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Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días
marinos. Vicente Aleixandre (1) Estos bellísimos versos dedicados a Málaga
no hacen sino poetizar unas claves de identificación del lugar
que la Historia, los poderes dominantes y aquellos que usaron la ciudad
de una u otra forma, se habían encargado de elaborar en un proceso
cronológico que abarca casi tres mil años. De ella se
incentivó aquellos factores más llamativos que, como constantes,
nos remitieran siempre a una lectura del lugar basada en lo lúdico
y lo próspero, aun en períodos en los que la realidad
hubiera obligado a oponer otra imagen. Sin constituir nunca una capital hegemónica,
ni siquiera de la región, se mantuvo en una posición digna
debida, esencialmente, a la actividad que se desarrolló en ella
y que dependió directamente de su ubicación geográfica.
Por ello, al buscar las bases de definición de Málaga
las encontramos a partir del mismo momento en el que sus fundadores
decidieron asentarse en ese enclave específico que marcan las
coordenadas 36° 42' 48" latitud N. y 0° 43' 6" longitud
W, en el litoral del Mediterráneo occidental. En todas las referencias existentes sobre la ciudad,
desde la Antigüedad hasta nuestros días, su SITUACIÓN
GEOGRÁFICA, y como consecuencia el clima, son los primeros
signos identificables del lugar, concibiéndose como responsables
de una posición de privilegio que tendrá su respuesta
en el favorable desarrollo y expansión del enclave urbano. Ya en la Ora Marítima, y sin meternos
en la discusión sobre la existencia (2) o situación (3)
de Mainake o si es o no el origen de la actual Málaga,
se la describe ubicada en un espacio singular, junto a un lugar elevado
(como resguardo natural y ventaja estratégica) y al pie de una
marisma y un puerto seguro. Igualmente la Malaqa fenicia responde a
una situación geográfica similar. Sobre una colina de
la Alcazaba, de 51 m. de altura, protegida a su vez por el monte Gibralfaro,
de 132 m. de altitud máxima, y a cuyos pies moría el mar,
conformando un puerto natural de fácil fondeaje (4). La configuración del terreno se adecúa
a una de las propuestas de Platón en la que se invita a la combinación
de la llanura, como lugar más idóneo para un asentamiento
urbano y las ventajas de una protección natural montañosa
(5), que en el caso de Málaga se completa con su posición
marítima. De esta forma, desde su origen se da esa adecuación
entre ubicación/ función que se proyectará como
símbolo de valoración y es un punto de remisión
al que en cualquier época se recurre para plantear esa primera
lectura potenciadora de la ciudad, siendo múltiples los ejemplos
que confirman esta hipótesis (6). El sentido marítimo parece ser el factor más llamativo y así la definen a primera instancia Estrabón (7), el moro Razi (8), Gutiérrez Díez de Gámez en el Vectorial (9), Llitrá (10), Pedro Pacheco en el XVII (11), o ya en el XVIII Álvarez de Colmenar (12) o la mayoría de los viajeros en ese siglo, y del XIX como Francis Carter, Ingles o Roberston (13). Sin embargo, otros accidentes geográficos también se ponderan. Tafur y Pedro Niño (14), en el XV, destacan su condición de llana, y otros como El Idrisí su situación al pie de un monte (15). Ibn Batuta reconoce las ventajas de la combinación mar/montaña afirmando: Málaga es una de las más bellas ciudades de España, reúne las ventajas de la tierra firme y el mar (16), citando esta peculiaridad también Al Saqundi
(17) y Francis Carter (18). Pero no es tato la situación geográfica
sino su consecuencia lo que realmente se connota. Desde las primeras
referencias, es el CLIMA el factor que interesa, ampliándose
su contenido, con la consecuencia que de él se genera. La primera
será la fertilidad del suelo, haciendo constantes referencias
a la calidad y abundancia de sus frutos. En época romana será
el garum, en la islámica los famosos higos de Rayya y las hierbas
aromáticas, y siempre las vides y el vino, las pasas, las almendras,
los árboles frutales, el lino, que aparecen reseñados
incluso en las cartelas de las imágenes impresas de la ciudad
como la del CIVITATIS ORBIS TERRARUM del siglo XVI o el THEATRUM HISPANIAE
EXHIBENS REGNIS URBES, del XVII, y que, como veremos después,
serán la base de la economía dominante de la ciudad y
la justificación de su prosperidad. Este concepto se convertirá en símbolo
cuando se asocie al de exuberancia, para terminar calificando a la ciudad
como PARAÍSO. La idea se desarrolla especialmente en época
islámica y, como se ha visto, perdura hasta el siglo XX. Desde
el moro Razi, pasando por el Idrisí y, sobre todo, con Ibn Al
Jatib en su Parangón entre Málaga y Salé
(19), Málaga se convierte en un enclave privilegiado expresado
en su frondosa vegetación y en la abundancia de agua, habiendo
constantes referencias a sus huertas y alcázares ajardinados
y a los pozos de agua dulce de los que se abastecían sus moradores.
