CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 8. 1991
 

 

EL PAYASO EN LA PINTURA CONTEMPORÁNEA (TRES MOMENTOS EN LA REPRESENTACIÓN DE UN PERSONAJE)

Joan M. Minguet Batllori

El payaso moderno nació, a mediados del siglo pasado, en un entorno muy específico: el circo. Su esencia ontológica provenía de la confluencia de dos personajes anteriores: por una parte, el "clown" inglés, estereotipado "gracioso" del teatro popular británico, a medio camino de la astucia y de la idiotez ("clown", en inglés, significa campesino, patán), que basaba su papel en un diálogo hábil, vivaz y, fundamentalmente, "funny". Por otra parte, el payaso reunía en su gestación la larga tradición de la "Commedia dell'arte", sobre todo la de aquellos arquetipos cuya característica principal era su capacidad para gesticular, saltar y realizar ejercicios acrobáticos, como el Arlecchino o, aún más, su derivación francesa, el Pierrot. (Ramón Gómez de la Serna decía que en cada "clown", en cada payaso, hay un Pierrot fracasado.)

El circo necesitaba de un personaje que reuniese las virtudes hilarantes de ambos referentes, el "clown" y el Pierrot teatrales. En un principio, el payaso o clown moderno, situado en la pista circense, asumió con profundidad más las esencias del segundo que las del primero. En este sentido, los primeros payasos fueron básicamente acróbatas, saltadores, realizaban ejercicios de habilidad, aunque en última instancia siempre utilizaban estos recursos como un medio para conseguir la risa o la sonrisa del público. Sus pericias y sus virtuosismos acrobáticos estaban supeditados a la consecución de un buen "gag"... El payaso había nacido para hacer reír o, al menos, para intentarlo.

Una vez configurada su primera personalidad, el payaso sufrió diversas evoluciones. La primera consistió en abandonar parcialmente su carácter marcadamente gestual o acrobático, y en aumentar sus dosis de verbalidad. El payaso habló y, al hacerlo, se vio necesitado de un compañero que sirviera de contrapunto en sus "gags" : esa partir de ahí que surgió la clásica pareja de payasos, el Augusto y el Enharinado, el tonto y el listo, que llegaría a convertirse en una verdadera tradición circense. Otro estadio en esta evolución consistió en la también paulatina sustitución de los clowns acróbatas por los payasos musicales. En definitiva, entre finales del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX quedaron más o menos configuradas las características y los atributos del payaso de circo: eliminación de su primigenia vertiente acrobática (solamente recobrada por algunos -aislados- payasos contemporáneos), especialización en habilidades musicales y concentración del "discurso" cómico en la elaboración de un buen diálogo; en la palabra, pues.

Esta sucinta historia del payaso circense ha sido reflejada por diferentes lenguajes artísticos y, muy a menudo, ha ido acompañada por una lectura metafísica, por escribirlo de alguna manera, del personaje: la del payaso triste, atormentado, nostálgico y abatido. Me refiero a la visión cultural del payaso que diversas artes han perpetuado; una lectura que, incluso en los momentos de apogeo del circo como espectáculo, ha mantenido la convención que presenta al "clown" eternamente insatisfecho de su profesión. Lo cierto es que el tópico del payaso triste y desconsolado, obligado a provocar la risa del público independientemente de su estado anímico, no es nuevo, sino que casi se podría afirmar que nace con el mismo personaje, el "clown" hablador y músico, a mediados del siglo pasado. Sebastiá Gasch, el gran crítico de circo -y de arte- señalaba que a la creación o perpetuación del clisé cultural del payaso atormentado habían contribuido enormemente, a finales del siglo XIX, la poesía de Théodore de Banville, la novela "Les fréres Zemgano" d'Edmond Goncourt y la pintura de Henri Toulouse-Lautrec.

Inmediatamente entraremos en el aspecto pictórico de la cuestión. Sin embargo, quisiera detenerme antes en el hecho de que el payaso, sobre todo aquel payaso que en el circo había sustituido con la palabra las iniciales destrezas acrobáticas del "farceur" teatral que provenía de la "Commedia dell'arte", ha sido tratado por distintos lenguajes y en distintos ámbitos culturales. Y en casi todos ellos ha quedado remarcada aquella "paradoja de comediante" que interpreta el payaso, impulsado indefectiblemente a repetir fórmulas presuntamente hilarantes en la pista a pesar de su espíritu interior, también presuntamente melancólico. Se trata, en definitiva, de aquella paradoja que Ramón Gómez de la Serna -otra vez, y en su magnífico libro El circo- expresó a través de un cruel sarcasmo: "Tan extraña es su cabeza, que si se guillotinase la cabeza a un clown, seguiría su rostro haciendo gestos alegres y caprichosos, guiñando un ojo y después el otro, indefinidamente.".

