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EN EL CENTENARIO DEL NACIMIENTO
DE LAFUENTE FERRARI
José
Manuel Pita Andrade
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Al
cobrar nueva vida los Cuadernos de Arte e Iconografía de la Fundación
Universitaria Española, nos ha parecido conveniente encabezar
el número con sendos homenajes a quienes, de un modo u otro,
han tenido un papel relevante en el desarrollo de la historia del arte
español. Al emocionado recuerdo al profesor don Jesús
Hernández Perera sigue el recuerdo entrañable a dos grandes
historiadores del arte español de los que, gozosamente, celebramos
el centenario de su nacimiento. Uno es el profesor don Enrique Lafuente
Ferrari, nacido en Madrid el 23 de febrero de 1898; otro es el profesor
don José Camón Aznar, que vio la luz en Zaragoza el 4
de octubre del mismo año. Ambos, desde posiciones muy distintas,
contribuyeron decisivamente a sentar las bases de una nueva visión
de nuestro pasado artístico. A la memoria del profesor aragonés
dedicamos una conferencia en el Instituto y Museo Camón Aznar
por deferente invitación de Ibercaja de Zaragoza. Nuestra intervención
se recogerá en la revista que publica dicha institución.
Aquí publicamos el artículo que nos ha remitido don Luís
Cervera Vera, miembro de número de la Real Academia de San Fernando,
que mantuvo cordial amistad con nuestro querido maestro. Por ello nos
concentraremos en el recuerdo de don Enrique reproduciendo primero unos
fragmentos de la noticia cronológica que publicamos en la revista
Academia añadiendo a este texto unos párrafos que pueden
reavivar la figura de Lafuente Ferrari, con motivo, sobre todo, de la
incorporación de su biblioteca y de su archivo a la Corporación
que tanto quiso.
En el artículo que publicamos en la revista Academia centramos
nuestra atención, sobre todo, en la visión que tuvo don
Enrique de la pintura española. Tras recordar la impresión
que nos produjo su enfermedad y su muerte, quisimos remontarnos a los
lejanísimos años en que lo conocímos. Nos expresamos
en estos términos:
"La primera vez que vi a Don Enrique fue en el Museo del Prado
cuando desarrollaba lecciones magistrales sobre El Greco y Velázquez.
Las del pintor cretense iban dedicadas a celebrar el centenario de su
nacimiento: con esto queda dicho que se remontan a casi nueve lustros.
Entonces pude conocer una de las vertientes capitales de su personalidad.
Más que como conferenciante, en el sentido tradicional de la
palabra, se me revelaba como gran educador de la sensibilidad: en este
sentido fue un verdadero maestro. Aquella primera impresión quedó
revalidada a través de varias décadas con frecuentes encuentros.
Como alumno oyente acudí a alguna de las clases que desarrollaba
en la Facultad de Filosofía y Letras. Nuestra Universidad perdió
mucho, muchísimo, el día en que Don Enrique dejó
de enseñar en ella. Como contrapartida su vinculación,
como Catedrático, a la entonces llamada Escuela Superior de Bellas
Artes de San Fernando benefició a los estudiantes que acudían
a ella guiados por objetivos bien distintos de los que deseaban alcanzar
los alumnos de nuestra Facultad. Me consta que la convivencia con los
artistas en el seno de la Escuela y también en nuestra Academia
fue gratificante para él. Más de una vez se lo oí
decir.
Volviendo a mis propias experiencias, no puedo por menos que destacar
la vivida en el primitivo salón de actos de esta Casa, el 15
de enero de 1951, cuando leyó su discurso de ingreso titulado
La fundamentación y los problemas de la historia del arte. En
un homenaje dedicado a Don Enrique por el Instituto Internacional, en
el que me cupo el honor de intervenir, exactamente treinta y cuatro
años después (el 15 de enero de 1985), tuve ocasión
de aludir a la imborrable huella de aquella sesión solemne. Lafuente
ocupaba el puesto que había dejado vacante Don José Ferrandis
(del que yo conservaba los mejores recuerdos como alumno suyo de Epigrafía
y Numismática), y no sólo aludió a él con
el mayor afecto, siguiendo la norma establecida, sino a tres maestros
que, con temperamentos muy dispares, formaban parte de la Corporación:
Don Andrés Ovejero, Don Elías Tormo y Don Manuel Gómez-Moreno.
A los dos primeros llegué a escucharles en el Museo del Prado.