Teniendo en cuenta la mentalidad islámica y lo que significa
para esta cultura la vegetación y el agua, la insistencia en
la abundancia de estos elementos hace fácil la interpretación
de la clave paradisíaca del lugar. Desde la noticia histórica corno la de Ajbar Machmuia (20) a geógrafos, viajeros y otros cronistas, la referencia a una ciudad jardín se potencia con bellísimas, poéticas y exageradas frases, como por ejemplo la de Al Saqundi, que comenta que las fincas malagueñas se parecían: A las estrellas del cielo, por su gran número y por el esplendor de su brillo (21). El mensaje perdura, porque en el siglo XVII Pedro Pacheco comenta: Empieza con unas hermosas huertas, pobladas de muchos naranjos y otros
géneros de frutales... y viñas, y es el trato principal
de esta tierra por ser el mejor y más en abundancia que en todos
los lugares de la costa (22). La realidad, sin embargo, no debió ser tal y como nos la presentaron estos autores. La contraposición a la excelencia narrada en el Parangón... de Jatib nos la da el mismo autor en su descripción poética del reino de Granada cuando frente a En cuanto a belleza y lozanía, si alguno pretendiese que en el mundo no hay otra ciudad de más bello contorno, ni más copiosa en plantíos y viñas ni más aromática en flores, ni más brillantes en el cielo, no será desmentida su pretensión ni vituperado su parecer. Porque toda ella no es otra cosa que vergeles y estanques y fuentes y jardines recamados de arroyos y gratas mansiones de trinadores aves opone una ciudad llena de muladares y focos infecciosos, con calles estrechas y tortuosas, en fin... una selva intrincada (23). Llintrá comenta algo similar refiriéndose a calles tristes y estrechas y casas cuyas fachadas tenían muy mal aspecto (24). A pesar de todo, entre la recreación y la realidad esta imagen debió ser ajustada, porque tanto Alonso de Palencia (25) como Fernando del Pulgar (26), cronista de los Reyes Católicos en la toma de Málaga, resaltan este aspecto, el mismo que hace lamentar a Münzer, en 1494, el abandono en el que se encontraba a los pocos años de la conquista (27). A pesar de ello, la imagen de proyección mantiene este concepto, hasta el punto de que, a finales del siglo XVIII, Carter dice: La Fortuna parece haberle asegurado a esta noble ciudad una felicidad ininterrumpida (28). La combinación de estos factores se verterán
en la funcionalidad de la ciudad en los contextos históricos
y económicos. El enclave es entendido como una posición
de privilegio también en el aspecto de comunicabilidad, situación
ampliamente aprovechada ya en origen por fenicios y romanos. Los primeros eligieron el lugar para fundar una colonia
eminentemente comercial y que, de ser una más de su programa
colonizador en el Mediterráneo, pasó a convertirse de
las principales por la calidad de sus productos (salazones preferentemente),
y por las ventajas de su posición con respecto a las comunidades
comerciales (29). Los romanos entendieron también estas circunstancias,
siendo denominada por Estrabón: y, además, por ser vía de enlace con el
Norte de África y con el interior, apreciando las posibilidades
de esta circunstancia y la que ofrecía la cuenca del Guadalhorce
con la Vega de Antequera y la zona minera de más hacia Occidente
(31). Por la misma razón, y a partir de Roma, fue un punto clave
en el Mediterráneo, por su situación estratégica
ante África, siendo utilizada con la misma importancia en el
aspecto político-militar (32), y a partir de aquí se fija
la función y el uso de Málaga en la historia. Es esa doble vertiente de comercial y militar la que
lleva a establecer unos signos de directa interpretación en el
lenguaje de la imagen-símbolo. Lo usual va a ser que la visión
de la ciudad se haga desde el mar, quizás mediatizada por esa
vía de comunicación que actúa como principal elemento
gestor de la actividad del lugar. Situada desde un punto de vista imaginario,
Málaga se presenta definida por la configuración de unos
perfiles que marcan los límites del espacio. Al norte y en la
parte superior, un sistema de acotamiento formado por una serie de montañas
que cierran la Hoya de Málaga, y al sur el mar, recogido en una