Así, pues, la ambigüedad del payaso, las dobles lecturas que permite entre el entusiasmo que produce en el público y su propia condición, ha sido un tema cultural recurrente en diversos lenguajes artísticos. Y, a pesar de que muy probablemente no se ajuste exactamente a la realidad, como suele pesar con los estereotipos artificiales que implanta la cultura, la bipolaridad que se da en su misma persona, el "payaso" que provoca la risa y el individuo hipocondriaco que lo hace posible, se ha convertido en un clisé cultural. muy arraigado. Esta bipolaridad del personaje es la que indujo, por ejemplo, a Henry Miller a escribir The smile at the foot of the ladder, relato para el que Joan Miró dibujó una portada en 1970 y que tiene su origen en un encargo que realizó al escritor Fernand Leger, pintor que, como veremos más adelante, había tratado el tema circense anteriormente. En The smile at the foot of the ladder, Miller se vale de su personaje central, emblemáticamente bautizado con el nombre de Auguste, para llevar a sus últimas consecuencias la idea paradójica de que, en un mismo individuo, en una misma vocación, se juntan la alegría y la tragedia. Para resaltar esta idea, además, Miller consiguió componer un relato trágico-cómico que perpetuaba, en el registro de las sensaciones literarias, el clisé cultural al que nos estamos refiriendo.


1. EL PAYASO COMO TEMA ICONOGRÁFICO EN EL IMPRESIONISMO

Antes del nacimiento del payaso moderno, y de su posterior entrada en el mundo del arte como tema iconográfico, la pintura había representado en numerosas ocasiones escenas teatrales, y, más específicamente, escenas que protagonizaban personajes perfectamente reconocibles como arquetipos de la "Comedia dell'arte". Más aún, en ocasiones, como tendremos posibilidad de remarcar, los pintores utilizaron indistintamente a Arlecchinos o a Pierrots para representar al moderno payaso de circo. En los orígenes, sin embargo, esta indistinción entre un personaje y otro se da por la falta de concreción del payaso, y por su inicial tendencia a la asimilación de las esencias saltarinas y acrobáticas de los personajes provinentes de la farándula italianizante. Este es el caso, por ejemplo, de Honoré Daumier, quien se aproximó en diversas ocasiones a temas teatrales, a los actores en el escenario o representados en escenas de su vida íntima. Daumier, sin embargo, también se acercó al circo, y a un personaje que se había ido formando coetáneamente a su propia vida, el payaso. Daumier pintó dos "Cabeza de payaso", una en 1863, y otra en 1870, y en ambos lienzos podemos comprobar que los payasos de aquel tiempo diferían de los payasos posteriores. Daumier los retrata sin aditamentos, sin maquillaje, son unos personajes muy parecidos a los Pierrots, precisamente porque en aquellos momentos quizá el payaso todavía no se había independizado suficientemente de uno de sus referentes de origen. (Un lienzo atribuido a Daumier, titulado "Pregón ante una barraca de feria", también nos enseña este ambiente de circo primitivo, con un hombre forzudo y dos hombre atléticos, evidentemente payasos, muy parecidos a un Arlecchino y a un Pierrot tradicionales).

De hecho, la primera visión que la pintura dio del payaso moderno hay que situarla en los ambientes frecuentados por los impresionistas. Y me refiero a ambientes, más que a cuestiones estrictamente e intrínsecamente pictóricas, porque el circo y lugares similares, como los espectáculos de feria, se convirtieron en sitios de preferencia para pintores como Renoir, Degás, Seurat o Toulouse-Lautrec. De todos ellos tenemos constancia documental, histórica, de sus constantes presencias en el mundo del circo, y, también de todos ellos, y aún de algunos autores menos conocidos, conocemos representaciones pictóricas en las que el circo -y, en algunos casos, como veremos a continuación, los payasos- son el tema central. Lo remarcable, a mi entender, es que, más allá de las diferencias estilísticas, incluso de la disparidad en la evolución cronológica de sus obras, los cuadros circenses de Toulouse-Lautrec o de Seurat, por poner dos ejemplos, nos muestran ya un "payaso" moderno, con los atributos que le caracterizarán en adelante: pelucas de cabello teñido, rostro maquillado, especialmente en los pómulos de la cara, nariz postiza o maquillada, y vestimenta parecida a la del tradicional Pierrot, pero con nuevos elementos distintivos: botones amplísimos, hombreras anchas, diversidad colorística y, en general, un tono más histriónico en todo el "fingimiento" corporal propio del payaso.

