CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 8. 1991
 

 

APROXIMACIÓN A LA OBRA DE E. HOPPER "LA OFICINA DE NOCHE" O LA ALIENACIÓN

Alicia Pérez Tripiana

Hopper pinta su obra "La oficina de noche" en 1940, obra que corresponde a su madurez y cuando él se encuentra en el cénit de su fama como artista inequívocamente americano. Es sobre todo en esta época cuando logra plenamente plasmar la alienación del siglo XX. Sintetiza, en esta obra, la observación de la realidad visible con fuentes artísticas que pueden relacionarse con las literarias de su época. Es a partir de su muerte, en 1967, al exponer sus obras en Europa, cuando se le empieza a reconocer cualidades pictóricas que le convierten en el pintor realista americano más importante del siglo XX.

En un período de grandes cambios y polémica evolución en el arte americano, Hopper, partiendo de una tradición clásica de la pintura -conocía y admiraba a Velázquez, Hals, Rembrandt, Goya, Whistler, Manet, etc.-, unifica en sus obras lo tradicional y lo moderno.

En su obra "La oficina de noche" vemos claramente esa síntesis, no sólo en los aspectos plásticos, sino también en los iconográficos, al reflejar las costumbres, ideas y moral de su tiempo, desde una perspectiva totalmente subjetiva.

La alienación y la deshumanización del trabajo del hombre quedan bien patentes en esta obra.

Alienación desarrollada desde el ángulo filosófico por Hegel y Marx, que proponen su comienzo cuando el hombre se separa de la naturaleza con el trabajo y la producción.

En la sociedad industrial la objetivación de las relaciones sociales se distinguen por la creciente división del trabajo y por la especialización. A medida que trabaja el hombre se fragmenta, pierde su conexión con el todo y la alienación del hombre respecto a esa totalidad se agudiza. Es necesario, como apunta Ernst Fischer (1), que esta alienación necesaria para el desarrollo del trabajo sea continuamente superada, para que los hombres adquieran conciencia de sí mismos, en ese proceso.

Concentración sobre el subjetivismo y sobre el subconsciente, así como la especial atención a la transformación y a la turbulencia de la sociedad occidental, se reflejan también en todas las manifestaciones culturales de la época.

Nos proponemos estudiar cómo Hopper consigue sintonizar la forma con el contenido, lo tradicional con lo moderno, en la obra comentada.

El panorama artístico americano, en el que se desarrolla esta obra, es bastante controvertido, pues a partir de la Exposición del Armory Show tanto la opinión pública como la especializada se inclinaban hacia los nuevos caminos de la pintura abstracta, por otro lado existían una serie de pintores de corte realista que eran aceptados y apoyados por otro importante grupo de opinión, su pintura buscaba la creación de un arte puramente americano, pero pronto sus obras van a aparecer como populistas, repetitivas y carentes de evolución.

Hopper va a ser el pintor realista que va a conseguir que su obra posea todas esas cualidades que se le están pidiendo a la pintura americana, pero partiendo de su conocimiento y gusto por la pintura europea anterior.

En unas declaraciones hechas por él afirmaba que: "Esperar una pintura nueva y totalmente característica americana indica una falta de comprensión de la historia".

Sorprende comprobar cómo, en la época en que realiza la obra, utiliza de forma rutinaria estructuras de ordenación espacial, que toma prestadas del arte francés anterior. Según Gail Levin (2), para la realización de esta obra vemos cómo se fija en un cuadro de Degas, "Cotton Exchange". Hopper mantiene en su obra la perspectiva de vista de pájaro, oblicua, como Degas, por lo que la escena queda reflejada de forma que los personajes aparecen más aislados dando la sensación de soledad e incomunicación.

La luz y el color son utilizados por el autor de forma contrastada para provocar mayor dramatización en la escena. Planos de color para acentuar el resultado total, suelos, paredes, ropa de personajes, color de los labios, etc.

La luz, tan importante para Hopper, la recrea en muchas de sus obras a una hora determinada del día, en este caso utiliza la noche evocadora de soledad e intimidad, asociada con aquellas cosas a las que hace referencia Hopper en sus comunicaciones, como es la angustia y el eros. El uso de la luz artificial en correspondencia al universo artificial, que nos lleva al desarraigo con la naturaleza. Valoración del espacio vacío para expresar aislamiento, y el uso del enfoque del cuadro, en donde la fragmentación de la obra se pone en evidencia, la captación de un instante, desconocemos lo anterior, lo posterior. El hombre desconocedor de la globalidad del Universo.

