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LA PINTURA ANDALUZA EN EL COLECCIONISMO
DE LOS SIGLOS XVII y XVIII
Alfredo
Ureña Uceda - Universidad de Granada
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La
realización del presente trabajo no ha estado exenta de dificultades,
tanto por lo extenso y enrevesado del tema como por lo pretencioso que
puede parecer el título, por lo que hemos de señalar una
serie de matizaciones que aclaren el objetivo que pretendemos lograr
con este estudio. En primer lugar, hay que tener presente que vamos
a abordar el tema no desde un punto de vista puramente formal y estético,
sino desde su aspecto sociológico e histórico que forma
igualmente parte del estudio de la pintura, más aún en
esta época dorada de la cultura española, en la que el
arte en general, y la pintura, en particular, va a estar tan presente
en la ideología y en la vida del ambiente barroco del momento,
al que hay que sustraerse para comprender la importancia y la perfecta
imbricación que lo pictórico llega a tener tanto en la
más altas esferas de la política, como en la vida cotidiana.
Por otro lado, aunque el marco cronológico que vamos a abarcar
incluye los siglos XVII y XVIII, en cambio, las obras pictóricas
que nos interesan son exclusivamente las producidas durante el Siglo
de Oro. Período ampliado en nuestro trabajo porque gran parte
de esas obras van a empezar a circular en el mercado del arte, a partir
y durante la centuria siguiente, la cual va a resultar crucial para
obtener una visión lo más acertada posible del alcance
y difusión de la producción andaluza cumbre de nuestra
historia del arte y de la pintura. Al mismo tiempo, al estudiar los
siglos XVII y XVIII, obtenemos una visión conjunta de la práctica
del coleccionismo en nuestro país durante el Antiguo Régimen.
Época que, por otra parte, marca un muy significativo punto de
inflexión en la historia del coleccionismo, debido a que, condicionada
por el ambiente cultural, ideológico y político del Barroco,
la obra de arte adquiere una nueva significación, a la vez que
el coleccionismo de estas obras, hasta entonces reservada a la élites
políticas, sociales, económicas y culturales, como eran
la realeza y la alta nobleza y alto clero, se abre ahora al resto de
la sociedad.
En cuanto al marco social del que nos vamos a ocupar, hemos de advertir
que hemos querido separar el coleccionismo de la realeza del emprendido
por el resto de la sociedad. En primer lugar, porque la colecciones
reales españolas de los siglos XVII y XVIII, empezando por Felipe
III y terminado con Carlos IV, son tan sumamente importantes y extensas
que dan de sobra para un estudio específico de las mismas, incluso
pormenorizadas por reinados. Además, por esta misma razón,
también han sido más estudiadas y son en la actualidad
mucho mejor conocidas. De hecho, la máxima representación
de la categoría de estas colecciones reales la tenemos actualmente
presente en el Museo del Prado. Así pues, y basándonos
en la nueva característica del coleccionismo del Antiguo Régimen
de la apertura y generalización de su práctica al resto
de la pirámide social, vamos a hacer precisamente un recorrido
por este otro coleccionismo. Recorrido en el que tendremos muy presente,
sobre todo, las importantísimas y riquísimas colecciones
de la alta nobleza cortesana, que intentan hacer sobra a las reales,
para descender hasta las modestos conjuntos pictóricos con los
que pequeños burgueses y comerciantes, e incluso gentes del estado
llano, decoran sus casas.
Pasando al marco geográfico a tratar, hemos querido reducirlo
a dos lugares puntuales que por sus distintas circunstancias suponen
los centros más activos de coleccionismo y de mercado y circulación
de obras de arte: por un lado, Madrid, capital del reino, residencia
de los reyes, de la Corte y de todo su aparato administrativo y burocrático;
y, por otro, Sevilla, cuna de una importante y rica nobleza de sangre
terrateniente, taller de una de las principales y más prolíficas
escuelas pictóricas de nuestro Siglo de Oro, y puerto de un activo
comercio con América y Europa.
En cuanto a la metodología a seguir, haremos una primera aproximación
al coleccionismo de arte en España a través de una breve
evolución histórica de su práctica y concepción
desde la Edad Media hasta principios del siglo XVII, siguiendo el proceso
de lo que Checa y Morán designan de forma muy significativa como
el paso de la cámara de las maravillas a la galería de
pintura . Proceso del que van a ser adalides y principales representantes
nuestros monarcas, desde los Reyes Católicos hasta, sobre todo,
Felipe IV, por lo que en este apartado daremos una suave pincelada del
coleccionismo regio. A partir de aquí, seguiremos el método
de abordar el tema de nuestro trabajo basándonos en las colecciones
más importantes o significativas de cada uno de los grupos de
la escala social a modo de ejemplo, analizándolas de forma individualizada,
haciendo una breve alusión a la figura de sus propietarios, así
como a la formación y contenido de las mismas, dentro de lo posible,
pero centrándonos y destacando principalmente aquellas obras
realizadas por maestros andaluces del Siglo de Oro y que aparecen en
sus inventarios o de las que se tiene noticia. Tras este recorrido,
nos parece igualmente oportuno analizar los medios a través de
los cuales los coleccionistas se hacen con sus pinturas, atendiendo
así tanto al mercado de obras de arte, que empieza a activarse
en España a partir del siglo XVII, como a las subastas y almonedas,
muy generalizadas en la época, sin olvidar los tradicionales
métodos de adquisición a los que acudían la realeza,
la alta nobleza y el alto clero los coleccionistas a gran escala, como
eran el encargo y la importación de obras.
Finalmente, daremos un nuevo giro a la metodología a seguir para
centrarnos, en este caso, en el coleccionismo de obras de un pintor
andaluz concreto, cuyo nombre va a ser el más repetido a lo largo
del estudio: Murillo, el más prolífico y difundido pintor
de su época tanto en España como en Europa, y el primero
cuyas obras trascienden nuestras fronteras para ser apreciadas y requeridas
en los más exigentes mercados de arte europeos. En este caso,
tomaremos como sujeto al pintor para ir siguiendo la circulación
de sus obras por distintas colecciones tanto españolas como europeas
durante los siglos XVII y XVIII. Proceso que nos permitirá, así
mismo, obtener una visión de la práctica del coleccionismo
también fuera de España, en los principales centros artísticos
europeos: Países Bajos, Inglaterra y Francia.
PRIMERA APROXIMACIÓN AL COLECCIONISMO DE PINTURA EN ESPAÑA
El término coleccionismo alude a la afición de reunir
objetos, así como a la técnica para ordenarlos debidamente,
afición que durante los siglos XVII y XVIII, llega a convertirse
en una necesidad y un medio de promoción y distinción
social y cultural, y con la que, según Checa y Morán,
se "busca reunir un conjunto que sea imagen del mundo, constituyendo
un microcosmos con carácter ecléctico" . Microcosmos
que van a ser hijos y reflejos de las ideas y movimientos de su época
y de la mentalidad y personalidad de sus creadores. La realeza va a
ser siempre, a lo largo de la historia, la pionera y la que establece
las bases de las distintas formas de coleccionismo, puesto que la monarquía
va a necesitar del arte como marco ambiental en el que se desenvuelva
todo su esplendor . Actitud que va a ser seguida muy de cerca, en primer
lugar, y principalmente por la más alta nobleza, imitados, a
partir del siglo XVII, a una prudente distancia, por el resto de los
estamentos y grupos sociales, en un intento de identificarse y equipararse
lo más posible a la cúspide de su sistema, el rey.
En cuanto a los factores y motivos que explican el porqué de
las colecciones hay que tener en cuenta tres aspectos principales: el
poder adquisitivo del coleccionista, que se constituye un aspecto reflexivo
del coleccionismo, puesto que supone, al mismo tiempo, una causa y consecuencia
del mismo; la formación cultural del momento, que va de la mano
y caracteriza el contenido, valor y simbolismo de las colecciones, y,
en tercer lugar, el ambiente social del Antiguo Régimen, puesto
que el marco social que conforma el coleccionismo del siglo XVII es
una sociedad de privilegios donde prima todo lo efecticista y aparente,
y donde la acumulación de piezas artísticas se va a concebir
como una forma de materialización del poder. A esto hay que añadir
el hecho de que en la Edad Moderna la obra de arte cobra el valor de
objeto artístico, se convierte en mercancía, entra en
el tráfico mercantil de compra?venta y pasa a formar parte de
la colección, dando prestigio a su propietario, quien tiene a
partir de entonces perfecta noción de su significado y valor
económico, debido a la intensidad de la ley de la oferta y la
demanda . Es durante esta época cuando se va a producir la evolución
ideológica de lo que hoy en día denominamos coleccionismo
desde la idea de tesoro, existente durante la Edad Media, y de la de
cámara de las maravillas del Humanismo, a la de colección
moderna o galería artística.
La afición por el coleccionismo en España es antigua,
arrancando desde época medieval, cuando los objetos de interés,
más que coleccionarse se atesoraban, mezclándose artículos
sagrados y profanos, donde la maravilla, lo curioso y lo extraordinario
se disponían junto a joyas, relicarios, trofeos y naturalia,
elementos representantes de la Naturaleza . Si bien podríamos
señalar que a lo largo del siglo XV, gracias a los contactos
con Italia y Flandes, va a empezar a disolverse la mentalidad medieval
para dar paso a la aparición de los síntomas de una cultura
de sello humanista. Aparecen los primeros conjuntos a los que se puede
denominar propiamente colecciones y que participan de rasgos plenamente
modernos: contenido profano, carácter privado y valoración
del objeto en función de sus contenidos formales y artísticos
y no exclusivamente de su valor intrínseco y material, como hasta
entonces. Los Reyes Católicos van a estar a la cabeza de la renovación
de los gustos artísticos de su época, de tal manera que
aparecen la biblioteca y la colección de pintura y tapices como
muestra de modernidad, a cuyas piezas se otorga un valor museístico,
como queda reflejado en la Capilla Real de Granada .
Durante el siglo XVI se incrementó el deseo de acumular obras
de arte, y aparecen las cámaras de las maravillas, concebidas
como ámbitos íntimos, recogidos, destinadas a un reducido
y escogido número de visitantes no sólo, y no sólo
centradas en acoger pinturas y obras artísticas propiamente dichas,
sino abiertas a los intereses de la nueva cultura e ideología
humanista. Cámaras que contaban como antecedente con el studiolo
o refugio del humanista donde guardaba sus objetos más preciados
. Felipe II va a suponer la figura más paradigmática de
este concepto, de tal manera que encabeza la lista de los principales
y más importantes museos principescos de Europa propuestos por
Paolo Lamazzo en su obra La idea del templo de la pintura, en 1590.
Su gusto por la pintura va a suponer una verdadera inflexión
en la historia del coleccionismo en España, puesto que, por primera
vez, nos encontramos ante el planteamiento del concepto de la galería
de pinturas, que sustituiría a la idea de la cámara de
las maravillas. A su muerte, el segundo de los Austrias Mayores dejó
un importante conjunto, no solo de palacios y residencias reales en
torno a Madrid, sino también una valiosísima colección
de pinturas, un tesoro de instrumentos científicos y de piezas
naturalistas, una armería perfectamente ordenada y una biblioteca
en El Escorial parangonable con la de los Papas .
El siglo XVII supone la época dorada del coleccionismo español.
Se va produciendo una especialización en los gustos de los coleccionistas
del momento, lo que hay que situar en el origen de la aparición,
y consolidación, a lo largo de la centuria, del Coleccionismo
Moderno, del que serían adalides los Austrias Menores. Como hemos
señalado, la práctica coleccionista en estos momentos
se va decantando hacia lo puramente artístico, siguiendo los
preceptos filosóficos de Bacon y Descartes, para desvincularse
de las curiosidades de la Naturaleza y de los prodigios de la técnica.
Proceso que, en cualquier caso, resulta largo y lento, por lo cual es
difícil establecer una secuencia lineal en el paso de las cámaras
de las maravillas a las galerías de pinturas . Una vez más,
la labor de los monarcas españoles va a ser crucial en la difusión,
generalización y consolidación del coleccionismo, que,
a partir del Seiscientos adquiere una nueva y revolucionaria dimensión,
al dejar de ser un coto cerrado para la nobleza y la más pudiente
y poderosa aristocracia y jerarquía eclesiástica. Pasa
a adquirir, en cambio, una nueva dimensión abierta y común
para toda la sociedad, desde la nobleza media hasta el estado llano,
pasando por las capas más secundarias del clero, la hidalguía,
la alta burocracia y la burguesía, con sus comerciantes y profesionales
liberales, que encuentran en esta práctica una vía de
equiparación social con los escalafones inmediatamente superiores
de la pirámide social; así como un medio de expresión
y materialización de la grandeza y de la importancia social de
sus dueños .
Felipe III inicia un cambio de gusto artístico que supone una
mayor atención hacia la pintura y hacia la obra de arte, frente
al detrimento del interés por los objetos exóticos y naturalistas.
A partir de este momento la política y el coleccionismo van a
caminar de la mano, puesto que las relaciones entre las distintas monarquías
iban a constituir uno de los principales medios de circulación
y adquisición de obras de arte, y se consolida la tendencia de
concebir la colección fuera del recinto del gabinete privado,
para presentarla en forma de galería, con criterios expositivos
y ostensorios. Pero es su hijo Felipe IV quien constituye la figura
más significativa de monarca coleccionista de obras de arte.
Alentado por las intrigas de su valido, el Conde?Duque de Olivares,
a lo que hay que unir una verdadera y profunda predilección personal
por el arte, establece una estrecha relación, desde un principio,
entre éste y la política, bajo la concepción de
que el arte constituía la materialización del poder. Brown
y Elliot remarcan la importancia de este mecenazgo real, presentándolo
como una necesidad política de poner a la poderosa nobleza en
su lugar, evitando que su lujo y esplendor estuviera por encima del
suyo propio, de tal manera que va a ser el monarca quien asiente las
pautas de las colecciones del resto de la sociedad . Una muestra muy
significativa del alcance del coleccionismo español de pintura
durante el reinado de Felipe IV la aporta Sir Arthur Hopton, en una
carta escrita en 1638, en la que señala que los españoles
"se han vuelto ahora más entendidos y más aficionados
al arte de la pintura que antes, en grado inimaginables, y el Rey ha
conseguido un número increíble de obras de los mejores
autores, tanto antiguos como modernos, y el Conde de Monterrey se trajo
de Italia lo mejor..., y siguiendo su ejemplo el Almirante de Castilla,
don Luis de Haro y muchos otros también se han lanzado a coleccionar"
.
EL COLECCIONISMO
NOBILIARIO
Coleccionistas nobiliarios en la Corte
La mayoría de los grandes coleccionistas de la aristocracia del
siglo XVII está formada por nobles que disfrutan, principalmente,
de dos ventajas: por una parte, el parentesco y la cercanía a
los círculos de los validos, lo que les garantizaba influencia
y poder social y económico, y por otra, las misiones diplomáticas
que tenía encomendadas, especialmente en Italia y Flandes, que
suponían una palanca decisiva para lanzarlos al desarrollo del
coleccionismo.
Durante el reinado de Felipe III, la afición del soberano por
la pintura fue emulada por sus cortesanos, que, al igual que el rey,
ejercían funciones de coleccionistas y patrones de las artes,
llegando a amasar importantes colecciones artísticas. De entre
esta nobleza cortesana, hay que destacar, en primer lugar, precisamente
a aquel que más cerca estuvo del monarca, que influyó
en él y que, por tanto, sería el más poderoso del
momento: su valido don Francisco de Rojas y Sandoval, Duque de Lerma.
