CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 8. 1991
 

 

ASPECTOS TIPOLÓGICOS E ICONOGRÁFICOS DEL PORTAPAZ RENACENTISTA

María Jesús Sanz Serrano

Es hoy día una pieza bastante desconocida para los profanos en la Historia del Arte, e incluso para algunos no profanos, quizá por haber caído en desuso y no mostrarse más que en algunas vitrinas de iglesias y museos. Sobre el origen de estas piezas en los finales del Medievo ya dimos noticias hace algunos años (1), pero entonces nos referimos exclusivamente a una colección del museo madrileño.

El portapaz es una pieza pequeña que no suele medir -en los casos mayores- más de 12 ó 15 cms. de alto, y algo menos de ancho. Hoy día se suele hallar expuesto en los tesoros eclesiásticos sin uso alguno, en el mejor de los casos, cuando no se halla olvidado en los armarios parroquiales o conventuales. Se encuentra también en muchos museos que cuentan con objetos sacros. Su uso, como ya dijimos en otra ocasión (2), estaba destinado a los fieles que se lo pasaban entre ellos para besarlo en el momento de la misa en que se daban la paz. Todavía hoy día se conserva en inglés el nombre latino pax, y en el italiano actual pace.

Los más antiguos portapaces que se conservan en los tesoros de las iglesias datan del siglo XV y presentan, naturalmente, las maneras góticas; sin embargo, la época que más ejemplares nos ha legado corresponde a los siglos XVI y XVII, período en el que el portapaz se desarrolla plenamente y durante el que su tipología va cambiando según los modelos arquitectónicos de cada momento.

La existencia del portapaz durará hasta fines del siglo XVIII o comienzos del XIX, pues los últimos ejemplares conocidos corresponden al último rococó, o más raramente al primer neoclásico, pero no parecen encontrarse portapaces posteriores a mediados del siglo XIX, quizá por la caída en desuso de darse la paz públicamente durante la misa.

Tipológicamente parece ser que los portapaces derivaron, en sus comienzos, de los relicarios en forma de edículos, pues este aspecto presentan los primeros portapaces góticos, formados por una pequeña hornacina o placa en la que se sitúan figuras de bulto, enmarcadas por pilastras y cubiertas con doselete. Tanto relicarios como portapaces dependían claramente de las formas arquitectónicas. El relicario medieval de tipo edículo presentaba, entre sus diversas tipologías, una muy semejante a la anteriormente descrita y válida igualmente para el portapaz, con la única diferencia de que en su parte inferior solía llevar una reliquia. De hecho algunos relicarios de este tipo, e incluso el modelo en forma de tríptico o políptico, fueron convertidos en portapaces en épocas más tardías, como en el caso del relicario-políptico de la catedral de Sevilla -datable entre 1316 y 1322-, que fue convertido en portapaz en el siglo XVI, y hoy afortunadamente vuelto a su aspecto primitivo (fig. 1).

Es, pues, el siglo XVI y más concretamente el segundo cuarto del siglo el momento en que, con la aceptación de los modelos renacentistas en la platería, se produce el cambio tipológico en el portapaz, además de enriquecerse su repertorio iconográfico. En realidad, el cambio estructural que se observa en esta pieza está relacionado con el cambio arquitectónico en general, porque curiosamente la plata no sigue los modelos de la platería renacentista italiana fielmente, sino los modelos arquitectónicos y escultóricos puramente españoles, salvo en algunos casos en que los artistas plateros parecen conocer la gran escultura, arquitectura y pintura italianos, o al menos los grabados en que todas estas artes se inspiran.


ASPECTOS TIPOLÓGICOS

En general, el portapaz español del Renacimiento atraviesa los distintos períodos arquitectónicos nacionales, porque el portapaz estuvo concebido desde sus inicios como una pequeña arquitectura que contenía un esquema devocional. El primero que nos da una definición del portapaz es Juan de Arfe en su Varia Conmesuracion, en que nos dice:

Dos partes se hace el alto de una paz
y una de ellas se pone en el asiento,
hásese su motea de una haz,
a la manera de un encasamento
y para que su asiento sea capaz,
se hace de fornido embasamento,
y el asa muy ligera porque vaya
en modo que ni tuerça ni se caiga.

