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Cualquier estudio que verse sobre los
actuales medios de comunicación debe incorporar algunas cautelas
necesarias para su correcto enfoque. La creciente diversificación
y segmentación de los públicos impone algunas de ellas.
Así, cuando nos enfrentamos con producciones destinadas a los
jóvenes. El potencial adquisitivo de la juventud marca la sociología
contemporánea: las estadísticas muestran, por ejemplo,
que los jóvenes son objetivo predilecto de los atracadores (en
su mayoría, también jóvenes, a su vez), precisamente
porque llevan dinero en abundancia, así como prendas y objetos
codiciables. En el orden que aquí nos interesa, se puede hablar
de "cultura joven". Pero no indiscriminadamente. Hay que advertir
que esa denominada "cultura joven" no ha sido precisamente
creada por jóvenes, sino por adultos, aunque vaya destinada
al consumo por los jóvenes. El éxito de unas determinadas
obras no refleja, por tanto, necesariamente una creación juvenil
(= aquéllo que los jóvenes son capaces de hacer), sino
otra faceta de la misma realidad sociológica: a saber, la aceptación,
asimilación o identificación respecto de algo que, si
bien no ha brotado de ellos mismos, no obstante les satisface (= responde
a sus propias apetencias y/o intuiciones) Vamos a tomar dos ejemplos: por una parte, el "vídeoclip" titulado "Thriller", que protagonizó Michael Jackson; por otra, el grupo musical "Iron Maiden", con especial atención a su iconografía, pero también a su contenido ideológico, sin descuidar el componente musical -es su razón de ser- que determina la aceptación del todo por los entusiastas del "heavy metal".
El protagonista, icono de hoy Dato básico de este " vídeoclip"
es que fue concebido y realizado para lucimiento de Michael Jackson.
La indefinición de este artista, que roza la androginia, acaso
pudo ser punto de apoyo para las ambigüedades que, por otra parte,
se le hacen encarnar en la breve trama: en primer lugar, un caso de
licantropía; en segundo lugar, su transmutación en una
especie de "muerto viviente", si bien
en otros momentos parece asumir una condición humana normal.
Las dos citadas metamorfosis quedan sin resolver en el desenlace. El espectador queda en libertad de suponer lo que prefiera
sobre este particular (1). La androginia del intérprete sirve a la equivocidad
del desenlace. No puede afirmarse con certeza "de qué lado
está". Semejante ambigüedad tendría que afectar
trágicamente a su compañera femenina, cuyo eventual destino
depende de ello. Hemos observado, empero, que entre los jóvenes
espectadores no se concede importancia a esta cuestión: el argumento
no es más que un pretexto que su público tiende a desatender.
Por el contrario, a nosotros nos parece reveladora esa condición
de un personaje semejante, que pueda ser incorporado indistintamente
"del lado de acá" o "del lado de allá"
de la .muerte simbolizada en el vídeo: dicho personaje liquida
la vieja dicotomía entre la vida y la muerte, el bien y el mal.
Juguetea, baila a uno y otro lados y finalmente nos deja la duda acerca
de su compromiso definitivo. Hay en ello un signo de los tiempos, cuando
se ha optado por disolver, en efecto, las tradicionales antinomias,
en busca de una indeterminación que resulta cómoda para
muchos. Que sea o no ficticia es otra cuestión. Semejante actitud ante la existencia ha sido encarnada
satisfactoriamente, entre otros, por Michael Jackson. Otra interpretación pudiera ser la siguiente:
la personalidad de Michael Jackson simbolizaría la vida contrapuesta
a los horrores de la muerte en que tan pródigo es este vídeo.
Como quiera, se trataría de una vida también ambigua,
en cuanto se aproxima o se asemeja a la muerte durante unos tiempos
considerables. La bipolaridad vida-muerte queda de este modo diluida
o difuminada: la vida contiene algo de muerte, lo mismo que la muerte
contiene algo de vida (en el vídeo, movimiento, agitación
e iniciativa de los cadáveres). Aunque contradiga la tradicional oposición entre vida y muerte, hay que reconocer que un simbolismo semejante posee también justificaciones filosóficas e incluso biológicas. Anotemos, sencillamente, el dato de que a los jóvenes de hoy no les sorprenda que se haya saltado por encima de aquella oposición, ni que el vídeo finalice con la señalada impresión de ambigüedad. Ellos mismos son hijos de la ambigüedad. Las experiencias históricas que sus padres les han legado y el tejido mismo de su propio acontecer no se explican sino en el seno de la ambigüedad. Reactualización de la danza macabra La parte principal del vídeo es la danza de los
cadáveres. No se han escatimado en ella los planos repugnantes.