Así, pues, los impresionistas coincidieron históricamente con un estadio ya evolucionado del payaso. Y esta coincidencia, entre unos pintores que habían de revolucionar la historia de la pintura y un tema pictórico, se dio fundamentalmente a través del contacto que París tuvo con el circo moderno por medio del "Cirque Fernando", local que Fernando Wartenberg inauguró en el año 1875 en pleno barrio de Montmartre -y tampoco debe ser casual la coincidencia urbanística. El "Cirque Fernando" (posteriormente conocido por "Medrano") tuvo una incidencia total en el mundo cultural parisino, aquel París de la "belle époque" y de la vivacidad propia del "fin du siècle". Y aquella incidencia también repercutió en los pintores ahora conocidos cono impresionistas.

En esta órbita, Auguste Renoir fue el primer pintor que se aproximó al payaso, antes de la implantación del "Fernando" e incluso antes de la consolidación de la tendencia impresionista. En efecto, en 1868 realizó la obra "El payaso" en la que retrató al payaso John Price (1), "clown" musical que se nos presenta con unos atributos a medio camino de la elegancia de un Pierrot y de ciertos componente emblemáticos del payaso de circo contemporáneo. Esta presentación Renoir la realiza acudiendo a la circularidad de la pista y a enseñarnos fragmentariamente una parte del ruedo y una parte del público, sistema que se convertirá en ejemplo para aproximaciones posteriores. Por otra parte, Edgar Degas, junto con el propio Renoir (2), parece ser el primer "impresionista" que reflejó la admiración que todos los integrantes del grupo sintieron por el Circo Fernando. Así, ya en 1879 pintó su impresionante composición (de encuadre, de acción, de color) "Miss Lala en el circo Fernando", en donde aparece una equilibrista que es subida hacia arriba, con el techo del edificio del circo presidiendo la composición.

Henri Toulouse-Lautrec, en su afán de captar la vida festiva del Paris de los espectáculos, del cabaret, de los prostíbulos, acudió también al Circo Fernando, y nos dejó constancias pictóricas de ello, de entre las cuales habría que destacar los lienzos " La caballeriza del circo Fernando" (1888) o, del mismo año, "Amazona en el circo Fernando", otra visión fragmentaria de la pista circular del circo en la que aparecen la "écuyere", el domador Monsieur Loyal y, vistos parcialmente, dos payasos que contemplamos, uno de espaldas y el otro recortado de piernas para arriba, en un encuadre casi fotográfico de gran originalidad y en el que los payasos (perfectamente caracterizados a pesar de su visión fraccionada) cumplen ala perfección un papel compositivo. Toulouse-Lautrec nos legó otras obras en las que los "écuyeres" y los saltadores son protagonistas de unas escenas en las que el circo, el ambiente circense en conjunto, presiden la composición del cuadro. También los payasos son protagonistas conspicuos de la magnífica serie litográfica "Au cirque" (1899), de gran valor plástico y documental. De hecho, el pintor reflejó el mundo del circo (y el payaso en tanto que una de sus partes consustanciales) hasta los últimos años de su vida.

A mi entender, el punto culminante de la pintura de circo surgida de los ambientes impresionistas se da con la inacabada obra de Georges-Pierre Seurat "Le cirque" (1891). Allí, el pintor sitúa un payaso en la composición, un payaso que aparece en primer término y que sirve como elemento aglutinador y, a la vez, trastocador formal de los restantes elementos icónicos del cuadro: la " écuyere", el acróbata, el domador, la misma pista (con la cortina que sostiene el payaso en la mano) o el público distante que aparece en el lienzo. Seurat escenifica (pone en escena) perfectamente, milimétricamente, cada uno de los componentes de la (re)presentación.