Martín González nos dice de él que fue uno de nuestros
grandes mecenas y coleccionistas . No se conocen los fondos de su palacio
madrileño ; sí se saben, en cambio, los que encerraba
el palacio de Lerma (Burgos) , lo que nos aporta una clarividente noción
de lo que podía ser el conjunto de sus posesiones artísticas,
entre las que había pintura, escultura y relicarios. Además,
a esto hay que añadir el enorme legado que nos ha dejado en sus
fundaciones de patronato, como el palacio y los seis conventos que funda
en la villa que da nombre a su título y la Colegiata de Ampudio
(Palencia).
Con Felipe IV se intensifican las prácticas coleccionistas de
la nobleza, imitando los aires que se desprenden del Buen Retiro. Como
destacan Checa y Morán, va a ser don Gaspar de Guzmán,
Conde Duque de Olivares, de origen andaluz, a quien le corresponda "parte
de la gloria de haber dirigido a Felipe IV por la senda del coleccionismo
a gran escala y al mecenazgo artístico" , a lo que Martín
González añade que fue él quien acrecentó
en el monarca la idea de que el arte es poder , por lo que parece obvio
que dicha fórmula debió de aplicársela el mismo
Olivares en su propio beneficio. Así pues, es lógico pensar
que las labores de mecenazgo del valido hubieron de estar complementadas
con una buena colección de obras de arte, sin embargo, ésta
nos es totalmente desconocida. Desde aquí, la cadena se continúa
por la parentela y la clientela de Olivares, también en gran
parte de procedencia andaluza, en quienes se va a poner especialmente
de manifiesto el fenómeno del clientelismo, utilizando sus relaciones
para acumular grandes fortunas, parte de las cuales invirtieron en obras
de arte. Como principales razones que expliquen la importancia de la
práctica del coleccionismo en este momento y por estos individuos
podríamos señalar: por un lado, el interés y necesidad
de afirmar su posición y condición siguiendo los dictados
de la moda emanados de palacio; y, por otro, la situación de
crisis económica por la que se atravesaba en el siglo XVII, que
convertía al arte en una de las pocas inversiones aconsejables.
Además, a esto hay que añadir el hecho de que fueron también
precisamente estos nobles quienes ejercieron los cargos diplomáticos
en Flandes e Italia, así como el de virrey de Nápoles,
cuna, ésta última, de la corriente más poderosa
del coleccionismo español, según Martín González
. De hecho, esta salida de españoles a Europa, sobre todo a Italia
y los Países Bajos, con todo lo que suponen estos países
artísticamente, pero también a Francia, Inglaterra y Alemania,
en misiones políticas, militares o diplomáticas, supondrán
la apertura de unos amplísimos horizontes para nuestro arte .
Entre la clientela de Olivares hay que destacar a: el Marqués
de Leganés, el Conde de Monterrey, los Marqueses VI y VII de
El Carpio y el Duque de Medina de las Torres; mientras que un grupo
aparte lo constituye la nobleza no perteneciente al círculo del
valido, entre los que están: el Almirante de Castilla, el Conde
de Benavente y el Marqués de Fuensaldaña.
En el círculo del Conde Duque de Olivares destaca, en primer
lugar, un primo carnal suyo, don Diego de Messía, Marqués
de Leganés, "el miembro más espectacular del clan",
según Brown . Ejerció de paje en la Corte Archiducal de
Bruselas, donde hizo su carrera militar, dirigiendo ejércitos
españoles en los Países Bajos, Milán y Venecia.
Sus destinos en Flandes e Italia le otorgaron la oportunidad de coleccionar,
mientras que Olivares le proporcionó los medios necesarios a
través de favores y privilegios reales, así como con un
ventajoso patrimonio. Sus inicios como coleccionista fueron bastante
modestos: 18 obras, 11 de ellas de Tiziano, tenía en 1630; mientras
que para 1642, el número de cuadros había aumentado espectacularmente
hasta 1100. A su muerte, en 1656, su colección ascendía
a un total de 1333 pinturas, entre las que se encontraban obras maestras
de Rubens y Van Dyck, así como de maestros flamencos menores:
Peter Snayers, Gaspar de Crayer, Joos de Momper; sin olvidar obras de
primitivos flamencos: Van Eyck, Metsys, El Patinir, Van der Weyden.
Las pinturas italianas representadas también era numerosas, de
autores renacentistas de primerísima fila como Tiziano, Rafael,
El Veronés y los Bassano, mientras que las representaciones de
italianos del XVII eran más reducidas . Del mismo modo, hay que
señalar la discreta presencia de un grupo de obras de autores
españoles: 18 cuadros de Ribera, que, según Brown , fueron
adquiridos mientras era gobernador de Milán, entre 1635 y 1641;
y Velázquez, del que Mary Crawford Volk señala que tenía
al menos 5 obras, según se deduce del inventario de su "Segundo
mayorazgo", en 1642: 4 retratos (el busto de la Reina de Hungría
que se encuentra actualmente en el Museo del Prado; uno de Calabazas,
con turbante ; uno de Pablillos , y un autorretrato del propio pintor
) y un original tema iconográfico religioso, San Francisco de
Paula con dos compañeros . Carducho dice que en su casa madrileña
"la vista y el entendimiento se deleitó en ver tantas y
tan buenas pinturas antiguas y modernas, alabadas de todos los que tienen
voto en esta materia" , a la vez que elogia la cuidada distribución
de las mismas por las distintas galerías de su palacio, divididas
por series, y alternando con bustos y estatuas , y destaca, por último,
la presencia, junto a las pinturas de "muchedumbre de ricos escritorios
y bufetes, relojes extraordinarios, espejos singulares", así
como "globos, esferas, cuerpos regulares y otros instrumentos matemáticos
y geométricos" . De hecho en su casa se constituyó
una academia de matemáticas y artillería . Por su parte,
Mary Crawford Volk añade la existencia de una serie de tapices
en su inventario, regalo de Luis XIII de Francia, mientras estuvo de
embajador en París . Esta misma autora señala la claridad
con que la impronta de la condición de diplomático y de
militar en Flandes y en el Norte de Italia del Marqués de Leganés
se aprecia en su colección, y se llega a plantear hasta qué
punto, su gusto, calificado de "intachable" por Brown , pudo
influir en la dirección del gusto pictórico en Madrid
.
Don Manuel de Fonseca y Zúñiga, Conde de Monterrey, era
cuñado del Conde Duque de Olivares por doble vinculación,
puesto que cada uno estaba casado con la hermana del otro . Se puede
considerar como el protegido del valido que en mayor medida acrecentó
su riqueza y su poder gracias a sus cargos políticos. Fue embajador
de Felipe IV ante la Santa Sede, entre 1628 y 1631 y Virrey de Nápoles
entre 1631 y 1637. Pérez Sánchez lo define como "un
hombre no demasiado inteligente, pero ambicioso y astuto, movido por
su mujer, de fortísima personalidad y carácter. Su interés
por las artes fue sincero y fácil de entender por su gusto por
la ostentación y el lujo" . Aparte de coleccionista, también
fue un gran mecenas de las artes, y así hospeda, guía
y protege a Velázquez en su primer viaje a Roma, y fue uno de
los más constantes y entendidos mecenas españoles de Ribera.
Además, Haskell lo sitúa como descubridor del pintor Claudio
de Lorena . A su vuelta a Madrid, en 1638, trajo consigo dos importantes
obras de Tiziano, La Bacanal y La ofrenda a la diosa de los amores,
para el rey, con destino al Buen Retiro; y se instala en su Palacio
de Buenavista, en el madrileño Paseo del Prado de San Jerónimo
. Palacio que con posterioridad sufriría un incendio en el que
se perdería información básica para conocer la
actividad de Monterrey como coleccionista, aunque sí se conserva
su inventario, realizado a petición de su esposa, a la muerte
del conde, en 1653. En él se registran pinturas, esculturas,
tapices, reposteros, colgaduras, espejos, relojes, mobiliario, objetos
de plata,... . En cuanto a la pintura, cuya tasación corre a
cargo del pintor Antonio de Pereda, sorprende el reducido número
de obras: 265 . Destaca, en cambio, su gran calidad, si bien hay muchos
cuadros que no están sin atribuir. Entre los artistas italianos
representados hay que citar a Tiziano, Lucas Cambiaso, Luigi Carberini
y El Pardedone, uno de cuyos cuadros es el que alcanza una mayor tasación,
8.100 reales. Brueghel, Van Eyck, Paolo Brill, Antonio Moro, Durero,
Cranach, representan a los flamencos, cuyas tablas alcanzan los más
altos precios. En cuanto a los pintores españoles, hay que citar
a Eugenio Cajés, Sánchez Coello y El Greco, y entre los
barrocos, 13 obras de Ribera; mientras que la pintura andaluza de esta
época iba a estar representada por Velázquez, con dos
retratos, de Felipe IV y de su esposa la Reina Doña Mariana de
Austria . Respecto a la temática, hay que señalar una
relativamente importante proporción de cuadros profanos, incluso
mitológicos, que constituían casi la mitad del total de
las obras pictóricas. Así pues, frente al 56% que suponían
el conjunto de pinturas de temática religiosa, un 14,5% contenía
temas mitológicos; un 17% estaba constituído por retratos,
un 9% por escenas de género, paisajes y batallas, así
como un 3% por naturalezas muertas . Esta colección, en cambio,
no le inspiró "ninguna observación de tipo artístico"
a Del Pozzo , mientras que Carducho se lamenta de no haberlas podido
ver, aunque destaca "la grandeza de tener tanto original"
.
Don Luis Méndez de Haro, VI Marqués de El Carpio, "coleccionista
entusiasta" , sobrino y sucesor de Olivares en el gobierno de España
después de su caída en 1643, va a amasar una gran fortuna,
lo que le permite enriquecer sus colecciones ?que le vienen legadas
de su también tío el Conde de Monterrey? con tapices y
pinturas. Brown destaca su participación en la subasta organizada
por el régimen de Cronwell, tras el destronamiento de Carlos
I de Inglaterra, así como en la del Conde de Araundel, por lo
que "fue el principal beneficiario de la masiva dispersión
de cuadros" originada por la guerra civil inglesa. Siguiendo el
ejemplo del rey Felipe IV, se inclina principalmente por obras de pintores
venecianos del siglo XVI: Tiziano, El Veronés, Tintoretto, Rafael,
así como obras de Corregio, Parmigianino, Barocci; amén
de obras flamencas ?las peor documentadas?: cartones de Rubens ?regalo
del rey? y obras de Van Dyck . En 1651, aun en vida del marqués
se hizo inventario de sus bienes, registrándose hasta 331 cuadros,
de los cuales 3 son de Velázquez, y entre los que aparece nada
más y nada menos que La Venus del Espejo , lo que supone la más
antigua e inesperada referencia sobre tan preciada obra, que se creía
pintada mucho después de la fecha del inventario en cuestión;
además 7 obras son de mano de su yerno, Juan Bautista del Mazo:
el retrato del Conde Duque de Olivares del Metropolitan Museum de Nueva
York; las vistas de Pamplona de las colecciones Wellingstton y Casa?Torres,
y cuatro copias de obras de Tiziano, El rapto de Europa, la Historia
de Diana y Acteon, Diana con unas ninfas y un perro a la orilla de un
río y la Historia de Adonis; las dos últimas copias se
encuentran actualmente en el Museo del Prado .
Su hijo, don Gaspar de Haro y Guzmán, VII Marqués de El
Carpio, cumple un papel de esencial importancia para la Historia del
Arte, como "avidísimo coleccionador de obras de arte"
. A su muerte, en 1687, se hace un inventario de los numerosísimos
bienes poseídos en Italia, y que había ido acopiando a
lo largo de su carrera, con los que, con posterioridad, entre 1690 y
1694 se organizaría la almoneda correspondiente con la que satisfacer
las deudas de sus acreedores. Subasta que tendría lugar en el
madrileño Jardín de San Joaquín, en el lugar en
el que hoy en día se alza el Palacio de Liria, en la Calle Princesa,
junto a la Cuartel del Conde Duque, como se refleja en el Plano de Texeira.
Entre sus lienzos hay que destacar la presencia de obras de los más
famosos maestros italianos (Rafael, Corregio), flamencos (Brueghel,
Van Dyck, Rubens) y españoles, de los que nos interesan, sobre
todo, las 5 obras de Velázquez con las que contaba, todas ellas
retratos: el de un "filosofo estandose riendo con un globo"
del Museo de Rouen, que fue entregado junto con otras pinturas a "Pedro
Rodríguez, jardinero de los Excmos. Sres. Marqueses del Carpio"
; uno de Olimpia Pamphili, cuñada del Papa Inocencio X ; de don
Sebastián de Morra ; el retrato ecuestre del Príncipe
Don Baltasar Carlos de la colección del Duque de Westminster,
y uno de "la Emperatriz siendo niña y dama... pintado un
perro echado..." . Los tres últimos sirvieron para liquidar
las deudas de Carpio con los Condes de Monterrey en la almoneda de 1690.
No obstante hay que señalar que estas obras volverían
a reunirse con los que quedaron de las Casas de El Carpio y Olivares,
al morir sin sucesión la VII Condesa de Monterrey, doña
Inés Francisca de Zúñiga y su marido, don Juan
Domingo de Haro y Guzmán, hermano del VII Marqués de El
Carpio. El título pasa entonces a una hermana de éste
último, doña Catalina de Haro, casada, a su vez, con el
X Duque de Alba, don Francisco Álvarez de Toledo .
Don Ramiro de Guzmán, Duque de Medina de las Torres, sucedió
a Monterrey en el virreinato de Nápoles, y era yerno de Olivares,
al estar casado con su hija María, que muere pronto, aunque Medina
iba a conservar el favor de su suegro. Inició su colección
antes de salir de España. Brown dice de él que "no
fue un coleccionista ávido, ni muy entendido" , pues a su
muerte, en 1688, sólo tenía 96 obras, que no era mucho
para su época ni para su rango. Además, la mayor parte,
a excepción de unas cuantas obras de Ribera, están sin
atribuir, y su inventario, que estaba en el Archivo de la Casa de Alba,
se perdió a finales del siglo XVIII. No obstante, Burke nos dice
que en él, realizado a la muerte del duque por los pintores Juan
Carreño de Miranda y su discípulo Juan Martín Cabezalero,
se aprecia claramente la falta de atención de los coleccionistas
nobiliarios españoles por los artistas autóctonos, a excepción
del andaluz Velázquez y el valenciano Ribera ; por su parte,
Carducho, de su visita a la casa de Medina dice que "la ocupa grande
número de pinturas escogidas", destacando las de Juan de
Jáuregui . Su actividad más importante, como patrón
de las arte, la hizo en nombre del rey Felipe IV al, prácticamente,
arrebatar del Convento de Santo Domingo de Nápoles La Virgen
del Pez, de Rafael, ante las protestas del prior, quien acabó
siendo expulsado del reino, y al encargar a Ribera el Martirio de San
Felipe .
Entre la nobleza no perteneciente al círculo de Olivares, hay
que presentar, en primer lugar, a don Juan Alfonso Enríquez,
Duque de Medina de Rioseco y Almirante de Castilla, quien, en cambio,
va a cumplir la faceta de destacarse en Italia, como sucesor del Duque
de Medina de las Torres, al frente del virreinato de Nápoles,
entre 1644 y 1646, por lo que fue, igualmente, otro importante coleccionista.
