supuesto, en las consecuencias que de ello odian derivar. Eiximenis explica la postura de la Iglesia al respecto: los "otros nombres angelicales no hauemos por cosa cierta: y por tanto todos los otros nombres a ellos atribuidos y apropiados son sospechosos y de ninguna autoridad y no los deue el hombre hauer en reuerencia: porque por ellos no llamemos o nombremos a algun espíritu malo y no seamos engañados en los tales nombres" (7).

Fue precisamente esto lo que hizo que surgiera la polémica en torno a la representación de los siete Arcángeles en la España de mediados del siglo XVII, promovida y juzgada por la Inquisición madrileña. El 27 de septiembre de 1644 D. Miguel Ibáñez, clérigo presbítero y capellán del Consejo de la Inquisición, denunció ante D. Juan Ortiz de Zárate, miembro de ese Consejo, lo que había visto en la tienda de un pintor que vivía en la Calle Mayor, frente a San Felipe el Real. Se trataba de "seis quadros grandes de casi dos varas de alto i en cada uno de ellos pintado un angel i al pie del quadro havia un rotulo que decía el nombre de cada uno de dichos angeles i el uno decía San Gabriel otro San Raphael, otro Uriel, otro Sphalatiel, otro Barachiel, i el otro Jeudiel, i cada uno estava pintado con su insignia" (8). El motivo de la denuncia está claramente expuesto, se debía a "haver oído este declarante decir que estan prohibidas las pinturas que tienen nombres de angeles extraordinarios".

El proceso iniciado siguió el cauce habitual. El pintor, Francisco Barreda, fue notificado de la obligación de exhibir los cuadros, que en realidad eran siete, por cada uno de los cuales pedía 14 ducados, ante el Consejo de la Inquisición (9). El 28 de septiembre se reunió la Junta de Calificadores para determinar si las pinturas en cuestión podían tolerarse o, por el contrario, debían recogerse "como cosa que no tiene bastante autoridad i que puede ocassionar supersticion o error en algo quanto a las pinturas de las quatro dexando solas las de S. Miguel Gabriel i Raphael comunmente recebidos", tal y como dictaminó la sesión 25 del Concilio de Trento, en el Decreto De la invocación, veneración y reliquias de los santos, que condenaba la exposición de las imágenes "de falsas creencias" y de aquellas "que den ocasión a las almas sencillas para admitir peligrosos errores" (10). El día 3 del mes siguiente los calificadores declararon que no había inconveniente en admitir las imágenes tal y como estaban, puesto que "estas mismas pinturas con las mismas señas i nombres de todos siete angeles se toleran en Roma ala vista de Su Santidad i en la ciudad de Palermo donde hai iglesia dedicada a ellos i en la iglesia catedral de la misma ciudad en la capilla del señor arçobispo Aedo que fue Inquisidor de aquel reino estan las mismas pinturas i en otras ciudades de Italia como refiere Cornelio a Lapide sobre el capitulo primero del Apocalipsis i otros padres sin que a esto obste la determinacion del Concilio Romano en tiempo del Papa Zacharias porque a eso dan varias salidas los authores".

Esta opinión no debió de convencer al Consejo pues se pidieron nuevas opiniones y se convocó a otra Junta de Calificadores. Fray Francisco de Araujo, dominico del Colegio de Santo Tomás de Madrid, opinó en su informe que los nombres de los cuatro arcángeles no canónicos debían borrarse, pues tanto la revelación al Beato Amadeo en 1460, que los oyó junto con los tres bíblicos, como el fresco descubierto en Palermo en 1516, en el que también aparecían, autorizaban a los fieles a reverenciarlos así en privado, pero no a ser expuestos al culto público.


En contra de ello estaban las disposiciones de dos concilios: las del celebrado en 745, durante el pontificado de Zacarías, que condenaban los escritos de Aldeberto, y en particular la oración por la que invocaba a ocho ángeles por sus nombres, pues por ella se podía estar invocando en realidad a espíritus malignos ya que para la Iglesia sólo eran seguros los nombres de Miguel, Gabriel y Rafael; y la contenida en el capítulo primero de la sesión 25 del Concilio de Trento, celebrada en 1563, que no consideraba "licito poner ni procurar se ponga imagen alguna, no expuesta anteriormente al culto, en ningún lugar o iglesia, aunque sea de cualquier modo exenta, sin tener antes la aprobación del Obispo" (11), cosa que no tenían estas imágenes, por lo que eran ilícitas aun en el caso de que hubieran sido aprobadas por el de Palermo, puesto que ese permiso no era universal.

