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Doña María de la Esclavitud
Sarmiento Cáceres era la esposa del VI Conde de Fernán
Núñez, el gran biógrafo del Rey Carlos III y había
nacido en Toro, provincia de Zamora, el 22 de febrero de 1760. Sus padres
eran don Diego Sarmiento, Marqués de Castelmoncayo y doña
Joaquina Cáceres, aquél gallego y ésta extremeña
y descendiente de los Espadero, los primeros conquistadores de Cáceres. La infancia de doña María
de la Esclavitud Sarmiento transcurrió entre Pontevedra y Extremadura,
pues en Cáceres vivían sus abuelos maternos que tenían
grandes dehesas. En Galicia es donde conoció al que sería
su esposo, don Carlos Gutiérrez de los Ríos, VI Conde
de Fernán Núñez, que estaba convaleciendo de sus
heridas en Argel donde llegó a mariscal de campo. Acordada la unión de doña
María de la Esclavitud con el VI Conde, firmaron en Pontevedra
las oportunas capitulaciones matrimoniales (1), celebrándose
la unión en el pueblo de Tavara donde el padre de la novia tenía
propiedades. La escritura de dote se firmó
al año siguiente de la boda, es decir, en el año 1778,
pero ya en Madrid, en la escribanía de Sancha (2), aportando
la ya esposa del VI Conde trescientos mil reales y contraponiendo el
Conde, en concepto de arras, cincuenta mil reales, más aparte
treinta mil para alfileres, y garantizaba, en caso de que se quedara
ella viuda, una renta de cuatro mil ducados anuales. Ahora bien, todo
ello estaba sujeto a revisión para cuando ella heredara los mayorazgos
de sus abuelos, don Joaquín Cáceres y doña Juana
Sánchez Silva, en cuyo caso se haría una fuerte agregación
a la dote, ya que variaba no solamente lo que ella aportaba, que era
de cuatro mil ducados anuales de renta, sino también lo que contrapusiera
en caso de viudedad el VI Conde. A los pocos meses de la boda es nombrado
don Carlos, el VI Conde, embajador en Lisboa de la Corte de Su Majestad
Carlos III, con fecha 26 de febrero de 1778. Allí fue doña
María de la Esclavitud, que se encontró con dieciocho
años de embajadora en una Corte de gran importancia. Colaboró
con su esposo en la negociación de los enlaces de los infantes
españoles Gabriel y María Carlota Joaquina con los portugueses
María Victorina y Juan. El éxito de ambos enlaces dio
ocasión a que los embajadores españoles lo celebraran
a su costa con excepcionales fiestas. Levantó un arco triunfal,
y la cena y baile que dieron en el Palacio del Rocío fueron memorables.
Se estrenó para el acontecimiento una ópera, "Astrea
in terra", que hizo para el acto Palomino; los centros de flores
fueron traídos desde París y cerca de cuatrocientos invitados
honraron el ágape repartiéndose les a cada uno una medalla
conmemorativa que diseñó José Gaspar, primer grabador
de la Casa de la Moneda lusitana. No hay por qué recalcar que la
reina de tal banquete fue doña María de la Esclavitud
que estaba en el esplendor de su belleza. El Rey quiso premiar al VI
Conde con el nombramiento de Consejero de Estado y con la Embajada en
Viena, de mayor categoría que la lisboeta, pero esto último
no lo aceptó don Carlos Gutiérrez de los Ríos,
pues estaba muy encariñado con una obra que estaba haciendo,
que era, en las vacaciones de su estancia en Lisboa, remodelar su palacio
de Fernán Núñez. Él mismo haría los
planos de la transformación de un viejo caserón en un