Sin embargo, éstos no impresionan a su público joven:
el cual no se detiene en la hediondez o la monstruosidad de los cadáveres
semiputrefactos. Interrogados directamente algunos adolescentes, sólo
señalaron acerca de los horrendos comparsas
un aspecto, y éste era positivo: "Bailan bien". Lo
demás no les importaba. Por tanto, la muerte es aquí
un pretexto para un espectáculo coreográfico. Ha quedado
relegada a una función instrumental, lo mismo que la simbolización
de la vida ha sido, por su parte, difuminada. Más concretamente, la muerte está subordinada
a la música y a la danza incluso de modo expreso. Se amenaza
en la letra a quien sea hallado "sin alma para ponerse a bailar".
Nos aparece así una ética de nuevo cuño: la disponibilidad
para la danza en cuanto valor moral. Éste va a ser sancionado
por los gesticulantes esperpentos que pueblan la pantalla. Debe movernos
a reflexión el hecho de que los jóvenes -tan reacios,
por lo demás, a casi todos los imperativos morales- acepten un
planteamiento semejante. Lo bueno y lo malo van a estar condicionados
por la capacidad danzante. Sería desviarnos de nuestro objetivo
llevar más lejos esta observación. Hemos de recalcar, sin embargo, que la muerte esta vez
parece no triunfar. Los protagonistas escapan de la amenaza personificada
por los cadáveres salidos de sus tumbas. Ello es relativamente
claro en lo que concierne a la joven: ha sido acosada, ha sufrido el
espanto de una persecución implacable, pero por último
elude a la muerte. Esta sería la conclusión obtenible
en el supuesto de que su equívoco amigo no fuera "otro
avatar" de la propia muerte, en cuyos brazos fuera a caer sin saberlo.
Esta segunda hipótesis correspondería a una profunda desconfianza
hacia la amistad, el amor, el conocimiento, etc.: demasiado demoledora
de unos valores que los jóvenes estiman en alto grado. Por esta
razón, hay que considerarla con reservas. Suponiendo, pues, la primera "lectura" de
este vídeo -que es también la más obvia-, tendríamos
en el mismo una inversión del significado tradicional de las,
danzas de la muerte medievales, donde se acentuaba su carácter
insoslayable. La actual generación joven, tan batida por los
pronósticos acerca de una hecatombe mundial, prefiere ver a la
muerte burlada. También la simbología barroca había
presentado, a veces, a la muerte burlada, fracasada o contrariada (2),
mas ello era siempre tras haber cumplido su misión: es decir,
tras haber arrebatado la vida a alguien, seguíase la inmortalidad;
las obras buenas, el afecto de los supervivientes, etc. frustraban el
perverso designio de la muerte. El caso es, por ello, muy diferente. Aquí, hoy,
la muerte " no logra matar"... Los repelentes muertos no sólo
causan más placer con su danza que espanto con su apariencia,
sino que amagan, amenazan, intentan... pero no consiguen atrapar a su
presa. Y son muchos: ¡meros figurantes! Un símbolo singular
ha devenido plural: la muerte personificada en el esqueleto armado de
guadaña, hoz o cualquier otro utensilio mortífero poseía
un vigor decisorio que ahora se ha desvanecido. Al ser simbolizada mediante
un colectivo -los muertos de este vídeo- se ha hecho perder también
gran parte de su eficacia a la realidad simbolizada. Juzgamos explicables estos deslizamientos cualitativos
de un simbolismo que había permanecido inalterado durante muchos
siglos. Son consecuencia de los fundamentales cambios que la propia
sociedad occidental ha experimentado desde la Edad Media acá,
pero más particularmente después del barroco, periodo
del postrer esplendor de estas figuraciones. Nada puede ser "lo
mismo" que entonces. Con todo, la visión del historiador del arte
-que tiene en mente las danzas macabras grabadas o a lo sumo pintadas,
pero en cualquier caso estáticas-, así como la del historiador
de la literatura -estudioso de las reiteradas admoniciones en aquellas
danzas macabras a cargo de cada uno de los personajes, desde el papa
y el emperador hasta el lisiado o el mendigo-, deben ser complementadas
recordando que dichas danzas macabras en su tiempo habían sido
realidad vivida, esto es, bailadas efectivamente para meditación
de los fieles. Éstos asistían a ellas y se les
fijaban mejor gracias a un componente básico musical y coreográfico.