También se recabó la opinión de los claustros de teólogos de las universidades de Salamanca y de Alcalá de Henares -cuya respuesta no se encuentra recogida-, a los que se remitieron los cuadros y un memorial en el que se explicaba cómo debían representarse las figuras de los siete Arcángeles, del que nos ocuparemos más adelante. El claustro salmantino dictaminó "que no se podia usar ni pintar en la dicha forma de las imagenes y pinturas de los dichos Angeles y que si auia alguna pintura en la forma referida se de uian borrar (...), y los nombres de los cuatro Uriel, Sealchiel, Jheudiel, Barachiel, por ser las dichas pinturas y nombres cosa supersticiosa y peligrosa en la fe quanto al culto, y rito exterior, y no conforme con el uso de la iglesia catholica, la qual no permite imagines ni pinturas no usadas ni conoce por sus propios nombres mas que tres Angeles que son Miguel Gabriel y Raphael". El parecer fue remitido a Madrid el 25 de febrero de 1645.

El día 4 se había determinado que los calificadores nombrados para la segunda Junta no eran aptos para censurar lo que se trataba, excepto D. Luis Velasco de Villarén, cuyo informe -firmado en Toledo el 12 de febrero- proporciona datos interesantes en lo tocante al fundamento teológico del asunto en cuestión. Velasco no hace ninguna referencia a las vestiduras ni a las cartelas que se asignan a cada una de las figuras, pero se opone tajantemente a los cuatro nombres apócrifos. De entre ellos el de Uriel mereció un tratamiento especial, ya que aparece en los libros 3 y 4 de Esdras (12), no reconocidos por la Iglesia católica pero sí por la oriental, y a él se refieren algunos de los más importantes teólogos cristianos (13). " En los tres que restan ai mas dificultad porque no se hallan sus nombres ni de una manera inpuestos, ni autenticamente", prueba de lo cual son los numerosísimos nombres, recogidos por varios autores, que han sido dados a los ángeles -todos sospechosos y rechazados por la Iglesia-, y a los que él hace referencia (14). No obstante, la base fundamental de su ataque se encuentra en la condena de las creencias de Aldeberto, ya mencionada, en el Concilio de 745 (15).

La diversidad de los nombres atribuidos a los ángeles se debía a la creencia hebrea de "que Adán impuso los nombres a los espíritus por lo que expresa este pasaje de la Escritura: Dios hizo venir ante Adán todo lo que había creado, a fin de que le pusiera nombre -Gén. 2, 19-; y el nombre que dio a cada cosa es su verdadero nombre. Basados en esto, los mecubales hebreos creen que el hombre puede también dar los nombres a los espíritus, pero sólo quien antes se tornó digno y quien, por un don divino muy particular o un poder sagrado, fue elevado a esa dignidad", según refiere Cornelio Agripa (16). Lógicamente, la Iglesia se oponía a semejante creencia, así como a la divulgación de los nombres, alegando la negativa reiterada de los ángeles a revelar los suyos a varios personajes bíblicos (17).

De acuerdo con todo lo expuesto, la opinión final de Velasco era que "atendiendo a unas y otras noticias (...) el pintar dando nombres a los Angeles tiene supersticion y es culpable no siendo de los Angeles nombrados en libros canonicos o admitidos por la Iglesia y tocados sus nombres de los Santos Padres (...). Si bien a quien se hallare sin tener otras supersticiones que le culpen y se arrimen a esta devocion poco segura le escusara la sencillez o la devocion por estar en estampas publicas y aver libros de estos siete Angeles". Cabe suponer que el Consejo aceptase y secundase las opiniones de Velasco, Araujo y el claustro de teólogos de Salamanca, pero su decisión no se incluyó en el documento conservado, de manera que la suerte final de las pinturas juzgadas nos es desconocida.