Burke señala 1400 obras inventariadas a su muerte, en 1647 ?frente
a las 938 que cuenta Brown ?, de las que tan sólo 16 eran de
Ribera, una de Zurbarán y otra de un autor anónimo español,
con lo que profundiza en la idea del escaso interés de los nobles
por nuestros pintores compatriotas. En el caso de otros nobles tampoco
pertenecientes al círculo de Olivares, sus colecciones artísticas
resultan menos importantes o poco estudiadas, y en ellas, además,
la presencia de maestros andaluces es prácticamente nula o desconocida,
como el caso de, entre otros, el IV Duque de Alba, del Marqués
de Mejorada , y de los condes de Castrillo, Molina, Oñate, Benavente
y Fuensaldaña . De otros no conocemos sus colecciones más
que a través de narraciones de la época, que apenas dan
idea de sus fondos. Así pues, Del Pozzo alude a las del Príncipe
de Esquilache , los Duques de Pastrana , los Duques del Infantado, los
Marqueses de La Hinojosa , los Marqueses de Montesclaros , y los Duques
de Alburquerque . Por su parte, Carducho, que en ocasiones pondera demasiado
y atribuye obras erróneamente, después de recorrer las
casas y colecciones artísticas de gran parte de la numerosísima
nobleza madrileña de la época acaba con unas muy significativas
palabras: "quédome aquí, que no los puedo nombrar
a todos, y digo que apenas hay quien no ame o acredite este arte, buscando
pinturas originales de grandes nombres para adornar y enriquecer notablemente
sus casas y mayorazgos" .
Coleccionistas nobiliarios en Sevilla
En la Sevilla del siglo XVII, a pesar de que la pérdida del monopolio
del comercio con Indias inicia la decadencia de la ciudad, que ya no
es la misma urbe que la caracterizaba en la centuria anterior, aparecen,
en cambio, una serie de aspectos que la convierten en el otro gran foco
de coleccionismo de obras artísticas fuera de la Corte: la necesidad
de intentar revivir la grandeza que había definido a Sevilla
en el Renacimiento, por medio del efecticismo que caracterizaba a la
cultura barroca; la existencia de una importante nobleza de sangre,
terrateniente, pero también dedicada a la política y a
la diplomacia, así como la existencia de una prolífica
cuna de artistas en todos los campos, destacando su escuela de pintores,
de la que van a salir los más insignes maestros de toda la historia
de la pintura española.
El máximo representante del coleccionismo de arte de la más
alta nobleza andaluza durante el siglo XVII lo constituye don Fernando
Enríquez Afán de Ribera y Girón, III Duque de Alcalá
de los Gazules , nacido en 1583, primogénito y heredero de los
anteriores duques, don Fernando Enríquez de Ribera y doña
Ana Girón y Guzmán, hija de los Duques de Osuna . Hombre
de excepcional formación intelectual, a diferencia del resto
de la aristocracia cortesana, no vivía en Madrid, sino en la
sevillana Casa de Pilatos . Don Fernando continuó con la tradición
familiar de hacer acopio de antigüedades, construyendo una galería
dedicada especialmente para albergar su propia colección de bronces,
bustos clásicos, urnas,... así como la biblioteca del
palacio, formada a partir de un fondo de cuatro mil libros.
El inicio de su actividad como coleccionista y patrón de las
artes hay que situarlo en los umbrales del siglo XVII, al emprender
la remodelación y redecoración de su palacio, para lo
que cuenta con los principales representantes de la Escuela Sevillana
del momento: Pacheco, Velázquez, Alonso Vázquez, Antonio
Mohedano, Pablo de Céspedes y Juan de Roelas; todos están
presentes en los dos inventarios que se hacen en Sevilla de sus obras
entre 1632 y 1636, un año antes de su muerte, acaecida en Austria,
en 1637, tras la cual se realizaría un nuevo inventario de sus
bienes. Las primeras adquisiciones identificables de cuadros responden
a obras de artista locales, la mayoría amigos y colaboradores
de Pacheco, quien, por su parte, realiza la serie de frescos mitológicos
del techo del Camarín Grande de la Casa de Pilatos . En cuanto
a estos pintores sevillanos, hay que destacar, en primer lugar Lázaro
y el rico Epulón, para el Palacio Ducal de Bornos (Cádiz),
de mano de Antonio Vázquez, colaborador con Pacheco en los ciclos
de la Merced Calzada de Sevilla. Autor, igualmente de una serie de Nueve
Musas, que formaban parte de la decoración del mismo Camarín
Grande, y que hoy se hayan desaparecidas. Otro de los pintores coetáneos
de Pacheco, Pablo de Céspedes, está representado en la
colección de Alcalá con un cuadro de Herodías con
la cabeza de San Juan Bautista, perdido en la actualidad. Antonio Mohedano
de la Gutierra, por su parte, a principios de siglo, pinta un grupo
de 14 naturalezas muertas con cestas de frutas para un pequeño
recibidor del mismo palacio, lo cual, como señalan Brown y Kagan,
demuestra que Mohedano fue pintor de naturalezas muertas . Otros dos
bodegones, esta vez de mano del propio Velázquez , que, desgraciadamente,
también se hallan perdidos, engrosaban la colección de
don Fernando. Según Brown y Kagan, los pintores sevillanos representados
en la colección de Alcalá son todos del círculo
de Pacheco, y llama la atención por la ausencia de obras de otros
pintores sevillanos de la época, de los que tan solo se nombra
a Juan de Roelas , "the most talented of his generation to works
in the city (Sevilla) in the first quarter of the century", quien
habría realizado cuatro pinturas para el retablo del oratorio
del palacio: Dios Padre, San José, San Andrés y San Francisco,
todos ellos, igualmente, desaparecidos .
A caballo entre los siglos XVII y XVIII encontramos la importante colección
artística del IX Duque de Medinaceli , don Luis de la Cerda Fernández
de Córdova Folch de Cardona y Aragón, cabeza de tan significativa
casa ducal, quien inicia su carrera política y militar en 1684,
a los 24 años de edad, cuando, siendo aún Marqués
de Cogolludo fue enviado como comandante general a Nápoles por
Carlos II, para, tres años más tarde, trasladarse a Roma
como embajador. A continuación, en 1692, cuando acababa de heredar
el ducado de su padre, es nombrado Virrey de Nápoles, ciudad
a la que vuelve con un "ambicioso plan de embellecer la ciudad"
, que no llegó a realizarse. Finalmente regresa a España,
en 1701, durante la Guerra de Sucesión, en la que toma partido
por Felipe V, quien le nombra primer ministro en 1709. El reciente descubrimiento
de su inventario en el Archivo Ducal de Medinaceli, en la Casa de Pilatos
de Sevilla, permite un mejor conocimiento de la formación de
esta colección, a la que hay que unir la inmensa biblioteca ya
reunida por el VII Duque, abuelo de don Luis. Entre sus pinturas, aparte
de las tablas flamencas de Lucas van Leyden y de Brueghel, del siglo
XVI y de Rubens; destacan especialmente obras de manos italianas, tanto
renacentistas (Tintoretto, El Veronés, Tiziano, Rafael, Zuccaro,
Parmigianino, Barocci, Sebastiano del Piombo), como barrocas, del siglo
XVII (con Guido Reni, Carlo Maratta, Lucas Giordano, Pietro da Cartona
y Carraci, entre otros), de los que, presumiblemente, parte pudo adquirir
durante su estancia en Italia. Por su parte, la pintura española,
vuelve a estar escasamente representada, puesto que de las 195 obras
que aparecen atribuídas en el inventario, tan solo 15 responden
a manos de españoles, destacando, una vez más, en número,
Ribera, con 7 obras. A su vez, dentro de la pintura española,
sólo aparecen cuadros de dos andaluces: Matías de Torres,
un pintor de segunda fila, que pinta 6 lienzos para el palacio del Duque
de Feria en Priego de Córdoba, y el omnipresente Velázquez,
con dos obras. Una de ellas aparece simplemente descrita como "retrato
de un hombre" , lo que hace imposible su identificación.
La otra, en cambio, descrita en el inventario como "otra de Velazquez
con Mugeres que travajavan en tapizeria", tasada en 3.000 reales,
nos indica indudablemente que se trata de una de las más significativas
y controvertidas obras velazqueñas: Las Hilanderas o La fábula
de Palas y Aracné , que actualmente se encuentra en el Museo
del Prado, procedente de las colecciones reales, a las cuales había
accedido, a su vez, por donación del propio X Duque de Medinaceli,
como se desprende de la marginalia que aparece en el inventario en cuestión,
junto a la descripción de Las Hilanderas, y que reza: "se
embio a Palacio cuando murio mi Amo" . Al igual que ocurrió
con esta obra, Lleó Cañal señala que otras muchas
obras de la colección de Medinaceli pasaron a las colecciones
reales, bien por este mismo procedimiento, como a través de la
presumible almoneda celebrada a la muerte del X Duque, en la que también
el Marqués de la Ensenada adquirió un gran número
de obras, las cuales, a su vez, pasaron a los fondos reales a la muerte
de éste .
Otro destacado personaje de la nobleza sevillana en el siglo XVIII,
dueño de una gran colección artística y de una
importante biblioteca fue don Francisco Tello y Portugal, Marqués
de Sauseda, caballero de la orden de Alcántara y Veinticuatro
de Sevilla, que contaba con 76 cuadros, de los que, en cambio, sólo
uno, un retrato de Fernando III El Santo, estaba atribuído, precisamente
a la mano de Murillo .
EL COLECCIONISMO
EN EL RESTO DE LA SOCIEDAD
El Clero
Pero el coleccionismo no estuvo reservado exclusivamente a la realeza
y a la nobleza, sino que también se van a interesar, con frecuencia,
por las obras de arte los miembros del estado eclesiástico, aunque
en España no llegan a emprender nada comparable con las actividades
de los cardenales romanos . Además, tampoco se puede ver el coleccionismo
en el clero como algo totalmente diferente al coleccionismo nobiliario,
puesto que muchos clérigos inician sus colecciones precisamente
en su calidad de aristócratas. Así mismo, supone un campo
muy poco estudiado, en el que tan solo podemos destacar las figuras
del Cardenal Sandoval y Rojas, Arzobispo de Toledo y Primado de España,
el Patriarca Juan de Ribera de Valencia, el Cardenal Trejo y el Obispo
García de Loaysa, en Madrid . Mientras que en Sevilla, a pesar
de la vida opulenta que la riqueza del arzobispado permitía a
sus rectores, las empresas pictóricas emprendidas por el cabildo
iban a resultar escasas y desigualmente repartidas a lo largo del siglo
XVII. Por su parte, la labor particular del clero sevillano nos es prácticamente
desconocida, aunque podemos traer a colación el caso concreto
de don José Francisco de Soto, presbítero y beneficiado
de la Catedral, que poseía una colección de un total de
48 obras pictóricas, entre las que destacan dos paisajes de Ignacio
Iriarte . Lo que sí resulta muy significativo de estos casos
de coleccionismo de miembros del clero es que, a su muerte, sus bienes
no eran transmitidos a sus herederos directos, sino que pasaban a engrosar
el patrimonio de la Iglesia, y, en concreto, de aquellas sedes a lo
largo de las cuales habían ido desarrollando su cursus honorum,
lo que implicaba la consecuente dispersión de las colecciones.
Pero, así mismo, esta realidad explica la aparición de
obras artísticas de las más dispares e insospechadas procedencias
en distintos conventos, iglesias, colegiatas y catedrales.
La alta
burocracia.
Pero tampoco nobleza y clero van a ser los únicos que, aparte
de la realeza, vayan a reunir importantes conjuntos pictóricos
y artísticos, sino que durante el reinado de Felipe IV surge
una nueva clase de coleccionistas, formada por miembros de la burocracia
real , a los que hay que añadir intelectuales, profesionales
liberales y la incipiente burguesía, que se unen a la práctica
del coleccionismo de importantes conjuntos pictóricos y artísticos,
hasta entonces reservados a la realeza, nobleza y clero, para seguir
su ejemplo, atraídos tanto por la belleza del arte como por el
prestigio social que confería, por lo que van a considerar los
cuadros como una parte importante de la decoración de sus casas
.
Entre los representantes de la burocracia cortesana, miembros de las
órdenes militares y de los distintos consejos, sobresale la figura
de don Pedro de Arce, montero de Cámara y aposentador de palacio
de Felipe IV, hombre, por tanto, de buenos recursos económicos,
como se desprende de su inventario, que se realiza en 1664 con motivo
de las segundas nupcias de don Pedro con doña Luisa Ordoñez
(viuda, a su vez de don Antonio de Oviedo, caballero de la Orden de
Santiago) en el que aparecen una gran cantidad de joyas y alhajas, espadas
de armeros famosos, una importante colección de relojes valorada
en 30.000 reales, varias series de tapicerías finas de Bruselas
y un total de 207 pinturas . Pinturas que suponían un conjunto
de enorme importancia, por lo que fue llamado para tasarlas Pedro de
Villafranca, "pintor y grabador muy estimado como retratista"
que "debía de inspirar gran confianza y prestigio pues tanto
doña Luisa Ordoñez como don Pedro de Arce renuncian a
designar por su parte tasador y se declaran conformes de antemano con
las decisiones del perito nombrado por la parte contraria" . Tasación
caracterizada por el gran número de atribuciones que se registran
y en la que, atendiendo a los nombres que aparecen, según apunta
María Luisa Caturla se aprecia un cierto "matiz arcaizante
con respecto a su propia época" por el predominio de autores
italianos de principios del XVII y de la segunda mitad del siglo XVI
(Julio Romano, Correggio, Tintoretto, Bassano, Tibaldi...), e incluso
hay que contar con la presencia de un tríptico de El Bosco. En
cuanto a las manos españolas, también de la misma época,
hay que destacar obras de Juan Fernández Navarrete, Juan de Ribalta,
Pedro Orrente y El Greco) . La pintura andaluza está representada
por una sola obra, de la que María Luisa Caturla señala,
además, que es "casi el único cuadro contemporáneo",
y se trata de una de las principales obras del insigne Velázquez:
Las Hilanderas , que, como ya hemos señalado, luego pasaría
a la colección del IX Duque de Medinaceli y, de ahí, a
las colecciones reales.
Las colecciones de los consejeros de Castilla durante el siglo XVII
y primera mitad del XVIII, han sido estudiadas por Janine Fayard, destacando
que la cantidad de obras pictóricas por colección oscila
entre las 15 y las 750 telas, si bien lo normal era tener entorno a
50; y aunque señala que los pintores españoles del Seiscientos
son los que están mejor representados (Pedro Atanasio, Francisco
Gutiérrez, Benito Manuel, Juan de la Torre, Diego Valentín
Díaz, Pedro Orrente, Eugenio Cajés, Domingo de Carrión,
Juan de la Corte, Pedro Navarrete El Mudo, Mateo Cerezo, Antonio Pereda,
Alonso del Arco, Juan Carreño y, sobre todo, Ribera ), hay que
señalar que la pintura andaluza está escasamente presente
en obras de Valdés Leal y, por supuesto, una vez más,
en Velázquez.. Así pues, en el inventario del consejero
don Pedro Núñez de Guzmán, de 1683, se registra
"una miniatura de la capilla del santo rey Fernando, original de
Juan de Valdés (Leal), 1.150 reales". Por su parte, Velázquez
realiza un retrato para el consejero don Diego de Corral y otro para
su mujer , doña Antonia de Ipeñarrieta ; así como
otros dos retratos para doña María de Vera, viuda de don
Juan González de Uzqueta, cuya colección, repartida entre
sus casas de Madrid y Boadilla del Monte, sobrepasaba los 750 cuadros,
entre los que destacaban, igualmente un Tiziano, un Tintoretto, dos
Veronés, tres Teniers y doce Sánchez Coello.
En el caso de Sevilla, a caballo entre la nobleza y la más alta
burguesía, a pesar de que no ocupa un cargo en la administración,
hay que situar a don Miguel de Mañara y Vincetelo de Leca, caballero
de la Orden de Calatrava, hijo de don Tomás Mañara de
Lenco y de doña Gerónima Vincetelo, puesto que constituye
el ejemplo más característico de hidalgo mecenas del Seiscientos
sevillano, sobre todo en el campo de la pintura, por su relación
con los dos grandes pintores de la segunda mitad del siglo, Murillo
y Valdés Leal, amén de su insigne fundación del
Hospital de la Caridad, con la concepción de todo el programa
iconográfico y simbólico que encierra su iglesia. Además,
Mañara recibe la importante colección de pinturas formada
por su padre, compuesta por 61 cuadros, y que ha de repartir con su
hermana, Isabel. El inventario de bienes realizado a la muerte de don
Tomás, en 1648, resulta de excepcional interés para conocer
el hábitat diario de una casa de la alta burguesía sevillana
de la época. De sus sesenta obras, casi la mitad ?sin contar
la serie de pinturas de devoción situadas en el oratorio familiar?
contenían temática religiosa, de hecho, los Mañara
iban a destacar por su religiosidad y piedad. Mientras que del resto
de las obras, 18 eran de asuntos mitológicos, 10 paisajes, 5
retratos y 2 bodegones .