En este verso inicial a los párrafos dedicados al estudio del portapaz, podemos apreciar cómo los términos que usa son exclusivamente arquitectónicos: asiento, encasamento, montea (montera), embasamento, pero va a ser en el texto en prosa que le sigue donde nos dará la clave definitiva del concepto tipológico de la pieza. Al hablarnos de las proporciones nos cita continuamente términos como: banco, frontispicio, remates, arquitrabe, friso, cornisa, pilastrones, o encasamiento, para terminar diciendo que las imágenes que se tallen en los frisos han de ser de simetría bilateral, a no ser que se representen escenas "porque la arquitectura no consiente variedad (asimetría) en el follage".

En otro lugar del texto nos dice: "se hacen como portadas". Con estas aseveraciones queda absolutamente. clarificado el concepto arquitectónico que rige la construcción del portapaz renacentista (3) (fig. 2).

Los modelos que propone Arfe gráficamente son los habitualmente encontrados hacia la mitad del siglo e incluso en el segundo cuarto de él. Las medidas que describe afectan solamente a la altura, que es de un cuarto de vara -unos 20 cms.- que se dividirá en cuatro partes: una para el remate y las otras tres para el cuerpo del portapaz donde se incluiría el banco. Tanto el banco como el entablamento habrían de llevar la misma altura, y las molduras del primero serían las mismas que las del pedestal.

Con respecto al frontón, los clasifica en agudos -triangulares- y redondos -semicirculares-, además de los escarzanos. Admite también la ruptura del frontón y la inclusión de un cuerpo en él, pero advierte que no se puede romper la correspondencia de los restos del frontón con la restante arquitectura del portapaz.

En lo que se refiere a los relieves representados en el banco, advierte que no deben ser demasiado altos para que no arañen el rostro en el momento de besarlo. Con respecto al asa trasera, que servía para sujetarlo y pasarlo entre los fieles, dice que no debe ser pesada para que no se vuelque hacia atrás, pero que debe ser voluminosa para que sea cómoda de coger.

En realidad, la descripción que: nos da de la pieza es bastante más amplia que el dibujo que presenta, pues éste sólo muestra el modo en el que se propone la ruptura del frontón con la inclusión de un cuerpo central, y que se corresponde con los modelos del tercer cuarto del siglo. No obstante, su diseño nos presenta los tres perfiles de la obra, de frente, de perfil y en planta.

El frente se aprecia efectivamente como una portada con medio punto apoyado en columnas, y frontón con cornisa sostenido también por columnas, pero éstas de mayor tamaño, siendo todo de orden jónico. La composición de arco y dintel sostenidos por columnas de distintos tamaños es la misma que propone y realiza en la construcción de sus custodias y andas. En el basamento donde se apoyan todos los elementos del portapaz se aprecia perfectamente el banco, y lo que él llama pedestal, que es un cuerpo en talud bajo él.

La parte superior se ajusta a sus modelos de diseños con remates en bolas sobre el frontón, sólo que con cuerpo central que acaba en un nuevo pequeño cuerpo triangular.

La visión del perfil muestra todos los elementos descritos además del perfil del asa de la parte trasera que se presenta como un pájaro vegetalizado. En el corte transversal se aprecian las columnas y el rehundimiento producido en el cuerpo central con la elevación del relieve. Como en la descripción de la mayoría de las demás piezas que aparecen en el libro, Arfe no menciona para nada la escultura, ni los temas iconográficos, ni los motivos decorativos, por lo que, como ya en otra ocasión apuntamos (4) el artista se ocupaba fundamentalmente de diseñar mientras que la invención de los temas iconográficos correspondía a los patronos o mecenas de la obra, y naturalmente los temas puramente decorativos, léase follajes, elementos geométricos, o cualquier tipo de ornamentación eran tomados de repertorios circulantes entre toda clase de artistas. En lo que se refiere al dibujo del portapaz y teniendo en cuenta que la Varia Conmesuración fue publicada por primera vez en 1585, aunque no completa -la edición completa se realizó dos años después-, es obvio pensar que el modelo que Arfe presenta se corresponde con la tipología manierista y que, naturalmente, el portapaz renacentista había aparecido bastantes años antes.

