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Cada vez que se ha relacionado a Goya
con la cultura francesa se ha utilizado a la pintura de este país
como posible ejemplo de influencia en el arte del pintor aragonés.
Desde el ya lejano y acertado análisis de Lafuente Ferrari (1),
hasta los más cercanos de Luna (2), pasando por las atinadas
intuiciones de Salas (3), casi todos los críticos que han mantenido
esta postura se han detenido a explicar la constante presencia de pintores
y pinturas francesas durante la primera mitad del siglo XVIII en España
y cómo estos ejemplos podrían haber sido conocidos o contemplados
por Goya, de manera que habrían dejado huella en su pintura. Sin embargo, la pintura francesa no
era el único síntoma de afrancesamiento de la sociedad
española, ya que éste era tan evidente como en el resto
de las Cortes de Europa. Nadie podía pasar por culto o civilizado
sin conocer la lengua francesa y estar al tanto de las novedades impresas
en el vecino país. Por esta razón, sorprende que, en el
fácil campo de buscar significaciones y orígenes a la
temática goyesca, no se haya intentado relacionar sus imágenes
con la literatura francesa del momento. No vamos a intentar aquí,
en tan corto espacio y por primera vez, hacer un apretado análisis
de los posibles indicios de mutuas influencias e incluso no estamos
completamente seguros que nuestra presente exposición sea una
prueba definitiva sobre este posible tema. Sólo queremos abrir
un nuevo camino como hipótesis de trabajo en el campo de las
significaciones goyescas. En primer lugar, ¿qué
posibilidades tenía Goya de acceder de manera directa a los textos
franceses? Recordemos que en 14 de noviembre de 1787" Goya se dirigía.
a su amigo Zapater en francés (4), titubeante y con ayuda del
Diccionario, escribía: je vous envoye mes premiers essais,
frase totalmente formal si comparamos con el tono coloquial habitual
en sus cartas. Si a sus treinta y un años era capaz de escribir
en esa lengua, hay que pensar que con mayor facilidad traduciría
y, por tanto, hasta su muerte hubo posibilidad de que conociese y leyese
bastante en francés. Pero para ahondar más en el conocimiento
que Goya tenía de este idioma, hay que recordar el testimonio
de su amigo Leandro Fernández Moratín que, desde Burdeos,
escribía a España: llegó en efecto Goya, sordo,
viejo, torpe y débil, y sin saber una palabra de francés...
(5). Con su afirmación Moratín contradice lo expuesto
por Goya muchos años antes, y sólo se nos ocurren dos
posibles explicaciones: o bien Goya no hizo más que copiar las
palabras dictadas por alguien, o bien Moratín no emitía
más que una opinión habitual para dirigirse hacia aquellas
personas que aún entendiendo un idioma escrito son incapaces
de hablarle. De cualquier manera, no importa demasiado
que Goya dominase o no el idioma francés para el planteamiento
de nuestra hipótesis, la posible influencia del tema literario
de Pablo y Virginia, novela de Bernardin de Saint-Pierre, en
el pensamiento y obra del pintor. En 1784, este autor francés
publicaba sus Études sur la Nature, amplio y detallado
estudio de los efectos que la Naturaleza ejerce sobre el ser humano
y el comportamiento del hombre respecto a ella, preconizando en conclusión
el regreso a la vida natural; obra mugir influida por Rousseau y que
tuvo un extraordinario éxito en Francia y en el extranjero, conociéndose
en los años inmediatamente posteriores traducciones a todos los
idiomas. En la tercera edición de esta obra, puesta a la venta
en 1788 (6) y en su volumen cuarto se publicaba por vez primera una
historia novelada con el título de Pablo y Virginia. A
lo que parece, la obra tuvo una larga gestación, pues el escritor,
desde su regreso a Francia en 1771, llevaba pensando en el tema y el
éxito de la novela fue inmediato; por una parte, conectaba con
los sentimientos de integridad, fidelidad y honestidad que debían
presidir las relaciones materno-filiales, fraternales y amorosas según
las normas prerrevolucionarias y, por otra, los tintes melodramáticos
de sus diferentes situaciones se relacionaban con los sentimientos prerrománticos
que comenzaban a inundar el continente europeo. Además, contaba
con la presencia del elemento exótico de nuevas tierras en otros
continentes poco explorados y la descripción de grandes viajes