Por otra parte, también sobresale la gran colección de
obras de pintura y escultura de don Domingo de Urbizu, caballero de
la Orden de Calatrava, miembro del Real Consejo de Hacienda y Alguacil
Mayor de la Real Casa de la Contratación, quien también
contaba con la "mayor y más escogida biblioteca" de
la Sevilla de su tiempo. En su inventario, realizado por su esposa,
doña Catalina de Trujillo, en 1701, se registran un total de
206 cuadros, en los que la pintura barroca andaluza está representada
por 3 murillos, uno de los cuales era una copia , y 5 obras de Valdés
Leal , todos ellos tema religioso . Su hija doña María
Rosa de Trujillo, por su parte, en el inventario de la dote que aporta
para su matrimonio con don Francisco de Baeza, en 1701, lleva consigo
un lienzo con un Cristo crucificado, de mano de Valdés Leal .
Mientras que en el caso de don Gaspar Dionisio Vázquez, Acuñador
Mayor de la Casa de la Moneda de Sevilla, de entre las veintidós
obras de su posesión que se registran en el inventario realizado
con motivo de su matrimonio, en 1702, aparecen dos láminas de
las santas patronas sevillanas, así como otras dos láminas
copias de las mismas, y otros dos cuadros copia de Murillo .
Comerciantes,
profesionales liberales y artistas
En el mundo del comercio sevillano, enriquecido fundamentalmente con
el tráfico con Indias, aparecen riquísimas colecciones,
superiores en gran parte de los casos a los de la nobleza y alta burocracia
tanto cuantitativamente como por el valor material de las mismas. Destacan
en estos ajuares magníficas piezas de mobiliario realizadas en
maderas de primera calidad con incrustaciones de nácar y marfil,
algunas de las cuales llevaban tablas pintadas. Igualmente numerosos
resultan los objetos de plata, las joyas, las telas exóticas,
amén de los más dispares objetos exóticos, que
se convierten en el centro de atención. Sin embargo, es notable
la menor calidad artística y estética de los mismos, así
como un importante descenso de interés por obras propiamente
pictóricas y escultóricas, así como por libros.
No obstante hay que destacar los dos paisajes de Ignacio Iriarte que
aparecen en el inventario de Alejandro Carlos de Licht, comerciante
de considerable fortuna, que poseía un total de 35 cuadros. Así
como el Ecce Homo de Francisco de Herrera El Mozo que poseía
el igualmente hombre de negocios, don Juan de Soto Nogueras, entre sus
13 pinturas. Mientras que don Fernando de Linares, "sedero de manos",
recibe entre las 13 pinturas de la dote de su esposa, doña Victoria
María de los Cobos, una Asunción de Murillo .
En cuanto a los profesionales liberales, a finales del siglo XVII y
principios del XVIII, encontramos en Sevilla un nutrido grupo de médicos
interesados en cuestiones artísticas, según se desprende
de sus inventarios: como el caso de don Rodrigo de Sotomayor y Montiel,
cirujano mayor del tercio y batallón de la Capitanía General
de Sevilla, que dota a su hija con un total de 20 cuadros, entre los
que se encontraba un San Francisco de Zurbarán, tasado en 200
reales .
Por su parte, destacados personajes del mundo artístico y cultural,
reunieron igualmente importantes colecciones, entre ellos, el pintor
Francisco Rizzi, quien poseía un alto nivel adquisitivo, como
pintor de cámara . Tenía obras originales de Tiziano,
El Greco, Corregio, Velázquez y Carreño, que suponían
un total de 107 obras, de temática, en su mayor parte, religiosa,
así como paisajes, floreros, una mitología y retratos
de personajes importantes. La tasación de su inventario se realizó
a su muerte, "de forma irregular" según Barrio Moya
, por el pintor Juan Serrano. Otros artistas de menor consideración
y poder adquisitivo, van a mostrar, no obstante, una marcada preferencia
por el arte, a pesar de que no puedan reunir grandes colecciones. Obras
adquiridas, en gran parte, mediante los pagos efectuados con cuadros
entre los propios artistas en lugar de con dinero, lo cual, por otra
parte, era una práctica muy extendida. En este sentido, en Sevilla,
a principios del siglo XVIII, Sanz y Dabrío destacan la dote
recibida por doña Petronila de Pineda Páramo y Ávila,
hija del ensamblador Bernardo Simón de Pineda, y viuda de un
médico, para contraer segundas nupcias con otro médico.
Importante dote que, entre otros objetos de ajuar, incluye un total
de 48 cuadros, de los que casi la mitad responden a la mano de consagrados
maestros de la pintura andaluza del Siglo de Oro: Zurbarán, con
11 cuadros de vírgenes; Valdés Leal con 7 obras ; Murillo,
con dos láminas con "molduras de águilas" e
Ignacio Iriarte, con dos paisajes .
Finalmente, bajando aún más en la escala social del siglo
XVII, hemos de pararnos en otro grupo en el que también encontramos
signos que nos demuestran, al menos, modestas colecciones como es el
caso de la incipiente burguesía, en la que hay que incluir: pequeños
mercaderes y artesanos, y emigrantes enriquecidos en Américan.
Ocupan el último escalón de la pirámide de coleccionistas,
y Jonathan Brown los denomina "consumidores de cuadros", gente
de categoría y medios modestos que lograban reunir no más
de medio centenar de cuadros, que utilizaban como imágenes de
devoción privada o como una forma no muy cara de decoración
interior de sus casas .
CIRCULACIÓN
Y ADQUISICIÓN DE OBRAS DE ARTE. MERCADOS Y ALMONEDAS
Las colecciones artísticas no eran algo estático. Las
demandas del rey de obras de arte a sus cortesanos suponían una
de las grandes amenazas y peligros a los que estaban sometidos los coleccionistas
de la corte . Sin embargo, el caso más habitual era el de las
donaciones de obras artísticas al rey por parte de particulares,
con las que se agradecían y se solicitaban prebendas, mercedes
y favores; práctica habitual inscrita dentro de una política
clientelista de intercambios y regalos entre el rey y la nobleza y los
nobles entre sí, lo que permitía y favorecía una
gran circulación de obras de arte. En conjunto, la transmisión
de las obras de arte en el Siglo de Oro se hizo casi toda por vía
de herencia , aunque también fue muy importante la adquisición
de obras por encargo, y de forma muy especial en España, debido
a la fuerza de la Iglesia Contrarreformista, frente a la situación
de la Europa Protestante, en la que el mercado de arte constituyó
una operación activa, puesto que en estos países, donde
apenas se requiere arte de temática religiosa, surge y triunfa
el artista que trabaja directamente para el mercado, sin cliente propio,
y que necesita de una tienda para vender . Pero, a medida que avanza
el Seiscientos en España, y que el interés por el coleccionismo
de cuadros iba en aumento, la actividad del mercado artístico
también lo hacía, hasta tal punto que llegará a
establecerse y consolidarse un activo mercado de arte en la capital
del reino, a mediados de siglo. El conocimiento de su mecanismo es todavía
escaso, sobre todo si se compara con los datos existentes referidos
a otros centros importantes europeos de la época como Roma, Bruselas
y Amsterdam .
Dentro del mercado de arte madrileño, si bien sus características
podrían aplicarse a otras importantes ciudades españolas,
desde el punto de vista cultural, social y económico de la época,
como Barcelona o Sevilla, podemos distinguir tres sectores o medios
de adquisición de obras principales: importaciones; producción
local, controlada tanto por los propios artistas que vendían
sus cuadros directamente, como por los tratantes de obras; subastas
y almonedas. A la cuestión de las importaciones ya nos hemos
referido al hablar de las distintas obras artísticas presentes
principalmente en las colecciones nobiliarias, procedentes mayoritariamente
de Italia y de los Países Bajos, y por tanto, fuera del tema
que nos ocupa. La pintura andaluza del Siglo de Oro, en cambio, llega
a manos de coleccionistas de los siglos XVII y XVIII, bien por herencia
o encargo o, dentro de la actividad comercial, por adquisición
directa al artista o a través de pujas en subastas y almonedas,
y de cuyo funcionamiento nos vamos a ocupar a continuación.
Producción
local. Artistas y tratantes
El mercado de producción local estaba controlado tanto por los
propios artistas, que vendían sus obras directamente en su taller
o en puestos callejeros, como por los tratantes, que hacían las
veces de intermediarios entre los artistas y los compradores. Este tipo
de producción estaba, por tanto, al alcance del público
en general y, por lo común, se trataba de obras de taller secundarias
y, casi siempre, de tema religioso, según Jonathan Brown . Matilla
Tascón cuenta que, en 1620, Simón Fogo, "tratante
y maestro de la pintura", firma un contrato de arrendamiento por
cuatro años con el madrileño Convento de la Victoria,
por el que se le autorizaba a exponer sus pinturas en el muro exterior
de la iglesia "por la puerta principal desde la esquina de la callejuela
que atraviesa la Calle de la Cruz hasta la esquina del fiscal de la
Cárcel Real de la Corte" . Lo cual nos demuestra que para
la segunda década del siglo XVII ya se practicaba en Madrid la
venta de pintura al aire libre, puesto que lo mismo que del muro del
Convento de la Victoria, también podrían colgar estas
pinturas de otros edificios en plazuelas y calles principales; de hecho,
Martín González señala que en la zona comercial
de Madrid en aquella época, se vendían todo tipo de mercancías,
destacando como localización del mercado del arte los aledaños
de la Calle Mayor, extendiéndose por la Calle Toledo, Barquillo,
Red de San Luis... . Al mismo tiempo, la existencia de este contrato
y de esta práctica en la capital del Reino, nos da pie a pensar
que lo mismo debía ocurrir en los muros de los innumerables conventos
e iglesias de Sevilla.
En cuanto a los agentes de venta o tratantes de pintura, solían
actuar como intermediarios, comprando grandes lotes de lienzos que luego
vendían en la ciudad o los enviaban a provincias. Entre ellos
Matilla Tascón señala a Miguel de Villalpando, quien en
1605 compró once lienzos a Esteban López para venderlos
a Jorge Tineo, quien actuaba principalmente en provincias, donde tenía
corresponsales . Por su parte, Martín González señala
la especial relevancia que adquiere el envío de obras artísticas
a Indias a través de un corredor, quien trataba tanto con obras
ya realizadas como por encargo, y que procedían en su mayor parte
del medio andaluz, sobre todo, de Sevilla .
Otro punto a destacar es que al generalizarse la venta directa de obras
de arte surge la controversia sobre si este tipo de transacciones debía
o no pagar alcabalas . Al respecto, Matilla Tascón se basa en
dos documentos para pensar que estuvieron exentas de dicho pago por
tratarse, en su mayoría, de imágenes religiosas . Martín
González, por su parte, completa esta información basándose
en el pleito suscitado por Carducho en 1633, cuya sentencia dictaba
que no habrían de pagar alcabalas aquellas obras que se vendieran
por encargo, puesto que se consideraban como obras creadas, pero, en
cambio, sí habrían de hacerlo por las que se vendieran
directamente en sus "talleres, almonedas y otras partes..."
.
Almonedas
El otro sector que conforma el mercado artístico es aquel en
el que se comercia con obras de maestros españoles desaparecidos
y/o extranjeros, así como con los bienes de coleccionistas fallecidos
o procesados . Entran en juego aquí, por tanto, las subastas
públicas o almonedas . Tenían lugar en cualquier época
del año y constituían un modo eficaz de saldar deudas
de personas fallecidas, las cuales en ocasiones no se pagaban en metálico,
sino por medio de entrega de obras de arte. El procedimiento a seguir
para su celebración se iniciaba con la valoración (inventario
y tasación) tanto de las piezas artísticas propiamente
dichas (pinturas, tapices, plata, escultura) como de una extensa serie
de objetos de toda índole: libros, enseres domésticos,...
Esta operación se prolongaba por espacio de varios días,
tasando, en cada uno de ellos, o en los que fueran necesarios, los distintos
artículos por lotes. En ella intervenían expertos especializados
en cada uno de los lotes o tipos de artículos (pintores, tapiceros,
bordadores, plateros, escultores...). En cuanto a los criterios de tasación,
resultan muy representativos de las tendencias imperantes al respecto
,a mediados del siglo XVII, los que analiza Pérez Sánchez
basándose en el inventario de las colecciones del Conde de Monterrey,
que él publica. Así pues, nos dice que, en cuanto a pintura,
el precio dependía, principalmente, de la complejidad de la composición
y del número de personajes. Los precios más bajos rondaban
entre los 50 y los 100 reales, y se trataban, por lo general, de naturalezas
muertas y fruteros. Los precios medios los sitúa entre los 2.000
y los 4.000 reales. En cuanto a los precios más altos, habría
que situarlos entre los 4.000 y los 5.500 reales. Así mismo,
para hacernos una idea de lo que suponían estos precios para
la época, Pérez Sánchez nos ofrece como baremo
el hecho de que los ingresos anuales de una familia acomodada habría
que situarlos, en aquel momento, en torno a los 50.000 reales; mientras
que el salario anual de un pintor de corte era de unos 2.400 reales
. No obstante, los precios fijados en la tasación podían
variar cuando los compradores ?generalmente representados por agentes
o tratantes? dudaban de una atribución, o cuando los organizadores
se veían obligados a rebajarlos por faltas de pujas . Una vez
finalizado el recuento, los objetos eran sometidos a pública
subasta, anunciada por pregones. En España, las almonedas más
famosas del siglo XVII fueron las de Don Gaspar de Haro, VII Marqués
de El Carpio y, sobre todo, la de Don Rodrigo Calderón, Marqués
de Siete Iglesias . A nivel europeo, y para el mismo período,
hay que destacar las organizadas por el régimen de Cronwell con
los bienes del rey Carlos I de Inglaterra y del Conde de Araundel, tras
la guerra civil inglesa.
EL COLECCIONISMO DE OBRAS DE MURILLO EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII
Una vez analizadas distintas colecciones artísticas con obras
de diferentes maestros barrocos andaluces, vamos a plantear un método
de trabajo distinto, centrándonos, ahora, en el coleccionismo
de uno de los pintores más significativos y prolíficos
de su época, Bartolomé Esteban Murillo, siguiéndole
la pista a las numerosas pinturas de este autor que salen de nuestro
país, ya que supone primer pintor español y andaluz del
Siglo de Oro cuyas obras, desde muy pronto, poco después de la
muerte del pintor, a finales del Seiscientos, trascienden nuestras fronteras
para engrosar y enriquecer la no menos activa vida artística
y coleccionista de los escenarios de la Europa Barroca, Contrarreformista
y Protestante, nobiliaria y burguesa, sirviendo de trampolín
para el conocimiento y difusión de nuestra pintura andaluza y
española del Siglo de Oro. Estas pinturas salen del país,
por distintas vías, destacando la prolífica acción
de la activa colonia de comerciantes europeos asentados en Sevilla,
así como el intenso comercio establecido, principalmente, con
los Países Bajos. Pinturas que se convierten en preciados objetos
artísticos de deseo y de demanda para enriquecer colecciones
y mercados, subastas, almonedas de los más prestigiosos y activos
centros del mercado de arte de Europa (Amberes, Londres, París)
durante los siglos XVII y XVIII, y que continuará durante el
siglo XIX, principalmente en Francia, tan reacia a abrirse a la pintura
española, paradójicamente por medio de la labor de expolio
de los mandos militares bonapartistas durante la Guerra de la Independencia.