Los primeros modelos con los que contamos se sitúan a fines del primer cuarto del siglo XVI, y son precisamente éstos los que todavía titubean entre el estilo que muere y el que nace. En algunos casos, como en los dos ejemplares de la catedral de Granada, parece ser que el modelo renacentista es una copia del gótico en el que únicamente se han cambiado los elementos arquitectónicos respetando casi por completo la estructura y la composición de ellos (5). En realidad, si comparamos el portapaz plateresco, que por sus punzones se situaría en el segundo cuarto del siglo XVI, con el retablo de la Capilla Real del mismo templo veremos que el abigarrado estilo del primer renacimiento está presente en ambos. Sin embargo, este tipo de portapaces no tiene mucho arraigo en Andalucía, y el mismo apellido del platero que lo firma -Valladolid- hace pensar en un artista emigrado al recientemente conquistado Reino de Granada.

En la primera mitad del siglo, pero ya situadas en el segundo cuarto, pueden apreciarse tres tipologías de tipo general. La primera de ellas ya ha sido mencionada al hablar del portapaz de la catedral de Granada, que se inspira claramente en la tipología del retablo castellano del primer cuarto de siglo, cuya distribución en calles y registros, banco y friso y remate, así como la inclusión de columnas abalaustradas coincide en todo con el retablo. Entre estos ejemplares podría situarse el atribuido al taller de Becerril de la catedral de Las Palmas (6), cuya existencia en el templo está documentada desde 1569. Esta pieza es mucho más proporcionada que la granadina, y su rica decoración y materiales -oro y esmaltes- no empece su rigurosa y proporcionada estructura de tres calles -la central más ancha-, dos cuerpos y remate coronado por frontón.

En esta linea puramente retablística podrían situarse también los dos de la catedral de Sevilla realizados por Hernando de Ballesteros el Viejo en 1556 (7), que están dedicados a la Ascensión (fig. 3) y a la Asunción y que llevan también tres calles, banco, friso y remate rectangular con frontón, aunque en este caso las columnas abalaustradas van pareadas y enmarcan calles laterales mucho más estrechas que las del portapaz conquense. De todas formas su estilo, a pesar de contener balaustres, está ya más cercano al purismo arquitectónico del segundo tercio del siglo, y ello se debe no sólo a que se halle realizado en esta precisa etapa, sino a que en Andalucía, y sobre todo en la Occidental, el plateresco castellano no tiene un excesivo arraigo, evolucionando casi desde el gótico tardío al Bajo Renacimiento.

Un segundo modelo de portapaz podría corresponder a unas estructuras mucho más sencillas, e incluso anteriores a las ya descritas, pues algunos pueden situarse a fines del primer cuarto del siglo XVI, es decir, en torno a 1525, fecha ésta muy temprana para la difusión del Renacimiento en la platería. El modelo consiste en una sencilla placa sin apenas profundidad, enmarcada por dos pilastras de candelieri y rematada en medio punto, llevando en el interior relieves o esmaltes. De este tipo es el de la iglesia de Santa Maria de Guadahortuna, en la provincia de Granada, cuyo remate es de frontón con cresterías que contiene la imagen del Padre Eterno. En el espacio central lleva a la imagen de la Inmaculada, y está atribuido al platero Francisco Téllez, que debió realizarlo en 1528 (8). Más sencillo aún es el de esmalte del museo Victoria y Alberto, que se sitúa en el foco aragonés a mediados del siglo y que representa la Resurrección (9). Del mismo tipo son los restos de otro atribuido a Juan de Orma, en el que se representa a la Virgen con Santo Domingo, y que se sitúa hacia 1525 (10).