bahía que asume la función de puerto. La cerrada limitación de este espacio sugiere la idea de aislamiento y justifica la posibilidad de su excepcionalidad. Nunca en las imágenes que se realizan se materializan esa fecundidad del suelo mediante la descripción de sus frutos. Hay que recurrir a la narrativa literaria para interpretar estas claves mediante las alabanzas a la calidad de sus productos y la prosperidad que genera su comercialización. De nuevo es Ibn Al-Jatib, en el siglo XV el que más definitoriamente fija el concepto: Tocante a la vida económica Málaga tiene la flecha mu'alla (33) y la corona adornada, pues en cualquier modo que se mire lleva notable ventaja, a causa de los ingresos considerables de sus tierras comunales y del excedente de los productos de su Vega... hablemos ahora de la prosperidad, apoyada en escogidas pruebas, y ninguna sirve mejor para el caso que las alhajas, los perfumes, las túnicas de brocados, las chilabas, los jardines de aspecto maravilloso, los alcázares construidos en las faldas de las montañas, las huertas de espesas sombras, las albercas que murmuran con su agua dulce y limpia, los trajes llevados con elegancia por cuerpos bellos y flexibles como ramas, las bodas de rumbo que denotan el desahogo de las situaciones y los ajuares de novia valorados en miles... y siempre, desde la crónica escrita, su calidad comercial es el valor que se pondera, también desde el punto de vista cristiano, estableciéndose como otro de los principales signos de identificación de la ciudad. Antonio Ponz relaciona los factores antes aludidos y así justifica que Málaga sea: Una de las ciudades más de mi gusto... por su situación en el seno del golfo marítimo de su mismo nombre, hermoso y esparcido... como por las otras circunstancias de su temperamento, frutos de la tierra, comercio actual y población (34). En el campo de lo visual la elaboración de signos
que contengan estos contenidos se ven sometidos a un proceso transformador
que va desde la descripción del elemento significante, desde
el plano de lo observado y transmitido en formas identificables, a su
reconversión en símbolos mediante la asociación
y la contextualización. Las líneas-perfiles a las que se hace referencia
se transforman en las claves esenciales de identificación. en
el campo visual, significando la doble función comercial-militar
mediante la reconversión de dos hitos arquitectónicos
en símbolos: el mar-puerto y las montañas-castillo. Qué duda cabe que el puerto, situado en la parte anterior de las imágenes, sirven de enlace y conductor al espectador, facilitando y vehiculando la lectura a través del recorrido de toda la vista/imagen, como elemento protagonista en primer plano. De hecho, siempre fue un punto referencial destacado. El primer testimonio lo encontramos de nuevo en la Ora Maritima, donde se dice: Malacaeque portum semitan tetenderit (35), y aunque no fue hasta Felipe II cuando se construyó el primer muelle (36), su importancia se deja ver cuando, en época islámica, se supervalora su condición física hasta el punto que un autor anónimo escribe: Sobre la marina está la ciudad de Málaga, en donde hay una de las maravillas de la tierra, que es una calzada (muelle) construido sobre la misma playa de piedras asentadas con orden, que contiene y rechazan fuertemente las olas del mar. Y se asegura que la colocación de estas piedras fue obra de un solo hombre, aunque las menores de ellas pesan un quintal y más, y así es cosa admirable para quien lo ve y considera (37). A lo largo de toda la Edad Moderna captó la atención
de la Hacienda y sus intereses se tradujeron en una amplia cartografía
que describía minuciosamente los procesos de remodelación
y ampliación que sufrió hasta el siglo XVIII (38). Esta
preocupación debe interpretarse como sinónimo de técnica
y en consecuencia de progreso, en el que querían ver inmersa
a Málaga como exponente de una política gubernamental
que potenciaba su gestión y demostraba, así, la consideración
que merecía Málaga como ciudad importante del Reino por
sus actividades comerciales y militares (39). Ya en la primera imagen que, se conoce de la ciudad,
de Van der Wyngaerde de 1564 (lám.