Si bien esta última cuestión la dejaremos simplemente
esbozada, puesto que se escapa de los objetivos y límites cronológicos
de nuestro estudio.
En España
Bartolomé Esteban Murillo (1617?1682), constituye sin duda una
de las figuras cumbres de la historia del arte y de la pintura española
y universal. Sevillano de nacimiento y de formación, se va a
consagrar, desde muy pronto, como el máximo representante de
la generación de la segunda mitad del siglo XVII de la escuela
pictórica de su ciudad natal. La calidad de su producción
ha sido alabada por las plumas más renombradas desde sus contemporáneos.
Producción que, por otra parte, reúne toda una serie de
cualidades que hace que cale en el público, tanto español
como extranjero, lo que explica la enorme dispersión de sus obras,
presentes prácticamente en todas las colecciones de los diferentes
estamentos sociales desde muy temprano, incluso aún en vida del
maestro, y que trascienden nuestras fronteras para llenar toda Europa
de tan agraciada pintura. La fama y consideración de su figura
y producción se va a mantener a lo largo de tres siglos tan dispares
entre sí como son el XVII, el XVIII, y el XIX, para, después
de un período de descrédito y desprecio de todo lo que
había supuesto Murillo, que ha durado cerca de 100 años,
desde el último tercio del siglo XIX y durante la mayor parte
de este siglo, afortunadamente, en los últimos 20 años
y gracias en gran parte a la acertada labor de don Diego Angulo, la
figura de uno de nuestros más sublimes maestros de la pintura
andaluza del Siglo de Oro, ha sido debidamente recuperada para los que
nos iniciamos en la Historia de Arte en la actualidad.
Elogios sobre su persona, como hemos señalado, los encontramos
ya, en repetidas ocasiones en vida del autor, como Torre Farfán,
que al referir las obras pictóricas de la nueva Iglesia del Sagrario
de Sevilla, en 1663, exclama: "Miren qué dirán los
Dureros, los Ticianos y los Rubens extranjeros, y acá, dentro
de casa, los Jauregui, los Velázquez y los Murillo" , poco
después, a principios del siglo XVIII, Palomino, aunque advierte
de que no lo conoció personalmente, pero sí que trató
a muchos familiares suyos, señala: "Hoy día fuera
de España se estima un cuadro de Murillo más que uno de
Tiziano, ni Van Dyck. ¡ Tanto puede la lisonja del colorido para
granjear el aura popular!" .
La fama de Murillo y la difusión de sus obras se desarrolla de
forma vertiginosa y muy temprana, de tal forma, que, como señala
Diego Angulo, aún en vida del maestro, sus obras trascienden
el ámbito sevillano y llegan a la capital del reino, de tal manera
que, muy probablemente, para 1677, cuando el Marqués de Villamanrique
traslada su residencia a Madrid, ya tenía en ella su magnífica
serie de cuatro cuadros de la Historia de Jacob . Mientras que en 1699,
se cita, igualmente en una colección particular madrileña,
un cuadro de la Virgen con el Niño y Santa Ana, situado en la
actualidad en la clausura del Convento de San Clemente de Toledo . Ya
en el siglo XVIII, durante su primer cuarto, Palomino se hace eco de
la importancia de las obras de Murillo existentes para entonces en colecciones
madrileñas, como una Virgen con el Niño, propiedad de
Francisco de Herrera, así como la valiosa serie de grandes cuadros
pertenecientes a don Francisco Artier. Por otra parte, la presencia
de la Corte en Sevilla, establecida en sus Reales Alcázares durante
4 años, entre 1729 y 1733, iba a resultar crucial para la difusión
de la pintura de Murillo a escala nacional, principalmente gracias a
la labor de la reina, Isabel de Farnesio, entusiasmada con la obra de
nuestro maestro. Siguiendo el ejemplo regio, las colecciones más
notables del ambiente cortesano iban a incluir cuadros del artista,
como la del Marqués de Santiago, "cuyos murillos eran unánimemente
celebrados como de los mejores del pintor" , la del Marqués
de la Ensenada , y, por supuesto, la de Godoy, en cuya primera descripción,
en 1800, aparecen registrados dos cuadros firmados por nuestro pintor
y hasta 35 atribuciones a su mano . Por su parte, entre las colecciones
de pintura de miembros de la alta burocracia madrileña que contenían
obras de Murillo destacan las de Bernardo de Iriarte, Chopinot y Andrés
Peral . Su presencia en el ambiente cultural del siglo XVIII en España
es tan notable que muchos de sus cuadros circulan por el comercio del
arte, e incluso las ventas de sus obras eran frecuentemente anunciadas
en la prensa. Así pues, el Diario de Madrid, del 20 de 1797,
recoge: "Quien quisiere comprar un cuadro del Apóstol Santiago,
pintura del célebre Murillo, acuda a la Calle de la Luna, núm.
15, en casa del pintor D. Antonio González", y en esta misma
línea aparecen otros anuncios en los años 1762, 1766 y
1802 . Por otra parte, un exponente más de la enorme popularidad
de Murillo lo constituyen las numerosísimas copias de obras suyas
que se recogen en los inventarios de la época, en el caso de
aquellos que no se podían permitir adquirir un original del maestro,
y que debían conformarse con poseer una copia, de valor económico
menor, pero que, no obstante, confería una cierta prestancia
a su poseedor .
Sin embargo, el foco de principal influencia murillesca durante los
siglos XVII y XVIII iba a ser, sin duda, la ciudad natal del pintor,
Sevilla. En ella, desde la mitad del Seiscientos reina, de forma omnipresente,
Murillo, buscado por la aristocracia, la burguesía y el clero
de la ciudad "que han encontrado en él al verdadero intérprete
de sus gustos" . En esta ciudad no sólo había importantísimas
y riquísimas colecciones con obras del artista, como la del conde
del Águila, el marqués de Loreto, el marqués de
la Cañada, don Francisco de Bruna , don Miguel Laso Madariaga,
y don Antonio Maestre, entre otros , a las que hay que unir las de los
ya mencionados: Marqués de Sauseda, don Domingo de Urbizu, don
Gaspar Dionisio Vázquez, don Fernando de Linares, todos ellos
miembros de la alta burocracia sevillana, y el ensamblador Bernardo
Simón de Pineda; sino que, además, Murillo continuaba
marcando la pauta a seguir en todo lo relacionado con la práctica
pictórica. En este sentido, García Felguera apunta que
esta situación se debía, en parte, a la crisis económica
por la que atravesó la ciudad de Sevilla durante el siglo XVIII,
que afectó a los pintores por la falta de dinero y, por tanto,
de encargos de ciclos pictóricos y de obras de envergadura, lo
que llevó a los artistas a ceñirse a pintar cuadros de
devoción "siguiendo la manera y los temas suministrados
por Murillo. Temas amables y manera suave que casaban bien con el refinamiento
y la sensualidad dieciochesca" .
La ciudad de Cádiz, que estaba experimentando un paulatino crecimiento
económico a lo largo del siglo XVII, en detrimento de la propia
Sevilla, con la que mantenía un pleito por hacerse con el monopolio
del comercio con Indias, se convierte en un nuevo y prolífico
centro artístico, donde los maestros sevillanos se trasladan
a cumplir encargos. Entre estos pintores no puede faltar Murillo, quien
cuenta entre su clientela gaditana con nuevos aristócratas, banqueros
y comerciantes. El más importante es son Pedro Colarte y Dowers,
I Marqués del Pedroso, uno de los más importantes y poderosos
mercaderes de su época. En el inventario de sus bienes, realizado
en 1702, un año después de su muerte, se cita "un
cuadro de Jesús y María y Joseph de mano de Murillo que
tienen cuatro varas de alto y tres de ancho apreciado en ochocientos
pesos escudos de plata", y que no es otra que la Trinidad del Pedroso,
actualmente en la National Gallery de Londres . El otro gran cliente
y protector de Murillo en Cádiz fue la familia Eminente, representados
por don Francisco Baez Eminente, arrendador de los almojarifazgos de
Andalucía y proveedor de la Armada, en cuya colección
se contaban seis lienzos del sevillano, todos ellos de temática
religiosa: un San Juan en el Desierto, comprado en 1670 a don Juan del
Castillo como regalo para Carlos II en desagravio por no haber podido
conseguir que Murillo trabajase para el rey; un San Francisco de Asís,
un San Francisco de Paula, un San Francisco Javier, un San José
y una gloria de ángeles. Estos cinco últimos lienzos los
heredaría su hijo, don Juan Francisco Eminente, quien se los
llevaría consigo de Cádiz a Madrid, cuando cambió
su residencia a la Corte; mientras que a su muerte, en 1711, fueron
vendidos y adquiridos por don Francisco Artier .
Por otra parte, para comprender el enorme peso e influencia de la obra
de Murillo tanto en España como en el resto de Europa, no podemos
olvidar una importantísima vía que contribuyó extraordinariamente
a su difusión: el grabado, al que se uniría la litografía
en el siglo XIX. Interesante técnica artística en la que
destaca, en este momento, la fecunda labor de Carmona, que graba un
importante número de cuadros del pintor (Santiago El Mayor; el
Vinatero; la Vendimiadora,...), y sus discípulos: Juan Antonio,
Blas Ametller, José Gómez Navía, Manuel Alegre,
Esteban Boix; así como los grabadores Selma, J. B. Palomino,
J. Ballester o J. Rico, para culminar la centuria con los grabados de
las obras de Murillo en el Hospital de la Caridad, por Esteve, y sobre
las que Carrete señala: "las reproducciones de las pinturas
de Bartolomé Murillo en la España del siglo XVIII fueron
labor casi exclusiva de aquellos grabadores que se habían formado
en la Academia de San Fernando y que fueron ellos quienes introdujeron
en el mercado un nuevo tipo de estampa de devoción, aquella que
solicitaba un público educado en la estética del buen
gusto y que, por otra parte, era la fuente de ingresos más saneada
de estos grabadores, al ser el único tipo de estampa que tenía
una venta asegurada aunque solamente lo fuera entre las clases medias
urbanas" . Finalmente, hay que reconocer, también, la gran
labor que, en este sentido, cumplió el tomo III del Museo pictórico
y escala óptica, de Palomino, publicado en 1724, y dedicado a
las vidas de artistas españoles, en el que encuentra un lugar
destacado la figura de Murillo, contribuyendo a difundir su nombre y
su fama por toda Europa .
En otros
países europeos
Pero la fama y las obras de Murillo trascienden muy pronto, nuestras
fronteras, de tal forma que, en 1673, mientras se encuentra pintando
en Sevilla, para el Hospital de la Caridad, ya se sabe que un comerciante
holandés, Peter Wouters, tiene ya uno o dos cuadros suyos de
mendigos , lo cual también nos indica el papel decisivo que van
a jugar las activas relaciones comerciales que se establecían
desde el puerto de Sevilla, en la difusión de la obra de Murillo
fuera de España. De hecho, los numerosos comerciantes flamencos
que vivían en la ciudad enviaban, o llevaban consigo al volver
a su país de origen, cuadros del pintor. Entre estos mercaderes
hay que destacar a J. B. Anthoine, que poseía un original y dos
copias del pintor ; Josua van Belle, a quien Murillo hizo un retrato
, además de dos cuadros de mendigos y, sobre todo, el comerciante
de Amberes y amigo personal suyo, Nicolás de Omazur. Al mismo
tiempo, y todavía dentro del siglo XVII, la fama y la obra de
Murillo también la vamos a encontrar presente en otras zonas
de Europa. Así pues, en 1693, en Londres, "Lord Godolphin
en la venta de John Drummond adquiere un cuadro de dos muchachos, que
antes había pertenecido ya a otro caballero inglés, Mr.
Leathes" . Por su parte, el también comerciante Giovanni
Bielato, establecido en Cádiz, dejó a su muerte, en 1674,
siete cuadros de Murillo, todos ellos de temática religiosa,
al convento de capuchinas de su ciudad natal, Génova . En este
punto hemos de matizar, al igual que hacen la mayoría de los
autores, la diferencia de contenido entre las pinturas del maestro que
van a Inglaterra y Centroeuropa, todas ellas de tema profano, y las
que van a Italia, de carácter religioso. Al respecto, Waterhouse
expone una curiosa teoría según la cual, los cuadros de
niños pintados por Murillo estarían destinados desde un
principio a su exportación a los Países Bajos, promovidos
por alguno de los comerciantes flamencos aficionados a la pintura, y
lo que explicaría esta difusión de una temática
tan poco habitual en la pintura española . También obras
de carácter religioso llegarían hasta la lejana Rusia
en el mismo siglo XVII, gracias a la afición a la pintura del
príncipe Potemkin, embajador del Gran Duque Fedor II de Moscovia,
quien durante sus dos estancias en España, en 1668 y 1681?1682,
aparte de hacerse retratar por Carreño, se hizo con una copia
del San Juanito y el cordero de Murillo, de la National Gallery de Londres,
y que pasaría al Ermitage de Sampetersburgo .
Sin embargo, frente a este alentador panorama murillesco en gran parte
de Europa, en la Francia del siglo XVII, donde la pintura española
estaba totalmente ignorada, Murillo no constituía una excepción,
y solo se tiene noticia de la existencia de un suyo cuadro en esta centuria:
un Santiago, obra de devoción de Bussy Rabutin, pero que ni siquiera
se puede asegurar que sea auténtico. Entre las razones que explican
esta ignorancia o desidia de los franceses para con nuestra pintura
del Siglo de Oro, García Felguera señala, en primer lugar,
unas causas de tipo geográfico, debido a la dificultad de viajar
por la península; a lo que hay que añadir, sobre todo,
un prejuicio de base del que partían los franceses ante la pintura
española, que radicaba en su formación de tradición
italiana clasicista, por lo que eran incapaces de apreciar cualquier
tipo de pintura que no se ajustase a esos patrones .
No obstante, va a ser el siglo XVIII en el que la exportación
de obras de Murillo alcance cifras realmente desbordantes, para lo que
fue determinante, por un lado las guerras y los consiguientes apuros
económicos de las familias acomodadas y, por otra, el afán
coleccionista extranjero. De hecho, una vez más, Palomino se
refiere a la importancia de Murillo para señalar, en 1724: "para
casas particulares hizo también muchos cuadros; pero hoy han
quedado muy pocos, porque los extranjeros se han aprovechado de la ocasión
que ofrece la calamidad de los tiempos para irlos sacando de España"
. La importancia que veíamos de los Países Bajos en la
difusión de la obra de Murillo durante el seiscientos, va a descender
ahora notablemente, en favor de otros mercados, sobre todo el inglés.
No obstante, en la primera mitad de siglo, aún se va a celebrar
una importante almoneda en Bruselas, la del conde de Fraule, en 1738,
en la cual salen a la venta cuatro importantes cuadros de Murillo de
tema religioso, entre los que hay que destacar Las Bodas de Caná,
de Birminghan, que compraría más tarde Jean de Julienne
en París. Al mismo tiempo, de Amberes salieron pinturas de Murillo
hacia la corte de los Wittlesbach , como los Niños jugando a
los dados y los Niños comiendo uvas y melón, ambos comprados
en 1698 por Maximiliano II de Baviera, Gobernador de los Países
Bajos, a través de Gisbert van Geulen, y que actualmente se encuentran
en Munich. En 1733, Carlos VI tenía el San Juanito del Kunsthistorisches
de Viena, y para 1756 ya estaba en el palacio bávaro de Mannheim
los Niños comiendo de una tartera; mientras que, en 1768, Maximiliano
III, en la almoneda de bienes de un importante personaje de la corte
bávara, Franz Joseph von Dufresne, compra dos nuevas obras de
nuestro maestro: la Abuela espulgando a su nieto y La Frutera o Niños
contando dinero con cesto de frutas. En este punto hay que hacer notar
el hecho de que la mayoría de los cuadros murillescos de la corte
bávara, y todos los que llegan y parten de Amberes, son de tema
profano, precisamente los que hacen famoso a Murillo por Europa, a través
de las numerosísimas copias y grabados que se realizan de las
mismas a lo largo del siglo XVIII .