Ovejero gustaba detenerse morosamente ante ciertos lienzos; recuerdo
las palabras, no exentas de un cierto lirismo, que pronunció
ante La dama que descubre el seno de Tintoretto. Quedé sorprendidísimo
cuando pude ver en la televisión que aquella obra preferida de
Don Andrés había sido elegida por Don Enrique en el programa
"Mirar un cuadro". No voy ahora a evocar las buenas memorias
que tengo de Don Elías y de Don Manuel Gómez-Moreno; pero
pienso que el generoso recuerdo que dedicaba Lafuente hacía sus
maestros en aquel discurso enriqueció la admiración que
sentí siempre hacia todos ellos.
Pero volvamos al tema elegido para la disertación académica;
resultó inusitado y apasionante para quienes iniciábamos
nuestras tareas docentes en la Universidad. Lafuente empezaba ocupándose
de la situación de la enseñanza de la historia del arte
en España, de las relaciones de ésta con la arqueología,
del puesto que debe asignarse a la erudición... Poco a poco se
intentaba en cuestiones mucho más hondas como las que se relacionan
con la estética y, en último grado, con la filosofía.
Pese a los años trascurridos siguen resultando ejemplares los
juicios sobre las posturas de Kant, Hegel, Dilthey y otros. Demostrando
su denso conocimiento de las tendencias y métodos desarrollados
en el campo de la historia del arte, desbrozó un camino que,
para cuantos comenzábamos entonces, resultaba profundamente sugestivo.
En aquellos años difíciles nos nutríamos, sobre
todo, de las publicaciones de la Revista de Occidente y algunas de Espasa-Calpe,
pienso que por la colaboración en las tareas de esta editorial
de Don Manuel García Morente. Se trataba de obras que, en su
mayoría, habían visto la luz antes de la guerra civil.
En el discurso de Don Enrique el panorama se ampliaba sustancialmente
y se integraba dentro de una visión armónica del tema.
Todo cuanto se comentaba en aquella disertación resultaba profundamente
vivificante en los años 50. Un soplo de aire fresco llegó
con este trabajo a la Universidad. No cabe ignorar el inmenso impacto
que tuvo dentro de ella una obra escrita por quien, en virtud de lamentables
normas administrativas, iba a quedar finalmente marginado de las aulas
de la Facultad de Filosofía y Letras. Seamos sinceros; si hiciésemos
un recuento del uso que se hizo del discurso de Lafuente para componer
las famosas memorias que presentábamos en las oposiciones (donde
había de tratarse del "concepto, método, fuentes
y programa de la historia del arte") nos sentiríamos sencillamente
abrumados. Los opositores de varias décadas encontraron en esta
obra la más importante cantera para pergeñar el primer
capítulo de su memoria. Al margen de este hecho, al fin y al
cabo anecdótico, hay otro mucho más profundo. Creo que
las ideas de Don Enrique y de los numerosos pensadores y críticos
glosados por él se han difundido con gran amplitud en nuestras
universidades merced a este discurso, que muy pronto se convirtió
en rareza bibliográfica y que fue pródigamente reproducido
cuando entramos en la era de las xerocopias. Ha de celebrarse con alborozo
que por fin se reeditara este trabajo, gracias al Instituto de España,
que por cuestión de días vio la luz a título póstumo.
La publicación de esta obra, enriquecida con el prólogo
que puso a los Estudios sobre Iconología de Panofsky, vino a
convertirse en el primer homenaje al maestro fallecido; sobre ello se
habló ampliamente en el acto organizado por la Fundación
de Estudios Sociológicos (FUNDES), en colaboración con
el Instituto de España, dedicado a la memoria de Don Enrique,
el 25 de noviembre de 1985.
Desde los años cincuenta hasta el momento de su desaparición
fueron cada vez más frecuentes mis contactos con Don Enrique.
Sólo recordaré hasta que punto resultó gratificante
para mí colaborar con él en un libro editado a gran formato,
con esplendidas láminas, titulado Il Greco di Toledo e il suo
espressionismo estremo; lo publicó en Italia la casa Rizzoli
en 1969 (se hicieron luego ediciones en inglés y francés,
pero no en castellano). Cuando se preparaba realizamos juntos un viaje
a Milán del que conservo muy grata memoria; la visita a la Brera
reverdeció los recuerdos que tenía de Don Enrique ante
los cuadros del Prado.