Un tercer modelo podría apreciarse en los portapaces que, siguiendo la tipología anterior, presentan una. mayor profundidad arquitectónica al sustituir las pilastras por columnas abalaustradas, o bien superponer columnas, que sostienen un friso con frontón, delante de la placa de relieve. Estos ejemplares son bastante abundantes y alguno de ellos, como el que representa la Imposición de la casulla a San Ildefonso, del museo Victoria y Alberto, muestra en su riquísima y abigarrada ornamentación alguna reminiscencia gótica que se aprecia en la forma prominente y anacrónica de su friso (11). Se atribuye al platero Juan de Orma, de la escuela burgalesa, y se fecha hacia 1525. Semejante aunque más sencillo es el de Villaescusa de Sirga -hoy en el obispado de Palencia-, que representa a la Virgen con el Niño de medio cuerpo en un amplio bulto, enmarcado por balaustres, con banco y remate semicircular que contiene el Padre Eterno (12). De esta misma tipología e idénticos entre sí son los de Bonares y Jabugo, en la provincia de Huelva (13), y los dos de la catedral de Plasencia (14).

Un cuarto modelo sería el puramente manierista con frontón roto u enrollado, y cabeza humana empenachada en su centro. La simplificación que se efectúa en el marco arquitectónico, especialmente en la pérdida de profundidad y en la desaparición de las calles laterales, se ve enriquecida por la aparición de las volutas laterales que bien pueden ser simplemente vegetalizadas o, por el contrario, tomar forma de hermes o sirenas, que a su vez pueden repetirse en el mango posterior. En el resto de las piezas la ornamentación geométrica vegetalizada o no sigue las mismas pautas de la arquitectura y los grabados. En lo que se refiere al tema principal sigue siendo un relieve preferentemente, con más o menos profundidad pero casi siempre se prefiere la escena a la figura individual. Bellísimos ejemplares de este tipo pueden citarse en Guillena (Sevilla) (fig. 4), con el tema central de la Deposición en el sepulcro que se enmarca por hermes y se adorna en sus laterales por sirenas. De gran simplicidad arquitectónica pero de enorme riqueza decorativa son los de la catedral de Córdoba con los relieves de la Asunción de la Virgen y la Duda de Santo Tomás como temas principales, y con figuras de bulto tendidas sobre el frontón y otras varias sosteniendo cartelas, aunque lo más destacable son sus magníficos esmaltes. Estas piezas son obra de Rodrigo de León que las realizó en 1581 (15). Un magnífico ejemplar italiano de modelo claramente manierista se halla en la Colegiata de Osuna, del que ya hablamos en otra ocasión (16). Como modelo manierista que conserva las tres calles retablísticas y las figuras de bulto pueden señalarse los dos ejemplares de la catedral de Sevilla en los que se presenta el frontón roto con cuerpo central incluido que remata en cruz, llevando la imagen del Crucificado en la calle central y las de la Virgen y San Juan en las laterales, en uno de ellos, y en el otro dos figuras femeninas (fig. 5).

En general, puede decirse que muchos de estos ejemplares se hacían en serie, pues los hallamos repetidos una y otra vez, tanto los modelos arquitectónicos como los iconográficos, en los lugares más insospechados como en el caso de los portapaces idénticos de la catedral de Caracas y de la Hispanic Society de Nueva York, que a su vez los hallamos en Andalucía.

En lo que se refiere al modelo arquitectónico, hay que decir que los retablitos o edículos tienen una correspondencia con otras piezas de platería, como, por ejemplo, con los frentes o portaditas de las manzanas arquitectónicas de las cruces procesionales de las que hallamos tantos ejemplos en toda la geografía española (fig. 6).

Puede decirse así que los modelos de la gran arquitectura se repiten en casi todas las -piezas de cierta envergadura que se realizan en la platería; con razón Arfe decía "hechos como portadas", y, naturalmente, se refería a un término arquitectónico.


ASPECTOS ICONOGRÁFICOS

La iconografía del portapaz es, naturalmente, menos variada que la del retablo, pues evidentemente su espacio disponible es mucho menor. No obstante, pueden aparecer varios temas en ellos, aunque existe un tema principal y variable que se muestra en el panel central, repitiéndose los demás con bastante frecuencia. Hay que advertir, sin embargo, que la mayoría de los portapaces de forma sencilla sólo presentan aspectos escultóricos en el panel central.

