CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 8. 1991
 

 

LOS ESTUDIOS ICONOLÓGICOS DE FRAY JUAN DE INTERIÁN AVALA

M.ª Merced Virginia Sanz Sanz

Desde los principios de la restauración clásica, los representantes del academicismo realizaron una acerba crítica de las orientaciones artísticas desarrolladas en las últimas décadas del siglo XVII y primera mitad del XVIII. Sin embargo, desde el punto de vista teórico, los autores de este período aportaron una bibliografía de gran interés, porque en sus obras no sólo expusieron los criterios estéticos y técnicos propios de su tiempo, sino que asumieron. y sistematizaron las teorías del arte formuladas desde la antigüedad. Con pasmosa erudición no siempre directa, reúnen la más completa información de citas sobre cada problema. Los numerosos textos de la antigüedad incluidos resultaban válidos para los escritores neoclásicos porque no se ha destacado suficientemente que los autores barrocos carecieron del espíritu exclusivista del academicismo ilustrado. Por razones metodológicas los tratados de esta época constituyen grandes enciclopedias o voluminosas sumas en las que los temas adquieren su presentación más amplia y completa. Recordemos, por ejemplo, el estudio de Palomino de la cuestión de la estimación social del artista, en el que recoge y utiliza con talento toda la documentación argumental expuesta anteriormente.

Desde la cultura griega la filosofía del arte ha versado sobre dos teorías fundamentales: imitación y expresión. En el barroco se produce la mayor conjunción entre ambas: no sólo se traduce el modo de ser del objeto imitado sino que se convierte a éste en signo expresivo cuya significación trasciende su propia naturaleza; generalmente adquiere función semiótica de carácter conceptual de versión tipológica y abstracta de sentimientos. La critica iconológica actual se afana por encontrar la clave translaticia de las formas. En algunos casos este trabajo se ve facilitado por las propias declaraciones de los artistas. Así, por ejemplo, el mencionado maestro cordobés explica la metodología empleada en la composición de sus cuadros y morfologías efímeras y ofrece los asuntos expuestos en las mismas y el valor representativo de cada uno de sus elementos. Pero su tratado contiene además una teoría de la expresión simbólica como fin de la pintura. Admite el cuadro naturalista, pero acepta también la posibilidad de que muestre un "argumento metafórico" del que afirma que es " el que en virtud de una metáfora ingeniosa manifiesta el concepto de su autor". Tenemos, pues, aplicada a la pintura una forma de lenguaje que parecía propia de la literatura. Pero ambas artes adoptan en el barroco caracteres semejantes: el conceptismo y el culteranismo se verifican también en la pintura y, por cierto, con una artificiosidad que obliga incluso a establecer criterios de realización. Palomino distingue cinco clases: cita en primer lugar "aquella que mediante signo natural manifiesta el concepto del pintor" (1); como ejemplo recuerda el cuadro de un pintor moderno en el que, para representar la zarza de Moisés, "que ardía sin consumirse, ni puso cenizas, ni humo, en cuyos dos extremos se resuelve cualquier materia combustible" (2). De la metáfora moral afirma que "es aquella que manifiesta el concepto del Artífice en virtud de algún signo que, por la costumbre o libre imposición de los hombres, adquirió derecho a aquel significado" (3). En la "vultuosa", la eficacia comunicativa es atribuida a "las indicaciones del semblante" (4). Denomina instrumental a la cuarta, porque, "mediante algún instrumento, determina la representación personal de la figura" (5) (lira de Apolo, llaves de San Pedro, etc.). Finalmente, entiende por "metáfora iconológica la que mediante una figura humana representa algún sujeto abstracto o invisible" (6) (figuras de las virtudes, vicios, ciencias, artes, el día y la noche, etc.). Para diferenciar el lenguaje pictórico puntualiza que las cinco "pertenecen rigurosamente al pintor", es decir, responden a criterios plásticos estrictos. Pero encuentra, además, la posibilidad de aplicación de otras especies que considera propias de la cultura humanista. Enumera tres: emblema, jeroglífico y empresa. De la primera indica que "es una Metáfora significativa de algún documento moral, por medio de figuras iconológicas, ideales o fabulosas o de otra ingeniosa y erudita representación con mote o poema, claro, ingenioso y agudo" (7). Según nos informa, era muy usada en galerías de Príncipes y Señores para ilustrar las bóvedas y frisos. El jeroglífico es definido como "Metáfora que incluye algún concepto doctrinal, mediante un símbolo o instrumento sin figura humana con mote latino de autor clásico y versión poética en idioma vulgar" (8). Por último, entiende por "Empresa, una Metáfora significativa de un concepto particular y heroico, por medio de figura y propiedad peregrina, ayudada de un mote agudo, equivoco y de poeta clásico" (9).