marítimos como ingredientes indispensables para un triunfo asegurado. La traducción española
no vio la luz hasta casi finales de siglo, en 1798, obra de José
Miguel Alea, asiduo asistente a las tertulias del escritor Quintana
dentro del ambiente liberal y prerrevolucionario de los años
anteriores a la Guerra de la Independencia (7). El hecho de no haber
sido traducida hasta casi diez años después de su publicación
en Francia no fue un inconveniente para que su tema fuese ampliamente
conocido, bien por el original francés o por el más difundido
y típicamente español de los cenáculos y tertulias
que tanto abundaron en los ambientes de la segunda mitad del siglo XVIII,
donde las novedades editoriales francesas eran transmitidas de boca
en boca. Un ejemplo de esto lo tenemos en la tertulia de Campomanes,
a la que sabemos que asistía, desde su regreso de Sevilla, Jovellanos
con su inseparable amigo Cean Bermúdez y a las que sabemos también
asistía Goya (8); años más tarde, el mismo Jovellanos,
desterrado en Asturias en 1794, organizaba unas reuniones donde sabemos
que Saint-Pierre era leído y comentado ampliamente (9). Dentro de la sociedad ilustrada y aristocrática
madrileña este autor, y en concreto su novela, eran extensamente
conocidos; sabemos que doña Josefa Amar, dama ilustrada, citaba
con exactitud a Saint-Pierre en su Discurso sobre la Educación
física y moral de las mujeres en el año 1790 (10).
Los Duques de Osuna tenían grabados con el tema de Pablo y
Virginia y los Reyes poseían unos canapés con tapicerías
ilustradas con el mismo tema (11). A comienzos de 1800, el tema era
tan popular que había pasado a la imagen impresa de los pliegos
de cordel (12) y de las aleluyas (13), así como se conocen varias
versiones teatrales del drama que fue representado en Valencia. en 1825
(14). Esta difusión, aunque más tardía para nuestro
propósito, no hace sino reforzar la amplia acogida popular que
tuvo el tema literario que nos ocupa, que de su conocimiento erudito
pasó a la tradición oral en pocos años. Esta esquemática exposición
vibre la difusión del tema de Pablo y Virginia en sus
dos niveles, erudito y popular, nos permite suponer que Goya debió
conocer el tema al poco tiempo de su publicación en Francia,
en 1788. La obra de Saint-Pierre fue incluida en el índice
de libros prohibidos en 1804 (15) y esta fecha marcaría la posible
influencia que la novela habría podido tener en la obra pública
de Goya. El primer dato que nos hizo suponer
el conocimiento de la novela de Saint-Pierre por Goya, fue una carta
dirigida a su amigo Martín Zapater fechada el 19 de noviembre
de 1788, como ya expusimos en su momento (16), el hecho de dirigirse
a su amigo como Mi querido Pablo y despedirse en la última
cuarteta del romance de esta manera: Me an dado noticias / que estas
tan bizarro / que puedes llamarte /del gran Puerto Pablo, nos puso
sobre la pista. La carta es extraña por muchas razones: en primer
lugar, es la única conocida de toda su correspondencia que está
versificada y, aunque no podemos confirmar si las aptitudes poéticas
se deben a Goya o a otra persona, la carta está escrita por un
amanuense que bien podía ser el autor de estos elementales versos,
Goya autentifica y corrobora estas palabras, ya que la citada última
cuarteta está escrita por marco de Goya y la carta va firmada
por el pintor. En segundo lugar, la rareza de la carta también
estribaría en que no sería esta la única referencia
literaria, ya que existe una frase alusiva al mito de D. Juan. Parece evidente que el verso y las citas
literarias formarían parte de una broma que Goya gastaría
a su amigo Zapater para demostarle su erudición y progreso en
el campo de las Letras. Pero también hemos de suponer que Zapater
entendería lo que Goya quería decir; en la primera referencia
donde Goya le llama Mi querido Pablo, debemos entenderlo como
una alusión a los sentimientos fraternales que unen a dos viejos
amigos criados juntos, al igual que se entendió en su momento
con la publicación de la novela les beneficios de la educación
mixta y ligada a la Naturaleza. La segunda referencia, ya citada más
arriba, está colocada detrás de unos versos en que Goya
se ha quejado de su mal aspecto, debido al tiempo transcurrido y queriendo
halagar a su amigo suponemos por su buen aspecto y conservación
y a manera de despedida se dirige a él como gran puerto Pablo.