Los temas representados en el panel central se pueden dividir en varios ciclos, unos más abundantes que otros. Estos ciclos son, en líneas generales, los siguientes: la Pasión de Cristo, la Infancia de Cristo, la Virgen, los Santos Patronos y los Grandes Misterios de la Redención. El ciclo de la Pasión es el más abundante y los momentos preferidos son Cristo atado a la columna, el Ecce Homo, la Cruz a cuestas, la Crucifixión, Deposición en el sepulcro, Resurrección, Noli me tángere y Ascensión. De entre ellos algunos son más abundantes que otros, como por ejemplo el de la Deposición, muy probablemente de origen italiano, y más concretamente veneciano, pues el tema de Cristo rodeado por la Virgen y San Juan, o bien con Nicodemo o sostenido por ángeles, lo hallamos ya en sepulcros y pinturas donde el manierismo del Veneto es evidente. Lo mismo ocurre con el tema del Ecce Homo que parece también hallarse incluido por los modelos italianos, y de hecho en España se conservan algunos ejemplares venidos de Italia como el de la catedral de Albarracín (17), o el de la Colegiata de Osuna ya mencionado (fig. 7). Otros temas como el de la Cruz a Cuestas o la Crucifixión pueden tener más influencias estilísticas nacionales. Los temas referentes a la etapa posterior a la Resurrección parecen estar casi todos inspirados en grabados y pinturas italianas, especialmente la misma Resurrección, la Ascensión y el Noli me tángere.

El ciclo de la Infancia de Cristo presenta preferentemente los temas siguientes: Nacimiento, Adoración de los pastores, Adoración de los Magos, Huida a Egipto, y Sagrada Familia. En estas escenas parece ser que alterna la influencia italiana con la flamenca tan arraigada es España. Así, por ejemplo, el ejemplar existente en la iglesia parroquial de Dos Hermanas, que presenta la Natividad, está dotado de un dinamismo bajo medieval (fig. 8), aunque su forma arquitectónica corresponde claramente a la segunda mitad del XVI. Igualmente arcaizante resulta el aspecto del portapaz de Santa María la Redonda (Logroño) (18). Esta escena del nacimiento junto con la de los Magos parecen ser las más habituales, aunque los otros temas mencionados suelen también aparecer con frecuencia.

El ciclo dedicado a la Virgen es uno de los más representados, con una prolongación en siglos XVII y XVIII, en los que, como sabemos, la devoción mariana fue en aumento. Los modelos más a menudo representados son los que contienen a la Inmaculada, pero también se halla la Virgen con el Niño y la Asunción, apareciendo muy raramente El árbol de Jessé. La Virgen con el Niño suele aparecer sentada, de cuerpo entero, o bien de medio cuerpo, como en los ejemplares de la catedral de Plasencia (19), Bonares o Jabugo (Huelva) (20). De medio cuerpo se presenta en el ejemplar del obispado de Palencia, que procede Villalcázar de Sirga (21).

La representación de la Inmaculada es abundantísima, pues no hay que olvidar que la devoción se inicia en este siglo XVI y su iconografía queda asimismo fijada. La Virgen aparece con las manos juntas la mirada baja y el cabello suelto, rodeada de una ráfaga de rayos ondulantes, que la cubre de pies a cabeza. Este modelo que hallamos en la decoración arquitectónica, en la pintura, en los grabados e incluso en la joyería, es el mismo que nos aparece en la platería, y concretamente como tema principal de los portapaces. Su iconografía parece de origen puramente español, aunque podamos encontrar semejanzas con imágenes centroeuropeas del gótico final.

La representación del Árbol de Jessé con María en el remate es raro hallarlo en los portapaces, y de hecho nosotros sólo hemos hallado un ejemplar en el museo Lázaro Galdiano, seguramente de origen centroeuropeo (22).

La representación de los Santos suele estar relacionada con el patrocinio de cada templo y por ellos las imágenes son muy variadas, pues cada iglesia tenía generalmente al menos uno de sus dos portapaces dedicado al santo patrón. Su iconografía suele ser de origen completamente hispánico, ya que generalmente el platero se inspiraba en la representación del santo existente en el templo al que pertenecía el portapaz, realizando a veces cambios iconográficos en la pieza por haber cambiado la titulación de la iglesia.