1), en un dibujo preparatorio el autor sitúa en la bahía
la flota que la monarquía envió al Peñón
de Vélez de la Gomera para tornarlo, cuya crónica impresa
debía recoger el pintor y fue la causa de su visita a Málaga,
poniéndose de evidencia con ello el uso de la ciudad en esos
momentos para el Reino (40), y es que a medida que la situación
de la Corona se debilitaba, la crisis en la que se sumía el país
repercutía en Málaga en el decrecimiento de la actividad
comercial y el consiguiente empobrecimiento defensivo-militar, por lo
que el Puerto mantuvo su papel hegemónico en el concierto histórico-urbano,
y su señalización en textos e imágenes fue siempre
preferente (41). Visualmente, las transformaciones que sufrió
desde el siglo XVI al XVIII apenas quedan reflejadas en las imágenes
impresas. Aparte de la citada y la del Civitates (lám.
2), hay que añadir la de Les Delices d'Espagne de
Álvarez de Colmenar (lám.
3). En las tres, su calidad portuaria se especifica por la importancia
dada a la zona marítima y su actividad señalada por los
barcos representados, omitiéndose las obras sobre el muelle,
salvo en la de Wyngaerde, que por su carácter de topógrafo
registra la incipiente obra filipina. Como admite Carter, eran las únicas
que se conocían y que se repetían en la mayoría
de las publicaciones. Francis Carter mantiene este mismo esquema aunque potenciando
aún más los dos perfiles básicos: mar-castillo
al casi eliminar la franja intermedia donde se encuentra el caserío
y los principales hitos arquitectónicos (lám.
4). Sin embargo, dedica una lámina entera al puerto, descrito
con detalle el muelle como clara expresión de intereses por la
técnica y la ciencia propia de la mentalidad más avanzada
del siglo y de la que los ingleses eran pioneros (lám.
5). Años más tarde Ponz hace una escueta descripción,
definiéndolo por su doble función comercial y militar
(42). En el siglo XIX las imágenes se amplían
considerablemente; sin embargo, permanece como constante esa visión
desde el mar donde el puerto se carga de poesías y mensajes paradisíacos
con lo tranquilo de sus aguas, salpicadas de múltiples embarcaciones
cuyos mástiles y velas enriquecen plásticamente a la imagen,
sirviendo como un factor potenciador de ella y connotándose así
como elemento que aumenta los valores de la ciudad. Pasados los problemas bélicos de siglos anteriores
es su función originaria la que prevalece en el XIX. Teniendo
en cuenta que la ciudad prosperó precisamente por la recuperación
del comercio, que fue el que generó el despegue industrial, su
función de enlace con pueblos y mercados adquirió un papel
hegemónico, emblematizándose en la Alegoría
de Málaga que Ferrándiz elabora para decorar el techo
del Cervantes en 1870 (lám.