Nuestra atención es captada a través de la tensión psíquica. patente que existe entre la mujer exuberante y el hombre, que la ignora.

Incomunicación, alienación, soledad, esos son los sentimientos que captamos en la interpretación de la obra.

El significado de esta escena se mezcla con toda la problemática del mundo industrial, de la gran ciudad, del trabajo despersonalizado, que tanto Hopper como los artistas de su tiempo, tratan de poner en evidencia.

Es llamativo, sobre todo en literatura, el paralelismo con las obras plásticas, de desvelar estos sentimientos que oprimen al hombre en su desarrollo en el mundo moderno.

Obras literarias relacionadas con lo que estamos tratando que habría que destacar serían, indudablemente, las de los novelistas norteamericanos de entreguerras: como Faulker, que trata estos temas con crudeza y distorsión en sus obras El Santuario, El Ruido; la furia y el vigoroso fresco colectivo de J. Dos Passos en su obra Manhattan Transfer; la denuncia social de Steinbeck en su obra Las uvas de la ira. Pero no sólo los artistas americanos ofrecen en sus obras ese realismo crítico tan divulgado sobre los años treinta, sino que es un sentimiento del que participa toda la cultura occidental.

Según Arnold Hauser, estos años son la historia de un período de crítica social, de realismo, de activismo y de radicalización de aptitudes.

En un pequeño estudio comparativo entre la obra que nos ocupa y la obra de T. S. Eliot (The Waste Land) (3) escrita en 1922, podemos observar cómo el sentir de los artistas es el mejor reflejo de la desazón espiritual de la época.

Existe, entre la obra de Hopper y la de T. S. Elliot, numerosos puntos en común. En primer lugar, sus estilos son una síntesis de lo moderno y lo tradicional, en el que, por un lado, se aprecian las deudas con los artistas clásicos y de otro el sabio uso de las estructuras de contenido actuales. De esta forma lo contemporáneo es englobado en la tradición. En un segundo punto, ambos utilizan una técnica que mucho tiene que ver con la cinematográfica -constantes cambios de planos, de situaciones, de diálogos-, tratan de hacer un reportaje del alma del hombre de nuestro tiempo y para ello no duda en acudir a todo tipo de símbolos e imágenes arquetípicas que la literatura y el arte les ofrecen, en un fluir inacabable de instantáneas que son comunes a cualquier hombre de nuestro tiempo. Las situaciones descritas pueden ser válidas para cualquier ser humano. Sin embargo, no queremos decir con esto que haya un intento de objetivizar la obra de arte, sino más bien de universalizarla.

Otra forma de reflejar esa atmósfera estéril que rodea a los personajes se verifican en sus relaciones íntimas, como una mezcla de erotismo y aburrimiento que Eliot describe como "caricias que no son rechazadas ni son deseadas".

Algo que también a ambos les preocupa es el conflicto que surge entre cultura, industrialización y naturaleza. Todo hombre ha de tener en cuenta las lecciones que el pasado le brinda, si quiere moverse en un presente coherente y fructífero.

Pero el hombre moderno, el habitante de la ciudad moderna, no parece estar dispuesto a seguir esta norma, de modo que se ve impotente, ante los problemas que le acucian: la polución, el sexo desbocado, la falta de comunicación y sin sentido de la vida. Su destino es desesperanzador.

Por último, a pesar de que T. S. Eliot, de origen americano, escribe toda su obra en Inglaterra, los dos dan a sus obras un marcado matiz americano; es lo que Edmund Wilson ha llamado "el conflicto puritano" (4), que hoy etiquetaríamos como un producto mezcla de prudencia práctica e idealismo moral que desemboca irremediablemente en esa desmedida afición por explorar los territorios más inhóspitos del hombre: el miedo a la vida, a la vulgaridad, el lamento que surge rápido e incontrolable tras una situación única y para siempre desperdiciada por culpa de la propia indecisión.

 

NOTAS

(1) Ernst Fischer, La necesidad del arte. Ed. Península, 1985.

(2) Levi, Gail, Catálogo de la Exposición de Edward Hopper. Fundación Juan Mach, 1990.

(3) Thomas Stearn Eliot, La tierra baldía. Ed. de Avantos Swan, 1985.

(4) Edmund Wilson, The Axel's Castle, cap. Iv.