Existen, sin embargo, santos especialmente representados en esta época como, por ejemplo, los Santos Juanes -Bautista y Evangelista- que a menudo aparecen uno en cada uno de los portapaces, y que quizá se hallen relacionados con la costumbre de dedicar dos altares fronteros a los dos santos en muchas iglesias, de los cuales aún se conservan todavía muchos ejemplares.

Esta duplicidad de los portapaces en cada templo correspondía a que uno era usado por las mujeres y otro por los hombres, que, como sabemos, se los pasaban entre ellos para besarlos en el momento de darse la paz (23). Por ello podían representarse escenas relacionadas entre sí como la Asunción y la Ascensión, como en el caso de los ejemplares de la catedral de Sevilla ya mencionados, o bien se colocaba al santo patrón en uno de ellos y se reservaba el otro para la Virgen o cualquier otra advocación de especial relieve. Un caso de este tipo lo constituyen los portapaces, ya barrocos, de la Capilla Real de la catedral de Sevilla en los que se representa a la Virgen de los Reyes en uno -imagen que preside la capilla- y a San Fernando en el otro -santo patrón de la ciudad que se halla enterrado bajo la imagen de la Virgen.

En lo que se refiere a los llamados grandes misterios de la Redención cabe destacar las representaciones de la Resurrección, Ascensión y Ascensión, que son los más representados, y a ellos hay que añadir el de Pentecostés que aparece en algunos ejemplares. Los temas de la Ascensión y Asunción parecen ser de influencia italianizante, al menos así se puede observar en los mencionados anteriormente de la catedral de Sevilla, aunque en otros casos como en el del Escorial la influencia parece venir de los retablos castellanos de la primera mitad del siglo.

Es, pues, muy difícil, como ha podido verse, comprobar de dónde vienen las influencias iconográficas y estilísticas en los temas principales representados en los portapaces, aunque parece ser que los modelos italianos predominan en los temas de la Pasión y de la Virgen con el Niño, mientras que en la Infancia de Cristo parece haber recuerdos goticistas arcaizantes. Asimismo, la inspiración en los modelos escultóricos hispánicos parece predominar en el tema de la Inmaculada y de los Santos Patronos. No obstante, la influencia del material gráfico circulante por los talleres artísticos de la Península es primordial en todos los temas representados.

En lo que se refiere a los temas secundarios de representación pueden existir o no, pues ya advertimos al principio que en los ejemplares muy sencillos se prescinde de ellos; sin embargo, en las piezas de cierta importancia suele aparecer alguna imagen en el frontón y en el banco, más en el primer lugar que en el segundo. El frontón, de forma semicircular en su primera etapa, solía llevar la representación del Padre Eterno en la mayoría de los casos, correspondiendo su iconografía a modelos renacentistas e incluso miguelangelescos en muchas de ellas, aunque en otras ocasiones la influencia flamenca es todavía apreciable. En el último cuarto de siglo, con la aparición de los modelos manierlstas que conllevan a menudo la ruptura del frontón, desaparece esta iconografía, que es sustituida por algún tema profano. En casos muy raros puede hallarse en el frontón una Deposición, Cristo varón de dolores o el Espíritu Santo. En lo referente a la decoración del banco puede decirse que sólo en casos excepcionales puede aparecer decoración de tipo iconográfico, siendo su decoración habitual el escudo del donante, o propietario, al que pueden acompañar figuras de relieve o de bulto de carácter simbólico.

Finalmente, en los portapaces que contienen tres calles suele aparecer a veces alguna representación escultórica en ellas, que casi siempre están referidas a la Virgen y San Juan o a diversos santos relacionados casi siempre con las devociones locales.