7), mediante los objetos que descansaban en sus muelles, de los
que resaltan los suntuarios, para volver a retomar aquel mensaje de
prosperidad que siglos atrás se había proyectado. El otro símbolo de la ciudad lo constituye el
Castillo, el conjunto Alcazaba-Gibralfaro, institucionalizado por los
Reyes Católicos cuando, por R. Cédula de 30 de agosto
de 1494, se señala su presencia en el escudo de la ciudad (43).
Domina jerárquicamente el lado derecho del perfil superior, potenciándose
por la elevación natural del monte, como aparece en el Civitates
o en Les Delices..., y la cuidada descripción de sus torres
y murallas según se aprecia en Wyrtgaerde. Convertido en símbolo en el mismo momento de la toma de Málaga por Tariq (44), su sentido de fortaleza inexpugnable (45) significará el factor defensa/ protección y en la pormenorizada descripción de sus torres, murallas e interior, en textos e imágenes, asume el concepto medieval de dignificación de un espacio, constituido en emblema de jerarquía y dignidad. Así debe leerse la exaltación que de él hace Ibn Al-Jatib: Se asienta en el monte como en un trono... y Dios la ha colocado en un lugar excelso. Especialmente ponderado en las fuentes árabes
y en las crónicas cristianas inmediatas a la toma de la ciudad
(46), dejó su parcial función lúdica, por lo palatina,
de la época islámica para convertirse en un recinto netamente
militar, coordinándose con la especialización artillera
que la ciudad cobró en la Edad Moderna (47). Atalaya para los viajeros del siglo XVIII y XIX, permitió
invertir la tradicional vista de la ciudad desde el mar, presentando
otra visión donde el caserío impondrá su dominio
visual (lám. 6). Con
el Romanticismo sus perfiles se disgregarán en una serie de secuencias
visuales donde se describe con mayor o menor carga de objetividad según
se use como exposición del Historicismo romántico o por
su sentido de ruina, con toda su carga poética. Abandonada desde
el siglo XIX como recinto militar, el barrio de humildes casas que se
construye en su interior vino a sumarse al mantenimiento de esa imagen
negativa de lo marginal y pendenciero pero cargada de tipismo por el
resalte de lo folklórico. Si el Romanticismo la dejó caer en la ruina,
el Realismo pictórico la recupera para la Historia haciéndolos
sinónimo de cultura y tradición por significar el pasado
y el linaje, al centrar el límite posterior la Alegoría
de Málaga de Ferrándiz. Y, como emblema descontextualizado
se mantuvo en el siglo XX cuando César Álvarez Dumont
los elimina de la referencia a la ciudad que hace en la visualización
del lema de Siempre en defensa de la libertad, para el Salón
de Juntas del Ayuntamiento de Málaga (lám.
8), pero presente como un signo inequívoco de la ciudad en
el escudo que centra la composición. Si puerto y castillo son los signos cuya connotación
se ha mantenido invariable a lo largo de los siglos, la ciudad en sí
misma se ha ido cargando de significación a partir de los hitos
arquitectónicos resaltados en ella, según los intereses
de cada época. Cuando hablamos de perfiles se jugará con dos
elementos básicos: las murallas y las construcciones eclesiásticas.
La primera es el signo de prestigio que determinaba la categoría
de la ciudad en la Edad Media (48). Asociada a los símbolos ya
analizados, vienen a tildar el significado de plaza fuerte, a la vez,
la constante atención de la monarquía sobre ella y el
detenimiento descriptivo que se hace en las imágenes impresas
se confirma como significante en el plano general de la península. El segundo, símbolo del cristianismo; lo connota
de un nuevo valor: el de ciudad cristiana. La importancia de la conquista
se manifestaba en correspondencia con el esfuerzo para conseguirlo.
Conquistada, el símbolo de su sometimiento era el de su castellanización,
donde la imposición de un nuevo orden religioso suponía
el relevo de la cultura anterior. Si los alminares se convirtieron en campanarios como
en otros lugares es suponible, aunque no hay constancia documental;
de hecho, el libro de los Repartimientos consigna la cesión de
las mezquitas menores a particulares (49), sólo de la mezquita
mayor se sabe que se consagró en catedral, otras fueron cedidas
o anexionadas a iglesias de nueva fundación, como la de Santiago,
en la, que se construyó ex-profeso un campanario mudéjar.
