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LOS INFIERNOS EN EL BREVIARI
D'AMOR DE MATFRE ERMENGAUD DE BEZIERS*
Carlos
Miranda García - para Pilar Gómez Torrego
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El
manuscrito del Breviari d'Amor de Matfre Ermengaud de Béziers1
que se conserva en la Biblioteca de El Escorial con la signatura S.I.3
fue copiado en Toulouse hacia mediados del siglo XIV2, teniendo en cuenta
el original de 1288 perdido3, dentro de lo que J. Yarza denomina gótico
lineal avanzado4. Ermengaud va a tratar de los distintos tipos de infiernos
y, en dos ocasiones, de las penas que, en ellos, sufren los que allí
moran: la primera, en la parte que dedica a la atrición o excitación
de la aflicción por temor a determinados males (ff. 128 r.-129
r.), con la representación de los diez castigos impuestos a los
réprobos; la segunda, al principio de la vida gloriosa de Cristo:
el motivo de la Anástasis le permite hacer una digresión
sobre las cuatro clases de infiernos (f. 195 v.).
En
primer lugar, se debe hablar del aspecto general que presentará
el infierno en todas estas ilustraciones. Se ha elegido representarlo
a través de las fauces abiertas de Leviatán, en las que
destacan las quijadas erizadas de dientes; según M. Schapiro:
La quijada, instrumento de voracidad medieval, es un tema constante
en el arte medieval como expresión de fuerza invencible; la cabeza
de una fiera con las fauces abiertas se encuentra a menudo en solitario
en arquivoltas, ménsulas, capiteles, inciales y márgenes
del primitivo arte medieval, especialmente en Inglaterra. En el pórtico
de la iglesia de Kilpeck, el arco está decorado con una sucesión
de animales y cabezas de animales, algunas de ellas devorando partes
de sus víctimas. La mandíbula del animal es el signo más
vigoroso de la violencia y de la destructividad. Un típico modelo
inglés es la representación del infierno mediante las
fauces abiertas de un monstruo; casi todos los modelos anteriores al
siglo XII son obras inglesas5. El gusto anglosajón por la boca
del infierno quizá estuviera influido por el mito pagano septentrional
del día del Juicio Final y la lucha del lobo que devoró
a Odín. En la literatura, el mito de la boca del infierno se
registra ya en la Visión de Tundal, donde el protagonista ve
a dos enormes gigantes que tienen abierta la boca voraz del monstruo
Aqueronte, en la que capere poterat novem millia hominum armatum 6.
Uno de los modelos más antiguos es una talla de marfil de hacia
el 800 (Londres, Victoria and Albert Museum), cuya ornamentación
denota claramente su origen insular; a ésta, hay que añadir
otra, alemana (¿?), del mismo museo (n 1-1872) de los siglos
X u XI; asimismo, una ilustración de los Poemas de Caedmon del
siglo XI (Oxford, Bodleian Library, ms. Junius 11, f. 49), la de un
manuscrito del British Museum (Cotton, ms. Titus D. XXVII, f. 75 v.),
la del Liber Vitae de Newminister (Winchester, Stowe ms. 944), la del
Salterio de Winchester, de la primera mitad del siglo XI (Bristish Museum,
Cotton ms. Nero C. IV, f. 14), la de la copia anglosajona del Psalterium
Glossatum (París, Bibl. Nat., ms. lat. 8824) y una de origen
continental próxima al arte inglés (Nueva York, Pierpont
Morgan Library, ms. 333)7.
1. LAS
DIEZ PENAS DEL INFIERNO
Una de las formas de excitar el arrepentimiento por los pecados cometidos
es a través de la meditación de las diez penas infernales
-cada una corresponde a un tipo determinado de falta- que el hombre
puede sufrir si no se arrepiente de sus culpas. En el manuscrito S.I.3
escurialense, el esquema compositivo, tanto en esta primera serie de
miniaturas como en la siguiente, es, básicamente, el mismo: en
cada una de las escenas, las fauces abiertas de Leviatán apresan
a los pecadores que reciben los tormentos. Hay que señalar la
escasez de personajes en cada ilustración -dos o tres, generalmente-,
que suelen aparecer de perfil, con un claro sentido peyorativo8; todos
los condenados son masculinos -o en su mayoría; no se puede apreciar
en ninguno de ellos alguna diferencia sexual- e inidentificables -no
se sabe cuál es la condición de cada uno-, lo que va a
dar a estas ilustraciones un carácter arcaico respecto a su época
porque no se resalta que todos los estamentos y órdenes son susceptibles
de pecar y, por tanto, de ser castigados9, más aún si
se tiene en cuenta que el texto del Breviari recoge esta diferenciación;
los pecadores se muestran sentados o recostados en las fauces de Leviatán
debido, probablemente, a problemas de espacio que impiden que las figuras
aparezcan de pie. Debe destacarse el relativo orden, incluso simetría,
composicional que se guarda en las figuras que están siendo castigadas,
frente a otras representaciones infernales anteriores, como la del Salterio
de Winchester (f. 39), la del Liber Vitae (Londres, British Museum,
ms. Stowe 944)10 y la del Hortus Deliciarum de Herrade de Landsberg
(Olim Strasbourg, Bibl. de la Ville, Hortus, f. 255)11, y posteriores,
como en el infierno de Nardo di Cione de Santa María Novella
de Florencia12, donde el caos parece ser mayor.
La fuente literaria de las diez penas del infierno a las que son sometidos
los pecadores está tomada del Elucidarium de Honorius Augustodunensis
(l. 3, c. 4; PL.: 172, cols. 1159-1160). Los historiadores están
de acuerdo al reconocer que este pequeño tratado estuvo muy extendido
y que, en consecuencia, debió alimentar la vida religiosa de
las multitudes. Se conoce la existencia de un gran número de
manuscritos, muy utilizados desde el siglo XII al XV. Traducido a todas
las lenguas del Occidente medieval, y fuente de numerosas obras en lengua
vulgar -como es el caso de este apartado del Breviari d'Amor-, prueba
que jugó un papel importante en la vida de los laicos. El Elucidarium
representa el fondo de las creencias religiosas y populares de los siglos
XII al XV, y es un precioso testimonio de la mentalidad y de la fe medievales13.
Los castigos que se consignan en el Breviari son, por este orden: el
fuego, el frío, el hedor, los gusanos -reptiles inmundos- que
devoran a los pecadores, los azotes, las tinieblas, la vergüenza
que sienten los réprobos al ver constantemente sus faltas, la
visión continua de los diablos, las cadenas ardientes que les
son impuestas y el hambre y la sed. Por su parte, en el Elucidarium,
no son diez, sino nueve los tormentos: el fuego, el frío, los
gusanos, el hedor, los golpes, las tinieblas, la vergüenza por
los pecados, la visión de los demonios y las cadenas de fuego.
Como puede comprobarse, la diferencia consiste en la inversión
de la tercera y cuarta penas y en la ausencia de la última14.
Según Honorius Augustodunensis, los condenados merecen estos
nueve castigos porque han despreciado la compañía de los
nueve órdenes angélicos (l. 3, c. 4; PL.: 172, col. 1160);
esta misma idea aparece representada en las nueve penalidades infernales
del Hortus Deliciarum de Herrade de Landsberg (Olim, Strasbourg, Bibl.
de la Ville, Hortus, f. 255), que, pese a ser, en cuanto a su figuración,
muy distintas de las del Breviari d'Amor y de las expuestas en el Elucidarium,
mantienen esta idea de infierno constituido por nueve series contrapuestas
a los órdenes angélicos15.
En cuanto
a la configuración compositiva de estos castigos infernales,
no son muchos los modelos -sin tener en cuenta representaciones como
las de ciertos manuscritos y relieves de catedrales francesas, donde
pueden aparecer, aisladamente, algunos de los castigos que se enuncian
en el Elucidarium y en el Breviari-; tal vez el más próximo
sea una miniatura del Salterio de Gloucester16de hacia 1200 (Munich,
Staatsbibl., ms. lat. 835, f. 30 v.), copiado unos cincuenta años
más tarde en un salterio de procedencia probablemente londinense
(Cambridge, Trinity College, ms. B.xi, 4)17.
Por regla general, la imagen del infierno es frenética; se eriza,
desgarra y quiere desgarrar; se aumenta y multiplica; la hipérbole
es su lenguaje. En la Edad Media, conoce un furor hasta entonces desconocido.
Las visiones propagan la exploración patética del infierno.
Su imaginería refleja la revelación existencial del tiempo
a través de imágenes angustiosas donde se distingue el
doble movimiento de un miedo que surge de la consciencia para englutirlo
después en el caos de los terrores inconscientes de donde surgió.
Las fauces de Leviatán, la boca del infierno de la Edad Media,
es, a la vez, el Monstruo, el Abismo y las tinieblas de la aniquilación.
Ya se ha hablado, al principio, de su iconografía: una boca abierta,
puesta en el suelo -pues abre un abismo-18, es una abertura simple,
pero eficaz en el enorme cuerpo de las imaginaciones subterráneas
donde se fija, telúrico, el arquetipo del Monstruo -dándole
el nombre de Leviatán a este tipo, se refleja su carácter
de imagen primitiva, es decir, iniciadora de la descripción visionaria,
ya sea sobre un plano histórico o dinámico-. La isla infernal
donde reside Leviatán en la Navigatio Sancti Brandani es la facies
Thetis y la facies Abyssi19. Plásticamente, es una boca extendida,
llena de repliegues; su vida se concentra en la gesticulación
-ojos de brasas-. Las enormes fauces de Leviatán -serpiente con
cabeza de perro- dan su forma al infierno, cuyo discurso visionario,
en la Edad Media, estuvo constituido por una explosión de energía.
La composición respeta el impulso primitivo, pero invierte completamente
su sentido: Leviatán exterioriza una abertura, pero se reemplaza
por una boca del infierno que se encierra en sí misma ahí
donde sólo subsiste una máscara grotesca. El instrumento
gráfico de la inversión se refleja al poner en horizontal
el engullimiento, lo que permite pasar del Leviatán bíblico
a la boca del infierno visionaria, y que aparece de forma muy neta en
las ilustraciones del Breviari, donde se percibe que el abismo ha depositado
todo su potencial imaginario y que él mismo ya no es más
que un elemento del decorado, vacío de su contenido en los tormentos
que encadena. El abismo definitivo se convierte en este célebre
pozo del infierno cuya función es la misma que la de las reducciones
teratológicas: eufemizar la sima arquetípica; especialización
catamorfa del engullimiento y algo de la animación del monstruo
es lo que queda fijo a su imagen. En el Elucidarium, se consagra un
doble esquema del infierno: el interior, que es el que se está
tratando, es un infierno material -infirma pars hujus mundi-, lleno
de tormentos -quae plena est poenia-, que se ofrecen a la descripción
-in quo poterant alterultrum conspicere- (Elucidarium: l. 3, c. 13).
La idea de un infierno superior y de otro inferior se originó,
como se verá más adelante, con la concepción agustiniana
del Purgatorio como una especie de infierno superior y con una doctrina
elaborada por San Gregorio Magno que se refiere al Salmo 85, 13, donde
hay un infierno debajo del otro (Dialogo: l. 4, c. 42). La idea evolucionó
con más amplitud en el Elucidarium, escrito, probablemente, poco
después de 1100. Honorius Augustodunensis era contemporáneo
de Benedeit, tenía conexiones con Canterbury y pasó la
mayor parte de su vida en la comunidad benedictina de Ratisbona; no
obstante, los nueve tormentos que describe apenas tienen nada que ver
con los que se relatan en la Navigatio Sancti Brandani. Sin embargo,
son comunes, como en tantas otras visiones y descripciones del infierno,
la yuxtaposición del calor y del frío extremos, por ejemplo,
y del hedor abominable20.
