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En la atmósfera irreal de la
Rusia prerrevolucionaria, una extraña pareja trasplantada directamente
del Renacimiento, el pintor Rafael y la enigmática marquesa Deses,
asisten a una elegante "vernissage" en San Petersburgo. En
medio de la celebración, las lujosas pieles de la dama se transforman
en animales dispuestos a escapar; las plumas de su sombrero echan a
volar convertidas en vistosos pájaros multicolores, y sus ropas
se disuelven en magníficas flores de lino. Finalmente, ambos
personajes, dentro de la animación que les rodea, quedan petrificados
delante de una estatua de amantes, condenados a intercambiar palabras
sin sentido. La escena corresponde a la comedia titulada
Markiza Dese, del futurista Velimir Chlebnikov. Poeta revolucionario
y miembro activo de la vanguardia de su país, no duda en exclamar
en 1916 junto a sus exaltados compañeros del grupo formalista:
"Creemos en nosotros mismos y rechazamos desdeñosamente
el vicioso murmullo de los hombres del pasado, confían en picotearnos
en los talones. Efectivamente estamos descalzos... Pero, aún
así, nos mostramos magníficos en nuestra inflexible traición
al propio pasado" (1). La imagen de Rafael, príncipe de
pintores, charlatán y tan inmóvil como la pétrea
estatua que contempla, simboliza ejemplarmente, mejor que cualquier
discurso, el aparente fin o decadencia del mito del "divino"
como modelo máximo de una tradición que las nuevas generaciones
ya no reconocen como propia y válida para el futuro. Las vanguardias de principios del siglo
XX, con los "pies descalzos" y, a no dudarlo, el ánimo
inflexible, se encargaron de manifestar claramente la poca simpatía
que les despertaba el, hasta entonces amado por todos, "divino
Raffaello". Encarnación hecha pintura del ideal clasicista
de perfección artística (2), asistió impasible
al destronamiento de su privilegiado lugar en el panteón del
arte a favor de otros pintores que se habían mantenido en la
sombra. Empeñados en la difícil tarea de construir un
nuevo lenguaje, los jóvenes artistas dirigieron, de forma natural
y coherente, su inquieta mirada sobre aquellos pintores del pasado que,
de una u otra forma, no habían encajado en el férreo molde
de la tradición clasicista. Así, Maurice Denis, todavía
arrebolado en el tufo romántico, confesaba su preferencia por
las "predelas" de un Fray Angélico frente a las obras
de un Rafael o un Leonardo, al ofrecer con una fantasía diferente
otra manera de ver " la naturaleza", más evocadora
y sincera (3). Los expresionistas del Jinete Azul destacaron
la figura del místico Greco, tan cercano a los modernos Cézanne
o Picasso por afinidad de espíritu, como uno de los pintores
cuyas formas actuaban directamente sobre el alma y no sólo sobre
los sentidos, como era el caso de Rubens o Rafael (4). Por tanto, las
vanguardias hicieron desfilar, uno tras otro, a aquellos artistas que,
como Grünewald, el Bosco, Uccello o Arcimboldo, podían narrar
otra historia del arte: esta sí, próxima a sus gustos
renovadores. Asociado definitivamente a la galería
de espectros del pasado clasicista más puro, Rafael no tuvo mejor
fortuna con sus guerreros compatriotas del movimiento futurista. Para
éstos, en un mundo donde todo corre, se mueve y torna veloz,
la "religión fanática, inconsciente y snob del pasado,
alimentada por la nefasta existencia de los museos" (5) constituía
un obstáculo para la marcha festiva y trepidante del nuevo arte.