Evidentemente, existe un riesgo de hermetismo, por lo que el mismo Palomino se opone a la expresión de asuntos con excesiva carga conceptual. Es lógico que prescriba también la idoneidad de los asuntos con el destino del cuadro. Como muestra de los ideales de la época (que puede explicar la difusión de ciertos argumentos), cabe señalar que si se trataba de una "Galería de Príncipes", recomienda que se adorne "con hechos ilustres de los más célebres campeones y valerososo héroes, como de un Aquiles, de un Héctor, de un Alejandro y otros semejantes" (10). En la decoración de habitación de señoras, estima que debe huirse totalmente de las fábulas, buscando siempre asuntos nobles, decorosos, honestos y ejemplares" (11): considera especialmente apropiados los retratos de mujeres famosas por su santidad o su actuación bíblica o histórica. En las casas de campo y palacios de recreación, afirma que "pueden tener lugar las fábulas con la debida modestia; también batallas, monterías, paisajes con algunas cabezas de pastores y otros asuntos campestres" (12). En las iglesias precisa que "conviene elogiar aquel santo o misterio titular suyo, describiendo en las paredes rectas los casos históricos": con prolijidad barroca, alude a grandiosas realizaciones cromáticas en techumbres y bóvedas " y así conviene demostrar allí el premio de la bienaventuranza al Héroe del asunto, o a la celebridad de aquel misterio en la Iglesia triunfante con grande acompañamiento de ángeles y bienaventurados" (13), etc.

Aunque el neoclasicismo incluya la claridad entre sus principios y propugna una expresividad orientada hacia una suave y equilibrada traducción de sentimientos, no renuncia a las posibilidades comunicativas del simbolismo. Mayans interpreta así la pintura alegórica " la que en la reunión de sus partes representa otra cosa que cada una de ellas de por sí" (14). Su erudición clásica se proyecta en sus ejemplificaciones, pero muestra asimismo la importancia de este género en la versión de los dogmas cristianos. Sus ideales académicos le mueven a imponer dos condiciones a su práctica: necesidad e inteligibilidad. Basado en la exigencia de este último criterio encuentra inaplicables en el culto las pinturas de metáforas complicadas e intrincadas, "porque estas serían oscurísimas" y, en consecuencia, inválidas para la religiosidad popular. Actitud semejante adopta ante la obra estrictamente emblemática: "suele ser demasiadamente oscura para que los pintores usen de ella con frecuencia y pide especial consideración, explicación y selección de símbolos" (15). Admite la convergencia de distintas significaciones siempre que no se mezclen o confundan, pero no se opone a que coincidan las pertenecientes a la historia sagrada con la gentil o profana. Trata, por tanto, de resolver la alegoría sin contradecir la estética académica.