No ha sido, por tanto, aportación de nuestro tiempo. Hay que
pensar, entonces, que la danza de la muerte debió ser menos
diferente en cuanto espectáculo de la que vemos en "Thriller". En cambio, la técnica del vídeo aporta
un "plus" en cuanto a realismo desgarrado y a verosimilitud
espeluznante, así como la fuerza agresiva de la interpretación
musical. Podemos admitir, en suma, que la contribución moderna
más bien se limita a la intensidad perceptiva: necesaria, por
lo demás, parra captar y retener la atención de los jóvenes.
Su lenguaje es éste y en él hay que interpelarles. Resumiendo, "Thriller" constituye una profunda relativización de la muerte: casi pudiera decirse que un destronamiento. La muerte no vence, ni siquiera asusta; sirve a una finalidad primordialmente lúdico-catártica, en cuanto motivo para una danza por nada trascendente, y arropa disimuladamente el despunte de una ética nueva.
Iconografía de su mascota "Eddie" Es "Iron Maiden" un significativo grupo de
rock-duro, con éxitos delirantes que no comparte, ni mucho menos,
toda la gente joven. Son muchos los que se tapan los oídos, reputando
excesiva su agresión sonora. Al parecer, los "fans"
de "Iron Maiden" se reclutan entre muy determinadas capas
de la propia juventud: habitantes de los suburbios, parados, "pasotas"
que en el fondo no lo son, etc. Su marginalidad es un hecho. Recordaba
su portavoz, Bruce Dickinson: "Llenamos a tope el "Madison
Square Garden" de Nueva York sin que ni una sola emisora de la
ciudad pinchara ni un solo disco de "Iron Maiden"" (3). Para un criterio exterior a aquellos ámbitos
no deja de ser paradójico que la vitalidad musical y social de
" Iron Maiden" se identifique con la figura de " Eddie",
el personaje que campea en las cubiertas de sus álbumes de discos.
Porque, ciertamente, "Eddie" es legítimo heredero de
la más atroz iconografía barroca de la muerte, cuando
se elegían momentos intermedios del proceso de putrefacción
del cuerpo humano para, estremeciéndole, inducir al contemplador
a un arrepentimiento de sus culpas. La referencia
a los "Jeroglíficos de la Muerte", de Valdés
Leal, se hace obligada. Pero los seguidores de " Iron Maiden" no se
estremecen. Antes bien, sienten hacia " Eddie" un sentimiento
cordial, amable, una especie de compañerismo no exento de cierta
ternura. ¡Tarea para psicoanalistas! Explícitamente le
consideran " el emisario de la muerte". No es una representación
de la muerte misma, por consiguiente, como su catadura pudiera sugerir.
De nuevo registramos aquí un quiebro para restar a la muerte
aquella majestad que había detentado antaño. Pero, ¿qué muerte? Aquí debe intervenir el análisis de las
letras de " Iron Maiden", donde se hace patente la ideología
del grupo. Consideran estos muchachos la sociedad donde viven como algo
despreciable, literalmente putrefacto. No olvidemos que el adjetivo
putrefacto fue predilecto para los pioneros del surrealismo en
España, que también se alzaban con violencia contra todo
lo recibido. La conciencia de vivir en un ambiente putrefacto
mueve a sublevarse contra el mismo y darle en rostro con la imagen de
su propia putrefacción. Ésta sería personificada
por "Eddie". Denuncia y al propio tiempo azote. Espejo y ajuste
de cuentas. Insulto y desquite justiciero. Las sucesivas apariciones de "Eddie" han marcado
una hilación levemente argumental: en los intervalos entre un
álbum y el siguiente han podido irse precisando detalles de lo
que en principio debió haber sido una imagen aislada. Se asiste,
entonces, a un "crescendo" en el horror de su aspecto: cuando
el "querido monstruito" ha sufrido una trepanación
y muestra su cráneo pelado, es aún más desagradable. Examinemos la progresión en el tratamiento gráfico
de siete cubiertas de L.P. de " Iron Maiden". 1) Presentación de "Eddie" en cuanto
definitorio del conjunto musical, seguramente sin la certidumbre de
que hubiera de necesitar continuación. El título del álbum
es el mismo del conjunto: "Iron Maiden". En esta cubierta,
" Eddie" se perfila en un ambiente nocturno sólo iluminado
por una farola anticuada. Junto a ella, una papelera rebosante de basura:
símbolo muy directo de la denostada sociedad actual. Tras "Eddie",
un murallón de piedra pudiera inducir sensaciones claustrofóbicas.