Sus palabras parecen rezumar la añoranza de la infancia y de
una vida tranquila que Goya ya no posee. En la novela, Pablo fue siempre
un apoyo y una guía segura para Virginia, quien confiaba ciegamente
en él; de ahí la identificación con la figura de
Pablo como puerto seguro al que llegan los barcos buscando protección;
al igual que Goya siempre recurre a su amigo para que le soluciones
muchos problemas con su familia. Además, toda la novela tiene
un trasfondo marinero, por el hecho mismo de transcurrir en una isla
tan alejada de Francia que el viaje a la metrópoli constituye
una aventura. Hay otra escena, no lejos del final de la novela, en que
a Pablo se le puede considerar puerto seguro: se trata del momento en
que Virginia va a morir ahogada y ve como última visión
a Pablo en la orilla contemplándola. Resumiendo, Goya disfruta de una buena
posición económica que le permite tener un secretario
al que dicta las cartas, pero está tan ocupado que no puede dedicarse
a su afición favorita como es salir al campo a cazar; a cambio,
le da noticias del tiempo en Madrid, como es habitual en la correspondencia
entre unos amigos y también le cuenta las novedades de la Corte,
como es el próximo fallecimiento del Infante D. Gabriel y, por
último, le compara con el protagonista de una novela que comienza
a ser conocida, identificándose con los sentimientos de añoranza
que destila todo el folletín prerromántico. Pero el recuerdo y la presencia. de
la novela en la sociedad española es tan fuerte que todavía
años más tarde podemos encontrar algún rastro más
del tema en la obra de Goya. Todos conocemos cómo, a fines de
1792 y durante buena parte de 1793, el pintor sufre una grave enfermedad
cuyo resultado más evidente fue la sordera que le acompañó
hasta el final de sus días; su recuperación fue lenta
y trabajosa y sólo explicable por la fuerza física y de
voluntad que el artista derrochó para salir de esta crisis. Una
vez regresado de Cádiz a Madrid, donde había transcurrido
toda la convalecencia, Goya tuvo que recuperar el tiempo perdido y su
lugar en un oficio donde ya se le daba por muerto. Conocemos, por una
carta del mismo pintor al Viceprotector de la Academia, Bernardo de
Iriarte, en el 4 de enero de 1794, que le enviaba un juego de cuadros
de gabinete; tres días después volvía a escribirle
anunciándole otro envío de un cuadro que representaba
un corral de locos (17). Hasta la saciedad se han repetido las
Falabras de Goya donde explicaba el sentido de las obras: he logrado
hacer observaciones a que regularmente no dan lugar las obras encargadas,
y en que el capricho y la invención no tienen ensanches (18);
aunque a menudo se ha puesto de manifiesto la contradicción entre
la palabra capricho e invención con los temas enviados, para
nosotros no se trataría de temas fantásticos, sino de
temas que no solían ser del agrado del público habitual
que encargaba sus pinturas. A la Academia se presentaron once cuadros,
más el del corral de locos, ya mencionado (19), todos
ellos de igual formato, medida y soporte (20). Pero cuando estas obras
vuelven a ser citadas en un documento, todavía en vida de Goya,
aparecen catorce cuadros (21); así pues, parece lógico
pensar que los dos añadidos sean los de tamaño diferente
que aparecen en el citado documento: Bandidos asaltando una diligencia
y un Naufragio. En uno de estos cuadros centraremos
nuestra atención. Siempre nos sorprendió el tratamiento
dado por Goya en el óleo del Naufragio a la mujer que
aparece en el centro de la obra; reclamando al espectador con sus brazos
elevados y su fuerte luminosidad que dentro de un cuadro de tan reducidas
dimensiones, refleja un claro protagonismo. Si, como parece, todos los
cuadros de esta serie son de clara inspiración realista, ¿dónde
podría haber visto Goya un naufragio?; hasta lo que sabemos,
el pintor sólo habría visitado y conocido el mar en Valencia
(22) costa poco famosa por sus inclemencias. Temáticamente el cuadro ha sido
relacionado con el arte francés de su época (23), pero
su enfoque es completamente diferente: no es una marina de formato generalmente
apaisado con unos personajillos, es un drama al que dan vida y sentido
los seres humanos que están en primer plano y del que es protagonista
indudable la mujer que clama al cielo. Para nosotros, la inspiración
de esta escena podría estar en los párrafos finales de
Pablo y Virginia. Antes de pasar a analizar esta posible relación
quisiéramos recordar que el tema de la novela siempre fue tenido
por un asunto inspirado en un hecho real; así figura en el prólogo
de la traducción española de 1798 y también en
los pliegos de cordel de la época (14), donde se insiste en el
carácter histórico de los hechos. Con esta creencia Goya
pudo haber ilustrado la novela. La escena en la que estaría inspirada
la pintura nos narra el naufragio del navío "San Gerando",
regresando de Francia y con Virginia a bordo, en medio de una furiosa
tempestad. Pablo, que presencia la escena desde la orilla, se lanza
al agua para salvar a su amada, pero tiene que regresar a la orilla
medio ahogado; la tripulación del navío se precipitó
al mar agarrándose a cualquier cosa que flotase, pero Virginia
rechazó la ayuda de un marinero que quería quitarle el
vestido para que flotase mejor y se ahogó irremediablemente.