palacio neoclásico con su jardín francés. Era,
además de buen literato -como lo prueban sus obras de no solamente
la biografía de su Rey, las Memorias de Argel y los Consejos
a sus hijos, aparte del delicioso librito de la fundación de
la capilla de Santa Escolástica en el pueblo cordobés-,
un gran aficionado a la música, encargando a Felipe Lluch una
Sonata en re mayor para flauta y clave compuesta de prestaello, piacevole
y presto. Mas, ya terminado, el palacio debía
tener en el salón un retrato de la familia, y es cuando elige
entre la baraja de artistas que pululaban en la Corte, principalmente
extranjeros, a Francisco de Goya. Se conoce que no le había satisfecho
el aparatoso cuadro que le hiciera Joaquín Inza con el manto
de la Orden del Toisón de Oro. Busca un artista nuevo que se
atreva con un retrato familiar de cerca de tres metros de ancho por
dos de alto, y nadie mejor que un pintor de cartones para tapices como
ya era Goya y a él le hace el encargo. Goya, en aquel tiempo, estaba recién
nombrado pintor de cámara para cartones a instancia de Maella,
pues su cuñado Francisco Bayeu, ya pintor de cámara, había
propuesto para otra vacante a su hermano Ramón. Es la época
esplendorosa de Goya, como cuenta a su amigo Zapater en una carta de
fecha 1 de agosto de 1786, donde le relata su caída del coche
de caballos y su torcedura de tobillo. En aquel otoño de 1786, entre
los días 1 de octubre y 5 de noviembre que señalan su
asistencia a la Academia de San Fernando matritense, es cuando Goya
va a Fernán Núñez y realiza la pintura de la familia
del VI Conde. No había entonces más que tres hijos de
su matrimonio con doña María de la Esclavitud Sarmiento:
Carlos, José y Escolástica. Años después
otras manos que no fueron las de Goya añadirían la figura
de un aya y tres niños más. La técnica que utiliza Goya es
la misma que la de los cartones. Hay otra carta del pintor a Zapater,
que publicara Mayer, en la que el pintor dice a su amigo, en 12 de septiembre
de 1786: "Ahora estoy muy ocupado y hago diseños para el
comedor de los príncipes". Y en esta técnica hay
que señalar que ya varía su concepción del retrato
de familia. El último que había hecho, el de la familia
del Infante don Luis de Borbón, todavía reflejaba la manera
de Van Loo de pintar grupos familiares en la más variada disposición.
Unos retratados de pie, otros sentados y siempre en interior. En cambio,
en el de la familia del VI Conde rompe con ese estilo y pinta a cielo
abierto y los retratados todos en el mismo plano como si se tratara
de un friso neoclásico. Cosa que repetiría años
más tarde con el cuadro de la familia de Carlos IV. Don Carlos José, el VI Conde
aparece en la misma postura que el primer retrato de Jovellanos, obra
también de Goya, de la colección Valls Taberner, inspirados
ambos en la obra de Reynolds y con las piernas cruzadas, como en tanto
retrato inglés, el de la VI Condesa aparece como en el cartón
de la Vendimia pintado por aquel tiempo. La niña Escolástica,
la tercera del matrimonio, aparece como en el cuadro de La Primavera
o Las Floreras. Los dos niños de frente, pareciéndose
mucho al retrato que luego le haría el mismo Goya cuando contaba
veinte años y era el galán preferido de Madrid. Un gran
cuadro, éste de Goya, de la casa Ducal y de lo mejor de su pincel.