Pero va a ser Inglaterra en la que Murillo va adquiriendo una importancia
creciente a lo largo del Setecientos, principalmente, gracias a la acción
de un grupo de diplomáticos y comerciantes "que regresan
de España con obras suyas en el equipaje" . Entre los primeros
destaca Lord Harrington, quien, durante su estancia en nuestro país,
en 1717, para mediar en unos conflictos comerciales entre España
y el Reino Unido, compró varios cuadros de Murillo, entre los
que sobresalen la Sagrada Familia y el San Antonio del Belvoir Castle
de Leicester. Por su parte, la colección más significativa
del grupo de los comerciantes pertenecía a John Blackwood, que
contaba con numerosas obras de pintura española, incluyendo varios
murillos. Colección que se dispersó pronto, hacia 1760,
pasando una parte a manos de Sir Lawrence Dundas, así como a
la actual colección Cartwrights de Aynhoe Park. Otro importante
comerciante coleccionista es el irlandés Daniel Arthur, cuyos
fondos, con 3 obras de Murillo, un importante Autorretrato , el San
Juanito de Boughton House y la Gloria de ángeles con niños
de Woburn Abbey; fue traslada de España a Londres por la viuda
de Arthur, a la muerte de éste . Pero sin duda, la colección
más importante de pintura española a principios del siglo
XVIII en Inglaterra era la perteneciente al primer ministro Sir Robert
Walpole, que contaba, al menos, con 5 obras de Murillo y dos de Velázquez.
Fue reunida hacia 1720, si bien solo permaneció en territorio
inglés hasta 1779, cuando fue vendida a Catalina La Grande de
Rusia .
A mediados del setecientos, la fama de Murillo va a verse de nuevo consolidada
gracias a la proliferación de referencias sobre sus obras en
distintos escritos y publicaciones. Así, George Vertue menciona
en su diario los murillos que hemos visto en la colección de
la viuda de Sir Daniel Arthur, los de Walpole, así como un cuadro
con "two beggar boys finely painted" por Murillo, en la colección
del Duque de Essex, en Cassiobury. Por su parte, en 1766, en The English
Conoisseur, revista en la que se describían las colecciones inglesas,
se citan los murillos de Walpole, un retrato del pintor que poseía
el General Guise, de Oxford, junto a otras obras de Velázquez
y de Ribera, así como los que poseían en sus colecciones
Sir Paul Methuen y Sir Sampson Gideon . A finales del siglo XVIII aparece
en Gran Bretaña otro libro de viajes de esencial importancia
para la difusión de nuestra pintura en Europa. Se trata del Viaje
por España entre 1786 y 1787, de John Townsed . En su obra deja
ya constancia de la existencia de una escuela española y pondera
a Murillo por encima de sus contemporáneos: "Su nombre es
célebre en Europa; pero para juzgarle bien, hay que visitar todos
los conventos en donde están depositados los monumentos de su
superior talento. Velázquez le ha igualado por la imitación,
le ha sobrepasado por los claroscuros, y los reflejos de la luz; pero
ningún artista le ha igualado por la expresión y la dulzura"
. Sin embargo, más relevancia aún iba a suponer para la
difusión de los pintores españoles en Inglaterra, la publicación,
en 1782 de un libro dedicado nada más y nada menos que específicamente
al arte español: se trata de la obra de Richard Cumberland, Anecdotes
of Eminents Painters in Spain during the 16th and 17th Century with
Cursory Remarks upon the Present State of Arts in that Kingdom. Obra
que pudo escribir gracias a la accesibilidad a las colecciones de arte
españolas que le confería su condición de diplomático
en Madrid, en 1780. A su vuelta a Inglaterra, junto con los conocimientos
adquiridos y escritos, llevó consigo varios cuadros de pintores
españoles, entre ellos, el San Juan Bautista en el desierto de
Murillo, que hoy se encuentra en la National Gallery de Londres. La
temática de esta última obra nos permite observar cómo
los ingleses, a parte de los cuadros de tema profano, también
iban a estar interesados por un determinado tipo de temas religiosos,
especialmente las representaciones de San Juan Niño o del Niño
Jesús, sin duda, más acordes "con la sensibilidad
religiosa inglesa", y, al fin y al cabo, en relación con
los cuadros de género de niños pobres murillescos .
Como hemos podido apreciar, las preferencias de los ingleses del siglo
XVIII en cuanto a lo que a pintura española del Siglo de Oro
se refiere se centran claramente en la obra de Murillo, y, aunque conocen
perfectamente a los más importantes maestros españoles
de este momento (principalmente a los andaluces ), todavía no
son conscientes de su alta calidad, y para ellos, Italia sigue ocupando
el primer lugar, bastante por delante del resto de escuelas; lo cual
explica que prefieran a Murillo sobre Velázquez, puesto que consideraban
que su pintura se aproximaba más a la italiana , al mismo tiempo
que, dentro de la obra de Velázquez, preferían lo más
italianizante a lo rubensiano. Finalmente, hay que señalar que
la centuria acaba en Gran Bretaña con un panorama realmente alentador
para la pintura española. En estos años finales del setecientos
llegaron a la isla varias remesas de obras de Murillo procedentes de
colecciones francesas. En 1795 se venden en Londres los cuadros del
primer ministro francés Charles Alexandre de Calonne, entre los
que se encontraba la Niña con flores, que, luego pasaría
a la colección Dulwich . Ese mismo año se venden, igualmente,
un Murillo y un ribera de la colección de John Trumbull, diplomático
inglés de su embajada en Francia; en 1798 se subastan seis murillos
de la colección Bryan; mientras que el Barón de Saint
Helens, embajador de Gran Bretaña en España, introduciría
en el mercado de arte londinense más de sesenta dibujos de Murillo
comprados al cabildo catedralicio de Sevilla . Estos datos nos dan idea
de la movilidad del mercado de pintura española en los mercados
ingleses a las puertas del siglo XIX, y nos demuestra la enorme cantidad
de obras españolas y, sobre todo, de Murillo, que contenían
sus colecciones. Situación ante la cual nos es fácil comprender
la influencia y el peso que Murillo ejerce sobre la obra de los más
consagrados pintores ingleses del momento: Hogarth y, sobre todo, Gainsborough
y Reynolds. Sin olvidar la que Velázquez dejará sentir
en el retrato .
En el caso de Francia, en el siglo XVIII la situación de ignorancia
de nuestra pintura apenas había disminuido ligeramente con respecto
a la centuria anterior y, hasta fechas muy avanzadas, los viajeros franceses
siguen sin mencionar las obras de los grandes maestros de nuestra etapa
dorada. No obstante, hay que señalar que en esta época
hay ya unos cuantos cuadros de Murillo en Francia . De hecho Catalina
La Grande de Rusia compra en 1768, por mediación de Diderot,
el Descanso en la huída a Egipto; mientras que otro ruso, el
príncipe Galitzin, compra, también en Francia, el Joven
con perro y la Joven con frutas , en la almoneda del Duque de Choiseul.
Por otra parte, Las Bodas de Caná , estaba en la colección
Julienne, en 1767 . Dos murillos poseía el Mariscal d'Estrées,
y otros dos la Condesa de Verrue, cuya colección, vendida en
1737 supuso una de las almonedas más famosas del siglo . En esta
colección, a pesar de que no aparece en su venta, según
todos los indicios, también se encontraba la obra, Muchacha con
flores, de la colección Dulwich, puesto que se lo regalaría
el Conde de Lassay . Así pues, vemos como la fama de Murillo
consigue extenderse lentamente por Francia a lo largo del siglo XVIII.
Será, de hecho, casi el único pintor que se menciona en
los catálogos de ventas de colecciones, presente siempre en todas
las principales (Choiseul, Tallard, Bouchardn, Vaudreuil, Guiche, Blondel
de Cagny, Randon de Boisset,...), mientras que el nombre de Velázquez,
por ejemplo, no aparecerá hasta 1772, en el catálogo de
la colección del duque de Choiseuil, donde figura un "Marter
y Venus". Por otra parte, Luis XVI compra cuatro cuadros de Murillo
procedentes de colecciones particulares francesas: el Niño espulgándose
, en 1782; la Sagrada Familia del Museo del Louvre, adquirido al conde
de Serrant, en 1786; así como Cristo en el monte de los olivos
y Cristo atado a la columna con San Pedro, en la almoneda del Conde
Vaudreuil, en 1784, que, a su vez, habían pertenecido al elector
de Colonia .
Finalmente, no podemos olvidar que esta acción promocionadora
de la pintura española y, en especial, de Murillo, que se alienta
desde la Corona francesa a finales del Siglo XVIII, culminaría
con el expolio de obras artísticas que supuso la Guerra de la
Independencia. De hecho la invasión napoleónica en 1808
abre una nueva etapa en la historia del conocimiento de Murillo fuera
de España, para lo que resultó decisiva la acción
de Mariscal Soult en Sevilla. Una vez más, como ocurrió
con la obra de Palomino, una fuente bibliográfica iba a desempeñar
la paradójica función de servir tanto de difusión
como de perdición de nuestro patrimonio artístico, puesto
que Soult se iba a aprovechar del tomo IX del Viaje de Ponz , dedicado
a Sevilla, para ir despojando sistemáticamente los templos de
sus mejores pinturas, reuniendo, además, para sí mismo,
una valiosísima colección en la que no iban a faltar Murillos
de primera fila . Ejemplo que seguirían otros altos jefes militares
napoleónicos, como Favier, amén de diversos marchantes,
como J. B. P. Lebrun . El resultado de todo esto fue la existencia en
París de una importante colección de obras de Murillo
en el Museo de Napoleón, y otra en la colección del Mariscal
Soult, y que permanecieron en su gran mayoría en Francia a la
caída de Napoleón. A la vez que el interés despertado
por la presencia de estos cuadros en la capital parisina, trajo como
consecuencia la generalización de una segunda exportación
masiva de pintura española a Francia, entre los que se incluían,
por su puestos, importantes obras de Murillo, favorecido por las leyes
desamortizadoras españolas durante el reinado de Isabel II. Gestiones
en las que participa muy activamente el Baron Taylor, enviado por Luis
Felipe de Francia a España a tal fin, y que culmina con la apertura
de la Galería Española en el Museo del Louvre .
CONCLUSIONES
La primera consideración que podemos establecer a la vista del
estudio realizado es el hecho de que la presencia de pintura andaluza
del Siglo de Oro en el coleccionismo de los siglos XVII y XVIII es sumamente
importante. De hecho, a pesar de que, a través de lo analizado,
hemos comprobado la existencia de una media de cuatro o cinco cuadros
de pintores andaluces en las distintas colecciones tratadas, en cambio,
en números relativos, hay que admitir de que se trata de una
cifra muy significativa: en primer lugar, porque entre la alta nobleza,
la pintura española está muy escasamente representada,
a excepción de Ribera y, por su puesto, de Velázquez.
En segundo lugar, en las colecciones del resto de la sociedad, donde
los pintores españoles son los predominantes, la mayoría
de las obras inventariadas están sin atribuir, y el resto, responde
a mano de pintores principalmente andaluces , seguidos por varios representantes
de la escuela madrileña.
Por otra parte, en cuanto a la identidad de estos maestros andaluces,
hay que destacar la aplastante presencia del binomio Velázquez
y Murillo, a una amplia distancia de su más cercano perseguidor,
Valdés Leal, seguido por el paisajista, vasco de origen pero
sevillano de formación, Ignacio Iriarte, Zurbarán y, finalmente
los pintores del círculo de Pacheco, y otro ajeno a su círculo
pero de su misma generación, Juan de Roelas, cuyas obras aparecen
en la colección del Duque de Alcalá; amén, de Matías
de Torres, el pintor cordobés de segunda fila, que pinta varios
lienzos para el palacio que la Casa de Medinaceli poseía en Priego
de Córdoba. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la presencia
de estos pintores en el coleccionismo estudiado va a estar condicionada
y sujeta a las distintas tipologías de colecciones planteadas,
al marco geográfico específico y al espacio cronológico
concreto de los dos siglos tratados. De tal manera que si la presencia
de Valdés Leal, Ignacio Iriarte y Zurbarán es importante
numéricamente, en cambio está limitada a los coleccionistas
sevillanos de la segunda mitad del siglo XVII y principios del XVIII.
Pero, sin duda, lo más sobresaliente del coleccionismo de pintura
en España durante este período es que va a estar bipolarizado
por las dos figuras más sublimes y universales de nuestra pintura:
Velázquez y Murillo, ambos andaluces y sevillanos. Presencia
que, como en el resto de los casos, va a estar condicionada por la distinta
naturaleza y características de las colecciones en las que se
encuentran y de la personalidad y condición política,
económica y social de su propietario. El siglo XVII, va a ser
el siglo de Velázquez, preponderando cuantitativamente sobre
Murillo en este período. Si bien hay que tener en cuenta que
Velázquez era mayor, y que su producción se difunde tanto
en vida como a lo largo del resto del siglo. Murillo, por su parte,
a pesar de que muere en 1682, está ya presente en numerosas colecciones
seiscentistas, aunque la difusión y generalización del
coleccionismo de sus obras alcanzará sus más altas cotas
durante el Dieciocho.
Atendiendo al ámbito de lo social, también son muy distintos
los rasgos que caracterizan el coleccionismo de obras de ambos maestros.
En el caso de Velázquez éste se reduce a las más
altas esferas sociales y a las élites de poder, como la nobleza
cortesana, y en concreto, la del círculo del Conde?Duque de Olivares,
poseedores de las principales colecciones artísticas de la época.
En ellas, los maestros españoles iban a estar escasamente representados,
a excepción de Ribera y del propio Velázquez, que aparecen
así junto y equiparados a los más grandes pintores flamencos
e italianos del Renacimiento y del Barroco. Murillo, por su parte, es
más popular, puesto que está presente en colecciones a
lo largo de toda la pirámide social, desde la alta nobleza cortesana
y sevillana a las más humildes colecciones de pequeños
comerciantes y miembros de la baja burguesía y del estado llano,
cuyos propietarios, en ocasiones, tenían que recurrir a las apreciadísimas
y muy difundidas copias del maestro. Hecho que, por otra parte, supone
otra muestra del gran arraigo de la pintura murillesca en toda la sociedad
española del Antiguo Régimen, sobre todo de la sevillana,
puesto que la presencia de obras o copias de Murillo en las colecciones
e inventarios de esta ciudad es una constante ineludible. No obstante,
fuera de nuestra fronteras, Murillo va a encontrar un no menos importante
foco de difusión, y donde sus obras, como ocurría con
las de Velázquez en España, van a estar reservadas a los
fondos artísticos de las más ricas y poderosas casas reales,
nobiliarias y comerciales.
Desde el punto de vista sociológico, como señala Martín
Morales, podemos afirmar que "la adquisición de obras pictóricas
domésticas está impregnada de una importante carga ideológica
y social" , de tal forma que las colecciones van a ser reflejo
de la personalidad de sus propietarios, así como del contexto
cultural y de la condición política, social y económica
de los mismos. Realidad que da origen a distintos tipos de colecciones
tanto por el predominio de un tipo u otro de obras (pinturas y esculturas,
u otros tipos de objetos de ajuar de menor valor artístico pero
más exóticos), o por el predominio de una determinada
temática. En este aspecto, las colecciones más voluminosas
y de mayor valor material, no tienen por qué constituir las más
valiosas e importantes; puesto que el refinamiento, el gusto y la calidad
de las obras juega un papel de primera magnitud en este aspecto. Podemos
establecer, por tanto, que la nobleza refleja un gusto más tradicional,
más apegado a los objetos artísticos típicamente
coleccionables (pinturas y esculturas), mientras que los comerciantes
se nos revelan como poseedores de un espíritu más cosmopolita
y renovador, por su gusto por objetos extraños y exóticos.
