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Hopper pinta su obra "La
oficina de noche" en 1940, obra que corresponde a su madurez
y cuando él se encuentra en el cénit de su fama como artista
inequívocamente americano. Es sobre todo en esta época
cuando logra plenamente plasmar la alienación del siglo XX. Sintetiza,
en esta obra, la observación de la realidad visible con fuentes
artísticas que pueden relacionarse con las literarias de su época.
Es a partir de su muerte, en 1967, al exponer sus obras en Europa, cuando
se le empieza a reconocer cualidades pictóricas que le convierten
en el pintor realista americano más importante del siglo XX. En un período de grandes cambios
y polémica evolución en el arte americano, Hopper, partiendo
de una tradición clásica de la pintura -conocía
y admiraba a Velázquez, Hals, Rembrandt, Goya, Whistler, Manet,
etc.-, unifica en sus obras lo tradicional y lo moderno. En su obra "La
oficina de noche" vemos claramente esa síntesis, no
sólo en los aspectos plásticos, sino también en
los iconográficos, al reflejar las costumbres, ideas y moral
de su tiempo, desde una perspectiva totalmente subjetiva. La alienación y la deshumanización
del trabajo del hombre quedan bien patentes en esta obra. Alienación desarrollada desde
el ángulo filosófico por Hegel y Marx, que proponen su
comienzo cuando el hombre se separa de la naturaleza con el trabajo
y la producción. En la sociedad industrial la objetivación
de las relaciones sociales se distinguen por la creciente división
del trabajo y por la especialización. A medida que trabaja el
hombre se fragmenta, pierde su conexión con el todo y la alienación
del hombre respecto a esa totalidad se agudiza. Es necesario, como apunta
Ernst Fischer (1), que esta alienación necesaria para el desarrollo
del trabajo sea continuamente superada, para que los hombres adquieran
conciencia de sí mismos, en ese proceso. Concentración sobre el subjetivismo y sobre el subconsciente, así como la especial atención a la transformación y a la turbulencia de la sociedad occidental, se reflejan también en todas las manifestaciones culturales de la época. Nos proponemos estudiar cómo Hopper consigue
sintonizar la forma con el contenido, lo tradicional con lo moderno,
en la obra comentada. El panorama artístico americano, en el que se
desarrolla esta obra, es bastante controvertido, pues a partir de la
Exposición del Armory Show tanto la opinión pública
como la especializada se inclinaban hacia los nuevos caminos de la pintura
abstracta, por otro lado existían una serie de pintores de corte
realista que eran aceptados y apoyados por otro importante grupo de
opinión, su pintura buscaba la creación de un arte puramente
americano, pero pronto sus obras van a aparecer como populistas, repetitivas
y carentes de evolución. Hopper va a ser el pintor realista que va a conseguir
que su obra posea todas esas cualidades que se le están pidiendo
a la pintura americana, pero partiendo de su conocimiento y gusto por
la pintura europea anterior. En unas declaraciones hechas por él afirmaba
que: "Esperar una pintura nueva y totalmente característica
americana indica una falta de comprensión de la historia". Sorprende comprobar cómo, en la época
en que realiza la obra, utiliza de forma rutinaria estructuras de ordenación
espacial, que toma prestadas del arte francés anterior. Según
Gail Levin (2), para la realización de esta obra vemos cómo
se fija en un cuadro de Degas, "Cotton Exchange". Hopper mantiene
en su obra la perspectiva de vista de pájaro, oblicua, como Degas,
por lo que la escena queda reflejada de forma que los personajes aparecen
más aislados dando la sensación de soledad e incomunicación. La luz y el color son utilizados por el autor de forma
contrastada para provocar mayor dramatización en la escena. Planos
de color para acentuar el resultado total, suelos, paredes, ropa de
personajes, color de los labios, etc. La luz, tan importante para Hopper, la recrea en muchas
de sus obras a una hora determinada del día, en este caso utiliza
la noche evocadora de soledad e intimidad, asociada con aquellas cosas
a las que hace referencia Hopper en sus comunicaciones, como es la angustia
y el eros. El uso de la luz artificial en correspondencia al universo
artificial, que nos lleva al desarraigo con la naturaleza. Valoración
del espacio vacío para expresar aislamiento, y el uso del enfoque
del cuadro, en donde la fragmentación de la obra se pone en evidencia,
la captación de un instante, desconocemos lo anterior, lo posterior.