El fondo, que el crítico de arte Gómez Moreno decía
que le recordaba al de los cartones de tapices tiene la Iglesia de Santa
Marina de Aguas Santas en su espalda, pues está pintado desde
el encinar que es la parte del pueblo al saliente y en la parte más
baja la fachada del palacio ducal, obra cuya traza se debía al
mismo Conde que era muy aficionado al dibujo. Los fondos de los dos
cartones para tapices pintados en Fernán Núñez
son convencionales, pues no hay esas montañas que en los dos
aparecen. En cambio, en el cartón de la era o el verano sí
reproduce un castillo fernannuñense, el de la Morena, cerca del
pueblo y perteneciente al mismo señorío del VI Conde. Por este tiempo tenemos que señalar
una actividad de la VI Condesa y es la fundación, en unión
de otras trece señoras madrileñas, de la Junta de Damas
de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, que
se tradujo en la erección de cuatro escuelas y una fábrica
textil donde muchas mujeres se ganaban el sustento y hacían esas
maravillas de telas dieciochescas que, en la Exposición con ocasión
del Centenario de la muerte de Carlos III, se exhibieron en Madrid como
expresión de la magnífica artesanía madrileña
en el aspecto textil. La muerte del VI Conde, ocurrida en
Madrid en el año 1795, hace que doña María de la
Esclavitud se recluya en su hogar y, sin abandonar la fundación
de la escuela de la Real Sociedad Económica, se dedicara a la
educación de sus hijos. Su marido la había mejorado en
el quinto de sus bienes y la nombraba tutora de los menores. La vida de la VI Condesa había
cambiado mucho desde la muerte de su marido. Se le acumula, a la administración
de los bienes que aquél dejara, los que hereda ella a la muerte
de su abuelo don Joaquín Cáceres, consistentes en inmensas
extensiones en Extremadura. También muere su padre, el Marqués
de Castelmoncayo, heredando sus señoríos y los títulos
de Marquesa de Castelmoncayo y Condesa de Hachas, aunque las numerosas
deudas que dejara su padre hicieran que aceptara la herencia a beneficio
de inventario. En 1798 se casa su hijo mayor, el VII
Conde de Fernán Núñez, Carlos Gutiérrez
de los Ríos con doña Soledad Solís, y le hace entrega
de todos los señoríos paternos mientras su madre sigue
educando a los demás hermanos. José, su segundo hijo,
va al ejército. Además de los cinco hijos acoge entonces
a los dos hijos naturales de su marido, Ángel y Camilo Gutiérrez
de los Ríos, a los que legaría en su testamento fuertes
cantidades. La invasión francesa en 1808
sume a la VI Condesa en un mar de confusiones. Primeramente su hijo
Carlos acepta a José Bonaparte y, es más, admite el cargo
de Montero Mayor suyo. Por otra parte, su segundo hijo, José,
se pone abiertamente en contra de los franceses. Mas el primero, Carlos,
los deja y se pasa al bando contrario, y hasta forma un batallón
en Écija del que es coronel, instalándose luego en Cádiz,
el reducto fernandino contra el invasor. Se secuestran sus bienes por
los franceses y se le prohíbe el uso del título de Conde
por no prestar sumisión a José I. Mientras tanto, su madre, la VI Condesa,
sigue en Madrid y asiste a su labor educadora de la Junta de Damas de
la Sociedad Económica. La dirección de sus escuelas y
fábricas había cambiado con la entrada del invasor. La
Directora, la Condesa Duquesa de Benavente, se había ido a Cádiz
y es sustituida por las Duquesas de Mahón y Condesa de Merlín,
que eran colaboracionistas con los franceses. La explicación de la permanencia
en Madrid de la VI Condesa, doña María de la Esclavitud
Sarmiento, estaba en la minoridad de sus hijos y la mucha carga administrativa
que sobre ella pesaba. En su testamento señala una pensión
a su hijo mayor al ver que tenía sus bienes secuestrados, pues
a ella se le había respetado su caudal. No le faltan disgustos, como el que
tiene con su hijo mayor sobre la sucesión en el mayorazgo tan
cuantioso del apellido Aldana que, al morir el abuelo de la VI Condesa,
don Joaquín Cáceres, le reclama por ser de asignación
el VII Conde, su hijo Carlos, transigiendo el pleito y, reconociendo
que era ignorante de esa cualidad del mayorazgo, renunciando a él. En el año 1810 se siente enferma
y redacta su testamento ante el escribano Sancha (3) en su palacio de
Madrid; ya se titula Marquesa de Castelmoncayo y Señora de Villanueva
de Hachas y de Higuera de Vargas, ordenando en el día 31 de agosto