Otro tratadista de este período, Celedonio de Arce y Cacho, clasifica con criterio formal los géneros de la arquitectura, lo que distingue su división de la que hemos comprobado con Palomino. Pero admite también el empleo de la metáfora en la plástica, que utiliza nada menos que en su misma definición: "Se esculpe a la escultura en figura de una mujer joven y hermosa ... se representa de semblante apacible, hermoso y poco adornado ... porque mientras el Artífice se ocupa con la fantasía de conformar las cosas del arte con las de la naturaleza haciendo la una semejante a la otra no puede atender mucho al cuidado del cuerpo, porque debe ser su objeto el primero. La guirnalda de laurel que corona sus pies, cuyo frondoso y oloroso árbol conserva el verdor de sus hojas en las severidades del invierno, significa que la escultura se conserva en sus obras bella, durable y viva, a pesar de las repetidas invasiones de los siglos, y es lo mismo que justamente indica su juventud lozana. De esto procede la perpetuidad que no se puede dejar de conocer conviene a la Escultura... El vestirla de paños sueltos y delicados es muy conforme a la escultura misma, la cual se ejercita para el deleite y se mantiene para la magnificencia y grandeza. El que haga franco y suelto el vestido, enmienda la impropiedad que se solía cometer en los siglos pasados ... brillando más en que por lo encubierto de los miembros se trasluzcan y nota sin violencia, y como en su lugar las proporciones de ellas, a las que se oponen los paños muy ceñidos, prolijos y afectados ... la mano sobre la cabeza de la estatua pequeña que tiene a su derecha, demuestra que si bien la Escultura es objeto principal de la vista, también al mismo tiempo lo puede ser del tacto ... los varios instrumentos privativos de su facultad que tiene en la mano sirven de conducir a los menos instruidos al conocimiento material y más llano de lo que la estatua representa. El tapete y alfombra de sus pies demuestra que la escultura es sostenida de la magnificencia ... como sean también símbolo y jeroglífico de la imitación ... la máscara que se aplica a la pintura y la mona, ésta por ser animal, el más apto y oportuno para remedar al hombre que aparentar con gusto sus acciones y aquélla por imitar en los teatros y foros la apariencia o maneras que solemos decir de presentarse con varios personajes y la palma, símbolo de perpetuidad ... la robustez y nervioso verdor de la palma, además de manifestar su perpetuidad, demuestra su perseverancia ... en lo que da a entender la asistencia que hacen a los embates de los siglos lo durable del mármol y perseverante del marfil y bronce, materias en que la sólida Escultura archiva sus tesoros y deposita sus preciosidades (16). Como puede observarse, esta descripción se puede considerar como un boceto estatuario, en el que se sigue una semiología simbólica, que responde, sin embargo, a un concepto neoclásico de la escultura.

Un nuevo ejemplo de aplicación metafórica lo tenemos en la teoría del arte del que puede considerarse como precursor del cargo de Director de la Academia de España en Roma, Preciado de la Vega. En este caso es el propio tratado el que está concebido como proyección sistemática de la doctrina de la alegoría. Se pone de manifiesto esta intención en el mismo título en el que libro y autor tienen nominación figurada: "Arcadia pictórica en sueño o poema prosaico sobre la teórica o práctica de la pintura, escrita por Parrasio Tebano Pastor Arcade de Roma, dividida en dos partes: la primera que trata de lo que pertenece al dibujo y la segunda del colorido". En la exposición supone que en un sueño le fue mostrado un magnífico palacio en el se enseñaban las Bellas Artes; acompañado de un genio visitó las distintas aulas y dependencias y escuchó las explicaciones que los profesores impartían en ellas: su tratado no sería más que la transcripción de las sabias lecciones escuchadas en tan fecunda vivencia onírica. Por esto la obra no se divide en capítulos, sino en aulas: "Va dividida en clases separadas y en cada una de ellas se enseña lo que el joven debe aprender y el modo de ejecutar lo que se le enseña para su adelantamiento, según la buena Escuela Romana, poniéndose en cada clase un maestro que enseñe y explique lo que a ella corresponde" (17). La estética de Preciado corresponde a los principios clásicos y en el planteamiento se advierte una clara influencia de la poesía bucólica: "Creí, pues, hallarme en un delicioso prado esmaltado de diversas llores a la falda de una amena colina, de donde se desprendían cristalinas aguas que en la llanura formaban un gracioso arroyuelo. Estaba el collado vestido de frondosas murtas y olorosos laureles y entre ellos se levantaban algunos grandes plátanos. El sitio era deleitable y ameno, y yo con gustoso embeleso lo observaba, creí que fuese habitación de las Musas un magnífico edificio que se veía colocado entre la frondosidad de los árboles" (18). Por supuesto la metodología semiótica informa la exposición de sus preceptos. Destaca el valor expresivo de la cabeza y muestra la eficaz contribución de los ojos, formulando un código significativo: "como nuncios del ánimo resplandeciendo con la alegría, ofuscándose con la melancolía o tristeza y llorando con el dolor demasiado o con el extraordinario contento y así con las cejas, las que hermanadas con ellos dirigen también la frente y se mueven en la pasión al paso que los ojos y las pestañas; encrespándose con el furor y la ira, extendiéndose en la aplicación y en la tristeza, quedando inmobles en la tranquilidad, como arqueadas al maravillarse y comprimidas en la risa" (19).