La estructura
repetitiva que se aprecia en las miniaturas del manuscrito S.I.3 escurialense
admite numerosas lecturas superpuestas, según que el concepto
pitagórico ponga el acento sobre tal o cual arquetipo. El del
vínculo, con su gramática de la inversión, permite
encontrar precisamente, en el encadenamiento de tormentos, el sentido
de estas fauces. La imagen cadena se distribuye notablemente en la imaginería,
ya que es, por una parte, la unión vuelta en contra del diablo,
una unión a favor del diablo, y, por otra parte, en la iconografía,
una representación de la caída: este camino objetivo del
infierno visualiza un trayecto de la gravedad. Pero lleva en sí
su función analítica, que frena el movimiento; es a manera,
dentro de una perspectiva actual, de una cronofotografía que
se puede comparar al desencadenamiento tecnológico de los tormentos
sobre el eje de una descendente.
La consecuencia
de todo ello, y dentro del contexto pedagógico de excitación
del arrepentimiento por la meditación de las penas del infierno,
consiste en haber cambiado el rostro de la muerte. Se trata de un infierno
ante el Paraíso como lo conoce la Edad Media; un infierno no
ciertamente terrorífico, pero encajado en la certidumbre de la
eficacia de esta meditación cristiana. No es un absoluto ni un
poder autónomo: el infierno y la muerte, esas tinieblas de la
conciencia, son sólo, como se consigna en el Elucidarium, la
sombra de Dios -caecitas et tenebrae non sint substantiae (Elucidarium:
l. 2, c. 2)-21.
A continuación,
se procederá al estudio de los diez castigos infernales tal y
como aparecen en el manuscrito S.I.3 escurialense del Breviari d'Amor.
1.1.
EL CASTIGO DEL FUEGO
Responde al titulus que precede a la miniatura, y en el que se lee:
Fuocz d'iffern art los peccadors, f. 128 r. (fig.
3). De la boca abierta de Leviatán salen grandes llamas de
fuego, entre las que se ve a un hombre boca arriba, con brazos y pies
en alto, en una posición inestable, propia de los malvados y
de los que, sufriendo algún padecimiento -en este caso, el fuego
del infierno-, se debaten en un estado de desasosiego. El desorden de
los movimientos y los desequilibrios del cuerpo manifiestan las angustias,
las malas disposiciones de la conciencia, la maldad y la perversidad,
aspectos que se confirman al presentar el rostro de perfil y al sacar
el condenado la lengua, lo que corresponde a una anomalía de
orden moral, propia de los réprobos que han tratado con irrisión
las cosas sagradas; este gesto traduce los malos sentimientos, la impiedad
y la idolatría22; volverá a encontrarse en más
condenados de este manuscrito.
La pena
del fuego es una de las más usuales, uno de los lugares comunes,
tanto en la literatura como en las representaciones del infierno. Según
Honorius Augustodunensis, este fuego es tan grande que no podría
apagarlo el mar entero; su ardor vence al del fuego material; por último,
prende sin dar luz. Esta idea de, puede decirse, un fuego oscuro aparece
en San Gregorio: La miseria pertenece al dolor, las tinieblas a la ceguedad.
Así que dícese tierra de miseria y de tinieblas aquella
que tiene en sí a los que son lanzados al acatamiento del juez
severo, porque por fuerza atormenta el dolor a los que oscurece por
dentro la ceguedad apartados de la luz venidera [...] Aquella llama
de los vicios pasados tiene ardor y no claridad [...] que si el fuego
que atormenta a los malos puediera tener luz, no se diría que
éste que es arrojado sea puesto en tinieblas [...] Así
que por horrible manera tendrán entonces los malos dolor con
temor, llama con oscuridad [...] Allí el fuego niega la luz para
consuelo, pero la conserva para tormento (Moralia: l. 9, cc. 64-65 y
100-101). Para Honorius Augustodunensis, este castigo debe aplicarse
a quienes vivieron en el fuego de la concupiscencia (Elucidarium: l.
3. c. 4; PL.: 172, col. 1160); por su parte, según Ermengaud,
a los que ganaron riquezas indebidamente23.
1.2.
EL CASTIGO DEL FRÍO
Ilustración precedida por el titulus: Fregz mortals destrenh
los peccadors, f. 128 (fig. 8),
y donde se presenta a los condenados con los brazos cruzados sobre el
pecho y de cuclillas para tratar de retener su escaso calor; sus bocas
se abren y muestran sus dientes como para dar idea del castañeteo
producido por el frío.
Este tormento fue, sin duda, conocido por Honorius Augustodunensis a
través de Beda el Venerable (In Matth. ev. expos.: IV (in Matth.
24, 51); PL.: 92, col. 106). Tras el fuego, en numerosas obras, aparece
inmediatamente la pena del frío, como en la Visión de
San Pablo, en la de Alberico, en la de Tundale, en la del monje Eynsham,
en la de Thurkel, en la Leyenda del Purgatorio de San Patricio y en
la Navigatio Sancti Brandani24.
Honorius
Augustodunensis habla de un frío intolerable capaz de helar una
montaña de fuego; de esta pena y de la anterior, se dice que
Allí será el llanto y el crujir de dientes (Matth. 24,
51), ya que el humo del fuego excita el llanto y el frío el crujir
de dientes (Elucidarium: l. 3, c. 4; PL: 172, cols. 1159-1160); aspecto
que coge Ermengaud cuando habla de un frío mortífero,
intenso y helado, que provocará el temblor de la carne y el rechinar
de dientes. Tanto el autor del Elucidarium como el del Breviari d'Amor
dicen que este castigo conviene a los maliciosos y de alma ruin25.
1.3.
EL CASTIGO DEL HEDOR
Pintura precedida del titulus: Pudor mortals destrenh les peccadors,
f. 128 v. (fig. 9), y que
muestra a tres personas que se llevan la mano a la nariz para defenderse
del olor insoportable que invade el infierno.
En esta
pena, se produce la alteración respecto al orden aprotado por
Honorius Augustodunensis, ya que en el Elucidarium ocupa el cuarto y
no el tercer lugar; este autor ha podido recurrir a San Ambrosio (In
Apocalip. expos., De visione quinta: II; PL.: 17, col. 914); no obstante,
a lo largo de la literatura, éste es uno de los castigos más
frecuentes que deben soportar los condenados, como puede comprobarse
a través de los Diálogos de San Gregorio Magno (PL.: 77,
col. 384), en la Historia Eclesiástica de Beda el Venerable,
donde se narra la Visión de Drythelm (l. 5, c. 12) y en la Navigatio
Sancti Brandani de Benedeit26. Este hedor insoportable del que habla
Honorius Augustodunensis (l. 3, c. 4; PL.: 172, col. 1160) provoca la
asfixia y, en palabras de Ermengaud, es más horrible que ninguno
de los otros castigos; tanto para uno como para otro autor esta es la
pena que conviene a los lujuriosos, ya que se delectaron en el hedor
de su pecado27. Por último, este tormento puede verse en el gran
mosaico de Torcello28.
1.4.
EL CASTIGO DE LOS REPTILES.
La miniatura está precedida por un titulus donde se lee Arnas
e verms trancan e mangian les peccadors, f. 128 v. (fig.
10)., y que muestra cuatro grandes lagartos que devoran las cabezas
de los réprobos -entre ellos, por primera vez, una mujer- cuyos
brazos están cruzados con las manos caídas, indicando
su impotencia -el personaje inactivo sufre las consecuencias lamentables
de los conflictos y de las antinomias29: está siendo comido por
reptiles, pero, pese a su dolor, sabe que todo esfuerzo es vano, ya
que su castigo es eterno-; este gesto es frecuente en la iconografía
medieval; puede verse, aunque en otros contextos, en la inicial del
Libro de Ezequiel de la Biblia de San Benigno, de la primera mitad del
siglo XII (Dijon, Bibl. mun. ms. 2, f. 195 r.), en una Biblia historiada
de fines del XII (Amiens, Bibl. mun., ms. 108, f. 11 r.) y en una Historia
Universal del tercer cuarto del siglo XIII (Dijon, Bibl. mun., ms. 562,
f. 9 r.)30.
Honorius
Augustodunensis debió apoyarse en una fuente escrituaria (Mc.
9, 43) y en otra patrística (San Agustín: De Civitate
Dei: l. 22, c. 22; PL.: 41, col. 694). Este castigo, que se ha representado
en múltiples ocasiones31, ha gozado de cierta preferencia en
las narraciones literarias, como en la Visión de Adamnán,
en el Purgatorio de San Patricio y en la Visión de Étienne
de Bourbon32 . En el Elucidarium, se habla de gusanos inmortales, o,
si se prefiere, de serpientes y dragones de aspecto y silbido horribles,
que viven como pez en el agua entre las llamas (l. 3, c. 4; PL.: 172,
col. 1160); Ermengaud añade que estas sabandijas les comen y
roen, por ahora, sus conciencias, pero, tras el Juicio, atormentarán
también su carne. Para ambos autores, este es el castigo de los
envidiosos y de los que han tenido mala voluntad o han odiado33.
1.5.
EL CASTIGO DE LOS GOLPES
La ilustración, precedida por el titulus Li diable bato les peccadors,
f. 128 v. (fig. 11), presenta
dos demonios que golpean a los réprobos; llevan un látigo
en una de sus manos y con la otra cogen la cabeza de los condenados
que presentan, bien los brazos cruzados con las manos vacías
hacia abajo, como signo de impotencia; bien cruzados sobre el pecho
con este mismo sentido de incapacidad para actuar.
La fuente que debió tomar Honorius Augustodunensis para este
tormento se encuentra en San Gregorio Magno (Moralia: l. 34, c. 12;
PL.: 76, col. 729); este castigo aparece también en el Speculum
Historiale de Vincent de Beauvais (l. 28, c. 84), referido a la Visión
del joven Guillermo, así como en el Purgatorio de San Patricio
y en la Navigatio Sancti Brandani34. En el Elucidarium, se dice que
los condenados recibirán golpes redoblados de los demonios que
los batirán como los herreros las piezas al fuego (l. 3, c. 4;
PL.: 172, col. 1160); en el Breviari, se habla de bastones de fuego
ardiendo. Uno y otro autor cuentan que este castigo se reserva a los
que se negaron a hacer penitencia durante su vida35.
1.6.
EL CASTIGO DE LAS TINIEBLAS
La ilustración está precedida por un titulus donde se
lee Li peccador son en tenebras et en escurtat, f. 129 r.; esta miniatura
aparece fuera del margen del folio, como si hubiera habido una mala
previsión del espacio que debían ocupar las escenas; dos
condenados se encuentran boca abajo, con la cabeza en el interior de
las fauces de Leviatán -para dar idea de la oscuridad que inunda
el infierno- y en una posición inestable, que, como ya se ha
visto, es la que caracteriza a los malvados, manifestando su perversidad
por la que son castigados36.
No son
muy frecuentes, por lo menos hasta el siglo XV, las representaciones
de ausencia de luz en el arte. En los beatos -excepto en el de Gerona-,
se dispone de un cuadro o rectángulo bajo y se tiñe su
fondo de un color oscuro que va desde el ocre hasta el azul profundo,
pero destacando sobre tonos más suaves en la parte superior externa37;
en la miniatura del manuscrito S.I.3 escurialense, se ha seguido, probablemente,
el camino más fácil al colocar a los pecadores boca abajo,
mirando la oscuridad del infierno en el que están sumidos, ya
que, en este caso, no podía utilizarse el fondo por estar, muchas
veces, y sin que revista por ello un matiz negativo, iluminado con colores
y tonos oscuros38.
Las tinieblas son uno de los elementos constitutivos del infierno, consignándose
su existencia desde Job hasta San Mateo (25, 45); la literatura patrística
también retomó este tema, desde San Agustín39 a
Inocencio III 40, pasando por San Gregorio Magno que, glosando a Job
10, 21, dice: ¿Qué se entiende por la tierra tenebrosa
sino los oscuros encierros del infierno, a los cuales cubre la oscuridad
de la muerte eterna, porque aparta para siempre a todos los condenados
de la luz de la vida? [...] La sombra de la muerte oscurece el infierno,
y el temor perpetuo mora en él, porque los que son dados a sus
fuegos, en los tormentos sienten dolor [...] allí aflige el dolor
y angustia el espanto (Moralia: l. 9, cc. 63, 95 y 100)41; también
se encuentra en Hugo de San Víctor42. Es, asimismo, un tópico
frencuente dentro de la literatura de visiones, como en la Vida de San
Pacomio43, en la Historia Eclesiática de Beda el Venerable, referida
a la Visión de Drythelm, en la Visión de Baronto, en la
Leyenda del Purgatorio de San Patricio y en la Navigatio Sancti Brandani44.