LA ORNAMENTACIÓN

Un aspecto de indudable interés, aunque quizá menor que los anteriormente tratados, es el de la ornamentación general de las piezas, que puede presentar los mismos aspectos que la ornamentación general del siglo, desde los temas de cadelieri y balaustres, siempre simétricos y finamente tallados del primer Renacimiento, a las cintas planas y enrolladas formando, o no, cartelas de aspecto plano y perfiles más o menos geométricos. No obstante, en algunos casos como en el de portapaces de la catedral de Sevilla en los que representa la Asunción y Ascensión, la ornamentación con elementos vivos, tanto humanos como animales, alcanza una extensión mayor de lo habitual en estas piezas, tanto en reverso como en el anverso. El modelo al que responden estos portapaces, en páginas anteriores mencionados, no es demasiado ordinario, ya que su riqueza decorativa es enorme y los temas desarrollados muy numerosos, pero, sin embargo, la fecha de mediados del siglo en que se realizaron nos muestra la identidad decorativa con los modelos de las llamadas Artes Mayores, además de su avanzado estilo. Sus programas iconográficos están totalmente coordinados y su ornamentación responde a los más actualizados temas profanos del momento. Tanto en el anverso como en el reverso los temas de ambos portapaces se hallan relacionados con los representados en el panel principal. En el de la Asunción (fig. 9) los temas complementarios se refieren naturalmente a la vida de la Virgen y así en el frente además del Padre Eterno en el frontón y la Asunción del panel central, se representa la Piedad de bulto en el banco que, por cierto, tapa a una cruz en el Monte Calvario que sostenían dos desnudos. En los laterales del banco, van escudos de las cinco llagas que tapan relieves de Santa Justa y Rufina con la giralda, patronas de la ciudad. Naturalmente, tanto la Piedad como los escudos debieron ser colocados en momento posterior a su ejecución, aunque quizá no demasiado alejado de él. En las calles laterales van Santos Obipos relacionados con el patronazgo de la ciudad, aunque sus atributos no permiten identificarlos claramente, están sin duda entre ellos San Isidoro y San Leandro. Otras alegorías del anverso muestran la Vida y la Muerte, mezclándose todo ello con medallones de emperadores romanos, rostros alados, monstruos v otros temas profanos.

En el reverso la parte correspondiente al frontón lleva la Visitación y en el friso entre los emblemas de la Pasión bustos femeninos, ocupando el centro la Virgen Dolorosa. En el banco aparecen animales de diversas clases, y entre ellos una figura humana de rodillas en oración, lo que probablemente se refiera a la creación del mundo. Además de estos temas de tipo bíblico, en el reverso aparece también un importante repertorio de harpías, hipocampos, pájaros y otros temas de inspiración clásica.

El dedicado a la Ascensión es muy semejante en su frente al anterior (fig. 3), salvo en el tema principal. En el reverso los temas profanos son los mismos, pero los sacros representan a la Anunciación en el frontón, y la fábula del Unicornio en el banco, ambos temas marianos, ya que el segundo alude a la virginidad de María. El remate de ambos lo constituye un pelícano incubando a sus polluelos, iconografía ésta poco habitual en este momento, por lo que podría tratarse de una adición posterior como la Piedad y los escudos del banco.

Como puede verse, el predominio de los temas marianos es absoluto en ambos portapaces, pues aunque uno de ellos esté dedicado a la Ascensión de Cristo, la dedicación del templo -la catedral de Sevilla- a Santa María debió determinar este predominio. En lo que se refiere a los temas profanos y puramente decorativos, que aparecen mezclados con los sacros, es de hacer notar lo avanzado de los elementos que lo componen, pues muchos de ellos aún no habían aparecido en esta época en otras platerías españolas.

En otros ejemplares del últirno cuarto del siglo persisten las figuras de hermes y harpías, que en estas fechas se suelen combinar con decoraciones de tipo más plano, constituidas por cintas de las del tipo "ferronerie", pero su aspecto decorativo se simplifica mucho, quedando los temas humanos sólo para el panel central y los mencionados hermes.