No se han regateado medios para que el conjunto sea angustioso. El dibujo
del personaje es sinuoso y detallista. 1, a) También ha circulado otra cubierta para
este primer álbum, concebida y realizada evidentemente por diferente
grafista. El dibujo ha sido sustituido por una fotografía. Con
ello, el individuo disfrazado de "Eddie" pierde por completo
su horror: no es más que una máscara carnavalesca. Lo
que en dibujo se puede aceptar como verosímil, en fotografía
se rechaza como simulación. Delante de " Eddie" , a
gatas, una mujer de mirada felina, cuyas manos se apoyan en el suelo
del modo más apto para semejar garras. Sólo se cubre con
un sujetador y un portaligas que no impide vislumbrar el vello pubiano.
Por otra parte, el arqueamiento de su cuerpo resalta la curva glútea.
Calza unos zapatos de alto y afilado tacón. La combinación
de la fealdad de "Eddie" y la belleza perversa de la joven
debiera sugerir unos contenidos -afines al ciclo de "La bella y
la bestia"- que no serán recogidos en lo sucesivo. Entendemos que la ejecución de esta portada desvía
la atención hacia aspectos que no serán tratados nunca
en lo sucesivo: la atracción sexual de la mujer no es un elemento
dominante en la producción ni en la ideología de "Iron
Maiden". Lo hallaremos sólo accidentalmente y muy condicionado
por la presencia del emisario de la muerte: no, como aquí, "de
igual a igual" respecto del mismo. 2) "Killers" fue el segundo título
grabado por "Iron Maiden". Su mascota, que ya no necesita
presentación, aparece esta vez en acción: cometiendo un
asesinato, efectivamente. Para ello empuña un hacha chorreante
de sangre; las manos de la víctima se aferran a su camiseta,
en un último y vano esfuerzo para resistir antes de desplomarse
definitivamente: sólo se ven esas manos, por lo que queda ignorado
quién haya caído bajo los brutales hachazos. En el fondo
urbano, otra vez nocturno, entre las aberturas iluminadas que perforan
las tinieblas, pueden distinguirse una " Sex-Shop", por una
parte, y una mujer desnuda en una ventana, escondida entre cortinajes,
por otra. Habrá que volver en otra ocasión sobre esta
coexistencia de muerte y sexo, que no es ni casual ni nueva. 3) "The number of the Beast". Iconográficamente,
es quizá la más elocuente de las cubiertas, dado que presenta
una jerarquización reconocible: "Eddie" sostiene con
una de sus garras, que se adelanta en agresivo escorzo, una marioneta
cuya apariencia es la tradicional del demonio: un demonio poco temible,
más bien divertido, pero que a su vez maneja otra marioneta,
minúscula, que representa a un ser humano. Pesimismo antropológico.