Las citas anteriores prueban la continuidad de la representación translaticia en el siglo XVIII, aunque en su verificación se refleje el cambio estilístico que se opera a través de esta centuria. Pero hay un tratado sobre esta materia, escrito por el mercedario Fr. Juan Interián de Ayala, que ofrece singular interés por varias motivos: por su temática (dedicada exclusivamente a establecer con carácter especializado los criterios iconológicos que deben regir en el arte cristiano); por su metodología (a la vez normativa y crítica), por su amplitud (ya que constituye una teoría de la expresión pictórica, en bastantes casos aplicable a la escultura, de la teología, historia sagrada y hagiografía), por su pasmosa erudición y por los años de la publicación de la versión original latina y de su traducción castellana, pues pone de manifiesto el interés por la semiología iconológica de los períodos culturales en los que rigen principios artísticos tan distintos. El título de la primera. edición es el siguiente: "Pictor Christianus Eruditus sive de erroribus, qui passim admituntur circa Pingendas, atque effigendas Sacras Imagines. Libri Octo cum Appendice. Opus Sacrae Scripturae, atque Eclesiasticae Historiae studiosis non inutile. Authore R.P.M. Fr. Ioanne Interian de Ayala, Sacri, Regii ac Militaris Ordinis Beatae Mariae de Mercede Redemptionis Captivorum, Salmanticensi Academiae Doctore Theologo, atque ibidem Sanctae Theologiae cum sacrarum Linguarum interpretatione professore iam pridem emerito. Anno D (Escudo de la Merced). 1730. Matriti: Ex Typographia Conventus praefati Ordinis". Es un volumen en folio, encuadernado en pergamino, 12 hs. prls. 445 pp. de texto a dos columnas con una Dedicatoria a la Virgen de la Merced, por el General de la Orden Fr. José Campuzano de la Vega, Censura del P.M.Fr. Joaquín de Muñatones y Licencia de dicho General Campuzano, en Madrid, 4 de febrero de 1730. Palau, rcogiendo la noticia de Vinet, consigna otra edición latina de París, año 1765, en 12.°.

En 1782 apareció una traducción castellana realizada por Luis Durán y Bustero, quien se dedicó a tan laboriosa empresa para que los artistas desconocedores del latín pudiesen consultar tan interesante libro. Dedicó su edición al Conde Floridablanca y lo imprimió en dos tomos en cuarto, para mayor comodidad del lector: "El Pintor Cristiano y erudito o tratado de los errores que suelen cometerse frecuentemente en pintar y esculpir las Imágenes Sagradas. Dividido en ocho libros, con un Apéndice. Obra útil para los que se dedican al estudio de la Sagrada Escritura y a la Historia Eclesiástica. Escrita en latín por el M.R.P.M.Fr. Juan Interian de Ayala, de la Sagrada y Militar Orden de Nuestra Señora de las Mercedes, Redención de Cautivos, Doctor Theólogo de la Universidad de Salamanca y Predicador de Su Majestad. Y traducida en castellano por don Luis Durán y Bastero, Presbítero ... Madrid, MDCCLXXXII. Por don Joachin Ibarra. Impresor de S.M., 2 vols., 4.°, XX + 484 pp. y VII + 533.".

En 1833 apareció una nueva edición castellana en tres volúmenes en cuarto de 288, 320 y 352 páginas (Barcelona, imprenta de la Viuda e hijos de José Subirana). En 1854 se publicó en Ferrara una compilación italiana: " Istruzioni al pittor cristiano ristretto dell'opera latina di Fra Giovanni Interian de Ayala. Fatto da Luigi Napoleone Citadella, con note storiche ed artistiche del medesimo ... Ferrara, co'tipi dell'Editore Domenico Taddei, 1854.