En el Elucidarium, se califica estas tinieblas de palpables; en el Breviari
d'Amor, se precisa más y se dice que ninguna oscuridad es igual
a ésta, que hace que las almas no recuerden a Dios ni su reino,
a causa de la gran pena del tormento. Tanto para Honorius Augustodunensis
como para Ermengaud, este castigo se reserva a los que prefirieron las
tinieblas de los vicios a la luz de Cristo45.
1.7.
EL CASTIGO DE LA VERGÜENZA
La miniatura, precedida por el titulus Li peccador vezo lurs peccatz
escrigz, f. 129 r. (fig.4),
representa a un hombre que muestra una filacteria a otro donde se lee:
ergueilh./avareza./luxuria./ira./pezeza./eveia. glo-/tonia, que, como
se ve, son los siete pecados capitales, conformando los tres primeros
la tríada clásica de la Edad Media46. En la ilustración,
del manuscrito S.I.3 escurialense, es una filacteria escrita cogida
en presentación, y donde se enuncia una proposición que
inspira la imagen, pero sin ser una traducción literal del texto47.
Es probable que, para este tormento, que consiste en la vergüenza,
el espanto, el disgusto y el dolor de ver los pecados expuestos ante
sí y ante todos, Honorius Augustodunensis haya tomado como autoridad
a San Gregorio (Moralia: l. 8, c. 53; PL.: 75, col. 857). Este castigo
se aplica, según el Elucidarium, a aquéllos que no quisieron
confesar sus pecados; el Breviari d'Amor aporta una visión complementaria
de esta idea al señalar que es propio de los que confesaban sus
delitos, pero no tenían escrúpulo en quebrantar las penitencias
impuestas por el confesor48.
1.8.
EL CASTIGO DEL PAVOR
La ilustración está precedida de un titulus donde se lee
Li peccador se verzo los diables devan, f. 129 r. (fig.
5), y presenta, a ambos lados de las fauces de Leviatán,
a dos demonios de perfil con un bastón de tres garfios en actitud
amenazante; en el centro, el busto de un gran diablo, en majestad -totalmente
frontal-, abre la boca, enseñando todos sus dientes, traduciendo
así las malas disposiciones de este ser -causar pánico-;
sus dientes, bien dibujados y exageradamente agrandados, acrecientan
el aspecto temible de su agresividad y ferocidad, ya que es entre los
diablos donde hay que buscar las formas gesticulantes más horribles,
como en un capitel de principios del siglo XII de la basílica
de Vézelay y en una personificación del Odio de un manuscrito
del Roman de la Rose del tercer cuarto del siglo XIV (Paris, Bibl. Sainte-Geneviève,
ms. 1126, f. 2 r.)49.
Según
Honorius Augustodunensis, este castigo consiste en la visión
de diablos y dragones y en el clamor de víctimas y verdugos (l.
3, c. 4; PL.: 172; col. 1160); el autor del Elucidarium vuelve a apoyarse
en San Gregorio Magno (Moralia: l. 9, c. 66; PL.: 75, col. 914), que
dice que, aunque el fuego del infierno no tiene luz, permite ver a los
condenados los suplicios de aquellos a los que aman. Para Honorius Augustodunensis,
este tormento debe aplicarse a los que despreciaron ver y oír
el bien; para Ermengaud, a los que han vivido haciendo, procurando y
deseando el daño al prójimo50.
1.9.
EL CASTIGO DE LA CADENA ARDIENTE
La miniatura, precedida por el titulus Li peccador son liat ab cadenas
ardens, f. 129 r. (fig. 6),
presenta a los condenados atados por una cadena común que les
aprisiona manos, cuello y pies; los réprobos se muestran de perfil,
en posturas inestables y con rasgos deformes, todo ello conforme a un
sentido peyorativo51; uno de ellos saca la lengua, traduciendosu perversidad.
Son numerosísimas las representaciones donde los condenados aparecen
encadenados: así, en el Salterio de Winchester (Londres, British
Museum, ms. Cotton Nero C. IV, f. 39 r.), en el Salterio de Margarita
de Borgoña (Paris, Bibl. Sainte-Geneviève, ms. 1273, f.
19 r.) y en uno de los relieves de la Catedral de Reims52.
Honorius
Augustodunensis dice que los condenados se verán con cadenas
de fuego en todos los miembros (Elucidarium: l. 3, c. 4; PL.: 172, col.
1160), al igual que piensa Ermengaud. Este castido se aplicará
a todos los que se dejaron llevar por una sensualidad fuera de toda
medida, según ambos autores53.
1.10.
EL CASTIGO DEL HAMBRE Y LA SED
La ilustración está precedida de un titulus donde se lee
Li peccador se mangon las mas per fam, f. 129 r. (fig.
7), y que presenta a dos condenados devorando, cada uno, su propia
mano. No es muy frecuente la representación de este tormento;
con el sentido del hambre y de la sed que los réprobos sufrirán
en el infierno, hay una miniatura del Salterio de Gloucester (Munich,
Baryer. Staatsbibl., ms. lat. 835, f. 30 v.)54, donde aparecen encadenados,
tratando de coger los frutos de un árbol y de beber de la corriente
de un arroyo que corre debajo sin conseguir ambas cosas.
La fuente
de este castigo es clásica, y se relaciona con la pena de Tántalo55,
que pasó a la literatura medieval en la Visión del joven
Guillermo narrada en el Speculum Historiale de Vincent de Beauvais (l.
28, c. 84)56.
Como era
de esperar, este castigo se aplica, según Ermengaud, a los ricos
que han comido y bebido fuera de toda medida, y que, aun conociendo
la necesidad de los pobres que morían a sus puertas, no les socorrían57.
Como se ve, ninguno de los castigos del infierno expuestos por Ermengaud,
que toma como fuente principal el Elucidarium de Honorius Augustodunensis,
tiene una base islámica; no obstante, hay, de hecho, tormentos
muy similares en la escatología musulmana58, pero ya antes de
la formación de esta religión estaban consignados, como
se ha comprobado, por los Padres de la Iglesia o por fuentes clásicas59.
El tema de los castigos infernales vale no sólo como meditación
para excitar el arrepentimiento, sino también, dentro del contexto
espacio-temporal en que se compuso el Breviari, para rebatir -al menos
implícitamente- la teoría cátara según la
cual ningún alma, incluso las de los demonios, se condenará
eternamente60. Una constante del pensamiento cátaro es considerar
que una parte constitutiva de los seres está siempre preservada,
salvada, impecable: así, el espíritu en el ternario cuerpo-alma-espíritu.
Ciertos cátaros sostenían que el diablo sólo había
seducido a la tercera parte de los ángeles, es decir, sus almas,
no sus espíritus. Todos los ángeles no fueron condenados
a la perdición, ni incluso, quizá, la totalidad de la
esencia de cada uno de ellos. Que hayan sucumbido a una tentación
voluptuosa, que hayan sido forzados a la servidumbre diabólica
por una necesidad quasi mecánica ligada a su situación
en el esquema de la emanación; es evidente que los ángeles,
perdiéndose, sólo cambiaron en lo que ya eran. Desfallecieron
por debilidad, incapaces como eran, por naturaleza, de resistir a la
seducción. Esto significa que había toda una parte de
la creación divina destinada desde la eternidad al desfallecimiento
o a la corrupción, y otra parte que, desde toda la eternidad,
y también necesariamente, era incorruptible por esencia. Se sabe
que los ángeles que sucumbieron fueron encerrados en cuerpos
humanos. Pero los teóricos cátaros, los iniciados, conocían
que todo lo que hay de ser en el mundo pertenece a Dios, y es por lo
que alguno de ellos llegó a enseñar que incluso el mismo
diablo se salvaría. Para la teoría esotérica del
catarismo, sólo había diablos en el plano del mundo de
la mezcla; la manifestación del mal fue siempre una usurpación
del ser, un acaparamiento del ser obtenido por violencia. Según
los cátaros, el verdadero Dios había creado todas las
cosas celestes y eternas; el principio malo, las temporales y transitorias.
Si la totalidad del ser pertenecía al principio bueno, la manifestación
del mal sólo podía tener, en la creencia de los herejes,
una existencia de carácter ilusorio. El Juicio, pues, ya tuvo
lugar en el momento de la deserción de los ángeles rebeldes,
y el infierno lo constituía la tierra, donde el alma era castigada
en el cuerpo que ocupaba61. A esto responde Alanus de Insulis: Que los
demonios serán condenados parece insinuarlo el Señor en
el Evangelio cuando dice: "Id, malditos, al fuego eterno que fue
preparado para el diablo y sus ángeles (Matth. 25). Asimismo,
por esta razón o por autoridad, dicen los herejes que los demonios
son los espíritus de los hombres, ¿o que entran en diversos
cuerpos en donde se hará penitencia por ellos? Pero cuando no
asiste la autoridad ni la razón, no existe opinión probable.
Igualmente, por esta misma razón, dicen que otros demonios se
introdujeron en cuerpos humanos, viéndose obligados a asegurar
que el mismo Lucifer, para que se arrepienta, debe unirse a algún
cuerpo./Del mismo modo, si la verdad de la naturaleza humana consiste
en esto, es decir, en un cuerpo y un espíritu maligno, Cristo
no fue verdadero hombre, porque no tuvo espíritu maligno ni se
unió a él; sino que fue verdadero hombre que tuvo cuerpo
y alma; luego, o todos los hombres no son verdaderos hombres, o tienen
cuerpo y alma [...] Además, a los malos, en el día del
Juicio, les dirá: "Id, malditos, al fuego eterno" (Matth.
25). Aquellos a los que se les dice esto serán castigados en
cuerpo y alma (De Fide Catholica: l. 1, cc. 12 y 29; PL.: 210, cols.
317-318 y 332).
2. LAS
CUATRO CLASES DE INFIERNOS
La primera
parte del quinto artículo de fe -promulgado por Santo Tomás:
Descendit ad inferna. Et resurrexit tertia die- le proporciona a Ermengaud
la posibilidad de exponer no sólo la Anástasis, sino también
de hacer una digresión sobre las partes en que se divide el infierno,
bajo el titulus genérico de Estorias de las .iiij. manieras d'ifern,
y que se compone de cuatro miniaturas situadas en el folio 195 v. que
recogen, primero, el infierno donde los justos muertos antes de la venida
de Cristo esperaban que el Señor llegara a liberarlos; segundo,
el Purgatorio; tercero, un lugar destinado a los niños muertos
sin bautismo; por último, el infierno interior, donde se encuentran
los pecadores condenados a los tormentos eternos. A continuación,
se verá por separado cada una de estas clases de infierno para,
posteriormente, comentarlas en su globalidad.
2.1.