No he de seguir aventando vivencias personales por muy entrañables
que resulten para mí. Será más útil polarizar
la atención en lo que ha de constituir el más vivo legado
de Don Enrique Lafuente y que manifiesta su copiosísimo acervo
bibliográfico. Por fortuna, nuestra revista ACADEMIA ha podido
recogerlo prácticamente íntegro en su número 59
(segundo semestre de 1984). Leyendo los títulos de sus trabajos
somos conscientes de que en ellos se abarcan las más diversas
facetas de la historia y de la crítica de arte entendidas en
toda su integridad, sin apenas fisuras cronológicas, ya que su
ingente producción abarca temas desde la antigüedad hasta
nuestros días. Lafuente no estableció una barrera entre
el arte de antaño y el de hogaño. La convivencia con los
artistas de hoy a que antes me referí le permitió enfrentarse
con las creaciones coetáneas un poco desde dentro, partiendo
del círculo de sus amigos y colegas, pero proyectándose
a los más diversos ámbitos en que es factible tomar el
pulso a nuestro tiempo. En este sentido abrió brecha por un camino
que recorrieron también estudiosos vinculados a esta Corporación
como Don José Camón Aznar, o que no llegaron a pertenecer
a ella, como Don Juan Antonio Gaya Nuño. Todos ellos contribuyeron
a romper el tabú de que el historiador sólo podría
contemplar los fenómenos estéticos con perspectiva de
siglos. Los profesores de generaciones posteriores asimilaron la lección
y hoy en todas las universidades resulta inexcusable el contacto con
el arte del siglo XX.
Aunque, como acabamos de señalar. La personalidad enteriza de
Lafuente debe captarse, como historiador y crítico, sin limites
cronológicos, quiero referirme aquí tan sólo a
una parcela, tal vez la más importante, de su labor: a su visión
de la pintura española anterior al siglo XX.
La muerte sorprendió a Don Enrique antes de que viera la luz
la quinta edición de su Breve historia de la pintura española,
que aguardamos impacientes desde que se agotó, hace varias décadas,
la cuarta, impresa en 1953. Debe comprenderse que, buscando siempre
filones nuevos como tema de investigación, sintiese cierta pereza
por tener al día una obra gestada como de bolsillo en 1934 (en
plena "madurez juvenil", si se admite la expresión)
y que se había ido ampliando en sucesivas ediciones, aunque sin
variar el título. La primera tenía 126 paginas; la segunda,
aparecida dos años después, 202; la tercera, impresa en
1946 y rehecha enteramente, 556, y la de 1953, 658; todo ello sin contar
el crecimiento paralelo de las ilustraciones. Lo que en un principio
había nacido como una contribución generosa a las "Misiones
de arte" creadas por Don Pablo Gutiérrez Moreno, con propósito
meramente divulgador, desde 1946 se convirtió en el más
riguroso, auque apretado, estudio de conjunto sobre el tema.
La Breve historia... de Lafuente tuvo excepcional importancia desde
su primera versión de 1934. Pensemos que antes habían
aparecido diversas síntesis debidas a autores extranjeros (la
de Lefort de 1893, la de Hartley en 1904, la de Caffin en 1910, la de
von Loga en 1923, la de Mayer en 1926, la de Pierre París en
1929...), y que por parte de los españoles sólo cabría
recordar los resúmenes de Cossio (en la Enciclopedia...de Gillman,
en 1985, aunque ahora, exactamente un siglo después, se haya
impreso la Aproximación a la pintura española anotada
por Ana María Arias de Cossío e inédita desde 1884),
Beruete (Spanish painting, 1921) y Tormo (Enciclopedia Espasa). En puridad
fue el manual de Don Enrique el que, en publicación independiente,
nos presentó con enfoque español, pero no patriotero,
un incisivo panorama de nuestra pintura.
En 1935 vio la luz la primera edición del tomo XII de la "Historia
del Arte Labor", que, bajo el título El realismo en la pintura
del siglo XVII Pises Bajos y España, ofrecía en realidad
dos estudios diferenciados: uno de Max J. Friedlander, de 41 páginas,
sobre los maestros flamencos y holandeses, y otro, de 102, de Lafuente,
dedicado a los españoles; ambos textos precedían al repertorio
de láminas, al que seguían, en la parte que nos interesa,
23 páginas de bibliografía y noticias sobre los pintores
y cuadros reproducidos. Importa reseñar estos datos porque revelan
en qué medida se había dilatado la visión de nuestra
pintura en el llamado "Siglo de Oro" tras la apretada síntesis
de la Breve Historia... Las novedades en el volumen de la Editorial
Labor se manifiestan no sólo en la mayor extensión con
que se aborda el estudio de cada artista, sino en la presentación
que nos hace de una serie de cuestiones capitales para comprender nuestro
siglo XVII. Al morir Don Enrique, cincuenta años después
de publicado este tomo de la Labor, las cuestiones que se planteaban
en él sobre la "Decadencia y apogeo en la España
del XVII", sobre "La desilusión del humanismo",
sobre "El realismo español y la salvación del individuo",
sobre "La crisis del ideal renacentista y el manierismo" y,
en suma, sobre "Los ideales y caracteres de la escuela española"...