Queda aún un punto al que no nos hemos referido y que aparece en todas las declaraciones conservadas. Se trata de las pinturas de los Arcángeles existentes en Italia y que se esgrimían como criterio de autoridad por la primera Junta de Calificadores, ya que la jerarquía eclesiástica de Palermo y de Roma las admitía. Por el contrario, ni Araujo en su declaración del 23 de octubre de 1644, ni Velasco en su informe les conceden ese valor. El último se refiere también a una pintura encargada por el emperador Enrique -se refiere a Enrique II (973-1024), canonizado por Eugenio III en 1046- para un templo de Basilea que él había restaurado; en ella aparecían cuatro ángeles, Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel, a cuyos pies se encontraban el Emperador y su mujer, Santa Cunegunda (18). Estos mismos nombres aparecían también en el ajuar funerario de la emperatriz María, mujer de Honorio, cuyo sepulcro se descubrió en febrero de 1543, cuando se construía la capilla del Rey de Francia en San Pedro del Vaticano (19).

No obstante, las representaciones más importantes en relación con el tema y la época que nos ocupan, fueron las italianas. Cornelio Lapidio se refiere al culto a los siete Arcángeles en Sicilia, Nápoles , Venecia, Roma, extendido probablemente desde Palermo, en donde en 1516 se había descubierto un fresco que los representaba en el templo carmelita dedicado a S. Angelo. Cada figura estaba acompañada por su nombre y una inscripción particular: Miguel, "Victoriosus"; Gabriel, "Nuncius"; Rafael, " Medicus"; Uriel, "Fortius Socius"; Jeudiel, "Remunerator"; Barachíel, "Adjutor"; Sealtiel, "Orator". El mismo autor describe someramente cada figura: Miguel, pisando al demonio, portaba una palma en la mano izquierda y una lanza con un estandarte en la derecha; Gabriel llevaba una linterna en la mano derecha y sostenía un espejo de jaspe, sin mácula, en la izquierda; Rafael conducía a Tobías y sostenía una píxide en la mano izquierda; Barachiel llevaba rosas en su manto; Jeudiel mostraba una corona de oro en la mano derecha y una disciplina en la izquierda; Uriel sostenía una espacia flamígera y Sealtiel oraba con las manos juntas y los ojos bajos (20). Los motivos descritos se extendieron por Europa, sin duda debido en buena parte a la popularidad que les dio la estampa grabada en Amberes por Jerónimo Wierix, que recogía la escena y las figuras del templo siciliano.

El culto a los Arcángeles se mantuvo en Palermo en una iglesia dedicada a ellos en 1523 bajo el patronato del emperador Carlos V. La nueva devoción pasó pronto a Roma; en 1527 llegó a la ciudad, procedente de la isla mediterránea, el sacerdote Antonio Duca, devotísimo de aquellos, que buscaba una capilla para ponerla bajo su advocación. En 1541 tuvo en sueños una visión de ese lugar, que resultó ser el edificio de las Termas de Diocleciano, el cual, tras diversas vicisitudes, fue bendecido y consagrado a Santa María de los Ángeles en 1561, en tiempos de Pío IV, quien había ordenado la reforma de las Termas a tal efecto a Miguel Angel (21). En el altar mayor se colocó un cuadro en que se representaba a la Virgen rodeada por los Arcángeles, con sus lemas y nombres, algunos de los cuales -los cuatro no canónicos- fueron borrados en 1574. La misma suerte corrieron los nombres de los Arcángeles de un cuadro de la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad de Roma, borrados en tiempo de Clemente XI (1700-1721) (22).

La influencia de Antonio Duca sobre esta cuestión no acabó aquí. En 1594 se publicó en Nápoles su De Septem Principum Angelorum Orationibus Libellus (23) , que luego fue ampliado por otros autores, en el cual comunicaba los nombres de los siete Arcángeles y sus respectivos lemas: Miguel, "Quis sicut Deus?"; Gabriel, "Fortitudo Dei"; Rafael, "Medicina Dei"; Uriel, "Lumen Dei"; Sealtiel, "Petitio Dei"; Jeudiel, "Iaus sue Confessio Dei"; Barachiel, " Benedicto Dei" (24). "En esta conformidad se hallan pintados y en estampas varias".