El libro primero tiene carácter de introducción: se expone en el mismo un concepto de imagen sagrada que sirve de fundamento a sus críticas. El segunda trata de las pinturas de Dios y de los Ángeles, el tercero de las imágenes de Jesucristo y de las de los misterios de su Santísima Vida y Pasión, el cuarto de las imágenes de la Virgen y el quinto, sexto, séptimo y octavo de las representaciones de los santos, distribuidas según el orden del calendario del santoral dividido en trimestres: estos cuatro últimos libros constituyen un verdadero "Año cristiano" pictórico.

En el libro en que se inscriben los religiosos Mercedarios que mueren en la Provincia de Castilla figuran los siguientes datos sobre el autor: "el R.P.M.Fr. Juan Interian de Ayala fue natural de Canarias, hijo del Hábito del Colegio de Alcalá; Colegial, Lector y rector del Colegio de Salamanca; Doctor Teólogo de dicha Universidad; Catedrático jubilado de Sagradas Lenguas; Predicador de S.M.; Teólogo de la Real Junta de la Concepción; Vicario Provincial in Capite de esta Provincia; Varón verdaderamente eminente en Sagradas y humanas Letras; dió a la prensa muchos y muy eruditos libros; murió el año de 1730". Estas noticias son ampliadas en la Biblioteca Mercedaria del Padre Maestro Fr. Ambrosio Hardá y Muxica que, escrita en latín, se conserva en el Archivo del Convento de la Merced y fue editada por el P. Arqués.

Basado en estas fuentes, su traductor Luis de Durán y su editor Francisco de Rivera escribían todavía en el siglo XVIII sendas semblanzas biográficas. "Desde niño dio muestra de gran talento y acendrada piedad. Estudió en el Colegio de Santa Catalina de Alcalá de Henares. En esta ciudad tomó el hábito de la Merced en 1672; Fr. Anselmo Demfere, en el Necrologio mercedario, mss. en la Merced de Lérida, informa que profesó en Madrid el 30 de mayo del año siguiente de manos del comendador Maestro Dr. Alonso del Álamo. Cursó Filosofía en Huete y Teología en Salamanca, donde también estudió las lenguas hebrea, griega y latina. Se graduó de Maestro en 1688 y obtuvo la Cátedra de Arte, Griego y Tres Lenguas (hebreo, árabe y caldeo). Sus Superiores quisieron que optase a la Cátedra de Filosofía o Teología, pero Interian no se decidió porque no estaba de acuerdo que se minusvalorase la docencia del hebreo. Fue nombrado Rector del Colegio de la Vera Cruz y Vicario Provincial de la Provincia de Castilla (la que gobernó con mucho acierto)" (Durán).

Jubilado en la Universidad de Salamanca, se trasladó a Madrid. El Rey le designó Predicador Real y Teólogo de la Real Junta de la Concepción. En su prosa y poesía latinas se muestra elegante humanista. Al fundarse la Real Academia Española en 1714, fue nombrado académico numerario: colaboró activamente en el famoso Diccionario de Autoridades. Publicó buen número de trabajos en los que puso de manifiesto su erudición. Por sus cargos y su prestigio le fue encomendada la censura de varios libros entre los que destaca el Tratado de Palomino, quien sentía gran admiración hacia el maestro mercedario. No dejó de trabajar asiduamente hasta su muerte, acaecida en 1730. El agustino P. Manuel Vidal pronunció en Salamanca su elogio fúnebre.

El propio Interián entregó la lisia de sus obras que figura en la Biblioteca mercedaria del P. Hardá. Aparte del Pictor christianus, cabe destacar entre sus escritos:
- Descripción de las exequias que en memoria de la Augustísima Señora D.ª María de Austria celebró la Universidad de Salamanca, en cuarto, año de 1696.
- Aclamación festiva de la Universidad de Salamanca por el nacimiento de Luis I, Príncipe de España, y el sermón que sobre el mismo asunto predicó el mismo sagrado orador, con otros versos y panegíricos. Salamanca, en cuarto, año de 1707.
- Noticia de la enfermedad, muerte y exequias de la Serenísima Señora Doña María Luisa Gabriela de Saboya, Reina de España. Madrid, año de 1715.
- Oración fúnebre de Luis I, Rey de España. Madrid, 1725.
- Varios sermones, 2 tomos en cuarto, Salamanca, 1703, y Madrid, año de 1725.