tienen plena validez, aunque se hubiesen realizado sustanciosos avances
en el conocimiento de ciertos maestros y focos artísticos, particularmente
en relación con otras escuelas, la italiana y flamenca sobre
todo.
Si interpolamos el estudio sobre el siglo XVII, si además advertimos
que hasta 1946 se escalonan investigaciones capitales sobre Goya, comprenderemos
la trascendencia que tuvo la puesta a punto de la tercera edición,
refundida y ampliada, de la Breve historia... En ella había una
importante innovación: las dos anteriores se detenían
en Goya; ésta, en cambio, presentaba como "novedad total...
la inclusión de la pintura española del siglo XIX".
Don Enrique clarifica su decisión con estas palabras; "En
realidad, no había motivo alguno para detener en Goya la exposición
del proceso histórico de nuestra pintura; si tal hizo el autor,
ha de confesar que ello no significaba sino una concesión, de
la que se avergüenza, a un entre nosotros rancio prejuicio universitario
-más arraigado quizá en las disciplinas de arte que en
otras materias históricas- de no conceder rango científico
a lo moderno, error gravísimo del que se derivan no pocos males
para la formación de los jóvenes y, en muchos casos, velada,
pero paladina confesión de una verdadera falta de vocación,
tanto por el arte mismo como por la historia viva, o indicio posible
de una incapacidad de juicio personal... La obra de arte es algo vivo
y auténtico, que apela por igual a nuestra sensibilidad, cualquiera
que sea su fecha; lo más próximo a nosotros nos llama,
por ello, con mayor fuerza y a su incitación respondemos con
plena espontaneidad, aunque con mayor responsabilidad también..."
Hubiéramos podido seguir transcribiendo otros párrafos
del "Prefacio de la tercera edición" donde Lafuente
confesaba que si se detenía "al filo del siglo XX"...
no era "por temor a trasponer sus umbrales"... Los numerosos
trabajos sobre artistas contemporáneos lo confirman hasta la
saciedad. Mas la decisión de que el último maestro estudiado
fuese Sorolla le consintió concluir su tarea en artistas que,
a la sazón, habían muerto. Internarse en el siglo XIX
constituyó no sólo un hecho memorable en nuestra historiografía
artística, sino una puesta a prueba para enfocar el arte decimonónico
con criterios acordes con sus circunstancias. Como abordaba un terreno
prácticamente virgen, hubo de conceder a este último siglo
de su obra un espacio que, a juicio de algunos críticos, podría
parecer desproporcionado en relación con todo lo anterior. Piensese
que los capítulos XIV a XVI del libro llenan casi 150 paginas,
es decir, prácticamente un tercio de las que se ocupan de las
etapas anteriores (300 más o menos).
No hemos de insistir más sobre la importancia que tuvo la Breve
historia de la pintura española como punto de partida para una
visión actual y renovada del tema. Es bien sabido que especialistas
de dentro y de fuera de España han realizado aportaciones decisivas
tanto desde el punto de vista monográfico como en lo que concierne
a la fijación de influjos foráneos. Desde Post hasta los
trabajos de Don Diego Angulo y Pérez Sánchez cabría
establecer una copiosísima nómina de estudiosos. Pero
aquí nos importa no sólo enaltecer la labor de conjunto
realizada por Don Enrique, sino señalar la importancia complementaria
de numerosos trabajos suyos.