Por tanto: " ¡Fuera, recomponedores de viejos orines! ¡Fuera,
arqueólogos aquejados de necrofilia crónica!". Generaciones
de artistas que en disciplinada peregrinación habían acudido
a los museos para cumplir con el rito de la "copia" de los
grandes maestros del pasado, como ejercicio de iniciación en
el gran templo del arte, se detuvieron en seco anatematizados por los
nuevos sacerdotes de la modernidad. El mismo Matisse, que aprendió
la lección del arte copiando en las salas del Louvre, entre otros,
el maravilloso Castiglione de Rafael, decía lo mismo que los
futuristas, en un lenguaje más decoroso, cuando explicaba la
necesidad de olvidar el oficio de los viejos maestros, o bien comprenderlos
de una forma personal: prefiriendo el estudio de cualquier obra de Renoir
o Manet antes que las delicadezas rafaelescas de la Virgen del Jilguero;
puesto que, " queramos o no queramos, pertenecemos a nuestro tiempo
y compartimos sus opiniones, sus sentimientos y sus errores" (6). La traducción más expresiva,
al lienzo, de esta ruptura con el legado clásico -y, en concreto,
con la permanencia del mito de Rafael como modelo ejemplar de pintores-
la encontramos en la pintura de Antonio Recalcanti, Los desposorios
de la Virgen (1978), donde, en lugar de contemplar alguna interpretación
del famoso tema del pintor de Urbino, nos encontramos ante la imagen
de dos potentes manos de artista que, aisladas sobre el fondo de la
tela, rompen un pincel. Quizá el mismo que han utilizado todos
los entusiastas admiradores de Rafael durante siglos para reproducir
pacientemente las formas inmortales de una idea que se había
hecho pintura. Pero este contundente gesto es más un deseo que
una realidad, porque "la maldición del Clasicismo"
sigue pendiendo sobre nuestras cabezas. Y la obsesión por el
valor de Rafael como pintor emblemático, también. A pesar de la prohibición impuesta
por ellos mismos, algunos artistas muy significativos por su contribución
al desarrollo de las vanguardias volvieron, en algún momento
de su vida, a las "nefastas" salas de los museos para cumplir
con la humilde tarea de copiar de nuevo a los antiguos maestros y, digno
de destacar, principalmente al vilipendiado Rafael. Por ejemplo, Cézanne
realizará, en 1871 y luego más tarde en 1885, dos dibujos
del Retrato de hombre joven que se conserva en el Louvre, tradicionalmente
atribuirlo a Rafael. Juan Gris, durante los críticos años
de la Gran Guerra, y junto a otras copias de Corot, Ingres y Cezanne,
dibujará la Madona Tempi de la pinacoteca de Munich. Por
último, Giorgio de Chirico, en 1920, pintaría La Grávida
y La Muta de las galerías Borghese y Uffizi respectivamente,
dentro de un auténtico programa de ejercicios académicos
sobre pintores del Renacimiento italiano. Como es sabido, la influencia en el
arte moderno de la pintura y la imagen de Rafael no se limita a estas
copias. Desde las Vírgenes nucleares de Dalí a
las series que pintara Miró sobre la Fornarina, pasando
por los grabados de Picasso de tono erótico-burlesco sobre las
relaciones de Rafael con su modelo, encontramos suficientes indicios
del interés del siglo XX por este pintor, dado que, siguiendo
una caracterización formulada casi desde el momento mismo de
su muerte, se le identificó con el propio proceso creador. Pero
su análisis queda fuera de los márgenes de este trabajo,
que fundamentalmente quiere destacar el papel desempeñado por
las copias de Rafael en uno de los aspectos de la historia de las vanguardias
no suficientemente estudiado. Me refiero al reconocimiento amargo y
explícito de los límites del arte moderno, por parte de
algunos de sus más venerados protagonistas. Los mismos que no
dudaron en someterse voluntariamente a la operación de imitar
al "divino", en un momento de madurez artística y al
mismo tiempo que, con todas sus energías, luchaban por construir
el nuevo arte. Lo que, sin duda, resulta sorprendente y merece alguna
reflexión. Máxime cuando no se trata de una nueva versión
del culto al clasicismo, ni de un intento por desvelar los "secretos
de ejecución" de un gran maestro, como se ha intentado señalar;
ni, por supuesto, de un redescubrimiento del valor pedagógico
de estos ejercicios académicos, desprestigiados desde hacía
tiempo como métodos de aprendizaje. Para algunos historiadores, como Jean
Pierre Cuzin, durante los años 20 asistimos a tina auténtica
" rafaelización del cubismo" (7). Para ser exactos:
a un reconocimiento de Rafael como inspirador de este movimiento. Si
el "divino" había servido para justificar las empalagosas
efusiones de los pintores nazarenos en Roma, bien podía explicar,
enlazando con la línea Poussin e Ingres, las sobrias construcciones
racionalistas del cubismo. Lo que, de paso, colocaba convenientemente
al pintor de Urbino en el olimpo de los artistas franceses. No en vano,
cuando el dadaísta Tristan Tzara interrogó a Metzinger
sobre cuál sería, en su opinión, el fundador del
movimiento cubista en Francia, no lo dudó un instante: Rafael.