En la redacción de El pintor cristiano y erudito, Interián de Ayala demuestra una amplísima erudición. La tendencia barroca a la cita de fuentes se hace patente en su obra con una larguísima enumeración de libros de todas las épocas. A su lista hay que añadir todavía una serie de autores que pudieron influir en la elaboración de su tratado. El tema de la imaginería religiosa ha sido discutido desde los orígenes del cristianismo. A Interián le interesaban varios tipos de escritos: estudios de imágenes en sentido estricto, libros bíblicos, hagiografías, determinaciones de los Concilios, tratados de pintura, etc. Sus alusiones incidentales a textos clásicos le permiten mostrar sus conocimientos humanistas.

No es posible en esta ocasión enumerar sus fuentes. Remito al libro Tratados neoclásicos españoles de pintura y escultura que he publicado en colaboración de Francisco José León Tello, en el que figura una relación que comprende más de quinientos títulos distribuidos en estos apartados: citas clásicas, textos excriturarios, citas de autores cristianos primitivos, escritores medievales, autores de los siglos XV y XVI, influencia de obras del siglo XVII y principios del XVIII. En el mismo libro determinamos el título de las fuentes el capítulo y la página de la mención.

Cabe afirmar que "Pictor Christianus" constituye una vasta enciclopedia de religión y arte en la que se proyecta su profunda erudición. Realiza una crítica de las representaciones que los artistas han efectuado en sus cuadros de la divinidad, los Ángeles y los santos, pero al mismo tiempo propone las interpretaciones más idóneas. Desde este punto de vista se hace patente el interés significativo del arte cristiano. Adelantándose a las modernas teorías semiológicas y de la pedagogía audiovisual, el artista expresa en sus figuraciones conceptos teológicos y definiciones de santidad personal con una intención de exaltación litúrigca, enseñanza y ejemplo. En el tratado de Interián se pone de manifiesto el fundamento escriturario e histórico de la semiótica cristiana. Aunque algunas veces mencione obras de artistas concretos, sus referencias suelen ser generales, bien porque responden a criterios adoptados con cierta universalidad o bien para no poner en evidencia a los maestros que pudieran haber incurrido en error.

Interián no restringe su concepto de imagen sagrada a las de Dios, los Ángeles, Jesucristo, la Virgen María y todos los Santos: incluye en el mismo a todas las representaciones que puedan contribuir a "una verdadera y exacta inteligencia de las Historias y demás cosas sagradas" (20). El objeto de su crítica no son los valores artísticos de las obras, sino las faltas teológicas o históricas cometidas por sus autores. Desde este punto de vista encuentra motivos de censura en artistas famosos (21); para evitar malas interpretaciones de sus juicios sobre estos maestros advierte que "no soy yo tal que me atreva a poner defectos por lo tocante a la admirable pericia y pasmoso artificio de semejantes hombres, antes por el contrario afirmo constantemente y sin la menor duda que sus obras son primorosísimas y casi divinamente ejecutadas" (22). Su intención informativa queda limitada a la crítica de la semiología de la plástica religiosa, con independencia de la estimación artística. Sin embargo, no renuncia al juicio estético. Por respeto a la misma temática, piensa que se debía "prohibir el pintar dichas Imágenes a ciertos principiantes rudos e ignorantes y a otros pésimo artífices" (23). Cuenta a este respecto una curiosa anécdota en la que alude al comercio de las artes en su tiempo: "Ciertamente, en una de nuestras poblaciones, que es bastante famosa, y de donde salen hábiles artífices, hay muchos también de los que vamos vituperando; de suerte que la calle de- aquella ciudad que es bien conocida y que llamamos nosotros la de Santiago, está llena de tiendas de malísimos pintores. En ellas se hallan con tanta abundancia Imágenes de Christo Señor Nuestro, de la Santísima Virgen y de toda clase de santos y de santas, que de ellas cargan infinitos carros para conducirlas a toda España. pero Santas y Santos ¡dónde está el respeto que os es debido?" (24). Estaría pues justificado que propugnase que no se ocupasen de cosas sagradas más que artífices con suficiente capacidad; no se opone a que los más inhábiles "pinten barberías, tabernas, melones, legumbres, calabazas y cuanto se le antojare, con tal que no pinten Imágenes sagradas" (25).