Así, pues, y lejos de poder comentar todos los ejemplos que quisiéramos, y más pormenorizadamente, dejemos constancia de que el primer momento de apogeo del payaso como motivo pictórico coincide con dos factores. En primer lugar, con la pujanza que el circo adquiere en París durante el último cuarto del siglo XIX. En segundo lugar, con el interés que demostraron por el circo (como por otras manifestaciones mundanas) los llamados impresionistas. Sin embargo, los impresionistas se limitaron a utilizar al payaso (al circo en general) como a un personaje agradecido de pintar, por su propio carácter teatral, por la policromía de su indumentaria, por su participación en el ambiente mágico, espectacular del circo. Para los pintores de aquel grupo, el circo (y el payaso) sirve para dar solución a los problemas que se plantean sobre la figura y el espacio, o mejor, sobre como situar una determinada figura en un determinado espacio de representación, o mejor, de exposición. La circularidad de la pista de circo (que se convierte en un espacio infinito para la bidimensionalidad del cuadro), la presencia del público, el movimiento continuo que se sucede en la función circense, la vistosidad y la fascinación épica que produce el espectáculo... se convierten en un reto para las aspiraciones rupturistas (tal vez solamente "roturistas", limitadas tan sólo a aspectos formales, caligráficos) de los pintores parisinos. En este sentido, "Le cirque" de Seurat vuelve a ser paradigmático. Allí, el payaso que encontramos en el centro inferior del cuadro sostiene un cortinaje (que se confunde incluso con la propia, pista) que ayuda a dotar a la representación de la circularidad del propio espacio de simulación circense. Encontramos por primera vez juntas múltiples figuras del circo (amazonas, malabaristas, domadores, payasos, público...) en el mismo espacio de actuación (y de representación), lejos de la parquedad en la escenificación que habían mostrado anteriormente Renoir o Toulouse-Lautrec. Así, pues, "Le cirque" viene a ser la culminación de la incorporación del circo a la pintura impresionista. Y del payaso. También del payaso como elemento exclusivamente, o casi exclusivamente, formal.


2. EL PAYASO COMO TEMA ICONOGRÁFICO EXPRESIONISTA

Después del interés mostrado por el Impresionismo, volvemos a encontrar al payaso en el marco del expresionismo. Pero no me refiero tanto al Expresionismo como movimiento históricamente localizado como al expresionismo como línea pictórica o categoría estética. Esta vía tomó, y sigue tomando (de aquí que prefiera eludir aquí la referencia al movimiento stricto senso) al payaso no ya como un personaje formalmente agradecido, sino como fuente de inspiración poética o, cuando menos, como referente cultural polisémico.

La manera de pintar expresionista carga de sentido, de significación, al clown, lo dota de un poder simbólico, al caracterizarlo en muchas ocasiones como un emblema de la tristeza, de la angustia contemporánea. Esta asociación proviene del clisé al que me he referido anteriormente, que presenta al payaso como un personaje prisionero de su propia profesión, prisionero de su condición de hombre que está obligado a provocar risas independientemente de su grado de angustia personal.

Este clisé, al fin y al cabo, el de la miserabilidad circense, es el que Picasso aprovechó en algunos de sus cuadros, específicamente en el período rosa de su producción, con. aquella pobreza personificada en los circos ambulantes, con aquellos Arlecchinos maltrechos. Picasso, sin embargo, como Juan Gris, que también empleó el recurso temático (aunque con distinto sentido y profundidad), a pesar de conocer directamente al payaso de circo, a partir de sus visitas al Medrano, prefiere simbolizar esta dualidad en los Arlequines (Gris en los Pierrots), es decir, en una de las fuentes originarias del payaso moderno.

Si hemos visto que los impresionistas no representaban dramáticamente al payaso, sino que simplemente lo escenificaban (lo presentaban en todo caso), el expresionismo pictórico recurre a una verdadera representación, tanto en el sentido pictórico como en el de competencia cultural. Los ejemplos aquí son mucho más heterogéneos, geográfica y cronológicamente, puesto que el interés por el payaso se internacionaliza con profusión a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. Sin pretender ser exhaustivos, encontramos, por ejemplo, a Ernst Ludwig Kirchner que, en su período berlinés, se interesa por el circo y por el cabaret. Pinta en 1912 "Amazona" y en 1914 "El picador", por poner dos ejemplos. En este último lienzo, Kirchner, que escenifica una figura central de caballo con el público y un personaje parecido a un payaso, quiere representar a través del circo el desenfrenado dinamismo de la vida contemporánea. También Marc Chagall, en algún lienzo sobre el circo (con payasos incluidos) huye de la escenificación decorativista. Lo mismo que en sus series de grabados. Como lo hace en 1922 Otto Dix en una acuarela titulada "Circus". Por otra parte, la pintura de James Ensor, sus máscaras, sobre todo las que incorporan una risa histriónica, guardan parecidos con la máscara (el maquillaje encubridor de la personalidad íntima) del payaso, e incluso alguno de sus cuadros corales incluyen clowns identificables como tales. Aún, de Josep Guinovart, conocemos dos representaciones de payasos, ambas de 1954, y ambas retomarían la línea que vehicula el clown como a un personaje emblemático de las tensiones del ser humano.