La devoción italiana llegó, sin duda, a España tempranamente; no hay que olvidar que el templo panormitano dedicado a los siete Arcángeles fue fundado por Carlos V en 1523, y sus modelos de representación debieron difundirse a través de los grabados, especialmente el de Wierlx -copia del fresco, probablemente bizantino, de Palermo-, Pierre de Jode y Philippe Galle -que representa a cada arcángel en la escena bíblica correspondiente: Uriel instruyendo a Esdras, Sealtiel deteniendo el sacrificio de Isaac-, todos de fines del siglo XVI (25). Sea como fuere, el caso es que en nuestro país existe una tradición de "retrato arcangélico" importante, que tiene en el del ángel protector del monasterio de las Descalzas Reales, obra de Gaspar Becerra (1520-1570), uno de los ejemplos más antiguos de Madrid.

Aparte de las pinturas censuradas de Francisco Barreda, en la Corte existían -y existen- otras series de cuadros de Arcángeles, de las que se han conservado dos completas y dos incompletas. En todas ellas se representan los espíritus que aparecen en el fresco de Palermo, y en las dos en que se refieren sus nombres, éstos corresponden también con aquellos.

Dos de las series mencionadas se conservan en el monasterio de las Descalzas, otra en el de la Encarnación y una tercera, incompleta, en el Museo Provincial de Guadalajara; a esto hay que añadir un cuadro que representa a los siete Arcángeles, conservado también en las Descalzas Reales, y un Jeudiel, en una colección particular. Contemporáneas de la censura inquisitorial son las directrices dadas por Francisco Pacheco para representar a estos personajes y otro proceso de censura, el que sufrió una pintura con el mismo tema que se encontraba en el Colegio de Doña María de Aragón. De las cuatro series, la de la Encarnación, la incompleta de las Descalzas -formada por Miguel, Gabriel, Rafael, Barachiel, Sealtiel y el Ángel de la Guarda- y la del Museo de Guadalajara -Miguel, Gabriel y Rafael- son del mismo autor, el pintor Bartolomé Román (m. 1647), que las realizó en fecha incierta, aunque el Barachiel de las Descalzas está datado en 1604 (26). La particularidad de los arcángeles de la Encarnación se encuentra en los nombres y las inscripciones explicativas que los acompañan, que también aparecen en el Jeudiel de Vicente Carducho (27) y, en este casa sólo los nombres, en la serie pintada al fresco en la caja de la escalera de las Descalzas en la segunda mitad del siglo XVII (28).

Sin duda la estampa de Wierix (fig. 1) sobre el fresco de Palermo debió dejar sentir su influencia e n estos "retratos", pero ello es especialmente evidente en el cuadro de las Descalzas Reales que representa a los siete Arcángeles, atribuido a la escuela de Francesco Guarino (1611-1654) y a Máximo Stanzione (1585-1656) (29). La composición repite casi exactamente la de la parte inferior del grabado flamenco, aunque introduciendo algunas pequeñas diferencias. Mantiene la colocación de los nombres en los nimbos de las figuras y la disposición de éstas, excepto el cambio de lugares de Sealtiel y Jeudiel. Algunos atributos también se cambiaron, así en el lienzo madrileño no aparece el demonio bajo los pies de San Miguel, Gabriel lleva tina azucena en la mano en lugar del espejo, Sealtiel sostiene un incensario en vez de unir las manos es oración y en la mano izquierda de Rafael no aparece el vaso de ungüento. Estas variaciones se aprecian también en las figuras de las series madrileñas.

En cuanto a los testimonios escritos, Francisco Pacheco, en su Arte de la Pintura, dicta las normas que debían seguir los pintores a la hora de enfrentarse con las imágenes de los ángeles. Según ellas, los Arcángeles debían representarse como varones jóvenes -entre 10 y 20 años-, sin barba -aunque "un poquito de bozo en los ángeles valientes no contradice al decoro ni a la hermosura"-, con rostros hermosos y ojos resplandecientes, "aunque á lo varonil", con lustrosos cabellos castaños o rubios, "gallardos talles y gentil composición de miembros, argumento de la belleza de su ser"; deben pintarse con alas hermosas, imitando sus colores del natural, pues son la. expresión de su presteza en el cumplimiento de la voluntad y los mandatos divinos. En cuanto a sus vestiduras, Pacheco expone su variedad, pues "según la voluntad de su Señor, las necesidades de los hombres y variedad de ministerios que ejercitan, así toman los ángeles los trajes" (30).