EL INFIERNO DE LOS JUSTOS MUERTOS ANTES DE LA VENIDA DE CRISTO
Miniatura precedida por el titulus Iferns loqual expoliet Iezucristz
de sos amicz (fig. 12), que
muestra una representación de la Anástasis con Cristo
vestido con un manto que le cubre el abdomen, enseñando las cinco
llagas de la Pasión y armado de una larga cruz de resurrección
de gran travesaño rematada por una banderola en la que hay inscrita
otra cruz, forma redundante de la misma señal62, que coge con
su mano izquierda y la clava en las fauces de Leviatán, dentro
de las cuales aparecen cuatro personajes masculinos, barbados y desnudos,
tres de ellos con las manos en alto, y el primero, posiblemente Adán,
es cogido por Cristo con la derecha. Hay que destacar la variación
en el color de los fondos de la miniatura: el lado correspondiente al
Señor es bermellón; el que ocupan los santos del Antiguo
Testamento, azul profundo; este cambio de color traduce una separación
materializada por un elemento decorativo: la inclusión de un
elemento figurado en un fondo diferente al del resto de la imagen materializa
el alejamiento que separa al ser así circunscrito de otros elementos
de la representación. Un fondo se distingue por su naturaleza,
por su color o por su dibujo. En este caso, se resalta la pertenencia
de Cristo a una condición distinta, a un orden de valor diferente
del de los elegidos del Antiguo Testamento; en este caso el fondo puede
tener, además de su valor decorativo, otro simbólico,
la oposición entre la luz, referida a Cristo, y las tinieblas
del infierno. Por último, el gesto del Mesías de coger
a Adán por la muñeca indica la toma de posesión
que ejerce el Señor sobre el protoplasta63. Un texto de San Buenaventura,
que toma como base los libros de Ezequiel, de Isaías y de Job,
ofrece una traducción literaria, casi idéntica, de la
representación plástica; se indica, además, el
carácter de redención total que implica la muerte y Resurrección
de Cristo, que no sólo afecta a los vivos, sino también
a los muertos: Entonces Cristo "sacó fuera el Leviatán
y le horadó la quijada" (Job 40, 20-21); que pues había
acometido a la cabeza, sin tener derecho a ella, debía perder
aún el que tenía sobre los miembros. Entonces el verdadero
Sansón, muriendo, dejó tendido en el campo al ejército
enemigo. Entonces el Cordero sin mancilla,"con la sangre de su
testamento, sacó los prisioneros del lago vacío de agua"
(Zac. 9, 11). Entonces "a los que habitaban en la región
tenebrosa de la muerte" (Isai. 9, 2) alborearon los clarísimos
rayos de la nueva luz, tanto tiempo deseada (El Arbol de la Vida: Fruto
9, 33)64.
La escena del descenso de Jesús a los infiernos no ocupa el mismo
lugar en Occidente que en Bizancio, cuya fórmula fue adoptada
en la Península Italiana. En un capitel de San Nectario (Puy-de-Dome),
Cristo coge la cruz terminada en un hierro de lanza y hace saltar en
pedazos las puertas del infierno; en el dintel de la Catedral de Lincoln,
el infierno, al igual que en la miniatura del manuscrito S.I.3 escurialense,
está figurado por las fauces de un dragón colosal de donde
Cristo acaba de coger a los justos65. Por infiernos, en este caso, debería
entenderse el llamado Limbo de los justos, el borde del infierno, un
lugar indeterminado entre éste y el Paraíso, donde esperaban
los justos no bautizados. Aunque no expresamente mencionado, se puede
encontrar rastros de este episodio en los libros canónicos (Mt.
27, 52 ss.; Lc. 23, 43; I Pe. 3, 18; Ef. 4, 8, y, principalmente, la
exégesis que se hizo del Salmo 106, 10-16 y 67); no obstante,
la narración más completa aparece en la segunda parte
del Evangelio de Nicodemo, donde se presenta el testimonio de dos resucitados,
Carino y Leucio, que habían sido librados del infierno por Cristo;
y en el posterior Evangelio de Bartolomé, donde el hecho lo narra
el propio Señor. La dificultad apareció cuando los teólogos
trataron de discernir si el Descenso a los infiernos había precedido
o seguido a la Resurrección: si tuvo lugar antes, como el cuerpo
de Cristo permanecía en la tumba, fue su espíritu solo
el que descendió a los infiernos -posición compartida
por Ermengaud-66; por el contrario, si se admite que Cristo había
ya resucitado cuando descendió a los infiernos, lo hizo corporalmente.
Según el Evangelio de Nicodemo, este momento se sitúa
antes de la Resurrección; esta fue también la posición
de la mayoría de los teólogos, y que, fijándose
en el orden de las miniaturas del Breviari, sigue, como se ha indicado,
Ermengaud. Se profesa, pues, que sólo el cuerpo de Cristo permaneció
en el sepulcro, pero que su alma se evadió durante este tiempo
para liberar las almas de los otros justos (S. Atanasio: Epistola ad
Epictetum: 1; PG.: 26, col. 1060). Esta misma doctrina es la que profesó
Hugo de San Víctor: Cuando Cristo murió, su alma se separa
de su cuerpo. Ella no descendió hasta el infierno de los condenados,
ni al Purgatorio de los niños muertos sin bautismo, sino sólo
al Limbo de los Padres donde se encontraban las almas de los Patriarcas
de la Antigua Ley67.
Este tema debió representarse desde fecha muy temprana en el
arte cristiano. Los modelos conocidos más antiguos se encuentran
en un relieve de una de las columnas del ciborium de San Marcos de Venecia
del siglo VI, así como en el Oratorio del Papa Juan VII (705-707)
en el Vaticano, conocido a través de un dibujo de Grimaldi y
en un fresco de Santa María la Antigua algo posterior. El gesto
de Cristo cogiendo a Adán sería una aplicación
del arte imperial en el arte cristiano, del emperador cogiendo al vencido
sometido, teniendo en cuenta la multitud de variantes que aparecen -Cristo
únicamente con Adán, aparición de Eva, etcétera-.
La significación del tema fue diferente para Occidente y para
Bizancio; aquí, la Anástasis reemplaza a la Resurrección;
por el contrario, en el Oeste, el Descenso a los infiernos y la Resurrección
coexisten y constituyen dos motivos paralelos independientes uno del
otro. En esta zona, Jesús está armado con la cruz de la
Resurrección. Tiene a sus pies las puertas del infierno que,
caídas, aplastan al diablo -aspectos que no aparecen en la miniatura
del manuscrito S.I.3 escurialense que restringe el tema a lo básico-,
e hinca el extremo de la cruz en las fauces de Leviatán; habiendo
vencido toda resistencia, toma a Adán por el brazo y conduce
detrás de él a los patriarcas y a los justos de la Antigua
Ley. Contrariamente al arte oriental, es habitual que los protoplastas
aparezcan desnudos en el occidental. Modelos similares -teniendo en
cuenta la restricción de elementos en la miniatura del manuscrito
S.I.3 escurialense- aparecen en un fresco románico de Tavant
(Turena), donde Cristo tira con su mano derecha de Adán a la
vez que con la cruz que coge con la izquierda traspasa al diablo que
está frente a él, en una miniatura de la Biblia de San
Marcial de Limoges, en una del siglo XIV del Salterio de Salisbury (París,
Bibl. Nat., ms. lat. 765, f. 15 r.), en el pedestal de la Virgen con
el Niño donado por Jeanne d'Evreux a Saint-Denis en 1339 (Louvre)
y en el retablo mayor de la Catedral de Gerona68.
Conviene advertir que, por lo que se refiere al Descenso de Cristo a
los infiernos, no se mencionó en las diversas formas del Símbolo
usuales en las iglesias hasta fines del siglo IV, apareciendo por primera
vez en la de Aquileya. A partir de esta fecha, se va introduciendo,
poco a poco, hasta que en el siglo IX lo hace la Iglesia romana, al
adoptar la forma simbólica galicana. Pero, aunque la inserción
de este artículo de fe en el Símbolo sea tardía,
el artículo mismo no fue desconocido por la Iglesia en ninguna
ocasión. La doctrina del Descenso de Cristo a los infiernos halló
eco desde los primeros siglos en la enseñanza de los Padres,
de los concilios y de los Papas, como se ve en San Justino (Dial. con
Trifón: 72: PG.: 7, col. 645); San Ireneo refiere la tradición
recogida de boca de un anciano, que había oído a los apóstoles
que el Señor había descendido a la zona subterránea
y anunciado a los que allí moraban su venida y la remisión
de los pecados para los que creyeran en Él (Adv. haer.: l. 4,
c. 27, 1-2; PG.: 6, cols. 1056-1058). Tertuliano dice que Jesucristo,
antes de subir a los cielos, bajó a los infiernos para anunciar
a los Patriarcas y Profetas la buena nueva de su venida (De anima: 55;
PL.: 2, col. 7421). El Cuarto Concilio de Toledo (633), en su profesión
de fe, reconoce que Jesucristo descendió a los infiernos para
librar a los santos que allí estaban detenidos y, quebrantando
el poder de la muerte, resucitó. Ya antes, San León Magno
había escrito a Toribio de Astorga maravillándose de la
corta inteligencia que algunos tenían de la fe, pues ignoraban
que Jesucristo descendió a los infiernos, mientras su carne descansaba
en el sepulcro para luego resucitar al tercer día (PL.: 54, col.
690). En el Antiguo Testamento, el sheol es la morada de los muertos.
Pero el progreso de la revelación obligó a distinguir
cuatro estados de almas y, según éstos, otros tantos infiernos,
como se verá más adelante; no obstante, para la comprensión
del llamado Limbo de los justos, se dará un adelanto: primero,
el de los condenados, o sea, el de las almas totalmente separadas de
Dios por el pecado mortal; segundo, el Limbo de los niños, es
decir, de aquéllos que están separados de Dios por el
pecado original; tercero, el de las almas que están separadas
de Dios por el resto de sus pecados personales: el Purgatorio; por último,
el Limbo de los justos, ya purificados, pero separados de la divinidad
por el reato del pecado original, llamado también seno de Abraham.
Sólo a este último lugar llegó la buena nueva de
la venida de Jesucristo, recibiendo sus habitantes el fruto de la redención,
que para ellos era la glorificación. No a los condenados porque
no se hallaban ya en estado de convertirse a Dios. Tampoco a los niños
por idéntica razón, ni a las almas del Purgatorio69.
Así
pues, el Descenso de Cristo al Limbo de los justos tiene un sentido
redentor: liberar a los muertos, como ya lo hiciera con los vivos, del
pecado original (San Agustín: Sermón 160) 70 y de toda
causa de dolor (San Agustín: Epístola a Evodio)71.
Los cátaros pensaban que las almas de los justos no ascendieron
a los cielos con Cristo, y que Él nunca descendió a los
infiernos; basándose, para lo primero, en que esto no aparece
en los Evangelios, y declaran que las almas de todos los que antes de
la venida de Cristo murieron estaban condenadas eternamente (Alanus
de Insulis: De Fide Catholica: l. 1, c. 15; PL.: 210, col. 319). En
el hecho de enviar San Juan Bautista72 a dos de sus discípulos
cuando estaba en la cárcel para preguntar si era Él el
que debía venir o si había que esperar a otro, se ve una
figura del Señor al que esperaban los justos, que descenderá
a los infiernos; y si Cristo, que asumió la naturaleza humana
y en ella murió, descendió a los infiernos, fue para rescatar
a las almas de los justos que allí moraban y llevarlas a la gloria
en virtud del carácter salvífico y total que tuvo la redención
que, como se vio, afecta no sólo a los vivos, sino también
a los muertos: Dice Juan contra esta opinión [la expuesta anteriormente
por los cátaros]: "He aquí el Cordero de Dios, he
aquí el que quitá los pecados del mundo" (Joan. I).
Y en otra parte: "El que viene detrás de mí fue hecho
antes que yo" (Joan. I). Pero quienes dicen que Juan era un condenado
van delante de las palabras de Cristo, que dijo de Juan: "De entre
los nacidos de mujer ninguno es mayor que Juan Bautista" (Luc.
VII). Y en otra parte: "¿Qué salistéis a ver
en el desierto? ¿Alguna caña sacudida por el viento? ¿Qué
salistéis a ver? ¿Un profeta?, ciertamente más
que un profeta" (Luc. VII). Pero éste mismo se puso bajo
la sentencia capital en virtud de la defensa de la justicia. Incluso
éste mismo saltó de gozo dentro del útero materno
en la llegada de la Virgen. Incluso éste mismo, santificado en
el útero, fue profeta antes de nacer. Por cuyo mérito,
la madre profetizó y la palabra del padre fue restituida. No
dudó de Cristo, porque a su juicio era Hijo de Dios, ni de si
tenía que descender a los infiernos, habiendo leído esto
en los profetas. Pero sus discípulos, a los que envió
a Cristo, para que certificaran sobre su llegada, dudaron./Incluso Juan
bajo la forma de la duda expresó el afecto de la piedad y de
la compasión, cuando dijo: "¿Eres tú quien
había de venir?", como si dijera: "Tú, que eres
tal y tan grande, ya te humillaste para asumir nuestra enfermedad, y
tienes que descender a los infiernos". Luego es manifiesto que
Cristo descendió a los infiernos y liberó de los infiernos
a las almas de los santos. De donde Cristo dice en el Evangelio: "Cuando
un hombre valiente, bien armado, guarda la entrada de su casa, todas
las cosas están seguras. Pero si otro más valiente que
él, asaltándole, le vence, le desarmará de todos
sus arneses, en que tanto confiaba, y repartirá sus despojos"
(Luc. XI). Asimismo, en el símbolo católico, se lee: "Descendió
a los infiernos". Igualmente, el Apóstol, para manifestar
que Cristo libró a las almas del infierno, se sirve de la autoridad
de David diciendo: "Llevó consigo cautiva a una gran multitud
de cautivos" (Ephes. IV). Y en otro lugar, dice que Cristo "descendió
a las partes inferiores de la tierra" (Ephes. IV) [...] Pero si
descendió a los infiernos, ¿a qué descendió
sino a librar a los cautivos? En efecto, no descendió por su
mérito, sino para librar a los que el diablo retenía en
el infierno injustamente. Del mismo modo, la autoridad dice que "muchos
cuerpos de los que habían muerto resucitaron" (Matth. XVII).