Aun sin ignorar cuánto pueden tener de distorsionantes las estadísticas,
no quiero represar la tentación de hacer un recuento numérico
de títulos sobre pintura española desde la época
románica hasta el umbral del siglo XX, dejando al margen cuanto
escribió sobre pintores contemporáneos. Teniendo en cuenta
libros, artículos en revistas especializadas, catálogos,
colaboraciones en la prensa diaria, etc., he podido sumar ciento treinta
y cuatro, de los que veintinueve se ocupan de cuestiones generales,
ocho de El Greco, once de artistas contemporáneos de Velázquez,
veintisiete sobre el gran maestro sevillano, siete sobre pintores situados
entre Velázquez y Goya, cincuenta y siete sobre el genio aragonés
y veinticuatro sobre artistas nacidos en el siglo XIX hasta Picasso.
Insisto en lo convencional de este recuento. Pese a todo percibimos
a través de él, de un modo nítido, la absoluta
preferencia por Velázquez y Goya. Como si se tratase de una premonición,
sobre cada uno de ellos versaron los dos primeros trabajos publicados
por Don Enrique de tema artístico; ambos vieron la luz en 1928.
De la evaluación simplemente numérica de títulos
pasemos a una revisión, somerísima, de las publicaciones
agrupadas convencionalmente. Aludamos, primero, a una serie de libros
de carácter general y de divulgación donde unas veces
se reafirman ideas expresadas en la Breve historia... y otras se anuncian
juicios críticos originales. Pensamos en los volúmenes
dedicados al Museo del Prado por la Editorial Aguilar, con diapositivas;
en la síntesis editada, en 1971, por Salvat y Televisión
Española; en introducciones a catálogos de Exposiciones,
como la de Burdeos de 1955, etc. No cabe desdeñar, por otra parte,
las valoraciones de ciertos géneros, como los floreros y bodegones
(trabajos de 1935, 1942 y 1944), del retrato (1951 y contestación,
en 1974, al discurso de ingreso de Don Álvaro Delgado), etc.
De la pintura medieval y del renacimiento habría que destacar,
en fecha temprana (entre 1929 y 1940), varios trabajos sobre primitivos
castellanos y un apéndice el estudio de Don Elías Tormo
sobre Rodrigo de Osona. Mucha más importancia tiene la imagen
que nos ha dejado de El Greco en varios artículos (ver los años
1940, 1945, 1957 y 1980), y especialmente en la obra, ya citada, de
Rizzoli; en ella se condensa y matiza una interpretación equilibrada
sobre el cretense, donde conviven los valores espirituales y formales;
recordemos que en un primer momento, en 1940, Don Enrique publicó
el primer trabajo suelto sobre el tema con este expresivo título:
El Greco o la evidencia de lo sobrenatural.
Sobre los pintores contemporáneos de Velázquez no encontramos
muchos títulos. Debe destacarse, sin embargo, su brillante colaboración
con Don Elías Tormo y Don Celestino Gusi en los dos volúmenes
dedicados a recoger La vida y la obra de Fray Juan Ricci (Madrid, 1930);
pese a los años transcurridos, este trabajo conserva todo su
interés. Sobre Orrente, Ribalta y Zurbarán (1964) hay
que registrar breves trabajos. En cambio, ya aludimos a los muchos e
importantes sobre Velázquez. En 1928 se "estrenó"
como buen conocedor del maestro en la monografía de la Phaidon
Pres. En 1941, 1943, y 1944 se registran varias aportaciones. Pero hemos
de llegar a los años de 1960 y 1961 para reconocer el entusiasmo
con que Don Enrique contribuyó a las conmemoraciones del tercer
centenario de la muerte del pintor. En la prensa, en revistas especializadas,
en "Varia Velazqueña", se descubren incisivas visiones
críticas o artículos cargados de erudición; destaquemos
el gran trabajo sobre Velázquez en Ortega y Gasset, de treinta
y cuatro paginas. Como obra de conjunto recordamos la monografía
publicadas por Skira. Otros trabajos sobre el maestro sevillano se escalonan
en 1963, 1965, 1966 y 1973.