A esto, otros autores añaden la influencia de la denominada "vuelta
al orden" que caracterizó a este período, después
de las "excentricidades" de principios de siglo, fomentada
por una crítica conservadora que hostigó al vanguardismo
en general y al cubismo en particular. Pero, en mi opinión, no
hay realmente complacencia en estas copias rafaelescas, o en los retornos
al clasicismo por parte de estos artistas, sino angustia ante una pérdida
que intuyeron irrecuperable. Las vanguardias copiaron, pintaron e
interpretaron a Rafael porque estaban interrogando a un pasado que,
a través de su pintor más carismático, se revelaba
problemático y perturbador para el desarrollo de los nuevos lenguajes
artísticos. No se trató de un tranquilizador abandono
en los adormecidos brazos de la siempre acogedora tradición,
sino más bien de un auténtico ejercicio de reflexión
crítica sobre la propia modernidad. Posiblemente, como señala
Christopher Green, el cubismo de Juan Gris se "ablanda y dulcifica"
a finales de 1922 y principios de 1923 por directa influencia de las
madonas del pintor de Urbino; e incluso puede que mirase las obras de
Rafael con interesado ojo de pintor cubista-sintético, buscando
la íntima relación entre estructura y tema, la manera
en que "las figuras en un cuadro de Rafael parecen estar ligadas
entre sí por un ritmo abstracto anterior a ellas como si una
fuerza generadora hubiera configurado sus perfiles y sus posturas"
(8). Pero su relación con el pasado no se limita, como parece
deducirse de las opiniones de este autor, a utilizar sabiamente unas
cuantas "técnicas racionalistas" de los antiguos maestros:
técnicas que enriquecerían su propia producción
artística. El problema es más complejo y nos obliga a
mirar en otra dirección. Juan Gris, dice Kenneth E. Silver, encontró
en Corot, Cézanne, Ingres y, sobre todo, en Rafael, "compañeros
de una conspiración" contra el vanguardismo que él
mismo había ayudado a instaurar. De manera que durante el resto
de su breve vida se debatió con el problema de "cómo
seguir siendo un artista moderno cuando se ha dejado de creer en la
modernidad" (9). Ciertamente le falló la fe en el arte moderno
cuando el diálogo que mantuvo con la pintura tradicional le mostró,
en toda su evidencia, la impotencia de las vanguardias para dar debida
respuesta a algunas preguntas que desde su inicio tenía planteadas.
Las copias se convirtieron así para este artista en un intranquilizador
ejercicio especular donde las principales aportaciones del movimiento
moderno sufrirían un duro examen. Sobre la potente pantalla de
la Madona Tempi, Juan Gris hará desfilar los experimentos
que habían forjado un arte con decidida voluntad de ser tan sólo
arte: es decir, materia, color, dibujo, pura forma y objeto encerrado
en sí mismo. Juan Gris, con dolorosa conciencia,
debió constatar la fragilidad de una pintura que no puede currtplir
su más alta significación al haber olvidado en el laberinto
retiniano de planos, estructuras y líneas, aquello que lúcidamente
nos recuerda María Zambrano: "que el secreto, íntimo
motivo del pintar no ha sido nunca pintar para ver solamente" (10).