¿No es cierto que aquéllos ascendieron con Cristo?, porque
si enseguida fueron incinerados por otra parte no creían que
eran los verdaderos testigos de la resurrección. Asismismo, aquellas
almas que fueron liberadas del infierno, si ascendieron con Crito, ¿dónde
permanecieron? ¿En el Paraíso terrenal?, no, porque aquel
lugar es corporal, no espiritual (Alanus de Insulis: De Fide Catholica:
l. I, c. 16; PL.: 210, cols. 319-320). No obstante, y enlazando con
lo que será la miniatura siguiente, la incredulidad de los herejes
con respecto al Descenso de Cristo al Limbo encierra un significado
más profundo como es el de la negación de los sufragios
que hace la Iglesia a favor de los muertos, algo que consideraban vano
y superfluo, ya que las almas de los difuntos, a la hora de la muerte,
y en virtud de sus méritos, van a la beatitud eterna o a los
suplicios que, en el caso cátaro, y aunque no esté expresamente
formulado por los polemistas, debe entenderse como las múltiples
metempsícosis hasta alcanzar el grado de pureza adecuado; de
esta forma, el que se haga oraciones, el que se celebren misas o se
den lismosnas por ellos carece de utilidad para los malos y no es necesario
para los buenos. Si bien es cierto que esto es así en cuanto
a la efectividad de tales prácticas para el grupo de los eternamente
justos o de los completamente malos, la Iglesia Católica piensa
en un tercero formado, como se verá, por las almas de aquellos
fieles que, en vida, no supieron satisfacer correctamente sus faltas;
éstas tendrán que ser purificadas en el Purgatorio; los
sufragios que la Iglesia haga en su favor ayudarán a que su pena
sea menos dura, a que sean liberados antes y llevados al descanso eterno
(Egberto de Schönau: Sermones contra Catharos: Sermo IX, 1.2.15,
PL.: 210, cols. 55-56 y 62-63); así, al igual que Cristo liberó
a los justos, pero no a los réprobos, la Iglesia, con sus sufragios,
puede liberar del Purgatorio a los que cometieron pecados de los que
se arrepintieron, pero que no satisfacieron con una penitencia plena,
no a los que nunca llegaron al arrepentimiento. Se ve así que
el Descenso de Cristo al Limbo, cuya actualidad es nula ya que permanece
cerrado desde ese momento, puede ser tomado, complementariamente a su
realidad histórica y literal, como figura de los sufragios que
la Iglesia hace por los difuntos que habitan en el Purgatorio. Sobre
este lugar trata la siguiente miniatura.
2.2.
EL PURGATORIO
La ilustración
está precedida de un titulus donde se lee Ifern de purgatori
(fig. 12), y que presenta las
fauces de Leviatán abiertas vomitando llamas entre las que se
ven las almas -figuradas como torsos humanos desnudos con los brazos
en alto y las manos juntas, expresando, por medio de este gesto, la
gracia de acceder a la gloria73. Para la representación del Purgatorio,
se ha tomado, pues, un esquema icónico idéntico al utilizado
en el infierno; en este sentido -salvo por el gesto equilibrado y sereno
de las almas en esta miniatura- sería necesario compararlo con
el de la ilustración del f. 128 r. del manuscrito S.I.3 escurialense,
referida al castigo del fuego que se impone a los réprobos en
la gehena74. La diferencia fundamental, como se ha señalado,
reside en la actitud de las almas: suplicantes -y, por tanto, esperanzadas-,
equilibradas y serenas en la representación del Purgatorio; desequilibradas
-traduciendo sus deficiencias morales y, en consecuencia, su desesperación-
en la del infierno75; en sustancia, esto es lo que distingue uno de
otro infierno. No es en absoluto numerosa la bibliografía relativa
al Purgatorio, y mucho menos a las representaciones medievales76. En
el artículo Fegfeuer (Purgatorio) que escribio Wolfgang Braunfels
en el Lexicon der christlichen Ikonographie77, se dice que en el mundo
figurativo del Paleocristiano, como en el de la Edad Media hasta fines
del siglo XIV, no se encuentra ninguna representación del Purgatorio.
No obstante, Jacques Le Goff ha hallado algunas figuraciones anteriores:
la primera de ellas es una miniatura del Breviario de Felipe el Hermoso,
ejecutada por el célebre maestro Honoré78, y que debe
situarse alrededor de 1296 (París, Bibl. Nat., ms. lat. 1023,
f. 49); en ella, aparece Cristo en majestad y dos serafines flanqueándolo;
en la parte inferior, se ven cuatro almas del Purgatorio, dos de ellas
aún inmersas en el fuego, las otras dos sacadas de él
por dos ángeles que acaban de romper el techo de nubes. La segunda,
que ofrece semejanzas y diferencias con la anterior, se encuentra en
el Breviario de Carlos V, ejecutado probablemente por una mujer de la
familia real francesa entre 1347 y 1380 (París, Bibl. Nat., ms.
lat. 1052, f. 56 v.); la miniatura aparece en la conmemoración
de los difuntos; es decir, referida al 2 de Noviembre, mientras que
la precedente ilustra el Salmo 114, Dilexi, en el que el salmista da
gracias a Dios por haberle librado de los brazos del sheol. Al contrario
que en la miniatura anterior, Cristo no figura en ésta: dos grandes
ángeles llevan al cielo a dos almas que sólo tienen los
pies en el fuego. Once cabezas de almas que representan la muchedumbre
de las del Purgatorio y sus diferentes condiciones sociales -son reconocibles
un Papa, un obispo, etcétera- aparecen sumergidas en el fuego.
Por último, la tercera representación se encuentra en
un fresco de la Catedral Vieja de Salamanca, que muestra todo el sistema
del más allá según la concepción de los
cuatro lugares. A la izquierda, está el cielo; y a la derecha,
el infierno. En el centro, aparecen receptáculos con almas que
representan, a la izquierda, el Purgatorio y, a la derecha, los limbos.
En un receptáculo superior del Purgatorio, un ángel viene
a buscar a un alma para conducirla al Cielo. François Avril piensa
que, por razones estilísticas, el fresco no puede ser anterior
a la primera mitad del siglo XIV79.
Por lo que respecta al Breviari d'Amor, debe tenerse en cuenta que hubo
un manuscrito autógrafo, primigenio, datable entre 1288 y 129280.
Es muy probable que éste se encontrará ilustrado totalmente,
ya que la imagen es en la obra tan importante como el mismo texto, según
muestran las propias indicaciones del autor diseminadas por la obra,
principalmente en la primera parte, ilustraciones que serían
una explicación del texto dirigida a lectores no demasiado cultivados
o, lo que es más seguro, para su rememoración por parte
de aquellos capaces de entender lo que leían81. Esta participación
e ideación del autor del programa iconográfico del manuscrito
es un argumento de la concordancia entre todos los códices con
pinturas de esta obra; además, en las ilustraciones aparecen
unidades estilísticas que llevan al modelo del fines del siglo
XIII. Por otro lado, teniendo en cuenta que, de los quince manuscritos
ilustrados, doce presentan la miniatura del Purgatorio82, que aparece
en los ejemplares más antiguos, como el códice de San
Petersburgo (Biblioteca Pública, Hisp. F. v. XIV. 1), copia fechable
hacia 1320 y procedente de Lérida, y uno de los conservados en
Londres (Bristish Museum, Royal ms. 19.C.I, f. 185 v.), ejecutado en
Toulouse entre 1320-1325, y a través de las pruebas iconográficas
llevadas a cabo por Katja Laske-Fix se encuentra muy próximo
al manuscrito original83, puede deducirse que en éste aparecía
una representación del Purgatorio muy similar a la del manuscrito
S.I.3 escurialense; en este sentido, y teniendo en cuenta las fechas
aportadas para el manuscrito primigenio, tomando como límite
la de su posible finalización, es decir, hacia 1292, la representación
del Purgatorio del Breviari d'Amor es, por lo menos, anterior en cuatro
años a la del Breviario de Felipe el Hermoso, que J. Le Goff
considera una de las primeras figuraciones de este lugar. No obstante,
si bien el Purgatorio del Breviari se situaría entre las primeras
representaciones de este espacio de purificación, no es, en absoluto,
la primera, y mucho menos la más madura. Si se compara el citado
Breviario de Felipe el Hermoso con el posterior de Carlos V, hay un
elemento común a ambos, como es la aparición de dos ángeles
llevándose al Cielo a otras tantas almas, mientras algunas permanecen
aún en el fuego; se expresa, pues, de manera rotunda la posibilidad
de salir del lugar de purgación una vez purificada el alma para
acceder a la beatitud eterna, conforme a las ideas de un Purgatorio
casi completamente establecido en la época en que se ilustró
el Breviario de Felipe el Hermoso, que, sin duda, y debido a lo desarrollado
de su planteamiento, debió basarse en una fuente anterior84.
Sin embargo, el tratamiento que se le da a este tercer lugar, para utilizar
la terminología de J. Le Goff, en el Breviari es mucho más
simplista: sólo aparece una noción de esperanza -de la
que se ha hablado al describir los gestos de las almas que la habitan-,
no una representación que, efectivamente, muestre la salida de
estas almas del lugar de su purgación. El contenido de lo representado
en el Breviario de Felipe el Hermoso -y en la fuente en la que se basó-
es mucho más rico, frente al del Breviari, que sólo ofrece
la idea primigenia -esperanza de salir de este lugar- 85 y no el hecho
fundamental -la salida efectiva de los ya purificados-. En este sentido,
es probable que el Breviari se haya basado en una fuente iconográfica
más antigua -más ensencial, por tanto- que la del breviario
parisino, y donde estaba expresada embrionariamente su característica
fundamental -la esperanza de poder acceder, tras una purificación
de las faltas cometidas, a la gloria-; posteriormente, y como demuestra
el breviario ilustrado por el maestro Honoré, esta idea -y su
representación- se desarrolló para alcanzar una figuración
más contundente, precisa y detallada del Purgatorio, de donde
se basarían las posteriores86. El caso del Breviari no influyó
en la iconografía posterior por dos razones: en primer lugar,
por su carácter simplista y arcaico -y que, por otro lado, a
pesar de ofrecer esta idea de esperanza, no se separó de su carácter
de infernalización del tercer lugar; esta esperanza podría
verse bastante lejana-; en segundo lugar, por circunscribirse a un grupo
de manuscritos que se extendió en un área relativamente
reducida -Sudeste de Francia, Nordeste de la Península Ibérica-
87; así pues, falta de eficacia en la imagen para expresar convenientemente
la idea -sobre todo, en el siglo XIV- y circunscripción material
y local limitada coadyuvaron a la falta de difusión del esquema
del Purgatorio del Breviari d'Amor.
Los grandes doctores del Purgatorio durante el siglo XIII fueron maestros
mendicantes. En esta centuria, el triunfo de este tercer lugar fue mitigado,
sobre todo porque su éxito en la teología oficial latina
no debe enmascarar su fracaso en importantes zonas de la cristiandad.