Las llamas, la destrucción y el caos al fondo completan una ambientación
apocalíptica, acorde con el título elegido. 4) "Piece of mind". Aparece "Eddie"
aherrojado en una celda acolchada, embutido en una camisa de fuerza
y rígidamente encadenado. Ha perdido su abundante cabellera,
por lo que se puede distinguir en su cráneo, serrado circularmente
por la base, el reajuste posterior que se le ha operado, sujetando las
piezas mediante unas placas de metal: se supone una intervención
quirúrgica encaminada a eliminar su perversidad, que hipotéticamente
habría estado localizada en la parte de su cerebro extirpada
de este modo. Pero alguien -se deja adivinar que los miembros de "lron
Maiden"- abre la puerta de la celda para permitir una inmediata
fuga del monstruo. En tal caso, retornará a un mundo de tinieblas
donde continuar su función destructora. Es difícil reunir
la expresión de más rabia, horror, demencia y capacidad
aniquiladora que en esta cubierta: la quietud de la escena es sólo
aparente, porque el dibujo trasluce la tensión de todos aquellos
factores aparentemente reprimidos. 5) "Powerslave". Hay un contraste brusco respecto
de las demás cubiertas y en particular la precedente. Esta es
la única que aparece bañada en luz solar. Casi comunica
tranquilidad, aunque no se pretendía tal cosa, sino una nueva
exaltación de la muerte. Ahora bien, el grafista ha incurrido
en el tópico que asocia la cultura faraónica con el imperio
de la muerte. "Eddie" está muerto y yace momificado
como un faraón del antiguo Egipto. El falso ambiente egiptizante
permite una grandiosidad inesperada en este contexto. La atención
a la muerte por la muerte insiste en la temática propia de la
serie, pero su formulación gráfica es muy otra. Tras la
cota máxima en espanto, alcanzada en "Piece of mind",
se echaba de menos un respiro o un alivio, pero ignoramos si ello fue
deliberado. " No está muerto AQUÍ MIENTE R.I.P. Esta inscripción, como otras visibles en el cementerio, contiene un juego de palabras: puesto que "to lie" significa igualmente "yacer" y "mentir". Por ejemplo, otra lápida reza: "Aquí miente Los textos lapidarios añaden, pues, un nuevo
contravalor a los muchos que ya sobrecargaban a "Eddie": la
mentira. Permiten, además, una nueva hipótesis interpretativa:
¿se intenta sugerir que la muerte es mentira o engaño?
Frente a la concepción, incluso profana, de la muerte como reposo,
se propondría una alternativa desazonante: no hay tal descanso,
sino mal y destrucción interminables. Ahí está,
bien visible, "Eddie" resucitando... Queda relegada a la contracubierta una perspectiva del
cementerio bajo la luna llena, cuyos claroscuros en azul sobre blanco
añaden a la desolación un toque de misterio. Varios detalles
pueden ser más comentados: una serpiente enroscada en una de
las cruces; un gato negro -animal brujeril-, de ojos refulgentes, coronado
por un halo como el que ostentan los santos en la iconografía
cristiana; una flor roja, única nota de vida en esta extensión
mortuoria. Con el cementerio en primer plano, se divisa al fondo una
ciudad con sus rascacielos iluminados. Dos de los rayos han alcanzado
a sendos rascacielos, que se desmoronan. Muy próxima a la luna,
una figura en perfil negro pudiera ser tomada por una bruja si no empuñase
tina inconfundible guadaña. En suma, "Eddie" vuelve
por sus fueros, rodeado de los atributos más indeseables: muerte,
fuego, destrucción, brujería, tormenta... y mentira. Algunos de nuestros informantes jóvenes opinan
que a partir del sexto álbum " Iron Maiden" ha iniciado
un declive: de hecho, en aquel álbum habían repetido algunas
de sus creaciones de más éxito en anteriores etapas. Es
explicable que el grupo se haya amanerado: una posición tan extrema
como la suya no puede mantenerse mientras se evoluciona. Es preciso
fijarse en ella, sin evolucionar, o bien optar por las experiencias
nuevas a costa de unas maneras ya, probadas y, además, bien acogidas. Su opción es comprensible. Ellos han preferido
mantenerse donde estaban (lo cual tampoco es exactamente posible: quien
no avanza, tómese como se quiera, en puridad retrocede). La crítica
de su último concierto en Barcelona no se tomaba en serio su
aportación musical, reconociendo en cambio que la fuerza del
fenómeno " Iron Maiden" debe inscribirse en la órbita
religiosa (4). Considerando globalmente las unidades iconográficas
que hemos descrito, se aprecia que la mayoría de ellas representan
situaciones "terminales" [excepciones, 1,a) y 7)]. Ello es
consecuente con el simbolismo de " Eddie" , tan estrechamente
vinculado con la muerte. Sin embargo, la reiteración en su vuelta
a la actividad autoriza a sospechar lo apuntado en "Live after
death": a saber, que la muerte es una trampa más de la sociedad
y la única realidad es una destrucción feroz, perpetua,
irremediable. Cuando todo un mundo futurible se alza de nuevo ante los
ojos en la cubierta de "Somewhere in time", habría
que cavilar si no subyace aquí una cíclica renovación
universal -aniquilación y resurgimiento indefinidamente repetidos-,
de lejana descendencia hindú. Para los ideadores de "Iron
Maiden" está muy claro que no deben agotarse las oportunidades
de que "Eddie" prosiga sus atrocidades. Contenidos ético-sociales Sin embargo, no debe echarse en olvido que "Eddie"
no es más que la introducción visual a un mensaje fundamentalmente
sonoro; secundariamente literario; y ocasionalmente escenográfico,
durante las actuaciones del conjunto en directo. La música de
"Iron Maiden" pretende, efectivamente, sacudir, golpear e
irritar: desafío a pleno volumen. Contra esta sociedad que se
aborrece no caben más que la agresión y/o el anuncio de
su muerte... Pero no es la suya una música mortuoria, sino todo
lo contrario, desaforadamente vigorosa: trompetas frente a Jericó
que pretenden el desmoronamiento de sus murallas (= toda una sociedad).