Las cuatro parroquias iniciales: Sagrario, Santiago, San Juan y Los
Mártires debieron levantarse en estilo gótico-mudéjar
(50), como así se advierte en la vista de Wyngaerde. En ella,
estos campanarios se alzaban por encima del caserío, en donde
también sobresalían los conjuntos conventuales de Santo
Domingo, La Trinidad, Santa Clara, San Francisco, Capuchinos y La Victoria,
interponiéndose verticalmente al perfil horizontal del caserío
y las murallas, tildando, por su protagonismo, el nuevo sentido de la
ciudad. Precisamente, en las cartelas del CIVITATES o de la
imagen de Francesco Vallegio (51), se comienza identificando a la ciudad
como Episcopal como primer signo de definición. En el
siglo xvii los solares que ocupaban las instituciones religiosas llegaron
a determinar el modelo de ciudad-convento para Málaga, definición
que perdurará hasta bien entrado el siglo XIX, acallando el sentido
islámico de la trama urbana, que no borrándolo. Será
el proceso desamortizador y la profunda transformación del suelo
que en esos años se realiza el que haga que cambie de imagen,
de forma consciente y premeditada (52). Hasta entonces, el proceso de castellanización
se fue efectuando, de manera paulatina, durante los dos primeros siglos
(XVI y XVII), consistiendo la apertura de plazas uno de los factores
que significaban el enganche con la moderna urbanística renacentista
(53). Así lo entendió Van der Wyngaerde cuando realiza
una toma de aproximación al interior de la ciudad, individualizando
la Plaza Mayor, de reciente urbanización y recién convertida
en centro de la actividad político-administrativa-lúdica
de la Málaga del quinientos (54). En la escasez de plazas, precisamente,
uno de los datos que se consigna por visitantes y observadores de la
Málaga de la época, como sinónimo de la escasa
grandiosidad y modernidad de la ciudad (55), de la que lo que más
llama la atención es la enrevesada y densa trama urbana (56). La disolución de la imagen de la ciudad Antiguo
Régimen y, casi, de los intereses de identificación tradicionales,
se realizarán en el siglo XIX. Un proceso de transformación
urbana eliminará el cinturón de murallas, puertas y torres
medievales y romperá la tupida red viaria de su interior en aras
de unos criterios urbanísticos que apostaban por la organización
racional del espacio. El desbordamiento de las fronteras históricas
era consecuencia de la. expansión generada por una nueva etapa
de prosperidad traída de la mano de la industrialización,
la ciencia y el progreso y ésta era la nueva imagen que había
que proyectar. En su definición se crearon nuevos símbolos
cargados de sentido emblemático, en los que el lenguaje realista
de la plástica tuvo que realizar un proceso de adaptación. Los nuevos intereses e intenciones quedaron consignados
en las exigencias impuesta a Ferrándiz para realizar la Alegoría
de Málaga ya citada. En ella, como signos definidores del lugar,
debían aparecer el puerto, la estación de ferrocarril,
la agricultura, la industria y el comercio. Eran los nuevos y los viejos
mensajes de identificación del lugar. Como emblematización
de Málaga no se recurrió al registro topográfico
sino que se barajaron sus elementos definidores con coherencia y claridad
definiéndose los hitos arquitectónicos en sí mismo
y haciéndose la asociación a los mensajes mediante la
presencia de las claves tradicionales, ahora enriquecidos de nuevos
valores. El castillo significó también historia y cultura,
la prosperidad vino del comercio, de la agricultura y, ahora también,
de la industria, y todo ello enmarcado por la vegetación de la
plaza de la Merced que significaba por su exuberancia, fertilidad y
lo paradisiaco, agregándose un nuevo significado: el registro
del monumento a Torrijos hacia de Málaga, también, una
ciudad políticamente liberal y progresista, que en la época
se interpretó como la consecuencia de esta singularidad excepcional
(57). Fue, de nuevo, volver a las claves de lo paradisiaco, esta vez
de la mano del progreso, la técnica y la ideología política. Tres mil años de historia y de mensajes condensados en una imagen elaborada en las sensaciones y confirmadas en el recuerdo, que la cultura del siglo XX, bajo la fuerza del slogan publicitario, ha capitalizado y mercantilizado convirtiéndola en Capital de la Costa del Sol.