En otro orden de cosas, también resultan significativas las opiniones recogidas en el proceso seguido contra varias pinturas de la iglesia del colegio agustino de Doña María de Aragón de Madrid, en 1658, entre las que figuraba "un quadro grande de los Siete Angeles cuya pintura despues de el Concilio Romano sub zacarias tiene las dificultades que tratan los Doctores sobre el capitulo 12 de Touias" (31). La pintura se encontraba en una de las capillas del templo y representaba los "Ángeles con el lugar del Apocalipsis". Aunque la resolución final del Consejo de la Inquisición sobre la misma no se encuentra en el expediente conservado, sí ha llegado hasta nosotros el informe emitido al respecto por el jesuita Joseph Sánchez. En él explica que, puesto que no está escrito ningún nombre, se limitará a examinar los elementos accesorios: el número, que concuerda con los escritos bíblicos, las vestimentas y las figuras de los Arcángeles, en las que no encuentra nada censurable, como tampoco lo halla en los atributos que ostentan, que aparecen también en las pinturas de Roma y Palermo. El asunto en cuestión debía de ser bastante parecido al del monasterio de las Descalzas, excepto en lo tocante a los nombres de los representados.

De igual manera, las pinturas de Francisco Barreda debían de ser relativamente parecidas a las de la serie del monasterio de la Encarnación. Si el memorial enviado a los censores describía las figuras representadas y sus correspondientes cartelas, todo coincide en líneas generales con lo que aparece en dichos cuadros -figuras repetidas en las otras dos series de Román- y retomado luego en la caja de la escalera de las Descalzas Reales. También el cuadro de los siete Arcángeles de ese monasterio presenta los mismos elementos: Miguel, el príncipe de la Milicia celeste, va vestido de azul y lleva en las manos la lanza y la palma -es el único que no aparece especificado en el memorial de 1644; la lanza no se encuentra en la serie del zaguán en las Descalzas y en la escalera es sustituida por una balanza (fig. 2)-; según el memorial, su título es "Víctor" y la cartela que le corresponde "Abogado en la agonia y batalla del transito", que en la pintura de Román es "San Miguel recibe las animas de los que mueren bien favoreciendolas en la saçon y batalla del transito". Gabriel, el mensajero enviado a María, viste de blanco y lleva en las manos una linterna y una vara de azucenas; su título es "Nuncius" y su inscripción según el memorial, "Abogado de las ynspiraciones y vocaziones ynteriores", en el cuadro de la Encarnación se lee "san Gabriel favorece para que obedezcan los hombres a las divinas inspiraciones y alcanzar la virtud de la obediencia" (fig. 3). El ropaje de Rafael, sanador de Tobías, es amarillo y va acompañado por aquel, que sostiene el pez en su ruano -en los cuadros de los monasterios madrileños no aparece Tobías, es el ángel quien lleva el pez-; su título es "Medicus" y la inscripción que le corresponde "Abogado para escoger el camino y estado mexor para salvarse", que en la obra de Román es "San Rafael favorece a los que quieren hacer buena penitencia" (fig. 4). Uriel, con ropas de color rojo, lleva en su mano una espada de fuego; fue el preceptor de Esdras, y también se le tiene por el espíritu que habló a Moisés en la zarza ardiente y por aquel que guarda con su espada flamígera las puertas del Paraíso; su título es "Socias ignitus" -en otros lugares "Fortius socius"- y su inscripción "Abogado para amar a Dios y al proximo", en la Encarnación: "San Uriel favorece en las batallas contra las tentaciones y para que amen a Dios" (fig. 5). Sealtiel, el ángel que impidió el sacrificio de Isaac, viste de azul y lleva un incensario en la mano; su título es " Orator" y le debe acompañar "Abogado de los que desean tener buena y feruorosa oración", que coincide con la inscripción "San Seathiel favorece para tener buena oración" del cuadro (fig. 6). Las vestiduras de Jeudiel, preceptor de Sem, hijo de Noé, pueden tener varios colores -las de Román son azules- y sus atributos son la corona y la disciplina; su título es "Remunerator" y su lema, "Abogado de los verdaderos penitentes y que desean hacer buena confesión", muy similar al "San Jehudiel favorece para confesarse ayuda a los deseos de la mayor honra y gloria de Dios" del arcángel pintado (fig. 7). El último, Barachiel, a quien se identifica también con el espíritu que habló a Moisés desde la zarza, lleva la falda de su vestido de brocado llena de rosas, que esparce con la mano derecha; su título es "Adjutor" y la inscripción que le acompaña "Abogado para alcanzar los dones del Espirita Sancto", idéntico al "San Barachiel favorece para alcancar los dones de espíritu Santo" del monasterio agustino" (32) (fig. 8).