de 1810 que se le entierre junto a su marido en la parroquial de San
Andrés y que no se le vaya a enterrar hasta que no pasen tres
días de su óbito y antes su médico le haya hecho
una incisión en un brazo para estar cierto de su muerte. Hace
un legado de bastantes doblones al Hospital de Impedidos del cual era
Hermana; reconoce que aunque trajo dote a su matrimonio ésta
no fue considerable, pues vivían sus padres y abuelos. En cambio,
sí dotó a sus hijas Escolástica y Bruna, cuando
casaron con los Duques de Alburquerque y de Menado, con más de
un millón de reales; manifiesta que la renta de su marido se
invirtió en decorar el palacio en Fernán Núñez
y en el de Madrid, y hace mandas de cuadros al Arzobispo Campany y al
Obispo de Orense. Respecto de Ángel y Camilo, los
hijos naturales del VI Conde, dice en su testamento que reconoce su
yerro de no haberlos admitido y ahora les deja a cada uno un vitalicio
de setenta mil reales, al mayor el retrato de su padre y al menor, Camilo,
la Dolorosa de Murillo que hay en su casa. A la madre de éstos,
que vive en Bolonia, le manda seis mil reales y un retrato que la Condesa
tiene de Camilo joven, pues quién mejor que su madre lo debe
tener. Trata después en su testamento
de los problemas de la herencia de su hijo mayor, Carlos, y ordena que
si no puede heredar lo haga en su representación su hija Francisca,
pero si puede heredar se acuerde de sus hermanos, incluso de los dos
naturales. En el resto, que ella valora de sus bienes libres en más
de tres millones de reales, instituye herederos a sus hijos pero les
ruega pasen una renta a sus dos hermanos Ángel y Camilo. Otra cláusula curiosa es la que
hace a su médico de un cuadro, pero le recuerda que no se le
vaya a olvidar pinchar su cuerpo cuando fallezca. A Vicente Mariani, que era su pintor
preferido, le deja mil quinientos reales y tres reales diarios a su
hijo, y ahijado de la VI Condesa, Carlos Mariani, también le
deja un cuadro grande de la Virgen, Santa Ana y San Joaquín,
que es de gran mérito. Manifiesta, por último, que de
su matrimonio con el VI Conde había tenido nueve hijos de los
que le viven solamente seis, que son Carlos, José, Francisco,
Luis, Escolástica y Bruna, pues los otros tres murieron al nacer. Al poco tiempo, el día 17 de
noviembre de 1810, murió doña María de la Esclavitud
Sarmiento; como se ve por su testamento, era una dama cristiana que
perdona los deslices de su marido y, es más, hace un fuerte legado
a la que fuera amante de aquél rogando se le envíe a Bolonia,
donde vive, la suma que le deja. Se conoce también que en su
tiempo se habría dado el caso de enterrar a alguna persona que
estaba aún viva, pues sus advertencias reiteradas de que no se
le fuera a enterrar hasta que no pasaran tres días y el mandar
un legado a su médico, recordándole que es porque se cuide
de que se le haga una incisión en el brazo al tercer día
de su óbito, tiene que tener algún motivo especial. En cuanto lo que dice de que se señale
una pensión a su hijo mayor Carlos por si no podía heredar,
a los dos años de su muerte, fue rehabilitado en su título
y en todos sus bienes secuestrados. Es más, Fernando VII convirtió
su título de Conde en el de Duque y le dio la embajada de Londres,
por lo que no hubo ocasión a lo que temía la VI Condesa:
que estuviera en la indigencia por su conducta en contra de José
I. También, como antes dijimos, le hizo Goya el admirable retrato
de cuerpo entero vestido de majo, el que se considera uno de los mejores
retratos masculinos del mundo. Y ésta es, en resumen, la vida de la que fue retratada por Goya, doña María de la Esclavitud Sarmiento Cáceres, una gran dama del siglo XVIII, donde dejó muestras de su caridad y de la protección a la mujer con la creación de la Junta de Damas de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Aquellas catorce señoras, a las que no se ha hecho justicia, elevaron el nivel de la mujer en el Siglo de las Luces.
NOTAS (1) En Pontevedra, ante el escribano González Núñez de fecha 20 de junio de 1777. (2) Al tomo 18814, folio 328 de los del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. (3) De fecha 31 de agosto de 1810, conservado al folio 430 del tomo 22269 de los del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. ILUSTRACIONES
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