Por ejemplo, el rechazo por parte de los herejes -como se verá
más adelante-, en el enfrentamiento entre el catarismo y la Iglesia
romana que alcanzó tan gran importancia. La hostilidad de los
griegos, a los que determinadas circunstancias políticas obligaron
a rechazar el Purgatorio con ocasión de la efímera unión
de las Iglesias concluida en el Segundo Concilio de Lyon (1274), obligó
a su vez a los latinos a discutir con los griegos que no aceptaban aquel
nuevo más allá. Tales discusiones conducirían a
la Iglesia latina a definir mejor el Purgatorio durante el siglo XIII,
de la misma manera que se había visto forzada por la lucha contra
las herejías a precisar su existencia a fines del XII. Por último,
durante esta centuria, y en las escuelas escolásticas, se advierte
una voluntad de racionalizar y controlar el Purgatorio.
Guillermo
de Auxerre (muerto en 1231), en su Summa Aurea (1222-1225), se encuentra
con el problema entre el fuego purgatorio y el Purgatorio propiamente
dicho. Sobre la manera en que el fuego purgatorio limpia las almas,
se inclina por la causa eficiente; adopta una posición intermedia
en relación con la existencia en el más allá de
un lugar de mérito -locus merendi-. Se halla de acuerdo con la
posición que será propia de los escoláticos, según
la cual ya no se puede adquirir méritos después de la
muerte, combate a los que niegan la posibilidad de una enmienda mediante
el fuego que purga las almas actuando sobre ellas sin imprimirles su
cualidad. Las almas del Purgatorio son beneficiarias de los sufragios
de los vivos sin que éstos reciban nada a cambio, salvo el mérito
de adquirir para sí mismos méritos en el más allá,
al llevar en este mundo a cabo una obra de misericordia88, orar por
los difuntos.
Guillermo de Auvergne (hacia 1180-1249) compuso entre 1223 y 1240 el
Magisterium divinale sive sapientiale, organizado en siete tratados,
el más importante de los cuales, De Universo, lo escribió
entre 1231 y 1236. Tras esbozar una geografía unificadora entre
el mundo de los vivos y el de los muertos, donde el lugar de dicha del
alma se sitúa en la cima del Universo, el Empíreo; el
de su infortunio, en las profundidades subterráneas opuestas
al cielo Empíreo; y el lugar mezcla de dicha e infortunio en
el mundo de los vivos, Guillermo de Auvergne aborda el problema del
Purgatorio. Que después de la muerte del cuerpo quedan muchas
cosas que purgar es una evidencia; por lo tanto, éste es una
prolongación de la penitencia terrena. Hay varias razones para
la existencia del Purgatorio: la primera se debe a los fallecidos de
muerte súbita antes de haber cumplido la penitencia que debían
haber satisfecho. La segunda, se refiere a la diferencia entre los pecados
mortales y los ligeros. Como no todos los pecados son iguales, la expiación
obligatoria de los mismos no puede ser la misma para los más
graves y para los más leves. A los unos, les corresponde la expiación
por el castigo -per poenam- y a los otros, por penitencia -per poenitentiam-.
En cuanto a los pecados leves, el difunto no puede acceder con ellos
a la gloria ni cargarlos en el infierno; así, debe expiarlos
antes de verse transportado al Paraíso, con lo que tiene que
existir un lugar que, en el futuro, se lleve a cabo tal purificación.
Así, el Purgatorio se ha de situar, cronológicamente,
entre la muerte y la resurrección de los cuerpos. Para él,
las penas purgatorias son penas que completan la purgación penitencial
iniciada en esta vida; la frecuencia de las muertes imprevistas, de
las penitencias inacabadas antes del fallecimiento y de los casos de
óbitos en estado de pecados leves hace estas penas necesarias
para numerosas almas. Por su parte, la existencia del Purgatorio no
resulta perjudicial para el ejercicio de una vida cristiana en la tierra,
ni una incitación al relajamiento durante el período vital,
sino todo lo contrario: Porque, a causa del temor a la purgación
en el futuro, a falta de otras motivaciones, los hombres comienzan con
más facilidad y antes la purgación penitencial acá
abajo, la prosiguen con mayor celo y vigor y se esfuerzan por acabarla
antes de morir. Así pues, la existencia del Purgatorio queda
probada mediante el razonamiento y la perspectiva de la penitencia.
Subraya, a su vez, la necesidad de los sufragios por los difuntos: oraciones,
misas y otras obras piadosas. Por último, la exigencia de justicia
es otra de las razones que motivan la existencia del Purgatorio: Aquellos
que han negado la existencia del Purgatorio, y de esas purgaciones de
las almas, han ignorado la penitencia. Ahora bien, la penitencia es
un juicio espiritual, juicio en que el alma pecadora se acusa a sí
misma, testifica contra sí misma, pronuncia un juicio contra
sí misma. Pero todo juicio debe satisfacer la justicia. Si la
justicia humana no tolera que se confundan las penas, mucho menos la
divina que es también misericordia. Para Guillermo de Auvergne,
el fuego no es la única forma de expiación que allí
se experimenta. No es, por tanto, una metáfora, sino el término
genérico que sirve para designar el conjunto de los procesos
de expiación y purificación que sufren las almas del Purgatorio.
Alejandro de Hales (hacia 1185-1245) redacta su Glosa sobre las Sentencias
de Pedro Lombardo probablemente entre 1223 y 1229; en algunas de sus
partes, se ocupa del problema del Purgatorio con especial atención
a los pecadores cuya penitencia tardía ha sido incompleta y a
quienes no tienen otra carga que la de los pecados veniales. Concilia
las opiniones tradicionales sobre el fuego que, según unos, está
ya en actividad antes de la resurrección, y según otros
sólo después, al tiempo del Juicio Final, al declarar
que hay dos fuegos: uno purgatorio entre la muerte y la resurrección,
y otro consumador o purificador entre la resurrección y el juicio.
En primer lugar, el fuego del Purgatorio purga de pecados veniales,
de las penas debidas a los mortales no suficientemente expiados aún;
en segundo lugar, es una pena más grande que cualquier temporal;
en tercer lugar, hay allí confianza y esperanza, pero aún
no visión beatífica -es la esperanza, puesto que es la
antecamara del Paraíso; pero, al no ser éste, se está
privado de la visión de Dios-; en cuarto lugar, los que lo evitan
o escapan de él son poco numerosos -el Purgatorio es el más
allá provisional de la mayoría de los hombres, de los
difuntos-.
Alejandro de Hales trató de las relaciones entre Iglesia y Purgatorio:
A la objeción de que no corresponde el poder de las llaves remitir
la pena purgatoria por conmutación en pena temporal, hay que
responder que los que están en el purgatorio dependen en cierto
modo del fuero de la Iglesia militante y análogamente el fuego
purgatorio en la medida en que conviene a la pena satisfactoria. De
manera que, así como los fieles pertenecen, bien a la Iglesia
militante, bien a la triunfante, aquellos otros están en medio,
y como no pertenecen en todo a ninguna de las dos, pueden someterse
al poder del sacerdote a causa del poder de las llaves. Así pues,
la jurisdicción de la Iglesia hace que ésta se anexione,
al menos en parte, el nuevo territorio abierto en el más allá.
Hasta entonces, el poder judicial espiritual se hallaba netamente dividido
por las fronteras que suponía la muerte. En este mundo, el hombre
dependía de la Iglesia; en el otro, no dependía más
que de Dios. No obstante, la mezcla en el Purgatorio concierne a la
mayoría de los fieles. En su situación de intermedio,
queda sometido al fuero común de Dios y de la Iglesia. A imagen
de las co-jurisdicciones que el sistema feudal había desarrollado
en aquella época, lo que hay es paridad de Dios y la Iglesia
sobre el Purgatorio. Cuando su poder terreno está siendo discutido
por los herejes, la Iglesia prolonga hasta más allá de
la muerte su poder sobre los fieles. De esta forma, Alejandro de Hales
ofrece una de las primeras expresiones claras del alcance de la comunión
de los santos desde la perspectiva del Purgatorio: De la misma manera
que el dolor específico lleva consigo satisfacción por
el pecado, el dolor de la Iglesia universal que llora los pecados de
los fieles difuntos orando por ellos entre gemidos, ayuda a la satisfacción,
pero no produce por sí misma la plena satisfacción, lo
que constituye la definición misma del sufragio. El sufragio,
en efecto, es el mérito de la Iglesia capaz de disminuri la pena
de uno de sus miembros. Comienza a hacerse consciente la noción
de un dolor que de simple expiación que era, va a convertirse
en fuente de méritos que permiten a las almas del Purgatorio,
no sólo llevar a término -con la ayuda de los vivos- su
purgación, sino merecer intervenir ante Dios en favor de los
mimos vivos. La Iglesia, en el sentido eclesiástico y clerical,
extraerá un gran poder del nuevo sistema del más allá.
Es ella la que administra o controla las oraciones, limosnas, misas
y ofrendas llevadas a cabo por los vivos en favor de los muertos. Gracias
al Purgatorio, la Iglesia desarrollará el sistema de indulgencias,
fuente de grandes beneficios.
San Buenaventura
continúa desarrollando la idea del Purgatorio como esperanza:
En el Purgatorio, hay más certeza de la gloria que en el camino,
pero menos que en la patria. A su vez, piensa que la pena del Purgatorio
no es infligida por ministerio de los demonios ni de los ángeles,
pero sí es probable que las almas sean conducidas al Cielo por
los ángeles buenos, y al infierno por los ángeles malvados.
Al preguntarse si cabe beneficiarse de remisiones de pena -relaxationes-
cuando se está en el Purgatorio o solamente si se vive en este
siglo, S. Buenaventura se ve llevado, en la misma línea que Alejandro
de Hales, a insistir sobre el poder de la Iglesia en general y del Papa
en particular sobre el Purgatorio. Aspecto importante a propósito
de la dirección de desarrollo de las indulgencias y del poder
pontificio sobre los difuntos que Bonifacio VIII va a inaugurar con
ocasión del jubileo de 1300. San Buenaventura toma posición
acerca de la liberación de las almas del Purgatorio antes del
Juicio Final: en él, no cabe la existencia de ningún elemento
retardador después de la purificación, sino que debe salirse
inmediatamente de este lugar tras la purgación.
Para San
Alberto Magno, los pecados veniales se perdonan en el Purgatorio; las
almas que lo habitan no sufren las penas del infierno porque se benefician
de la luz de la gracia; lo que les falta es, provisionalmente, la visión
beatífica, pero semejante privación no debe asimilarse
a las tinieblas exteriores. Los demonios se contentan con conducir a
las almas a que purguen en el Purgatorio, pero no son ellos los que
las purifican. En el Purgatorio, no existe la prueba del hielo porque
este tormento castiga la frialdad en la caridad, y éste no es
el caso de las almas que están allí purgándose.
El problema de la diferencia entre el Purgatorio y el infierno no es
una cuestión de intensidad, sino de duración. Dentro de
esta distinción, el Puragatorio corresponde a un cierto estado
de pecado, aquel donde bien y mal están mezclados. De donde se
deduce un sistema tripartito y no quinquepartito -aut est bonum aut
est malum aut bonum coniunctum malo-; de donde se deduce que el Purgatorio
es un intermedio descentrado hacia el bien, lo alto, el cielo y Dios.
Porque el mal que implica es un mal venial, no mortal, mientras que
el bien, como todo bien, es el de la gracia. Por último, para
San Alberto Magno, negar el Purgatorio es una herejía.
La primera
definición pontifica del Purgatorio tiene lugar bajo el pontificado
de Inocencio IV en una carta remitida a los griegos de Chipre fechada
el 6 de Marzo de 1254, donde se les pide que suscriban una definición
del Purgatorio. Este documento constituye el acta de nacimiento doctrinal
del Purgatorio como lugar.
El Purgatorio triunfó en el siglo XIII en la teología
y en el plano dogmático. Se da por cierta su existencia, se convierte
en una verdad de fe de la Iglesia. Bajo una forma u otra, en un sentido
muy concreto o más o menos abstracto, es un lugar. Su formulación
se oficializa. Viene a dar pleno sentido a una antigua práctica
cristiana: los sufragios por los muertos. Pero los teólogos y
la jerarquía eclesiástica lo controlan y limitan su expansión
al ámbito de lo imaginario. Cuando la Iglesia hizo descender
el Purgatorio a la enseñanza cotidiana, a la práctica
pastoral, el éxito comenzó a ser muy notable. A fines
del siglo XIII, el Purgatorio estaba en todas partes: en la predicación,
tímidamente en los testamentos, en la literatura en lengua vulgar.