Esta es la escueta narración de los hechos y, analizando cada
uno de estos aspectos, nos encontramos con que la escena descrita en
imágenes por Goya es un naufragio, quizá el primero, que
se describe en la historia de la pintura española. Para explicar este fenómeno se
ha hablado de la influencia de dos pintores franceses presentes en las
colecciones españolas como Joseph Vernet y Jean Pillement (21).
Respecto al primero, aunque tres paisajes suyos fueron comprados por
el entonces Príncipe de Asturias, D. Carlos para la Casita del
Escorial y fuera posible que Goya les hubiese visto hay que hacer notar
que ninguno de ellos es un naufragio (26). Sin embargo, hay que recordar
que entre las compras de estampas hechas por la Duquesa de Osuna en
1787, figuraba una estampa de Vernet con el tema de un naufragio que
Goya sí pudo haber visto (27). Y en 1789 el mismo Vernet firmaba
un cuadro titulado la Muerte de Virginia (28), aunque la imagen
fijada por el artista francés nos muestra a Pablo en la orilla,
en primer plano y al fondo un navío entre las olas y, por tanto,
muy diferente del enfoque goyesco. Aún tuvo Goya otra oportunidad
de ver un naufragio de Vernet, va que en la colección de Sebastián
Martínez figuraba un óleo de estas características
además de numerosos cuadros de paisaje y marinas (29). Respecto al otro pintor francés
anteriormente citado, Jean Pillement, aunque la presencia de sus obras
sea muy temprana entre nosotros, sus temas no suelen ser naufragios,
pero dos temas de este tipo fueron regalados en 1786 al Conde de Fernán
Núñez en Lisboa (30). Al final de su vida ilustró
varios grabados con el tema de Pablo y Virginia (31), que no
creemos que Goya tuviese la oportunidad de conocer. Pero curiosamente
es en una obra de este pintor donde se encuentran mayor número
de coincidencias con la imagen creada por Goya, los mismos personajes
implorantes con los brazos levantados, ausencia del navío y sólo
unos restos flotando entre las aguas y la misma presencia poderosa de
la roca en el fondo del cuadro (32). La mayor diferencia estriba en
el punto de vista utilizado por ambos pintores: Pillement, como para
casi todos los pintores del momento, ve el drama desde fuera del cuadro
y al espectador le es posible ver la orilla con los rescatados; para
Goya, el drama es lo que importa y no hay salvación posible:
el ojo del pintor ha instalado al espectador dentro de la escena. Quedaría por aclarar otro punto
importante: la ausencia de Virginia en la popa del barco despidiéndose
del mundo y en especial de Pablo ante su inminente muerte. La dificultad
pictórica de este asunto debió ser mucha, porque en ninguno
de los ejemplos contemporáneos citados aparece la escena literaria
fielmente seguida y parece fácil explicarlo: la figura femenina
en un barco que, por lógica de la perspectiva, debía figurar
en el último plano del óleo hubiese sido casi imposible
de ver. Para Goya, que nunca pintó un barco, la dificultad de
la situación habría sido insalvable por esta razón
y , según nuestro punto de vista, lo que hizo fue recoger el
clima dramático de la narración de la catástrofe,
la sensualidad de los desnudos y el erotismo de los vestidos mojados.