Siguiendo con el pincel el contorno delicado de esa humanísima
Madona tuvo que sentir, por contraste, el peso de su propia pintura
que, convertida en materia, había expulsado no sólo el
rostro humano, sino también la visión humanizada de la
realidad. La preocupación por este tema queda reflejada en la
corespondencia de Gris, citada por Cooper, donde manifiesta su descontento
porque su obra se ha vuelto "demasiado fría" dado que
"ese lado sensible y sensual que, a mi entender, siempre debe existir,
no encuentra lugar en mis cuadros. ¿No será que estoy
equivocado al querer encontrar cualidades pictóricas de un arte
antiguo en un arte nuevo?" (11). No es por casualidad que Juan
Gris, desde 1920 en adelante, hiciera emerger progresivamente la figura
humana entre la multitud de tableros, tazas y botellas de ajenjo con
los que había poblado sus anteriores "collages"; espacios
llenos de numerosos objetos, pero deshabitados por su único destinatario:
el hombre. La práctica de copista y la relación
que durante esos años mantuvo con la pintura clásica le
llevó inexorablemente al convencimiento de una necesaria transformación
de aquellas formas macizas: por las que, utilizando de nuevo las palabras
de María Zambrano, no era posible transitar puesto que eran "masa
sin espacio vital". Convicción que también encontramos
en otro gran "traidor" de las vanguardias, Giorgio de Chirico,
cuando, por las mismas fechas, abandonó las desoladas plazas
y ciudades metafísicas, adecuado escenario de maniquíes
sin rostro, para sumergirse en las galerías y museos y, como
un nuevo discípulo del Renacimiento, encontrar los misterios
del "mestiere". Para De Chirico, sólo a través
de una recuperación del oficio, de la maestría de los
antiguos, era posible enfrentarse al problema de la representación
de la figura humana, en su opinión "deformada y oscurecida
por legiones de pintores" abandonados a la pintura fácil
y esquemática del momento. Pintores, incapaces ahora de recuperar
al hombre en el arte, por haber perdido las armas adecuadas para reproducirlo. Desde esta perspectiva, resulta evidente
el sentido de la obsesión de Chirico por el estudio de las técnicas
de la pintura clasicista, por lo general tan mal interpretado: "un
retorno a la tradición en la pintura no puede efectuarse, más
que mediante un retorno a la gramática de las artes plásticas,
es decir, a la figura humana" (12). Para ello era necesario no
sólo contemplar las grandes obras del pasado, sino "copiarlas
y copiarlas" con paciencia, intentando una perfección comparable
a los ori- ginales. De Chirico propone, por tanto, una vuelta al oficio,
hasta el punto de recomendar que el propio artista construya los bastidores
y fabrique las telas y colores; no por un deseo de recuperar el supuesto
prestigio de una arcaica manualidad, sino como postura militante, de
crítica al arte moderno y, en especial, al arte francés
que había contribuido inconscientemente a crear una escuela,
según sus palabras, fácil, de pocas lecciones y cegada
por un repertorio de palabras vacías como "búsqueda
de volúmenes", "sinceridad", "construcción",
etc. En los museos, junto a Durero, Holbein, Perugino y Rafael, descubrió
"las cosas terribles que pasan hoy en día en la pintura,
y que si los pintores continúan por ese camino, entonces nosotros
vamos hacia el fin" (13). En la pinacoteca de la historia de la
pintura encontró De Chirico su particular manera de ser pintor
moderno. No intentó parecer clásico, sino construir una
pintura que funcionara estéticamente como las clásicas.