NOTAS (1) Poemas paradisíacos. Málaga, Arroyo de la Miel, 1952, p. 67. (2) Niemeye, H. G., "La búsqueda de Mainake: El conflicto entre los testimonios arqueológicos o escritos". HABIS, Universidad Sevilla, 10-11, 1979, pp. 279-306. (3) Schulten, A., Tartessos, 1940, pp. 48 y ss., y Niemeye, H. G., Op. cit. (4) Gran Aymerich, J. M.,"Málaga fenicio-púnica y el estrecho de Gibraltar". Congreso Internacional, Ceuta, noviembre 1987, Actas, T. I, pp. 577-591. (5) Resnau, La ciudad ideal, Madrid, Alianza, 1987, p. 25. (6) Ver bibliografía general. (7) Estrabón, Geografía, III, 4,2. (8) Leve-Provenzal, "Description de L'Espagne d'Ahmad al Raziu, Al Andalus, XVIII, 1953, pp. 67 y ss. (9) Gutiérrez Díez de Gámez, El Vectorial. Crónica de D. Pero Niño. Madrid, EspasaCalpe, S. A. (10) Pi y Margall, F., España, sus monumentos y arte, su naturaleza e Historia. Barcelona, 1885, pp. 430-431. (11) Olmedo Checa, M., Málaga a fines del siglo XVII. Málaga, Arguval, 1988, p. 168. (12) Álvarez de Colmenar, J., Les Delices d'Espagne. Leiden, Piere Vander, 1707, pp. 517519. (13) Carter, F., Viaje de Gibraltar a Málaga (1760-1855). Málaga, Diputación, 1981, y Krauel, B., Viajeros británicos en Málaga (1760-1855). Málaga, Diputación, 1987. (14) Tafur, Pedro, Andanças e Viajes de un hidalgo español. Barcelona, Ed. Albir, 1982, pp. 8-9. (15) Idrisí, Geografía de España. Valencia, Anubas ed., 1974, p. 191. (16) Ibn Batuta, Voyages. Paris, 1858, pp. 365-367. (17) Al Saqundi, Risala fi fadl Al-Andalus en Garcia Gómez, E., Andalucía contra Berbería. Barcelona, 1976, p. 148. (18) Op. cit., p. 228. (19) Ibn al Jatib, Parangón entre Málaga y Salé en García Gómez, E., Op. cit., pp. 147164. (20) A]bar Machmuiia, Crónica anónima del siglo XI. Madrid, Colección de obras árabes de la Real Academia de la Historia, 1867, p. 192. (21) Op. cit., p. 148. (22) Op. cit., p. 168. (23) Op. cit.,p. 162. (24) Op. cit., p. 430. (25) Palencia, Alonso de, Guerra de Granada. Madrid, 1905, p. 400. (26) Pulgar, Hernando del, Crónica de los Reyes Católicos, Madrid, B.A.E., 1953, pp. 111-112. (27) Münzer, J., Viajes por España y Portugal, Madrid, Boletín de la Real Academia de la Historia, LXXXIV, 1924, p. 114. (28) Op. cit., p. 227. (29) Vid. nota 4. (30) Vid. nota 7. (31) Niemeye, Op, cit (32) Sobre el uso militar del puerto de Málaga ver: Bell Alex (LXIV, III); Estrabón, III, 4,2; Martianus Minneus Eelix Capella: "Denuptiis philologiae et mercurii" VI, 668; Plutarco (Craso VI), citados en: Rodríguez Oliva, P., "Malaca ciudad romana", Jábega, n.º 44, pp. 1120, nota 21, Málaga, Diputación, 1983. (33) Sinónimo de excelencia en cualquier cosa. Transcripción de García Gómez, E., Op. cit., p. 157, nota 37. (34) Ponz, Antonio, Viage de España, Madrid, 1794 (1972), p. 159. (35) Avieno, Rufus Festus, Ora Maritima, Barcelona, 1955, verso n.