El hombre desconocedor de la globalidad del Universo. Nuestra atención es captada a través de
la tensión psíquica. patente que existe entre la mujer
exuberante y el hombre, que la ignora. Incomunicación, alienación, soledad, esos
son los sentimientos que captamos en la interpretación de la
obra. El significado de esta escena se mezcla con toda la
problemática del mundo industrial, de la gran ciudad, del trabajo
despersonalizado, que tanto Hopper como los artistas de su tiempo, tratan
de poner en evidencia. Es llamativo, sobre todo en literatura, el paralelismo
con las obras plásticas, de desvelar estos sentimientos que oprimen
al hombre en su desarrollo en el mundo moderno. Obras literarias relacionadas con lo que estamos tratando
que habría que destacar serían, indudablemente, las de
los novelistas norteamericanos de entreguerras: como Faulker, que trata
estos temas con crudeza y distorsión en sus obras El Santuario,
El Ruido; la furia y el vigoroso fresco colectivo de J. Dos Passos
en su obra Manhattan Transfer; la denuncia social de Steinbeck
en su obra Las uvas de la ira. Pero no sólo los artistas
americanos ofrecen en sus obras ese realismo crítico tan divulgado
sobre los años treinta, sino que es un sentimiento del que participa
toda la cultura occidental. Según Arnold Hauser, estos años son la
historia de un período de crítica social, de realismo,
de activismo y de radicalización de aptitudes. En un pequeño estudio comparativo entre la obra
que nos ocupa y la obra de T. S. Eliot (The Waste Land) (3) escrita
en 1922, podemos observar cómo el sentir de los artistas es el
mejor reflejo de la desazón espiritual de la época. Existe, entre la obra de Hopper y la de T. S. Elliot,
numerosos puntos en común. En primer lugar, sus estilos son una
síntesis de lo moderno y lo tradicional, en el que, por un lado,
se aprecian las deudas con los artistas clásicos y de otro el
sabio uso de las estructuras de contenido actuales. De esta forma lo
contemporáneo es englobado en la tradición. En un segundo
punto, ambos utilizan una técnica que mucho tiene que ver con
la cinematográfica -constantes cambios de planos, de situaciones,
de diálogos-, tratan de hacer un reportaje del alma del hombre
de nuestro tiempo y para ello no duda en acudir a todo tipo de símbolos
e imágenes arquetípicas que la literatura y el arte les
ofrecen, en un fluir inacabable de instantáneas que son comunes
a cualquier hombre de nuestro tiempo. Las situaciones descritas pueden
ser válidas para cualquier ser humano. Sin embargo, no queremos
decir con esto que haya un intento de objetivizar la obra de arte, sino
más bien de universalizarla. Otra forma de reflejar esa atmósfera estéril
que rodea a los personajes se verifican en sus relaciones íntimas,
como una mezcla de erotismo y aburrimiento que Eliot describe como "caricias
que no son rechazadas ni son deseadas". Algo que también a ambos les preocupa es el conflicto
que surge entre cultura, industrialización y naturaleza. Todo
hombre ha de tener en cuenta las lecciones que el pasado le brinda,
si quiere moverse en un presente coherente y fructífero. Pero el hombre moderno, el habitante de la ciudad moderna,
no parece estar dispuesto a seguir esta norma, de modo que se ve impotente,
ante los problemas que le acucian: la polución, el sexo desbocado,
la falta de comunicación y sin sentido de la vida. Su destino
es desesperanzador. Por último, a pesar de que T. S. Eliot, de origen americano, escribe toda su obra en Inglaterra, los dos dan a sus obras un marcado matiz americano; es lo que Edmund Wilson ha llamado "el conflicto puritano" (4), que hoy etiquetaríamos como un producto mezcla de prudencia práctica e idealismo moral que desemboca irremediablemente en esa desmedida afición por explorar los territorios más inhóspitos del hombre: el miedo a la vida, a la vulgaridad, el lamento que surge rápido e incontrolable tras una situación única y para siempre desperdiciada por culpa de la propia indecisión.
NOTAS (1) Ernst Fischer, La necesidad del arte. Ed. Península,
1985. (2) Levi, Gail, Catálogo de la Exposición de Edward Hopper. Fundación Juan Mach, 1990. (3) Thomas Stearn Eliot, La tierra baldía. Ed. de Avantos Swan, 1985. (4) Edmund Wilson, The Axel's Castle, cap. Iv.
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