Condición que, por otra parte, es perfectamente comprensible
por que su propia condición de mercaderes les colocaba en una
situación favorable para conocer y poseer estos objetos de procedencia
extranjera . La Iglesia, por su parte, ocupa un lugar intermedio, puesto
que si por gustos y preparación intelectual se vincula claramente
con la nobleza, en cambio, su posibilidad de adquisición de obras
de arte se ve limitada y condicionada por la falta de medios económicos
suficientes para formar colecciones de gran envergadura .
Respecto a la distribución de los temas por grupos sociales,
a grandes rasgos, observamos que la presencia de temas religiosos se
hace más importante a medida que vamos descendemos por la pirámide
social; al contrario de lo que ocurre con los temas profanos. Así
pues, dentro del grupo nobiliario hemos podido apreciar, por regla general,
una escasa incidencia del tema religioso, que no representa ni un cuarto
del total de cuadros y que se compone, a su vez, de advocaciones de
santos y cuadros sobre la vida de Cristo. El tema profano, en cambio,
adquiere una gran demanda en medios nobiliarios, destacando, los retratos
los paisajes y los temas históricos. Proporción prácticamente
equiparable, paradójicamente, en el caso del clero, en cuyas
colecciones, simplemente hay que matizar un ligero aumento de temática
religiosa con respecto a la nobleza, pero en cualquier caso, inferior
que en el resto de la sociedad. En cambio, tanto en el caso de los funcionarios,
como comerciantes y profesionales liberales, la proporción de
temática religiosa y profana va a estar dividida proporcionalmente,
aumentando el grupo de los cuadros de motivos religiosos a medida que
descendemos en la escala social, en los que hay que destacar escenas
de la virgen junto a las vidas de los santos. La temática profana,
por su parte, se divide entre paisajes, bodegones y retratos.
En resumen, teniendo en cuenta que para comprender el sentido y la composición
de las colecciones artísticas hay que tener muy presente que
éstas son reflejo y fruto de las personalidad y condiciones sociales,
económicas y culturales de sus propietarios, la figura y acción
de los coleccionistas se va a generalizar en el siglo XVII. Siglo que
supone un importante punto de inflexión en la evolución
del coleccionismo, al abrirse este mundo a, prácticamente, el
total de la sociedad: el principal coleccionista, por supuesto, va a
ser el rey, catalizador de gustos y modas artistas, a quien le va a
seguir a la zaga la alta nobleza, emulada, a su vez, por el resto de
la sociedad (alta burocracia, burguesía, profesionales liberales
y comerciantes, y estado llano). Para comprender las razones que conducen
a este desenfreno o fiebre coleccionista hay que remitirse a la mentalidad
barroca del siglo XVII, en la que, ante la preeminencia del efecticismo
y la apariencia, la acumulación de piezas artísticas se
va a concebir como una forma de materialización del poder y de
la condición social, por lo que no podemos olvidar que, sobre
todo, en las élites de poder, para comprender completamente la
figura del coleccionista, no podemos separarla de su labor de mecenazgo
y patronazgo de las artes.
Para finalizar, haremos una breve alusión al estado de la cuestión
del tema, para lo cual nos parece oportuno traer a colación un
muy significativo testimonio de Pérez Sánchez, al respecto,
en el que llama la atención sobre la necesidad de llevar a cabo
una historia pormenorizada del coleccionismo artístico español
del Siglo de Oro, porque aparte de su interés propio, resulta
de capital importancia para la evolución y el desarrollo de nuestra
pintura y nuestro arte sexcentista en general. Además llama la
atención sobre el hecho de que si bien han sido publicados algunos
inventarios (pocos, en cualquier caso) y existen referencias bibliográficas,
ponderaciones y ligeras enumeraciones no siempre fiables de lo poseído
por muchos coleccionistas de gran relevancia de los siglos XVII y XVIII,
sin embargo, está por emprender un estudio sistemático
de lo conocido, así como "la apurada búsqueda ?tantas
veces ingrata? de lo que aún permanece ignorado en la sombra
de los archivos" .
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76. Checa y Morán (1985), p. 63.
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78. Barrio Moya (1982), pp. 840?841; Barrio Moya (1984), p. 460.
79. Brown y Elliot (1981), p. 230 y ss.
80. Brown (1990), p. 197.
81. Martín González (1986), p. 182.
82. Ni siquiera a través de las descripciones del secretario
del Cardenal Barberini, Cassiano del Pozzo en sus visitas a las mansiones
madrileñas, puesto que no acudieron a la casa de Lerma por motivos
de enemistad. Simón Díaz (1984), p.205; ni tampoco en
las descripciones de Carducho (1633/1865), p. 333.
83. A través del inventario publicado por Cervera Vera (1967).
84. Checa y Morán (1985), p. 283.
85. Martín González (1986), p. 182.
86. Martín González (1986), pp. 183?184.
87. Pérez Sánchez (1977), p 483.
88. Brown (1990), p. 206.
89. López Navío (1962), pp. 259?272; Poleró (1899),
pp. 125?132.
90. Brown (1989), p. 144.
91. Volk (1980), pp. 265 y 268.
92. "La reina de hungria de mano de velazquez". Harris y Elliot
(1976), pp. 24?26.
93. " Otro de calabaças con un turbante de Velazquez".
94. "Un retrato entero de pablillos de velazquez".
95. "Un medio cuerpo del retrato del pintor velazquez de su mano
de una vara de alto y otra de ancho". Como señala Volk (1980),
p. 266, es extraño que entre estos retratos no aparezca ninguno
de algún miembro de la familia de Leganés.
96. "Un san francisco de paula de tres baras de alto y dos de ancho,
passando la mar sobre ssu manto con dos compañeros de mano de
velazquez".
97. Carducho (1633/1865), p. 334.
98. Series que, como era práctica habitual en las residencias
nobiliarias, se organizaban en función del autor o de su tema.
Checa y Morán (1985), p. 293.
99. Carducho (1633/1865), p. 335.
100. Martín González (1986), p. 183.
101. Volk (1980), p. 260?261.
102. +Brown (1990), p. 206.
103. Volk (1980), p. 256.
104. Brown, (1990), p. 206.
105. Pérez Sánchez (1977), p. 420.
106. Haskell (1984), p. 117.
107. En cuyo solar se levantó, con posterioridad, la primitiva
Iglesia de San Fermín de los Navarros, y donde hoy en día
se alza el Banco de España.
108. Pérez Sánchez (1977), pp. 422?459.
109. Aunque a esta cantidad habría que añadir el resto
de colecciones que se repartían por sus otras posesiones, en
Salamanca y en Verín (Orense), y que hoy pertenecen a la Casa
Ducal de Alba.
110. "dos pinturas del Rey y Reina de mano de Belazquez",
tasadas en 1000 reales, y situadas en la primera sala de la Galería
del Jardín. Pérez Sánchez (1977), pp. 417 y 446.
La referida galería responde a una práctica generalizada
entre los grandes nobles de la época de disponer en los jardines
de sus casas y palacios unas galerías abiertas para acoger las
principales piezas de sus colecciones pictóricas y escultóricas.
En el caso de la galería de Monterrey, fue construía para
su madrileño palacio del Paseo del Prado de San Jerónimo
por Gómez de Mora.Además, en este aspecto de la disposición
de las obras de arte en las residencias de sus propietarios, nos parece
oportuno traer a colación la idea generalizada del siglo XVII,
de juzgar la excelencia de las colecciones artísticas en razón
de la cantidad casi tanto como de la calidad, de tal manera que para
conseguir el efecto deseado de riqueza, magnificencia y esplendor era
preciso que las paredes de las casas estuvieran prácticamente
recubiertas de pinturas desde el techo hasta el suelo. Por otro lado,
el propio número de obras colgadas en una gran galería
impedía la observación minuciosa de cada una de las piezas
y contribuía a nivelar las diferencias de calidad entre ellas.
111. Pérez
Sánchez (1977), p. 425.
112. Simón Díaz (1980), p. 202.
113. Carducho (1633/1865), p. 336.
114. Brown y Elliot (1981), p. 254.
115. Brown (1990), p. 208.
116. "una caveça de una Gallega de Diego Velásquez
en lienço de una tercia de ancho y cerca de media bara de cayda
con su marco negro", en paradero desconocido."un lienço
grande del Rey Nuestro Señor, en un cavallo castaño su
Magestad armado con bastón en la mano y el sombrero puesto en
el aire unas mugeres que llevan la esfera sobre su caveça y detrás
del cavallo un yndio que lleva en las manos la çelada",
a lo que sigue una rectificación sobre una primera atribución
conjunta de Velázquez y Mazo, para señalar, finalmente,
una colaboración de Rubens y Velázquez en la autoría
del mismo."una pintura en lienço de una muger desnuda tendida
sobre un paño pintada de espaldas recostada sobre el braço
derecho mirándose en un espejo que tiene un niño de la
mano de Velázquez de dos baras y media de ancho y una y media
de cayda con su marco negro". Pita Andrade (1952), p. 226?229.
117. "una
pintura en lienço del retrato del Conde [sic] Duque armado con
un bastón en la mano en un cavallo blanco copia de Velázquez
de la Mano de Juan Bautista Maço de bara y media en cuadro poco
más o menos con su marco negro","una pintura en lienzo
del sitio de Pamploma [sic] pintada los trajes de Navarra con algunos
retrattos de criados de palacio de mano de Juan Batptista del Maço
de bara de cayda y bara y tercia de ancho con su marco negro","un
cuadro de la Ciudad de Pamplona original de Juan Baptista del Mazo de
vara y quarta de caida y bara y dos tercias de ancho tasado en... 2.000
reales","una pintura en lienço del Robo de Europa sobre
un toro blanco con dos niños copia del Tiçiano de mano
de Juan Baptista Maço de dos baras y media de ancho y dos de
cayda con su marco negro","una pintura en lienço de
unas ninfas que se bañas [sic] en una fuente que está
debajo de un árbol. Pendiente del una cortina colorada y arrimado
a ella un zagal con carcaxa de flechas al hombro copia del Tiçiano
de la mano de Juan Baptista Maço compañero del nº
234 [el anterior] y del mismo tamaño con su marco negro".
118. Pita
Andrade (1952), p. 223; Harris (1953), pp. 136?139.
119. Pita Andrade (1952), p. 235.
120. "un quadro che reppresenta un ritratto di Donna Olimpia Panfilia
con velo negro in testa di mano di Diego Velasco di piedi 3 e 2 [signo
de medio] in circa", difícil de identificar, puesto que
bien podría corresponder con la Dama del Abanico de la Colección
Wallace o con el retrato de una dama con mantilla, de la colección
del Duque de Devonshire. Pita Andrade (1952), pp. 233?234.
121. A pesar de que el cuadro se registra como "un retrato del
Primo sentado en el suelo con una balona caida vestido de negro con
gabardina colorada guarnecida de parasamos original de Belazquez tassado...1000
[reales]", Pita Andrade señala que dicha descripción
"evoca no una réplica del retrato del bufón don Diego
de Acedo, llamado El Primo, sino del de don Sebastián de Morra",
cuadro que, por otra parte, se encuentra sin identificar. Pita Andrade
(1952), p. 234.
122. Que Pita Andrade relaciona con un boceto de Las Meninas que poseyó
Jovellanos. Pita Andrade (1952), p. 235.
123. Pita Andrade (1952), p. 236.
124. Brown (1990), p. 209.
125. Burke (1989), p. 135.
126. Carducho (1633/1865), p. 135.
127. Burke (1989), p. 136.
128. Burke (1989), p. 136.
129. Brown (1990), p. 210.
130. Barrio Moya (1982), pp. 839?855.
131. Checa y Morán (1985), p. 296.
132. Vergara (1989), pp. 123?134.
133. La colección del Príncipe de Esquilache produjo auténtica
admiración a Del Pozzo, Simón Díaz (1980), pp.
202?203. Carducho también la visita, refiriéndolo en su
"Diálogo Octavo", Carducho (1633/1865), p. 336. Ambos
destacan el crucifijo milagroso que habló y perteneció
a San Francisco de Borja, así como los cuadros de paisajes y
bodegones y los "objetos curiosos" procedentes del Perú,
donde el príncipe había sido virrey; así como alfombras
persas y una tabla de Guido Reni.
134. Simón Díaz (1980), p. 202.
135. En cuya casa destaca tres cuadros "buenos" del Cerrato
en el oratorio y uno de Vouet. Simón Díaz (1980), p. 202.
136. De la que dice que su "casa es muy buen terreno, adornada
con muchos cuadros adquiridos en la almoneda de Don Rodrigo Calderón".
Simón Díaz (1980), p. 203.
137. Cuya casa poseía "estancias muy bien adornadas con
cuadros traídos de Italia, floreros de plata, relojes..".
Simón Díaz (1980), p. 203.
138. Carducho (1633/1865), p. 358.
139. La colección del III Duque de Alcalá de los Gazules
ha sido detalladamente estudiada por: Brown y Kagan (1987), pp. 231?255.
140. Brown y Kagan (1987), pp. 231?233.
141. Que, como veremos a continuación, luego pasaría a
la Casa Ducal de Medinaceli, sus actuales propietarios. Este palacio
fue construído a principios del siglo XVI por don Fadrique Enríquez
de Ribera, I Marqués de Tarifa, quien lo enriquecería
a base de pinturas, tapices, libros y otros objetos adquiridos en sus
viajes a Florencia, Venecia y Próximo Oriente. González
Moreno (1963), pp. 201 y ss.
142. En este punto, Brown y Kagan señalan que resulta muy extraña
la ausencia de lienzos de Pacheco en los inventarios del III Duque de
Alcalá, si bien apunta que un inventario de la Casa de Pilatos,
realizado en 1751, cuando la mayor parte de la colección primigenia
se había dispersado, se recogen "dos lienzos de vara de
alto de enanos de mano de Pacheco", posiblemente identificables
con los retratos del enano Gabriel, y del enano Hetias. Brown y Kagan
(1987), p. 238.
143. Brown y Kagan (1987), p. 238.
144. "un lienco pequeño de una coçina donde esta
majando unos ajos una muger es de Diego Velasques","un lienco
de dos hombres de medio cuerpo con un jarrito vidriado es de Diego Velazquez".
145. Si bien también apunta, que las numerosísimas obras
recogidas en el inventario que aparecen sin atribuir, podrían
responder a la mano de estos otros pintores. Situación, la de
obras sin atribución que aparece como algo generalizado en los
inventarios de la época, y que nos señala que los diferentes
coleccionistas que estamos analizando, no solo iban a contar con las
obras de los artistas andaluces a los que hemos hecho o haremos mención;
sino que, muy probablemente, muchos otros estén incluídos
en estas colecciones de forma anónima.
146. Brown y Kagan (1987), p. 238.
147. Estudiada por Lleó Cañal (1989), pp. 108?116.
148. Título nobiliario que reciben tradicionalmente los herederos
de la Casa de Medinaceli.
149. Lleó Cañal (1989), p. 109.
150. En realidad se trata del inventario del heredero del IX Duque de
Medinaceli, su sobrino don Nicolás María Fernández
de Córdoba y Figueroa de la Cerda, Marqués de Priego y
Duque de Feria, en el que a las 251 obras heredadas de su tío
hay que unir 7 cuadros que recibe del también palacio sevillano
del Duque de Alcalá y las 130 pinturas que poseía el propio
don Nicolás en su palacio de Priego de Córdoba.