Un caso interesante es el que presentan los portapaces reformados, es decir, realizados durante el siglo XVI y reformados o añadidos en épocas posteriores, en los que llega incluso a cambiarse el tema iconográfico. Tal es el caso de los dos portapaces de la parroquia de Santiago de Utrera, en los que se representa, en uno, al Ecce Homo con paisaje al fondo de la ciudad de Jerusalén, y en el otro a Santiago a caballo matando a un moro; en los frontones se representa al Padre Eterno en uno y al Espíritu Santo en otro. Las piezas, de estructura arquitectónica puramente renacentista (figs. 10 y 11) compuestas de un solo cuerpo, friso, banco, columnas abalaustradas y frontón semicircular, han sido retocadas en la segunda mitad del XVIII añadiéndoles unas cresterías de rocalla por todo su perfil exterior, un retalle del banco, unos angelotes sentados sobre el friso, e incluso han cambiado la iconografía de uno de ellos, en nuestra opinión. El dedicado a Santiago presenta un cambio iconográfico en lo que se refiere a la figura de la paloma del Espíritu Santo que, además de su estilo ajeno al XVI, presenta una aureola de rayos correspondiente a la segunda mitad del XVIII, y asimismo la figura de Santiago aparece en una panel añadido que se aprecia claramente. Si además comparamos su ejecución con el del Ecce Homo de la otra pieza, veremos sus diferentes estilos. Muy probablemente en la mencionada fecha de la segunda mitad del XVIII se reformó cambiando, además de su decoración, la iconografía, para que respondiese al título de la iglesia que estaba. dedicada a Santiago apóstol.

Es, pues, el estudio del portapaz durante el siglo XVI una línea más que conduce al conocimiento de la cultura renacentista entre los artistas e intelectuales de la época, y que demuestra como una pequeña pieza como ésta, hoy prácticamente desconocida y abandonada en su uso, estaba también impregnada por las corrientes, tanto sacras como profanas del momento, y que, como en la gran arquitectura, la mezcla de lo sacro con lo profano se realizaba en todos los niveles y sin la menor preocupación moral por ello. Asimismo, como ya en alguna otra ocasión hemos comentado, la invasión de los ternas profanos clásicos en las obras sacras es absoluta y abrumadora, de tal manera que no puede decirse que se vuelva a repetir a lo largo de la historia de la Iglesia.


NOTAS

(1) "Portapaces renacentistas del museo Lázaro Galdiano", Goya, Madrid, 1982, pp. 258-270.

(2) Ibídem.

(3) Arfe, J., Varia Conmesuración, editado en Sevilla, probablemente hacia 1675, Biblioteca Laboratorio de Arte, fols. 28, 28v y 29.

(4) Sanz, M. J.: Juan de Arfe y la custodia de Sevilla, Sevilla, 1976, p. 68.

(5) Capel, M., Orfebrería religiosa en Granada, Granada, 1986, tomo II, fig. 3.

(6) Hernández Perera, J., Orfebrería de Canarias, Madrid, 1955, figs. 5 y 6, pp. 83-87.

(7) Sobre los Ballesteros hay noticias en distintas publicaciones; las últimas se dan en nuestro trabajo "Firmas, rúbricas y marcas de una familia de plateros sevillanos: Los Ballesteros", Laboratorio de Arte, n .º 1, Sevilla, 1988, pp. 97-117.

(8) Capel, M., Ob. cit., fig. 264, p. 410.

(9) Oman, Ch., The Golden Age of Hispanic Silver, Londres, 1968, fig. 208, p. 41.

(10) Ibidem, fig. 104.

(11) Ibidem, fig. 102.

(12) Brasas, C., Platería palentina, Palencia, 1982, fig. 186.

(13) Heredia, M. C., La Orfebrería en la provincia de Huelva, Huelva, 1980, tomo I, figs. 73 y 74.

(14) Andrés, S., y García, F. J.: La platería en la catedral de Plasencia, Cáceres, 1983, pp. 201 y 202.

(15) Ortiz, D.: Exposición de orfebrería cordobesa, Córdoba, 1973, pp. 48 y 49.

(16) Sanz, M. J.: Catálogo de orfebrería de la Colegiata de Osuna, Sevilla, 1979, pp. 38-40.

(17) Esteras, C., Orfebrería de Teruel v su provincia, Teruel, 1980, tomo II, figs. 109-110, tomo I, pp. 188-189.

(18) Arrúe, B.: Platería logroñesa, Logroño, 1981, p. 100, fig. 29.

(19) Andrés, S. y García, F. J.: Ob. cit., p. cit.

(20) Heredia, M. C.: Ob. cit, tomo I, figs. 7 y 74.

(21) Brasas, C., Ob. cit., p. cit.

(22) Sanz, M. J., "Portapaces renacentistas...", pp. 264-165, fig. 9.

(23) Ibídem, pp. 258-259.