Aparte de esta primera censura artística que le impulsaba a vetar la dedicación de los maestros mediocres al género religioso, adopta una actitud rigurosa con relación a la temática. Interián observaba la eficacia expresiva de la pintura (26) y, a la inversa, su influencia en el contemplador (27). Por esto reprueba aquellas representaciones que puedan suscitar reacciones morales perniciosas. En este aspecto no le parece oportuna la expresión plástica de ciertos episodios bíblicos como el de las hijas de Loth, las tentaciones de José en Egipto, Bethsabé, Susana en el baño, etc. Estima igualmente "que se ha de excusar también, en cuanto se pueda, toda indecencia y desnudez en las imágenes sagradas", figuras de la Virgen que parecen "retratos de alguna diosa de los gentiles" (28), mártires en cuyos desnudos se proyectan cánones clásicos, etc. En las pinturas de anacoretas los artífices solían "hacer ostentación de su habilidad" en el modelado corpóreo, pero el maestro mercedario recomienda su diseño con túnicas y sacos o vestiduras semejantes que resultaban más pudorosas y a la vez más ajustadas a la realidad histórica.

La preocupación pastoral de Interián no queda reducida al tema de la representación del desnudo en las imágenes. Indica que "debía evitarse en ellas las invenciones ridículas y extravagantes y cuanto tenga resabios de ligereza o de maldad" (29). y "que la razón y la prudencia exigen que no se pinten Imágenes sagradas que contengan manifiesto error, aunque éste no sea contrario a la fe o a las buenas costumbres ni pernicioso para los hombres" (30). Lamenta ciertas representaciones de Jesucristo como Júpiter, de la Santa Cena, juegos del niño Jesús, santas y santos, inspirados en modelos contemporáneos poco piadosos, fraile glotón, etc. Con criterio semejante estima como errores "los anacronismos acerca de los vestidos, armas y otras semejantes que se pintan sin tener bastante conocimiento e instrucción de lo que se hace" (31). Sin embargo, no cierra todas las posibilidades imaginativas a los pintores. Admite "que en las Imágenes sagradas es lícito pintar algunas cosas que excitan la piedad, aunque no sean tomadas claramente del Evangelio" (32).

Aunque procure eludir la cita nominal, no faltan menciones de soluciones iconográficas de artistas determinados. Para la pintura del episodio de la degollación de los Inocentes, remite a la descripción de San Agustín porque juzga que está realizada "tan al vivo y con palabras tan expresivas que no parece sino que se representa delante de los ojos" (33); estima que muchos pintores lo han representado con acierto y elogia especialmente la versión de Rubens y Tintoretto. Por el contrario, en la representación de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel, puesto que el evangelista dice que la Virgen "entró en la casa de Zacarías y saludó a Ysabel", critica a los artistas que sitúan el encuentro en el campo (34); estima que Santa Isabel ha de pintarse vieja, pero no fea y deforme; no aconseja la profusión de detalles anecdóticos que observa, por ejemplo, en la Visitación de Andrea del Sarto, porque observa que "no tanto le sirven de adorno como de deformidad a la pintura" (35).