Entre Velázquez y Goya se encuentran algunos maestros menores
de la escuela madrileña, como Pareja, Solís, Arredondo,
García Hidalgo y Escalante, estudiados en artículos que
vieron la luz en 1941 y 1944. Sobre Murillo (1935), Palomino (1955)
y Tiépolo (1935) hay breves aportaciones; pero todas ellas pierden
relevancia ante los magistrales trabajos dedicados a Goya. Ya recordamos
que la segunda publicación de Don Enrique sobre pintura data
de 1928, en que se conmemoraba el primer centenario de la muerte del
genio aragonés. Entonces redactó el catálogo de
la exposición celebrada en el Museo del Prado y dedicó
un jugoso comentario a los tapices. Desde aquel año hasta 1984
la nómina de escritos goyescos resulta copiosísima. Pero
no es solamente el número, sino sobre todo la calidad de las
aportaciones lo que conviene subrayar aquí. Si hubiese que seleccionar
un solo título me quedaría con el estudio preliminar que
uso al Catálogo de la Exposición celebrada por la Sociedad
de Amigos del Arte en 1932 y que se publicó... en 1947, como
epílogo a las celebraciones del segundo centenario del nacimiento
del artista. Con el título La situación y la estela del
arte de Goya abordó, ajustándose al tema de aquella exposición,
el análisis de los más diversos "antecedentes, coincidencias
e influencias"... Esta obra capital abrió nuevas perspectivas
para comprender la personalidad del gran maestro; en ella se entremezcla
una pasmosa erudición con la valoración sensible del artista.
Notabilísima resulta también la monografía de Skira
sobre los frescos de San Antonio de la Florida. El cuadro de San Francisco
el Grande, La Condesa de Chinchón, los Fusilamientos y otras
pinturas fueron vistos como criterios novedosos. Finalmente hay que
destacar los abundantes e importantísimos estudios sobre los
dibujos y grabados que merecieron, hasta el final de su vida, una atención
especial.
Desde Goya hasta Picasso resulta también crecida la relación
de títulos que resultaría prolijo enumerar. Tan sólo
quiero aludir a los trabajos que dieron luz sobre la niñez de
Picasso en Málaga y que se recogieron en un volumen editado por
la Revista de Occidente.
Si a cuanto va dicho se agregan las presentaciones y prólogos
a exposiciones de artistas contemporáneos acabará de ratificarse
el puesto excepcional que tiene Don Enrique Lafuente entre los grandes
estudiosos y conocedores de la pintura española. La visión
que hoy tenemos de ella es distinta, en algunos capítulos fundamentales,
gracias, unas veces, a investigaciones de primera mano, otras a certeros
análisis y siempre a los agudos juicios suyos.
Limitándonos sólo a reseñar la labor que realizó
en un campo de las Bellas Artes, sentimos admiración por todo
lo que deja. Agregase a ello el interés de otras publicaciones
y el valor literario de cuanto escribió, siempre con prosa ágil
y refinada. Sin insistir en otros aspectos de su personalidad, quede
constancia de mi profunda deuda de gratitud hacia Don Enrique Lafuente.
A todos los de esta Casa nos constará trabajo llenar el vacío
que deja. Al terminar digamos con palabras de Jorge Manrique:
'aunque en la vida murió,
nos dejó harto consuelo
su memoria'."
Desde 1985, en que fueron escritas las anteriores páginas, el
"consuelo de su memoria" se mantuvo vigorosamente entre cuantos
le estimamos y admiramos profundamente. Sentimos viva alegría
al saber que una editorial se había decidido a reimprimir esa
obra maestra que fue su Breve historia de la pintura española.
Reapareció, em 1987, en dos tomos, como "V edición",
acompañada de una "Presentación [de] Joan Sureda",
de un "Apéndice al texto" (que incluía "correcciones
y ampliaciones efectuadas por el profesor Lafuente sobre su texto")
y de una "Ampliación bibliográfica [de] Agustín
Valle Garagorri". Por desgracia, la impresión de este volumen,
una mera reproducción facsímil de la última edición,
con ilustraciones en blanco y negro que dejaban mucho que desear, nos
dejó a todos insatisfechos. Sirvió, eso sí, para
acercar el texto a las últimas generaciones de estudiantes; pero
tememos que la magistral síntesis haya quedado olvidada en espera
de una nueva edición donde las notas originales puedan ocupar
el lugar debido, donde un amplio "estado de la cuestión"
consienta informar sobre las aportaciones recientes y donde, finalmente,
resulte factible la presencia de una amplísima documentación
fotográfica con ilustraciones en color. Todo ello sin perjuicio
de que otras publicaciones de don Enrique puedan ver de nuevo la luz
y no caigan en el olvido.
La mejor celebración del centenario de su nacimiento tuvo lugar
en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en el solemne acto
dedicado a celebrar la incorporación del archivo y biblioteca
de su ilustre miembro a la Corporación, ocupando un lugar de
honor en los ámbitos de la Calcografía. El que hubieran
podido integrarse sus papeles y sus libros a los fondos de la institución
que tanto amó constituye uno de los hechos más relevantes
y gozosos dignos de anotarse. Quede constancia aquí de todo ello