En todo caso, la culminación del payaso emblemático, del payaso insuflado de carga simbólica, la consigue con su obra pictórica Georges Rouault. Desde su cuadro "El desfile" (1907), que se refiere a un desfile apocalíptico de payasos, hasta su "Cabeza de payaso" (1948), pasando por su serie de grabados "El circo de la estrella fugaz" (1938) o sus diversos payasos enanos, Rouault imprime al payaso un contenido semántico: los payasos pintados por él representan una lectura profunda de la condición humana. Una lectura en ocasiones barnizada con impresiones místicas, pero en general combatiendo el optimismo burgués de la belle époque impresionista. Los múltiples payasos de Rouault recuperan y contribuyen a afirmar el referente cultural del payaso, su clisé de la ambigüedad.


3. LA MUERTE DEL PAYASO EN LA PINTURA

A partir de un cierto momento la pintura abandona al payaso. O quizá el payaso abandona la pintura, ya que su figura entra en un período de franca decadencia. En el mismo proceso de decadencia en que estaba sumido todo el circo. Además, este proceso coincidía con el camino de autoreflexión que había emprendido la pintura contemporánea, su salida hacia nuevos caminos expresivos, liderados por las corrientes de vanguardia. El ensimismamiento de la pintura no permitía recoger la lectura referencia) del payaso, su visión emblemática o simbólica. Al contrario, se pretende eliminar de los motivos pictóricos, de los temas (de los referentes, en definitiva) cualquier connotación extra-pictórica.

Así, las aproximaciones de Jacques Villon al circo desde los presupuestos cubistas comulgan con la deconstrucción que también realiza Albert Gleizes en "Los payasos" (1913?), donde el payaso es sometido al análisis pictórico cubista como podría serlo cualquier otro personaje o motivo referencial. Es cierto que Gleizes descompone dos tipologías de payaso (y esto se advierte claramente en la obra), el Augusto y el Enharinado, pero no lo hace con carácter metatextual sino exclusivamente textual. Igualmente, Fernand Léger se interesa por el circo muy pronto ("Circo" data de 1918) y va volviendo repetidamente a él, como en "Gran parada" (1954) o "Composición con cinco payasos" (1953) en donde el payaso vuelve a ser motivo casi decorativo, al menos abandona cualquier profesión de fe cultural o retórica. En la última obra citada, Léger presenta cinco payasos, no solamente esquemáticos e impersonales, sino absolutamente sonrientes, ajenos a la tradición cultural que había envuelto la historia del payaso y que incluso, coetáneamente, el cine americano reflejaba con cierta asiduidad.

En todo caso, la muerte del payaso en la pintura había sido anunciada y ejecutada años antes por un dadaísta menor, Jean Crotti. Una muerte que, de hecho, corre paralela a las otras visiones que del payaso ha dado la pintura, tanto la heredera del Impresionismo, que escenifica los espectáculos circenses (o sus grandes personajes, como Charlie Rivel) con un propósito esencialmente compositivo, formalmente pictórico, como aquella otra corriente que provee al personaje de una carga semántica, simbólica, elocuente. Sin embargo, efectivamente, y sin ningún tipo de paradoja, en coherencia con la historia de la pintura occidental, el dadaísta Jean Crotti, casado con una hermana de Marcel Duchamp, pintó en 1916 un "Clown". La (re)presentación consiste en un cuerpo compuesto por unas espirales metálicas, un cucurucho en la cabeza, unas bolas por ojos, todo realizado con elementos recogidos al azar, y en el más puro estilo picabiano. Obra de pequeño formato, Crotti, en cierta manera, acabó con la posibilidad de volver a pintar un payaso (ni triste, ni escéptico, ni alegre) en un lienzo. A pesar de la coexistencia de otros parámetros pictóricos que se servían del payaso como referente temático (figural), sobre los que ya he escrito, Crotti auguraba, bastantes años antes de producirse, la decrepitud del payaso de circo: lo convertía en un cadáver para la pintura.


NOTAS

(1) John Price era de origen inglés, aunque triunfó en París, en el Circo Loyal (donde probablemente lo vio Renoir). También Tudor Hall "Foottit" procedía de Inglaterra y, formando pareja con Rafael Padilla "Chocolate", impusieron su estilo, las entradas cómicas a duo, la oposición Agusto/payaso, fundamentalmente en el "Nouveau Cirque" de París, local que también frecuentaba Toulouse-Lautrec. Tanto John Price como Tudor Hall se convirtieron en grandes representantes del estadio que anteriormente hemos llamado "payaso musical".

(2) Renoir pintó, también en 1879, "En el circo Fernando", en el que aparecen dos pequeñas malabaristas en el interior de la pista, Francisca y Angelina, que en realidad eran hijas de Fernando Wartenberg, el propietario) del "Cirque Fernando".


ILUSTRACIONES

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