Las similitudes de los lemas y el uso idéntico de los colores para los ropajes en las diversas series y pinturas independientes hace pensar, lógicamente, en que nos encontramos ante una forma de representación tradicional entre los pintores de la corte a principios del siglo XVII que se mantuvo a lo largo de la centuria. Cabe preguntarse entonces de qué sirvió una censura inquisitorial que, a juzgar por las opiniones de los teólogos consultados, que se apoyaban a su vez en los escritos de autores importantes, iba en contra de esos "vestidos y colores insignias letras titulos y targetas de todos, y los nombres de los quatro" no canónicos, los cuales bajo ningún concepto debían mantenerse, si en los monasterios reales se guardaban, adquirían y encargaban pinturas con esos elementos rechazados en 1645. La respuesta evidente es que de muy poco, pese a que esa era la opinión oficial de la Iglesia, manifestada en varios concilios y expuesta a través de las obras de sus más importantes escritores, tanto antiguos como modernos. La contradicción existente entre los dictámenes de la jerarquía eclesiástica y la presencia en lugares tan destacados de la piedad pública y privada de las imágenes prohibidas por aquella es inexplicable con los datos manejados. Cabe suponer que tal vez fuese la protección real la que permitió el desarrollo de un culto tradicional en los monasterios de su patronato, ya que las pinturas con esta temática encontradas fuera de esos centros "excepto el Jeudiel de Carducho, cuyo destino inicial es hoy desconocido- no presentan inscripción ni nombre alguno. Puede incluso suponerse que esa tradición estuviese ligada a la devoción de los reyes españoles, iniciada quizá por Carlos V. En todo caso tales hipótesis no son demostrables por el momento, aunque parece lógico sospechar que algo debía respaldar el mantenimiento de unas representaciones condenadas tajantemente y en varias ocasiones por la Iglesia católica.


NOTAS

(1) La Natura Angelica, fols. IX, CVII-CVII vto., CXV-CXV vto. y CXVI (Burgos, Fadrique de Basilea, 1490). Miguel era, según la visión de Frontosio y la revelación que le hizo un ángel en ella, el príncipe regidor y examinador de los ángeles, ante el que se postraba el príncipe de las Virtudes, el honrado por Dios sobre los otros; Gabriel era un príncipe de los ángeles, es decir, un arcángel, pero también podía considerarse un serafín puesto que su labor como emisario de Dios ante María correspondía a la jerarquía y orden mayores; por lo que respecta a Rafael, le consideraba el ángel guardián de Tobías. La misma idea aparece recogida por Francisco Suárez en Commentaria ac Disputationes in Primam Partem D. Thomae de Deo Effectore Creaturem Omnium, De Angelis, libro VI, cap. X, pp. 398-399 (Venecia, ex Typographia Balleoniana, 1740).

(2) Los Santos Ángeles. Tratado teológico popular, Barcelona, 1950, pp. 73-74 (versión del francés por el Rd. F. Magín Ferré).

(3) San Isidoro de Sevilla, Etimologías, Madrid, 1982, t. I, p. 647 (libro VII, cap. 5, "Sobre los ángeles").

(4) Op. cit., fols. XIX-XIX vto.