El Jubileo de 1300 será su triunfo al converger las aspiraciones
de las masas de los fieles y las prescripciones de la Iglesia.
Ya hacia
fines del siglo XIII se asiste a una infernalización del Purgatorio.
En el Tractatus de diversis materiis praedicabilibus de Étienne
de Bourbon (hacia 1195-1261), se está ante un Cristianismo del
temor, en que el Purgatorio queda inserto en un contexto de miedo escatológico
que orilla muy de cerca el infierno. Étienne de Bourbon condena
a los herejes que dicen que no hay tal pena purgatoria en el futuro
y rechazan los sufragios por los muertos; habla, a su vez, de los siete
tormentos del Purgatorio: la dureza, la diversidad, la prolongación,
la esterilidad, la nocividad, la calidad de los tormentos y el exiguo
número de los auxiliadores.
Por último,
queda por ver las relaciones entre Purgatorio, herejía e Iglesia.
En líneas generales, todos los disidentes rechazarán este
tercer lugar de ultratumba, así como la efectividad de los sufragios
por los difuntos. En 1025, el obispo Gérard de Cambrai, en un
sínodo celebrado en Arras, reconcilió con la Iglesia a
ciertos herejes que, entre otros errores, negaban la eficacia de los
sufragios por los difuntos. En la lucha antiherética, un cierto
número de autores eclesiásticos contribuyeron enormemente,
en el tránsito del siglo XII al XIII, al nacimiento del Purgatorio.
Tienen en común su lucha contra los herejes y su utilización
del reciente Purgatorio como instrumento de combate. Todos los adversarios
de la Iglesia romana oficial piensan que la suerte del hombre en el
más allá sólo depende de sus méritos y de
la voluntad de Dios. Con la muerte, los difuntos van directamente -o
después del Juicio Final- al Paraíso o al infierno, pero
no hay ningún rescate entre la muerte y la resurrección:
por tanto, no hay tampoco Purgatorio y es inútil rogar por los
muertos. Para todos estos herejes, se trata de una ocasión de
negar a la Iglesia cualquier intervención después de la
muerte.
En un sermón de San Bernardo sobre El Cantar de los Cantares,
compuesto hacia 1135 y reescrito hacia 1143-1145, se ataca a los herejes
que no creen que hay un fuego purgatorio después de la muerte,
y que estiman que el alma, después de su separación del
cuerpo, va directamente al descanso o a la condenación. San Bernardo,
apoyándose en Mt. 12, 32, les opone la existencia, no del Purgatorio,
todavía ignorado, sino del fuego purgatorio, al tiempo que afirma
la eficacia de los sufragios por los difuntos.
Entre cátaros
y valendeses, la hostilidad contra el Purgatorio forma parte de sistemas
religiosos diferentes entre sí a pesar de elementos heréticos
tradicionales. Pero la postura de estos herejes a propósito del
Purgatorio es prácticamente la misma: los vivos no pueden hacer
nada por los difuntos, los sufragios son inútiles. Entre los
cátaros, como ya se ha visto, es indudable que la doctrina de
la metempsícosis excluye el Purgatorio, puesto que posee la misma
función de purificación temporal -aunque, debido a esta
misma teoría, los sufragios por los difuntos resultan aún
más inútiles-. Uno de los primeros textos de esta disputa
se debe al abad Bernardo de Fontcaude, que escribió entre 1190
y 1192 su Liber contra Waldenses; en el capítulo 10, combate
a los que niegan el fuego purgatorio y dicen que el espíritu,
en el momento de su separación de la carne, va directamente al
cielo o al infierno. En el capítulo 11, afirma que algunos herejes
pretenden que los espíritus de los difuntos no entran antes del
Juicio Final en el Cielo ni en el infierno, sino que se les recibe en
otros receptáculos. Sostiene que se equivocan porque hay tres
lugares para recibir a los espíritus liberados de la carne. El
Paraíso acoge a los espíritus de los perfectos, el infierno
a los completamente perversos, y el fuego purgatorio a los que no son
del todo buenos ni del todo malos. Si bien Bernardo de Fontcaude no
conoce el Purgatorio, sino tan sólo el fuego purgatorio, tiene
el mérito de haber convertido a éste en un lugar: el más
allá entre la muerte y el Juicio Final resulta que es triple,
y, por primera vez, se define el Purgatorio como un lugar doblemente
intermedio topográfica y judicialmente.
Ermengaudus
ataca la opinión de algunos herejes que aseguran que las oraciones
de los santos no ayudan en absoluto a los vivos y que los difuntos no
se sienten aliviados por las ofrendas ni las plegarias de los vivos.
Para este autor, hay tres clases de difuntos: los buenos del todo que
no necesitan ayuda, los del todo malos por los que no se puede hacer
nada porque en el infierno no hay redención, y una tercera categoría,
los que no son ni del todo buenos ni del todo malos, que se han confesado,
pero que no han podido concluir su penitencia.
Alanus de Insulis, en su Summa de arte praedicationis, declara, a propósito
de la Penitencia: Hay un triple fuego: purgatorio, probatorio y perentorio.
El purgatorio es la satisfacción [de los pecados]; el probatorio
es el examen [tentatio]; el perentorio es la condenación eterna.
El fuego purgatorio es, a su vez, doble: uno tiene lugar en el camino
[durante la vida], y es la penitencia; el otro, después, y es
la pena purgatoria. Si el hombre se purga del primero, estará
exento del segundo y del tercero; si no se sufre el primero, se pasará
al segundo89.
2.3.
EL LIMBO DE LOS NIÑOS
La miniatura, precedida por el titulus Iferns dels efans que moro no
bateiat (fig. 1), presenta,
dentro de las fauces de Leviatán, a tres personajes sentados,
con la mano derecha en la mejilla y los ojos cerrados, gesto que hace
referencia al sueño. Una de las diferencias más sobresalientes
de esta ilustración frente a las anteriores es la ausencia de
fuego o de cualquier otro elemento de castigo infernal y la posición
equilibrada de los personajes90. Si ya se señaló que la
bibliografía referida al Purgatorio era escasa, aún lo
es más la del Limbo que no consta en la aportada por Henri van
de Waal en su Iconclass91. Probablemente, también se trate de
una de las primeras representaciones de este lugar.
El Limbo de los niños (limbus puerorum) es el sitio adonde van
los niños que mueren sin bautismo y, en general, todos aquellos
que salen de la vida con la sola mancha del pecado original. Es doctrina
de fe que todos los hombres nacen con un pecado contraído por
la culpa del primer hombre. Por otro lado, se sabe por la Escritura
y por la tradición católica que el estado moral del hombre
respecto a su último fin es inmutable después de la muerte,
de manera que, quien sale de esta vida con la mancha del pecado original,
no puede alcanzar la felicidad sobrenatural de la visión beatífica.
Así pues, los que han muerto sin ser bautizados no pueden ir
al Cielo; condenarlos al infierno, en el sentido de que allí
sufran alguna pena positiva, parece ser contra la justicia y misericorida
divinas, pues no han cometido ninguna falta personal. No se sabe de
ningún Padre de la Iglesia griega o latina que antes del tiempo
de San Agustín enseñara que el pecado original envolviera
en sí otro castigo que la pérdida de la visión
beatífica. Pocas veces tocan esta cuestión, pero las referencias
que se hallan son favorables a esta tesis. Es conocido el testimonio
de San Gregorio Nazianceno: Finalmente, los últimos [los que
no han recibido el bautismo sin culpa propia] no gozarán de la
gloria celestial, ni serán castigados con tormentos por el justo
juez, puesto que aunque no fueron sellados [con el carácter bautismal]
carecen, sin embargo, de impiedad y más bien han tenido que sufrir
este mal que no se lo han procurado. Ni se sigue tampoco que quien no
sea digno de castigo merezca por eso ser honrado; como tampoco quien
no merece una honra, merece por eso una pena (Orat.: 40; PG.: 36, col.
389). San Gregorio de Nisa enseña también que los niños
que mueren prematuramente no padecen pena ni dolor, aunque tampoco se
hallan en la misma situación que aquellos que durante toda la
vida se han ejercitado en la práctica de la virtud (De infantibus
qui praemature atripiuntur; PG.: 46, cols. 179 y 191); tampoco es igual
la situación respecto a la de aquellos adultos que, por su propia
culpa, han dejado transcurrir el período del bautismo (PG.: 46,
cols. 177-180)92. En su De libero arbitrio, San Agustín expresa
la misma opinión; hablando de los niños que mueren sin
bautismo, dice: Que no hay que temer que la vida no pueda ser como media
entre el pecado y la virtud, ni que la sentencia del juez no pueda también
ser medida entre premio y suplicio (l. 3, c. 23; PL.: 32; col. 1304).
Con ocasión de su confrontación contra los pelagianos,
acentuó su postura. Los herejes, al objetar a los católicos
la práctica del bautismo como prueba del pecado original, contestaron
que este sacramento era necesario para llegar al Reino de los Cielos,
pero no para alcanzar la vida eterna. No es fácil determinar
cuál era exactamente la diferencia que concebían estos
herejes entre el Reino de los Cielos y la vida eterna; no obstante,
siempre resulta verdad en su sistema que, sin participar en los méritos
de Cristo y por derecho natural, venían a salvarse los niños
no bautizados y a gozar de la felicidad sobrenatural. San Agustín
piensan que realmente estos niños sufren una pena positiva, aunque
en comparación con las de los demás condenados la llama
mitissima, esto es, levísima, a pesar de que en sí debía
ser grande (Ep. 166, PL.: 33, col. 21 ss.; Sermo 294, PL.: 38, col.
1336; De anima et ejus origine: l. 1, c. 9, 11; PL.: 44, col. 481; Contra
Julianum: c. 5, 11; PL.: 44, col. 809). Las doctrinas de los pelagianos
fueron condenadas en el Concilio de Cartago del 41193, volviendo a ser
reprobada en nuevos sínodos africanos, y en el 417 por sentencia
del Papa Inocencio I 94..
La autoridad de San Agustín arrastró tras de sí
a los demás papas y teólogos hasta la época del
renacimiento de la teología en la Edad Media. Entonces, tras
largas controversias, se llegó a precisar más la verdadera
naturaleza del pecado original, y así fue fácil determinar
cuál debía ser la pena correspondiente. Pedro Lombardo,
en 2 Sent. Dist. XXXIII, afirma, tras citar las palabras del obispo
de Hipona sobre el suplicio levísimo de los niños muertos
sin bautismo, que esta pena no consistía en ningún dolor
producido por el fuego o por el remordimiento de conciencia -de ahí,
la ausencia de llamas y la postura equilibrada de los personajes que
ocupan el Limbo de los niños en la miniatura del manuscrito S.I.3
escurialense-, sino únicamente en la carencia de la visión
beatífica, y después Inocencio III, en una carta al arzobispo
de Arlès, a fines de 1201, señaló como pena del
pecado original la carencia de la visión de Dios, y del actual,
los tormentos eternos del infierno; este texto, que pasó al Corpus
Juris, tuvo gran importancia en esta cuestión e influyó
notablemente en decidir a los teólogos a adoptar la opinión
más benigna. Fijada la esencia del pecado original en la privación
de la gracia santificante, que es un don sobrenatural, se imponía
la consecuencia de que las penas correspondientes a semejante pecado
debían ser del mismo orden gratuito y que, por consiguiente,
debían dejar intacta la naturaleza dentro de sus límites
propios. Esta pena debía consistir enla pérdida de un
bien también gratuito, de aquel bien que correspondía
a la gracia santificante, es decir, la visión beatífica,
y no en ninguna pena de sentido, como es la del fuego. Una pensa sensible
que contraría las tendencias naturales de un ser, no debe imponerse
sino por un desorden positivo del mismo, un desorden por el que la naturaleza
no sólo tiende positivamente a Dios, último fin de la
vida humana, sino que esté positivamente alejado de este fin
por su inclinación perversa e indebida a las criaturas; esto
no se halla sino en el pecado actual personal por el que se une y se
apega indebidamente a la criatura con desprecio del Creador; en el alma
del niño recién nacido no bautizado, no es posible tal
adherencia a lo transitorio ni tal desvío de lo eterno, pues
no hay ni ha habido ningún acto en esa voluntad: lo único
que hay es la falta de aquella participación sublime de la naturaleza
divina, que es la gracia que, asemejando el alma da Dios en cuanto la
criatura puede a su Creador, le haría hija suya y objeto de sus
complacencias; semejanza que debía estar en el alma, según
la ordenación primitiva de Dios, y cuya falta en la misma, desagrada
a Dios y hace que la castigue denegándole el don de la visión
de su esencia, pero sin infligirle otra penalidad.