° 181. Edición de A. Schulten. (36) Rodríguez Alemán, Isabel, El puerto de Málaga bajo los Austrias, Málaga, Diputación, 1986. Se sabe que hasta entonces, y sobre todo en época islámica, se utilizaban tres espolones situados enfrente de las Atarazanas, Castil de los Genoveses y Alcazaba. Vid. López Beltrán, M. T., " El puerto de Málaga en la transición de los tiempos modernos. Introducción a su estudios, Baética, n.° 2 (I), pp. 187-203, Málaga, Univ., 1979. Sin embargo, Rodríguez de Berlanga habla de construcción de sillares de época fenicia-romana. Vid. "Malaca", Boletín Municipal, Málaga, Ayuntamiento, 1979, pp. 5-112, y Cabrera Pablos, F. R., "Los muelles malagueños hasta el siglo XV", Dintel, n.º 1, pp. 27-31. (37) Simonet, F. J., Descripción del reino de Granada sacadas de los autores arábigos, 711-1492, p. 117. (38) Olmedo Checa, M., "Málaga protagonista de su imagen. Lectura cartográfica de cuatro siglos de Historia" en VV.AA., Patrimonio Artístico y Monumental, Málaga, Ayuntamiento, 1990, pp. 247-269. (39) Amate de la Borda, C., Compendiosa noticia de lo que a obrado en esta ciudad de Málaga el Excelentísimo señor don Fernando Carrillo Marqués de Villafiel, Málaga, 1675 (Facsímil, Málaga, Arguval, 1988, y VV.AA., Málaga en el siglo XVII, Málaga, Ayuntamiento, 1989. (40) VV.AA., Ciudades del Siglo de Oro, Madrid, Ed. El Viso, 1986. (41) Vid. nota 39 y Cabrera Pablos, F. R.y Olmedo, M., El Puerto de Málaga. Fortificaciones y urbanismo. Documentos para su estudio. Málaga, Ayuntamiento, 1988. (42) Op. cit, p. 170. (43) Bejarano Robles, F. (44) Gayango, Crónica del Moro Razi. Madrid, Real Academia de la Historia, s.f. (45) García Gómez, E., El siglo XI en primera persona Las memorias de Abd Allah, último rey zirí de Granada. Madrid, Alianza, 1980. (46) Vid. Pulgar, Miinzer, Clavijo y Valer,. (47) Gil Sanjuán, J., y Pérez de Colosía, I., "Málaga en tiempos de Felipe IV", Baética, n.º 4, Málaga, 1981. (48) Caro Baroja, J., Paisajes y ciudades. Madrid, Taurus, 1984, p. 199. (49) Bejarano Robles, F., Los Repartimientos de Málaga, vol. I. Málaga, Universidad, Ayuntamiento, 1985. (50) Aguilar, M. D., Málaga mudéjar. Málaga, Universidad, 1979. (51) Hogenberg, Civitates orbis terrarum. Libro I. Colonia, 1572-1618, y Valegio, F., Láms. de: Racolta di le piu illustri citta di tutto il mondo. (52) Camacho, R., Málaga barroca. Málaga, Universidad, 1980. (53) Marías, F., "Las ciudades del siglo XVI y el urbanismo Renacentista" en Ciudades del Siglo de Oro, Op. cit. (54) Bejarano Roble, F., Las calles de Málaga. Málaga, Arguval 1985, tomo I, pp. 258315, y Ordóñez, J., "El Ayuntamiento de Málaga: Las Casas Capitulares" en AA.VV., Patrimonio..., Op. cit., pp. 19-53. (55) Vid. nota 49. (56) Amate de la Borda, Op. cit., p. 160. (57) Sauret, T., "La decoración pictórica del teatro Cervantes" en VV.AA., Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Málaga, Ayuntamiento, 1987, pp. 77-97.
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