(5) Los Santos Ángeles, p. 81.

(6) S. Isidoro, op. cit., p. 649.

(7) Op. cit., fols. IX-IX vto.

(8) A.H.N., Inquisición, leg. 4.456, exp. n º 14.

(9) El mismo pintor aparece en el pleito que tuvo lugar en Madrid a partir de 1618, cuando los pintores denunciaron a los doradores de la ciudad por el perjuicio profesional y económico que suponían para ellos sus ordenanzas, que reglamentaban su actuación en tareas que hasta entonces tenían como propias. Barreda, de 25 años de edad, vecino de la Corredera de San Luis, pintor, declaró a favor de los doradores en 1620. Los pintores recusaron su declaración diciendo que no era realmente pintor sino un simple comerciante de pinturas. Esta cuestión de ser cierta, podría significar que las pinturas de los Arcángeles no fuesen obra de Barreda, sino de cualquier otro pintor. El pleito se encuentra en A.H.N., Consejos, leg. 24.783, recogido por Inocencio Cadiñanos Bardeci: "Los maestros doradores madrileños y sus ordenanzas", Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 1987, pp. 239251 (ver especialmente p. 243).

(10) Los Sacrosantos Ecuménicos Concilios de Trento y Vaticano, Madrid, 1903, p. 357.

(11) Idem, p. 358.

(12) Apocalypsis Esdrae, Apocalypsis Sedrach, Visio Beati Esdrae, Leiden, 1977 (ed. preparada por Otto Wahl).

(13) San Ambrosio, De Fide ad Gratianun Augustum, libro III, cap. 2, en Opera Omnia, t. II, fol. 34 vto. (París, apud Hieronymum et Dionysiam de Marnef, 1541; Velasco cita equivocadamente estas palabras en el libro V, cap. 2). S. Isidoro, op. cit., p. 694. San Alberto Magno, San Buenaventura, Centiloquios, parte III, sección XVIII, en Operum, t. VI, p. 77 (Lugduni, Phil. Borde, Laur. Arnaud, et Petri Borde, 1668). Guillermo Durando, Rationale Divinorum Officiorum, libro IV, cap. XXXIII, fol. 149 vto. (Lugduni, apud loan. Ant. Huguetan, 1605; la cita de Velasco lo sitúa erróneamente en el cap. XXXII de ese libro). "Missa qua Aethiopes Communiter Utuntur, qaue etiam Canon Universalis Appellatur" en Bibliothecae Veterum Patrum, t. IV. Quo Plures Divinae Liturgiae, et alia tum Eiusdem
argumenti, tum de Variis Ecclesiae Sacramentis
, t. II, p. 120 (París, apud Michaelem Sonnium, 1575).

(14) Juan Trithemio, "De Septem Secundeis, id est, Intelligentiis siue Spiritibus Orbes post Deum Mouentibus, Libellus siue Chronologia Mística", en Opera Historica, quot hac Tenus Reperiri Poterum Omnia, s.f. (Francofurti, Typis Wechelianis apud Claudium, 1601). Enrique Cornelio Agripa, La Filosofía Oculta. Trata de magia y ocultismo, Buenos Aires, 1978, pp. 302-303 (versión española de Héctor Morel). San Epifanio, Contra Octoaginta Haeresis Opus, Caps. 24, 25, 26, 30, 31 y 36 (Paris, apud Hyeronimum de Marnef et Gulielmum Cauellat, 1566). San Ireneo, Opus Eruditissimum (..), in quibnus Mirem Retegit et Confutat Veterum Haereseum Impias ac Portentosas Opiniones..., libro I, cap. XII (París, apud Audoénum Paruum, 1563).

(15) Acta Conciliorum et Epistolae Decretales, ac Constitutiones Summorum Pontificium, t. III, p. 1940 (Paris, ex Typographia Regia, 1714). San Bonifacio se refiere a ello en la Epístola CXXXV a Zacarías, en Epistolae, pp. 187-195 (Moguntiae, apud Michelem Demen, 1629; ed. de Nicolás Serarlo). Velasco hace también mención del libro 2 de la Historia de San Bonifacio, recogida por N. Serario In Sacros Divinorum Bibliorum Libros Tobiam, Iudith, Esther, Machabaeos, Commentarius..., p. 116 (Moguntiae, Balthasarus Lippius, 1610).