En la representación de las tentaciones de San Antonio Abad lamenta que los artistas presenten figuras impúdicas: recuerda, por ejemplo, el cuadro de Tintoretto en el que critica, además, que haya colocado a los pies del santo un bonete de los que utilizaban los clérigos modernos, lo que le hace exclamar que "a tanto puede llegar la ignorancia de las cosas o el querer seguir libremente su antojo y fantasía" (36). Interián refiere la anécdota personal de que cuando tenía cuatro años fue beneficiario de una intercesión milagrosa de San Isidro: como hubiese contraído una grave enfermedad, le ofreció su madre " a este piadosísimo y poderosísimo patrono, y no sin admiración convaleció casi de repente, en testimonio de lo cual y en cumplimiento del voto se colgó una tablilla con mi retrato en la ermita del santo" (37). Elogia los cuadros que Francisco Ricci dedicó a hechos extraordinarios del santo madrileño, en la Real Capilla consagrada a su culto por Felipe IV. Para la representación del Juicio Final remite a la obra de Miguel Ángel, porque "a juicio de los inteligentes sobrepuja a cuantos ha habido, hay y habrá, no sólo por lo que toca a la pericia del arte, sino también por lo que mira a la erudición de las cosas pintadas" (38). Por el contrario, se opone al cuadro de David realizado por Durero: "¿Quién podrá sufrir el que un pintor de mucha fama como era Alberto Durero pintase al rey David con aquellos vestido apretados, que usaban en su tiempo los alemanes, esto es, a mediados del siglo XVI en que vivía y pintaba Alberto?" (9). La causa de estas licencias sería fácilmente deducible: "error que, como he reprendido varias veces, dimana de las mismas fuentes, esto es, de la ignorancia e inadvertencia de los pintores" (40).

La extensión propia de una comunicación impide citar más ejemplos. La importancia que hasta el siglo XVIII tiene en la cultura europea la pintura religiosa justifica que autores como Interián pretendiesen con sus escritos orientar a los artistas en sus representaciones sagradas para que cumpliesen con ortodoxia la función docente y ética que, junto a la estética, constituyen la triple finalidad asignada por la teoría clásica del arte ("prodesse, docere et delectare"). En el Pictor christianus eruditus la teología se convierte en imagen plástica expresada a través de la palabra. Para terminar es forzoso reiterar la excepcional erudición teológica e histórica reunida en tan amplia obra. Pero desde el punto de vista de la teoría y la historia del arte interesa aún más destacar su valor informativo para resolver el importante problema de la interpretación de las iconologías del arte de la época.


NOTAS

(1) A. Palomino, El Museo Pintórico y Escala óptica, Madrid, 1715-1724, p. 50.

(2) Ob. cit., p. 50.

(3) Ob. cit., p. 50.

(4) Ob. cit., p. 50.

(5) Ob. cit., p. 50.

(6) Ob. cit., p. 50.

(7) Ob. cit., p. 53.

(8) Ob. cit., loc. cit.

(9) Ob. cit., p. 54.

(10) Ob. cit., p. 149.

(11) Ob. cit., p. 149.

(12) Ob. cit., p. 149.

(13) Ob. cit., p. 149.

(14) G. Mayans y Siscar, Arte de pintar, Valencia, Imp. José Rius, 1854, p. 125.

(15) Ob. cit., p. 127.

(16) C. N. de Arte y Cacho, Conversaciones sobre la Escultura, Pamplona, Imp. J. Longas, 1786, pp. 271-280.

(17) F. Preciado de la Vega, Arcadia Pictórica, Madrid, Imp. Antonio de la Sancha. Año de 1789, p. 6.

(18) Ob. cit., p. 73.

(19) Ob. cit., p. 76.

(20) Fr. J. Interián de Ayala, Pictor christianus eruditus, Madrid, 1782, trad. de Luis Durán, Imp. J. Ibarra, t. I, p. 2.

(21) Ob. cit., t. I., pp. 3 y ss.

(22) Ob. cit., t. I, p. 7.

(23) Ob. cit, t. I, p. 11.

(24) Ob. cit., t. I, p. 11.

(25) Ob. cit., t. I, p. 11.

(26) Ob. cit, t. I, pp. 8-9.

(27) Ob. cit., t. 1, p. 23.

(28) Ob. cit, t. I, p. 26.

(29) Ob. cit, t. I, pp. 43-54.

(30) Ob. Cit., t. I, pp. 63-68.

(31) Ob. cit., t. I, pp. 68-81.

(32) Ob. cit., t. I, pp. 82-89.

(33) Ob. Cit., t. I, p. 238.

(34) Ob. cit., t. II, p. 35.

(35) Ob. cit., t. II, p. 40.

(36) Ob. cit., t. II, pp. 66-72.

(37) Ob. cit., t. II, p. 206.

(38) Ob. Cit., t. II, p. 476.

(39) Ob. cit., t. II, p. 489.

(40) Ob. cit., t. II, p. 488.