Mario Vargas Llosa, en su propia familia, ha recogido una de las innumerables
experiencias concomitantes: "... y esa misma noche descubrí
que la canción de Bob Marley que más oía en su
casetera portátil, con los ojos cerrados, como en oración,
recitando su letra, se titulaba "Burning and looting" y profetizaba
"incendios y saqueos para esta misma noche"" (5). Para amplios sectores de su público, las letras, empero, son solamente un elemento accidental. Pese a ello, nadie les puede arrebatar el valor de explicitar el sentido de "todo lo demás" que el grupo ejecuta. Algunas de ellas descubren en "Iron Maiden" sentimientos harto alejados de su destructividad más aparente: incluso ternura. Así, en "22 Acacia Avenue", los términos en que se canta a una ínfima prostituta: "Charlotte, ¿no puedes escapar de toda esta locura? No cabe duda que estos jóvenes desean un mundo
diferente. Su opción consiste en destruir primero el actual,
cuya solidez impide la aparición del otro. Por eso enarbolan
con tanto entusiasmo a su "emisario de la muerte" y procuran
participar del furor del mismo. Destrucción o muerte simbólicas
y musicales, pero que hallan traducción efectiva y afectiva en
los sectores más radicales... o más consecuentes. Son atraídos por todo lo siniestro y de ahí
sus encuentros con el satanismo, en cuanto otro camino cara negar, contrahacer
o aniquilar. Experiencias tan viejas como la historia: "el número
de la Bestia" es uno de los innumerables símbolos del Apocalipsis
y el aquelarre ha sido identificado desde tiempos muy remotos. El papel
que en ello puedan desempeñar los alucinógenos probablemente
es considerable (6); y entre los actuales seguidores de " Iron
Maiden" la droga es, por desgracia, un paso más demasiado
comprensible. No es fácil, en efecto, deslindar la vida de la muerte. "En la muerte está la vida", repetían los emblemistas del siglo XVII. Y viceversa (7). La muerte es juzgada necesaria a modo de limpieza (= purificación), previa a la salvación. ¿Que el grupo de "Iron Maiden" la hace presente con brutalidad insoportable? Cuestión de perspectiva. También podemos juzgar insoportable para nuestra sensibilidad la macabra profusión de calaveras, huesos, esqueletos, féretros y otros emblemas funerarios en los monumentos barrocos... La muerte como espectáculo cotidiano Los dos ejemplos de cultura juvenil que hemos presentado
deben ser enmarcados en la vida cotidiana de sus destinatarios. La televisión
ha hecho que para los jóvenes de hoy la muerte sea evento cotidiano
y por ello trivializado: la presenta ante sus ojos tal como es, con
el verismo de la filmación noticiaria. Cuando la programación
hace coincidir los telediarios con las horas de comer, se registra,
encima, la aberración de que el espectador asista a unas visiones
de muerte real mientras come, bebe o se relaja. El deber informativo
de los reporteros estimula a éstos a filmar preferentemente los
primeros planos más sobrecogedores: cadáveres insepultos,
destrozados o quemados; cuerpos troceados, diseminados aquí o
allá, tras una explosión o un accidente de aviación;
descubrimiento y excavación de cementerios clandestinos... Una
galería de horrores que deja chiquitos a los más tremebundos
ideadores barrocos. Porque no es ideación, sino la cruda realidad
misma. Sólo alguna vez el encanto y la delicadeza predominan
sobre el componente tanático: tal fue el caso del reportaje sobre
la niña Omayra Sánchez, que llena de dulzura hablaba en
su cepo mortal de su pena por haberse perdido las últimas clases
de su escuela... Mas el encanto de la niña no anulaba que su
situación fuera de agonía y muerte. Fríamente observadas
a distancia. Ello ha conducido a una habituación respecto de los aspectos más cruentos de la muerte. Si se reconoce que dicha habituación es un hecho, resulta más fácil comprender la trivialización o la instrumentalización que hemos documentado anteriormente. La escala de lo doloroso o de lo horrible ya no es la misma para la actual generación joven que para la inmediatamente anterior. Haberse formado "con tele" o "sin tele" se convierte en dato decisivo sobre la sensibilidad colectiva. Los jóvenes no experimentan la contradicción de contemplar el primer plano de un cadáver abrasado o mutilado mientras paladean sibaríticamente un helado. Conservan, sin embargo, la conciencia de que la muerte significa terminación; y aquella indiferencia ante las muertes ajenas contrasta con la energía que dedican a rehusar que se les hable de la suya propia. No quieren "terminar": es decir, terminar de disfrutar, correr, reír ni copular.