La transformación es evidente, pero era necesaria para la presentación
pictórica del tema, que desde otros puntos de vista también
se ha visto con inmensas posibilidades plásticas (33). Goya ha
optado por la eternización del momento, congelando el movimiento
y dando características de escultura a los cuerpos. Por último, queremos recordar que recientemente (34) se ha puesto en relación la temática de este cuadro con la poética de lo sublime y aunque, quizá, como explicación a posteriori de los sentimientos de la época refleje el gusto por el horror y el drama, no parece, por lo que hasta ahora conocemos de la cultura goyesca, que el pintor fuese muy aficionado a lecturas excesivamente teóricas. Para terminar no quisiéramos dar la impresión de que ésta o cualquier otra explicación es un capítulo cerrado, puesto que los análisis iconográficos en muy pocas ocasiones son absolutamente concluyentes y, afortunadamente, la temática goyesca es casi eterna para este tipo de investigaciones y especulaciones.
NOTAS (1) Lafuente Ferrari, E., Antecedente:, coincidencias e influencias del arte de Goya, en Catálogo ilustrado de la Exposición de 1912. Madrid, 1947, pp. 95-114. (2) Luna, J. J., Influencias francesas en el mundo goyesco en Goya: nuevas visiones. Homenaje a Enrique Lafuente Ferrari. Madrid, 1987, pp. 227-239. (3) Salas, X. de, Miscelánea goyesca, A.E., 1950, pp. 335-347. (4) Goya, F. de., Cartas a Martín Zapater. Ed. Águeda, M. y Salas, X. de. Madrid, 1982, n.° 100, pp. 177-178. (5) Fernández de Moratín, L., Epistolario. Ed. René Andioc. Madrid, 1973, n.° 302, pp. 586587. (6) Saint-Pierre, B., Pablo y Virginia. Ed. M.ª Luisa Guerrero. Madrid, 1989, p. 19. (7) Derozier, A., Escritores políticos españoles 1780-1854. Madrid, 1975, p. 119. (8) Baticle, J., Goya y el ámbito francés al final del Antiguo Régimen en Goya y el espíritu de la Ilustración. Catálogo de la Exposición. Madrid, 1969, p. 64. (9) Sarrailh, J., La España Ilustrada en la segunda mitad del siglo XVIII. Madrid, 1974, p. 314. (10) Demerson, P. de, María Francisca de Sales Portocarrero, Condesa de Montijo. Una figura de la Ilustración. Madrid, 1975, p. 173. Sobre el aspecto educacional de los escritos de Saint-Pierre, vid. Sarrailh, ob. cit., p. 218 (11) Sarrailh, J., Paul et Virginie en Espagne. Enquêtes Romantiques, Paris, 1933, pp. 141. (12) Marco, J., Literatura popular en España en los siglos XVIII y XIX. Madrid, 1977, pp. 290-291. (13) López de Meneses, A., Pliegos sueltos románticos "Pablo y Virginia"; "Afala" y "Corina" en España. Bulletin Hispanique, 1950, pp. 93-117 y 1951, pp. 176-205. (14) Peers, A., Historia del movimiento romántico español, vol. I, p. 472, n. 535. (15) Defourneaux, M., Inquisición y censura de libros en la España del siglo XVIII. Madrid, 1973, p. 166. (16) Águeda y Salas, ob. cit., n.° 106, pp. 185-188, n. 9. En aquella ocasión, apuntamos como hipótesis la deuda que podía tener el apelativo de Pablo a la novela de Saint-Pierre; esta suposición es lo que pretendemos exponer aquí razonadamente. (17) Salas, X. de, Precisiones sobre pinturas de Goya, A.E.A., 1968, pp. 1-16, fue el primero que dio con la identificación de la serie de cuadros de la Academia, localizando los doce óleos en el Inventario Chopinot. Gassier, P., y Wilson, J., Barcelona, 1974, pp. 109112, aunque siguieron fielmente la demostración de Salas, sustituyeron el Interior de Prisión (Barnard Castle, Bowes Museum) por El vendedor de muñecos, ajustándose al número de catorce que aparecía en el Inventario Chúpinot. (18) La serie está compuesta por seis óleos dedicados a la temática taurina que este mismo año han sido expuestos en su conjunto por vez primera; vid. Goya, toros y toreros, Arlés, 1900, y en cuyo catálo o Gassier, P., pp. 29-45, localiza una escena en la Plaza de toros de Madrid. El Corral de locos, que Goya identifica con un asunto