151. "Otra de Velazquez de un retrato de un hombre que tiene de
alto dos pies y medio y de ancho dos, marco moldado y dorado, número
351........600 reales".
152. Esta obra se encontraba con anterioridad en la colección
del montero y aposentador de Palacio de Felipe IV, don Pedro de Arce,
como veremos con posterioridad. Caturla (1948), pp. 291?305; Lleó
Cañal (1989), pp. 109?110, apunta la posibilidad de que el IX
Duque de Medinaceli adquiriese la obra en cuestión en la almoneda
celebrada a la muerte de don Pedro de Arce.
153. Lleó Cañal (1989), pp. 109, 111 y 112.
154. Lleó Cañal (1989), p. 112.
155. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
pp. 91 y 112?113.
156. Brown (1990), p. 198.
157. Morán Turina, "Claroscuro cultural", Historia
16, 204, 1993, p. 178.
158. "dos lienzos paises sobrepuertas de dos tercias de alto y
dos varas de largo de mano de Ignacio Iriarte, con molduras de quentas".
García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976), pp.
136?137.
159. Caturla, (1948), p. 292.
160. Brown (1990), p. 215.
161. La realización de un inventario de estas características,
tasando y protocolizando los bienes, era obligatorio para que constara
todo lo que cada uno llevaba al nuevo matrimonio.
162. Caturla (1948), pp. 292?295.
163. Caturla (1948), p. 295.
164. Caturla (1948), p. 295.
165. Caturla (1948), pp. 295?299.
166. Caturla (1948), p. 296; Pita Andrade (1992), pp. 245?259.
167. Fayard (1982), pp. 423?430.
168. Ambos actualmente en el Museo del Prado.
169. Quien, por su parte, antes de su matrimonio con don Diego del Corral,
ya había encargado a Velázquez un retrato de Felipe IV
y otro del Conde?Duque de Olivares. Este último cuadro, que se
encontraba en el palacio de los Corral de Zarauz (Guipúzcoa),
perteneció luego a la duquesa de Villahermosa, para ser vendido
en Londres en 1947 y pasar, finalmente, al Museo de Sâo Paulo,
donde se encuentra en la actualidad.
170. "Un retrato de Felipe IV con su baston de dos varas y cuarta
de alto y vara y tercia de ancho de Velazquez: 1550 reales" y "un
retrato de un mozo con garnacha y un ramo de azar en las manos de vara
y media de caida y tres cuartas de ancho con su marco negro de Velazquez:
240 reales", éste último está sin identificar.
Checa y Morán (1985), p. 302, incluye en la colección
de doña María Vera una tercera obra de Velázquez:
Cristo en casa de Marta y María.
171. Fernández López (1990), pp. 85?87.
172. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
p. 90.
173. "Un lienzo del descendimiento de Nuestro Señor, pintura
de murillo, con moldura de juguetes en blanco, de dos baras de ancho
y media de alto"; "un lienzo de Señor San Joseph, pintura
de Murillo, de dos baras de alto y bara y dos tercias de ancho, con
moldura dorada", y "otra tabla de Nuestra Señora de
Belen, copia de morillo, de media bara de alto, con moldura dorada".
174. "Otro lienzo de Nuestra Señora y Señor San Ioachin,
pintura de Valdes, de dos baras de ancho y bara y media de alto, con
moldura dorada"; "otro lienzo de la adoración de los
reyes, de dos baras de ancho y bara y media de alto, pintura de Valdes";
"otro lienzo de la Assumpcion de Nuestra Señora, pintura
de Valdes, de dos baras y media de alto y dos baras de ancho, con moldura
de juguetes dorados"; "un lienzo de la encarnacion, pintura
de Valdes, de bara y media de alto y bara y quarta de ancho, con moldura
de juguetes dorados", y "otro lienzo de Nuestra Señora
y Señor San Joseph, pintura de Valdes, de bara de ancho en quadro,
con moldura de juguetes dorados".
175. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
pp. 102?106.
176. "un cuadro grande de Xristo crucificado de Valdes, con moldura
dorada", García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío
(1976), p. 138?139.
177. "quatro láminas de Santa Justa y Rufina de Morillo
y las otras dos copias suyas","tres cuadros, los dos copia
de Morillo, todo de a nueve cuartas". García Gaínza
(dir.), Sanz y Dabrío (1976) , p. 142.
178. Ignacio Iriarte, único representante de nuestra pintura
del Siglo de Oro que cultiva el paisaje como género específico,
a pesar de su ascendencia vasca, puede ser perfectamente considerado
artísticamente como sevillano, puesto que su formación
como pintor es típicamente andaluza, siempre en relación
con la figura de Murillo. Calvo Castellón (1982), pp. 1 y ss.
179. "una hechura de Nuestra Señora de la Asunción
de Bartolome Morillo, de tres quartas en cuadro, con moldura de calados
sin dorar". García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío
(1976), pp. 147?148.
180. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
p. 140.
181. Barrio Moya (1983), pp. 39?46.
182. Barrio Moya (1983), p. 41.
183. "un cuadro de la Piedad de mano de Valdes, en 300 reales""
4 láminas de cuatro doctores de manos de Valdes, con molduras,
en 300 reales"" 2 quadros de jeroglificos de Valdes, en 300
reales"
184. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
pp. 91 y 106?107.
185. Castillo Solórzano, en su obra La Garduña de Sevilla,
1642, alaba el mobiliario de la viuda de un mercader, destacando "cuadros
grandes de pintura que los tenía muy buenos y en abundancia".
186. Brown (1990), p. 216.
187. Checa y Morán (1985), p. 204. En este sentido traemos a
colación el caso del Marqués de Leganés, que tuvo
la mala suerte de encontrarse en Madrid en los frenéticos meses
de 1633 que precedieron a la inauguración del Palacio del Buen
Retiro, ya que se le pidió que decorara, con fondos de su propia
colección, tres o cuatro estancias y una galería. Sin
embargo, el marqués no legó más que unas cuantas
pinturas mediocres. Actitud que fue reprendida por un tan contundente
reproche por parte de Olivares, que incluso "hizo llorar"
al marqués. Brown y Elliot (1981), pp. 122?123.
188. Matilla Tascón (1984), p. 180.
189. Martín González (1986), p. 75.
190. Brown (1990), p. 203.
191. Brown (1990), p. 204.
192. Matilla Tascón (1984), p. 181.
193. Martín González (1986), p. 177.
194. Matilla Tascón (1984), p. 181.
195. Martín González (1986), p. 179.
196. Impuesto que gravaba todas las transacciones comerciales.
197. Matilla Tascón (1984), p. 181.
198. Martín González (1986), p. 177.
199. Brown (1990), p. 205.
200. Martín González (1986), p. 176, señala las
almonedas como una "operación económica ya normal
en España en el Siglo XVI".
201. Instrumento legal necesario para que los herederos conocieran todos
los bienes del difunto.
202. Pérez Sánchez (1977), pp. 425 y ss.
203. Brown (1990), p. 205.
204. Martín González (1988), pp. 266?292.
205. Cit. Angulo Iñiguez (1981) vol. 1, p. 210.
206. Palomino (1715?1724/1947). Cit. Angulo Iñiguez (1981) vol.
1, p. 211.
207. Angulo Iñiguez (1981) vol. 1, p. 212; vol 2. núms.,
28?32.
208. Angulo Iñiguez (1981) vol. 2, nº 179.
209. García Felguera (1989), p. 138.
210. Que, como vimos, consigue reunir parte de los bienes artísticos
que se ponen a la venta en la almoneda del X Duque de Medinaceli. Rose
(1981) vol. 1, pp. 66?68.
211. Entre ellos el Martirio de San Pedro Arbués. Angulo Iñiguez
(1981) vol. 1, p. 179.
212. Murillo suponía el segundo pintor por el número de
obras en la colección de Godoy, por detrás de Ribera,
de quien poseía 45 obras. El tercer puesto lo ocupaba Goya, con
26 lienzos. Angulo Iñiguez (1981) vol. 1, pp. 173, 179, 293 y
316.
213. Angulo Iñiguez (1981) vol. 1, pp. 66?68.
214. Rose (1981), vol. 1, p. 64.
215. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
p. 93.
216. García Felguera (1989), p. 32.
217. El marqués de la Cañada y don Francisco de Bruna
contaban entre sus obras de Murillo con interesantes dibujos de su mano.
218. Rose (1981) vol. 1, pp. 89?93.
219. García Felguera (1981), p. 138.
220. Ravina Martín (1982), p. 1 y ss.
221. Ravina Martín (1982), pp. 4?7.
222. Carrete (1982), p. 150.
223. Palomino (1715?1724/1949), t. III.
224. Mayer (1932), p. 275.
225. Gaya Nuño (1958).
226. En la actualidad en la Galería Nacional de Dublín.
227. Angulo Iñiguez (1981), vol. 1, p. 211.
228. Noble escocés que casó a sus dos hijas con españoles,
los marqueses de Castelbranco.
229. García Felguera (1989), p. 36.
230. Adoración de los pastores; José y sus hermanos; Descanso
de la huída a Egipto; Santo Tomás de Villanueva repartiendo
limosna; una Inmaculada; una Magdalena penitente, y San Juan Bautista.
Todos estos cuadros fueron trasladados a Inglaterra a principios del
siglo XIX y, desde allí, repartidos por Europa y América.
Angulo Iñiguez (1981), vol. 2, nos. 93, 107, 220, 338, 356, 377.
231. Waterhouse (1946), p. 140.
232. Angulo Iñiguez (1981), vol. 2, p. 335.
233. García Felguera (1989), pp. 38?39.
234. Palomino (171?1724/1949) t. III. Cit. Angulo Iñiguez (1981),
vol. 1, p. 215.
235. La presencia y valoración de cuadros de Murillo en la corte
de Baviera responde a ese grupo de pequeñas cortes centroeuropeas
en las que el rococó alcanza su cota más alta, en el que
se concede un papel de primera categoría a mujeres y niños
en las obras de arte, por lo que en este contexto encaja perfectamente
Murillo "y su visión del mundo infantil como un mundo dulce,
amable, risueño y sin problemas, aunque sus protagonistas sean
sumamente pobres". M. S. García Felguera (1989), p. 46.
236. M. S. García Felguera (1989), p. 45. D. Angulo (1981), vol.
2, núms. 342,387, 388, 389.
237. M. S. García Felguera (1989), p. 46.
238. Hoy en la National Gallery de Londres. D. Angulo (1981), vol. 2,
nº 414.
239. A través de la Sra. Arthur, esta colección pasó
a su segundo marido, Mr. Bagnols, en 1729, mientras que, para 1740,
ya se encontraban sus cuadros en la colección del Príncipe
de Gales. A. Braham (1981), p. 11.
240. M. S. García Felguera (1989), p. 47.
241. Sir Sampson Gideon había comprado en una subasta londinense,
entre 1756 y 1760 el Descanso de la Huída a Egipto, de Murillo,
lo que nos indica la existencia y facilidad de encontrar obras de nuestro
pintor en el mercado de arte de Londres.
242. Esta obra fue traducida posteriormente al francés, en 1809,
lo que supuso un medio de gran utilidad para los oficiales de Napoleón
interesados en cuestiones artísticas y que estaban en plena campaña
española. Townsend (1962).
243. Cit. García Felguera (1989), p. 49.
244. García Felguera (1989), pp. 49?50.
245. De hecho, W. Jacob propone a Alonso Cano como "el Miguel Ángel
español" y es uno de los primeros en fijarse en Zurbarán,
"que le recuerda a Caravaggio". Cit. García Felguera
(1989), p. 48.
246. En este sentido hay que señalar que a Richard Twiss, muy
interesado por Murillo, éste le recordaba a El Veronés,
a quien incluso en ocasiones llegaba a igualar. Su interés por
Murillo fue tal que anduvo por Andalucía recorriendo iglesias
y colecciones particulares buscando cuadros suyos, llegando a encontrar
Las Dos Trinidades, de la que llega a decir que es "the best picture
I ever saw painted by a Spaniard". Para él los tres grandes
pintores sevillanos eran Murillo, Velázquez y Valdés Leal,
mientras que a Zurbarán, en cambio, lo considera un pintor de
segunda fila. Twiss (1775), p. 285. Cit. García Felguera, (1981),
p. 48.
247. Angulo Iñiguez (1981), vol. 2, nº 395.
248. Mena Marques (1982), p. 78; Marín Fidalgo (1982).
249. Harris (1982), pp. 7?16; Angulo Iñiguez (1989), vol. 2,
p. 216; Waterhouse (1946), p. 136; Braham (1981), p. 20; García
Felguera (1989) pp. 50?54.
250. Dorival (1973), p. 158.
251. Que se encuentra actualmente en el Museo del Ermitage de Sampetersburgo.
Angulo Iñiguez (1981), vol. 2, nº 394.
252. Hoy en el Barber Institute, de Birmingham.
253. García Felguera (1989), p. 47.
254. Gaya Nuño (1958), p. 15. Los murillos de esta colección
debían ser: el Niño apoyado en la ventana, de la National
Gallery de Londres y el San Juan Bautista que Grimou copió en
París hacia 1730, y que fue llevado posteriormente a Inglaterra
como original de Murillo y copiado, a su vez, por Gainsborough.
255. Angulo Iñiguez (1981), vol. 2, nº 395.
256. Esta obra había pasado, con antelación, por las colecciones
de Gaigant y de Radix de Sainte Foy. Angulo Iñiguez (1981), vol.
2, nº 390.
257. Angulo Íñiguez (1981), vol. 2, nos. 242, 244.
258. Ponz (1772?1794/1947) t. IX.
259. Entre los que hay que señalar los importantísimos
ciclos del Claustro Chico de San Francisco, de Santa María La
Blanca, del Hospital de la Caridad (a excepción de los dos grandes
lienzos del Milagro de los panes y los peces y de Moisés en la
roca), del Hospital de los Venerables, y buena parte del ciclo de San
Agustín. Mientras que, en el caso de la Catedral, se hace con
el Nacimiento de la Virgen, al no atreverse a apoderarse del cuadro
de San Antonio. Angulo Íñiguez, (1981), vol. 1, p. 222;
vol. 2, nº 130.
260. Angulo Íñiguez (1981), vol. 1, p. 222
261. Angulo Íñiguez (1981), vol. 2, p. 223.
262. Que en ocasiones incluso se considera un maestro de la Escuela
de Nápoles.
263. Como caso significativo recordamos el del Marqués de Sauseda,
que, con una colección de 78 cuadros, sólo uno aparece
con atribución en su inventario, en 1702, y precisamente a la
mano de Murillo. Además debemos de entender que otros muchos
pintores andaluces estarían presentes en las colecciones de la
época de forma anónima, entre esas obras sin atribuir.
264. En este sentido, hemos de matizar el hecho de que Velázquez,
si bien cuantitativamente, por el número de obras de su pincel
que aparecen en las distintas colecciones españolas del Antiguo
Régimen, está por debajo de Valdés Leal y del paisajista
Ignacio Iriarte, sin embargo, cualitativamente, tanto por la categoría
de sus obras, como de las colecciones en las que se hayan, hay que situarlo
indudablemente en un primer plano destacado junto a Murillo.
265. Martín Morales (1986), p. 138.
266. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
p. 90.
267. García Gaínza (dir.), Sanz y Dabrío (1976),
p. 91.
268. La producción paisajística entre los pintores españoles,
no obstante, fue muy escasa, destacando entre los andaluces a Ignacio
de Iriarte, quien desarrolló su actividad en Sevilla a partir
de 1642, así como, de forma ocasional, los dos artistas más
importantes de la pintura andaluza del Siglo de Oro: Murillo, que produjo
vistosos paisajes con figuras en su escenas sobre la vida de Jacob,
y las incomparables dos vistas de Villa Médici de Velázquez.
269. Pérez Sánchez (1977), p. 417.