Si esta línea de indagación se continuase,
si los resultados ulteriores fuesen homologables con los recogidos aquí
y si finalmente llegasen a conformar todos ellos un "corpus"
científicamente presentable, podría pensarse en formular
algo así a modo de resumen: a) Aunque desvalorizada respecto a la prolongada
tradición de la cultura occidental, la muerte conserva para los
jóvenes unos restos de valor simbólico, que se emplean
al servicio de contenidos éticos actuales, harto alejados de
la ética judeocristiana, b) Dichos restos comportan la carga negativa
propia de la muerte, reinterpretada por y para la juventud. b,l) Ello se debe a la comprobación -inseparable
de la experiencia humana- sobre el carácter terminal de la muerte.
Si más no, puede recordar un rito de paso (= es preciso morir
para pasar a una situación nueva, una sociedad más
justa, un ambiente totalmente hedonista, etc. No necesariamente alude
a una salvación religiosa, que los jóvenes a menudo son
reacios a concebir). b,2) La habituación ha erosionado, en
cambio, los aspectos más desgarrados de la muerte: ya no se evitan
las visiones horrendas. Antes bien, se buscan como un recurso simbólico-mercadológico
entre otros. Por la misma causa, los nuevos sentidos simbólicos
de la muerte carecen de alcance escatológico. Se trata siempre
del aquí y ahora. El ideal máximo puede consistir, por
ejemplo, en una sociedad feliz. c) Se registra la aceptación de una estética
nueva, por la que es asumido lo pútrido y lo espantable. Hay
muy nobles precedentes de ello, desde las "pinturas negras"
de Goya, pasando por los aguafuertes sobre "La guerra" de
Otto Dix, hasta el surrealismo y otros "ismos" posteriores.
Pero el talante actual y sobre todo la insistencia temática distancian
mucho de tales antecedentes. d) Esta actitud ante la muerte es una manifestación
más de la radical diferencia de la juventud actual -o, por lo
menos, de determinados sectores muy caracterizados de la misma- respecto
de las generaciones anteriores, si bien sea irrompible el "cordón
umbilical" que las une entre sí: esto es, la condición
humana, en virtud de la cual continúa siendo preciso recurrir
a símbolos para expresar ciertas nociones elevadas, abstractas
o complejas. La terrible sonrisa de "Eddie" lo confirma desde las cubiertas de sus álbumes.
NOTAS
(2) Cf. Federico Revilla, "Particularidades de la simbología funeraria dieciochesca: tres ejemplos representativos", esp. pp. 27-30 y 34-37, en Cuadernos Internacionales de Historia Psicosocial del Arte, núm. 3, Barcelona, 1933. (3) "Soy un idiota", en Rock Spezial, número dedicado a "Iron Maiden", p. 10. (4) Miquel Jurado, "Una religión", en El País. Madrid, 3 diciembre 1986. (5) Mario Vargas Llosa, "Mi hijo el etíope", en El País Semanal. Madrid, 16 marzo 1986, p. 33. (6) Incluso para los venerables ritos eleusinos se ha justificado la hipótesis de una experiencia provocada por hongos alucinó senos. Cf. R. Gordon Wasson, Albert Hoffmann y Carl A. P. Ruck: El camino a Eleusis. Fondo de Cultura Económica, México, 1985. (7) Juan de Horozco y Covarrubias, Emblemas Morales... Tercera parte. Zaragoza, 1604.
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