presenciado en Zaragoza, y el resto de los temas han sido también, con mayor o menor fortuna, relacionados con hechos contemporáneos al pintor. (19) En carta de 5 de enero de 1794, la Academia daba por recibidos once cuadros de diversiones y el 7 de enero Goya enviaba el citado Corral de locos, vid. n. 18. (20) Esta similitud en sus características fue la clave para la identificación de Salas, 1968, y Gassier, 1990, pp. 29-45, recientemente vuelve a recordar ese concepto de serie tan utilizado habitualmente en la carrera pictórica de Goya. (21) Como ya hemos avanzado en la n. 17, los doce cuadros enviados a la Academia vuelven a ser citados en un inventario sin fechar de un comerciante llamado Chopinot, aunque se puede aproximar su cronología entre 1795 y 1808. Fue publicado por Salas, X. de, Pinturas elegidas para el Príncipe de la Paz, entre las dejadas por la viuda Chopinot, A.E., XXVI, 1968-1969, pp. 29-33, en este inventario la docena de cuadros se han convertidos en catorce, por la descripción del inventario no hay posibilidad de error en los cuadros identificados, pero pensemos que de estos catorce hay dos, lógicamente, que no fueron presentados a la Academia y por razones de su tamaño diferenciado del resto deben ser estos dos citados en el texto. Doce óleos miden 42 ó 43 X 31 ó 32 cm. y los dos restantes 50 X 32 cm. Al excluirles de esta serie no pensamos, sin embargo, que estén alejados en el tiempo de su ejecución de esta serie de 1793, porque su factura es muy parecida. (22) En 1786 según su epistolario con Martín Zapater, vid. Águeda y Salas, 1982, n.º 76 y 78, Goya tenía intención de hacer un viaje a Valencia, que no sabemos si llegó a realizarse. En 1788 entregó a los Duques de Osuna dos cuadros pintados para la capilla de San Francisco de Borja en la catedral de Valencia, pero tampoco conocemos si tuvo lugar una estancia en aquel momento. Sólo el 28 de agosto de 1790 escribía: ya estoy en Valencia que he benido con mi muger a tomar estos aires maritimos ace ya mas de quince días, confirmando su viaje. Vid. Ibídem, n.º 118, p. 204. (23) Salas, 1950, ob. cit., fue el primer crítico en relacionar el Naufragio con el arte de Joseph Vernet. Posteriormente Luna, J. J., Obras de Jean Pillement en colecciones españolas. A.E.A., 1973, pp. 423-433; Presencia de Jean Pillement en la España del siglo XVIII. A.E.A., 1982, pp. 143-149, y Un nuevo paisaje de Jean Pillement en El Prado. B.M.P., n.º 20, 1986, pp. 100-102, relaciona a este pintor francés con Goya. (24) Marco, J., 1977, ob. cit., pp. 290-291, cita la edición castellana de 1798 por José Miguel Alea, en cuyo prólogo se puede leer: como el caso de Pablo y Virginia no es imaginado sino real y verdaderamente sucedido... Esta misma sensación se tiene cuando se lee el pliego de cordel citado por este autor en pp. 625-631. (25) Vid. n. 23. (26) Salas, 1950, p. 338. Catálogo Museo del Prado, 1985, n.º 2347, 2348 y 2349. (27) Wolf, R., Francisco Goya and the interest in British Art and Aesthetics in late Eighteenth-Century Spain. Ann Arbor, 1987, p. 283. (28) Ingersoll-Smouse, F., Joseph Vernet, peintre de Marines (1714-1789). París, 1926, n.º, 1186, p. 44. (29) Particion combencional de los bienes quedados por muerte del Sr. D. Sebastián Martínez, Thesorero general del Reino. Escribano: Cayetano Rodríguez Villanueva y Morán, 1805, 11, leg. 5387, fols. 1233-1394. Archivo de Protocolos de Cádiz. Dado a conocer por Pemán, M., La colección artística de Don Sebastián Martínez, el amigo de Goya, en Cádiz. A.E.A., 1978, pp. 53-62. (30) Luna, 1973, ob. cit., pp. 432-433. (31) Pillement, G., Jean Pillement, Paris, 1945, p. 35. (32) Luna, 1986, ob. cit., pp. 100-102. (33) Saint-Pierre, ob. cit. Prólogo de Guerrero, p. 40. (34) Wolf, ob. cit., pp. 180-200. ILUSTRACIONES LÁMINA 1 - LÁMINA 2 - LÁMINA 3 - LÁMINA 4
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