De ahí que no se le deba confundir con alguna de las numerosas
propuestas neoclasicistas que se desarrollaron en esa época.
Como señala, con certera intuición, el poeta Pere Gimferrer:
"Chirico acude a los antiguos pensando, sí, en ser otra
cosa, pero en que esta otra cosa suponga, precisamente, ser un pintor
como los antiguos"; por ello nunca "tan moderno como cuando
proclama Pictor classicus sum" (14). No es de extrañar,
por tanto, que a la exposición organizada por el grupo presurrealista
de París, en 1920, remitiera, junto a sus pinturas, una copia,
en idéntico formato que el original, de La Muta de los
Uffizi. Tremendo bofetón en el rostro de las vanguardias, que
habían admirado las oníricas composiciones de la etapa
metafísica y, ahora, asistían perplejas a la nueva forma
de ser moderno de Giorgio de Chirico. Era inevitable que Max Ernst, en este curioso retrato de familia que tituló Le Rendez-vous des amis (1922), colocara al "divino" Rafael próximo a la efigie de Chirico transformado en estatua de mármol, rodeado por el resto de los artistas del grupo. La asociación es, sin duda, levemente irónica, pero adecuada. Chirico siempre había asociado los retratos de Rafael con estatuas sobre un pedestal: estables, inmóviles y eternas como la materia. Rostros donde se, la había revelado el "sentido misterioso de la naturaleza humana". Si, a pesar de la broma de Max Ernst, Chirlco tenía razón, "la mayor aventura que un artista del siglo XX podía realizar era aquella de copiar un retrato de Rafael" (15).
(1) Chlebnikov, "La tromba de los marcianos" (1916), en Escritos de Vanguardia (1900-1945). Madrid, Ediciones Turner, 1979, pp. 156-157. (2) Para un estudio sobre la formación del mito de Rafael, véase el catálogo de la exposición Raffaello: elementi di un mito. Fireaze, Biblioteca Medicea Laurenziana. (4 febbraio15 aprile 1984). (3) Denis, Maurice, "Definición del neotradicionalismo" (1890). En Escritos de Vanguardia..., op. cit., p. 25. (4) Marc, Franz, "Bienes espirituales", en El Jinete Azul (1912), p. 33. Barcelona, Ediciones Paidós, 1989. (5) MANIFIESTO de los primeros futuristas (1910) en Escritos de Vanguardia..., op. cit., p. 130. (6) Matisse, Henri: "Notas de un pintor" publicadas en la Grande Revue, 25 de diciembre de 1908. Reproducido en el catálogo de La exposición Henri Matisse. Octubre-diciembre 1980. Fundación Juan March. (7) Cuzin, Jean Pierre, "Raphaél et l'art français" en el catálogo de la exposición Raphaél et l'art français, Galeries nationales de Grand Palais. Paris (15 nov. 1983-13 fev. 1984), pp. 60-61. (8) Green, Christopher, "Juan Gris, el Cubismo y la idea de tradición", en el catálogo de la exposición Juan Gris (1887-1927). Madrid, Biblioteca Nacional (20 sept. 1985-24 nov. 1985), p. 101. (9) Silver, Kenneth E., "Juan Gris y su arte en la Gran Guerra. 1914-1918", en el catálogo Juan Gris..., op. cit., p. 52. (10) Zambrano, María: "Sueño y destino de la pintura" (1960) en Algunos lugares de la pintura. Madrid, Espasa-Calpe, 1989, p. 93. (11) Citado en el Catálogo Juan Gris..., op. cit., p. 31. (12) Chirico, Giorgio de, "Il primato artístico italiano" e "Il Convegno" (1920-21) en El Meccanismo del Pensiero. Giulio Einaudi editore, p. 174. (13) Ibídem, p. 235. (14) Gimferrer, Pere, Giorgio de Chirico. Barcelona, Ed. Polígrafa, p. 18. (15) Chirico, Giorgio de, El Meccanismo..., p. 174.
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