(16) Op. cit., p. 302.

(17) Génesis 32,29. Jueces 13, 18.

(18) Beato Renano, Rerum Germanicarum, libro III, fol. 140. Cancelleri, De Secretariis Veteris Basilicae Vaticanae, t. II, pp. 1013-1014 (Roma, ex Officina Salvioniana ad Lyceum Sapientiae, 1736), se refiere a este pasaje del Rerum..., citándolo en el libro III, sec. XI, fol. 140 del Sermón de San Lucas, en dicha obra. También lo recoge N. Serario, op. cit., p. 118.

(19) Ídem, pp. 998-1000.

(20) Cornelio á Lapide Commentaria in Apocalypsis S. Iohannis Apostoli, pp. 19-20 (Antuerpiae, apud Ioannem et Iacobum Meursios, 1648). Cancelleri, op. cit., pp. 1018-1019.

(21) C. á Lapide, op. cit., p 18. Cancelleri, op. cit., pp. 1020-1026. Ottavio Panciroli, I Tesori Nascosti nell'Alma Cittá di Roma, pp. 461-462 (Roma, Luigi Zannetti, 1600).

(22) Cancelleri, op. cit., pp. 1028-1030.

(23) N. Serario, op. cit., p. 113. Cancelleri, op. cit., p. 1023.

(24) Recogidos por N. Serario, op. cit., p. 115.

(25) Sobre la iconografía de los Arcángeles: Charles Cahier, Caractéristiques des Saints dans l'Art Populaire, Paris, 1867, t. I, pp. 33-35. Emile Mâle, L'Art Religieux aprés le Concile de Trente, Paris, 1932, pp. 297-301. Louis Réau, Iconographie de l'Art Chrétien, Paris, 1956, t. II, pp. 41-55. John B. Knipping, Iconography of the Counter Reformation in the Netherlands, Nieuwkoop, 1974, t. I, pp. 123-126. Santiago Sebastián López, Contrarreforma y barroco. Lectura Iconográfica e Iconológica, Madrid, 1985, pp. 315-318.

(26) M.ª Teresa Ruiz Alcón, "Los Arcángeles en los Monasterios de las Descalzas Reales y de la Encarnación", Reales Sitios, 1974, n.º 40, p. 49. Elías Tormo, En las Descalzas Reales. Estudios Históricos, Iconográficos y artísticos. Madrid, 1915-1917. M.ª Rosario Cuadrado Jiménez y Salvador Cortes Campoamor, Guía del Museo Provincial de Bellas Artes, Guadalajara, 1986, pp. 40-41, 44-45, 108-109.

(27) Diego Angulo y Alfonso E. Pérez Sánchez, Historia de la Pintura Española. Escuela Madrileña del Primer Tercio del Siglo XVII, Madrid, 1969, p. 176, lám. 40. Rodeando la cabeza del arcángel: "Iheudiel: Remunerator".

(28) E. Tormo piensa que debieron pintarse hacia 1660, basándose en la edad del príncipe retratado (op. cit., pp. 35, 37-40); por el contrario, M.ª T. Ruiz Alcón cree que esa fecha podría retrasarse, incluso hasta 1684 (op. cit., pp. 49, 51).

(29) D. Angulo y A. E. Pérez Sánchez, op. cit., p. 176. M.ª T. Ruiz Alcón, op. cit., p. 52.

(30) Francisco Pacheco, Arte de la Pintura Su antigüedad y grandezas, Madrid, 1866, t. II, pp. 182-185 (1.ª ed. Sevilla, 1649).

(31) A.H.N., Inquisición, leg. 4.480, exp. n.º 28. Sobre este proceso, Natividad Sánchez Esteban, "Pinturas en el Colegio de Doña María de Aragón: problemas inquisitoriales", Cuadernos de Arte e Iconografía, 1989, "Coloquios de Iconografía", t. II, pp. 106-116.

(32) La relación de apariciones de los Arcángeles en los pasajes bíblicos está tomada de L. Réau, op. cit., p. 42.