Santo Tomás de Aquino dice que estas razones demuestran que no
sólo no sufren pena del fuego estas almas, sino tampoco tristeza
alguna por la pérdida de la visión beatífica, pues
caso de tenerla, sería su castigo mayor que el del fuego. En
De Malo (q. V, a. 3), hay otra explicación a esta carencia de
tristeza: al no saber estas almas que fueran destinadas a tan elevado
fin, por consiguiente, no pueden dolerse de su pérdida. No por
eso deja de ser ésta una verdadera pena objetiva, pues, de hecho,
les falta un bien de valor inapreciable para el cual fueron creadas95.
Ahora bien,
dentro del contexto histórico en que se compuso el Breviari,
hay implícita una necesidad del sacramento del Bautismo, efectivo
para alcanzar la salvación y sin el cual ésta es imposible,
ideas que rechazaban los cátaros, los cuales, en este sentido,
y remarcando la necesidad del bautismo de los niños, fueron refutados
por los polemistas96.
2.4.
EL INFIERNO DE LOS CONDENADOS
La ilustración está precedida de un titulus donde se lee
Iferns dels condemnatz (fig.
2), y muestra, dentro de las fauces de Leviatán, a un condenado
boca arriba, en posición inestable y desequilibrada, con pies
y manos atados juntos, cuya cabeza devoran dos reptiles -un sapo y una
serpiente-; a continuación, un gran busto del diablo con la boca
abierta mostrando los dientes, lo que acrecienta su aspecto temible
de agresividad y ferocidad; se trataría, por así decirlo,
de una representación en majestad del diablo97. Por último,
un demonio arroja a las faces de Leviatán un alma -posiblemente
femenina, a juzgar por su sexo-, en cuya caída adquiere una posición
inestable y desequilibrada. Como se ve, se ha unido dos de los castigos
infernales que aparecían al hablar del segundo estado de atrición,
el de los gusanos -reptiles- y el de la visión continua de los
diablos98. El hecho de que no aparezca fuego puede deberse, en todo
caso, a una razón de espacio, ya que las llamas habrían
tapado casi totalmente al primer condenado y al gran diablo central.
Al principio
de este estudio, ya se habló del sentido del infierno, tanto
para los cátaros como para Ermengaud, por lo que no se insistirá
más sobre él99.
En líneas generales, la representación de estos cuatro
lugares tan distintos entre sí -sobre todo los dos primeros respecto
a los dos últimos- a través de las fauces de Leviatán
se debe a algo tan convencional como la misma designación de
ellos con la palabra infierno, ya que ésta, en sentido teológico,
abarca todos los sitios en que se sufre por cualquier pecado. Es de
notar, por otra parte, la ausencia, a lo largo del Breviari d'Amor,
de cualquier representación de las almas en la gloria100, lo
que puede ponerse en conexión con la enseñanza medieval
de fines del siglo XIII basada en el temor más que en la esperanza.
Una vez
visto cada tipo de infierno individualmente, se tratará de analizarlos
en su conjunto. En un sermón para Adviento, San Bernardo distingue
un infierno -inferior-, la gehena propiamente dicha; un infierno -intermedio-
donde tiene lugar la purgación; un infierno -superior- sobre
la tierra y que corresponde a los limbos; se trata, pues, de la búsqueda
de una especialización del más allá, así
como la afirmación de la existencia, bien de un infierno purgatorio,
bien de lugares purgatorios -loca purgatoria o purgabilia-, pero sin
que a tal espacio se le atribuya ningún nombre y manteniéndose
en la vaguedad la geografía del más allá.
+Mucho
más preciso será San Buenaventura, que va a ocuparse de
la cuestión clásica de los receptáculos de las
almas. Para ello, distingue cuidadosamente la geografía del más
allá antes y después de la venida de Cristo, de la Encarnación.
Antes de Cristo, el infierno comprendía dos pisos, un lugar en
lo más profundo -locus infimus-, donde se sufriría a la
vez la pena del sentido -castigos materiales- y la pena del daño
-la privación de la visión beatífica-, y un lugar
inferior -locus inferior-, pero situado encima del precedente, donde
no se sufriría más que la pena del daño. Aquí
es donde están los limbos que comprenden el de los niños
y el de los padres o seno de Abraham. Después de Cristo, hay
cuatro lugares: el Paraíso, el infierno, el Limbo y el Purgatorio.
Aunque no lo enuncia explícitamente, da la impresión de
que el Purgatorio es una consecuencia de la Encarnación, vinculado
a la remisión de los pecados, instaurado por el advenimiento
de Cristo. Aunque de los limbos no queda más que el de los niños,
resulta, en conjunto cuatro, lugares, porque San Buenaventura distingue
netamente Limbo e infierno -mientras, como se verá, San Alberto
Magno artícula infierno y Limbo, de manera similar a Ermengaud-.
San Alberto Magno, en el tratado De resurrectione, que probablemente
forma parte de la Summa de creaturis, después de haber hablado
de la resurrección en general en la primera parte y de la resurrección
de Cristo en la segunda, aborda en la tercera la resurrección
de los pecadores. Los lugares de las penas, declara, son el infierno,
el Purgatorio, el Limbo de los niños y el Limbo de los padres.
San Alberto Magno considera el problema de los receptáculos de
las almas desde tres puntos de vista: el primero consiste en examinar
si el receptáculo es un lugar definitivo o de paso. Si es definitivo,
hay que considerar dos casos: la gloria y la pena. Si se trata de la
gloria, no hay más que un lugar, el Reino de los Cielos, el Paraíso.
Si se trata de la pena, hay que distinguir entre un lugar con sólo
la pena del daño, el Limbo de los niños, y un lugar con
pena de sentido y pena de daño, la gehena. Si el receptáculo
no es más que un lugar de paso, hay que distinguir también
entre la pena de daño sola -Limbo de los padres- y pena de sentido
y pena de daño juntas, que es el Purgatorio. Un segundo punto
de vista consiste en considerar la causa del mérito. El mérito
puede ser bueno o malo, o bueno y malo a la vez -bonum coniunctum malo-.
Si es bueno, le corresponde el Reino de los Cielos. Si es malo, será
en razón de un pecado personal propio o ajeno -ex culpa propria
aut aliena-. Al pecado personal, corresponde la gehena, y al ajeno -pecado
original-, el Limbo de los niños. Si lo que se da es una mezcla
de bien y de mal, no puede tratarse de un mal mortal que sería
incompatible con la gracia atribuida al bien. Se trata de un mal venial
que puede proceder de una falta propia o ajena. En el primer caso, se
irá al Purgatorio y, en el segundo, al Limbo de los padres. Finalmente,
se puede partir de los que hay en los lugares respectivos, que pueden
tener cuatro cualidades: ser aflictivos, tenebrosos, luminosos o letificativos
-afflictivum, tenebrosum, luminosum, leatificativum-. Si el lugar es
letificativo y luminoso, es el Reino de los Cielos; si es aflictivo
y tenebroso porque se ha diferido de la visión beatífica,
el Purgatorio. Si es directamente tenebroso, pero no aflictivo, el Limbo
de los niños. Y si es indirectamente tenebroso, pero no aflictivo,
el Limbo de los padres. San Alberto Magno advierte que no ha agotado
todas las combinaciones posibles entre las cuatro cualidades de los
lugares de referencia, pero demuestra que las figuras consideradas son
las únicas compatibles entre sí. En el Comentario de las
Sentencias de Pedro Lombardo -primera parte de la distinción
XLIV, a. 45-, responde a la pregunta de si es cierto que hay cinco receptáculos
para las almas una vez que se han separado del cuerpo: Hay que responder
que los receptáculos de las almas son diversos y se diversifican
así. Son lugares o de término o de tránsito. Los
de término son dos: de acuerdo con los méritos malos,
el infierno, y de acuerdo con los buenos, el Reino de los Cielos. Pero
el término de los méritos malos, o sea, el infierno, es
doble, según los méritos propios y según un pacto
contrario con la naturaleza; al primer caso, corresponde el infierno
de los condenados, y al segundo el Limbo de los niños que es
el infierno superior [...] Si se trata de un lugar de tránsito,
puede ser el resultado del defecto de los propios méritos o del
defecto del pago del precio [...] En el primer caso, se trata del Purgatorio,
y en el segundo del Limbo de los Patriarcas antes de la venida de Cristo".
Por tanto, de hecho, no hay más que tres lugares: el Paraíso,
el infierno que se desdobla en gehena y Limbo de los niños -en
vez del antiguo infierno superior que prefiguraba el Purgatorio-, y
el Purgatorio -asociado, a su vez, a otra mitad, el Limbo de los padres,
vacío y cerrado para siempre, después del descenso de
Cristo-.
La influencia de San Alberto Magno prosiguió a través
de la vulgarización teológica de uno de sus discípulos,
publicada con las obras completas del maestro. Se trata del Compendium
theologicae veritatis, compuesto en 1268 por el dominico Hugo Ripelin,
prior del convento de predicadores de Estrasburgo. En el libro 4, se
explica con toda claridad la geografía del más allá
y la desaparición del Seno de Abraham a propósito del
Descenso de Cristo a los infiernos: Para saber a qué infierno
descendió Cristo, hay que tener en cuenta qué infierno
tiene dos sentidos y designa o bien la pena o bien el lugar de la pena.
En el primer sentido, se dice que los demonios llevan siempre el infierno
con ellos. En cambio, si infierno designa lugar de la pena, hay que
distinguir cuatro lugares. Está el infierno de los condenados,
donde se sufre la pena de sentido y de daño [privación
de la presencia divina] y donde se hallan las tinieblas interiores y
exteriores, es decir, la ausencia de gracia: lo que hay es un duelo
eterno. Encima se encuentra el Limbo de los niños donde se experimenta
la pena del daño, pero no la de los sentidos y donde se hallan
también las tinieblas exteriores. Encima de este lugar, está
el Purgatorio, donde se dan la pena de sentido y la de daño a
la vez, pero temporales, y donde hay tinieblas exteriores, pero no interiores,
porque en virtud de la gracia se posee la luz interior, ya que se sabe
que habrá salvación. El lugar superior es el Limbo de
los santos padres [de los patriarcas] donde se padeció la pena
de daño, pero no la de los sentidos, y hubo tinieblas exteriores,
pero no las de la privación de la gracia. A este lugar fue al
que descendió Cristo para liberar a los suyos, "mordiendo"
así el infierno, porque se llevó una parte dejando otra;
pero, en lo concerniente a los elegidos, Dios destruyó completamente
la muerte, como dice Oseas: "Yo seré tu muerte, oh muerte,
yo seré tu mordedura, oh infierno". Se llamaba también
este lugar seno de Abraham, es el cielo del empíreo porque Abraham
está allí desde entonces. De ninguno de estos parajes,
puede pasarse a ningún otro, salvo, en otro tiempo, del tercero
al cuarto, o sea del Purgatorio al Limbo de los santos padres (Compendium...:
l. 4, c. 22). Aquí, el Purgatorio se representa en un conjunto
infernal y no se halla tan netamente separado del Limbo de los niños
que San Alberto aproximaba al infierno después de haber alejado
de él al Purgatorio. Hugo Ripelin es más conservador que
San Alberto en este punto, y su concepción revela el proceso
de infernalización del Purgatorio. En cambio, su esfuerzo de
racionalización se sitúa más deliberadamente -de
forma análoga a Ermengaud- en una perspectiva histórica,
fiel en ello al espíritu albertino101.